Tomar un respiro está bien

Carlos Villalobos

Recientemente, al estar inmerso en un par de proyectos profesionales y personales, me he dejado llevar por frases típicas como “El tiempo es oro”, “Cada segundo cuenta”, “estoy joven, un refresco de cola y a seguir dándole”, todo esto como si no hubiera mañana o mi energía llegase a su fin.

De pronto, como hace mucho tiempo, sentí mi cuerpo débil, no podía respirar y los ojos me pesaban demasiado, el primer pensamiento fue “después de dos años, por fin me infecté de COVID-19”. De inmediato, procedí a realizarme una prueba, la cual afortunadamente fue negativa. Pensé entonces que sería “una gripita” y probablemente al siguiente día pasaría. Seguí con mis actividades forzando mi cuerpo aún más. Al otro día me sentí peor.

Una sopa, un ibuprofeno y todo estaría arreglado seguramente, pensé. Grave error.

Soy afortunado, la gran mayoría de mis actividades las realizo mediante el trabajo en casa y gracias a las tecnologías de la información, sin embargo, estar en ocasiones más de doce horas detrás de un computador sin descansar no es algo sostenible. El cuerpo tiene vida y la vida, a veces exige parar y tomar un respiro. ¿Cómo tomar un respiro? La economía mundial está tronando, una guerra amenaza los precios de productos de primera necesidad, hay que trabajar, hay que comer. Sí, pero también hay que vivir, pero, sobre todo descansar y cuidar de uno.

En México, de acuerdo con la estadística realizada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), ocho de cada diez personas sufren de estrés crónico laboral, mejor conocido como Burnout. El burnout es un término no tan nuevo que se acuñó en 1974 y no fue hasta 1990 que se reconoció en la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS y se refiere al “resultado del estrés crónico en el trabajo que no se ha manejado con éxito”. 

En México el número de personas con “burnout”, es casi el doble de habitantes del valle de México, es decir, 39 millones 750 mil de acuerdo con la proyección más reservada.

 A veces este espíritu meritocrático que se nos ha recitado hasta el cansancio de que “más trabajo, es más productividad” es lo que probablemente ha hecho que las condiciones para las personas que están en edad productiva disminuyan su calidad de vida, prevaleciendo el mantra de “ponerse la camiseta”.

México, a pesar de ser uno de los países que registra mayores estadísticas en este sentido, es de los países que menos ha hecho cambios al respecto. Considerando que un adulto promedio, en el mejor de los casos, pasa ocho horas laborando, es fundamental que se legisle al respecto o que al menos como trabajadores se nos capacite en este sentido. 

La tarea no es sencilla, y no me malentiendan, a veces no es toda la culpa de los empleadores, a veces como empleados debemos escoger nuestras batallas, pero justo ahí radica la dificultad, en ocasiones empleadores ni empleados, sabemos cómo reaccionar.

¿Qué se debería hacer? Pues la cosa no es sencilla, ya que se debe de impulsar desde cada una de las esferas sociales que equilibremos nuestra vida personal y laboral, capacitación y concientización constante en centros de trabajo acerca del burnout, aumentar los espacios de esparcimiento, saber escoger los tiempos para cada cosa, dejar de aplaudir actitudes como “el pobre es pobre porque quiere”, priorizar la salud física y mental; pero sobre todo, fomentar el acceso a mayores y mejores condiciones de vida a todas y todos.

Mientras tanto, he decidido reflexionar acerca de mis tiempos, mis actitudes y mis usos y costumbres, mi cuerpo me exigió parar y lo hice; solo fue una advertencia. De momento hoy me toca poner todo en perspectiva, la salud mental también es tarea de todas y todos.

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El derecho al derecho a la lengua materna

Carlos Morales 

Hace algunos años, cuando laboraba como defensor público federal, defendí a Xhunaxhi, joven indígena zapoteca, ojo biche herencia de antepasados franceses. Con ella tuve la oportunidad de empezar a luchar por hacer vigente el derecho de la persona indígena a utilizar la lengua materna en los procesos judiciales. 

