¿Hoy, las personas más idóneas están en el gobierno?

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+ Sapiencia dejó de ser esencial; todo se basa en imagen

Dentro de las frases que de forma infaltable dice un gobernante al tomar posesión de su responsabilidad pública, es que para llevar a cabo las funciones del Estado se rodeará de “los mejores hombres y mujeres” con las que cuenta la sociedad. No obstante, hoy podemos darnos cuenta que si los vicios del pasado en la designación de las tareas públicas se centraba en el “amiguismo”, el “compadrazgo” o el “dedazo”, hoy mucho de eso parece estar determinado por la imagen, y por la manipulación de la voluntad de los electores que se ejerce desde ella.
En efecto, los libros de historia cuentan que, por ejemplo, la Convención de Filadelfia, de la que emanó la Constitución Política de los Estados Unidos de Norteamérica, estuvo integrada verdaderamente por los mejores hombres, los más preparados de aquellos tiempos.
Entre ellos, se sabe, había políticos, abogados, profesores y hasta ex rectores de universidades de aquellos tiempos (entre ellos George Washington, Benjamín Franklin, y los posteriores autores del libro referencial “El federalista”, Alexander Hamilton y James Madison). El resultado fue un documento constitucional que refleja un conocimiento excepcional por parte de sus creadores, además de una absoluta sensibilidad respecto a los problemas, aspiraciones y formas de organización del pueblo estadounidense.
Algo similar ocurre con el Congreso Constituyente Mexicano de 1857. A él, fue convocado un grupo de personajes que, por su ascendencia no sólo en el mundo de la política, es aún reconocido hoy como el más importante constituyente que ha tenido nuestro país, porque de él emanaron las bases fundamentales que luego se refrendarían en la Constitución de 1917, y consolidarían el régimen institucional y democrático en el que aún hoy seguimos transitando.
Y cómo no pensar en que ese Constituyente estuvo lleno de hombres trascendentales para la vida nacional. A ese Congreso acudieron para discutir el futuro de la nación mexicana, hombres de la talla de Ponciano Arriaga, Santos Degollado, Valentín Gómez Farías, Jesús González Ortega, José María Lafragua, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Ignacio Luis Vallarta y Francisco Zarco, entre otros.
El resultado de esas grandes obras es épico, así como de algún modo lo fueron los gobiernos integrados por grandes hombres que, además de tener las habilidades políticas propias para el desempeño de los cargos públicos, además habían sido brillantes abogados, politólogos, periodistas, escritores, historiadores, poetas u hombres de ciencias, pues esas solas cualidades los reputaban como hombres preparados para la vida y la función pública. Muchos de ellos, aunque no todos, honraron esas presunciones y legaron grandes episodios, leyes o disposiciones que sí, en efecto, transformaron la situación del país y trascendieron al solo momento en que ocurrieron, para inscribirse en la historia.
Incluso, hace no tanto tiempo, y aún cuando los presidentes mexicanos ya no tenían gestiones tan épicas como las de antaño, y cometían innumerables errores y excesos en las tareas de gobierno, sí tenían importante ascendencia en sus áreas profesionales, y esa era una de las cartas de presentación que los ponía en posición de hacer política.
Hasta antes del presidente Vicente Fox, e independientemente de su reputación o resultado como políticos, todos los presidentes mexicanos habían sido destacados académicos, autores de libros, conferencistas, referencia de estudios académicos, y destacados alumnos de las mejores universidades y centros de estudio del mundo.
Sin embargo, tal pareciera que lo que ocurre es que la política mexicana está viviendo un proceso inversamente proporcional al de todas las áreas de desarrollo: mientras éstas exigen cada vez un mayor grado de profesionalización y eficacia, la política se ha inundado de personas que simplemente tienen buena imagen, pero que no tienen ninguna referencia en cuanto a eso. Y aunque pueda decirse que un buen promedio, o un título de una universidad afamada, no necesariamente hace a un buen político (como en el caso del presidente Carlos Salinas de Gortari), lo cierto es que esa siempre debería de ser una referencia política obligada, para dejarlos pasar al máximo cargo que existe en el país.

TODOS MAL
Hace exactamente ocho días, el aspirante presidencial Enrique Peña Nieto resbaló en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. La historia, a estas alturas, la sabemos todos: el ex Gobernador del Estado de México acudió a presentar un libro que, se supone, él escribió, y al terminar la presentación un periodista le preguntó cuáles eran los tres libros que habían marcado su vocación por la política. Peña, bien lo sabemos, no pudo hilar los tres nombres que le pedían, se enredó, olvidó a autores y libros. Y terminó provocando un desastre.
Sus enemigos políticos, y la ciudadanía en general, no tardaron en hacer leña de un árbol que apenas estaba en riesgo de caer. Por su naturaleza de impactar en los segmentos de personas más con más información y preparación académica, las redes sociales como Twitter fueron particularmente incisivas con él. No obstante, más allá del efecto que tuvo el desliz, y la burla de que fue objeto Peña Nieto, algo quedó claro: que todos sus contrincantes están más o menos en las mismas circunstancias.
La evidencia también estuvo a la vista. El aspirante panista, Ernesto Cordero, erró al querer rematar a Peña Nieto. Y Andrés Manuel López Obrador evitó, hasta ayer viernes, referirse al tema, quizá previendo que al hacerlo con exceso, “alguien” pudiera revivir esos reportes de calificaciones en los que se da cuenta que él ni fue un buen estudiante, ni fue tan brillante como pudiera pensarse, que tardó muchos más años de los debitos inscrito en la universidad y que, incluso, ni siquiera pudo concluir la carrera que inició.

IMPERIO DE LA IMAGEN
Sin embargo, el peñanietismo no se preocupa: sabe que las clases educadas que tundieron al aspirante presidencial, son insuficientes para mermar su popularidad. Saben que, finalmente, la televisión y la radio suplirán esas deficiencias. Y que, finalmente, de todos modos podrán salir bien librados de ese y otros embates que, por razón de su cuestionable condición intelectual, puedan hacerle al abanderado priista. La imagen, pues, construyendo la imagen que no se pudo hacer con nada más.

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