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Guelaguetza: oaxaqueños, cuesta abajo

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+ ¿Qué hemos hecho para engrandecerla?

 

Los oaxaqueños podemos seguir quedándonos en el lugar común de que Oaxaca es más grande que todos sus problemas, y de que, a pesar de todo, nuestra ciudad cada año deslumbra a propios y extraños con su generosidad artística, folclórica y cultural. Podemos quedarnos así. Y sin embargo, más allá de la supuesta tranquilidad por tener fiestas y tradiciones imponentes e inagotables, los oaxaqueños debiéramos preguntarnos si en los últimos años hemos hecho algo efectivo, real, para honrar esa grandeza, o aún para ensancharla o consolidarla.

La fiesta de los Lunes del Cerro es, para los oaxaqueños, una especie de fuente inagotable de vida. A pesar de que cada año tenemos docenas de problemas sociales, políticos, y hasta partidistas, y de que tenemos un gobierno que no siempre toma las mejores decisiones, que no siempre resuelve de mejor modo las contrariedades, y que no siempre hace o dice cosas que favorezcan a la Máxima Fiesta de Oaxaca, al final de todos modos la Guelaguetza termina atrayendo a miles de turistas, que vienen a nuestra entidad a gastar su dinero y a darnos un soplo de vida para esperar la siguiente temporada vacacional.

En este sentido, no debemos confundir la expresión cultural de los Lunes del Cerro, y todo lo que los rodea, con el hecho de que en Oaxaca esas, y todas las festividades que atraen al turismo, debieran ser vistas efectivamente como una verdadera industria, y debían ser cuidadas por todos (sociedad y gobierno) porque, a diferencia de una factoría o actividad particular, la Guelaguetza —que engloba nuestras tradiciones, costumbres y raíces culturales como oaxaqueños— nos pertenece a todos y todos somos de algún modo corresponsables de ella.

El problema es que, según parece, no hemos entendido nada de eso. Por eso los oaxaqueños —los ciudadanos de a pie— preferimos siempre evadir cualquier tipo de responsabilidad relacionada con la fiesta de los Lunes del Cerro. A tanto ha llegado nuestro desánimo, que muchos de nosotros decidimos evitar por completo la asistencia o la participación en cualquier tipo de expresión cultural relacionada con las festividades. Como buenos malinchistas, preferimos otras actividades o distracciones, porque damos por hecho que conocemos una cultura o expresiones —las nuestras— a las que, literalmente, nunca nos hemos acercado.

Algo similar ocurre con las organizaciones de lucha social, que nunca dejan de hacer presencia en estos momentos. Éstas, lejos de demostrar preocupación social, lo que inspiran con su “participación” en estas festividades, es el sentimiento de un profundo desprecio por el trabajo y la situación de cientos de miles de oaxaqueños que dependen de la industria turística.

Sus intentos reiterados de boicot a las festividades, únicamente revelan que ellos efectivamente no viven de eso, y que como son ajenos a esa situación, entonces por eso ocupan el momento para exigir su propio modo de vida a un gobierno que sistemáticamente está lejos de encontrar la forma de encaminar o sortear esas adversidades, y que por eso termina cediendo ante las primeras inconformidades.

Si este escenario provoca cierto desánimo, queda claro que es porque, al final, todos los que no somos parte del gobierno, no hemos hecho la parte que nos corresponde. Por eso, evitamos acordarnos del 2006, cuando todos juntos provocamos la cancelación de esa expresión cultural, que también es un negocio; o cuando al año siguiente, del mismo modo todos (por acción u omisión) provocamos que la Guelaguetza fuera rebautizada como la “Guerraguetza”.

Eso debería provocarnos profunda vergüenza a todos. Sin embargo, preferimos omitir el recuerdo porque creemos que con eso es suficiente.

 

NINGÚN AVANCE

Cuando en 2005, el Gobierno del Estado anunció que la celebración de los Lunes del Cerro se llevaría a cabo en dos ediciones por cada fecha, fueron más las críticas que los buenos comentarios recibidos. Derivado de eso, cuando se anunció que se ampliaría la convocatoria a las delegaciones regionales que participan en la Guelaguetza, muchos pusieron en duda —con razón— la posibilidad de que la autenticidad de la celebración pudiera sostenerse.

Cuando se anunció que se instalaría una techumbre al Auditorio que lleva ese mismo nombre, llovió otro montón de críticas y cuestionamientos sobre la innecesaria y mal planeada modificación de la Rotonda de la Azucena, y sobre los efectos que esto podría tener en la celebración de los Lunes del Cerro.

Fuera de esas únicas decisiones, polémicas y consideramos que en gran sentido equivocadas, todos se han dedicado a simplemente mantener el estado de cosas como se encuentra, pero sin demostrar capacidad para hacer más y mejores cosas por esa industria que, directa o indirectamente, nos da de comer a la gran mayoría de los oaxaqueños.

El asunto no es menor. Quienes en otras épocas presenciaron y reseñaron las decisiones que tomaron ciertos gobiernos para establecer la fiesta de los Lunes del Cerro, y todas las representaciones y expresiones que ocurren en estas mismas fechas, hablan de consensos reales, de gran visión cultural y de Estado para la entidad, de aceptación y apoyo por parte de la ciudadanía, y sobre todo de un profundo compromiso e identidad con lo que aspiracionalmente son las tradiciones y las expresiones culturales de nuestro estado.

¿Por qué hoy el gobierno ya no toma grandes y consensadas decisiones para seguir incrementando el impacto de la Guelaguetza, y al mismo tiempo por mejorar los efectos económicos que eso tiene? Primero, porque parece que hoy los oaxaqueños que podrían generar esas propuestas y esos consensos, y que estarían legitimados por la sociedad, o no están en el gobierno, o ya no existen. Segundo, porque parece que ya no hay ánimo de hacer más, de proponer más, de innovar más o, cuando menos, de sistematizar más las expresiones culturales que ya existen pero que no son conocidas ni apreciadas como las de los Lunes del Cerro, u otras que tienen gran aprecio por el turismo nacional e internacional.

 

¿QUÉ NOS QUEDA?

Por eso, según parece, vivimos únicamente de lo que nos queda. Por eso, aunque la Guelaguetza es nuestra “fuente inagotable de vida”, nosotros, los oaxaqueños hemos decidido conformarnos y no hacer ni querer nada más de lo que ya tenemos. Estamos, pues, en una inaceptable zona de confort, que sólo sigue haciendo lo indispensable por mantener intacta una tradición, pero que no tiene ganas de hacer algo más por Oaxaca.

Hugo Jarquín: ganar el poder… para lo peor

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+ Que el PRD se responda por sus abanderados  

 

Ayer, el diputado federal electo por el distrito de Oaxaca Centro, el perredista Hugo Jarquín, intentó tomar por asalto la vía pública en el parque El Llano, para dar paso a la instalación de integrantes de su agrupación con puestos ambulantes. Esto provocó una gresca que pudo haber terminado en una batalla campal, pues dichos espacios ya habían sido asignados por la autoridad municipal a otras organizaciones de comerciantes durante las fiestas de la Guelaguetza. La actitud de Jarquín representa lo más corrupto e impresentable de los excesos que cometen los políticos a partir del poder público.

Hugo Jarquín es uno de esos personajes que son por sí mismos impresentables. Éste representa los intereses no de grupos políticos como tales, sino de lo más retardatario de las organizaciones de comerciantes que, alegando crisis económica e inequidad en las condicione económicas imperantes, terminan rozando la ilegalidad —y hasta la ilicitud— en las actividades y productos con los que se ganan la vida.

Jarquín, de hecho, es un personaje que saltó a la vida política a partir de una engañosa bandera de lucha social. Su supuesta base social parte de la acumulación de poder por el manejo de rancios grupos sociales, que se dedican a hacer el trabajo sucio que los partidos y las facciones políticas siempre necesitan para mantener contentas a sus respectivas clientelas de votantes.