Ella estudiaba para maestra en la Normal Superior y tenía dificultad para comunicarse en castellano. No iba bien en la escuela, para congraciarse con uno de sus maestros le trajo del Istmo tres docenas de chita bigu. 

Aquella mañana de mayo de 2005, el hambre le hizo una mala jugada, ante la falta de dinero tomó 12 huevos de quelonio marino y los cambió por un queso a un vendedor ambulante. Se disponía a marcharse cuando llegó la policía. Fue llevada a las oficinas de la Fiscalía. Al día siguiente, su madre después de empeñar un terrenito, pagó la fianza fijada por el delito ambiental y Xhunaxhi recobró su  libertad.

“Li, li”, —decía en la oficina de la defensoría pública federal del Juzgado Octavo de Distrito, desde la musicalidad del zapoteco antes de su declaración preparatoria— “yo no puedo hablar bien con juez, no hablo bien castilla, no será posible que tú que mero eres mi paisano me auxilies con la idioma para que yo me defienda bien”. 

Pedí al juez le asignara un traductor pero ella decía mitad en broma mitad en serio: “ni el traductor, ni la autoridad me entienden, yo quiero la justicia en zapotecu”. Ahí nació la idea de promover, de hacer escritos en lengua indígena que visibilizaran que los procesos penales no era coto exclusivo del castellano sino que era posible promover en cualquiera de los idiomas originarios. 

Xhunaxhi, Albis Franco y yo nos pusimos a trabajar. Empezamos a escribir y la lengua de los ancestros se resistía a ser insertada en un papel. La gramática de Velma Picket era una de las herramientas. Llevábamos más de la mitad del amparo en la dulce lengua Diidxazá cuando recibimos la noticia de que el tribunal unitario había acogido nuestro agravio de la ausencia de la conciencia de la antijuridicidad, revocado el auto de formal prisión, decretado la libertad y nos quedamos sin acto reclamado. 

Nunca más volví a ver a Xhunaxhi, espero haya terminado su carrera y es posible que ahora imparta en zapoteco clases de educación física a niños indígenas en algún pueblo olvidado de nuestra geografía oaxaqueña. 

Un año más tarde, en el turbulento 2006, otra defendida mía Amelia Castillo Galán, indígena chinanteca suscribiría la primera demanda de amparo en lengua indígena. Pero esa es otra historia y puede ser googleada.

Hace tres años el Congreso de Oaxaca reconoció ese trabajo y dejo aquí unas fotos.

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Joaquín Sabina y la antijuridicidad

Carlos Morales 

Aquel 28 de octubre, recuerdo que era lunes, desperté con la angustia de quien anticipadamente llegaba a la mayoría de edad sin haber cumplido 15 años. Y cuando una hora más tarde, en la explanada del CBTIS 25, en aquél pueblo istmeño, formaba parte de una fila de integrantes de la sociedad de alumnos, a los que el director les tomaba la protesta y Julio Martín con su camiseta de los Dolphins y su morral de Teotitlán del Valle dirigió un discurso al mundo y declaraba “tomada” la escuela, supe que mi vida habría cambiado para siempre. 

Al día siguiente el periódico del pueblo, “El Sol del Istmo” intituló los hechos bajo el balazo “Subversión en el CBTIS 25” y en nuestras mentes infantiles pensábamos que con nuestro acto de rebeldía estábamos cambiando el mundo. 

Hace mil años y un día sucedió esto. Pasarían muchos años más para que la objetividad disfrazada de madurez pudiera advertir que, aquella revuelta, no trajo ningún cambio social ni modificaciones estructurales al sistema educativo que primaba en Oaxaca.

Ese día que comenzó con una alegría inusitada, terminó sin pena ni gloria seis meses después de que el gobierno estatal nos aplicó una guerra de desgaste y el desánimo melló nuestra voluntad.

