1-J: histórica lección de civilidad, y un decisivo triunfo de la ciudadanía en México

Al margen del resultado electoral, ayer la ciudadanía en México dio una portentosa lección de civilidad y congruencia, al acudir a las urnas y dejarle claro al régimen de partidos que no había forma de incidir en el resultado electoral por encima de lo que la mayoría dictara. Por eso, hubo un resultado concreto y visible en la elección presidencial, y por esa razón apenas pasadas las veinte horas de anoche, todos los contendientes habían salido a reconocer la tendencia a favor de Andrés Manuel López Obrador, atajando con ello cualquier viso de inestabilidad, de los muchos que se vislumbraban. A reserva de ir desmenuzando la compleja jornada electoral del 1 de julio, van los primeros apuntes.

  1. Participación de la ciudadanía. No ocurrió ninguno de los escenarios de violencia que se preveían. Al menos Oaxaca, ha sido siempre un espacio complejo en el que las efervescencias se llevan al límite. Lamentablemente, en esta ocasión hubo varios muertos y diversos ataques armados en contra de candidatos a cargos de elección popular. Ello hacía posible un escenario de mayor violencia el día de la jornada electoral.
  2. Actos violentos, aislados. Quedó claro, sin embargo, que una cosa es la violencia que se ejerce entre grupos de poder y al interior de los partidos o las facciones políticas, y que otra muy distinta es el ejercicio democrático entre los ciudadanos. Pues salvo algunos hechos aislados —como el que se reportaba en Santa Cruz Xoxocotlán pasadas las 21 horas, en donde habría ocurrido un intento de robo de urnas—, la jornada electoral transcurrió en calma a partir de que hubo mucha gente que salió a votar, y que lo hizo en paz y civilizadamente, como muchos no lo habrían considerado apenas unos días antes. Esa participación de la gente de a pie yendo a votar, atajó cualquier posibilidad de violencia que sí se había considerado como posible.
  3. Resultado consistente. Era fundamental un resultado que no dejara dudas sobre el triunfo. Había mucha polarización, en gran medida provocada por el enojo de quienes se habían sentido despojados en dos ocasiones consecutivas de la Presidencia de la República —hay razones concretas para pensar que sí, en 2006; pero no en 2012, cuando también hubo un resultado consistente a favor de Enrique Peña Nieto—, pero también por quienes veían en Andrés Manuel López Obrador un peligro para México, y así lo expresaban de forma tajante. Al final, esa polarización sólo habría de quedar zanjada con un resultado indiscutible. A partir de hoy será tarea de quien ganó, de López Obrador —y que sus simpatizantes lo respalden—, la labor de impulsar el proceso de reconciliación del país. Sin ese elemento, será imposible que pueda gobernar democráticamente como todos —los que comulgan con su causa, y los que no— lo esperamos.
  4. Votación plural. Los sondeos que se presentaban en las primeras horas de anoche, daban cuenta de un Congreso dividido. Ello será indispensable para generar el escenario de contrapesos que necesita el país frente a una Presidencia fuerte. Ni Vicente Fox en el año 2000, ni Peña Nieto en 2012, ganaron con ese margen tan cómodo sobre sus adversarios, como lo hizo anoche López Obrador sobre José Antonio Meade Kuribreña y Ricardo Anaya Cortés. La amplia victoria morenista en la Presidencia de la República, debía ser contrastada con un Congreso plural que frene al próximo Titular del Ejecutivo, y lo obligue a los consensos que no existirían de hacerse de una mayoría absoluta en las cámaras legislativas federales. Aunque eso puede ser tomado como un freno al proyecto de López Obrador, la pluralidad de fuerzas políticas es algo que no deja de ser saludable para la democracia.
  5. La civilidad demostrada por los partidos y sus candidatos, son consecuencia de la actitud de la ciudadanía. Millones de mexicanos salieron a votar en paz y decididamente, y una actitud distinta por parte de los institutos políticos o los aspirantes presidenciales derrotados, sería contrastante y contraria al sentido democrático con el que la gente salió a votar. Este elemento vale la pena remarcarlo: ayer domingo fue un día como cualquier otro. Había gente en las calles, personas abriendo su negocio o yendo a trabajar con normalidad. Hubo niños y familias en los parques y las mismas actividades cotidianas de cualquier domingo. Esa normalidad reflejó la valentía de la gente, que vio el día de la jornada como uno más, en el que tenía que acudir a cumplir con un deber cívico pero sin romper la rutina por miedo, incertidumbre o perspectiva de que algo inusual iba a ocurrir. No ocurrió en la gente; tampoco en los partidos. Y qué bueno, porque ese fue uno de los verdaderos triunfos históricos de la jornada de ayer.
  6. Reconocimiento de los resultados. Qué bueno que minutos después de abierto el espacio para los pronunciamientos públicos, luego de la jornada electoral, todos salieron a reconocer el resultado porque con eso no sólo le dieron certidumbre a las élites y los mercados, sino que sobre todo, con eso proscribieron cualquier posibilidad de violencia e incertidumbre, que en el fondo era lo que más le preocupaba a millones de mexicanos independientemente del resultado de los comicios.
  7. Ponderar las coincidencias. Propios y extraños, comenzando por los abanderados presidenciales derrotados, salieron a reconocer que la mayor coincidencia en esta elección es México. Qué bueno, y ojalá eso mismo lo reconozca siempre el candidato ganador. Nunca más que ahora es visible —y doloroso— aquel lugar común que dice que México ya no aguanta más. Es tan cierto como el resultado electoral. Por esa razón, ahora como nunca habrá que ponderar permanentemente las formas y establecer coordenadas muy claras de qué país queremos y cómo debemos construirlo en los siguientes años, poniendo quizá como punto de referencia esta decisión democrática tomada ayer domingo en las urnas.
  8. Oposición racional. Los mexicanos debemos exigir eso: unas fuerzas opositoras capaces de construir desde la derrota. Será una mezquindad volver a esa oposición condescendiente —la que existió hasta pocos años antes del fin del régimen de partido hegemónico—, o a la oposición irracional de la primera alternancia de partidos —del 2000 al 2012— en el poder presidencial. Necesitamos todos —ganadores y perdedores, además de la ciudadanía— una oposición que equilibre y construya. Tener sirvientes del poder, o fanáticos del “no”, será tanto como no haber aprendido la lección de esta tercera alternancia. Se puede construir también el país desde la oposición. Las fuerzas derrotadas deben pensar y ponderar al país, a México, más allá de la siguiente elección, para demostrar una verdadera actitud constructiva a favor del país.