Por eso, los grupos de supuestos “votantes duros” que sí apoyan fielmente a Jarquín, son sólo aquellos que se han visto beneficiados por las peores prácticas que pueden permitirse desde el poder. Es decir, por la invasión de espacios públicos, por el comercio de productos ilegales y de contrabando, por el despojo a particulares de bienes muebles e inmuebles, y por la intimidación violenta de todos aquellos que pretenden impedir sus objetivos.

Hoy, la gran mayoría de los oaxaqueños sabe, y reprueba, el hecho de que el gran respaldo de supuesta “responsabilidad y compromiso” del izquierdista Hugo Jarquín, se base en la utilización de espacios públicos para arrebatarlos al Estado y repartirlos entre sus agremiados; que lo mismo han hecho con propiedades de particulares y de comunidades para establecer ahí colonias paupérrimas e irregulares de paracaidistas, que no cuentan con ningún tipo de servicio o seguridad (más que la protección de su líder); o que vende protección a los que comercian con todo tipo de productos que entran ilegalmente al país, que están prohibidos por la ley, o que son comerciados al margen de cualquier disposición legal o fiscal.

El problema es que nadie está dispuesto a hacerse responsable por un personaje como Jarquín, pero al mismo tiempo nadie le pone un freno a sus intentos, ni le hace ver que el poder público o la influencia política deben servir para generar mejores condiciones para la ciudadanía, y no para afectarla aún más con la agudización de sus prácticas indeseables que no generan beneficio alguno, y sí dañan a muchísimas personas.

En este sentido, ¿dónde está la dirigencia estatal del PRD, que primero traicionó el proceso supuestamente democrático en el que Jarquín fue electo candidato, para luego darle todo su cobijo y permitirle llegar hasta la curul que ocupará a partir del mes de septiembre próximo? ¿Dónde está ese partido supuestamente responsable, que se supone que postuló a un líder de la ciudadanía para ir al Congreso a representar los intereses no de su grupo, sino de todos los oaxaqueños? ¿Dónde están hoy, para responder por los actos inadmisibles e Jarquín, todos aquellos que pidieron el voto a su favor, argumentando que él significa un cambio positivo para Oaxaca?

 

JARQUÍN ES UN LASTRE

Jarquín, incluso, nunca estuvo dispuesto a responder a la ciudadanía sobre el proyecto de trabajo que supuestamente encabeza. Fue electo diputado por el solo efecto del no-voto-diferenciado. Pero los oaxaqueños desconocemos qué piensa el nuevo Diputado. No existe ningún compromiso asumido por él a favor de Oaxaca. Nadie sabe qué tipo de izquierda concibe para Oaxaca y para el país.

De hecho, muchos ni siquiera conocen su voz ni entienden lo que representa. Sin menospreciar a quienes sí votaron convencidos por él, es evidente que su triunfo se debió en cierta medida a una compra disfrazada del voto, realizada a través del lucro con las necesidades más básicas de los oaxaqueños. Jarquín, aunque decía representar un cambio, también recurrió a las mismas prácticas retrógradas de siempre.

Es decir, al regalo de despensas, láminas de cartón, materiales básicos de construcción y apoyos económicos directos. Los mismos que les da a los integrantes de sus organizaciones, cuando envía a los más desposeídos a invadir predios, y ocuparlos (y defenderlos, incluso con la vida) para evitar que sus legítimos dueños puedan recuperarlos, y así él pueda seguir lucrando con la pobreza y la necesidad de la gente, y con la tolerancia que le profiere la autoridad municipal y estatal.

Por eso, lo que intentó hacer ayer en el Parque El Llano, no es sino un pintoresco intento de demostrar su poder frente a todos los que, en condiciones distintas a las de sus agremiados, intentan también trabajar, pero lo hacen sin apartarse de los dictados y límites de la autoridad, y sin arrebatar nada a nadie.

Al final, alguien debería responder por las tropelías y la actitud retrógrada de Hugo Jarquín. Éste, bien lo sabemos, jamás dará la cara y, del mismo modo, nunca tendrá la disposición —ni la capacidad— para explicar a los ciudadanos por qué hace lo que hace. No lo hizo como candidato. Tampoco lo hará ahora que ya tiene asegurada una curul en el Congreso Federal, y que intentará reiteradamente, a partir de eso, seguir medrando e intimidando a la autoridad y a los oaxaqueños, para seguir sacando provecho de su falsa lucha social, de la ilegalidad, y de la necesidad de miles de oaxaqueños que siguen creyendo en sus vulgares formas de obtener lo que desea.

 

VA POR TODO

No se equivocan aquellos que, aterrados, ya ven a Jarquín como posible candidato a Edil el próximo año. Seguramente lo intentará, porque queda claro que más que legislar, lo suyo es el manejo de los espacios públicos, para sacar provecho de ellos. El cargo de Edil sería ideal para él y sus intereses. Aunque sería dantesco para nuestra hermosa capital oaxaqueña. Luis Ugartechea, los priistas, y todos, debían ver esto con seriedad. Las consecuencias de no hacerlo, las pagaremos todos.

Nuevos diputados: ¿hay agenda con gobierno?

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+ No más cheques en blanco ni diputados becados

 

Entendiendo que existe, o que debe existir, independencia plena entre los representantes de los poderes Ejecutivo y Legislativo, y que también debe haber autonomía entre los ámbitos estatal y federal, ello no significa que el trabajo de quienes representan a los poderes públicos de Oaxaca deba de ser aislado ni distante ni disperso. Hoy que están constatados los triunfos y las derrotas electorales, así como los nuevos equilibrios que existen entre partidos y facciones políticas locales, debe construirse una agenda común en beneficio de Oaxaca. Si ésta no existe, entonces tendremos autoridades administrativas que actúan solas, y representantes populares que ostentan el cargo como meras becas.

La experiencia propia de Oaxaca indica que independientemente de la correlación de fuerzas políticas en el poder, el trabajo coordinado siempre es a favor de la entidad. El no hacerlo, sin embargo, significa una enorme oportunidad perdida para partidos y gobernantes, y un descrédito asimismo importante para las fuerzas políticas y para las coaliciones que dicen ofrecer alternativas diferentes y mejores a las tradiciones, pero que sólo entregan resultados testimoniales.

En efecto, hoy existen experiencias de los dos tipos en Oaxaca. La primera de ellas, fue la que se dio en 2006, cuando ante las complejas condiciones particulares de la entidad, y ante el conflicto magisterial y popular, ocurrió un triunfo sin precedentes de las entonces fuerzas de oposición en Oaxaca, que ya aglutinaban al Partido de la Revolución Democrática, Partido del Trabajo y Convergencia, y que, en aquellos tiempos, ganaron nueve de las once diputaciones federales y los dos escaños en el Senado de la República.

Como su triunfo no tenía referencias, y era inesperado —hasta por los mismos ganadores—, nadie se tomó la molestia de preguntar si los nuevos diputados electos tenían agenda legislativa, si tenían también disposición de trabajar coordinadamente con el gobierno estatal, o si, en su defecto, contaban con alternativas para no reconocer a una administración entonces repudiada, pero que no por ello dejaran de hacer el trabajo legislativo y de gestión para el que fueron electos.

El resultado fue que nunca hubo trabajo a favor de nada en la entidad. Aquellos diputados ocuparon sus escaños únicamente para aprovechar la ocasión y para fustigar al gobierno de Oaxaca, pero no para verdaderamente hacer un trabajo representativo de las necesidades urgentes e importantes de la entidad, o para conseguir beneficios directos para los oaxaqueños. Su paso por el Congreso de la Unión fue únicamente de referencia, pero no hubo nunca aspectos constatables de que hubiesen hecho algo positivo por su partido, por su grupo político o por la entidad.

En el otro extremo se encuentra la curiosa situación de los diputados federales de la legislatura saliente. Éstos, a pesar de contar con una bancada estatal fuerte y avasallante perteneciente al Partido Revolucionario Institucional, no regatearon al gobierno estatal la posibilidad de trabajar juntos en la construcción de mejores presupuestos y condiciones económicas para la entidad.

