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En Oaxaca, el régimen no tiene proyecto sucesorio

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+ Carencia de liderazgos, causa del “reciclamiento”

 

Se dice que en política, el gobernante debe estar pensando, en cada paso que da, en los mecanismos que tiene a su alcance para preservar y transmitir el poder a la persona que elija. La ausencia de esta noción, y de las personas idóneas para esta necesidad, implica la decadencia prematura del grupo que gobierna. ¿Le estará pasando esto al actual régimen gobernante en la entidad?

La pregunta no es menor. Porque aún cuando el grupo en el poder está moviendo libremente más piezas de las tradicionales en el actual proceso electoral, es claro que ninguna de ellas tiene una perspectiva clara no sólo de detentación presente de los espacios de poder, sino sobre todo de la irremediable necesidad de transmisión que habrá del Poder Ejecutivo del Estado.

Y es que, tradicionalmente, en Oaxaca ha operado desde hace décadas la “costumbre” política de que desde el Senado de la República se construyen las candidaturas a Gobernador. Aunque con distintos contextos, la Cámara Alta ha sido la tribuna de impulso de los últimos cinco Gobernadores, que a partir de la ascendencia de tal cargo han reclamado su derecho a aparecer como aspirantes potenciales a la gubernatura del Estado. No basta más que con repasar sus nombres, para corroborarlo.

Aunque el grupo gobernante impulsa, por distintas vías partidistas, las candidaturas de Benjamín Robles Montoya y de Diódoro Carrasco Altamirano al Senado de la República, queda claro que ninguna de estas opciones implica el perfilamiento de un proyecto sucesorio que pueda comenzar a construir los escenarios del 2016, cuando el gobernador Gabino Cué Monteagudo deba dejar su cargo. ¿Qué impide a ambos personajes la posibilidad de encabezar esos posibles proyectos de sucesión?

Comencemos por el lado panista. Porque aún cuando el ex gobernador Diódoro Carrasco Altamirano está bien afianzado como candidato a Senador de la República, es evidente que su fortaleza se encuentra únicamente en la elección actual, pero no en un posible proyecto de sucesión. La razón es simple. Él ya detentó el cargo de Gobernador Constitucional del Estado entre 1992 y 1998. Y tanto el artículo 116 de la Constitución de la República, como la particular del Estado, impiden de manera absoluta que quien ya ocupó ese cargo con la calidad de constitucional (es decir, electo por la mayoría en comicios ordinarios), pueda volver a desempeñarse como tal.

La situación, políticamente hablando, no es menor. Durante la gestión actual, el ex Gobernador ha demostrado tener una influencia determinante tanto en los asuntos públicos como en la forma en que se establecen los equilibrios dentro del equipo que gobierna. En todas las ocasiones ha quedado claro que él no sólo tiene la gracia y la venia de quien detenta el poder, sino que incluso ha también demostrado que tiene capacidad de incidir en las decisiones más importantes, y que es lo suficientemente fuerte como para reafianzarse no sólo como un tipo de “patriarca”, sino como un personaje con potencial político específico. Su candidatura al Senado, y sus posibilidades de triunfo, así lo demuestran.

Sin embargo, con todo y eso, el proyecto político que representa el sector panista del ex gobernador Carrasco, sirve de poco para las necesidades sucesorias (que si no las ve ahora, sí deberá hacerlo después) del gobernador Cué. Al no poder ser nuevamente Gobernador, el proyecto de Carrasco Altamirano se vuelve terminal para estos efectos.

Y entonces, lo que es evidente es que, o ese grupo genera un nuevo liderazgo en el corto plazo, y ese liderazgo tiene la capacidad como para crecer lo suficiente hasta convertirse en un potencial candidato a gobernador en 2016; o que, aún con la fortaleza que pueda llegar a acumular, no tendrá más remedio que aliarse con otras fuerzas para impulsar a un nuevo candidato afín. Y eso (ceder o compartir el poder), según parece, no es la mejor opción para todos aquellos que están en política.

 

PROYECTO TRUNCO

Por la otra vía, la de los llamados “partidos de izquierda”, también parece un proyecto viable. Porque aún cuando la Constitución del Estado no prohíbe que sea Gobernador una persona que no es originario de la entidad oaxaqueña, políticamente este se vuelve siempre un cuestionamiento de fondo en nuestra praxis política. Hay abundantes ejemplos de aspirantes a gobernador, e incluso de ex gobernadores, a los que no se les termina de cobrar la afrenta de pretender gobernar la entidad no habiendo nacido en ella.

En este sentido, aún cuando el artículo 68 de la Constitución del Estado autoriza a que pueda ser Gobernador alguien que sólo ha tenido residencia efectiva de cinco años, aunque no sea nativo del estado, es evidente que este será un primer escollo grava para quien, como Benjamín Robles Montoya, está claramente identificado como oriundo del Estado de Michoacán.

Y si ese ya es de por sí una cuestión grave, lo es mucho más las heridas que comienza a generar en los intentos por imponerse, por la vía de la fuerza, como abanderado de las izquierdas, y por ser un empecinado captador de todos los rencores y las afrentas que se vienen generando en los demás partidos y fuerza política.

Así, aunque hoy tiene una ascendencia importante en el grupo gobernante, queda claro que eso no le garantiza, bajo ninguna perspectiva, ser primero el elegido del Gobernador para sucederlo, y después tener la capacidad y el peso específico para ganar una elección determinante como la que será la de 2016.

Al final, todo esto demuestra una cuestión más, que no deja de ser grave: el grupo gobernante carece de más liderazgos, que éstos dos, que parecen ser meramente terminales. Aún se encuentran a tiempo de construir vías distintas para tratar de sacar adelante su proyecto de sucesión, y para poder dar viabilidad al imperativo esencial que tienen todos los grupos políticos con el poder en las manos, que es el de conservarlo.

Si no lo hacen, estarán entonces sólo a la expectativa de los movimientos que hagan grupos paralelos a ellos, y al final tendrán que sumarse. El binomio perfecto radicaría, sin embargo, en lo contrario. Pero no se ve por dónde.

 

¡FELICIDADES OAXACA!

Día a día, nuestra ciudad nos demuestra su grandeza, cuando se impone a todos los conflictos que enfrenta. A pesar de todo, y a veces de nosotros los mismos oaxaqueños, esta ciudad es majestuosa, viva y radiante. Esto, a pesar de que podría parecer una persona de edad avanzada. Sin embargo, sus primeros 480 años, son apenas nada. ¡Felicidades, Oaxaca!

Transporte: la política impide el reordenamiento

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+ Dejar a salvo temas técnicos, imperativo urgente

 

El transporte público en Oaxaca es un caos por la proclividad que tiene a los temas políticos. Aunque durante sexenios éste rubro fue uno más de los más utilizados para comprar, cooptar o mantener a raya a propios y extraños, es evidente que hoy no aguanta más. La administración estatal se enfrenta, sin embargo, a los afanes electorales y futuristas de algunos personajes, pero también a la necesidad urgente de entrar a resolver los problemas específicos del sector para tratar de dar una nueva perspectiva a ese asunto que es tan caótico, como anárquico y corrupto.

En efecto, hace una semana en este espacio dimos cuenta de un caso específico en el que, por un afán electoral del candidato a senador por los partidos de izquierda, Benjamín Robles Montoya, un sector del grupo gobernante había presionado a los tribunales administrativos de la entidad para que emitieran documentos de certeza jurídica a una organización de concesionarios de la región de la mixteca.

Decíamos entonces que esa decisión implicaba no sólo el establecimiento de un nuevo precedente respecto al reconocimiento de las concesiones emitidas en el periodo del gobernador Ulises Ruiz (y que la presente administración consideraba como ilegales), sino sobre todo una evidente contradicción entre el discurso político, en el que se utilizó justamente el tema del tráfico de concesiones para evidenciar la corrupción del régimen anterior, y que incluso provocó el encarcelamiento del ex titular del ramo, Gonzalo Ruiz Cerón. Apuntamos que esto tenía como telón de fondo el cobijo que Robles Montoya estaba brindando a esos sectores de concesionarios, con tal de ganar adeptos electorales y ensanchar sus redes de influencia en la política estatal.

