PJF ampara a servidor público indígena: podrá prestar su servicio comunitario sin renunciar a su trabajo

Carlos Morales Sánchez

Los pueblos y las comunidades indígenas oaxaqueñas, que fueron dueñas de los territorios donde se asientan las actuales ciudades han sido colocados a lo largo de la historia en situación de extrema pobreza. Para huir de la opresión del conquistador construyeron alejadas zonas de refugio. Por eso se encuentran distantes de los centros de poder.

Reciben raquíticos e insignificantes presupuestos. No cuentan con dinero para otorgar servicios públicos ni para pagar a los servidores públicos municipales. No cuentan con servicios de Salud ni agua potable. Los sistemas educativos son de muy mala calidad. Apenas, bajo la iniciativa del presidente López Obrador, construyen dignos caminos comunitarios. Pero la gran deuda es inmensa.

La marginación proviene de una visión de estado: la SEDATU por ejemplo no implementa infraestructura en lugares que no cuentan por lo menos con 20 mil habitantes. De esta manera nuestros pueblos indígenas, que cuentan con seiscientas personas a 15 mil habitantes permanecerán sin infraestructura. 

¿Entonces como sobreviven los municipios y comunidades indígenas?

Sobreviven por el tequio y el desempeño honorífico de cargos obligatorios. 

El tequio es una figura que tiene reconocimiento constitucional en Oaxaca, consiste esencialmente en prestar servicios inmediatos: la ciudadanía pinta la escuela, desazolva el arroyo, o arregla la iglesia. En algunas comunidades se le llama fajina o mano vuelta. 

En cambio, el desempeño de los cargos mediante el sistema escalafonario de cargos no está reconocido de manera expresa, aunque si de manera implícita en el artículo 2º constitucional que establece, al más alto nivel normativo, el derecho a la autodeterminación de las comunidades indígenas.

Todos los ciudadanos del pueblo deben “prestar servicio” o “desempeñar cargo” en la comunidad, a través de un sistema escalafonario por el término de un año. 

Los sistemas escalafonarios de cargo son diversos y complejos, pero en todos los casos, el servicio inicia con cargos de menor a mayor responsabilidad. Así generalmente se inicia con el cargo de topil, luego sacristán, luego mayor de vara, juez de camino, alcaide, sindico, integrante de algún comité, secretario y finalmente agente o presidente municipal.

Los cargos son honoríficos, es decir, el que desempeña el cargo no recibe sueldo alguno por su función. También son obligatorios, todas las personas originarias del pueblo deben cumplirlos. El incumplimiento puede ser sancionado con multa, la pérdida de los bienes o el destierro, entre otros, impuestos por la asamblea del pueblo.

Esto generó un problema muy importante: las personas indígenas que trabajan en las ciudades, el estado, la federación o en empresas particulares tienen como única opción renunciar a sus empleos para ir a la comunidad a desempeñar el cargo tradicional. Para cumplir con el servicio que generalmente dura un año deben apartarse de sus empleos. 

Por eso es importante resaltar el trabajo de Litigio Estratégico Indígena en ese tema. Representamos a una persona mixteca de Itundujía, Oaxaca, que trabajaba como agente del Ministerio Público de la Procuraduría General de Justicia del DF. Las autoridades de su pueblo le dijeron que tenía que prestar servicio en la comunidad por un año. El pidió permiso y le fue negada la “reserva de plaza”. Por lo que tuvo dolorosamente que renunciar.

En la Ley Orgánica de la Procuraduría de Justicia del DF existe la figura de la reserva de plaza: cuando un servidor público de la Procuraduría va a trabajar como director a un ente del gobierno federal o de la CDMX, el artículo 154, fracción XI, de la Ley Orgánica de la Procuraduría General de Justicia del DF, dice que tiene derecho a una “reserva de plaza”. Es decir, le “guardan” la plaza hasta que regrese.

La persona mixteca pretendió utilizar esa figura legal para poder regresar a su comunidad a prestar el servicio sin perder su plaza del servicio civil de carrera. Pero la “reserva de plaza” le fue negada porque el trabajo que iba a desempeñar no era de dirección dentro de la administración pública federal o de la CDMX sino un humilde cargo gratuito en su comunidad.

Por eso promovió amparo, que en primera instancia le fue negado. Litigio Estratégico Indígena A.C. decidió representar al quejoso y elaboró la revisión. Finalmente, siete años después, la revisión fue resuelta. El XX Tribunal Colegiado de Circuito en materia administrativa en la CDMX concedió el amparo.