A pesar de ser de partidos políticos distintos, hubo siempre interés, o hasta conveniencia mutua por un trabajo conjunto —aunque, ciertamente, sin una agenda específica, y sin coordinación real más que para los temas presupuestales y prioritarios para la entidad. De todo esto, al final, se puede desprender que si aún no habiendo agenda común hubo buenos resultados, los beneficios habidos para Oaxaca de haber un trabajo verdaderamente ordenado, habrían sido mucho mayores a lo conseguido.

El problema es que, hasta hoy, no existe referencia alguna de coordinación entre partidos y entre ámbitos de poder; y tampoco existe una visión clara de quien detenta el poder en Oaxaca (el Gobernador del Estado) en el sentido de asumir su papel preponderante para convocar a todos los ganadores de las pasadas elecciones, a construir una ruta clara de trabajo, y un conjunto de compromisos a favor no sólo de ellos o de sus intereses partidarios, sino de la entidad.

 

AGENDA POR OAXACA

Nuestra entidad tiene un conjunto de asuntos importantísimos más allá del presupuesto. Se entiende que hasta ahora, gobierno estatal y diputados federales hayan trabajado juntos en la construcción de mejores gastos autorizados por la federación a la entidad, porque finalmente de eso obtienen todos beneficios tanto para sus partidos, como para las comunidades que representan, e incluso para ellos mismos. Sin embargo, este debiera ser el momento de ver más allá y de asumir responsabilidades superiores a las que hasta ahora se han asumido.

Por ejemplo, debiera ser prioridad de toda la próxima Legislatura federal que representa a Oaxaca, la defensa efectiva, política, del territorio oaxaqueño de Los Chimalapas, que fue despojado por la entidad vecina de Chiapas. Ese asunto no ha tenido un buen escenario a favor de nuestro estado no porque no le asista la razón, o sólo porque tengan una defensa jurídica desastrosa, sino sobre todo porque en la Federación nadie se ha querido hacer responsable de la necesidad urgente de una defensa articulada y fuerte a favor de la entidad, por parte de todos aquellos que representan a Oaxaca ante los poderes federales.

Hay, aparte de eso, todo un conjunto de temas que debiera ser motivo de un trabajo coordinado, permanente y hasta temático entre los diputados federales y senadores, y el gobierno de Oaxaca. Esta posible coordinación y relación no tendría por qué significar una visión injerencista entre poderes y ámbitos de gobierno, sino más bien debiera ser vista como el aprovechamiento de todos los espacios que tiene la entidad ante los poderes públicos.

 

CHEQUE EN BLANCO

No hacerlo así significaría darle, de nuevo, un cheque en blanco a nuestros diputados y senadores, para que únicamente se den la dulce vida en la capital del país, para que tengan un salario de privilegio, y para que tengan canonjías prohibidas para la mayoría de los ciudadanos. Su curul o escaño debe ser sinónimo de compromiso y no de privilegio. El problema es que hasta hoy, nadie parece tener una visión de conjunto ni de las necesidades de fondo que tiene nuestra entidad, y que podrían ser atendidas —o cuando menos encauzadas— sin ningún problema desde el Congreso de la Unión. Qué lamentable que no sea así.

PRI: su elección es una unificación… imposible

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+ Reprobados todos, en su primera campaña real

 

Si el proceso para elegir al nuevo dirigente del Partido Acción Nacional en Oaxaca representa un reto mayor para su militancia, lo que viene para el Partido Revolucionario Institucional es aún mucho más complejo. Recién terminada la campaña proselitista determinante, para el priismo oaxaqueño quedaron claras al menos dos cuestiones: primera, que su primera organización de campañas fue desastrosa. Y segunda, que están tan pulverizados y confrontados, que la posibilidad de existencia de un líder aglutinante, es prácticamente imposible.

¿Por qué hablamos, en primer término, de “su primera organización de campañas”? Porque, de acuerdo con los hechos —y con sus propios antecedentes—, siempre había sido el gobierno estatal quien había organizado y financiado las campañas. Y no sólo eso, también el Ejecutivo Estatal, en su calidad de “el primer priista del Estado”, era quien establecía el orden dentro del partido y también definía, en el ejercicio de una singular democracia, quiénes serían los próximos candidatos a cargos públicos, quiénes serían sus coordinadores de campaña, qué instancias serían las financiadoras de cada uno de los abanderados, y quiénes fungirían como dirigentes y operadores partidarios.

Todo eso determinaba la existencia de una pesada maquinaria electoral, que era la que hacía funcionar el éxito del priismo como fuerza partidista. Sólo hasta las últimas campañas, los candidatos fueron quienes comenzaron a ponerle dinero al proselitismo. Pero antes de la última década, era exclusivamente el Gobierno del Estado quien suministraba los recursos económicos para aceitar la maquinaria electoral del tricolor.

Por eso, en aquellos tiempos había un orden establecido no en la militancia partidista ni en la identidad con el proyecto político del candidato, sino que todo esto se encontraba determinado en gran medida por el orden jerárquico que implicaba el hecho de haber sido mandados, todos, por el Jefe Político que era al mismo tiempo el Gobernador del Estado, y de depender todos de una cadena de mando y obediencia determinada por empleos, recursos económicos, prebendas y canonjías entregadas desde la administración estatal.

Sin embargo, con la pérdida del poder gubernamental, todo eso se acabó; eso fue lo que, en un primer momento, trataron de minimizar los dirigentes priistas derrotados. En 2010, luego de ser vencidos en las urnas, los líderes priistas, comenzando por el entonces gobernador Ulises Ruiz Ortiz, se decían “satisfechos” por haber obtenido la votación más alta de la historia del priismo oaxaqueño, y aseguraban que en eso se fundamentaría la recuperación del poder en los procesos electorales siguientes. Se autoengañaban, o trataban de engañar a los demás, diciendo que su votación dura estaría incólume, y que podrían continuar teniendo un trabajo eficaz ahora como fuerza de oposición.

Los resultados electorales hablan de lo contrario. En la última campaña proselitista, los priistas que aparecieron como dirigentes partidarios, como coordinadores de campaña y como candidatos, se abstuvieron de arriesgar sus capitales económicos en aras de sus respectivos proyectos políticos; decidieron tampoco arriesgar trabajo y tiempo en aras de causas y candidatos con los que no concordaban; y todos se desentendieron de lo que debían de ser los pilares del trabajo territorial, de promoción del voto y de manutención del voto duro.

Y por esa razón, ya cuando estuvieron solos —y no contaron ni con el respaldo político, ni con la logística, ni con los recursos económicos, ni con el orden y la fuerza coactiva que daba la existencia del Jefe Político y el Gobierno del Estado—, demostraron que simplemente no saben hacer campañas políticas, que no saben estar en orden, que no saben trabajar en coordinación real, y que, por ende, su patético resultado electoral se explica en gran medida en sus propias razones y deficiencias, más que en los efectos de los otros candidatos presidenciales, o en los recursos o compra de votos de sus adversarios políticos directos.

 

¿LIDERAZGO GENERAL?

El otro de los factores es no menos importantes: esta campaña demostró que el priismo está tan pulverizado, confrontado y receloso, que es imposible que hoy exista algún viso de orden o de aglutinación en torno a un proyecto político. Éste último no existe, como tampoco se tiene clara la visión del triunfo y la competitividad, y mucho menos se termina de entender que el priismo no debe terminarse con éstas campañas, sino que más bien tiene que construir los escenarios de lo que será su primera elección plebiscitaria directa a su desempeño y presencia en el Estado.

En estas condiciones, un líder absoluto es imposible. Por eso tienen razón quienes sostienen que la única alternativa posible del priismo oaxaqueño radica en la posibilidad del surgimiento de una fuerza de algún modo hegemónica, que aglutine no a todos los intereses o causas del priismo (porque queda claro que eso no ocurrirá), sino más bien que logre consensar intereses y causas con la mayoría de los grupos priistas determinantes.