Pues bien, queda claro que este no es un asunto aislado. Porque según parece, el de los concesionarios de la mixteca fue sólo el primero de varios intentos que comenzarán a hacer para tratar de generar la simpatía con un sector amplio de los transportistas oaxaqueños, y desde ahí construir un grupo paralelo al ya existente, que lo debilite para después generarle un contrapeso al propio gobierno no sólo en lo relativo al transporte, sino en lo concerniente a la gobernabilidad del Estado.

¿Cómo pretenden hacerlo, tanto el candidato a senador Benjamín Robles, como personeros ahora a su servicio, como el impresentable Juan Luis Martínez, líder de la Confederación Nacional de la Productividad? Justamente quebrantando de nuevo el orden jurídico, y manipulando el sector con fines electorales.

Por un lado, están intentando “legalizar” muchos de los actos de gobierno que hizo la anterior administración en el rubro del transporte, y que ya en los tiempos del actual gobierno generaron fuertes inconformidades porque éste se negó a reconocer la validez de los mismos.

Por eso, Robles y sus personeros ahora mismo intentan atraer a esos dueños de taxis, colectivos, foráneos y demás que aún no han podido regularizar el estatus jurídico de sus unidades, para brindarles la “gestoría” e influencias para conseguir sus propósitos, a cambio de que éstos manifiesten incondicionalidad a su causa, repudien a las organizaciones a las que pertenecen, y formen un nuevo grupo a partir del cual hagan presencia en el escenario político estatal. La idea es nada descabellada. Sin embargo, es tan perversa y nociva para la gobernabilidad del estado, como lo ha sido el manejo siempre político, y nunca técnico, que por años se le ha dado a este rubro.

 

MANIPULACIÓN POLÍTICA

Benjamín Robles Montoya quiere ser gobernador del Estado en 2016. Sólo que hoy, aún siendo candidato a senador, está viendo que ni aun ganando la senaduría hay garantías de que conseguirá la candidatura al gobierno estatal por el grupo al que pertenece; y también ha comenzado a comprobar que sus apoyos son al mismo tiempo tan fuertes y tan débiles, como lo son los recursos públicos del gobierno estatal, pero también la inestabilidad en quienes lo tienen bajo su cuidado y manejo.

Robles, pues, sabe que en su tiempo los priistas fueron fuertes no por una aceptación genuina, sino porque el apoyo clientelar implicaba siempre beneficios para quienes estaban dispuestos a intercambiar su voto (o su conciencia) por una dádiva económica o por un favor político.

Para eso está tratando de tener influencia en el transporte. Sabe que, manejando eso, tendrá verdaderamente el peso específico que aún no tiene. Podrá, pues, convertirse en un factor de negociación con el propio gobierno estatal, pero también al interior de los partidos que hoy lo apoyan, ya no para que le otorguen candidaturas o le paguen favores, sino ahora para exigir que sea reconocido como uno más de los factores internos y le sean entregadas más posiciones de las que ahora tiene.

El intento parece perfecto. Hoy, tiene el poder y la influencia suficiente como para generar temores dentro de la administración estatal, y conseguir, alrededor de la recién creada Secretaría del Transporte, las condiciones necesarias para romper las alianzas entre los grupos de transportistas, y generar nuevos equilibrios favorables a sus causas.

De hecho, aquí mismo en la capital oaxaqueña los grupos adheridos a Robles Montoya, y secundados por personajes como Martínez de la CNP, están tratando de quebrar a la Unión de Taxistas del Estado de Oaxaca, para que un ala de ésta se vaya al nuevo conjunto de organizaciones identificado con Robles, y a partir de eso puedan generar fuerza capaz de llegar a presionar a la propia autoridad estatal (en manos del grupo que ahora le tiende la mano para crecer políticamente) en cualquier momento, y por cualquier circunstancia que se conveniente a sus intereses.

 

PONDERAR EL REORDENAMIENTO

Todo esto, sin embargo, choca no sólo con el propósito, sino con el apremio que tiene el Gobierno del Estado, por entrar de verdad a fondo al reordenamiento del transporte urbano, colectivo y foráneo. De hecho, parece claro que la administración estatal ahora sí está convencida de que eludir este asunto de nueva cuenta implica no sólo el incremento del caos en el sector, sino también el pago de costos políticos directos para quien ahora es gobierno. Entienden que parte de las facturas que en 2010 el electorado cobró al PRI fue por la corrupción y el caos que promovieron en el sector del transporte. No quieren repetir el escenario. Pero flacos favores reciben del “aliado” Robles Montoya.

En Oaxaca, ahora, no hay campañas

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+ Sólo candidatos invisibles y miedosos

 

Siempre se piensa que los de una campaña presidencial, son tiempos de efervescencia política y trabajo proselitista. Esa, se supone, es la base del interés que buscan despertar los partidos políticos en la ciudadanía; y ese interés es el que finalmente debe traducirse en votos. Ello, sin embargo, contrasta con el atípico momento electoral que vive Oaxaca: aquí, según las apariencias, no hay campañas, ni candidatos, ni interés por ganar. Pareciera que sólo existen ciertas inercias y un ánimo definido en cumplir el compromiso de presentar candidatos, y que la ciudadanía elija al menos peor. Esa es muestra del estado crítico en que se encuentra nuestra democracia.

La capital oaxaqueña es ejemplo perfecto de cómo aquí no hay campañas. Aunque estamos a menos de 70 días de elegir a nuestro próximo Presidente de la República, y de participar en la renovación del Poder Legislativo Federal, pareciera que los oaxaqueños no tenemos el más mínimo interés de participar en la vida democrática. Lo más grave es que ese desinterés parece estar estimulado por la indolencia de quienes aparecerán como los candidatos a esos cargos públicos, en las boletas electorales. Veamos si no.

El momento de la vida democrática de nuestro país, y de nuestro estado, es excepcional. Hablando en términos de la importancia que tiene este proceso para la vida política del país y de la entidad, en primera instancia estamos a punto de elegir al hombre o mujer que encabezará los trabajos de la República, y que enfrentará los retos más importantes que tiene un país en constante crisis como el nuestro.

En lo relativo a nuestro estado, este proceso electoral es determinante porque (aunque aún es temprano para hablar de ello) a partir del resultado electoral se podrá definir el primer escenario relativo a la sucesión del gobernador Gabino Cué Monteagudo, y porque los hombres y mujeres que el próximo 1 de julio elijamos como nuestros representantes populares serán los encargados de vigilar que los asuntos de Oaxaca relacionados con la Federación sean puntualmente cumplidos, y que haya una legislación acorde con las necesidades del país.

En el fondo, uno de los asuntos que más debieran genera preocupación entre nosotros los ciudadanos, es el hecho de que nuestros representantes populares federales han dejado mucho que desear, y por esa sola razón debiéramos estar decididos a no volver a cometer los mismos errores de siempre, por permitir que lleguen a las cámaras federales personas sin compromiso ni preocupación por Oaxaca.

No obstante, lo más grave de todo esto radica en que nadie, ni ellos ni nosotros, parecemos tener algo de preocupación por generar no sólo efervescencia por el proselitismo electoral, sino sobre todo interés por lo que debe plantearse en favor del país, y de las propuestas que debieran ser punta de lanza de una campaña propositiva que buscara resolver los problemas tanto de la sociedad oaxaqueña, como de la nacional.

