Transición: México será el país que no cambia

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+ Peña Nieto: triunfo no es en grado que querían

 

Enrique Peña Nieto sólo podrá sacar adelante su proyecto reformador, si apuesta por seguir igual que como hasta ahora. En los últimos años, en el sistema político mexicano ha habido una connivencia crónica entre el PRI y el PAN, que ahora se refrendará con este resultado electoral. Es cierto que el PRI ganó. Aunque también lo es que el triunfo llegó, pero no con las características y la holgura que esperaban. Así, o este se convierte en el sexenio de los grandes pactos. O simplemente se buscará regresar al viejo y recurrente gatopardismo, en el que se busca modificar todo para que nada cambie. ¿Por qué?

El PRI pensaba regresar a la Presidencia, contando con el respaldo de una mayoría legislativa, que no ha existido en los últimos 15 años para ningún partido. La aparente fortaleza electoral de Peña Nieto (es decir, el llamado “efecto Peña”), haría posible remolcar al triunfo a docenas de candidatos que por sí solos no podrían ganar. Y eso, según sus cuentas, podría permitir no sólo que el ahora virtual Presidente Electo llegara con un alto grado de legitimidad a la titularidad del Ejecutivo Federal, sino que también lo hiciera arropado por un Congreso de mayoría priista.

Esto era fundamental. Porque sólo los que no conocen la estructuración y el funcionamiento del poder público en México, creen que hoy al ganar la Presidencia se gana todo. Eso era hasta hace tres lustros. Sin embargo hoy, es fundamental que el Presidente en turno pueda tener cierto control e injerencia en el Poder Legislativo, para que éste dé su anuencia, y le permita que sus proyectos de reforma y sus procesos de reestructuración, puedan materializarse, y entonces sí se pueda hablar de cambios de fondo plasmados no sólo en actitudes, sino en leyes.

Como los últimos dos Presidentes no han tenido mayoría legislativa de su partido, siempre han buscado el acuerdo con fuerzas minoritarias para sacar algunas reformas. Sin embargo, es claro que a esto le ha ganado siempre la efervescencia, el cálculo político y la superposición de las agendas partidistas, sobre las necesidades del gobierno y del Estado. Todo esto, además de que tales acuerdos han tenido altísimos costos económicos, políticos y de gobernabilidad para nuestro país.

Peña Nieto pensó que él sería el primer Presidente mexicano de este siglo que contaría con mayoría en el Congreso. Por eso se atrevió a hablar de reformas polémicas como la de la reducción del número de diputados y senadores, y se comprometió a sacar adelante reformas estructurales que en los últimos años han sido simplemente intransitables.

Hoy no estamos ante ningún escenario inédito. De hecho, lo que los mexicanos confirmamos con esta votación es que seguimos dispuestos, los electores, a no dar más poder a nuestros gobernantes, aunque eso signifique que el país continúe condenado al inmovilismo y a la falta de acuerdos. Las grandes reformas que necesita este país han sido intransitables en los últimos 15 años, justamente porque el Congreso mexicano no tiene capacidad, ni disposición, ni talento, para ponerse de acuerdo. Ese fue el gran dolor de cabeza de Vicente Fox y de Felipe Calderón como Presidentes (y, de hecho, eso fue lo que en alguna medida hizo poco eficientes los dos periodos presidenciales del panismo). Y, de no haber un gran pacto —ese sí, inédito— también será el gran lastre del primer tramo de gobierno de Enrique Peña Nieto.

 

¿PACTO O CONNIVENCIA?

Si Peña Nieto quiere contar con cierto grado de gobernabilidad y margen de maniobra como gobernante, necesariamente tendrá que pactar con el adversario. Solo, con su partido, no le alcanza. El problema, sin embargo, no radica en si pacta o no con las demás fuerzas políticas, sino más bien en la forma en cómo esté dispuesto a hacerlo.

El acuerdo puede implicar cierto grado de cesión entre todas las fuerzas políticas, a cambio del reconocimiento mutuo de espacios y de fuerzas. O, como presidente, Peña puede hacerlo como ha sido en los últimos años: trabando alianzas con una sola fuerza política para completar la mayoría que necesitan sus reformas legislativas para ser aprobadas, aunque esto implique la ejecución de una política inmoral que además traiga aparejadas concesiones inconfesables, y que convierta el acuerdo político en una connivencia de efectos nocivos para el sistema de partidos, para la fama pública de los mismos y, en el último de los casos, también para la nación.

El problema es que, en las últimas cinco legislaturas federales el PRI y el PAN han decidido cogobernar de la peor forma posible. Lo hizo el PAN con el PRI cuando éste era aún gobierno, de 1997 al 2000; y, de distintos modos, el PRI ha accedido a las pretensiones del PAN en los doce años siguientes, en los que han tenido como adversario natural al PRD y a las fuerzas de izquierda, que han impedido que los grandes proyectos del grupo gobernante (verbigracia, las llamadas “reformas estructurales”) se lleven a cabo. Y es que el problema no es en sí el pacto, sino los efectos que esto ha tenido. ¿Por qué?

Por sus alianzas siempre son tras bambalinas. Las alianzas que ha generado el gobierno con la minoría (en este caso gobierno panista con fracciones priistas) han sido siempre discrecionales y de contenido vedado para los mexicanos. Es decir, que pactan algo pero nadie, más que ellos, sabe qué. Y, en la mayoría, esos pactos han implicado perdones, impunidades, borrones y cuenta nueva, y una serie de espacios de privilegio que en no pocos momentos rayan en lo indebido.

Por todo ello, si el primer gran reto de este gobierno es el de generar las alianzas necesarias para sacar adelante las reformas y los proyectos que inicialmente creyeron que podrían consolidar sin la ayuda de nadie, el segundo de los retos tiene que ver con la forma en cómo realice su tarea. Puede hacerlo por la vía de siempre (pactando y acordando canonjías a cambio de votos, y dando la misma idea de nuevo viejo PRI), o puede inaugurar una nueva época de pactos realizados de cara a la nación, con compromisos y concesiones que tengan que ver más con la democracia que con los intereses partidistas o personales de quienes detentan el poder. Ahí se demostrará qué tan renovado estará el nuevo (¿viejo?) partido gobernante.

 

CUENTAS RARAS

Las cuentas no salen. ¿Cómo que en Oaxaca hay candidatos a senadores que sacaron más votos que sus candidatos presidenciales? Las traiciones, pues, a todo lo que da. Cuando la los datos lo permitan, abundaremos.

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