Pero algo pasó en el inter. Unos conocieron el amor pero yo conocí al genio de Úbeda. Si. Al de la voz rasposa. En aquellas noches de protesta, alguien puso en la Panasonic de guardia, un casete de un cantante español de voz áspera. Y a partir de ahí me volví pastor de un culto laico y musical. 

No lo sabía pero el disco era el “En vivo” grabado con Viceversa, que marcó un hito en el mundo de la música. Perdón por la frase hecha.

Chavos: eran tiempos antediluvianos y el Youtube no existía. Los casetes se grababan de grabadora a grabadora o de la estación de radio directamente. En el Salina Cruz de los 80, sólo había dos tiendas de discos. Aún no había CDs y lo digital era algo que ni siquiera se vislumbraba en aquella aldea de pescadores y petroleros, en la que la máxima aspiración de los adolescentes de mi generación era integrar el ballet de Tantra.

Un día dejé el pueblo y me fui. Tras las montañas estaba el mar. La vida me llevó por varias partes y Sabina, buen cuate, me anduvo acompañando. En el edificio amarillo lleno de recuerdos universitarios enclavado en el Cerro del Fortín de la Ciudad de Oaxaca, volví a escuchar a Sabina.

Sabina aparte de ser un poeta sin perspectiva de género es un jurista o mejor dicho un penalista afín al causalismo pero no lo sabe o tal vez nunca lo sepa. El maestro sabe tuitivamente de derecho penal sustantivo, procesal penal y derechos humanos. Sugiero a mis alumnos de “Mecanismos de protección a los derechos humanos”, escuchar más a Sabina y leer menos a Burgoa. Hace algunos años quise hacer mi tesis de maestría “Sobre Sabina y la antijuridicidad” porque el lenguaje jurídico fluye de poca madre en sus canciones, pero mi asesor de tesis acostumbrado a dirigir tesis inocuas sobre el Ministerio Público no me lo permitió y cambié de asesor y cambié de tesis.

Ejemplifico:

En la cantadísima “Y nos dieron las diez” el trovador vuelve al pueblo con mar un año después y no encuentra el bar ni a la mujer de los ojos de gata. Ebrio de amor y de besos, enojado justificablemente, aventó, como debe ser, proyectiles a la sucursal bancaria que ahora ocupaba el lugar donde antes estaba el bar. Al ser llevado ante el juez, en su declaración alegó que llevaba tres copas. “Y nos dieron las diez…”

El argumento de defensa de Joaquín puede ser traducido al buen castellano como: “pedo no vale” pero, en contra, los alemanes, esos tipos fríos y aburridos, inventaron la teoría de la actio “liberae in causa”, que puede ser explicado en los siguientes términos: si te pusiste ebrio voluntariamente te serán imputables también los resultados. No aplica pues.

Sabina se equipara a José Alfredo que también es promotor de un mundo sin normas. Desesperado, el hijo pródigo de Dolores clama, enamorado, que el amor no puede estar sujeto al marco de la ley y grita “Vámonos, donde no haya justicia, ni leyes ni nada, nomás nuestro amor” y Sabina, más fino, pero más adolorido dice: “con Simón de Cirene hice un tour por el monte Calvario.”

¡Feliz cumpleaños 73 flaco!

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La navaja verde (o el nuevo Che Guevara)

Segunda parte

Carlos Morales 

Con la navaja envuelta en papel Bond, me dirigí rápidamente a entrevistarme con el agente del Ministerio Público. En la calle Galeana estaban los separos de detención provisional. Caminé por la avenida Independencia hasta el Palacio del Arzobispado convertido en Palacio Federal frente a la sobria Catedral de Oaxaca. En el edificio, cuya parte frontal está adornada con grecas de Mitla, convivíamos fiscales, defensores, inspectores del medio ambiente y otros especímenes de la Federación.