Haciendo eso, habrá hecho ya mucho más de lo que hasta ahora han podido hacer los priistas locales que se quedaron con el partido, y que han demostrado que no son sino menores de edad sin capacidad para regirse, para tener una visión amplia de partido, y para poder conducir la causa priista en estos nuevos tiempos.

El problema es que hasta hoy ese priismo aglutinante no existe. La convivencia del priismo es un “todos contra todos”, que lamentablemente se agravará conforme pasen las semanas y los meses, y que podría tener su clímax, cuando unos y otros pretendan obtener espacios en el gobierno federal tratando de valerse de una posición o ascendencia partidista en Oaxaca, que en realidad no existe, y que por tanto sería imposible de tratar de hacer pasar por válida.

 

DEBILIDAD CRÍTICA

Nadie en ese partido entiende que su debilidad política es tan profunda, que por esa razón sus adversarios políticos se atreven, con toda libertad, hasta a encarcelar y perseguir judicialmente a sus principales líderes representativos. La situación que enfrenta la líder femenil del PRI, Maritza Escarlet Vásquez Guerra es preocupante no sólo por los cargos que enfrenta, sino porque no parece haber articulación de parte del partido que representa para también dar la cara por ella. Eso debe valorarlo el priismo. Porque muchos no quieren ver su situación real de debilidad. Y al final, se engañan solos.

PAN: hoy sus derrotas se explican por la pequeñez de sus dirigencias

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+ Proceso interno, al margen de falsos proteccionismos

 

Está a punto de abrirse el proceso interno para elegir al nuevo dirigente del Partido Acción Nacional en Oaxaca, y ya circulan los nombres y los grupos de quienes pretenden tomar el control de ese partido. La descomunal derrota de los pasados comicios federales, y los pésimos resultados globales entregados por quienes tuvieron a ese partido en las manos, pone al panismo oaxaqueño en una disyuntiva, en la que tendrá que elegir entre regresar a ser el partido testimonial que ya fue, o iniciar un replanteamiento profundo que le permita recuperar la identidad con los electores.

En efecto, al iniciar la semana comenzó a hablarse ya con formalidad sobre los detalles del proceso de elección del nuevo dirigente estatal. En ese sentido, quedó establecido que al proceso interno podrían inscribirse el actual presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado, Juan Mendoza Reyes; José Manuel Vázquez Córdoba, delegado del Registro Agrario Nacional; Luis Zárate Aragón, profesor jubilado de la Sección 22 del SNTE y actual jefe del Padrón de Beneficiarios de Leche Liconsa en el Estado, y Rolando García Varela, ex titular de la Comisión Estatal de Agua. Estos nombres, y sus antecedentes y pertenencias a las facciones panistas, hacen evidente la disyuntiva que habrá de enfrentar el panismo oaxaqueño. ¿Por qué?

Porque más allá de sus triunfos en coalición en la entidad, y de la fuerza aparente que les daba el hecho de que el panismo estuviera en el poder presidencial, lo cierto es que los blanquiazules en Oaxaca no necesariamente han inscrito historias de grandes éxitos electorales en sus haberes.

Pues lejos de haber privilegiado la apertura, la competitividad y el acercamiento con la ciudadanía, el panismo oaxaqueño se ha esmerado por cerrar y acaparar sus espacios de dirigencia, y por excluir de los espacios partidarios relevantes a todos los que no pertenecen a las facciones más anquilosadas del panismo, independientemente de que éstos sean o no eficaces, o de que reporten o no beneficios electorales o políticos al partido albiazul.

Eso es lo que ha ocurrido en los últimos años con la dirigencia panista en Oaxaca, y eso se ha reflejado fielmente en la gran mayoría de las desastrosas decisiones y postulaciones que han definido en momentos determinantes. En el primero de los casos, todo el panismo local es bien sabedor de que desde hace años la dirigencia estatal se encuentran acaparada por un solo grupo, que ha tratado de defender su poder a capa y espada, y que ha utilizado todo tipo de artimañas —legales e ilegales— para impedir que, en las decisiones fundamentales de su partido, participen otras facciones que no sean la que tiene el poder.

Esa misma facción es la que hoy pretende reelegirse, aunque sólo por una razón de continuidad en el poder… pues de acuerdo a sus resultados, es evidente que no tiene un solo argumento válido para pretender continuar en el poder, o para defender su actuación frente a la militancia panista.

Si es un hecho que todos los que militan en un partido político, lo hacen para acceder al poder público; si también lo es que, la dirigencia panista en Oaxaca lo único que ha hecho en los últimos años es perder, entonces se puede ­deducir que lo necesario es un cambio de fondo, pero que ese cambio debe tener como contenido de fondo un replanteamiento encaminado ya no al acaparamiento o a la cerrazón, sino justamente a la apertura y al replanteamiento de su fuerza e identidad con su militancia, y con la ciudadanía —que necesita verdaderos partidos, fuertes, dispuestos a defender causas de interés general, capaces de tener cierto contenido ideológico, y con cierto grado de competitividad e influencia en el sistema político.

 

NOMBRES Y GRUPOS

De acuerdo con la información que se ha dado a conocer en los últimos días, José Manuel Vázquez Córdoba, delegado del Registro Agrario Nacional, es impulsado y férreamente apoyado por el grupo del ex dirigente panista Carlos Moreno Alcántara y del ex gobernador del Estado —y derrotado candidato a Senador de la República—, Diódoro Carrasco Altamirano.

Frente a él se encuentra el diputado Mendoza Reyes, que a la luz de los hechos, representa el único liderazgo real y comprobable del panismo en los espacios públicos estatales. Y junto a éstos dos, que son los contendientes reales, se encuentran dos panistas que buscan figurar en la contienda, pero que no tienen una influencia comprobable ni en el panismo, ni en los electores, ni en los espacios de poder en Oaxaca.

En efecto, los dos contendientes que parecen mero relleno, son Luis Zárate Aragón y Rolando García Varela. El primero de ellos ha luchado por la dirigencia estatal panista en todos los procesos internos de la última década, y en todos ha perdido. Con el paso del tiempo, ha quedado claro que su estrategia radica en inscribirse para hacerse notar, y finalmente terminar vendiendo el apoyo que pueda acumular a cambio de un espacio en el panismo o, como en los últimos años, en las delegaciones federales.

García Varela, por su parte, tiene una carrera mucho mejor construida dentro del panismo oaxaqueño, sin embargo hoy pesa en su contra el hecho de, primero, haber sido defenestrado de una forma poco clara del gobierno coalicionista de Gabino Cué; y, segundo, de haber perdido una elección interna (ante perfectos desconocidos, como el que finalmente lo derrotó) que parecía que podía llevarlo, casi de cajón, a la candidatura a la diputación federal por el distrito de Oaxaca Centro.

Al final, si a Vázquez Córdoba lo impulsa el grupo también derrotado de Moreno Alcántara y Carrasco, es claro que de entrada no tiene las mejores credenciales ni los mejores antecedentes ante el panismo. Y frente a eso, lo único que queda, que no es poco, es Juan Mendoza, que basándose en un programa sólido de apertura y acercamiento a la sociedad, podría construir una dirigencia panista sólida, reconocida y replanteada frente a los retos nacionales que tiene, ahora en el escenario difícil de tercera fuerza en el país.

 

DISYUNTIVA

Si el panismo oaxaqueño decide por la continuidad, de entrada estará decidiendo mal y a favor de todo lo que los ha llevado a perder todo. Si se decide de nuevo por la cerrazón y por el acaparamiento, entonces estará apostando por volver a ser un partido testimonial. Por eso, como sea, deben apostar por la apertura. Un reto nada sencillo para el partido que más se ha resistido al cambio en Oaxaca.