Como no hay debate ni discusión ni propuesta, pareciera que lo único que esperamos es que llegue el momento de la elección, que los partidos y sus candidatos echen a andar sus respectivas maquinarias electorales, y que gane no quien más aceptación tiene entre la sociedad, sino quien tiene mejores herramientas para producir votos a favor, aunque ello no necesariamente signifique que sea aceptado por los ciudadanos, o que entraña intereses y preocupaciones genuinas a favor de las mayorías.

 

AQUÍ NO HAY CAMPAÑAS

Vayamos a lo objetivo. Y, para no ir más lejos, pongamos como ejemplo concreto lo que ocurre en el municipio de Oaxaca de Juárez, y el distrito electoral al que corresponde, para darnos cuenta que aquí simplemente no hay interés por las campañas electorales tanto entre los partidos y sus candidatos, como de los ciudadanos; y que, para mal de nuestra democracia, aquí no pasa nada.

Los partidos no tuvieron interés en postular a candidatos apegados al interés general. Si acudimos a los ejemplos que nos presentan todos los partidos, podremos darnos cuenta que sólo el partido menos aventajado (Nueva Alianza, con Pedro Luis Ceballos), es quien presentó a un candidato con potenciales ideas claras sobre las necesidades de la mayoría, y la forma en cómo pueden ser resueltas. Todo lo demás es, cuando menos, mera faramalla; y, cuando más, un asunto preocupante de falta de sustento en sus candidatos, como para hacer un decoroso como abanderados, y luego como representantes populares.

En el caso de los diputados, ¿alguien ha visto, por ejemplo, a Liz Acosta, a René Mejía o al inefable Hugo Jarquín, hablando de propuestas reales a favor de Oaxaca, y de formas específicas sobre cómo incidirán por nuestro estado en el ámbito nacional donde nos desean representar? Más bien, lo que se ve, son candidatos atribulados, que pretenden conquistar el voto a partir de una sola imagen aceptable (que no dice nada), o del clientelismo electorero al que están acostumbrados.

Incluso, en el caso específico, las campañas son invisibles porque ellos mismos, los candidatos, no parecen estar dispuestos a arriesgar su imagen, a gastar su dinero, y a abrir sus propuestas al auténtico escrutinio ciudadano. Todos han tratado de montarse en sus respectivos candidatos presidenciales para presentarse como opciones “confiables” o “responsables”, aunque en realidad no han dicho absolutamente nada sobre sus proyectos políticos particulares.

Esto plantea un desastre democrático. Porque de nada nos servirá tener a una candidata “atractiva” o al líder de los chachacuales o los invasores de parques y plazas públicas, y mucho menos a un par de perfectos desconocidos, como representantes populares, si de antemano éstos dejan ver desde ahora que lo único que buscan es el espacio, pero no el proyecto político de avanzada que necesitamos los oaxaqueños no sólo para resolver nuestros problemas, sino sobre todo para poder volver a recuperar la confianza en la política o los partidos políticos.

 

RIESGO DEMOCRÁTICO

Aquí no hay campañas. A nadie parece interesarle ni convenirle que éstas se desarrollaran con efervescencia e interés. Así, el escenario se prepara para el triunfo del más mañoso o del visualmente más atractivo, pero no de quien pudiera ser una verdadera opción política para los oaxaqueños. Con eso, sólo seguiremos abonando a la falta de credibilidad y al divorcio entre los ciudadanos y la política, tanto en nuestro estado, como en nuestro país.

 

¿De qué tamaño es la tragedia actual de México?

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+ En esta ocasión no habrá vencedores ni vencidos

 

Se dice que la Revolución Mexicana tuvo un saldo en vidas humanas, de alrededor de un millón de muertos. Aquel episodio, sin embargo, tuvo una trascendencia incomparable en la vida pública y en la situación política de nuestro país. El alto costo en vidas humanas, no se lava ni se disculpa en los avances democráticos emanados de aquellos acontecimientos. Frente a ello, ¿cómo podremos interpretar, dentro de un tiempo, esta aciaga época en la que luego de más de 50 mil muertos en México, nada ha cambiado para mejorar?

El asunto no es menor. Cada gran acontecimiento de la vida de una nación, pasa a la historia cuando se logra después de episodios heroicos en los que el pueblo, las fuerzas armadas, o una parte de la ciudadanía, demuestra su valor y su convicción por la defensa de la patria. Teóricamente, eso se replica en cada gran acontecimiento; y es más o menos similar en todas las sociedades.

Ahora bien, nosotros los mexicanos debíamos ver con atención el momento histórico que nos está tocando vivir. Aquí, como todos sabemos, el gobierno de la República le declaró la guerra a un grupo bien focalizado de la sociedad que, por sus actividades comerciales ilícitas, le causa un grave perjuicio a toda la sociedad, no sólo por las sustancias nocivas que dispersa, sino también por el alto grado de violencia que utiliza para llevar a cabo sus tareas. La llamada guerra contra el crimen organizado es, en la visión oficial, un asunto necesario y un medio a través del cual el Estado defiende a sus ciudadanos.

Toda guerra necesita tener una estrategia. Sólo que, en este caso, lo que se libra no es propiamente una guerra, porque no existe un frente de batalla ni de confrontación entre dos entes que tienen legitimidad para enfrentarse en igualdad de circunstancias y condiciones de fuerza y hasta políticas. Aquí, lo que más bien existe es una acción del gobierno para combatir y someter a la justicia a grupos criminales que realizan nocivas actividades ilícitas. Esa acción de gobierno, involucra implícitamente a toda la sociedad, y por esa razón debía tener lineamientos no sólo consensados sino también sensatos respecto a los costos que ella implica para todos los mexicanos.

Sólo que la acción ha sido meramente lineal. El gobierno federal marcó una pauta desde el inicio de la administración respecto a cómo debía librarse esa batalla, y aún cuando el costo en vidas humanas, en dinero y en desgaste del propio Estado frente a la ciudadanía ha sido altísimo, aún no existen visos de que esa estrategia tenga alguna posibilidad de cambio. No varía aún frente a los desastrosos resultados.

Y el gobierno federal no sólo no se siente avergonzado por las consecuencias funestas que involucran y provocan dolor a toda la sociedad, sino que ante todas las exigencias de que cambie la estrategia, éste ha contestado que nada variará, que la estrategia es la correcta, y que por esa razón se continuará aplicando sin ninguna distinción o consideración a quienes le han pedido que haga algo distinto a lo que ahora ha logrado.

La cuestión, sin embargo, no sólo debiéramos verla en el corto plazo, sino más allá. ¿No 50 mil muertos debían ser suficientes como para constituir un fuerte llamado de atención a la sociedad y el gobierno mexicano, y provocar cambios con ello? Aunque la respuesta debiera ser en absoluto positiva, tal parece que en nuestra sociedad no ha sido suficiente, porque todo sigue sin cambiar.

 

HERENCIA NOCIVA

Aquí las cosas parece que no van a cambiar. Es decir, que parece que los 50 mil muertos que hasta ahora lleva contabilizados la guerra contra el crimen organizado, han servido absolutamente para nada. No han sido un llamado de atención para la sociedad y el gobierno.

No han sido motivo de un cambio de fondo en la estructura del poder político. La misma sociedad no ha tratado de promover formas distintas, y mejores, de exigir a la autoridad mejores resultados. Ni siquiera ha habido disposición para hacer una revisión integral de la estrategia policial contra el crimen organizado. Es más, no ha caído un solo funcionario, ni de nivel alto o medio, de todos los que son los responsables por este saldo abominable.

Sobre este asunto, son certeros los apuntes que hace el periodista René Delgado. Éste, en su entrega del pasado 14 de abril, señalaba que “La herencia de sangre, impunidad y corrupción provocada por la fallida estrategia calderonista frente al problema de la droga y su derrame criminal está ya dada. Es una pena que, en vez de haberse sumado a la idea de dar ese nuevo enfoque al problema, la administración calderonista se haya convertido en el escudero del dictado estadounidense sin reparar en la tragedia nacional desatada, pero quejándose -de modo esquizofrénico- de no encontrar apoyo justamente por parte del patrocinador de su estrategia, al menos por lo que toca al tráfico de armas.

