Candidaturas ciudadanas: ¿dejaremos que partidos las colonicen?

Jaime Rodríguez Calderón

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Las candidaturas independientes a cargos de elección popular son un hito en el escenario político actual de nuestro país, y por eso los ciudadanos debemos defender con todo denuedo su intención y su importancia. En Nuevo León existe una primera expresión importante de la competitividad de una candidatura independiente, y por eso dicha figura política será de particular atractivo para los partidos políticos. Si no cuidamos, desde la ciudadanía, a las candidaturas independientes, pronto serán colonizadas —y anuladas— por la partidocracia.

En efecto, el candidato independiente de Nuevo León, Jaime Rodríguez Calderón, es el primero que logra convertirse en un potencial gobernante surgido desde fuera de los partidos. Ex priista, Rodríguez Calderón reunió los requisitos para acceder a una candidatura independiente, que al inicio no le hacía ninguna mella a la candidata del PRI, Ivonne Álvarez, que se sentía segura en el triunfo.

Hace tres semanas, cuando los tricolores repararon en el crecimiento de Rodríguez como candidato, e iniciaron una fuerte campaña de guerra sucia en su contra. Intentaron exhibirlo como mentiroso y corrupto… en un escenario en el que lo único que estaban haciendo era tratar de bajarlo al nivel de la reputación que tienen los candidatos de los partidos políticos. ¿El resultado? Una mella menor, que no sólo no lo bajó de la contienda, sino que lo relanzó a tal grado que ya otro candidato (Fernando Elizondo, de Movimiento Ciudadano) declinó a su favor, con lo que ahora sí se abren las posibilidades de que gane los comicios y se convierta en Gobernador.

Todo esto, tiene mucho de significativo, y rebasa a la persona de Rodríguez Calderón. Es decir, que las mayores expectativas de la ciudadanía en la primera candidatura independiente que puede llegar a ganar unos comicios, no debiera centrarse en la persona del llamado Bronco. No es aún posible saber qué tan buen gobernante será, o si será un demagogo como lo han sido otros en el contexto de que son populares pero ineficaces, o incluso si se convertirá en un estruendoso fracaso como en su tiempo lo fue Vicente Fox, que llegó con una legitimidad afianzada y la perdió cuando se reveló su extravío mental y su incapacidad como figura de gobierno.

Por eso, más bien lo que debemos buscar es la defensa de las candidaturas independientes, como una forma de expresión política auténtica que rompe con el monopolio del acceso al poder público, que hasta hace muy poco tiempo tenían los partidos políticos. Aunque esto último suena a lugar común, es trascendental que los partidos hayan finalmente abierto el abanico del acceso al poder, que tuvieron en posesión durante décadas. No era posible pensar si quiera en convertirse en candidato a algún cargo de elección popular si antes no se contaba con el respaldo de una fuerza política, que irremediablemente terminaba alineando a la persona a los intereses del partido.

¿Cuántas veces no vimos a hombres de la vida cultural, académica, social y científica del país —que se supone que eran ciudadanos invitados por las fuerzas políticas a integrar y enriquecer la labor pública—, o convertirse en defensores a ultranza de los intereses de su partido, o rebelarse a las decisiones tomadas desde la cúpula partidista, pero terminar siendo expulsado no del partido o del cargo, sino del futuro político porque finalmente la partidocracia no acepta mentes libres o personas con convicciones, sino que por lo general demanda lealtades absolutas e inopinadas, e individuos con amplia capacidad de ejercer sus cargos con pragmatismo.

A DEFENDER LAS CANDIDATURAS INDEPENDIENTES

En ese contexto, el éxito —quién sabe si triunfo en los comicios, pero hasta ahora éxito— de la candidatura del Bronco, irremediablemente va a generar al interior de los partidos, la búsqueda de lobos con piel de oveja. Rodríguez Calderón no alcanza a serlo, pero nadie duda que dentro de poco tiempo surjan personajes que desde los partidos políticos busquen “colonizar” las candidaturas independientes para ponerlas, como una vía alterna, a favor de los intereses de la partidocracia.

No es extraño que algo así pueda pasar, porque finalmente no es orgullo ni honradez lo que está en juego, sino grandes capitales políticos y económicos, así como el elemental mecanismo de control a través de estructuras, que las fuerzas políticas buscan siempre tener a través de los gobiernos, como una forma simbólica del poder que tienen dentro de un territorio controlado.

Por eso, frente a un candidato independiente, que buscaría ejercer el poder al margen de las lealtades y los intereses de los partidos, y que buscaría implantar una lógica distinta dentro de la relación del poder con los momentos electorales, los partidos finalmente buscarán hacerse de esos espacios para ponerlos a su servicio. Frente a eso, a los ciudadanos no nos queda más que defender las candidaturas independientes, y sólo avalar a quienes verdaderamente tengan una intención relacionada con servir a la ciudadanía, antes que a los partidos.

No hay otra forma de presionar a que eso pase, por un lado demandándole —con votos en contra— a los partidos que eliminen el encono y la división que siempre tratan de sembrar en la ciudadanía para desalentar la participación ciudadana; y por el otro respaldando sólo a las verdaderas candidaturas ciudadanas que den certidumbre de que no terminarán convertidos en satélites al servicio —o como verdaderas comparsas— de los partidos políticos.

Eso es muy importante. La ciudadanía ya no tiene por qué necesariamente soportar la situación de tener que elegir a un partido, o anular su voto. Pero esa defensa vigorosa no puede darse más que de la forma conocida y legal: es decir, rechazando las malas prácticas de los partidos, y alentando la participación de la ciudadanía cuando pueda darse. Algo fundamental es rechazar a los mimetizados que buscarán colonizar y anular las candidaturas ciudadanas. Se puede hacer, no vendiendo la firma de respaldo, no votando por ellos, y no alentando un vicio que sólo le hará más daño —y le causará más desilusión— al ya de por sí lastimado sistema democrático de nuestro país.

AQUÍ NO HAY

Es lamentable, pero en Oaxaca no existen aún esas expresiones de ciudadanía que ya quisiéramos ver. Mientras, habrá que ver si alguno de los candidatos rescata un poco de la dignidad e inteligencia con que se deben hacer propuestas en una campaña. Aunque no estamos seguros que pase.