El efecto de la sentencia de amparo fue declarar inconstitucional el artículo 154, fracción XI, de la Ley Orgánica de la Procuraduría General de Justicia del DF por contener una norma discriminatoria hacia los pueblos indígenas, por no permitirles “la reserva de plaza” cuando la persona indígena tenga que ir a prestar servicio en su comunidad indígena.

La sentencia de amparo ordenó dejar sin efectos la renuncia presentada y restituirlo en todos sus derechos laborales: determinó que la Fiscalía General de Justicia de la CDMX ya no puede aplicarle más el artículo 154, fracción XI, de la Ley Orgánica.

De esta manera, el Poder Judicial de la Federación, se está convirtiendo, a través de las sentencias de amparo, en protector de los derechos de los pueblos y comunidades indígenas, situación que milita en favor de su supervivencia. Es necesario seguir haciendo litigio estratégico a favor de las comunidades indígenas, para hacer realidad los derechos de los pueblos y comunidades indígenas.

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La historia de Norma: repetidas violaciones a los derechos humanos

Carlos Morales

Cuento la triste historia: Norma, mujer indígena y madre sola fue acusada por la Fiscalía de Oaxaca, de cometer cinco veces un delito patrimonial. Los Ministerios Públicos a sabiendas de que no había cometido delito alguno solicitaron orden de aprehensión. Los jueces solícitos libraron las ordenes de aprehensión. Fue detenida por 30 policías quienes con lujo de violencia la arrancaron de su entorno familiar y la llevaron a las mazmorras de Ixcotel.

Los jueces penales de Oaxaca le dictaron auto de formal prisión. Norma estuvo presa un año y seis meses. Sufrió vejaciones de las autoridades del penal y de los reclusos. Promovió amparos contra los autos de formal prisión y los jueces federales le concedieron el amparo. No podía ser de otra manera, Norma no había cometido delito alguno.

Norma estuvo presa en dos cárceles oaxaqueñas: en la Penitenciaría de Ixcotel y en el reclusorio de Etla, su hijo de un año y dos meses sufrió con ella la prisión preventiva y después la separación. Norma, sin deber nada, conoció el infierno en la tierra.

Durante el tiempo en que estuvo presa. Su vida corrió peligro en Ixcotel y fue llevada al reclusorio de Etla. Todo esto en el 2010 y 2011. Aun tiene miedo de contar que fue agredida al interior del sector femenil de Ixcotel y tuvo que ser llevada al reclusorio de Etla. Tiene historias de acoso que aún no puede contar.

Afortunadamente, para Norma, aún hay jueces en Berlín. Jueces federales le concedieron uno a uno los amparos y ella pudo volver a la libertad. Durante su reclusión su madre había enfermado. Estar en la cárcel y defenderse le salió muy caro. Tuvo que vender una casita de interés social para poder sufragar sus gastos. 

Por las noches Norma sufre pesadillas y sufre de ansiedad.

Cuando Norma salió de la cárcel se dio cuenta que lo había perdido todo. Había perdido su trabajo, su casa, su salud. Pero la mantenía de pie el amor de su hijo. 

Buscó a Litigio Estratégico Indígena. Presentaron una queja ante la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca. Es evidente que si una persona permanece presa por determinación judicial y luego conceden el amparo, ministerios públicos y jueces cometieron violación a derechos humanos.

La investigación del ombudsperson duró siete años. Después de un año y medio presa, Norma tuvo que batallar siete años para que el Defensor de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca emitiera una recomendación. En el mes de julio de 2022, se emitió la recomendación 7/202 al Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca y la Fiscalía General de Justicia de Oaxaca.

La recomendación del Defensor de los Derechos Humanos dice que el Tribunal y la Fiscalía General de Justicia de Oaxaca, son responsables de violaciones a derechos humanos de Norma y la Defensoría ordena reparar la violación a los derechos humanos de Norma.

De manera inusitada, el Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca no admitió la recomendación y manifestó su voluntad de no aceptarla. Lo que coloca al Poder Judicial del Estado como un ente violador de los derechos humanos. El Tribunal no sólo debió haber aceptado la recomendación sino iniciar los expedientes disciplinarios a los responsables directos. Pero se prefirió la impunidad.

En el mismo sentido la Fiscalía General de Justicia de Oaxaca emitió un acuerdo “aceptando” la recomendación que solo constituye una simulación. Jamás se pronuncia la fiscalía sobre la reparación de la violación a los derechos humanos de Norma. Ni sobre la responsabilidad de los perpetradores.