Oaxaqueños: Dejemos ya de aprovecharnos de nuestro entorno

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+ Ciudadanos, sin autocrítica ni ganas de mejorar

 

Hoy que inician oficialmente las festividades del Lunes del Cerro en Oaxaca, quienes aquí habitamos debiéramos hacernos una serie de preguntas sobre lo que verdaderamente somos de cara a quienes nos visitan, y sobre todo, sobre qué tanto contribuimos a fomentar, o lastimar, a la única industria que aquí genera una derrama económica de la que, directa o indirectamente, vivimos miles de oaxaqueños.

Contextualmente, queda claro que la buena fama pública de nuestra entidad, radica en su riqueza cultural, en su capacidad de generar un mosaico de temas, colores, sabores y expresiones artísticas, y por la forma en que se planeó, edificó y conservó esta capital oaxaqueña, que a decir de propios y extraños, es una de las ciudades más bellas del país, del continente, y del mundo. No obstante, nosotros, los oaxaqueños, no siempre parecemos estar a la altura de las circunstancias. Y esto debiéramos verlo con más seriedad, porque ni nuestra ciudad ni nuestra cultura ni nuestra capacidad turística son árboles de inagotable vida. Y no hacemos nada para preservarlos.

En ese sentido, es evidente que, en primer término, los oaxaqueños no terminamos de entender que nuestro alto grado de conflictividad política genera perjuicios permanentes a nuestra forma de vida. Financiera y fiscalmente, la nación entera se queja de que Oaxaca es una de esas entidades que está a millones de años luz de ser presupuestalmente autosuficiente, y que por esa razón cada año se engulle miles de millones de pesos que recaudan y producen otras entidades federativas.

Esa inconformidad, en buena medida nace del hecho de que nos ven como unos conflictivos que lo conseguimos todo a base de presiones y de arrebatos. Y aunque es cierto que el atraso oaxaqueño es producto del singular federalismo de nuestro país, lo cierto es que también hay una parte de razón en el hecho de que nosotros mismos, los oaxaqueños, no sólo no hacemos mucho para progresar, sino que también parecemos tener una extraña proclividad por terminar con todos los factores favorable con los que contamos.

Uno de esos factores, fundamental, se llama turismo. Y a ese turismo nacional e internacional —que muchas entidades federativas quisieran tenerlo para tratarlo tan bien, y dejarlo tan satisfecho que siempre quisiera regresar—, los oaxaqueños parecemos siempre dispuestos a ahuyentarlo con nuestro radicalismo y proclividad al conflicto, y con el poco tacto que tenemos para poder distinguir entre lo que necesitamos y lo que nos conviene. ¿Por qué lo decimos?

Porque, en general, los oaxaqueños no entendemos esa distinción. Y por esa razón, por cualquier inconformidad, somos capaces de generar un conflicto potencialmente dañino para el bienestar general, y para la buena imagen de nuestra entidad. Por eso, en Oaxaca a nadie le causa el menor pudor cerrar carreteras, tomar oficinas, generar disturbios e incluso ensañarnos contra los paseantes que nos visitan.

Y es que si a todos nos queda claro que a nadie le gusta ir a donde hay conflicto o problemas para tener una estancia confortable, también debería quedarnos bien entendidos que los oaxaqueños a veces hacemos todo porque el turismo se vaya, o porque la pase de la peor manera posible, y no porque los visitantes se queden más tiempo, o regresen a Oaxaca en sus próximas vacaciones.

 

MALOS SERVICIOS

Otra cuestión que debiera preocuparnos en serio a los oaxaqueños, es la casi nula capacidad que tenemos de tratar a los turistas no sólo como se merecen, sino sobre todo lo como lo marcan ciertos estándares de calidad en el servicio. Si queremos asumirnos como una ciudad de primer nivel, o de gran turismo, y pretendemos seguirnos autoengañando con el hecho de que así como vamos, vamos bien, lo cierto es que sólo estamos destinados al fracaso.

¿Por qué? Porque, como destino turístico, en los últimos años se ha tratado de ubicar a Oaxaca como una opción de los visitantes de mayor poder adquisitivo y de mejor nivel social y cultural. Muchos de los esfuerzos de las autoridades de los tres órdenes de gobierno están encaminados a eso. Sin embargo, basta con haber visitado otros destinos de gran calado, y corroborar el tipo de servicios turísticos que se prestan, y luego compararlos con los que se ofrecen en Oaxaca, para saber que ahí existe un déficit que ya nos cuesta dinero y preferencia cada año. ¿Por qué?

Porque el tipo de turismo que tiene gran capacidad económica (como para pagar algunos de los mejores hoteles, restaurantes, servicios y destinos que existen en Oaxaca), generalmente tiene también una gran cultura y un hábito bien construido de viajar y esperar y exigir siempre el mejor servicio.

El problema nuestro es que, salvo excepciones, aquí los prestadores de servicio siempre están bien atentos al momento en que se puedan aprovechar de los turistas, de cobrarles de más, de prestar un servicio de mejor calidad que el ofrecido a cambio de su costo, o simplemente de no entender que el gran turismo merece y exige en todo momento un trato de ese mismo tipo, o simplemente decide no volver y buscar otros puntos donde sí se cumplen con los estándares que esperar, y por los que paga grandes cantidades de dinero.

Los oaxaqueños no hemos entendido eso, pero además hemos estado siempre embriagados por la soberbia de creer que Oaxaca es tan grande, y de que nuestros destinos son tan atrayentes como un imán, que por eso suponemos que tratemos como tratemos al turismo, de todos modos éste volverá, que pagará lo que se le cobre, y que además aguantará todas las condiciones adversas que nosotros mismos podamos generarles.

A partir de eso se explica mucha de la resistencia que existe al buen trato, del poco interés que hay en todo el sector para dar una capacitación uniforme y eficaz a todos sus empleados sobre cómo deben tratar al turismo, y sobre todo que por eso mismo hay grandes resistencias a comprender que el buen trato y el buen servicio no son sinónimo de servilismo ni de rendición, sino de una competitividad y un deseo de construir (que sí tienen otros destinos turísticos, que con menos atractivos y con menos cultura que Oaxaca, logran captar más turismo), que los oaxaqueños no tenemos y que nos negamos a ver.

 

OAXACA, GRANDE

Sin embargo, Oaxaca cada año nos demuestra que su grandeza es intrínseca. Cada mes de julio reinventa su belleza, del tal modo que siempre asalta a la capacidad de asombro de propios y extraños, que no dejamos de maravillarnos de sus expresiones culturales.

Una pregunta incómoda: ¿quién sostuvo la votación del PRI en Oaxaca?

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+ Voto duro y operación electoral, sólo mitos

 

Habiendo entendido que los priistas tuvieron innumerables deficiencias en la organización de sus campañas, y que el trabajo proselitista estuvo marcado por los distanciamientos, por los recelos, por las traiciones y por el encono mutuo, entonces es necesario preguntarnos: ¿quién sí votó por el PRI en Oaxaca?

La pregunta no es ociosa. Porque en cierto sentido, todos militantes priistas con los esta columna ha tenido contacto que en los últimos días, coinciden en señalar, y en quejarse, por el hecho de que en esta campaña proselitista, las acciones de operación electoral, de movilización de votantes, e incluso el estímulo al voto duro clientelar que tradicionalmente tiene el priismo, fueron prácticamente nulas.

En todo, dicen, hubo trabas, “atorones” y traspiés. Pues si bien es cierto que el PRI oaxaqueño siempre aseguraba contar con un voto duro de más de 600 sufragios, lo cierto es que todo eso lo conseguía únicamente gracias a una pesada y costosa maquinaria electoral que sí podía mantener cuando un priista tenía en sus manos el gobierno estatal. Por conveniencia, ningún tricolor quiso reconocer que una vez siendo oposición ese número tendría una reducción natural importantísima, y todos optaron por negar la realidad y continuar asegurando que continuaría habiendo una votación y aceptación alta para cualquier priista que fuera presentado como candidato.

