PRI: las disputas son alentadas por la dirigencia estatal

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+ Grupos antagónicos se disputarán el esqueleto

Por lo menos desde hace un par de meses, ronda por los círculos políticos la amenaza abierta de que tan pronto el Partido Revolucionario Institucional abandone el poder estatal en Oaxaca, comenzará una revuelta que tendrá como objetivo derrocar al actual dirigente Eviel Pérez Magaña, para luego tratar de reinstaurar a otros personajes que en el pasado ya fueron preponderantes para ese partido, pero que ahora se encuentran en una posición de franca rebeldía. Si bien este es el resultado de todo un largo proceso de descomposición y confrontaciones que se combinan con la derrota, también lo es que esta revuelta interna ha sido alimentada por la parsimonia, el inmovilismo y el silencio del grupo que aún encabeza el Comité Estatal de ese Instituto Político.

Habría que comenzar a explicarse racionalmente la debilidad que ha afectado no sólo a la actual, sino a las últimas cinco o siete dirigencias del tricolor en los años recientes. Proviniendo de uno de los regímenes de gobierno más verticales y “tradicionalistas” del priismo, en el último lustro predominó por completo la figura del Gobernador del Estado como Jefe Político, total, del tricolor. Era lo menos que podía esperarse, de un grupo de personajes que estaban acostumbrados a detentar el poder a plenitud, y a hacerlo valer independientemente de la opinión o la democracia que no cupiera en sus intereses o pretensiones.

Así, el resultado de ese proceso fue el de una serie de nombramientos sucesivos (desde Héctor Mafud, desde antes del inicio del actual sexenio, hasta el diputado con licencia Pérez al finalizarlo) en los que hubo una mayor preocupación por la colocación de figuras en perfiles estratégicos, que la de generar dirigencias con un sustento legal y político sólido, basado también en el cuidado de las formas y los formalismos políticos y estatutarios.

De este modo, todos los dirigentes del tricolor habidos en dicho periodo, fueron fuertes en la medida que el Jefe Político los legitimó y les permitió utilizar el poder, pero no porque alguno de ellos hubiera emanado de un proceso más o menos democrático en el que verdaderamente la militancia se pronunciara a favor suyo.

Aunque parezca extraño, o ilógico, esto último tampoco podría ocurrir, porque más que nunca se desalentó la simpatía ciudadana por el tricolor, y paralelamente se construyó una estructura partidista que, cumpliendo con ciertos requisitos que tenían que ver con dinero y prebendas, podía funcionar a la perfección, y hacer ganar elecciones, independientemente de quién fuera el candidato, cuál fuera el interés, o cómo estuviera conformada la coalición a la que se les enviaba a apoyar.

Así, lo que hubo fueron meras dirigencias políticas, pero —en prácticamente todos los casos— desprovistas de todos los demás elementos de verdadera legitimación, que deberían dar verdadero sustento a algo que se jactara de ser una auténtica dirigencia partidista.

El poder y el peso específico que detentó cada uno de los dirigentes —razón por las cuales nunca fueron cuestionadas sus respectivas dirigencias, que ni cumplían con los estatutos ni tenían el respaldo absoluto de la ley por haber emanado de procesos regulares y verdaderamente comprobables—, tuvo siempre que ver con la conminación política (desde el priismo y desde el gobierno) de ser objeto de espacios y beneficios si se asumía una actitud de disciplina, o el total relegamiento y castigo si se tenía la osadía de cuestionar ya no la legitimidad de un dirigente político, sino una decisión u opinión que emanara desde los altos círculos del poder.

Todos los dirigentes, hasta ahora, gozaron a plenitud del poder que se les permitió ejercer. Aunque la verdadera dirigencia, la fáctica pero efectiva, siempre estuvo en poder del Jefe Político, que nunca dejó de ver por los intereses de su partido, aún cuando sus tareas formales fueran otras. Así fue como, en una sucesión imparable de líderes, llegaron a los comicios cruciales de 2010.

PASIVIDAD Y PUGNAS

Era obvio que la detentación de un poder así, resulta avasallante mientras se tiene el respaldo suficiente como para no ser cuestionado; pero una vez que el poder comienza a agotarse, la debilidad de esas estructuras sale a la luz e, independientemente de la calidad moral o política de quién los cuestione, las fisuras comienzan a convertirse en auténticos factores de crisis.

Hasta hoy, un reducido grupo de personajes han cuestionado públicamente en al menos un par de ocasiones la dirigencia del diputado federal con licencia, Pérez Magaña. La intención de éstos inconformes es clara: están comenzando a calentar el terreno, para que una vez que el priismo abandone el poder gubernamental estatal, sean otros personajes, más poderosos y con mayor conocimiento del medio al que pretenden acceder, quienes terminen de ejecutar la labor que ellos ya iniciaron. Para nutrir las descalificaciones, acusan a la dirigencia estatal de todo tipo de cuestiones, que van desde la ilegalidad de su nombramiento, hasta su ilegitimidad como dirigencia partidista.

Algo es cierto en todo esto: ninguno de los últimos seis dirigentes tricolores anteriores (Mafud, Jorge González, Héctor Pablo Ramírez, Heliodoro Díaz, Jorge Franco, y Adolfo Toledo) tuvo ni un tercio de la legitimidad que tiene el diputado Pérez frente a los militantes, simpatizantes y estructura priista. Ninguno de ellos pudo, ni podrá jamás, obtener 600 mil votos en unos comicios tan competidos como los de julio pasado.

RIESGO REAL

Si esa legitimidad es real y comprobable, ¿entonces por qué la validez del cuestionamiento y, sobre todo, por qué el riesgo real de que, en efecto, pueda ser tambaleado y eventualmente derrocado? La debilidad del diputado Pérez Magaña, radica justamente en su ánimo por no moverse, ni hacer algo por desmarcarse de quienes lo tienen copado, y le han dado una imagen repugnante a su partido y al gobierno del que emanaron. Esa es la misma razón por la que perdió los comicios. Al no moverse, ni dar golpes de timón, ni demostrar que él no es parte —porque quizá sí lo sea— de las prácticas inconfesables y antidemocráticas que los detractores de su liderazgo le achacan a sus hombres cercanos, es el propio ex Candidato a Gobernador quien da las pautas para ser golpeado, cuestionado y señalado políticamente. Por si algo faltara, quienes tratan de defenestrarlo, no entienden que, derrocándolo, remediarían nada menos que una “ilegalidad”… con otra.

 

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