Esta es una situación Kafkiana: los órganos encargados de impartir justicia en Oaxaca, se han convertido en entes violadores de derechos humanos. Mientras tanto Norma espera que el Congreso de Oaxaca, cite a los omisos para que expliquen porque razón no aceptaron la recomendación, pues en el caso de Norma no aceptaron ni emitir disculpas.

Ya la Suprema Corte de Justicia de la Nación dijo que es constitucional que los deudores alimentarios no ocupen cargos públicos. Es hora de que se construya una reforma legal que establezca que los violadores a derechos humanos, así declarados en una recomendación o un juicio de amparo no podrán desempeñar cargos públicos.

Ya basta de que los servidores públicos miren con desprecio las recomendaciones de la Defensoría de los Derechos Humanos y de la CNDH, es necesario crear un mecanismo indirecto: no permitir a los omisos desempeñar cargos públicos.

La estadística indica que las autoridades violadoras de derechos humanos incumplen sistemáticamente las recomendaciones emitidas por los órganos del Sistema no jurisdiccional de protección a los derechos humanos. Es necesario ahora buscar un mecanismo indirecto para cumplir las recomendaciones: ni un violador de derechos humanos debe desempeñar un cargo público.

Mientras tanto iremos al Congreso de Oaxaca, para que cite a los omisos e inicie el juicio político. Y a la propia Sala Constitucional del Tribunal Superior de Oaxaca por el juicio de protección a los derechos humanos. Y posteriormente al Sistema Interamericano. 

Aun falta mucho camino para reparar las violaciones a los derechos humanos de Norma. Los derechos humanos no son discursos ganados. Aún tenemos que seguir abriendo brecha.

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Historias

Enrique Domville

Cada segundo se modifica nuestro planeta, por algún evento que está sucediendo, por nacimientos o muertes de seres que durante su permanecía como entes vivos tenemos la capacidad de pensar, de elegir, ser testigos de los eventos en lo que participamos o de los que conocemos. Desde que somos integrantes de un mundo complejo y cambiante, dominado por cada uno de los humanos de este planeta, cuya voluntad se hace presente, de manera positiva construyendo o de manera negativa destruyendo, pero siempre de manera personal o en grupos, dejamos una huella de nuestras acciones, lo que llamamos historia, de manera personal, íntima, tomamos decisiones que afectan nuestros recuerdos de manera agradable o desagradable, con las obvias consecuencias de nuestra elección y queda por siempre como un hecho en el que usé mi albedrio y se vuelve una parte de mi biografía personal que sólo yo decido darla a conocer, o no (depende del motivo que yo elija). De lo que estamos seguros, es que los eventos naturales o los provocados por nosotros tendrán consecuencias, no a todos nos va igual ni tenemos la misma resistencia y mucho menos la capacidad para regresar a lo que fue antes del evento.

Michael Sandel, filósofo nacido en el siglo XX, autor de numerosos libros y catedrático de la Universidad de Harvard, en una de sus conferencias, habla del comportamiento del ser ante un fenómeno natural (hecho histórico) como lo fue el huracán Charley en el 2004 en Florida; cómo fue la escalada de precios y como consecuencia, la ira, el enojo, ante la ambición de los que vendían, pero de manera injusta hicieron un escalada de precios de todos los servicios. La pregunta es, ¿hacemos lo que debemos? Mencionado por grandes como Aristóteles, Bentham, Mill, Rousseau y el jurista J. Rawls (1921- 2002) cada uno de estos autores expone la importancia de la justicia, lo que significa y lo que es para el ser. En la historia, se nos habla de cambios en nuestra vestimenta, conocimientos, y otros cambios diversos, pero lo que no ha cambiado es el ser en sus ambiciones personales; hemos cambiado el pensamiento místico, social, religioso, por el mercantilista asociado al poder económico que es lo que prevalece ya comentado por Peter Drucker en su libro “Las Nuevas Realidades”. Es importante recordar que Adam Smith (1723- 1790) y quien es conocido como padre de la economía moderna, predicó la ética en la economía de Estado para evitar inequidades e injusticias (que al parecer se nos ha olvidado). En el sistema económico actual, en el que la primera premisa es la acumulación de las riquezas y con ello el poder político y social de que se acompaña, nos lleva a la biografía personal, la historia que cada uno construye cada día, en el que nuestro pensamiento místico cambió a materialista, con la pérdida de valores, el respeto y la empatía ya qué no todos somos iguales en capacidades, habilidades y recursos, sobre todo, al acceso del conocimiento y la salud. La idea actual, como menciona también Noah Chomsky, es el poder económico individual o sumado en un gobierno no totalitario, aunque se considere que tal vez pudiera haber menos injusticias, la realidad es que muchos no tienen lo suficiente, solo una casta de poder económico y político. Considero que con las enseñanzas de Aristóteles, Jesucristo, Confucio, Buda y la mística personal de hacer el bien, es un excelente camino y no abusar de nuestros iguales.