“En efecto, cualquier eventual rectificación de la estrategia del calderonismo para combatir el narcotráfico no tendrá efecto alguno cuando a lo largo de su sexenio la ha sostenido, bajo el simulacro de estar abierto a escuchar otras opciones. Como quiera, abrir brecha a la construcción de una política antidroga distinta a la seguida anima la posibilidad de que, en meses, el nuevo gobierno reconsidere la posibilidad de ensayar un derrotero que abata la violencia y contenga el debilitamiento del Estado (…) Aún asombra cómo la condena a la estrategia seguida en México no alcanza la fuerza y el volumen que exige tanta sangre derramada, sin que ese terrible costo humano se traduzca en paz y bienestar social. Por décadas, incluido el movimiento estudiantil y quizá la cristiada, el país no sufría una sangría de la dimensión de estos últimos años.”

 

NO HAY RETORNO

Será interesante, según René Delgado, escuchar o leer los malabarismos de la oratoria presidencial para justificar lo injustificable y mostrarse orgulloso. Es impensable, desde luego, que, a meses de terminar el cuestionado mandato que le reconoció el Tribunal Electoral, el presidente Calderón formule la autocrítica de la estrategia con la que pretendió legitimarse en el poder sin poder, y que hoy, incluso, amenaza el concurso para relevarlo. Si la autocrítica tuviera espacio aún en la falleciente administración, arrancaría pidiendo perdón. Coincidimos plenamente con esta exigencia. Si no hay más que hacer, cuando menos el perdón. Pero así como vamos, ni eso presenciaremos del presidente Calderón.

Gobernabilidad: ir de un extremo al otro

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+ Visión de gobierno: reprimir o abandonar

 

En Oaxaca no se han ensayado los pactos de gobernabilidad. Las herramientas a la mano siempre han sido las de la represión, o la del total abandono de los asuntos públicos relacionados con la actuación de los actores políticos. Si hoy se duda de la eficacia de un auténtico gran acuerdo político, es porque el pasado nos dicta que siempre las decisiones han girado en torno a otras prioridades.

El gobierno de Ulises Ruiz es el ejemplo perfecto de cómo se puede gobernar sin pactos públicos con los adversarios, y siempre cayendo en los extremos nocivos para cualquier democracia. En efecto, aquella administración estuvo marcada tanto por la mano dura, como por el abandono de las responsabilidades; y siempre estuvo aderezada por su proclividad a los acuerdos bajo la mesa, a la cooptación y al juego sucio, como alternativa a los posibles acuerdos de gobernabilidad. Al dar un vistazo a ese pasado reciente podremos entender mucho de nuestro presente (y nuestro caos).

Ulises Ruiz prometió en campaña acabar con las marchas y las manifestaciones que ahogaban a la capital oaxaqueña. Fue, de hecho, uno de sus principales ofrecimientos como candidato priista a la gubernatura del Estado. Y aunque la oferta era atractiva, nadie tuvo la ocurrencia (o el valor) para preguntarle cómo lo haría. Al nadie tener la duda, éste tampoco explicó previamente cuál sería su método. Pero ya en el gobierno nos demostró que éste no era precisamente el de la concertación o el pacto con todos los grupos, para terminar así con los actos de protesta.

A los pocos meses de haber iniciado su gestión, el gobernador Ruiz metió a la cárcel a varios líderes sociales y de comunidades indígenas tradicionalmente álgidas. A otros los amenazó. Unos más se dejaron cooptar (atraídos por una dirigencia priista que en los dos primeros años de esa administración se dedicó casi exclusivamente a ello). Y a todos los líderes partidistas de la oposición los “ablandó” a través de acuerdos privados no confesables, a partir de los cuales fueran una oposición retórica y de pantalla, pero oficialistas y replegadas en el momento de la toma de las decisiones.

Sin duda, aquella administración aplicó un grado particularmente alto de dureza con las organizaciones sociales tradicionalmente acostumbradas a la connivencia con el gobierno. A la gran mayoría de las que recibían recursos del erario estatal, les cortó el subsidio negándoles cualquier alternativa de financiamiento. A todas las tildó de lastre para las arcas públicas, y de dadoras de engañoso apoyo a las comunidades indígenas; y lo que provocó es que el enojo colectivo comenzara a presionar hasta desembocar en el conflicto político del 2006.

¿Qué ocurrió aquel año? Que la inconformidad de más de 300 organizaciones de lucha social, combinadas con el programa de acción de la Sección 22 del SNTE, e incluso con el enojo de varias de las fuerzas políticas que luego apoyarían al ahora Gobernador del Estado en su segundo proyecto político rumbo a la gubernatura, dieron origen a un conflicto de magnitudes nunca vistas en la entidad, en el que la inconformidad ciudadana emergió espontáneamente, para luego ser estimulada por quienes tenían cierto interés en mantener el descrédito a la administración estatal.

Así, luego de varios meses de conflicto, el gobierno estatal recuperó el control de la capital oaxaqueña —con la ayuda de las fuerzas federales—, pero nunca más tuvo la posibilidad de recobrar la autoridad moral para aplicar la ley como debiera hacerlo cualquier gobierno dispuesto a no permitir la ingobernabilidad o el desorden.

 

CAOS: EL OTRO EXTREMO

A finales de 2006, el gobierno federal le entregó a Ulises Ruiz un estado con todas sus condiciones mínimas de gobierno, colgadas y sostenidas sólo con alfileres. En las calles había orden sólo por los rondines policiacos constantes; las organizaciones de lucha social que habían protagonizado la revuelta magisterial, se encontraban no desmanteladas sino en una fase de repliegue táctico ante la acción policiaca. Los partidos de oposición habían lanzado ofensivas desde la capital del país, y las representaciones partidarias estatales de la oposición se habían achicado ante su evidente afinidad a la repudiada e impresentable administración estatal.

Todo eso dejaba ver que las condiciones de gobernabilidad eran sólo aparentes. En realidad, el gobierno estatal no tenía el control de nada, y el estado de cosas se contenía únicamente porque el gobierno de Ulises Ruiz continuaba ejerciendo los recursos públicos que se le transferían desde la Federación. ´

Pronto, todos, se dieron cuenta que a partir de entonces había una especie de “punto sin retorno” en la relación del régimen estatal con sus adversarios. El gobierno no podía entablar diálogo público con sus adversarios porque éstos lo repudiaban; y éstos, por una actitud de cálculo y “corrección” política se negaban —incluso sí teniendo interés sobre el tema—, a reunirse y pactar públicamente con la administración a la que antes querían ver caer. Nadie quería, pues, legitimar a nadie.

Cuando eso ocurrió el régimen se dio cuenta que la única salida era el pacto bajo la mesa, y el abandono de los temas de la gobernabilidad. A partir de entonces, se dejó hacer todo a todos, y nunca más se volvió a utilizar ningún recurso efectivo para tratar de contener a los grupos, a través de las herramientas y los métodos visibles —y legítimos— de la gobernabilidad.

Así, los pactos siempre fueron inconfesables. Ya no hubo necesidad de relegitimarse con los ciudadanos, porque a la luz de éstos, el régimen estaba de antemano deslegitimado; pero el gobernante asumió que su legitimidad se fundaba únicamente en la Constitución y en los resultados electorales. Y entonces pasaron el tiempo alejados, prácticamente divorciados, y únicamente esperando el momento de que entregaran la administración a cualquiera que los sucediera.

