Home Blog Page 421

Desplazados regalan el PRI a los acaparadores

0

+ Inconformarse, no tendría que equivaler a irse

Enojados por la derrota electoral del cuatro de julio pasado, por el acaparamiento de las principales posiciones en la dirigencia estatal, por los verticalismos y por la pérdida del poder gubernamental, muchos militantes se sienten tan molestos que comienzan, ahora sí, a hacer públicas sus inconformidades con el Partido Revolucionario Institucional en Oaxaca. Emergen ya algunos amagues sobre renuncias y disidencias. Sin embargo, esa militancia desencantada debería comenzar a actuar de modo más prudente. Porque lejos de lograr algo positivo, ese sentimiento mal conducido puede llevarlos a perder su partido, y dejarlo definitivamente en manos de las personas con quienes dicen no estar de acuerdo.

Hasta hoy, han ocurrido dos expresiones que, si bien son aisladas, sí dejan ver que algo no va bien en el priismo. Hace unos días, la diputada local Carmelina Cruz Silva se separó de la bancada tricolor en el Congreso del Estado, por considerar que el coordinador de los diputados del PRI, Herminio Cuevas Chávez, y los dirigentes de su partido, han profesado sistemáticamente la cerrazón, el servilismo y la discriminación en contra de quienes no se ciñen incondicionalmente a sus intereses.

Y ayer, la también diputada local Claudia Silva Fernández renunció a la secretaría de Gestión y Acción Social del Comité Estatal del PRI, al denunciar que desde que el diputado federal Eviel Pérez Magaña asumió la dirigencia del tricolor, ella no ha sido convocada a actividad o diálogo alguno, ni se le han asignado tareas en la cartera partidista que representa.

A pesar de que ninguna de las dos renunció a su militancia partidista, las manifestaciones públicas y la actitud de las diputadas, refleja el desplazamiento y el ninguneo de que están siendo objeto no sólo ellas, sino innumerables cuadros del tricolor, así como el escozor que esto les provoca; pero también son expresión de la posibilidad que, ahora más que nunca, tienen no sólo de asumir posturas críticas, sino de hacerlas públicas y disentir de los verticalismos a los que en el PRI estaban acostumbrados.

Evidentemente, tanto la dirigencia estatal del PRI, como el presidente del Congreso, han dicho nada respecto a dichas inconformidades. Más bien, desde ambas trincheras se han dedicado a minimizar el asunto, han tratado de hacer ver que estas son simples posturas individuales, e incluso se han justificado en el hecho de que las discordancias provienen de personajes con una ascendencia mínima en cuanto su representación en votos.

Lo cierto es que, como lo prevé la dirigencia estatal del tricolor, esas discordancias no provocarán más que un pequeño aspaviento en la “estabilidad” del priismo. Es decir, que según ellos, y con razón, no pierden nada; y tanto la diputada Cruz Silva con su separación de la bancada tricolor, o la dimisión de la diputada Silva a su cargo en la dirigencia estatal del PRI, no habrán logrado sino algo tan simple como un mero ruido momentáneo. Pero con eso no conseguirán que las prácticas políticas cambien entre quienes tienen en sus manos la representación del priismo en el Estado.

ACTUACIÓN INTELIGENTE

Lejos de lo que pudiera pensarse, al todavía grupo gobernante lo que más les conviene es que disidencias de ese tipo comiencen a depurar al priismo. Todos aquellos que desde alguna trinchera legislativa o administrativa se sienten desplazados, menospreciados o ninguneados, y que hoy consideran la posibilidad de renunciar a su militancia o a los cargos políticos que representan, no están haciendo más que fortalecer a quienes ellos consideran como avasalladores, segregadores o acaparadores de las decisiones y las prácticas inmorales en el priismo. ¿Por qué?

Porque la dirigencia material y formal del tricolor, aunque más la material, lo que está haciendo es comenzar a negociar lo que será su arma política de sobrevivencia: el presupuesto público. Ayer mismo, el gobernador electo, Gabino Cué Monteagudo, anunció que ya tuvo un primer encuentro con el coordinador de los diputados federales del PRI por Oaxaca, Héctor Pablo Ramírez Leyva, con quien acordó trabajar conjuntamente por el tema del presupuesto de 2011 para la entidad.

¿Qué significa eso? Que quienes tienen en sus manos la dirigencia del PRI, y que lo habrán de representar por lo menos en los siguientes tres años, ya están buscando sus tablas de salvación. Al interactuar con el nuevo gobierno a través del tema presupuestal, ellos asegurarán seguir teniendo todos los hilos del priismo oaxaqueño, e incluso algunos privilegios económicos y políticos para sobrevivir. Al reconocer a la diputación federal y a la dirigencia priista actual como interlocutoras, Gabino Cué ya legitimó a ese grupo para seguir encabezando el priismo durante los siguientes años.

Y así, frente a esa circunstancia, ¿qué mejor posibilidad para esos personajes (Eviel Pérez Magaña, et al) que sostenerse en su partido, habiendo antes alejado a todos los personajes que les incomodaban, o que no compartían las mismas ideas y prácticas políticas que ellos? Lo que tendrán, así, es un partido para manejarlo a sus anchas en todos los sentidos, y no necesariamente llevarlo al mejor puerto, sino al que mejor les convenga.

Por eso, todos aquellos personajes que sienten algún tipo de molestia o desplazamiento dentro de su mismo partido, flaco favor le hacen con sus berrinches fatuos y dimisiones, a aquellos a quienes responsabilizan de los malos manejos o las prácticas indebidas dentro del PRI. Con sus actitudes no hacen más que allanarles el camino hacia el control total del tricolor; les permiten la consolidación y concentración del poder y las prácticas que ellos mismos dicen que no son constructivas para su partido. Y cancelan toda posibilidad de luchar, desde dentro, para tratar de contener esos avasallamientos.

¿Y LA PRUDENCIA?

No está mal que alguien se separe de cierta situación u opinión cuando no la comparte; la disidencia, la actitud crítica e incluso los señalamientos directos son saludables para cualquier organización que se jacte de ser democrática. El problema es que a quienes tienen hoy al PRI en sus manos lo único que les preocupan son los futurismos electorales, y quienes se asumen como desplazados simplemente optan por irse. Así nadie arreglará nada. Al contrario. Sólo contribuyen, todos juntos, a seguir alimentando las concentraciones de poder, la insensibilidad y los verticalismos que, sin duda, tan daño le han provocado al tricolor en los últimos años.

Juicios orales: el desdén, consolidado

0

+ Sociedad… y gobierno, mal informados

Es preocupante que mientras el gobierno federal desdeña la importancia que tiene la reforma constitucional federal en materia penal, en Oaxaca la puesta en marcha del sistema de justicia de tipo acusatorio adversarial esté atravesando por tantas interrupciones, inconsistencias y complicaciones. Tal pareciera que en los dos ámbitos de gobierno se desestima un asunto que es, sin duda, esencial para una sociedad democrática como la que aspiramos a ser.

Es evidente que el primero de los problemas que se enfrenta, tiene que ver con la falta de credibilidad que se profesa, desde el gobierno federal, en contra de los llamados juicios orales. La reforma constitucional federal en la materia, ocurrió apenas hace dos años en medio de importantes presiones internacionales sobre la subsistencia en nuestro país, de un sistema penal inquisitivo, que fomentaba abusos, corrupción, injusticias y retrasos en la impartición de justicia, y que además tenía importantes desfases respecto a los tratados internacionales en la materia de los que México se había hecho parte.

Así, a pesar de que existe ya la experiencia en otros países sobre la eficacia de este sistema de justicia penal, en México su nacimiento ocurrió en medio de importantes limitaciones y cuestionamientos que provenían desde el mismo gobierno, y que, por su mala aplicación, luego se extendieron a la sociedad. ¿Cuál ha sido el problema? Que tal pareciera que dicha reforma se asumió como una obligación política, pero que nadie cree que esto pueda o deba funcionar en México.