No hacía mucho que el señor de las botas había sacado al PRI de Los Pinos. En Oaxacaranda la vida pasaba lenta y feliz. Toda la nota roja oaxaqueña cabía en una sola hoja de El Imparcial. La noticia más importante del día: un mecánico en estado de ebriedad había insertado un desarmador en el cuerpo de su vecino por el resultado de un partido de fútbol.

El envoltorio asegurado al joven argentino pesaba casi 50 gramos. Pedí al MP decretara la libertad por farmacodependencia. “No. El artículo 199 del Código Penal Federal permite la libertad de los adictos cuando poseen 30 gramos pero no 50. Además, el pibe no tiene cara de marihuano. Debe ser un vendedor.”

Para tocarle el corazón expliqué que el chavo argentino era el nuevo Che que recorría América Latina diseminando las ideas del hombre nuevo. Que la historia lo recordaría como el fiscal que lo puso en libertad. Le dije que su padre era ministro del presidente Fernando de la Rúa. Además, supliqué su libertad porque el avión que lo llevaría a Buenos Aires saldría al día siguiente, que si se quedaba 48 horas iba a perder el vuelo.

“Lo voy a soltar, pero que espere sus 48 horas. Si su papá es el presidente de Argentina le puede mandar el avión presidencial. Dame las gracias que no lo mande a la Disco.” La “Disco” era un juego de palabras para nombrar a la tristemente célebre penitenciaría de Ixcotel.

Preocupado, subí al segundo piso del Palacio Federal. En mi oficina elaboré un escrito con harta jurisprudencia pidiendo la libertad inmediata. El artículo 199 del Código Penal Federal, —argumenté— no establece cantidades exactas de estupefaciente para el otorgamiento de la libertad del farmacodependiente pues la cantidad dependerá de la cantidad que necesite cada persona.

Esa norma penal —insistía— reconoce que la posesión por farmacodependiente no puede ser considerada delito porque la dependencia es lo que obliga a la persona a poseer y a consumir. El MP recibió mi escrito pero no varió su posición: “no quiero pedos, lo suelto en 48 horas.”

El  nuevo Che Guevara salió de los separos a las seis de la tarde del día siguiente y su vuelo de Aerolíneas Argentinas había partido a Buenos Aires al medio día. Tenía el cabello revuelto y miraba a un punto fijo en el horizonte. Estaba triste, hambriento y sin varo. Lo llevé a las oficinas de Mexicana de Aviación a comprarle un boleto de avión a la ciudad de México. En la panadería La Luna le disparé un tamal de amarillo de pollo que comió sin hacer gestos.

El Jetta gris 2001 volaba cuando llegamos al aeropuerto. Frente al elefantito de Andriacci me dio las gracias. De la bolsa delantera saqué la navaja y se la devolví. Me detuvo con la mano. “Guárdela como un recuerdo, cuando la revolución haya triunfado búsqueme, me dará gusto saber de usted.” “No puedo recibirla.” Le dije. Entonces esgrimió un argumento irrebatible: “No voy a poder subirla al avión.” Recordé que por el 11/11 se habían reforzado las medidas de seguridad en toda la aviación mundial.

Tomé la navaja y la volví a guardar. Ya era muy tarde pero volví a mi oficina a cerrar. El edificio del Palacio Federal da miedo por las noches. Dicen que en ese lugar estuvo la Santa Inquisición y hay quien ha escuchado ruidos de cadenas y gemidos ahogados. En alguna ocasión escuché a una monjita del más allá que rezaba un rosario. Saqué la navaja y la coloqué sobre el escritorio. Escuché pasos. No era la monjita, era el MP, que refunfuñaba:

“He tenido tanto trabajo que no he podido ir a comer. No paran de llamarme de la embajada argentina para preguntarme por el argentino. Les dije que ya decreté su libertad, que se le respetaron sus derechos humanos y que tú fuiste su defensor. Por su culpa lo único que voy a comer en todo el día es una naranja.”

