Al inaugurar la autopista Barranca Larga-Ventanilla, el Titular del Poder Ejecutivo Federal invitó al exmandatario oaxaqueño a ser testigo de la ceremonia. Ahí, más allá de la aparente incomodidad del gobernador Salomón Jara, lo que se pudo ver fue el tamaño real de Murat Hinojosa como político a ras de tierra. Seguramente, ese encuentro selló el acuerdo político entre ambos —que AMLO cumplirá—. Pero eso no le quita el haber exhibido a Alejandro Murat en su pequeñez como factor de poder actual en la entidad.
La capital, los habitantes, y los amantes de la capital oaxaqueña, sabemos que el costo por pagar en el ejercicio de la política es siempre alto. Han pasado políticos de prácticamente todos los partidos políticos por la presidencia municipal, pero la ciudad capital sigue sosteniendo sus carencias y debilidades que se agravan a cada momento. Acaso la mayor de ellas es la inseguridad, aunque hoy igualmente podría ser la basura, el ambulantaje, la informalidad y la excesiva permisividad de la autoridad frente a todos aquellos que pretenden pasar por encima del orden público.
Sólo quien esté ciego no puede ver que uno de los temas más urgentes del Gobierno del Estado en Oaxaca, radica en la necesidad de emprender una reforma profunda a la administración pública estatal. Dicho apremio se ve cotidianamente en la disparidad salarial entre la burocracia basificada y la de confianza; en la ausencia de linderos claros entre las responsabilidades mínimas y máximas de unos y de otros; y en las constantes y recíprocas acusaciones de corrupción, de improductividad y de apatía que se lanzan desde el interior del aparato burocrático.
Más allá del fantasma de una nueva revuelta social imaginaria encabezada por el magisterio, en Oaxaca debemos entender algunas coordenadas reales respecto a la relación de la Sección 22 con el gobierno de Oaxaca y con la Federación. Sólo así podremos asumir la dimensión del problema al que se enfrenta la administración del gobernador Salomón Jara.