En el ámbito federal, por ejemplo, la reforma al artículo 20 constitucional —que estipuló el sistema acusatorio y oral para los juicios en materia penal— ocurrió en junio de 2008, y estableció un periodo de ocho años para la entrada en vigor de todas las disposiciones constitucionales y legales respectivas, tanto en el ámbito federal como para todas las entidades federativas. A pesar de que ocho años pareciera un periodo demasiado prolongado, lo cierto es que ese tiempo es mínimo y, para variar, ha sido alarmantemente mal aprovechado.

¿Por qué? Porque no se trata sólo de hacer una modificación constitucional para luego convertirla en letra muerta. De hecho, el cambio de sistema tiene no sólo que ver con el cambio de la práctica profesional de los abogados, y de los empleados de los poderes judiciales federal, locales y del Distrito Federal, sino también con la rectificación del modo en que el ciudadano observa, interpreta y razona sus nociones particulares sobre el sistema de justicia.

Es decir, que junto con la capacitación de empleados judiciales, jueces y agentes del Ministerio Público locales y federales, y las inversiones que se tienen que hacer al sistema educativo para instruir en este sistema a los abogados defensores, también se debió pensar en hacer una fuerte inversión para explicar a la población —y lograr que el ciudadano común entienda con sencillez y practicidad— los cambios que implica esta modificación al sistema de justicia, y por qué los juicios orales no fomentan, como muchos lo creen, la impunidad. Para eso eran apenas suficientes, los ochos años que se le dio de vacatio legis —el periodo que existe entre la publicación de una ley y su entrada en vigor— a la reforma legal.

Tal parece que no se pensó en todo esto. Y de hecho, desde el mismo gobierno federal se ha profesado desconfianza y desinterés no sólo por invertir lo suficiente para todas esas tareas que van más allá de la sola capacitación de los servidores públicos involucrados. Cada que puede, el Presidente de la República habla y se asume como un impartidor de justicia; y con sus actitudes de desdén da la idea a la población de que tal sistema no tendrá utilidad para combatir delitos como los relacionados con el crimen organizado.

PROBLEMAS LOCALES

Oaxaca fue punta de lanza en la estipulación constitucional y puesta en marcha de los juicios orales. Esta disposición, políticamente hablando, fue parte de los arreglos constitucionales y legales que se hicieron luego del conflicto magisterial y popular de 2006, para que los poderes estatales dieran una idea a la comunidad nacional e internacional, de que estaban atravesando por un verdadero proceso de democratización y modernización en ciertos aspectos por los que eran fuertemente cuestionados.

El problema, en esto, no ha sido la modificación constitucional y legal en sí, sino su aplicación. Inicialmente, se estableció un calendario multianual en el que se asentó el proceso de puesta en marcha de los juicios orales en las regiones del Estado. Se suponía que a partir de 2008, anualmente entraría en vigor dicha reforma en cada una de las ocho regiones del Estado. Y así, se inició su aplicación en la región del Istmo, y posteriormente en la Mixteca.

¿Dónde surgió el problema? Primero, en que, como en el ámbito federal, los juicios orales se pusieron en marcha pero sin procurar incidir en la idea que el ciudadano tiene en su sistema de justicia. Son reiterados los señalamientos, en las regiones donde ya se aplica, de que tal sistema fomenta la impunidad; esto se debe, a que el sistema acusatorio adversarial pondera, como una de sus condiciones esenciales, la presunción de inocencia, y aplica otros elementos como los criterios de oportunidad, a través de los cuales el Ministerio Público puede procurar arreglos extrajudiciales entre las partes.

Esto, ciertamente, se ha prestado a corrupción. Pero también ha sido un problema de mala interpretación del ciudadano, que está acostumbrado al sistema inquisitivo tradicional en el que un presunto delincuente primero es encarcelado y señalado como culpable, para que luego, en prisión, tenga que demostrar su inocencia y recuperar su libertad.

DESDÉN OFICIAL

El problema más grave que esto enfrenta, sin embargo, es la falta de atención oficial al asunto. Son ya reiterativas las ocasiones en que el Poder Judicial del Estado solicita al Congreso la autorización para prorrogar la aplicación del sistema acusatorio adversarial en las regiones en las que ya debería existir, aduciendo carencias y recortes presupuestales aplicados desde el Poder Ejecutivo. Independientemente de quién sea el responsable de no invertir esos recursos en el sistema de justicia, lo cierto es que ese desprecio a su importancia no afecta a un gobierno o a un funcionario, sino que incide directamente sobre la credibilidad, confianza y eficacia de un asunto tan delicado y esencial como éste.

Alianzas y presupuesto: el desgaste es para México

0

A partir de la próxima semana, irán creciendo aceleradamente los debates, y la presencia en medios, de todo lo que tiene que ver con la aprobación de la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de la Federación, para el año 2011. De nuevo, el tema se verá inundado por otros asuntos periféricos que, sin embargo, habrán de determinar el rumbo que tenga tanto el gasto público como el país, para el próximo año. Las mezquindades partidistas de nuevo serán parte aguas para los asuntos de Estado.

Como contexto, es necesario apuntar que en nuestra entrega de ayer viernes, dimos cuenta de cómo una lucha por el poder, se puede tornar en una guerra contra el poder. Apuntamos que uno de esos ejemplos, reciente, era el de la lucha proselitista, que luego se convirtió en una auténtica guerra postelectoral entre el candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador y el gobierno federal —sin entrar en consideraciones de quién tenía la razón en aquel entonces— terminó poniendo en riesgo no sólo las posiciones políticas que estaban en juego, sino que provocó un desgaste intenso, y en algunos puntos irreparables, al conjunto de instituciones y certezas que dan vida al Estado Mexicano. Dijimos, pues, que ese era un grave ejemplo de cómo un asunto partidista (que, se supone, luchan en el marco de la institucionalidad por acceder al poder) confundía la lucha por el poder, por una lucha contra el poder.

Y, en ese sentido, también apuntamos que “Otra de ellas [de esas batallas], que es menos estruendosa, pero a su vez más riesgosa, es aquella que año con año se libra por el Presupuesto de Egresos de la Federación. ¿Qué pasó hace un año? Que el Congreso de la Unión decretó un alza a los impuestos, en la que los priistas apoyaron una propuesta del PAN. Había dos explicaciones posibles: primera, salvar al país del colapso económico; y segunda, hacer una serie de concesiones e intercambios de tipo político o partidista.”

En efecto, si bien lo recordamos, hace exactamente un año, ante la recesión económica estadounidense, y la crisis financiera global, en México se discutió la necesidad urgente de darle viabilidad a las finanzas públicas a través de un incremento de impuestos. El gobierno federal manejó la posibilidad de establecer un gravamen del dos por ciento al consumo, que no tuviera exención alguna ni en alimentos, medicinas, u otros productos que hasta ahora están gravados con tasa cero de Impuesto al Valor Agregado.

Los priistas afirmaron, frente a esa propuesta, que lo que el gobierno federal intentaba era realizar una generalización disfrazada del IVA, y que además, ese impuesto del dos por ciento, que el gobierno federal había etiquetado exclusivamente para el combate a la pobreza, y que sería manejado por la Secretaría de Desarrollo Social, no era sino una herramienta para fines electorales, a través de la manipulación de los programas sociales. Independientemente de cuál fuera la explicación final, lo cierto es que los priistas decidieron no aprobar ese incremento de impuestos, y salvaguardar además su propuesta de campaña en la que aseguraron que ellos no aprobarían incrementos a los impuestos que paga la población.