Desde el principio de los tiempos, somos diferentes en capacidades, habilidades y conocimiento, pero deberíamos ser iguales en el respeto entre nosotros y ayudarnos con economías que sean éticas, sin abuso a aquellos a quienes usamos pero debiéramos respetar para poder aspirar a que nos respeten; juntos pensando como un objetivo para la historia que todos somos iguales y todos merecemos trato con honestidad, respeto y sin abusos. Regresar a este pensamiento ideal es difícil pero cada quien con su albedrío puede lograrlo, solo falta ese poder especial que tenemos y es la libertad de hacerlo, cuando desde hoy hagamos historia. “El Trabajo en equipo es la habilidad para trabajar juntos hacia una visión común” (Andrew Carnegie).

enriquedomville@gmail.com

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«Yo le avisé mi lic.»

Carlos Morales

Al medio día de aquel día de marzo de 2003, en mi bella oficina de defensor federal adscrito al juzgado octavo de Distrito atendí a Renata. Piel clara, estatura regular, porte distinguido. Usaba una chamarra azul deslavada que realzaba su porte digno y triste. Hablaba con mucha dignidad. No pasaría de los 30 años. Miraba tristemente y la tristeza ocultaba sus rasgos finos. Su segundo apellido me permitía advertir su pertenencia a la vallistocracia, es decir, a las familias del rancio abolengo oaxaqueño. De la mano llevaba dos niñas que interrumpían la conversación.

Me explicó que Ulises era su marido. Yo acababa de asistir a Ulises en su declaración preparatoria por portar un arma larga de fuego de uso exclusivo del ejército. Ulises era moreno intenso, color mugre como yo y la señora era como lo digo sin que suene feo, pues, diferente.

“Lo conocí en Plaza del Valle, en los juegos electrónicos y nos enamoramos –dijo al ver mi sorpresa– dejé la prepa y me fui a vivir con él. Mis padres no lo quisieron, suspendieron toda ayuda. Vivimos en Xoxo con las niñas, no estamos bien económicamente. Siempre sospeché que él hacía cosas malas. Creo que se dedica a robar casas. Y ahora esto”, dijo refiriéndose al proceso de arma de fuego.

Expliqué con seriedad pero con mucho tacto la gravedad del problema. Ulises había confesado ante la Fiscalía haber portado el arma de fuego. Al finalizar el proceso recibiría diez años de prisión. Y que de esa pena debería por lo menos cumplir seis en la penitenciaría de Ixcotel.

El proceso siguió con su inexorabilidad. Ofrecí todas las pruebas posibles: argumenté el error de tipo, la violación al derecho humano a la autoincriminación, violaciones al debido proceso. Lo visitaba cada 15 días en la peni. Conversábamos. La sentencia llegó sin sorpresas. Interpuse la apelación y después el amparo directo. El amparo fue denegado. La pena de diez años de prisión quedó intacta.

A la señora Renata la veía con relativa frecuencia haciendo fila para ingresar al reclusorio. Regularmente acudía a mi oficina para ver cómo iba el asunto de su marido. Comunique a la señora la pena impuesta. Le recordé que debido a los beneficios preliberacionales una pena de diez años se cumplía en seis. Y que estuviera atenta cuando cumpliera cinco años para tramitar la remisión parcial y la preliberación. Su rostro no reflejó tristeza ni alegría. No volví a saber de ella. Las redes sociales no existían y los teléfonos celulares eran artículos de lujo.

La mañana del cinco noviembre del 2003, amaneció nublado y chispeaba. En el mercado de la Colonia Reforma aún olía a flores amarillas. El olor a “muertos” todavía no se dispersaba. En el comedor Rosita desayuné enchiladas verdes. Al final me acerqué al puesto de revistas La palma: El Universal cabeceaba la nota: “Congreso reduce penas a delitos de portación de armas”. 