Ese argumento (que el priismo seguía teniendo incólumes sus 600 mil votos) fue el que sirvió de base para la disputa entre factores de poder en Oaxaca, y para el arreglo cupular entre la dirigencia nacional y los ex Gobernadores de la entidad. Como se supone que esa cantidad de votos estaba segura, y como los cuatro ex mandatarios querían su tajada de ese potencial triunfo de cualquiera que fuera candidato a diputado o senador, entonces por eso decidieron repartir el pastel electoral entre esos cuatro factores, y con ello se pensó que cada uno tendría satisfechos sus intereses a través de las curules y escaños que obtuviera, y que así estaría liquidada la disputa por el control del priismo en la entidad.

El cálculo fue erróneo. En efecto, se hizo el reparto y comenzaron las campañas, pero lo cierto es que éstas no fueron funcionales ni eficaces en ningún momento. Como apuntábamos ayer, no hubo ningún tipo de coordinación real entre dirigencia, sectores y representantes o delegados distritales, con los candidatos. Cada uno hizo la campaña que pudo e imaginó. Y todos se fueron por una ruta peligrosa de tratar de hacer todo a espaldas de los demás, de aprovecharse de los apoyos y recursos que obtenía, y de tratar de lograr que sus adversarios internos pagaran las consecuencias de las disputas y las traiciones.

A eso hubo que sumar, primero, el hecho de que los recursos que el Comité Ejecutivo Nacional había destinado para la operación electoral, fueron insuficientes y llegaron a destiempo; y que, además de lo anterior, no faltaron los vivales que vieron en el manejo y distribución de esos recursos, una ocasión perfecta para sacar provecho personal de la situación, y para rasurar los montos que estaban destinados para el tiempo previo a la elección.

Muy tarde, todos se dieron cuenta que todos aquellos que habían recibido recursos económicos durante toda la campaña, para implementar los distintos programas de promoción al voto, simplemente habían hecho nada. Cuando a pocos días de culminar el trabajo proselitista se hizo una evaluación general del trabajo realizado, y se dejaron de lado las posiciones triunfalistas de quienes decían haber hecho todo sin poder comprobar nada, lo único que pudo corroborarse es que esquemas completos de trabajo territorial de promoción del voto, no se habían realizado.

Sin embargo, nadie quería responsabilizarse de ninguna de las fallas. Por eso, aunque parezca extraño, los priistas oaxaqueños dejaron a la deriva toda posibilidad de por lo menos tener estimaciones previas de la cantidad de votos que obtendría cada uno de los candidatos a diputados y senadores. Y, si vale la expresión, únicamente se encomendaron a lo que pudiera conseguir su candidato presidencial, y al arrastre que éste pudiera darle a sus respectivas campañas.

 

TODOS FALLARON

Hoy, cuando la elección ya pasó, y los resultados (y el mayúsculo descalabro del PRI en Oaxaca) son ampliamente conocidos, todos pretenden responsabilizar únicamente a la dirigencia del PRI, a los candidatos derrotados, o incluso a los ex Gobernadores, de lo que estuvo mal hecho en esta operación electoral. Lo cierto, al final, es que todos, puros y conversos, son responsables de esta derrota.

Y es que grupos como el llamado Frente Renovador, hoy no encuentra las palabras suficientes para fustigar a la dirigencia y a los sectores priistas por la derrota. Es cierto que ellos tienen una gran responsabilidad por los resultados. Pero también lo es que, si se supone que todos son priistas y que todos trabajaron para dos causas esenciales (una llamada PRI y la otra llamada Enrique Peña Nieto) entonces nadie debería sentirse absuelto de responsabilidades.

Porque si la dirigencia y los candidatos no hicieron el trabajo político que les tocaba, fue evidente que todas las corrientes de la disidencia priista (el Frente Renovador y todos los demás) tampoco hicieron la parte que les tocaba para conseguir que su partido hiciera un mejor papel en esta contienda.

Al final, queda la pregunta: si no hubo voto duro; si tampoco hubo movilización electoral; si un puñado de aprovechados se robaron el dinero para la riega y aseguramiento del voto clientelar; si las campañas fueron estuvieron marcadas por las zancadillas y por el encono; y si al final la dirigencia, los sectores, la movilización, y todo, falló, ¿entonces quién votó por el PRI?

 

MALAGRADECIDOS

La respuesta es obvia: por los candidatos del PRI en Oaxaca votó, por un lado, la militancia priista real (esa que sí está convencida, y que no es clientela de nadie); y por el otro, votaron también aquellos a los que captó la campaña presidencial de Peña Nieto. La disparidad en los votos que obtuvo el candidato presidencial, y los alcanzados por los abanderados al Senado y las diputaciones, hablan sólo de eso. Por eso, todo aquel que tuvo, o dijo tener, una responsabilidad en esta campaña, falló vergonzosamente. Y por eso, de esta derrota no se puede excluir ninguno de los que tuvo el deber de asegurar una votación, y dejó todo a una suerte que de todos modos no les favoreció.

Esta, para el PRI de Oaxaca, fue una elección con 4 campañas

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+ Exclusión fue la constante entre candidatos

 

Uno de los principios fundamentales de toda campaña proselitista, en la que se juegan varios espacios al mismo tiempo, radica en hacer una verdadera unificación y coordinación de todas las fuerzas con las que cuenta un partido, para que la aceptación de su mayor capital político arrastre a los demás. Aunque esta es una constante bien entendida en todas las campañas y en todos los momentos políticos de nuestra entidad, nada de esto operó en los comicios federales del pasado 1 de julio. Este es otro de los factores esenciales para entender esta colosal derrota del priismo oaxaqueño.

En efecto, aunque en toda democracia se dice que cada ciudadano tiene la posibilidad de elegir y razonar libremente su voto, y aún cuando también decimos que en México tenemos una democracia plena, lo cierto es que aquí la gran mayoría de los capitales electorales continúan generándose por francas clientelas, y alrededor de liderazgos políticos de todos niveles que, en el mejor de los casos pueden considerarse como caudillismos, aunque —al menos en Oaxaca— la gran mayoría de ellos no dejan de ser meros cacicazgos.

Esto explica buena parte de la lógica de la operación electoral descrita en líneas anteriores. Esa lógica se basa en el clásico relativo a que la unión hace la fuerza. Y por eso, en una elección en la que se juegan tanto la Presidencia de la República, como las curules y escaños que componen la representación legislativa estatal en el Congreso de la Unión, lo predecible es que la campaña se construya no sólo alrededor del mayor liderazgo entre los candidatos, sino también considerando la primacía de cada uno de los factores de control distritales, regionales o estatales, y dando preponderancia a esos caciques partidistas que, nos guste o no, lo aceptemos o no, controlan clientelar miles de votos que bien pueden inclinar la balanza al triunfo o la derrota a cualquier candidato.

Esa lógica impone que, valga la redundancia, la campaña sea una sola campaña. Es decir, que todos los candidatos a Diputados, Senadores y Presidente, tengan como eje de rotación una sola coordinación general, una sola línea de acción para la promoción del voto que no es cautivo de las clientelas o del llamado “voto duro”, y un solo mando en cuanto a la operación electoral específica para movilizar a quienes ya se tienen como votos asegurados. Esto, con sus particularidades, lo sabe todo aquel que ha conducido, o que al menos ha sido parte de cualquier campaña proselitista seria, en la que hay orden o trabajo real a favor de todos sus candidatos.

Este tipo de operación tiene ganancias para todos, ya que, de algún modo, todos los candidatos se montan en la operación electoral del abanderado más fuerte (que siempre es su candidato presidencial), y para asegurar el triunfo únicamente alimentan la estructura electoral planteada de antemano, y se dedican a trabajar en coordinación con ella.

Por razones obvias —que van desde su propia popularidad, pasando por la capacidad de disponer de recursos económicos para la operación electoral, y culminando con su capacidad de exposición en medios de comunicación e inversión en propaganda—, un candidato presidencial casi siempre tiende a crecer. Y si detrás de él van todos los demás candidatos, únicamente regando, cuidando y abonando un terreno que ya fue arado y sembrado por el abanderado presidencial, lo lógico es que finalmente, el día de los comicios, el arrastre del más fuerte jale a los demás; y que las operaciones para evitar el voto diferenciado terminen de hacer el trabajo para que todos ganen.