Luego vinieron los arreglos. Desde la misma Secretaría de Hacienda y Crédito Público se confeccionó el llamado “Plan B” a la negativa de incrementar los impuestos, y se le entregó al PRI a cambio de una negociación política. ¿Qué ocurrió? Que a los diputados federales identificados con los gobiernos de Oaxaca, Estado de México, y algunas otras entidades federativas, se les hizo un jugoso ofrecimiento:

Apoyar la iniciativa de incrementar el IVA un punto porcentual general, a cambio de ganancias económicas y políticas. Económicas porque particularmente los presupuestos de las entidades cuyos legisladores federales priistas apoyaron la iniciativa, fueron beneficiados con fuertes incrementos; y políticas, porque pactaron también la no realización de alianzas electorales entre las fuerzas de derecha e izquierda para los comicios venideros.

TERROR A ALIANZAS

En los primeros meses del presente año, de nuevo el tema presupuestal hizo crisis. El PRI denunció el incumplimiento del pacto antialianzas, cuando Acción Nacional y el PRD anunciaron que irían juntos a varios comicios estatales. Todos respingaron. La razón era obvia: al PRI no le importaban las razones de Estado, sino que más bien acordó el alza de impuestos a cambio de preservar sus propios intereses. Por eso, todo se descompuso cuando unos incumplieron un supuesto pacto partidista.

¿Qué pasó entonces? Que, de nuevo, por un asunto partidista la cúpula del Partido Revolucionario Institucional, que fácticamente es influenciada de modo determinante desde el Estado de México, declaró la guerra política al gobierno federal. Luego de los comicios, en los que Acción Nacional, en alianza con el PRD, PT y Convergencia, arrebató tres gubernaturas esenciales para los tricolores, éstos decidieron asumir el control del Poder Legislativo federal a costa de lo que fuere. Desoyeron pactos. Hicieron valer su mayoría. Y accedieron a la presidencia de las dos cámaras federales para tratar de hacerle la guerra presupuestal al Presidente.

Para 2011, dice el gobierno federal que no hace falta más impuestos. El PRI, en contraparte, pide que se elimine el uno por ciento que ellos mismos impulsaron y aprobaron el año pasado. Han esgrimido que ésta es la consecuencia del incumplimiento de los pactos, pero lo matizan asegurando que la emergencia económica ya pasó, y que por tanto es innecesario continuar con su política de que el pueblo mexicano pague más impuestos.

De las anteriores, ninguna es razón de Estado. ¿Y si el PAN hubiera cumplido a cabalidad los pactos, y se hubiera echado a los brazos del PRI para cogobernar abiertamente, entonces los priistas no habrían dispuesto nada de esto? ¿Si ello hubiera ocurrido, y la federación quisiera más recursos, ellos lo habrían aprobado?

RESPUESTAS EN SILENCIO

No escucharemos contestación a ninguno de esos cuestionamientos. Son igual de inexplicables los argumentos de panistas y priistas, que no saben cómo explicar que conducen este país sin una visión de Estado, y sin un verdadero proyecto de futuro. Este gobierno es sólo “para irla pasando”, y ellos y sus contrapartes, se la pasan “trabajando” para cuánto ganan mientras ven cómo sobrellevan al país.

Partidos: ¿lucha por, o contra el poder?

0

+ Presupuesto: un arma electoral de riesgos

Teóricamente, la lucha por el poder político se da desde al menos tres vertientes: la lucha desde el poder, la que se libra por el poder, y la que se endereza contra el poder. Aunque esto pareciera un mero juego de palabras, son claras las distinciones que existen entre cada una de esas acepciones. La lucha desde el poder la encabeza quien ya lo ejerce y se dedica a preservarlo; las que se libran por el poder, se dan entre quienes desean acceder a él; pero la lucha contra el poder se da entre quienes pretenden destruirlo. En el México actual, tendríamos que ver qué tipo de lucha libran nuestros representantes políticos, porque de esa visión depende fundamentalmente nuestro porvenir como nación.

Ocupémonos, muy a grandes rasgos, de la distinción entre la lucha por el poder, y la lucha contra el poder. La primera es la que se libra institucionalmente, entre entes legitimados que pugnan por llegar a los altos espacios del poder para tratar, desde ahí, de instaurar cierta visión o plan ideológico o de gobierno, pero siempre entendiendo que más allá de las batallas políticas existe un marco fundamental que no debe ser cuestionado ni trastocado.

Mientras tanto, la lucha contra el poder entraña diferencias sustanciales con la primera, porque en ésta sí existe un intento claro por dinamitar las estructuras políticas, se opta por luchar al margen de la institucionalidad, y se tiene como objetivo desarticular todas las bases de legitimidad, credibilidad y fuerza del Estado, para luego reconstruirlas pero con fundamentos distintos a los establecidos. Como puede verse, mientras la primera de las acepciones se refiere a una lucha democrática, como la que teóricamente libran los partidos políticos y sus representantes que buscan acceder al poder, en la segunda lo que se busca es un rompimiento institucional.

Así pues, una vez establecidas esas dos vertientes, tendríamos que preguntarnos qué tipo de lucha se libra en México entre los partidos y facciones políticas. Teóricamente, lo que ocurre en el país es una civilizada y nutrida lucha política, que tiene como objetivo que grupos e individuos identificados con ciertas corrientes políticas o ideológicas, luchen democráticamente, y dentro del marco de las instituciones, la equidad y los equilibrios políticos, por conseguir las investiduras que se renuevan periódicamente a través de la voluntad popular.

Lo cierto es que, sistemáticamente, esta lucha —que tendría que ser eminentemente institucional y desprovista de otro tipo de alcances más riesgosos para la estabilidad nacional—, deja de ser por el poder, y se convierte contra el poder. Es decir, que en lugar de establecer un marco democrático en el que se privilegie el debate, la contrastación de opiniones, e incluso la confrontación de las mismas, lo que se pone bajo todo tipo de cuestionamientos, son a las mismas instituciones democráticas, de justicia y de gobierno mismas.

Por eso, en México hemos visto tan reiterados intentos por transformar las instituciones y los órganos ejecutivos y garantes de la democracia, la justicia y el gobierno mismos — supuestamente para hacerlos más creíbles y confiables a la vista de la población. Lo que hemos logrado, también sistemáticamente, es perfeccionar ciertos órganos que, sin embargo, no han tenido el suficiente sustento (porque no depende de ellos, sino de quienes interactúan con éstos) como para lograr que la sociedad tenga confianza y verdaderamente se convenza de que las instituciones sí representan la visión democrática que tantas veces ha hecho falta en quienes tienen en sus manos el deber de materializarla.

PRESUPUESTO EN JUEGO

Esta visión de lucha por y contra el poder, la hemos visto sistemáticamente plasmada en las competencias electorales. En 2006, un candidato presidencial llegó al extremo de mandar al diablo a las instituciones, y a manifestar todas las formas posibles de desconfianza no sólo en contra del órgano autónomo encargado de organizar y conducir los procesos electorales, sino también del gobierno y el Estado mismo.

Puede decirse que Andrés Manuel López Obrador sólo evitó —y qué bueno— la vía armada; pero es también evidente que con sus protestas —en gran medida fundadas, por los ataques sistemáticos que se enderezaron en su contra durante toda la campaña presidencial— finalmente no logró ninguno de sus objetivos, pero sí consiguió un doloroso desgaste que puso en tela de juicio el sistema de partidos, la democracia, las instituciones garantes de la legalidad y la constitucionalidad, y los poderes mismos. ¿Los poderes? Sí. Y si no, como ejemplo recuérdese aquello del “gobierno legítimo” y también aquello del “presidente espurio”.

El caso es que ese no es el único ejemplo que existe sobre las luchas que se tornan contra el poder en México. Otra de ellas, que es menos estruendosa, pero a su vez más riesgosa, es aquella que año con año se libra por el Presupuesto de Egresos de la Federación. ¿Qué pasó hace un año? Que el Congreso de la Unión decretó un alza a los impuestos, en la que los priistas apoyaron una propuesta del PAN. Había dos explicaciones posibles: primera, salvar al país del colapso económico; y segunda, hacer una serie de concesiones e intercambios de tipo político o partidista.