 

RAZONES DE SOBRA

Quién sabe cuál pudiera ser el resultado del pacto de gobernabilidad que propone (quién sabe con qué eco real) el secretario General de Gobierno, Jesús Martínez Álvarez. Sin embargo, lo que queda claro es que tanto los grupos políticos que ahora “acompañan” al gobierno, como los que se dedican a la lucha social, no tienen ni la cultura, ni la experiencia, ni (aparentemente) la disposición para entablar una relación distinta. Ojalá estuvieran dispuestas. Pero tampoco debemos ser tan soñadores.

Pacto de gobernabilidad: la vía desconocida

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+ No hay antecedentes; ¿Habrá compromiso?

Hasta donde podemos saber, no existen antecedentes claros sobre la firma de un pacto de gobernabilidad entre las fuerzas políticas y grupos de poder en Oaxaca. Aunque a nivel federal es una herramienta que se ha desaprovechado y desacreditado por su poca funcionalidad práctica, en la entidad no hay antecedentes de que tales o cuales grupos políticos puedan empeñar su palabra en un compromiso democrático de tales magnitudes. Si quienes intentan hacerlo pueden conseguir un resultado distinto al conocido en el ámbito nacional, entonces Oaxaca sí abrirá la oportunidad de un auténtico cambio positivo en la vida pública de los habitantes.
En efecto, en el ámbito nacional se han firmado algunos pactos de gobernabilidad, que siempre han tenido resultados distintos, y menores, a los que se han esperado. El último gran acuerdo lo firmó el presidente Vicente Fox Quesada antes de cumplir un año de su administración, y con él llamaba a todas las fuerzas políticas del país a contraer compromisos específicos por la gobernabilidad y los acuerdos que eran necesarios a favor del país.
Todas las fuerzas —incluyendo el priismo recién derrotado en las urnas— acudieron al llamado presidencial. Todas manifestaron voluntad de concertación y diálogo. Pero los resultados obtenidos fueron mínimos no porque fueran inalcanzables, sino porque en los hechos, no existió voluntad de anteponer el interés público al particular de cada facción política, y por dar prioridad a la resolución de los grandes temas de preocupación nacional, antes que priorizar las cuestiones electorales y la lucha por el control del Poder Legislativo en los comicios federales intermedios, y en las elecciones locales.
En Oaxaca los antecedentes son prácticamente inexistentes. De hecho, aquí el antecedente más próximo que se tiene son los acuerdos a los que llegó un conjunto de fuerzas políticas para impulsar un candidato a Gobernador. En un par de ocasiones, los partidos que entonces eran opositores al PRI gobernante, signaron alianzas electorales en las cuales impulsaron al hoy Gobernador del Estado. En el segundo intento, consiguieron expulsarl al PRI del gobierno estatal.
Aunque esas alianzas no eran equívocas o ilegales, sí eran limitadas. Y esas limitaciones, son exactamente las que hoy tenemos a la vista. ¿Por qué? Porque digan lo que digan, el objetivo de la coalición era meramente electoral. Nunca hubo un programa de gobierno ni se establecieron compromisos específicos a favor de la gobernabilidad o de la materialización de un proyecto de gobierno, y de marco jurídico, acorde con la visión de los coaligados.
Como siempre, el proyecto de gobierno fue posterior al triunfo electoral, y no al revés —como se supone que debe ocurrir en un verdadero gobierno de coalición, que crea compromisos desde el momento en que se impulsa como opción electoral frente a la ciudadanía—. Pero ya para entonces muchos de los participantes en la alianza habían dejado de lado el compromiso democrático y estaban ávidos de obtener poder y cotos de control político.
El resultado es que hoy, quizá la mitad de los principales problemas, y dolores de cabeza, que tiene el gobernador Gabino Cué Monteagudo, son provocados por quienes inicialmente fueron sus aliados, y no comprendieron que el compromiso de la coalición incluía no sólo la victoria electoral, sino también el deber de responder al interés de la ciudadanía haciendo un gobierno comprometido y responsable con las causas que dijeron defender.

GOBIERNO SOLO
El pacto de gobernabilidad que propuso el secretario General de Gobierno, Jesús Martínez Álvarez hace unos días tiene una lógica específica: el gobierno estatal necesita generar las condiciones de gobernabilidad, luego de que varios de sus principales aliados, fueran los primeros que comenzaran a tratar de poner en crisis a la administración. El pacto es posible, siempre y cuando se tomen en cuenta los equilibrios que necesariamente deben guardarse entre todos los convocados, y se logre asumir desde todos los frentes la vicisitud que implica la separación (o imposibilidad) de los temas políticos y de gobernabilidad, con los asuntos electorales.
En ese sentido, el llamado al pacto de gobernabilidad puede asumirse como una convocatoria coherente, como también como una demostración de romanticismo. Quien asuma la primera de las perspectivas, debe considerar el sacrificio de algunas acciones y banderas en aras de un interés superior. Quien lo asuma como lo segundo, necesariamente será ante su indisposición a renunciar a cualquier cuestión que le implique una ganancia directa.
Si el gobierno tiene la perspectiva del pacto, primero debe dar muestras precisas de dos cuestiones. Primera, de qué está dispuesto él mismo a hacer (siempre dentro de la institucionalidad, y evitando que el pacto se convierta en un cochupo, en una transacción, o en un intercambio) en aras de un escenario más democrático y ordenado. Y segunda, por qué los firmantes del pacto ganan más, firmándolo que no reconociendo la voluntad del gobierno por llegar a acuerdos precisos.
Queda claro que, sea cual sea el posible pacto, de todos modos la ciudadanía ganaría con la aplicación total o parcial del mismo. Siendo el oaxaqueño de a pie el más afectado, debiera ser el más beneficiado. No obstante, al margen de ello sería esencial que cualquier pacto viniera acompañado de compromisos concretos, beneficios similares y también la estipulación de consecuencias para quien no lo cumpla.
Si al final, esto se convoca y se firma en una suerte de “llamados a misa”, entonces no pasará de la anécdota, de la buena intención, y de la burla de todos los representantes de las fuerzas políticas, no sólo al gobierno que impulsaron, sino a la ciudadanía. Un pacto de esta magnitud debiera ser un acto de la mayor relevancia. Y traspasar la barrera de las ideas geniales… que resultan imposibles de cumplir. Lo cual, es nada sencillo.

ALIADOS DE CONVENIENCIA
Un pacto así, aunque inédito, podría funcionar siempre que no sólo el gobierno, sino también los ciudadanos, exigiéramos congruencia a todos nuestros gobernantes y representantes populares. ¿Por qué hoy el gobierno es traicionado un día y otro también por todos sus aliados? Porque nadie ejerce, ni exige, congruencia y resultados. Y como estamos acostumbrados a la conveniencia y al cochupo, nadie se sorprende. Es parte de la herencia del “todo o nada” del pasado reciente. Pero de eso hablaremos mañana.

Transporte público: BRM lo usa como clientelismo

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+ ¿Por qué el gobierno toma decisiones “en reversa”?

 

Uno de los temas más sensibles de la presente administración del gobierno estatal, es el del transporte público. Políticamente, esa ha sido una de sus vetas más importantes de golpeteo frente a sus antecesores. Sin embargo, por un mero afán de clientelismo político, uno de los más connotados personajes del grupo gobernante podría estar poniendo en riesgo no sólo la congruencia política del régimen respecto a ese tema, sino también los planes de reordenamiento y saneamiento del transporte público que le fueron encomendados a la nueva Secretaría Estatal de Transporte y Vialidad.

En efecto, desde el inicio de la administración, el Gobierno del Estado ha sostenido que el otorgamiento de concesiones en la pasada gestión fue un auténtico desastre, lleno de corrupción. De hecho, ese es el argumento de justificación para mantener en prisión al ex coordinador de Transporte, Gonzalo Ruiz Cerón; y ha sido también una especie de “convicción” a partir de la cual funcionarios estatales han intentado demostrar que sí hubo tráfico de concesiones, y que de él fueron responsables funcionarios al más alto nivel de la administración anterior.

