Oaxaca y sus candidatos: el problema son las mentiras

No se equivoca el edil citadino Luis Ugartechea cuando, harto, afirma que los problemas que tiene la ciudad ya estaban cuando él llegó a encabezar el Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez. Todos los problemas ya estaban ahí; e incluso, quien resulte electo como nuevo Munícipe de la capital encontrará, en enero próximo, también los nuevos problemas que particularmente herede la presente administración citadina. ¿Entonces lo irresoluble son los problemas, o las promesas fantasiosas respecto a Oaxaca de Juárez?

En efecto, hoy que estamos a menos de dos semanas de que se sepa quién relevará al edil Ugartechea en la presidencia municipal capitalina, él se ve totalmente rebasado por los problemas. Acaso por eso, el pasado sábado Ugartechea reconoció irónico, en entrevista con un diario citadino, que el mal estado de las calles de la capital, y los baches, eran un problema que ya estaba ahí cuando él llegó al gobierno municipal y que a pesar de que ha intentado resolver el problema, las adversidades han sido mayores que las respuestas. ¿Eso puede ser un consuelo, una excusa, o un reconocimiento de claudicación?

Es claro que puede ser todo a la vez. Pues como lo hemos dicho en otros momentos, todo oaxaqueño que vive, conoce y camina todos los días por las calles de la capital oaxaqueña, tiene grandes posibilidades de conocer a detalle muchos de los problemas que la aquejan. Lo grave es que esos problemas siguen ahí a pesar de que el gobierno cambia de titular, los partidos se rotan el poder, y llegan al gobierno personajes que lo mismo son avezados conocedores de la política, empresarios metidos a políticos o personas a las que una casualidad —quién sabe si afortunada o no— los llevó al gobierno citadino.

¿Cuál es la razón por la que Luis Ugartechea se duele de un problema que, como lo dice, ya estaba ahí cuando él llegó a la capital, y que no pudo resolver? Se duele, es claro, por eso último: porque él, como muchos otros que han llegado al gobierno en otros tiempos, quizá pudo lograr identificar el problema pero no pudo encontrar una solución de fondo. Y eso mismo podría aplicarse para casi todos los problemas de la ciudad, que quizá puedan estar ya más o menos diagnosticados, pero sobre los cuales no tienen un camino claro para ser resueltos.

En este sentido, es evidente que la responsabilidad es compartida también con la ciudadanía, que se ha pasado el tiempo imbuida en ver qué saca de las elecciones pero que no ha tenido claro cómo, o entre quiénes, elegir a una autoridad que sí pueda enfrentar los problemas de la capital. Ese es un problema mayúsculo, si se mira desde la perspectiva de que si las elecciones no sirven para eso (para que cada partido y candidato exponga la visión de gobierno y la solución a los problemas públicos de una sociedad), entonces son un ejercicio estéril en Oaxaca para legitimar a las autoridades. ¿Por qué?

Porque, en la primera de las trincheras, las de los partidos y sus candidatos, todos hacen como que proponen aunque en realidad no proponen nada. Pues, en el caso de Ugartechea, es claro que no era suficiente que como ciudadano tuviera claros los problemas de la ciudad. Lo realmente necesario y provechoso habría sido que supiera también cómo enfrentar y resolver por lo menos uno de los muchos problemas que tiene la ciudad. Los hechos y su gobierno a medias, han dejado claro que el panista únicamente pudo medio abordar los problemas, pero sin hallar una solución integral a uno solo de todos los que tiene la capital.

Eso es grave, pero es sólo la mitad del problema.

 

¿Y LA CIUDADANÍA?

En todo esto, los ciudadanos no estamos eximidos de culpa. Más bien, a nosotros nos toca la responsabilidad de haber permitido que las campañas proselitistas se hayan convertido —o que más bien, nunca hayan dejado de ser— meros circos en los que conviven los ataques, las mentiras y las promesas fantasiosas. En todo este tiempo, las propuestas reales han sido las que menos presencia han tenido entre los votantes, que tampoco hemos tomado el tiempo para verdaderamente saber si el candidato por el que votamos tiene algo más que ser popular, y puede resolver alguno de los problemas que tiene la ciudad.

En ese sentido, queda claro que el problema de fondo son las mentiras. Todos los que nos han gobernado en la capital, y todos los que ahora pretenden acceder a ese cargo, vienen a decirnos que con ellos habrá empleo, habrá calles bien pavimentadas y libres de baches; que habrá seguridad, que habrá orden; que se frenará al ambulantaje, que no habrá impunidad y que se simplificará la administración municipal para hacerla más sencilla y cercana a la gente.

Sí, todo eso suena extraordinario. Pero ahora los ciudadanos queremos saber cómo le harán para conseguir esas metas. Hasta hoy no lo han conseguido en prácticamente ninguno de los rubros, y eso ha sido así porque si bien es cierto que prometer no empobrece, lo que sí nos empobrece es que al gobierno lleguen siempre personas que pudieran llevar mucho ahínco pero que no tienen claras las soluciones, los caminos, las formas y los tiempos para darle un remedio de fondo a problemas que ya están bien identificados.

Por eso nosotros mismos debíamos ser más incrédulos frente a las campañas electorales y las promesas fantasiosas de quienes pretenden gobernarnos. Deberíamos preguntar con todo detalle cómo le hará el candidato Javier Villacaña para cumplir cada una de las propuestas que ha firmado ante notario público; lo mismo quisiéramos saber de lo que propone el panista Francisco Reyes; y a dónde nos podría llevar, en los hechos, toda la retórica con la que pretenden encandilarnos otros candidatos que sólo apelan a la fantasía o a la piedad, como Raúl Bolaños de Movimiento Ciudadano.

Esto último, hace evidente que si la mitad de esta desgracia de nuestra capital radica en que nuestros candidatos no tienen claro cómo resolver un problema, la otra mitad se encuentra en el hecho de que nosotros como gobernados hemos también fallado en la posibilidad de elegir a quien de verdad más le conviene a la ciudad, y no al que es más demagogo, al que habla mejor, o al que regala más despensas el día de las elecciones. ¿Nos damos cuenta de eso?

 

¿Y LA NEGOCIACIÓN MAGISTERIAL?

Sólo dan cifras globales. Pero es un completo misterio, y así seguirá, todo lo relativo a cómo se está llevando la negociación magisterial, y qué ha dado el gobierno para frenar el paro indefinido de labores. La opacidad de cada año, de nuevo, a todo lo que da.