Los tricolores, teniendo la oportunidad de asumirse como garantes de la visión de Estado, asumiendo el primero de los argumentos, se decidieron por el segundo. De ahí derivó todo un escándalo por las alianzas electorales que se trabaron en entidades como Oaxaca, Puebla o Sinaloa. El PRI había pactado incrementar impuestos a cambio de un tema partidista. Y para bien o para mal, la población fue quien pagó esos pactos que, por su justificación, resultaron ser a todas luces inmorales.

¿BAJAR IMPUESTOS?

Hoy van en reversa. Aún cuando la economía del país sigue colapsada, y los signos de mejoría son mínimos, hoy los priistas, también por una revancha partidista, van por una baja a los impuestos. En 2010 decidieron tener a un gobierno rico frente a un pueblo pobre; y ahora pretenden ellos seguir teniendo recursos a cambio de rasurar presupuestos y programas, motivados también por una revancha que nada tiene que ver con las razones de Estado. Ciertamente, bajar impuestos es muy popular. ¿A cambio de qué, o a costa de qué lo están haciendo? Más allá de la popularidad, ¿esto será viable para el país? Al actuar así, no luchan por el poder, sino en su contra.

Gabino y S-22: una relación anunciada

1

+ Aliados de oportunidad: algo inmutable

Elba Esther Gordillo, presidenta del Comité Ejecutivo Nacional, y líder indiscutible del SNTE, hace cuatro años fue una de las más decididas impulsoras de la causa política del entonces candidato del Partido Acción Nacional a la Presidencia de la República, Felipe Calderón Hinojosa. Al haberse convertido éste en Presidente de México, el SNTE no ha tenido un papel convulso ni exageradamente voraz que algunos vaticinaban. La más grande ganancia de la profesora Gordillo, fue el sostenimiento y la tolerancia federal íntegra a su sindicato —con todos los privilegios personales y colectivos que previamente ya habían conquistado—, y la cesión de ciertos espacios para incrementar la influencia de Nueva Alianza, el partido político de Gordillo y el magisterio.

Eso que ocurre en el ámbito federal, es un reflejo de lo que seguramente pasará en Oaxaca en la relación entre el gobierno de Gabino Cué y la Sección 22 del SNTE. Al igual que en el ámbito federal —y guardadas sus debidas proporciones— es evidente que en la entidad se ha vivido un proceso político similar, que ha dejado en claro que, al menos electoralmente, el magisterio sí tiene un peso específico determinante, y que, por tanto, ellos sí tienen la posibilidad de asumirse como factor de cambio. Claramente se puede percibir que la alternancia política en la entidad no hubiera sido posible sin el apoyo de esos grupos que previamente ya se habían declarado como contrarios al régimen gobernante.

Sin embargo, como ocurre en todos los procesos políticos, ningún apoyo político se otorga a cambio de nada. Los profesores de la Sección 22 se asumieron como parte de esa fuerza que buscaba desterrar al priismo del gobierno estatal, por al menos tres razones. La primera razón, más o menos ideológica, radica en que sus postulados son diametralmente opuestos a la práctica de gobierno del priismo. La segunda razón, eminentemente práctica, radica en la declarada enemistad y los agravios que ya se acumulaban entre el gobierno priista de Ulises Ruiz y su gremio, como causa del conflicto magisterial de 2006.

Y la tercera razón, que es la más importante, se explica en el nada extraviado instinto de conservación, como organización política, de la Sección 22. ¿De qué hablamos? De que, según lo visto, hasta hoy lo que ocurre entre el gobierno estatal y el llamado “magisterio democrático” es una lucha mutua por sobreponerse uno al otro; por restarse poder, por hacerse demostraciones de contundencia y, en el último de los casos, por tratar de acotar, desde el poder estatal, la influencia y fuerza política que tiene la Sección, en contraparte a las pretensiones de entrega total del sector educativo estatal a la dirigencia política del magisterio. Hasta ahora, pues, el gobierno y la 22 se aparecen ubicados como adversarios. Y de seguir así, algún día, uno de ellos tendría que derrotar al otro.

Ahí es donde radica el instinto de conservación de los profesores democráticos. Saben que una realineación a favor de sus adversarios, en el corto o mediano plazo, los llevaría a perder sus privilegios y los cotos de poder que hoy manejan a sus anchas. Y por eso, siguiendo la lógica de que “los enemigos de mis enemigos, son mis amigos”, trataron de ubicarse en el ámbito de apoyo de quienes querían derrotar al régimen que los quiso militar y contrarrestar.

En razón de ello, aunque trataron de conservar su decoro en el ámbito de lo público —porque uno de sus postulados radica en asegurar que para ellos ninguno de los partidos políticos garantiza cambios o mejoras sustanciales, y que por eso ellos como gremio no apoyan a ninguno—, lo cierto es que en el ámbito particular, la Sección 22 apoyó sin denuedo la causa del cambio político en Oaxaca, a través del voto y el activismo de sus agremiados a favor de la causa del candidato opositor, Gabino Cué Monteagudo.

¿QUÉ BUSCA LA 22?

Hoy, cuando es un hecho que a partir del mes de diciembre gobernará un personaje que recibió fuertes apoyos de la Sección 22, y que éste mismo ha reconocido que sólo reconocerá y trabajará con los democráticos, pero no con su disidencia de la Sección 59, tendríamos que preguntarnos qué buscarán los sectores magisteriales que ganaron los comicios junto con Gabino Cué.

La pregunta no parece ociosa. Porque aún cuando los catastrofistas aseguran que el triunfo de Cué fue algo así como la puerta de entrada para un predominio implacable de los democráticos, y el punto de inicio para una escalada de demandas llenas de voracidad y ansias de poder, lo cierto es que el establecimiento de un panorama político serio, resulta ser mucho más modesto. ¿Por qué?

Porque es evidente que, al igual que como ha ocurrido en el ámbito federal con el apoyo y las relaciones entre el gobierno del presidente Calderón y la profesora Gordillo, los profesores que se asumen como parte de la dirigencia real de la Sección 22, y que definen su rumbo político, tendrán que buscar la supervivencia de su gremio, de su grupo político, y de sus privilegios, en medio de un ambiente político que justamente reclama lo contrario. Es decir, cambios.

En efecto, de 2006 a la fecha, el gobierno federal y el SNTE han buscado —sin éxito— modificar la imagen que se tiene de la educación pública, y de los maestros, a través de programas como la Alianza por la Calidad en la Educación, que contemplan una serie de cambios y mejoras en la impartición de la educación, pero que no tocan los privilegios del Sindicato. Se dice que la educación tiende a mejorar. Pero cualquier reforma real y profunda, necesariamente tendría que pasar por el acotamiento del poder sindical. Eso no ha pasado. El SNTE ganó, al aliarse con el calderonismo, no beneficios desmesurados, sino mantener a su favor el estado de cosas, la opacidad, las cuotas sindicales, y los privilegios que hoy tienen ella y su sindicato.

S-22, UN REFLEJO

Esa podría ser la lógica de la Sección 22: mantener una relación más o menos cordial con el nuevo gobierno de Oaxaca, para impulsar cambios de forma —que demuestren la voluntad de cambio del gobierno de alternancia, y que mitiguen la imagen negativa que tienen los democráticos entre diversos sectores sociales—, pero evadiendo cualquier reforma que trastoque sus privilegios. El nuevo gobierno necesitará estabilidad. Y la 22, teniendo desde ahora en sus manos el control total de la educación, buscará no perder sus privilegios.