Yo seguía cerrando mis documentos de Word de Office XP y guardando en el archivero el libro de Gobierno. Cuando levanté la vista el MP había cortado la naranja en dos y la chupaba ávidamente. La navaja Remington goteaba el jugo.

El tiempo pasó y Google desarrolló su plataforma superando a la de Altavista. En una de tantas mudanzas de la vida encontré la navaja lavada y desinfectada en una bolsa Ziploc. Me pregunté que habría sido de mi defendido argentino.

El Google me dio una referencia: ahora vivía en Granada, España y tenía un requerimiento de pago por infracciones de la normativa de tránsito y seguridad vial como taxista. No terminó la carrera de medicina. Fui al Facebook y lo encontré: el tiempo se había llevado sus rizos, había agarrado cuerpecito de tehuana y ya no miraba al horizonte. Había subido a su perfil una foto familiar en un negocio de Mc Donalds. Como no hizo la revolución no le mandé invitación.

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En la pospandemia, hay que repensar el arte, la cultura, el barrio: Luis Cuevas

Renato Galicia Miguel

La misión cultural y artística del oaxaqueño Luis Cuevas (Oaxaca de Juárez, 1994) se finca en la crítica y la libertad creativa, la calle y el propósito de ser un contrapeso a la transformación gentrificadora tan fuerte que hoy sufre el barrio Jalatlaco y la ciudad de Oaxaca en general.

A sus 28 años de edad, ha labrado una trayectoria como creador que implicó dejar la Escuela de Bellas Artes de la UABJO porque, al fin y al cabo iniciado y gestado como artista a partir de los años 2005, 2006 y 2007 y los movimientos sociales surgidos en ese tiempo en Oaxaca, no le gustó la visión del arte de Shinzaburo Takeda y abandonó esos estudios.

Una formación que también incluyó deambular por talleres y cursos en espacios como la Casa de la Cultura Oaxaqueña y el taller Rufino Tamayo, no pintar durante dos años porque lo suyo no era pensar en hacerlo para vender al gusto del cliente, y regresar al oficio precisamente cuando inició la pandemia de Covid a principios de 2020, pero volviendo a sus orígenes, ese estatus de artista libre que le dio, en sus inicios, caminar la calle, descubrir el sticker escondido en un rincón.

Una esencia que ha complementado con dos proyectos: el taller-galería Tlacuilo, ubicado, claro, en la calle Aldama número 110 del barrio Jalatlaco, donde durante todo enero de 2022 presentó una primera exposición, “Muertos y dolores cotidianos”, de un artista, Ernesto Cabrera, cuya obra “es difícilmente vendible porque toca temas muy fuertes y críticos de lo que está pasando hoy en Juchitán: asaltos, secuestros, desapariciones, violaciones, mutilaciones, violencia”.

Y su participación en el proyecto Mitote, un collage de jóvenes y propuestas de lectura de textos, música, venta de libros, performance y otros lances creado como un frente contracultural ante la cada vez más artificial y comercial cultura oficial, institucional, convencional, mediática, de élite, tótems y discipulado que domina desde hace décadas en la capital y el estado, pero también como antivirus de la gentrificación que se ha incrementado exponencialmente en los últimos años en sus aspectos de segregación, desplazamiento material y simbólico de la cultura, injusticia socioespacial, ámbitos asignados al mercado y desarrollo geográficamente desigual del capitalismo, como se apunta en el libro “Gentrificación/ miradas desde la academia y la ciudadanía” (UNAM, 2017).

Antes de entrar en materia, comentamos algunos aspectos de los artistas José Luis Cuevas y Rufino Tamayo y sus rupturas: “tuvieron que ver con el rompimiento con una escuela que ya estaba muy clavada en esos años”, acota Luis.

 Y también de la pandemia: “lo que la pandemia nos vino a decir es que no sabes si va a haber un mañana”, sentencia.