Si ese es el punto de partida, entonces los pasos lógicos que ha seguido el gobierno son los de negar el reconocimiento a los actos jurídicos posteriores a las concesiones que considera apócrifas. En razón de ello, en los últimos quince meses, el gobierno estatal ha venido negando sistemáticamente la realización de trámites a docenas de organizaciones de transportistas foráneos, que buscan culminar el proceso de regularización de sus vehículos de alquiler, a través del emplacamiento de las unidades y la emisión de los documentos para que éstos puedan circular en regla.

Quienes conocen de este tipo de procedimientos, aseguran que desde el inicio de la administración, la extinta Coordinación de Transporte se dedicó a negar, casi en todos los casos, la emisión del documento denominado “de certeza jurídica”, a través del cual la Secretaría de Finanzas cobra los derechos correspondientes para la emisión de nuevas placas a vehículos de alquiler, cuya concesión hubiera sido otorgada bajo los periodos de tiempo en los que ellos consideraron que hubo actos relacionados con corrupción de funcionarios para el tráfico de concesiones.

La negativa a la emisión del documento de certeza jurídica, y posteriormente de las placas de circulación, aseguran, ocurría sólo a través de la no manifestación de la autoridad frente a las solicitudes de los usuarios. La negativa era, pues, tácita. Porque formalmente, la autoridad no emitía documento alguno declarando la negación del servicio, y mucho menos fundamentando la razón; pero sí negaba el trámite en los hechos, porque se consideraba que emitir el documento referido, y las placas de circulación a esas concesiones, sería tanto como convalidar los actos de corrupción (que hasta ahora no han podido comprobar en los tribunales jurisdiccionales en donde se ventilan esos asuntos) que se habrían cometido en la gestión del gobernador Ulises Ruiz.

El paso natural de defensa jurídica que, hasta ahora, habían venido tomando algunos de los concesionarios afectados por esas decisiones, era la de la búsqueda de recursos legales y constitucionales para defenderse de los actos y omisiones que ellos consideraban como arbitrarios. Unos optaron por acudir al juicio de amparo, y otros por interponer recursos directamente ante el Tribunal de lo Contencioso Administrativo del Poder Judicial del Estado.

Quienes acudieron a la vía constitucional, fueron remitidos al Tribunal Administrativo de Oaxaca (TCA), porque (por el principio de definitividad) era necesario primero agotar los recursos ordinarios existentes para defenderse del quebranto. Sólo que, incluso en este EL TCA, les era negada la razón a los recurrentes, quizá tratando de armonizar las razones y las decisiones del gobierno estatal respecto a las concesiones, con los temas jurídicos que deben ser conocidos en un espacio jurisdiccional como ese.

 

MANIPULACIÓN EVIDENTE

Hasta hace muy poco tiempo, sustentándose en un criterio ya establecido, el TCA había negado razón a los particulares que habían interpuesto recursos para ese cuestiones de ese tipo. Sólo que, curiosamente, hace poco tiempo tal criterio cambió. E, incluso, hace unos días, el propio TCA resolvió que a una organización de taxistas de la mixteca, le fuera emitido el mencionado documento de certeza jurídica, para que los beneficiarios de esta decisión pudieran continuar con sus trámites de emplacamiento.

Esto, independientemente de las razones jurídicas, políticamente parece no sólo un contrasentido (o una derrota) para el gobierno estatal, sino también una demostración fehaciente de que, en aras de abrevar clientelismos, algunos personajes ligados al poder estatal están poniendo gravemente en entredicho una de las banderas políticas más importantes de este gobierno.

Primero, ¿por qué es un contrasentido? Porque el documento de certeza jurídica, fue el instrumento a partir del cual, el entonces gobernador Ruiz dispuso, mediante un decreto, que fuesen revisadas y regularizadas todas las concesiones irregulares que existieran. Por esa razón, reconocer la validez de los documentos de certeza jurídica, es tanto como refrendar lo hecho por una administración anterior y contraria a los intereses políticos de la actual.

Pero, segundo, lo que es peor: detrás de todo esto, parece estar la manipulación política del candidato a Senador, Benjamín Robles Montoya, y su nuevo personero, el indeseable líder  de la CNP (y otrora protegido del PRI), Juan Luis Martínez. Ellos están manipulando a tal grado el tema del transporte, que podrían lograr la regularización de cientos de unidades en próximas fechas. ¿Así quieren regularizar el transporte? Esto, más bien, estaría dando un tiro de gracia anticipado a la Setravi que, según parece, sí nació con el ánimo genuino de hacer un ordenamiento efectivo del transporte público.

 

ARMAS DE FUEGO

El ICJO y la Agencia Quadratín, que encabeza en Oaxaca la periodista Guadalupe Thomas, invitan a la presentación del libro “Seguridad, armas de fuego y transparencia”, del doctor Ernesto Villanueva. La cita es en el Aula Magna del ICJO, hoy miércoles a las 18 hrs, en calle 5 de Mayo # 205-B, esquina Calzada de la República, Col. Jalatlaco. La invitación es abierta, para saber más de un tema fundamental de nuestros días. ¡Participe!

PRI Oaxaca: ¿qué genera el voto diferenciado?

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+ Peña no peligra; los demás candidatos, en vilo

 

Hoy como nunca existe la tendencia, dentro de la militancia y el activismo priista, de tratar de generar el voto diferenciado. Todos coinciden en que Enrique Peña Nieto es el candidato presidencial idóneo. Pero no tienen esa misma percepción de sus abanderados en Oaxaca. Ésta es una consecuencia grave, de la que son responsables aquellos que ningunearon la “operación cicatriz” entre el priismo oaxaqueño, y asumieron que las solas decisiones cupulares son suficientes para conservar el control de ese partido.

Los escenarios nacionales en un partido como el PRI, han cambiado drásticamente en muy poco tiempo para estados como Oaxaca. Hace menos de dos años, el grupo que todavía gobernaba la entidad creía tener todas las seguridades del control y la venia política nacional, por la dirigencia de Humberto Moreira Valdés. Éste llegó al cargo de Presidente Nacional cobijado por los factores de poder más importantes del PRI. Y nos guste o no, uno de esos grupos tenía como miembro preferente al entonces gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz Ortiz.

Moreira siempre dejó ver las garantías que daba al priismo oaxaqueño. Incluso habiendo perdido la elección, y generando desde entonces las condiciones del desastre en el que luego se convertiría el Comité Estatal de ese partido en nuestra entidad, en la dirigencia nacional nadie nunca cuestionó el “liderazgo” y la hegemonía del Gobernador saliente sobre el partido en esta entidad. Él siguió teniendo el control de la directiva estatal, dispuso de los sectores partidistas para el reparto de las posiciones convenientes a sus intereses, y trató de generar un panorama de ventaja y control sobre todos los demás grupos políticos en la entidad.

Sólo que ese panorama, que parecía tan seguro y que afianzaba a personajes como Eviel Pérez Magaña, cambió radicalmente. Moreira tuvo que salir de la dirigencia por los líos en que se metió como gobernador de Coahuila, y Pedro Joaquín Coldwell planteó escenarios diferentes a los que ya estaban definidos. ¿Qué pasó? Que éste intentó en Oaxaca no una operación cicatriz, sino que asumió el desastre de la dirigencia y la militancia en la entidad y trató de canalizar la solución por la vía de un “reparto” mayor, pero sólo entre los ex gobernadores.

La solución no fue suficiente. El “pastel” de la dirigencia del PRI oaxaqueño (que es codiciada no por la militancia, sino por la posibilidad de acceso que da a candidaturas y cargos de elección popular) se repartió entre más personas; pero éstas no eran las suficientes como para pensar que representan a todo el priismo de la entidad, o que tienen el control de todas las aristas de ese partido. Cada uno de los ex gobernadores tomó su pedazo de dirigencia, su porción de candidaturas, y se puso a hacer lo propio tratando de asumir que para ganar, es suficiente con montarse en la campaña presidencial y tratar de empatar el ánimo por el candidato presidencial, con el de los candidatos a diputados o senadores.

