El clasismo y la frivolidad nublan visión de México

Resolver la democracia, sí, pero dando certidumbre

Muchos coinciden en que la luna de miel del presidente Enrique Peña Nieto con los mexicanos se terminó hace tres semanas, cuando el caso de los normalistas de Ayotzinapa le explotó en las manos; lo mismo se decía, en su momento y en su dimensión, del gobernador Gabino Cué cuando todos sus aliados, partidos y poderes fácticos, se le fueron encima apenas cambió su circunstancia. ¿Por qué hay tanta preocupación por la democracia, cuando ambos tienen serios problemas para —medio— satisfacer un requisito previo que es el cumplimiento del Estado de Derecho?
En efecto, ante los hechos, esta pregunta es más vigente que nunca. Pues pareciera que el local y el nacional son dos escenarios que se han replicado al pie de la letra uno con otro, dando exactamente los mismos resultados. En ambos casos se tuvo un abultado bono democrático, que fue invertido en la realización de reformas que, sin embargo, ni rescataron al Estado de las garras de los poderes fácticos, ni fortalecieron la capacidad de hacer cumplir la ley, ni lograron mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. ¿Qué pasa?
El caso Oaxaca es elocuente. Aquí, cuando recién inició la administración del gobernador Gabino Cué se estableció una ruta reformista que fue cumplida a cabalidad. Se modificó más de la mitad de la Constitución del Estado, se emitieron alrededor de dos docenas de leyes estatales de contenido totalmente nuevo y se establecieron, según el discurso oficial, las bases para una nueva gobernabilidad democrática basada en la democracia, en los mecanismos de participación ciudadana, y en un gobierno plural y tolerante. Muchos, en su momento, asumieron ingenuamente que eso resolvería muchos de los problemas de Oaxaca. Hasta que se toparon con pared.
¿Cuál fue esa pared? Que en realidad las bases democráticas se quedaron en la norma, pero nunca pudieron compensarse con una capacidad real para hacer cumplir la ley y darle a los ciudadanos eso que en otros escenarios conocen como Estado de Derecho. El tope con pared llegó, además, cuando el gobierno estatal reveló sus debilidades e incapacidades para generar confianza entre la ciudadanía de que, además de que tenía un gobierno democrático y tolerante, tenía también un gobierno capaz de hacer cumplir algunos de los preceptos fundamentales de la convivencia pacífica. ¿Cuáles?
Cumplir, por ejemplo, con aquella vieja exigencia de la ciudadanía en Oaxaca de que se respete su derecho a pasar por cualquier calle o parque en el momento que lo desee. Y si eso, que es lo más leve, no se cumplió, tampoco ocurrió con aquella —también vieja— exigencia de que los conflictos entre grupos de lucha social, entre comunidades, o entre gremios, pudieran dirimirse siempre por la vía pacífica.
Este conjunto de situaciones adversas, rápidamente se vio enmarcada por un cuestionamiento más: que en el gobierno oaxaqueño no hay orden ni existen los mecanismos adecuados para un funcionamiento administrativo correcto. Esto ha sido, acaso, lo que ha generado igualmente costos muy altos: la percepción de que en el gobierno cada quién hace lo que le place, sin un orden ni estrategia, y sin una capacidad de demostrar eficiencia. Al reclamo ciudadano de la falta de honestidad de muchos funcionarios, rápidamente se sumó otro relacionado con la ineficiencia en la utilización de todas las herramientas y recursos que tiene el gobierno, lo cual por ende desembocaba en una enorme ineficacia en la posibilidad de alcanzar los fines prometidos.
Y es que de alguna manera la ciudadanía oaxaqueña siempre ha sido tolerante —y quizá hasta alcahueta— de la corrupción, siempre que en el intercambio tenga resultados por parte de sus gobernantes. El problema en este caso, es que pareciera que al interior del gobierno estatal ha habido siempre un complot para hacer que el Gobernador pague por todas y cada una de las ineficiencias y desviaciones de sus subordinados, y que éste mismo lo ha aceptado.
Así, por ejemplo, hoy en día no se cuestiona por los subejercicios o por la falta de obras y resultados a los titulares de las dependencias sino al propio Gobernador, cuando es claro que muchas de esas responsabilidades si bien recaen de forma primaria en él, también lo es que hay encargados específicos que no están cumpliendo con sus funciones. Y lamentablemente queda claro que frente a todo eso, ninguna regla o argumento del gobierno democrático sirve para paliar estos cuestionamientos que más bien tienen que ver con el cumplimiento de la ley, con la gobernabilidad o con la eficacia de la gestión pública.

EL DRAMA FEDERAL
México es un país que está triturado por la violencia, pero el gobierno del presidente Peña Nieto lo único que hizo fue cambiar la estrategia mediática. Es decir, generar las condiciones para evitar que se hable de un tema que sigue ahí, latente. Pues la violencia no ha disminuido, como tampoco la actividad de los cárteles criminales, y tampoco el número de ejecuciones, desaparecidos y violentados por temas relacionados con la delincuencia organizada.
Mientras todo eso pasaba, el gobierno federal se construyó el rostro del reformismo, que ya le había ganado al presidente Peña la imagen internacional de un estadista destacado. ¿Qué falló? Que de nuevo, trató de aplicar la fórmula atractiva del gobierno democrático, cuando lo que había que hacer era comenzar por enfrentar la purulencia que existe en las entrañas de este país, la cual está generando una crisis sin precedentes por los efectos devastadores que está provocando entre la gente de a pie.
Y lamentablemente, el tope con pared fue el caso de Ayotzinapa, que quizá sea el más abominable, pero que no es el único. ¿Cuántos desaparecidos hay en el país? ¿Cuántas ejecuciones reales ocurren diariamente en todos los rincones del país? ¿Cuántas comunidades han vivido, y siguen viviendo, asoladas por la delincuencia organizada, que controla porciones completas del territorio nacional? ¿Cuántos pobres y cuántos marginados siguen esperando una respuesta?

CONFUSIONES
De nuevo, frente a eso trató de aplicarse la fórmula reformista, y hoy lo que está quedando claro que es estos son dos problemas distintos, pero que lamentablemente se ha insistido en continuar aplicando los remedios de un problema, a otro que paralelamente existe, pero que necesita soluciones de otra índole. Es buena la democracia. Pero en este caso ha sido una fórmula ineficaz porque antes deben resolverse muchos otros problemas que, para mal de todos, siguen pendientes.