—José Luis Cuevas y Rufino Tamayo fueron en su momento contestatarios, ¿te identificas con ellos, con la Ruptura?

—Pues de alguna manera sí. Estudié en Bellas Artes, donde predomina una de las escuelas oaxaqueñas, una de las élites, que viene del maesto Takeda. Es una línea que muchos siguen para poder sobresalir y tener un nombre en el arte. Pero a mí digamos que no me gustó la visión de Takeda, esa de dibujar y pintar de esta forma… y si lo haces, te voy a apoyar…

—Si no, no… Son moldes y vicios que tienen que ser trascendidos, ¿no?; está bien, eso es lo que vivieron los Takeda, los Toledo, los Morales, pero como que ya estuvo, la pandemia lo exige, ¿no crees?

Responde Luis Cuevas: “lo que me hizo ver la pandemia es que no hay nada seguro, nos vino a decir que no sabes si va a haber un mañana. Hay que repensar todo y en todos los sentidos. En el arte, por ejemplo, crear lo que te nazca, no seguir líneas, no decir: ‘en esto, tengo algo supuestamente seguro porque lo están haciendo los demás y lo voy a seguir’, sino buscar lo propio, ser libre, sin que nada te limite”.

Luis Alberto Cuevas Curiel inició su formación cultural y artística a los 12 o 13 años, entre 2005, 2006 y 2007. Le tocó percibir todo lo que sucedía en la calle: las barricacas, los helicópteros, las desapariciones, el uso de la fuerza policiaca. Pero “lo que más me gustó fue ver cómo la gente se organizaba y luchaba contra la policía”, enfatiza.

“Empecé con el grafiti, me acerqué a él por mis vecinos, mis primos. Para mí no existía el arte, existía el grafiti, todo lo que veía en la calle, que más que nada era ilegal. Siempre iba en el camión buscando qué había de nuevo, viendo los rinconcitos de la calle, si encontraba un sticker nuevo o cualquier otra cosa similar. Para mí eso fue como una formación que sigue marcándome: sigo caminando las calles y viendo qué hay de nuevo, quién y qué está pintando”. 

Después de estar en el taller Rufino Tamayo, allá por 2015, “me di cuenta que lo que realmente quería hacer era producir, pintar, aprender grabado, nuevas técnicas. Después participé en algunas exposiciones colectivas”.

Luego entré a la Escuela de Bellas Artes, donde ocurrió ese como choque: “yo venía de lo que había visto en las calles, de lo que era el grafiti, tenía mi propia concepción de lo que era arte, y en Bellas Artes estaba el contraste total. Mis ánimos fueron para abajo, entré en un conflicto conmigo mismo y el arte. Me desilusioné mucho, me frustré. Empecé a pensar si estaba pintando para vender y complacer a otros.  Esos años fueron los más difíciles para mí. Decidí dejar de pintar, así estuve dos años. Y a partir de la pandemia retomé camino, sin pensar en las escuelas o en que tenía que vender o en que le gustara mi pintura a alguien.

—Qué tanto está, dentro de tu concepción de arte, tu barrio Jalatlaco.

—Tiene mucho que ver. Antes de entrar a Bellas Artes empecé a tener contacto con mi abuela, y ella comenzó a contarme de su hermano Kid Curiel, mi tío abuelo que fue boxeador, me contó su historia, cómo lo asesinaron, también, cómo era el barrio, las historias de los curtidores, de mis primos y tíos. 

En la Escuela de Bellas Artes, precisamente, “uno de mis proyectos era hablar del barrio Jalatlaco, y uno de mis maestros me dijo: ‘eso no es relevante, cambia de tema’.

Platica Luis Cuevas que desde un principio estuvo muy presente en él ese lado histórico de su barrio, porque “yo soy de ahí, mi familia es de ahí”.