Ayuntamiento: Oaxaca no se merece tanta inestabilidad

0

+ Calderón, pieza clave para Hernández Fraguas

Ayer se consumó un acto más de desprecio hacia la ciudad de Oaxaca de Juárez, sus habitantes, su importancia como capital del Estado, y sus problemas: en una acción previamente determinada, el Cabildo del Ayuntamiento citadino aceptó una nueva licencia por 120 días al edil José Antonio Hernández Fraguas, y ahora nombró como encargado del despacho de la Presidencia Municipal al hasta ayer síndico Procurador, Irineo Pablo Calderón González. Miguel Ángel Bustamante Underwood salió por la puerta de atrás. Y lo único que siguen demostrando quienes manejan el Municipio de la capital oaxaqueña, es que seguirán viendo no por el interés público, sino por sus intereses particulares.

En efecto, aunque durante toda la primera parte de su gobierno, el edil Hernández pareció —y demostró— ser un hombre comprometido con la política y la administración municipal, para hacer un buen gobierno, hoy sus acciones demuestran que o no sabe qué hacer con el final de su administración, o simplemente dejó de tener importancia para él. Es lamentable que una gestión de la que se tenían altísimas expectativas, esté terminando su periodo de una forma por demás tambaleante.

Tendríamos que comenzar a entender el actuar de Hernández, pero ya no de cara a sus aspiraciones políticas, y de sus triunfos y fracasos partidistas de los últimos meses, sino en función del control que ha pretendido seguir sosteniendo en relación al Municipio citadino. Cuando se separó de su cargo, en el mes de marzo pasado, el Edil pareció enviar el mensaje de que seguiría siendo el factor determinante de los problemas y la administración municipal, al nombrar como encargado del despacho —y no edil interino— no a la persona más capaz, sino a la que parecía tener más afecto y confianza personal dentro de la Comuna. En razón de ello, dejó en su cargo al hasta entonces regidor de Salud, Bustamante.

Parecía, ante ello, que la separación de Hernández sería transitoria y, en buena medida, sólo como un mero trámite de formalidades políticas y jurídicas. Había dos razones para suponerlo. La primera, porque la Ley Municipal señala que sólo cuando el Munícipe solicita una licencia a su cargo mayor a 120 días, entonces el Cabildo debe llamar a su suplente o, en su caso, nombrar de entre sus miembros a quien deba concluir el mandato. Hernández parecía decidido a seguir teniendo el control, y mandando en el Ayuntamiento, a través de un encargado del despacho, y no de un interino, al que nadie sabe si podría controlar una vez asumiendo el cargo. La segunda razón, era que entre Hernández y Bustamante, había la suficiente cercanía como para que el primero pudiera seguir actuando y decidiendo a través del segundo.

Sólo que las cosas no le salieron a Hernández como lo había calculado. Tanto en sus aspiraciones políticas como para el rumbo que deseaba para el Ayuntamiento que él encabezaba. En el terreno político, su candidato a la gubernatura perdió los comicios, la bancada que iba a encabezar le dio la espalda, y sus propios compañeros de partido lo han fustigado hasta la saciedad, aprovechándose de su posición o tolerancia.

Pero en lo administrativo tampoco consiguió todo lo que esperaba. A pesar de que él estaba decidido a hacer una administración municipal que pasara a la historia como la más eficiente y eficaz de los últimos años, Bustamante resultó ser un pésimo ejecutor de las decisiones que él siguió tomando; ni uno ni otro pudieron demostrar el liderazgo que era necesario para encabezar el trabajo municipal en el último tramo del gobierno; y el Encargado de la Presidencia Municipal fue señalado, fundadamente, de tener poco interés en atender de tiempo completo los problemas del Ayuntamiento.

Al final, lo que uno y otro demostraron es desprecio por la ciudad y su preponderancia social y política. Bustamante por no haber puesto todo lo que estaba a su alcance para hacer un trabajo cuando menos decoroso. Y Hernández por empecinarse en seguir teniendo el control del Ayuntamiento a través de encargados, a costa de lo que fuere, sin asumir con valor y determinación la decisión de regresar a concluir —o reencauzar— su mandato, o separarse definitivamente de su cargo. Las consecuencias, evidentemente, están a la vista.

NUEVO ENCARGADO

Así, tendríamos que preguntarnos con serenidad quién es Pablo Calderón González. Es, como bien debe saberse, un abogado litigante que llegó a la administración municipal como otro de los cercanos de Hernández Fraguas. Sólo que éste, más que por amistad, arribó al Municipio por los intereses en común que tiene con el Edil con Licencia.

En efecto, desde el 3 de enero de 2008, en este espacio señalamos algunos detalles sobre las  cercanías e intereses políticos del entonces recién asumido Síndico Procurador del Ayuntamiento citadino. Dijimos entonces, que Calderón había accedido a la política municipal, llevado de la mano de dos personajes: Alfonso Gómez Sandoval Hernández, y el fiscalista Sergio Castro López. El primero por amistad, y el segundo por haber sido cliente de su despacho de abogados.

En efecto, desde aquellos momentos advertimos que Calderón había sido el gestor de Castro ante el Ayuntamiento, cuando éste impulsó la creación de lujosos antros de vicio, y el otorgamiento de los permisos respectivos para consumo de alcohol, evidenció los intereses y la corrupción que, para complacer a Castro, envolvió a la administración citadina que inició Jesús Ángel Díaz Ortega, y concluyó Manuel de Esesarte.

Y advertimos entonces que “su objetivo [de Calderón González], bisoño pero nada desdeñable ante el poderío económico del grupo al que pertenece, habría de ser el de promoverse como uno de los candidatos a sustituir al actual Munícipe [Hernández], cuando éste se separara del cargo para buscar la postulación de su partido como candidato a Gobernador.”

¿INTERESES PROTEGIDOS?

Como lo previmos, Pablo Calderón llegó a la Presidencia Municipal para tratar de enderezar, en nombre de Hernández Fraguas, todo lo que está chueco en el Ayuntamiento. Dentro de esos asuntos que atenderá, estará el seguimiento al caso Chedraui. Ese es, lo acepten o no, otro de los intereses que les quita el sueño. No es gratis, seguramente, todo el desprestigio, los cuestionamientos y el costo político que ellos están pagando aparentemente a cambio de nada. Por eso, no podían seguir dejando a la deriva estos “delicados” asuntos municipales.

Congreso: ahí también se notan los cambios

0

+ Resistencias internas, constante mal conducida

Ayer, mediante una carta, la diputada Carmelina Cruz Silva anunció su separación de la bancada priista en el Congreso del Estado. Independientemente de que éste parezca un acto de mero berrinche, tardío y cargado de posibles motivaciones personales, también deja ver dos cuestiones que habrán de ser trascendentales para el priismo oaxaqueño en los años que le esperan como fuerza opositora. La primera tiene que ver con el necesario rescate de las correctas formas políticas que deben existir entre quienes componen las representaciones partidarias; y la segunda, con la recuperación de los espacios de tolerancia y pluralidad que hoy, por sus mismos rasgos pedestres, los tricolores tienen extraviados por completo.

¿Por qué hablar hoy del rescate de la tolerancia y las correctas formas políticas dentro del priismo? Evidentemente, no es su obligación reparar en esas cuestiones. Sin embargo, si la misma cúpula tricolor hiciera un desapasionado ejercicio de autocrítica, podría darse cuenta que, a nivel interno, esas fallas se les convirtieron en flagelos, y que ello ha derivado en fuertes disputas que, hasta ahora, se habían contenido ante las exigencias de disciplina coercitiva dictadas desde el poder. El problema es que, si ahora que están a punto de dejar las alturas para convertirse en una fuerza política más, pretenden seguir arraigando esas prácticas, no pasará mucho tiempo antes de que presenciemos una auténtica guerra civil, por motivos hasta tontos, entre los tricolores.

