Ismael Ortiz Romero Cuevas
La noche del 15 de septiembre, en punto de las once de la noche, la presidenta Claudia Sheinbaum dio el grito de Independencia, tal y como es la costumbre. Lo relevante del acto, es que, dentro de sus arengas no hubo una sola que hiciera alusión a la narrativa de la cuarta transformación. En efecto, ahora sí con una postura de estadista. Además, hay que añadir su visita a Guanajuato, donde calmó a la gente que abucheó a la gobernadora panista Libia García Muñoz Ledo y la reunión que sostuvo el sábado de manera privada, con la gobernadora de Chihuahua, también militante panista, Maru Campus y con quien sabemos, no existe (o existía) buena relación. Sumémosle la orden de aprehensión de Amilcar Olán y más acciones que, dan a entender que hay un posible deslinde de todo lo que tenga que ver con su antecesor y líder moral de Morena, Andrés Manuel López Obrador. Parece que, aunque sea de manera privada, ya se cantaron el tiro.
Y es que sostener la narrativa oficial y defender el desastre que provocó la pasada administración federal cada vez resulta más complicado. Decir que el sistema de salud está mejor que cómo lo recibió AMLO, el inocultable cataclismo de la Nueva Escuela Mexicana o respaldar las obras faraónicas que solo fueron caras y no funcionan no solo es una falta de respeto, sino una burla a la población. Si es que existe una disyunción de todo lo que según “ha construido” la 4T, ojalá sea para el beneficio del país y no de los políticos en turno. Y debe ser así, pues que la realidad se le estrelle en la cara a la presidenta cada que trata de justificar las ocurrencias del expresidente López Obrador, debe doler y mucho.