Eso es lo que se supone que debe ocurrir en todas las campañas electorales y, de hecho, es lo que ocurre casi siempre. Sólo que en Oaxaca esta operación tuvo una lógica distinta, que más bien estuvo ubicada en el predominio de las razones de encono y desorden.

De ahí puede explicarse perfectamente por qué, a pesar de las inversiones económicas que hizo el PRI nacional en Oaxaca, nada fue suficiente para evitar la caída de los candidatos a diputados y senadores; e incluso por qué éstos mismos, por las mismas razones, fueron también corresponsables de sus propias derrotas.

 

CUATRO CAMPAÑAS

Como lo hemos apuntado en nuestras entregas anteriores, y como es bien sabido por todo el priismo oaxaqueño, las candidaturas fueron repartidas en base a un criterio poco claro, que no hizo sino desterrar cualquier posibilidad de reconciliación entre los tricolores y que, al contrario, generó más enconos y divisiones entre dirigentes partidarios, líderes regionales, candidatos y resentidos.

Como no hubo conformidad ni un criterio uniforme en el reparto de las candidaturas y de las principales posiciones, entonces era imposible que hubiera una sola lógica en la coordinación de las campañas proselitistas. Eso explica buena parte del desastre de la operación electoral, y la responsabilidad de todos en la construcción de su propia derrota. ¿De qué hablamos?

De que, hablando en términos llanos, cada candidato “caminó solo”. Es decir, que cada uno construyó su propia campaña, estableció su propio esquema de operación, hizo sus propios pactos y se acercó con sus propios medios a cada uno de los operadores y líderes regionales involucrados en su distrito. Y si esto era ya de por sí grave, lo peor estaba por ocurrir.

Esto, debido a que hasta en ese trabajo predominaron los enconos sobre el interés partidario y la supuesta intención de ganar. Los candidatos a diputados hicieron su propio esquema de operación. Pero como no había coordinación con los dos candidatos al Senado, cada uno hizo sus propios pactos, encimados a los que ya había hecho el aspirante a diputado. Y si tres campañas ya eran muchas para un solo territorio, todavía a ello se le agregó que el coordinador de la campaña presidencial en Oaxaca hizo exactamente lo mismo.

 

DESASTRE ELECTORAL

Eso dio como resultado que hubiera cuatro campañas en paralelo, en las que todos estaban peleados con todos, y en las que todos querían ganar pero viendo perder a los otros candidatos de su mismo partido. Por eso, contrario a toda lógica, todos pidieron voto diferenciado, todos socavaron a sus correligionarios, todos se pusieron trabas, y todos hicieron trabajo político para rumbos distintos. Por eso no hubo dinero o acuerdo cupular que alcanzara. Y por eso, todos fueron alcanzados por una derrota que agarró parejo, y en la que hasta los “ganadores”, como Eviel Pérez Magaña, lo lograron perdiendo.

 

PRI Oaxaca: la “reconciliación” que nunca llegó

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En los últimos dos años, al menos en un par ocasiones se anunció que la militancia priista de Oaxaca había realizado procesos de reconciliación. Hoy, ante la derrota, se sabe que esa reunificación nunca fue real; que fueron también más poderosas las mezquindades y los enconos entre la militancia; pero también que las sucesivas dirigencias del priismo local no fueron capaces ni sensibles a las necesidades que imponían los complicados escenarios que enfrentaban. Esta es una más de las aristas que explican la derrota priista en Oaxaca del pasado 1 de julio.
En efecto, si bien se recuerda, ante la derrota electoral de 2010, Ulises Ruiz, todavía en su calidad de Jefe Político del priismo local, determinó que la dirigencia del tricolor en el Estado sería ocupada por el candidato perdedor, Eviel Pérez Magaña. Como Ruiz era aún Mandatario de la entidad (y por tanto tenía cierto control y capacidad de coacción sobre sus correligionarios, muchos de ellos incrustados en espacios públicos), pocos fueron los que públicamente protestaron. Pero eso no significaba que todos estuvieran de acuerdo con sus decisiones. Al contrario.
Por esa razón, una vez que Ruiz dejó el cargo, comenzó una auténtica guerra interna entre todos los factores priistas. De entrada, todos los diputados federales se dijeron con derecho a querer, o cuando menos a poder, ocupar el cargo de dirigente estatal en su partido. Eso mismo dijeron querer otros líderes regionales, concejales o dirigentes sectoriales del partido, que asumieron que en ellos se depositaba gran parte de la ascendencia política, o de la representación política de la militancia, y por esa razón comenzaron a cuestionar la dirigencia de Pérez Magaña. ¿Qué decían de él?
Decían, de entrada, que su cargo como dirigente era artificial, que era también impositivo, y que era insostenible. Según ellos, era artificial porque había sido producto no de un acuerdo cupular, sino de una decisión simple y vertical del entonces gobernador Ruiz. Decían que era impositivo, porque para ungirlo como dirigente no consensaron a nadie, ni pidieron la autorización de nadie, ni estuvieron dispuestos a escuchar a nadie. Como si el PRI oaxaqueño fuera una franquicia, simplemente Pérez fue impuesto como líder. Y a todos se les invitó a sumarse incondicionalmente… a cambio de nada.
Fue tal el cuestionamiento a la dirigencia de Pérez Magaña, que en un momento él mismo tuvo que simular la posibilidad de un arreglo. Entonces llamó a algunos dirigentes regionales, a algunos diputados locales, y a un grupo minoritario de legisladores federales del PRI por Oaxaca, y con ellos elaboró un primer acuerdo de unidad, en el que se cedían algunos espacios partidistas a cambio de reconocimiento y legitimidad, pero que de ninguna manera significaba que las divisiones entre la militancia real estaban resueltas, o que verdaderamente se había incluido a todos los grupos y a todas las expresiones políticas del priismo local.
¿Cuál fue el resultado? Que, aquel primer anuncio de unidad y reconciliación tuvo un efecto exactamente contrario al esperado. Como habían sido más los excluidos que los tomados en cuenta, y como ya había un interés específico del Gobierno del Estado (ahora en manos de los opositores al PRI) por tomar parte en esa trifulca interna (a través de priistas orgánicos que se vendieron desde antes a la oposición y que luego tratarían de servir como esquiroles y colonizadores), entonces la división se hizo todavía mayor y se abrieron varios frentes desde donde se alimentó el discurso de la apertura y de la inclusión, cuando realmente lo que ocurría era que intentaban cobrar sus propias venganzas y obtener sus propios espacios.

SEGUNDA “RECONCILIACIÓN”
Durante la dirigencia de Pérez Magaña en el PRI estatal, se crearon varios frentes opositores. Uno de ellos, el más conocido, fue el llamado “Frente Renovador por un PRI para todos”, en el que se aglutinaron todos aquellos que no habían sido parte de los acuerdos de la dirigencia priista de la entidad, pero también había aquellos que, no queriendo arreglo, integraron ese grupo en aras de demostrar que había una disidencia, que esa disidencia estaba organizada, y que también estaba enojada por una exclusión que ellos habían tomado voluntariamente.
Así, para el reparto de las candidaturas a diputados federales y a senadores, se llegó a un acuerdo cupular con los ex Gobernadores oaxaqueños (que ninguno respetó) para que todos recibieran candidaturas, a cambio de que todos sumaran trabajo político para el partido. Así se dividió la geografía política estatal no para el priismo, sino para los ex Mandatarios. Y sólo después de eso se intentó un segundo arreglo que incluyera a todas las fuerzas dispersas del priismo.
Así fue como trató de integrarse al Frente Renovador a una estructura que tenía tantas deficiencias como los intentos de acuerdo de unificación. Los renovadores no tuvieron capacidad de acción. Los puestos importantes de la dirigencia fueron también cedidos en aras de un intento de “operación cicatriz”, con dos diputados locales que hicieron valer su ascendencia ante el hecho de que no habían sido beneficiados con candidaturas. Y, de nuevo, se anuló la posibilidad de una integración real, porque nadie tenía el compromiso real de ceder espacios en aras de que todos trabajaran juntos.
Esto llevó a una tercera división. Ya en las campañas, ni la dirigencia del partido, ni los candidatos, tuvieron la sensibilidad o disposición para pactar con los factores reales de poder de cada distrito electoral, o cuando menos para escucharlos. Todos caminaron solos. Todos hicieron sus campañas según sus ideas o intuición. Muchos tuvieron que cargar con esos liderazgos como lastre, y no como ayuda. Y más de uno simuló trabajo territorial porque realmente ni conocía el distrito ni tenía nociones de cuál debía ser la ruta a seguir para obtener resultados.