¿Por qué resulta revelador el anuncio de la separación de su bancada, de la diputada Cruz Silva? Porque independientemente de los asuntos personales, y de su conocida rebeldía y actitudes de soberbia que luego convertía en disputas frente a sus compañeros legisladores, este es uno de esos pequeños destellos que antes no ocurrían en el priismo. Era así, de hecho, hasta hace un par de meses, cuando los actos de indisciplina, las discrepancias de pensamiento y posiciones políticas, e incluso los desacatos más simples, eran fuertemente penados y recriminados por su coordinador parlamentario.

En efecto, todo aquel que conoce el funcionamiento del Congreso local, y particularmente de la bancada tricolor, sabe que entre ellos estaba prácticamente prohibida la posibilidad de tener criterios propios, de discrepar, o de generar propuestas o argumentos distintos a los que previamente se dictaban desde la coordinación parlamentaria que, a su vez, recibía las líneas generales de actuación, desde la oficina del Jefe Político.

Era, y ha sido, en buena medida, una equiparación casi precisa de la forma en cómo, a través de eficaces métodos coactivos, se tiene el control de los trabajadores de la Sección 22, quienes deben actuar sin preguntar, y acatar incondicionalmente los dictados de su dirigencia. Los diputados locales del PRI, ante los ojos del público, actúan igual que los profesores democráticos. Es decir, disciplinadamente, acatando órdenes y ejecutando, sin tener al menos la posibilidad de preguntar.

Sin embargo, ello no significa que no hayan existido resistencias internas, y discrepancias fuertes, en algunos debates. El problema es que, hasta ahora, el priismo se había negado toda la posibilidad de permitir posturas particulares de sus legisladores, y la manifestación pública de sus desacuerdos con las posiciones de la bancada. En las ocasiones que en algunos legisladores se han negado a acatar ciertas órdenes, o a respaldar ciertas decisiones, han sido marginados de la actividad política y las responsabilidades más importantes dentro del Congreso o su partido.

¿DISCIPLINADOS O PEDESTRES?

La sola idea de que en las representaciones legislativas, las decisiones se toman en cada bancada de forma consensada y unánime, expresa ya la necesidad de que en ella haya uniformidad y cierto grado de disciplina. Sin embargo, para lograr eso, también se necesita liderazgo, formación y capacidad de razonamiento y convencimiento. Tendríamos que preguntarnos si en una bancada tricolor de tan bajo perfil, como la que ahora representa al PRI en el Congreso del Estado, se dan esas condiciones.

La respuesta, según los hechos, es negativa. Es también una inconformidad reprimida, la relativa a que la conducción tanto de la bancada priista, como de la Gran Comisión y los trabajos del Congreso, han seguido la misma lógica del grupo gobernante de evadir toda posibilidad de diálogo, y preferir el avasallamiento, las imposiciones, y los castigos severos para quienes decidan insubordinarse.

No resulta muy extraño, en ese sentido, que hoy las inconformidades sean muchísimas más que las concordancias en la bancada priista, cuando se tiene el antecedente de que las principales decisiones e “ideas democráticas” emanan de personajes de tan cuestionables antecedentes y formación política, como Antonio Amaro Cancino, Jorge Guerrero Sánchez, o el mismo Herminio Cuevas Chávez. Éstos se han encargado de ejercer un poder que les fue conferido arbitrariamente, a través no de las formas más o menos decorosas, sino acentuando el modo de actuar “tradicional” de los principales representantes del grupo gobernante.

Podría alegarse, en descargo de esos personajes, que las formas políticas no han sido distintas en las anteriores legislaturas. Sólo que en el pasado, a diferencia del presente, y el futuro que está próximo, el PRI ostentaba un poder que ejercía a sus anchas. Uno de los aspectos que les ha generado más problemas a los jerarcas tricolores actuales, es que han querido actuar tan avasalladoramente, como si fueran políticos en funciones hace dos o tres décadas.

Parece claro que, para el futuro inmediato, quienes representen al tricolor tendrán que variar sustancialmente sus formas y grados de tolerancia. Ahora sí tendrán que comenzar a convencer, y a dejar de lado las imposiciones. Ahora sí tendrán que demostrar, pues, que tienen liderazgo, que tienen experiencia y formación política, y que tienen la capacidad de conducir una bancada sin los eficaces métodos coercitivos de los que, hasta ahora, se han valido.

¿SERÁ?

La diputada Cruz Silva, es cierto, tomó tarde una decisión que, por las mismas circunstancias, resulta ser ya intrascendente, insustancial, y seguramente cargada de enojos personales. Pero en el fondo, eso ocurre ahora, y no antes, porque ahora sí algunos priistas ya se están dando cuenta que ante la inminente falta de Jefe Político, ahora sí podrán actuar con un poco más de autonomía y libertades.

PRI: en Oaxaca, sus estatutos valen lo mismo que nada

0

+ Capacidad política: ya deben constatarla

Para nadie es un secreto que, en la práctica política, los documentos estatutarios del Partido Revolucionario Institucional en Oaxaca, sirven para lo mismo que las telarañas: en ellos, los insectos políticos pequeños se quedan atrapados, y los grandes las rompen. En efecto, quien ha seguido con detalle la forma y los tiempos en que han sido sustituidos los más recientes dirigentes de ese instituto político, sabe que, salvo excepciones, ninguna pasaría satisfactoriamente por el tamiz de la legalidad interna, y mucho menos por el de la revisión y juicio de los órganos jurisdiccionales de control de legalidad, y constitucionalidad competentes.

¿De qué hablamos? Específicamente, de que si revisamos la forma en cómo accedieron al poder los últimos ocho dirigentes estatales del PRI, seguramente nos encontraremos con más de una sorpresa. Así, en primer término, es necesario remontarnos al antecedente más remoto de los líderes tricolores que ha habido en los últimos años. En ese primer momento, habremos de toparnos con el nombre de Bulmaro Rito Salinas. Curiosamente, él fue quien legó a casi todos sus predecesores, la última dirigencia estatal legal y legítimamente conformada. ¿A qué nos referimos?

A que por ahí del año 2003, fue Rito quien buscó la dirigencia estatal, y la consiguió, a través de todo un proceso interno del tricolor, en el que resultó legalmente electo. Hagamos memoria: él accedió al cargo, luego de que se emitiera una convocatoria para elegir al Presidente estatal del tricolor, luego de que feneciera —y se prolongara por más de seis meses— la gestión del entonces senador Ulises Ruiz.

Rito se inscribió en dicho proceso interno, llevando como compañero de fórmula a Germán Espinoza Santibáñez. Ante la ausencia de contendientes, Rito y Espinoza ganaron la presidencia y secretaría General del CDE del PRI. Así, Rito fue líder priista hasta mediados de 2004, cuando fue postulado, y ganó la diputación local por la vía de representación proporcional, para convertirse en presidente de la Gran Comisión del Congreso del Estado. El cargo partidista lo asumió, por primera vez por vía de la prelación, Héctor Anuar Mafud Mafud.

Mafud entregó la dirigencia estatal, también por prelación, en febrero de 2005, a Jorge González Ilescas; éste, en marzo de 2006, hizo lo propio, por la misma vía, con Héctor Pablo Ramírez Leyva, quien, a su vez, le dio posesión en diciembre de ese mismo año, y asimismo por la sucesión de cargos, a Heliodoro Díaz Escárraga.

Luego de esa poco clara transmisión de la dirigencia, fue Jorge Franco Vargas quien, a principios de 2008, se generó una nueva elección ya no por prelación, sino estatutaria, para asumir el cargo de Presidente del CDE del PRI. Aunque esto último hace menos tiempo del que parece, ya pocos registros parecen quedar de ello en la memoria colectiva. Así, Franco, al igual que Rito, contendió en un proceso interno en el que no tuvo contendientes; realizó proselitismo, giras de trabajo y reuniones con consejeros políticos y la militancia. Documentalmente, su elección fue legal; y, políticamente, en su momento también fue legítima.

