Independencia: el petróleo y sus incomprensiones

+ Aislamiento, imposible en tiempos de globalización

Qué complicado resulta comprender los tiempos actuales, no sólo por el arraigo que muchas veces queremos tener respecto al pasado, sino también por la dinámica tan voraz en la que cambian las circunstancias. Hoy que celebramos un año más (204) del inicio de la lucha por la Independencia de México, muchos nos sentimos agobiados por sentimientos como el de la presunta “entrega” del país a los extranjeros, o la pérdida de soberanía frente a las potencias extranjeras. Vale la pena revisar momentos como éste para entender las circunstancias actuales.
En efecto, este será un año particularmente contradictorio porque en el país se acaban de aprobar las reformas estructurales que, según una porción de quienes influyen en la vida pública, entregan la soberanía nacional a los intereses extranjeros. Hay quienes repudian no sólo este momento histórico sino la continuación de ciertas políticas que son contrarias a lo que la mayoría necesita. Pero lo cierto es que hoy en día podemos pensar en cualquier circunstancia menos en la de vivir anclados a un aislamiento que sería tanto o más inexplicable que la situación actual. Veamos.
Es cierto que reformas como la energética abren muchas interrogantes. La mayor de todas, es que en realidad muy poca gente, poquísima (sólo los estratos muy especializados en esa materia) saben y entienden los alcances reales que tienen los cambios constitucionales y legales hechos hace apenas unas semanas en materia de energías. La mayoría de la población nos quedamos o con lo que nos dice el gobierno, o con lo que nos señalan sus grupos opositores. El primero dice que la reforma traerá un cúmulo de beneficios (empleo, energía a menor costo, movilidad económica, desarrollo, etcétera) para toda la población; mientras que los segundos dicen que estamos frente a la entrega de la soberanía nacional a los intereses extranjeros.
Uno puede o no estar de acuerdo con esas posturas, pero lo que no debemos hacer es quedarnos sin ningún por qué. El gobierno asume que la reforma energética era necesaria porque el Estado carece de las capacidades para detonar la industria energética del país en momentos en los que, relativamente, el petróleo está dejando de ser el oro negro, y existe necesidad de diversificar energías con las que cuenta el país, pero que en las condiciones actuales no son explotables. Por eso dice que la reforma es necesaria porque con ella habrá inversiones privadas que vendrán a colaborar con el gobierno para explorar esas nuevas vetas energéticas, a cambio de una ganancia. En la lógica oficial esto es un ganar-ganar (para el Estado y para los particulares que arriesguen sus capitales en esas exploraciones), con el que sin embargo hay muchos que no están de acuerdo.
No están de acuerdo porque dicen que las energías bien pueden ser explotadas por el Estado sin la intervención de particulares, y menos extranjeros. Porque dicen, además, que esto constituye un acto que marca la revocación del gran paso histórico que dio el general presidente Lázaro Cárdenas del Río al nacionalizar la industria y la riqueza petrolera. Y sostienen que en realidad la clase gobernante actual es socia, o subordinada, de los grandes capitales internacionales interesados en venir a quedarse con lo nuestro. Y por eso dicen que la reforma energética constituye la más grande traición y entrega de nuestro país.
No sabemos si en realidad cualquiera de las dos posturas pueda ser tan extrema como la pintan. En realidad lo que sí sabemos es que quienes han estado al frente del gobierno en los últimos años fueron educados en la lógica de la globalización y del llamado neoliberalismo, que busca sacar al Estado de la gran mayoría de las actividades económicas para que, en la lógica del liberalismo económico, sea el propio mercado quien se regule solo.

RAZONES EMOCIONALES
En ese sentido, podemos entender que en México el tema petrolero sea particularmente complejo. Esto, debido no sólo a que de la industria petrolera depende una tercera parte del gasto público nacional y que así ha sido en las últimas décadas, sino sobre todo porque el tema petrolero implica también una victoria trascendental de nuestro país en relación a los intereses extranjeros, que incluso podría ser la única en la que verdaderamente México se pudo sobreponer a los intereses que se aprovechaban de la industria y la riqueza del subsuelo mexicano.
Y es que el petróleo implica la única batalla que, sin armas, México le ha ganado a Estados Unidos. Desde finales del siglo XIX, el gobierno mexicano entregó concesiones de explotación de hidrocarburos a empresas norteamericanas e inglesas. Éstas obtuvieron ganancias multimillonarias en nuestro país, y a cambio trajeron desarrollo tecnológico que marcaron el Porfiriato, en temas como el establecimiento de las comunicaciones ferroviarias, o el desarrollo a gran escala del telégrafo y otros medios de comunicación. Es cierto que hubo desarrollo y derrama económica. Pero también lo es, que lo que dejó en nuestro país esa industria en manos extranjeras, era nada respecto a lo que ellos habían ganado gracias a la explotación de los hidrocarburos.
Desde que se promulgó la Constitución de 1917, se estableció en el artículo 27, que los productos del subsuelo eran de propiedad nacional, y que ésta tenía el dominio exclusivo para su extracción, explotación, transformación y aprovechamiento.
Sólo que ningún gobierno, hasta el del presidente Lázaro Cárdenas, se atrevió a cuestionar o revocar las concesiones que tenían empresas estadounidenses para la extracción de los hidrocarburos contenidos en el subsuelo, debido fundamentalmente a que todos sabían que los industriales norteamericanos que verían afectados sus intereses, eran los mismos que –se rumoraba, con muchas bases- que contribuyeron al fin del gobierno del presidente Díaz, cuando éste comenzó a permitir las inversiones inglesas en las riquezas y territorios mexicanos que los estadounidenses ya consideraban como suyos.

INDEPENDENCIA, ¿DE VERDAD?
Por eso, cuando el presidente Cárdenas nacionalizó la industria petrolera y recuperó la hegemonía nacional en el aprovechamiento petrolero, para los mexicanos ese fue también un acto de reivindicación de la dignidad nacional. Desde entonces, el petróleo es un tema no sólo de economía, sino fundamentalmente de nacionalismo, en el que muchos prefieren que éste se pudra en el subsuelo, antes que entregarlo de nuevo a manos extranjeras.