TODOS PIERDEN
El resultado es el conocido. Errores de campaña hubieron tantos que hoy son incuantificables. Sin embargo, lo cierto y real en todo esto, es que todos esos errores fueron advertidos y señalados, pero que nadie tuvo disposición para escuchar y ceder ante el otro, en aras de que ganaran todos. Eso refuerza la idea de que los priistas oaxaqueños, estuvieron siempre dispuestos a pagar el costo político de esta derrota, con tal de ver derrumbados a los adversarios que contaban dentro del mismo PRI. Algo inimaginable. Pero real.

PRI Oaxaca: su derrota la construyeron ellos

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+ Traiciones y pugnas pudieron más que EPN

La monumental derrota del PRI en Oaxaca era un hecho que podía preverse desde mucho tiempo atrás. Aunque en el ámbito nacional tenían un candidato presidencial con gran fortaleza, y un equipo electoral con gran capacidad de movilización e inducción del voto, lo cierto es que en Oaxaca nadie estaba comprometido con nada. Las heridas de la derrota de 2010 continuaban supurando. Y en esta ocasión, quedó claro que los agravios pudieron más que un interés partidario que todos demostraron no tener.
En efecto, si alguien tiene ánimo de preguntarse por qué perdió el PRI en Oaxaca de la forma en que ocurrió, tendría que ir a algunos hechos concretos. Si hacemos un recuento somero de esos factores, necesariamente debemos pasar por los hechos del 2010, para luego entender la construcción de una disidencia artificial, y finalmente entender cómo ocurrieron, y qué incluyeron los acuerdos cupulares con los que según se sanaron las heridas y se unificó al priismo oaxaqueño. Si todo eso fue siempre un desastre, la construcción de las campañas en la entidad no fueron la excepción. Y a partir de ello se generó una derrota de la que, lo acepten o no, son responsables todos.
Ante tal cúmulo de hechos, es necesario ir por partes. Pues, aunque en primer término la derrota electoral del PRI en 2010 parece un acontecimiento lo suficientemente analizado, es claro que de ahí parten algunos factores fundamentales que derivaron en esta elección, en este escenario y en esta derrota. ¿Por qué? Porque, en esencia, los agravios del priismo oaxaqueño, y del otrora grupo gobernante, no partieron de la derrota, sino de la determinación arbitraria en el reparto de un poder que aún no tenían.
Y es que en aquellos tiempos, el entonces gobernador Ulises Ruiz inclinó la balanza sobre la sucesión en favor de Eviel Pérez Magaña, dejando con ello agravios en los otros cinco aspirantes priistas a sucederlo. Para legitimar su decisión, Ruiz utilizó al PRI para simular un proceso democrático de elección interna del candidato; aunque lo cierto es que nunca consensó su decisión ni permitió una cesión correcta de poder entre los otros aspirantes, que permitiera el tránsito de su candidato hacia la gubernatura.
Como nunca hubo arreglo, entonces todos optaron por la traición. Como pudo, se hizo un intento del reparto del poder, pero fue evidente que nadie se quedó conforme. Entonces vinieron las traiciones y los desánimos. Y por esa razón, la indolencia y la simulación dentro del mismo PRI, permitieron el paso libre de los opositores, y el derrumbamiento de una campaña proselitista que no tenía un mal planteamiento ni contaba, hablando en términos estrictamente electorales, con un mal candidato.
Con los resultados de 2010 todos quedaron enojados. Todos se sintieron agraviados por las malas decisiones, pero nadie asumió las consecuencias. Lo cierto es que, ante lo poco que quedaba del gran poder que ostentaron, cada quién tomó lo que pudo y se puso inopinadamente a cuidarlo.
Como todos se convirtieron adversarios de todos, y como muchos envidiaban el poder de sus compañeros-adversarios de junto, entonces inició una guerra interna en la que no hubo posibilidad de ponerse de acuerdo en quién debía conducir el proceso de transición hacia la oposición, y en el que muchos se asumieron como depositarios del PRI y lo mismo trataron de llevarlo a la oposición radical o al choque, que a la concertacesión y a la entrega total a los intereses oficiales, a cambio de beneficios personales.
En ese escenario nació, además, una disidencia que era, y sigue siendo, financiada desde el sector oficial. Propios y extraños comenzaron a exigir democratización del partido. Pero nadie tenía voluntad para verdaderamente deponer sus intereses personales, en aras de la reconstrucción del partido.
Nunca hubo posibilidad de diálogo, porque los priistas “oficiales” (los que se habían quedado con el partido) nunca tuvieron disposición para dialogar; pero también porque los disidentes tenían claro que su objetivo era desacreditar a la dirigencia, antes que tratar de concretar un arreglo verdaderamente democrático, que los incluyera a todos.

MAL ARREGLO
En eso estaban los priistas oaxaqueños, en medio de una —literal— batalla campal, cuando el CEN del PRI decidió ocuparse del tema Oaxaca. En la cúpula nacional priista, el secretario de Organización del CEN, Miguel Ángel Osorio Chong, propuso un arreglo en el que, supuso, alinearía a todas las fuerzas y reordenaría al priismo oaxaqueño.
Su gran solución consistió en convocar a los ex gobernadores priistas de Oaxaca para proponerles un reparto tanto de las posiciones partidiarias, como de las candidaturas a diputaciones federales y al Senado de la República. Creyó que con eso involucraría a todos en el trabajo electoral, pondría en juego sus propios intereses, y los obligaría a alinearse en torno al trabajo político del PRI, y del candidato presidencial, Enrique Peña Nieto.
Osorio no calculó que Oaxaca era ya un caso aparte. Primero envió a Arturo Osornio como delegado especial del CEN para que él “aterrizara” el arreglo que sí aceptaron los ex Gobernadores; aunque ya aquí, éste se dejó cooptar abiertamente por lo que quedaba del ulisismo en las posiciones partidarias del PRI. Esto enconó todavía más a los otros grupos.
Y ya en medio de la campaña, con las diputaciones y las posiciones partidarias repartidas según el criterio del arreglo cupular, el CEN priista envió a Jorge Sandoval Ochoa —un viejo lobo en la operación electoral en entidades donde el PRI es competitivo como fuerza de oposición— para tratar de que condujera la campaña.
Éste trató de hacer lo que pudo, hasta que se dio cuenta que aquí había intereses opuestos a los de cualquier priista en el país: aquí, todos estaban dispuestos a ver una derrota priista, con tal de ver hundidos a sus adversarios internos. Por eso hubo traiciones, abandonos, acuerdos con la oposición y cero arriesgue de recursos para las campañas. Esa es sólo una parte de la película. Mañana seguiremos con otros aspectos que explican a detalle esta gran derrota.

EXTRAÑA DECLINACIÓN
Es la que hizo Rosalinda Domínguez como candidata a diputada federal por el PRD en Juchitán. Con el recuento de votos fácilmente podría ganarle a Samuel Gurrión. Sin embargo, sorprendentemente dijo a la dirigencia perredista que aceptaba la derrota y se retiraba de la contienda. ¿Cuánto costó esa sospechosa declinación? No hay otra explicación posible. Abundaremos.