Compré el periódico. El Universal relataba toda la historia:

En el 99, el Congreso Federal a instancias de Zedillo, para frenar el uso de armas de fuego en todo el país, endureció las penas de manera excesiva: a la portación de una pistola nueve mm. le fijó prisión de cinco a diez años y a la de una carabina 30-30 o un R-15, de diez a quince. Ni más ni menos. Tenía más pena que el delito de violación.

Toda reforma que combate las consecuencias pero no las causas está condenada a fracasar. Los reclusorios del país alojaron a campesinos por portar viejas escopetas y carabinas heredadas de abuelos revolucionarios. Queriendo reprimir delincuentes terminaron encarcelando ejidatarios y comuneros. Ahora, para remediar eso, Vicente Fox, había presentado una contra reforma que el Legislativo había aprobado.

Conseguí el Diario Oficial en la hemeroteca Néstor Sánchez. Me puse feliz. Los años de pena de prisión se redujeron: las de diez pasaron a tener cuatro y las de cinco a tres. La reforma permitía que las personas sentenciadas a diez años podrían obtener su libertad si la pena era reajustada a cuatro. Retorné en chinga, es decir, rápidamente a la oficina. Con Albis Franco, revisamos los expedientes de portación de arma de fuego de uso exclusivo.

El primer expediente que saltó a la vista fue el de Ulises. El viento de la rosa de Guadalupe le golpeó la cara. El delito por el que fue juzgado, que tenía como pena mínima diez años ahora tenía cuatro, es decir, ahora no rebasaba la línea negra. Haciendo el ajuste reductorio podría obtener un beneficio sustitutivo o la condena condicional y salir de la prisión.

Pero había un problema. Recuerden que aún estábamos en la obscura noche del medioevo y las reglas del proceso eran las de viejo sistema escrito e inquisitorial.

En el caso de Ulises ya habíamos agotado todo el proceso, la apelación y el amparo directo. No teníamos un mecanismo para hacer valer la reducción de pena. Puse de cabeza el Código Penal Federal. El artículo 56 apareció luminoso: la aplicación de la ley más favorable. Y me dije “de aquí soy”.

Promoví un incidente no especificado de aplicación de la ley más favorable y solicité la sustitución de la pena por tratamiento en libertad. 20 días después, el juez, sin que le temblara la mano, con valentía y generosidad, declaró procedente el incidente y otorgó el sustitutivo de libertad. El primer beneficiado en el país por la reforma foxiana fue Ulises. Fue el primer incidente de aplicación de la ley favorable en todo el país. Después la SCJN inventó el incidente de traslación de tipo.

Con la resolución encaminé mis pasos a la penitenciaría. Ulises brincaba de gusto. No podía creer que saldría de la cárcel. Se había hecho a la idea de permanecer seis años en prisión y aun no cumplía ni un año. Me dio las gracias y abandoné el residencial Ixcotel. Marqué a la señora Renata: “el número que usted marcó ha sido cambiado”.

El tiempo pasó.

Me olvidé del asunto como lo ordena el mandamiento laico de San Eduardo Couture. La vida siguió. Los feligreses de Simón de Cirene estábamos dispersos en todo el país y las redes aún no se inventaban. Envíe el incidente y la resolución a la superioridad para su difusión. En aquellos años previos a la guerra contra el narcotráfico, el trabajo de un defensor federal se constreñía a defender a portadores de arma de fuego y poseedores de marihuana y de vez en cuando algún servidor público por abuso de autoridad. Aun no se desencadenaba la violencia que hoy vive todo el país.

Pasaron tres años. En marzo del 2006 acudí a la penitenciaría y pedí al boquetero que llamara a las personas de la lista de visita. El boquetero empezó a mencionar los nombres. Lo vi bien. Se me hizo conocido. Abrí los ojos. Lo observé con detenimiento. Estaba flaco y pelón pero si era. Era Ulises. Si. Estaba en el interior de la penitenciaría.

—¿Qué haces aquí? Cuestioné.

Abrió los ojos. Apenado me respondió: Yo le avisé mi lic. Yo le avisé.

—No te entiendo, cuéntame, porque sigues aquí, porqué estás aquí de nuevo.

Ulises jaló aire. No le veía muchas ganas de contarme. Pero insistí. Entonces empezó a decirme:

—Cuando llegó el oficio de mi libertad marqué a Renata. Ella estaba en nuestra casa. Le dije que ya iba saliendo de la cárcel. Que ya me habían dado mi oficio. Me dijo “Estas loco. Saldrás dentro de cinco años. Eso me informó el licenciado Dobleclick.” No me creyó. Firmé el papeleo. Salí de la peni. Caminé respirando el aire frío de la libertad hasta la zona militar. Y desde el teléfono público le marqué de nuevo. A la tarjeta Ladatel, le quedaban 26 pesos.

