Videgaray en SRE, reconocimiento de desvalorización de política exterior mexicana

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+ EPN se desentiende de que la política exterior es mucho más que la relación con EU


Ayer el presidente Enrique Peña Nieto oficializó el nombramiento de Luis Videgaray Caso como titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, y con ello demostró que el gobierno mexicano perdió ya la dignidad ante el inminente arribo de Donald Trump a la presidencia estadounidense, y que los principios de la política exterior mexicana —establecidos en la Constitución— pasarán a ser un instrumento decorativo ante la premura del Presidente mexicano por capitalizar el “buen tino” de Videgaray como visionario de la victoria de Trump cuando nadie lo creía posible. Quién sabe si sea un acierto para Peña, pero es una derrota más para México.

En efecto, al mediodía de ayer el presidente Enrique Peña Nieto anunció su decisión de nombrar a Videgaray como nuevo titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores en sustitución de Claudia Ruiz Massieu. En un mensaje transmitido por el canal de youtube de la Presidencia, Peña Nieto dijo que Videgaray deberá cumplir con los lineamientos establecidos en el Plan Nacional de Desarrollo relativos a la política exterior mexicana.

Lo instruyó a cumplir con la agenda de derechos humanos dentro y fuera del país, así como la relevancia de México a través de sus vínculos con los demás países del concierto internacional, particularmente en materia económica. Respecto al cambio de gobierno en Estados Unidos, el Presidente instruyó al nuevo Canciller a acelerar el contacto con la administración de Donald Trump, a fin de fortalecer los vínculos en materia de seguridad, comercio, migración e inversión.

Como marco de referencia, todos recordamos que Luis Videgaray se separó de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en septiembre del año pasado, luego de las presiones que se generaron sobre el gobierno mexicano ante la administración estadounidense del presidente Barack Obama, a raíz de la visita a México del entonces candidato presidencial republicano, Donald Trump; hoy, presidente electo de los Estados Unidos. En aquel momento, el gobierno estadounidense le recriminó al mexicano el haberle dado a Trump la calidad de Jefe de Estado cuando en realidad no era sino un político en campaña.

Además, en el gobierno estadounidense cayó muy mal el acercamiento discrecional que tuvo el gobierno de Peña Nieto como el Candidato Presidencial Republicano, cuando el propio gobierno federal estadounidense le había sugerido a su par, el gobierno mexicano, que le diera prioridad a la relación con la candidata oficialista (del Partido Demócrata) Hillary Clinton. Concretamente, el gobierno estadounidense se sintió burlado con las negociaciones secretas entre el gobierno de Peña Nieto y la campaña de Trump, y por eso después de la visita desde el gobierno estadounidense presionaron para que alguien pagara en México por el desaguisado.

El que pagó el costo de la visita fue justamente Videgaray, quien no tenía empacho en reconocer que según su perspectiva era esencial la relación con Trump como una cuestión de pragmatismo y estrategia política. Nunca consideró que la visita, en el momento en que ocurrió, había rebajado al gobierno mexicano, lo había involucrado en la campaña presidencial de otro país, y lo había sometido al escarnio de un hombre sin escrúpulos como el candidato Trump.

Hoy, en una circunstancia totalmente distinta a la de septiembre, Trump es presidente electo de los Estados Unidos, y el gobierno mexicano decidió que su único tema de política exterior es la nueva relación con el vecino del norte, por lo que restableció a Videgaray en el gabinete pero ahora como encargado de la cancillería.

VISIÓN REDUCCIONISTA

Es cierto que Estados Unidos es el principal socio comercial de México; que su principal proveedor y su principal comprador de bienes, servicios y manufacturas; es también cierto que la economía mexicana está íntimamente anclada a la estadounidense, y que en esta perspectiva los destinos de ambos están sellados en una relación que, para mal de México, tiene características de desigualdad en detrimento de nuestra economía.

Todo eso es cierto, como también lo es que la política exterior de un país va mucho más allá de la relación con una sola nación; y que resulta muy cuestionable que las decisiones de política exterior de un ente soberano se tomen en función de la relación con un solo país en detrimento del concierto internacional. Es, de hecho, como demostrarle al mundo entero que a México sólo le importa ya no Estados Unidos, sino Donald Trump, y que para ello está poniéndole un interlocutor de Estado sólo para que se dedique a él.

En este sentido, la Constitución mexicana establece como principios de la política exterior mexicana (artículo 89, fracción X) la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales.

¿Y ESOS PRINCIPIOS?

El gobierno de Peña Nieto demostró que esos principios generales son relativos cuando su objetivo es tratarle de demostrarle a México, y al mundo, que la decisión de invitar a Donald Trump en agosto del año pasado, luego de las amenazas y los insultos proferidos a diversas minorías estadounidenses —entre ellas la mexicana—, fue un acierto y no el error que todos vimos y consideramos. Esa es su lógica. Aunque para justificarla esté cometiendo un nuevo error al rebajar la política exterior mexicana al coqueteo estéril con un personaje sin escrúpulos.