PRI: crisis y discordancias reales, apenas vienen

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+ Tricolor sin poder: nido de confrontaciones

Ni siquiera la derrota electoral le ha hecho tanto daño al PRI en Oaxaca, como la soberbia, el pragmatismo mal encaminado y las ambiciones de quienes lo han manejado. Aún cuando el tricolor no ha dejado de ser una fuerza política altamente rentable por la cantidad de votos que genera, es evidente que tanto la nueva circunstancia de la entidad, como la suya propia, habrán de demostrar el liderazgo y la capacidad política real de quienes lo tienen en sus manos, pero también de los que seguramente librarán batallas feroces por el control del mismo.

En efecto, tal parece que la historia reiterativa del PRI, ha sido la de las debacles irremediables, derivadas de la concentración de sus propios vicios y las ventajas que sacan de ello sus oponentes electorales. Si en el ámbito federal ese fue uno de los varios motivos que los llevaron a la derrota, en el año 2000, en Oaxaca parece claro que también existen algunos rasgos claros de ese lento proceso de descomposición que, si bien aún no termina, sí los llevó ya a atravesar por uno de los peores momentos de ese partido.

Pero vayamos por partes. A lo largo de buena parte de las últimas dos décadas en que el priismo gobernó el país, las estructuras formales y materiales de ese partido fueron controladas por un grupo de personas con conocimientos especializados en temas específicos, que habían cursado estudios en el extranjero, y que tenían preparación de alto nivel en cuanto a temas técnicos y las más importantes tendencias económicas dictadas desde las potencias económicas, pero que carecían de una identidad ideológica sólida en cuanto a los principios del partido al que militaban.

Aquellos, los tecnócratas, vieron en el gobierno no una oportunidad genuina para servir eficientemente a su partido, y a la patria; más bien, en su visión, existía la perspectiva de asumir al priismo, y al gobierno federal mismo, como sendos instrumentos a través de los cuales ellos podían conseguir ciertos fines relacionados lo mismo con la política, que con el ejercicio legislativo y la acumulación de recursos económicos o poder derivado del Estado, pero no para contribuir a la construcción de una nación más sólida.

Así, puede verse que la tecnocracia tuvo innumerables fallos a la hora de defender el peso específico de su partido frente a la transformación de la mentalidad y las expectativas políticas de la nación, y aunque sus integrantes eran hombres brillantes que antes habían destacado en ámbitos académicos del extranjero, para luego venir a ocupar cargos de relevancia política en el país.

Al tener el control del PRI, decidieron sobreponer los intereses de su grupo a los del cimiento del priismo. Lo utilizaron como un vehículo de acceso al poder, pero no como parte de los elementos esenciales de la política que debían alimentar. Y por esa razón, luego de que la tecnocracia perdiera los comicios presidenciales del año 2000, ha sido la renovación de aquel “viejo PRI” —es decir, hombres y mujeres provenientes de algunas generaciones anteriores a la de los militantes tricolores de la era de la tecnocracia— el que ha tenido que regresar, para tratar de recuperar la competitividad de esa fuerza política otrora hegemónica.

¿TECNOCRACIA OAXAQUEÑA?

Podría suponerse, aunque en una visión más bien errónea, que en el priismo de Oaxaca ocurrió lo mismo: es decir, que en algún momento arribó al poder gubernamental estatal un grupo que tenía poca identidad con su partido, pero con mayores expectativas de acceder al gobierno para defender ciertas ideas, y transformar determinadas estructuras, que sirvieran y beneficiaran sistemáticamente al grupo al que pertenecían.

El problema, en realidad, es que esa expectativa resulta ser demasiado elevada. Si la tecnocracia nacional tuvo ciertos puntos fuertes en cuanto a la formación intelectual que presumían, pero que se menguaba por sus debilidades relativas al trabajo de partido, lo cierto es que los más recientes manejadores del tricolor oaxaqueño llevaron a ese partido a la derrota, lo mismo por la acumulación de ciertos vicios propios de la política y la administración (es decir, signos claros de ineficiencia y corrupción), como también por la ausencia casi total de otras virtudes, intereses y afinidad política por su partido, que les permitiera ver más allá de las intrigas, la grilla y las meras disputas por el poder.

La nuestra ha sido, según parece, una especie de “tecnocracia” que, sin embargo, jamás logró tener al menos los elementos o preparación técnica propias del tecnócrata promedio, pero tampoco las bases ideológicas, la sensibilidad social o capacidad política, que finalmente los llevaron a la derrota. Fue, pues, un pragmatismo vil, sin ninguna justificación o pantalla y, sobre todo, encaminado a nada.

Todo es lo que tiene al priismo oaxaqueño en una crisis, que no sólo abarca la pérdida del gobierno estatal. En los últimos años, los dirigentes de ese partido han sido completos subordinados del Jefe Político en turno, que jamás han demostrado tener banderas, causas democráticas, o cuestiones en las que sean capaces de articular una defensa y argumentación, técnica y política, a cualquier nivel.

Asimismo, la capacidad de composición y negociación política, fue suplida por completo por el avasallamiento y los ejercicios de disciplina motivados por las amenazas y las cooptaciones. Y hoy nadie sabe bien a bien cómo se organizará, ni cómo se negociarán los espacios de poder dentro ese partido sin fracturarlo, una vez que la figura del Primer Priista deje de ser preponderante y se sustituya por un ejercicio de la política partidista más libre de lo que es ahora.

TIEMPOS TURBIOS

La guerra por la dirigencia priista, según se ve desde ahora, será feroz. Aunque verdaderamente nadie tiene mucho qué presumir, ni muchas razones para sostenerse como más demócrata o político eficaz que los demás, lo cierto es que todos los personajes que más temprano que tarde se sentirán con posibilidades de arrebatar la dirigencia a sus líderes actuales, harán lo que tengan que hacer sin ninguna consideración, en aras de hacerse de una porción de poder en su partido. En nadie cabrá la prudencia. Ante ello, ¿los manejadores actuales del PRI seguirán ubicados en esa posición intolerante, poco reflexiva, e indiferente a los complejos nuevos tiempos del priismo? La soberbia y la insensibilidad los llevará por senderos muy turbios.

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