—Continúa por favor. Le dije intrigado.

—Me contestó Renata. Le dije que escuchara el ruido de los carros, que estaba afuera de la cárcel. Que ya iba para la casa. Ella empezó a reír: “no seas mentiroso, me estás mintiendo”. Fui caminando, despacio, haciendo tiempo. Llegué al estadio de beisbol, volví a marcarle. Ella volvió a decirme que me tranquilizara, que no bromeara con eso. Avisé que llegaría en dos horas. Pero no me hacía caso. Seguí caminando y en la gasolinería Universidad volví a marcar: “ya voy a llegar, estoy por CU”. Escuché que estaba cocinando.

—Ajá y que más. Inquirí.

—Caminaba despacio. Haciendo tiempo. Quería llegar a casa y no quería llegar. Cuando estaba en El tequio volví a marcar. Estoy cerca, le dije. Llegaré en media hora. Molesta colgó el teléfono. Seguí caminando. La libertad me daba angustia y dolor de cabeza. Volví a llamarle: estoy a una cuadra de la casa. Ella me contestó: “deja de estar soñando. Saldrás en cinco años. No estés chingando”.

Ulises tenía un nudo en la garganta. Continúo el relato:

—Quité el alambre que sujetaba la puerta de lámina de Tecate. Y entré a la casa.

—Si, y que pasó. Pregunté compungido. Mientras a Ulises los ojos se humedecían.

—Ahí estaba él. Dijo Ulises —sentado en la cabecera del comedor que yo había comprado, Renata le servía la comida y las niñas jugaban de un lado al otro de la pieza. Era una escena familiar hermosa. Se respiraba la paz del hogar. Renata me miró con sorpresa, luego desprecio y finalmente con terror. El don me miró a los ojos. Yo ya lo sabía mi lic. No hay nada de lo que uno no se entere en este pinche lugar. Yo hasta conocía sus datos generales. Hasta me caía bien ese cabrón. Yo sabía que él las cuidaba, que las procuraba. Yo lo supe lic. Y nunca le dije nada a Renata, no se la hice de jamón. Me mordía uno y me apachurraba el otro. Yo prefería que solamente anduviera con él a que anduviera sola o a que anduviera con varios. Por eso cuando salí de la peni le avisé mi lic para darle tiempo al don que agarrara sus cosas y se fuera. Por eso caminé despacio para darle tiempo a que se fuera. Pero Renata no me creyó. Yo le avisé mi lic.

—Y que pasó, después, pregunté preocupado.

—El señor me pidió que me fuera. Que esa casa ya no era mi casa, que mi mujer ya no era mi mujer y que mi familia ya no era mi familia. De repente me quedé sin nada. Me emperré. Y al ver que yo me enchilaba tomó una pala y me pegó en la espalda, pero yo soy perro viejo mi licenciado. Y le dí a guardar la lezna en el estómago una y otra vez. Con esa lezna costuraba balón. Lo vi como chillaba de dolor y luego se quedó quietecito bien muerto. Se armó un desmadre. Renata gritaba y lloraba y abrazaba al difunto. Me miraba con odio infinito y a él con amor desmesurado. Salí corriendo por la calle Independencia, le pedí a un mototaxista sus servicios, pero me apañó la municipal y me trajeron de nuevo. Solo duré medio día afuera. La vida no es fácil. De Renata no he sabido nada, alguien me dijo que se fue a Chicago.

Tomó mi lista y en el boquete, con la voz quebrada, lo escuché decir:

“Daniel Aguilar Santiago, pasar al locutorio.

José Luis Figueroa, pasar al locutorio.

Yo le avisé mi lic.”

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Examen profesional

Carlos Morales 

Había  lloviznado y las piedras verdes estaban humedecidas pero el sol había reaparecido rápidamente dejando entrever el diáfano azul del cielo de la Verde Antequera. El año había pasado muy rápido y ya estábamos finalizando septiembre. Habían pasado dos años desde que en el mismo lugar habíamos quemado en una ceremonia atávica los gordos libros de Burgoa al ritmo de los Caciques. 