En este punto debíamos preguntarnos por qué si todas las elecciones anteriores a ésta, aquí reseñadas, y las posteriores (de Adolfo Toledo, y Eviel Pérez Magaña), podrían tener algún vicio de legalidad, no hubo cuestionamientos a las mismas. La respuesta está en que, la militancia priista, asumió como tal la disciplina y los mandatos de su Jefe Político, que por eso nunca cuestionó si la forma en que sus dirigentes accedían al cargo era legal. Con la legitimidad política que les daba la decisión del Jefe Político —entiéndase, el Gobernador del Estado— era suficiente. Ante la falta de impugnaciones, esos actos se convalidaban. Aunque los estatutos del tricolor fueran violentados en la misma proporción que hubo cambio de dirigencias en el último sexenio.

DESTERRAR VERTICALISMOS

¿Por qué traer todo esto, que estaba archivado en la memoria, al presente? Porque según se ve, la dirigencia actual del priismo —la formal, que se encuentra en el Presidente del Partido, y la fáctica, que está en manos del aún Jefe Político— no está entendiendo el momento y las circunstancias que le están tocando vivir. A partir de diciembre próximo, la dirigencia tendrá que convalidarse a partir de las verdaderas demostraciones de liderazgo, y deberán abandonarse las “líneas” y los verticalismos que, ante la ausencia del poder gubernamental, serán imposibles de sostener y convalidar, con una militancia que ya no tendrá la coerción del Jefe Político.

Una primera demostración de ello, ocurrió el viernes pasado, en la reunión de Consejo Político. En más de una ocasión, la dirigencia estatal, y el grupo que la rodea, había dispuesto la conformación de las comisiones internas, que tenía que convalidar la militancia, y al momento de votarlas, ocurrió exactamente lo contrario.

¿Qué demuestra todo eso? Que a partir de ahora, la forma en que se tomen las decisiones que se tomen al seno del PRI tendrá que variar. Es de obtusos pretender seguir imponiendo decisiones no consensadas, a una militancia que se siente agraviada por el grupo al que consideran como responsable de la derrota del pasado mes de julio, y que ahora pretende seguir teniendo el control del tricolor sin tomar en cuenta a la militancia.

El problema es que, a partir del próximo mes de diciembre, la “legitimidad política”, y los verticalismos, ambos emanados del Jefe Político, serán nada frente a las necesidades de legalidad estatutaria y, ahora sí, aceptación y convencimiento de la militancia. Será simplemente imposible —y ya comienza a constatarse— seguir actuando en base a simples verticalismos y conveniencias de una camarilla. De seguir así, enfrentarán más riesgos que beneficios, de una dirigencia que se queda vulnerable, y sin los respaldos políticos y económicos que la han sostenido hasta el momento.

LIDERAZGOS A COMPROBAR

Según parece, los líderes tendrán que demostrar que verdaderamente tienen sustancia, y que no son puramente consecuencia —como varios de ellos, hasta ahora— de la decisión del Jefe Político. Las violaciones estatutarias reiteradas, no deberán seguir siendo la constante entre quienes pretenden conducir los procesos del tricolor en los próximos años. Si no asumen esas lecciones de integridad y congruencia, los pretendidos colonizadores actuales del tricolor, serán los primeros que saldrán por piernas.

Informe presidencial: ¿Para qué hacerlo volver al pasado?

0

+ Día del Presidente, luego del Congreso… y ahora de nadie

Cómo cambian las cosas. Hasta hace unos años, el 1 de septiembre de cada año, era considerado en México como “el día del Presidente”. Esta idea se arraigó gracias a la práctica política, consagrada constitucionalmente, que indicaba que el día en que arrancaban los trabajos legislativos del periodo ordinario correspondiente, el Presidente tenía que acudir a dicha sesión para presentar un informe por escrito del estado que guardaba la administración pública federal. Esta obligación constitucional —que es, además, un deber republicano de rendición de cuentas—, pronto se convirtió en un culto a la personalidad. Y finalmente fue retirado del texto constitucional. Hoy, por meras revanchas políticas, y no por el eco ciudadano, los mismos que hace apenas unos años repudiaron el formato del informe presidencial, hoy pretenden revivirlo de varias maneras.

Hoy, ante el vacío, es evidente que, políticamente, la fecha del 1 de septiembre es, en México, un auténtico “día de nadie”. En efecto, al menos en el presente año, quedó claramente comprobado que la aquella fecha que otrora era considerada como de gran trascendencia política, ahora pasó prácticamente desapercibida. No fue sólo porque éste ya no fuera el día del Presidente, sino también porque en este caso ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo, en tiempo, sobre quién recaería la presidencia de la Mesa Directiva para el presente año.

Como primer punto, debemos establecer algunos antecedentes históricos del informe presidencial. Aunque no parezca del todo creíble, en la redacción original de la Constitución federal, el Presidente de la República tenía la obligación de asistir no una, sino dos o más veces al congreso cada año, tanto a la apertura del primer periodo ordinario de sesiones del año correspondiente, como a la sesión inicial de los periodos extraordinarios.

A la letra, el original artículo 69 decía lo siguiente: “A la apertura de sesiones del Congreso, sean ordinarias o extraordinarias, asistirá el Presidente de la República y presentará un informe por escrito; en el primer caso, sobre el estado general que guarde la administración pública del País; y en el segundo, para exponer al Congreso o a la Cámara de que se trate, las razones o causas que hicieron necesaria su convocación, y el asunto o asuntos que ameriten una resolución perentoria.”

Esta disposición fue vigente de 1917 a 1923. Entonces, una primera reforma a dicho numeral, modificó los deberes del Ejecutivo para eliminar la necesidad de informar a los legisladores, sobre las convocatorias a periodos extraordinarias de sesiones. Como puede verse, tal reforma corresponde al fortalecimiento del presidencialismo, que ocurrió apenas dentro de la primera década posterior a la entrada en vigor de la Constitución vigente. Ya para entonces, no era mandato exclusivo del Ejecutivo convocar a sesiones extraordinarias al Congreso, o alguna de sus cámaras; pero tampoco era ya su deber informar al Legislativo las razones por las que lo convocara.

Una segunda reforma, ocurrida en abril de 1986, eliminó el deber del Ejecutivo de asistir a la apertura de los dos periodos ordinarios, estableciendo expresamente, en el 69 constitucional, que sólo debía asistir a la apertura de sesiones del primer periodo ordinario de cada año. Así prevaleció hasta 2008, cuando se realizó una nueva modificación constitucional, para dejar el formato del informe presidencial como hasta ahora prevalece.

¿FORMATO INSERVIBLE

O “DE AVANZADA”?

Actualmente, el artículo 69 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, establece, sobre el formato del informe presidencial, que “en la apertura de Sesiones Ordinarias del Primer Periodo de cada año de ejercicio del Congreso, el Presidente de la República presentará un informe por escrito, en el que manifieste el estado general que guarda la administración pública del país. En la apertura de las sesiones extraordinarias del Congreso de la Unión, o de una sola de sus cámaras, el Presidente de la Comisión Permanente informará acerca de los motivos o razones que originaron la convocatoria.

“Cada una de las Cámaras realizará el análisis del informe y podrá solicitar al Presidente de la República ampliar la información mediante pregunta por escrito y citar a los Secretarios de Estado (…) y rendirán informes…”

¿Qué buscó ese formato? Primeramente, darle un giro radical al anterior —que seguramente todos recordamos, en el que el punto central era el mensaje presidencial desde la tribuna de la Cámara de Diputados, así como la réplica de un diputado, lo cual cobraba aún mayor relevancia cuando uno y otro eran de partidos distintos—; y sobre todo, según, establecer un marco de debate más amplio sobre los puntos asentados en el informe de gobierno, con los Secretarios de Estado directamente relacionados con los temas a tratar.

