El PRI se abre a la ciudadanía… y a la alianza amplia contra el populismo

 

+ Meade y Nuño, en la palestra; la medición tendrá como base sus consensos


los resolutivos de la XXII Asamblea Nacional del PRI son relevantes no sólo porque el partido tricolor decidió dar un salto rumbo a apertura a la sociedad, sino también porque con ello intentará la posibilidad de generar una alianza amplia contra Andrés Manuel López Obrador. Con ello, el Presidente de la República se gastó sus últimos activos políticos para mantener el control del priismo, pero sobre todo para establecer que las posiciones de todo o nada no tienen futuro, en contraposición a lo que pregona Andrés Manuel López Obrador, como dirigente, y como inminente candidato.

En efecto, el sábado la Asamblea Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI) aprobó el dictamen que —entre otras reformas internas— abre los candados para que ciudadanos simpatizantes puedan ser candidatos a cargos de elección popular, por ejemplo, la Presidencia de la República. Del mismo modo, el tricolor avaló prohibir que un priísta que llegó a un cargo de manera plurinominal participe en la siguiente elección como candidato por la misma vía.

Los cambios más trascendentales se aprobaron en los estatutos del PRI. Con esa reforma se da oportunidad para que los ciudadanos simpatizantes del partido puedan acceder a candidaturas, por lo que el requisito de 10 años de militancia para un candidato fue eliminado. También determinaron que cualquier militante que haya llegado a un cargo de elección popular por la vía plurinominal en la siguiente elección deberá buscar el voto por tierra y no podrá participar como candidato plurinominal. El objetivo de la llamada reforma contra chapulines es que el candidato o candidata deberá recorrer el territorio y convencer directamente a los electores. Asimismo, una de cada tres candidaturas sea para jóvenes.

¿Qué implicaciones tiene todo esto? La primera radica en el establecimiento de la apertura del PRI a las nuevas circunstancias. En ese polo, parece que ya les quedó claro que solos, con la ortodoxia que ha caracterizado al priismo —y que ha sido también signo distintivo del peñismo— simplemente no van a llegar a nada. En esa lógica, parece que el PRI terminó asumiendo que la pluralidad sigue siendo una de las improntas más importantes de la democracia actual en México, y que ellos mismos deben aprender a vivir con ella.

Hasta ahora, el PRI se había negado sistemáticamente a abrir sus candidaturas —y más la presidencial— al escrutinio ciudadano. En la lógica tradicional del priismo, esto siempre debía decidirse al interior del partido, entre ellos, y con el fiel de la balanza del Gran Elector que ha sido el Presidente de la República. De hecho, el mismo grupo del presidente Enrique Peña Nieto ha sido uno de los que más ha practicado esa ortodoxia de hacer y decidir todo al interior, y únicamente socializarlo para conseguir —o presionar— el apoyo de las bases y grupos del partido, pero siempre desde su posición de fuerza. Hoy, por tanto, parece que las circunstancias los obligan a cambiar.

La particularidad, es que esto es un cambio por demás controlado. Han barajado la posibilidad de que esa apertura a las candidaturas ciudadanas tenga como destinatarios posibles al secretario de Hacienda, José Antonio Meade Kuribreña, o al titular de la Secretaría de Educación Pública, Aurelio Nuño Mayer. Aunque ambos son cercanos del Presidente, y se asegura que gozan de su afecto personal y político, lo cierto es que en gran medida tendrán que ser las circunstancias quienes determinen si alguno de ellos es transitable no sólo a la luz de una posible gran alianza anti AMLO, sino también de sus propios activos.

LA GRAN ALIANZA

Meade es un enorme activo político porque éste ha sido la bisagra, incluso en tiempos difíciles, entre el PAN y el PRI, que en un par de alternancias, han sido quienes han gobernado al país en los tiempos post régimen de partido hegemónico. Es el individuo que cuenta en sus antecedentes personales con más cargos de primer nivel en el gabinete federal, en dos administraciones consecutivas —ha sido cuatro veces secretario de Estado, más que ninguna otra persona en México en toda su historia— y ha sido un vaso comunicante entre el peñismo y el calderonismo.

Por ello, para él la apertura del partido tricolor a las candidaturas ciudadanas, representa una gran oportunidad. En el pragmatismo, el PRI y el PAN tendrán que entender, llegado el momento, que ni uno ni otro tiene posibilidades de ganar solo si esa es su resolución para ir a los comicios presidenciales. La necesidad de mantener el poder los tendrá que llevar a descartar lo que quieren, para ir prefiriendo lo que necesitan, de cara a la posibilidad de ser arrollados por el lopezobradorismo, que justamente representa la otra cara de la moneda, a través de planteamientos totalitarios y de cierre a la posibilidad de cualquier alianza que signifique el sometimiento incondicional a los designios del mesías tropical.

En ello, la otra posibilidad se encuentra en Aurelio Nuño, que aunque es también un activo “ciudadano” para el partido tricolor, y que goza también del afecto y el buen ánimo presidencial, al final tendrá que valorar qué tanto polariza la llamada “cuenca del descontento” del sureste del país, de cara al apoyo que grupos radicales como la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación —con todo lo que políticamente representa, desde la Sección 22 de Oaxaca hasta el movimiento de los 43 de Ayotzinapa— le brindarán de manera incondicional a Andrés Manuel López Obrador, y que podrían radicalizarse de cara al candidato que representa la reforma educativa anti CNTE, y que sería un representante/hechura pura del Presidente de la República, sin mayor ascendencia en el PAN.

En el fondo, todo eso tendrá que jugar en el cruce de variables rumbo a la definición del candidato ciudadano. Tendrá que ser no sólo el que garantice la continuidad del peñismo —ese sería Nuño— sino sobre todo el que tenga la posibilidad de generar los consensos entre las fuerzas que son susceptibles de unirse, para que sintiéndose todas —o la mayoría— representadas pudieran construir esa enorme alianza, de jure o de facto, rumbo a los comicios presidenciales, que serán los más competidos de los últimos tiempos por la capitalización del descontento social que representa López Obrador.

Finalmente, y como un tema concomitante al establecimiento del método de designación de su candidato, el PRI está generando sus propios anticuerpos. La llamada reforma anti chapulines —impulsada en gran medida por dos ex gobernadores de Oaxaca— tiene como destinatario Manlio Fabio Beltrones, que a través de una nueva candidatura plurinominal al Senado, buscaría ser el heredero del PRI post Peña Nieto, independientemente del resultado de la elección presidencial. Con ello, le cierran la puerta a tal posibilidad, y se quedan con la garantía de controlar al partido con los cuadros que ellos quieran hacer trascender al 2018 en esas posiciones.

TIEMPO, 16 AÑOS

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