Por eso “se me hizo muy importante que en el taller-galería Tlacuilo –el cual creó en el año 2021– una de las misiones sea que la misma gente del barrio ocupe un lugar, que tenga un espacio para resguardar la historia, la memoria de Jalatlaco. 

—Más en estos momentos, ¿no?, cuando Jalatlaco y la ciudad de Oaxaca está sufriendo la embestida de la gentrificación por parte de propios y extaños, una transformación muy fuerte.

—Hay muchos puntos respecto a este tema, pero tocaré dos. Uno, el económico: el cómo se encarecen las cosas. Hace diez o cinco años, por ejemplo, las rentas estaban a mil pesos y hoy a más de 20 mil. Y el otro, lo sociocultural: la comparsa, digamos. 

Así como la fiesta patronal es la más importante para un pueblo, “así yo veía de niño la comparsa en Jalatlaco. Mucha gente no sabe que ésta no nada mas es ir a tomar o  bailar o echar desmadre.  Incluye, por ejemplo, la actuación. De niño, a mí me ilusionaba mucho disfrazarme y ponerme la máscara. 

“Y todo eso se está perdiendo, se está viendo como, ‘ah, van a venir un montón de gringos, el barrio va a llamar más la atención y con eso vendrán más’ visitantes. Se empieza a ver con otra visión, más en relación con los que vienen de fuera y no hacia el mismo barrio, como era antes.  Y si eso pasa con estas cuestiones socioculturales, creo que puede pasar con todo en general. Nos vamos a desarticular, todo lo que hagamos va a ser para recibir al extranjero, es como una neocolonización: nos vienen a deslumbrar con espejitos y al final de cuentas eso nos va a dar en la madre como barrio y como sociedad”.

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La depresión a veces tiene cara de felicidad

Mariano Estrada Martínez

Hoy será muy breve.

Solamente  quien ha pasado por depresión, ansiedad o ataques de pánico, puede entender que no es una cuestión fácil. No es que no quieras estar bien, es que no puedes.

Yo ando por aquí, saludo, escribo, juego, pero hace tiempo tenía una depresión muy fuerte, en navidad del año pasado tuve una recaída, es una sombra que se esconde detrás de tus fotos del face. Pero tuve mucho, muchísimo apoyo, trabajé y trabajo hasta la fecha sobre ella y júrenlo que saldré adelante, no ha sido fácil y lo más importante no he estado solo y lo he podido hablar.

Es impresionante como hay gente que no entiende que cuando una persona tiene ansiedad y depresión sus actividades diarias están muy limitadas por los trastornos que tiene. Hasta levantarse de la cama es una odisea. La depresión no tiene edad, los ataques de pánico no son un show, la ansiedad no es una exageración y la baja autoestima no es un juego. Ojalá algún día la gente entienda que la salud mental es tan importante como la física.

La depresión grita, otras veces es silenciosa.

La depresión tiene sonrisa, tiene lágrimas, es bulliciosa.

La depresión salta, baila, carcajea, gana concursos de belleza.

La depresión está, pero a veces no se ve como todos creen.

Quédate con la gente que está ahí en tu depresión, la que no se fue en un ataque de ansiedad, la que fue a urgencias, la que vio la nota póstuma a tiempo, la que te abrazó cuando llorabas sin remedio y “sin sentido”, la que se quedó. Demasiada gente desaparece cuando es feo.

Hay Mariano… esas son cosas de la generación de cristal, en mi tiempos no había esas “debilidades”. No es que antes no hubiera gente con depresión y ansiedad… Es que antes había gente que vivía sin querer vivir, que tenía ataques de pánico, que pensaba que le estaba dando algo cada dos por tres, pero nadie les había dicho qué era lo que les pasaba, igual que a los niños que en la pandemia viven solos, que no les da ni el sol.

La depre, es una de las peores enfermedades que existen, muy mal comprendida por la mayoría de las personas, algunos asumen que es un invento de quienes la padecemos.

Cuídense.

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