Con esto se buscó eliminar “el día del Presidente”, o el culto a la personalidad y a la figura política que apenas hace unos años acusaban. En los hechos no fue así. En realidad, lo hecho fue un favor al Presidente, que ya para 2007, era más interpelado que aplaudido en sus intervenciones ante la Cámara de Diputados. Con esa reforma, le quitaron la obligación y el trago amargo del tenso informe presidencial, pero le dejaron abierta la puerta para que, como ocurre ahora, éste de todos modos emita su mensaje, pero ahora sin interrupciones, sin abucheos, sin recriminaciones, sin réplicas, y sobre todo, acompañado de un público selecto al que él mismo invita y escoge.

El PRI, en 2008, no se opuso a la modificación del formato del informe. Sin embargo, ahora en 2010 dicen que impulsarán reformas para que el Presidente regrese al Congreso cada 1 de septiembre. Lo que no queda claro es la razón. Más parecen motivaciones partidistas, que ánimos demócratas. Quizá sea mero revanchismo; quizá esperan revivir el adulador “día del presidente” para cuando, según ellos, haya de nuevo un mandatario priista. ¿Será?

UNA TRAGEDIA

Independientemente de que hubiese coincidencias o discordancias de orden político, para todo el ámbito político local es una pérdida trágica y dolorosa la muerte del diputado federal Guillermo Zavaleta Rojas, así como de quienes lo acompañaban en la aeronave que ayer se precipitó en Bahías de Huatulco. No existen palabras suficientes para lamentar la muerte de seis personas jóvenes que buscaban incidir positivamente en la política local. Descansen en paz.

Parálisis municipal: ¿Y los ciudadanos?

0

+ Basura, muestra fiel de nuestra indolencia

El gobierno municipal de Oaxaca de Juárez, que encabeza el encargado del despacho de la Presidencia Municipal, Miguel Ángel Bustamante Underwood, no sale de una cuando está ya metido en otra. En los últimos meses ha enfrentado una ola interminable de turbiedades y problemas, que han entorpecido gravemente la prestación hasta de los servicios públicos más básicos. Es cierto que es deber gubernamental del Ayuntamiento atender los rubros que les mandata la Constitución y las leyes. Pero ante tanta ineficacia, y ante la realidad misma, debíamos preguntarnos dónde estamos, y qué responsabilidad asumimos los ciudadanos.

El asunto no es menor. Porque si bien es cierto que es alarmante el nivel de insuficiencia que ha mostrado el gobierno de la capital oaxaqueña, también lo es que los ciudadanos hemos desatendido, voluntariamente, algunos de los deberes mínimos que nos deberían corresponder ante ese cada vez más evidente vacío de autoridad que impera en las calles. Así, es cierto que el gobierno no es capaz de cumplir; pero ello no es óbice para que los ciudadanos simplemente nos lamentemos de la situación, pero sin tomar parte de estos problemas en los que también deberíamos tener cierto involucramiento.

¿Qué problemas son los que ha dejado de atender la autoridad? Tan sólo en los últimos meses, la autoridad municipal ha mostrado una importante falta de capacidad para atender rubros aparentemente tan controlados, como lo son el ambulantaje, el servicio de recolección de basura, la seguridad pública en las zonas más sensibles de la capital, e incluso los servicios de atención al usuario que directamente presta la administración municipal.

Es evidente que, en algunos casos, la acción ciudadana es poco útil cuando se enfrenta a factores reales de poder. Pero sí existen acciones que los particulares podríamos tomar no para suplir o justificar a la autoridad, sino para evitar incrementar los problemas que se crean a partir de la ineptitud de quienes deberían cumplir eficazmente con los deberes públicos. Sólo que, en este caso, los destellos ciudadanos no resultan ser la generalidad, sino más bien destellos aislados que, por su atomización, no alcanzan a servir de mucho.

Hace unos tres meses, en nuestra entrega del pasado 2 de junio, dimos cuenta de un problema aparentemente menor que, sin embargo, revelaba cuán degradada se encuentra la autoridad frente a los grupos que desean ponerla a prueba, y de qué tamaño es también el desdén ciudadano.

En aquella ocasión, un presunto grupo de vándalos se dedicó a trozar, a lo largo de varias cuadras de la avenida José María Morelos y Pavón, ahí en pleno corazón del Centro Histórico de la capital oaxaqueña, varias docenas de árboles tipo fresno, macuil y primavera, fueron trozados no sólo utilizando las manos, sino también, por el tipo de cortes realizados, cuchillos o machetes.

No fue uno ni fueron diez los árboles trozados. Cada uno de ellos, no valía ni uno ni diez, sino más de mil pesos, que fueron pagados por una fundación privada, para beneficio de la capital. A pesar de la consternación de quienes —comerciantes y personas que trabajan en la zona— aquella mañana hicieron el descubrimiento, y de las investigaciones que algunas personas realizaron para tratar de dar con los responsables, resulta que nadie vio nada.

En efecto, resultó que en aquella ocasión, ninguna de las personas que habitan por la zona —que no son pocas— supo dar cuenta de alguna referencia sobre lo ocurrido. Nadie vio, o quiso ver lo ocurrido. En la calle pudo haber pasado eso, o cualquier otra cosa, y de todos modos nadie se dio por agredido.

El problema es que la Policía Municipal de la capital oaxaqueña —que tiene su cuartel general a menos de cuatro cuadras de donde ocurrieron los hechos—, tampoco vio o tuvo conocimiento del hecho, y por tanto tampoco movió un dedo para tratar de dar con los responsables. Ese fue otro pequeño ecocidio, en el que, sin embargo, nadie se interesó porque no eran grandes árboles, y tampoco era —como en el caso Chedraui— una causa que despertara de modo importante la irritación ciudadana.

DESDÉN CIUDADANO

El Estado existe, en su concepción misma, para proveer al ciudadano de ciertas garantías, derechos y servicios, que éste no podría adquirir o tutelarse por sí mismo. Para eso el ciudadano le confiere al Estado, e indirectamente al gobierno, las potestades públicas soberanas y legítimas para ejercer ciertas funciones, hacer valer ciertas normas, e incluso allegarse de métodos coactivos para que las disposiciones sean obedecidas. Esa es parte de una concepción clásica de por qué el Estado debe ser sostenido por los ciudadanos a través de los impuestos, para obtener a cambio beneficios colectivos de vital importancia para su vida y desarrollo.

Sin embargo, tal concepción no debíamos asumirla a pie juntillas. Es evidente que junto a la acción gubernamental, se encuentran las acciones ciudadanas que tienen como fin no suplir al Estado, sino evitar que las deficiencias de éste sean agravadas por los mismos particulares. Si esto lo llevamos a nuestra realidad, entonces los ciudadanos deberíamos tomar una participación más activa, por lo menos parcialmente, frente a los problemas que el gobierno no tiene capacidad de resolver.

Sin embargo, los ciudadanos no hemos asumido nuestra responsabilidad, y eso es notable. De nuevo, la capital oaxaqueña está inundada por la basura, ante los conflictos reiterados que existen alrededor del servicio de recolección de basura, y del tiradero municipal. Quienes particularmente habitan o tienen negocios en el Centro Histórico, sin embargo, no dejan un solo día de sacar su basura a la calle, independientemente de que haya o no servicio de limpia.

NO AYUDAMOS

¿Qué ganan con hacer eso? Evidentemente, sólo el no tener sus desechos en sitios determinados dentro de sus domicilios. Pero lo dejan en la vía pública, lo cual es igual de grave, o peor, no sólo por el aspecto degradante al que contribuyen, sino también porque con ello estimulan la contaminación. Y con eso, en realidad, no se resuelve nada. No existe sensibilidad para enfrentar de verdad los problemas. Asumir la actitud de desdén (“valemadrismo”, le denominan en lenguaje pedestre) no hace más que profundizar otros problemas que se podrían abordar responsablemente. No se trata sólo de exhibir a la autoridad con acciones como la de sacar la basura a la calle; se trata de asumirnos como auténticos ciudadanos. Y no lo hacemos.