Entré por la puerta principal del bellísimo edificio de la Universidad que aún lucía las imágenes biseladas de Porfirio Díaz y Benito Juárez a cada lado de la puerta.  Con el cabello brilloso por el Wildroot y traje azul de rayitas comprado a crédito en Plaza Antequera acudí a la cita con el destino.

No eran días fáciles para la Universidad. Dos días antes, en la explanada de C. U., manos criminales habían dado muerte a un líder sindical dejando una estela de incertidumbre y miedo entre los estudiantes asombrados por el inusitado nivel de violencia. La nota roja de aquellos años no era lo que es hoy. Bastaba media hoja de El Imparcial para narrar nuestras sencillas historias de horror.

A los pies del metálico Benito, un grupo pequeño de estudiantes vociferaban consignas exigiendo la investigación de los hechos y la presentación de los culpables. Amenazaban con tomar el edificio central y ponerse en huelga. Eran los protestadores de siempre. Lo mismo protestaban por el alza en las inscripciones, por el aumento en el precio del pasaje o por la carestía de la vida. 

Junto a la puerta del Manuel Palacios y Silva, impecable y grave, de pie, el presidente de mi jurado. Había sido mi maestro de Derecho Constitucional y de Amparo. Me hizo memorizar el antiquísimo concepto de autoridad para efectos del juicio de amparo hoy desfasado por el drittwirkung der grundrechte.

El maestro David Rodríguez me asustó: “hay protestas, no tardará en que se apoderen del edificio, no puedo poner en riesgo a los integrantes del jurado, lo mejor es posponer tu examen”.

Sudé caliente yo que ya andaba sudando frío por el temor propio del examen. La aseveración del maestro David significaba alargar el suplicio pero lo que más me preocupaba era haber pagado anticipadamente la cena de celebración para 50 personas en el restaurante “Las quince letras” de doña Celia Florian. 

Me dirigí al líder, que por cierto era mi paisano, le dije que me dieran chance, que era mi examen profesional. “El interés colectivo de pedir justicia deberá prevalecer sobre el bien individual y tu examen puede esperar”. Me dijeron. De pronto uno de ellos, fue más pragmático: “Hemos protestado todo el día y no hemos comido ¿qué puedes hacer por nosotros?” Saqué un billete de doscientos y se fueron gritando consignas al “Titos” por las de choriqueso.

El escenario estaba listo. En el hermoso salón de exámenes profesionales el jurado estaba completo. Heriberto Antonio y Hermógenes García flanqueaban a don David. Empezó el examen. 

El presidente me preguntó si me gustaba la poesía y respondí que sí. “¿Qué significa la frase ‘era la media noche del 15 de septiembre de 1810 y el sol reverberaba en el cielo’?” cuestionó: “la noche era una referencia a la nocturnidad pero la mención al sol era el brillante llamado de Hidalgo a la libertad para la América Mejicana». Le respondí. «El método de interpretación de la poesía es el mismo método para interpretar el derecho.” Me dijo. 

Mi tesis profesional: el Ombudsman de la Democracia. El maestro David me cuestionó sobre si no teníamos una inflación de instituciones, “muchos elefantes blancos y tú, me dijo, quieres crear el ombudsman de la democracia”.  No. Repliqué. Los derechos políticos en México no tienen protección: el amparo y el sistema no jurisdiccional no pueden remediar la violación a los derechos políticos electorales. Aun no existía el sistema de medios de impugnación que ahora conocemos.

A medio examen, ordenó: “Salga a dar una vuelta al segundo patio, respire, jale aire y regrese”. Fui al segundo patio, respiré, jalé aire y volví. Regresé para contestar puntualmente las preguntas del maestro Heriberto Antonio con quien desde entonces me une una amistad. Hermógenes me preguntó sobre temas laborales que sorteé citando algunas ideas robadas a Cavazos y Nestor de Buen.

Me aprobaron en el teórico. Ya había anochecido. Sólo faltaba el examen práctico. El maestro David me pidió que elaborara una demanda de amparo contra la determinación del juez de ordenar la práctica de la ficha signaléctica. De memoria escribí mi demanda en la que cité la jurisprudencia de la SCJN e hice control de convencionalidad. Entregué mi examen. Y el jurado me sacó del salón para deliberar.

Volví para la toma de protesta. El Wildroot había perdido fuerza y los cabellos habían tomado su rígido camino. El maestro hoy finado David Rodríguez, emocionado hasta las lágrimas dirigió unas palabras que jamás voy a olvidar. Habló de la lamentable situación de la Universidad y de las virtudes de los abogados y de las buenas personas: “Si la universidad se va a salvar será por gente como tu, Carlitos”. Con esas palabras empecé a caminar de la búsqueda de la justicia. Recibí mi título de obrero del derecho, de artesano de la justicia. Y aquí sigo. 