El asunto no ha sido fácil. La definición de las candidaturas se dio a partir de acuerdos cupulares y no de hacer eco a los verdaderos liderazgos y cuadros competitivos que tiene el partido.

Casi en todos los casos, la definición de una candidatura generó polémica y enconos entre quienes se sintieron desplazados, o a quienes les negaron el derecho a participar aún cuando demostraron tener el mejor nivel de aceptación entre los electores potenciales; y eso, aunado a los propios enconos que existen entre quienes se repartieron el pastel priista, está generando una intensa campaña de promoción al voto diferenciado. Eso será brutal para quienes se asumen como ganadores a partir de una posible victoria de Peña Nieto.

 

CANDIDATOS EN VILO

Quién sabe si esto ocurra en otras entidades. Pero es curioso (visto desde fuera, pero grave para quienes tienen intereses directos involucrados) cómo en el PRI de Oaxaca no hay más que enconos.

Y cómo no, si el coordinador estatal de la campaña presidencial, tiene rencores abiertos con el candidato que encabeza la fórmula al Senado; que éste está distanciado de prácticamente todos los cuadros distinguidos del partido, que lo consideran un farsante, un tibio y un hombre sin palabra.

Por si fuera poco, aquí propios y extraños cuestionan a un Delegado Presidente del partido que, discretamente, intenta verdaderamente generar condiciones de unidad, y que trabaja prácticamente solo; que éste no tiene buen acercamiento con el delegado del CEN del PRI; que, a su vez, éste se encuentra entregado por completo al grupo ulisista.

Y que frente a todos ellos, haya militantes adheridos a todas las corrientes, grupos de ex gobernadores y jefes políticos regionales, que no ven bien a ninguno de todos los anteriores, y piensan emitir su voto considerando otras opciones políticas.

Esto lo único que hace es generar condiciones casi imposibles de victoria para todos. Aquellos que creyeron que subiéndose a la campaña presidencial, y ganando la candidatura, tendrían condiciones favorables para acceder a la cámara baja federal. Ha quedado perfectamente claro que esas condiciones son realmente fantasiosas para cualquiera de los abanderados, y que aquí no sólo el trabajo territorial debe ser intenso, sino también el acercamiento y el pacto genuino con todos los factores materiales de poder dentro de su distrito o circunscripción.

Y es que es tan real la tendencia al voto diferenciado, que basta con hablar con cualquiera de los sectores tradicionalmente priistas que están comenzando el trabajo proselitista a favor del candidato presidencial, para que diga que está dispuesto a trabajar y votar por Peña, pero que meditará con seriedad la posibilidad de apoyar y votar por aquellos que, en el pasado reciente o lejano, les incumplieron, les hicieron promesas fantasiosas, o fueron parte de las tradicionales traiciones que inundan a ese partido.

 

VOTO DIFERENCIADO

Como ciudadanos, qué bueno sería el voto diferenciado. Sin embargo, para los partidos esto nunca es conveniente. ¿Tendrán claro los candidatos priistas (por ser ellos los directamente involucrados) que ahora no habrá victorias automáticas ni votos incondicionales? Al menos eso es lo que se promueve en el priismo. Están haciendo la chamba que tendrían que hacer sus adversarios. Por eso, ni sorprende que hoy el escenario priista sea de falsas alianzas, y de falsas reconciliaciones.

Marchas: “reglamentarlas”, promesa imposible

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+ Solución: hacer más eficiente acción de Gobierno

 

No es nueva la tentación de políticos, gobernantes y legisladores, por prometer a la ciudadanía que “reglamentarán” las marchas, plantones y manifestaciones que ocurren en la entidad oaxaqueña. Sólo que la promesa es tan lejana y demagógica, como lo es la eficacia de la acción de gobierno. Por eso, si algo debe normarse es la respuesta oficial a la demanda social, y no las acciones que en sí mismas se encuentran al margen de la legalidad.

En efecto, desde hace años en Oaxaca existe un falso debate sobre la reglamentación de las marchas. Ese “debate” lo han planteado todos aquellos que, tratando de ponerse a favor de los ciudadanos, reconocen que las marchas, manifestaciones y plantones son perjudiciales para la gobernabilidad y para las actividades de los ciudadanos. En sus planteamientos, dicen que la reglamentación de las marchas terminaría con las afectaciones y al mismo tiempo daría a la autoridad las herramientas legales suficientes para hacer cumplir el orden y la ley en los espacios públicos.

Sin embargo, para entender todo esto debiéramos regresar a preguntarnos: ¿Qué naturaleza tienen las marchas, plantones y manifestaciones? Éstas son meras expresiones materiales de inconformidad, que se supone que surgen espontáneamente en la ciudadanía, al haber agotado todos los medios institucionales a través de los cuales solicita servicios, atención o cierta acción a la autoridad.

Al agotarse las vías sin una respuesta positiva, la petición se convierte en exigencia, y entonces se utilizan los canales que están disponibles sólo por la vía de los hechos, pero que en la vía del derecho debieran estar prohibidos. Por eso, todos aquellos que salen a las calles a protestar van exigiendo lo que no se les pudo cumplir a través del ejercicio del derecho constitucional de formular peticiones a la autoridad de manera pacífica y respetuosa.

Ahora bien, ante ese panorama ¿la autoridad necesita de una reglamentación extraordinaria para hacer valer la ley? Queda claro que no. Porque si lo que quisiera hacerse es una defensa a ultranza e intolerante del orden público, entonces cualquiera de los órdenes de gobierno pondría la necesidad de orden en la vía pública, por encima de la posibilidad de que los ciudadanos ejercieran su derecho a pedir y a manifestarse; y, a partir de ello, podría disolver las inconformidades colectivas, o desconocer el derecho que tienen los particulares a salir a las calles a protestar por alguna insatisfacción con la autoridad.

El problema en Oaxaca es que el escenario es particularmente complejo. Queda claro que la autoridad no tiene ninguna potestad, ni disposición, ni tampoco fuerza o legitimidad, para “calendarizar” las acciones de los grupos que se inconforman, o para establecer reglas o lineamientos para que éstos lleven a cabo sus manifestaciones en la vía pública; y, del mismo modo, los grupos que tradicionalmente salen a la calle a manifestarse, lo hacen sin pedir permiso o consensar sus acciones con autoridad alguna.

Y es que con esa sola reflexión se constata que los grupos que se manifiestan, en el fondo van a protestar porque las demás vías de petición están agotadas, y entonces ganan la calle para tratar de hacer valer lo que no se pudo por ninguna otra vía. Si esto es así, ¿entonces cuál debe ser la solución adecuada para atender un problema que, como es visible, no es de normas, sino de gobernabilidad y de eficacia de la acción de gobierno?

 

GOBIERNO EFICIENTE

La respuesta se encuentra en una posible, aunque prácticamente inalcanzable, mejora en la capacidad de respuesta de los órdenes de gobierno a las demandas de los ciudadanos. Todo aquel que conoce los entresijos de la gobernabilidad de cualquier sociedad, sabe que muchas veces las manifestaciones y las inconformidades se generan no porque las demandas sean inalcanzables o imposibles de cumplir, sino porque en el camino del ejercicio del derecho de petición —y la respuesta oficial, no necesariamente positiva o negativa, que debe recaer a toda solicitud que haga un particular—, cierta autoridad deja de cumplir con sus obligaciones y entonces comienza a generar la presión que finalmente termina traducida en una protesta hecha valer por la vía de las calles.