De eso ya pasaron algunos años y si hoy lo cuento es porque hace unos días finalizó septiembre, porque a media tarde lloviznó pero el sol salió de nuevo, porque andaba por el centro histórico, compré un esquite al elotero exitoso, y aproveché para entrar al edificio central y me dio mucha tristeza ver el estado en que se encuentra. Nuestro edificio no volvió a ser el mismo desde que fue quemado el Paraninfo y es necesario recuperar, neta que si, como dijo el Maestro David, el prestigio de la Universidad. Es ahora.

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Tomar un respiro está bien

Carlos Villalobos

Recientemente, al estar inmerso en un par de proyectos profesionales y personales, me he dejado llevar por frases típicas como “El tiempo es oro”, “Cada segundo cuenta”, “estoy joven, un refresco de cola y a seguir dándole”, todo esto como si no hubiera mañana o mi energía llegase a su fin.

De pronto, como hace mucho tiempo, sentí mi cuerpo débil, no podía respirar y los ojos me pesaban demasiado, el primer pensamiento fue “después de dos años, por fin me infecté de COVID-19”. De inmediato, procedí a realizarme una prueba, la cual afortunadamente fue negativa. Pensé entonces que sería “una gripita” y probablemente al siguiente día pasaría. Seguí con mis actividades forzando mi cuerpo aún más. Al otro día me sentí peor.

Una sopa, un ibuprofeno y todo estaría arreglado seguramente, pensé. Grave error.

Soy afortunado, la gran mayoría de mis actividades las realizo mediante el trabajo en casa y gracias a las tecnologías de la información, sin embargo, estar en ocasiones más de doce horas detrás de un computador sin descansar no es algo sostenible. El cuerpo tiene vida y la vida, a veces exige parar y tomar un respiro. ¿Cómo tomar un respiro? La economía mundial está tronando, una guerra amenaza los precios de productos de primera necesidad, hay que trabajar, hay que comer. Sí, pero también hay que vivir, pero, sobre todo descansar y cuidar de uno.

En México, de acuerdo con la estadística realizada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), ocho de cada diez personas sufren de estrés crónico laboral, mejor conocido como Burnout. El burnout es un término no tan nuevo que se acuñó en 1974 y no fue hasta 1990 que se reconoció en la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS y se refiere al “resultado del estrés crónico en el trabajo que no se ha manejado con éxito”. 

En México el número de personas con “burnout”, es casi el doble de habitantes del valle de México, es decir, 39 millones 750 mil de acuerdo con la proyección más reservada.

 A veces este espíritu meritocrático que se nos ha recitado hasta el cansancio de que “más trabajo, es más productividad” es lo que probablemente ha hecho que las condiciones para las personas que están en edad productiva disminuyan su calidad de vida, prevaleciendo el mantra de “ponerse la camiseta”.

México, a pesar de ser uno de los países que registra mayores estadísticas en este sentido, es de los países que menos ha hecho cambios al respecto. Considerando que un adulto promedio, en el mejor de los casos, pasa ocho horas laborando, es fundamental que se legisle al respecto o que al menos como trabajadores se nos capacite en este sentido. 

La tarea no es sencilla, y no me malentiendan, a veces no es toda la culpa de los empleadores, a veces como empleados debemos escoger nuestras batallas, pero justo ahí radica la dificultad, en ocasiones empleadores ni empleados, sabemos cómo reaccionar.

¿Qué se debería hacer? Pues la cosa no es sencilla, ya que se debe de impulsar desde cada una de las esferas sociales que equilibremos nuestra vida personal y laboral, capacitación y concientización constante en centros de trabajo acerca del burnout, aumentar los espacios de esparcimiento, saber escoger los tiempos para cada cosa, dejar de aplaudir actitudes como “el pobre es pobre porque quiere”, priorizar la salud física y mental; pero sobre todo, fomentar el acceso a mayores y mejores condiciones de vida a todas y todos.

Mientras tanto, he decidido reflexionar acerca de mis tiempos, mis actitudes y mis usos y costumbres, mi cuerpo me exigió parar y lo hice; solo fue una advertencia. De momento hoy me toca poner todo en perspectiva, la salud mental también es tarea de todas y todos.

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