No obstante, en Oaxaca este primer planteamiento está rebasado por quienes han hecho de la protesta social en las calles, un negocio y un chantaje en el que también existen contubernios con la autoridad. Innumerables grupos de lucha social hoy protestan en las calles sin siquiera pasar por la petición civilizada de servicios o acciones de gobierno; en muchos otros casos, es la misma autoridad la que promueve o fomenta las manifestaciones públicas, con el objeto de legitimar la entrega de ciertos satisfactores que, de otro modo, no podría entregar sin que la ciudadanía, la autoridad o la ley los tachara de inmorales, ilegales o inmerecidos; o en los que, incluso, comparten el beneficio.

E incluso, la protesta ha sido también un negocio de quienes, justamente, han hecho de las marchas y los plantones sendas acciones que buscan demostrar fuerza a los oponentes políticos. Innumerables grupos políticos sacan a sus huestes a las calles ante la menor provocación, con el objeto de chantajear a los grupos contrarios con acciones concretas, o con el solo amago, y así obtener los satisfactores que desean.

El problema es que, en todos los casos, esas demostraciones se encuentran totalmente ajenas al marco legal, y lo que requieren son acciones de fuerza por parte de la autoridad pero sólo para aplicar las leyes que ya existen. Por esa razón, sería demagógico, poco útil y hasta una demostración de la nociva sobrerreglamentación de las sociedades predemocráticas, el intentar normar esas acciones que necesitan remedios a partir de otras vías.

 

GOBIERNO FIRME

Por todo ello, lo que sí es indispensable para este y cualquier otro escenario en la entidad oaxaqueña, es una acción de gobierno contundente y capaz de dar respuesta a los planteamientos que están a su alcance, pero también para dejar bien claro que no habrá posibilidad de chantaje o de contubernio. Haciendo eso, se podría hacer mucho más de lo que se intenta con interminables mesas de diálogo y negociaciones, que sólo terminan agravando la gobernabilidad y la forma de los arreglos entre el gobierno y los particulares. Hoy existe un problema grave. Ojalá que haya voluntad para buscar soluciones de verdad de fondo a este conflicto recurrente.

Defensoría de DH’s, clave para democracia

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+ Ni lucha social ni burocratismo: necesario

 

Los diputados de la LXI Legislatura del Congreso del Estado en Oaxaca, tienen una oportunidad histórica con la renovación de la titularidad de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca. Además de que la sola conducción de un proceso verdaderamente democrático, pulcro y apegado a los principios constitucionales, constituye en sí mismo un reto, es claro que también los diputados enfrentan el dilema de consolidar una auténtica visión de Estado, o continuar los pasos en reversa respecto a la conformación de los órganos autónomos. Al menos por esas dos razones, este proceso es clave para la vida pública, y debiera ser de interés y exigencia de todos que se lleve a cabo con la legalidad y legitimidad debidas.

¿Por qué la conducción de un proceso democrático sigue siendo hoy un reto para los diputados? Porque queda claro que independientemente de la alternancia de partidos en el Gobierno del Estado en Oaxaca, y de la pluralización de fuerzas dentro del Congreso, la gran mayoría de las prácticas corruptoras de la representación popular, y de las decisiones de interés público, continúan presentes. Para nadie es un secreto que sigue siendo la voluntad del Gobernador del Estado, o de los más connotados integrantes del grupo gobernante, los que en buena medida influyen para la toma de decisiones que debieran estar apegadas al interés general y los principios constitucionales.

En ese sentido, es evidente que los diputados “de la transición en Oaxaca” tienen aún un débito enorme con los ciudadanos a los que representan, pues más allá del discurso de la consolidación de la democracia y del cambio de actitudes, se encuentran todavía los visos de prácticas indebidas que tienen que ver con la tergiversación del interés colectivo y la venta de la conciencia a partir de intereses económicos o políticos.

Y es que si en alguna decisión debiera demostrarse, y constatarse la verdadera legalidad, constitucionalidad e independencia de los diputados, esta debiera ser en la elección de quienes integran los órganos autónomos. Porque se supone que la reforma constitucional que ellos mismos llevaron a cabo, en gran medida se encontraba motivada y fundamentada en la necesidad de ensanchar los cauces de la participación ciudadana en todos los procesos de la vida pública de Oaxaca.

Es por eso que, si se supone que los órganos autónomos son los modernos vigilantes y equilibradores de los poderes públicos, entonces éstos deben ser integrados por ciudadanos ajenos al poder público, que deben ser electos por quienes los diputados, que constituyen el contrapeso natural al poder del gobernante. Por eso mismo, la decisión sobre su nombramiento y fiscalización, debiera ser completamente autónoma. El problema es que eso último no ha ocurrido, porque tanto legisladores como gobernantes han preferido el acuerdo a la posibilidad de decidir responsablemente a favor del Estado, más que de los intereses específico que determinan a unos y a otros.

Ahí radica, pues, el primero de los retos que tiene hoy la Legislatura con la elección del nuevo Ombudsman: privilegiar los elementos objetivos que determinan a cada uno de los que manifestaron su aspiración, y que dicen cumplir con los requisitos que marca la Constitución para el Defensor de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, o de nuevo plegarse al interés oficial para complacer al gobernante en turno, e incluso tratar de vender la voluntad y la conciencia, para que sea el dinero o los intereses, y no el verdadero convencimiento con visión de Estado, los que determinen una decisión que, mal que bien, involucra a todos los oaxaqueños.

 

NUEVA DEFENSORÍA

Todo aquel que entiende a los derechos humanos más allá del mero activismo político, sabe que los principios que marca la propia Constitución del Estado son la piedra angular de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca. Por eso, más allá de los intereses, ese órgano autónomo necesita ser integrado con equilibrio, inteligencia y visión de largo plazo. No se trata, pues, de que el Ombudsman sea un “peleador” capaz de entrar en conflicto con el gobierno cada que éste se involucre en un hecho polémico, como tampoco de que éste siga siendo un burócrata que sólo justifica la estadía con algunas acciones, pero que nunca es capaz de encarar y cuestionar a las autoridades que sí violan los derechos humanos.

Queda claro que, frente a todo eso, el gran reto de la Legislatura radica en encontrar el punto medio de todo eso. Porque queda claro que los derechos humanos no sólo implica lo relativo a la documentación y denuncia de las violaciones que ocurran en la entidad, sino también al cumplimiento de todos los principios constitucionales relacionados con la materia, y que tienen que ver con aspectos estrictamente jurídicos, de promoción, de defensa legal e incluso de participación en la confección de las leyes que impliquen derechos humanos, y la presentación de recursos y medios de defensa legal cuando se considere que cierto precepto o ley sobrepasa los límites constitucionales.

Por esa razón, el nuevo titular de la Defensoría necesita ser mucho más que un activista, y algo claramente lejano a un burócrata. En ese sentido, los diputados están obligados no sólo a privilegiar sus intereses, sino sobre todo a tomar en consideración el programa de trabajo y las perspectivas a favor del Estado y la Constitución que implica a cada uno de los candidatos.

Lamentablemente, más allá de los participantes involucrados en la lucha social, y de quienes se dicen con la bendición del Estado para asumirse ya como inminentes defensores (pero sin haber comprobado mérito alguno), existe un trecho muy reducido en el que sí existe sustento, programa de trabajo, respaldo académico y eco en la verdadera ciudadanía interesada en que ese proceso, y la elección del nuevo Ombudsman, no caiga en ninguno de esos dos extremos.

 

POCOS LEGITIMADOS

Uno de los pocos aspirantes que cubre todas esas expectativas, y que de verdad constituye una garantía de trabajo delineado, y de cumplimiento de los principios constitucionales, es el doctor Rubén Vasconcelos Méndez. Fuera de él, y quizá de uno o dos académicos más con experiencia académica y profesional relevante en materia de derechos humanos, hay poca sustancia para garantizar un verdadero avance para Oaxaca. Entregar la institución a los activistas sería no sólo un retroceso, sino un riesgo latente para la institucionalidad de nuestro estado.