Aurelio Ramos Méndez
Los concesionarios de radio y televisión intentan seguir recogiendo dinero a paladas, mediante la patraña de disfrazar como información y libre opinión periodística la publicidad, y asimismo –su jugada más ambiciosa, que los confabula con la oposición política– tratar de forzar un cambio de régimen que les permita a los conchabados reinstalarse en el gobierno con el fin de… seguir ganando dinero a carretadas.
Estos dos propósitos –disfrazar la publicidad y contribuir a desplazar la 4T– son los combustibles esenciales de la alharaca configurada por los barones de la radiodifusión, vía sus empleados mediáticos más conspicuos, alrededor del proyecto de Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias, presentado por la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRE)
En dichos lineamientos no existe resquicio para la censura. Así lo han establecido de manera pública y con claridad no sólo la presidenta Sheinbaum, algunos medios y opinadores, los legisladores más compenetrados en el tema y dirigentes del partido en el gobierno, sino además los popes de la comunicación y hasta los bifrontes concesionarios –una cara que apoya, otra que deturpa–, pero la aspaventosa estridencia nomás no cede.
Visto por encima parecería que el periodismo en medios electrónicos ya no es negocio, pues algunas empresas se aprestan a bajar la cortina. Aristegui Noticias acaba de despedir a 10 trabajadores y MVS ha empezado a dar sus últimas boqueadas. Error de apreciación.
En un ámbito en que no sólo políticos y funcionarios –alcaldes, gobernadores, diputados, senadores, candidatos, aspirantes a candidatos, outsaiders, dirigentes de partidos—y empresarios, industriales, comerciantes, financieros, e incluso “periodistas” compran tiempo en noticiarios y programas de entretenimiento para monetizar su trabajo, estos aún son rentables.
Sin hablar de la llave maestra que la posesión de un medio de comunicación significa para acceder a regios contratos de ejecución de obras o prestación de servicios distintos del periodismo, de manera directa con el gobierno o en áreas reguladas por éste.
Para la preparación de un buen sancocho de publicidad e “información” resulta vital el absoluto control del medio –¡qué códigos de ética, defensores, reguladores, empleados perspicaces ni que ocho cuartos!– por el posesionario.
Ejemplo de la indispensable y total permisividad que se requiere lo dio en 2021 el inefable Ricardo Salinas Pliego, al recordar entre burlas y soberbia –el video está en Internet– sus inicios en el control de la corporación radiotelevisiva que obtuvo del salinato a precio de ganga, y que pagó gracias a un mega préstamo –sin más garantía que su palabra– del narcohermano presidencial Raúl Salinas de Gortari:
“Me acuerdo de Aristegui y (Javier) Solorzano. Esos son los primeros que corrí, ¡caray! –¡Adióoos!– Desde entonces me ama Aristegui ¡Me ama! Si no, no tendría cliente a quien jeringar…
“Los tuve que despedir porque estaban agarrando pal monte y yo no iba a dejar que me comprometieran a mí y mi proyecto con sus opiniones. Yo me comprometo con las mías”.
Así le dijo a Pati Chapoy y, a renglón seguido, ofreció acabado ejemplo de tolerancia y repulsión al autoritarismo y el pensamiento único:
“Y nosotros hemos tenido siempre una línea editorial perfectamente articulada. Somos liberales, creemos en la libertad, en la iniciativa privada, y el que no comulgue con eso ¡pues que se vaya para otro lado, y ya!”.
Aleccionadora confesión ésta que debe registrar con todo detalle el hoy desempleado Luis Cárdenas, su muy probable próximo recluta.
En la gritería contra las directrices se ha apelotonado, al lado de la cuadrilla de Salinas Pliego –el más notable cruzado contra los lineamientos–, lo más granado de la comentocracia: Loret, Joaquín, Riva Palacio, Sarmiento, Ciro, Jorge Fernández, Marín, Castañeda, Aguilar Camín, Carreño Carlón, entre otros próceres. Más una nutrida fauna de acompañamiento y un coro de voces que no saben ni a qué le gritan.
El artículo 250 de la Ley en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión y el proyecto de lineamientos establecen la obligación de los concesionarios de facilitar elementos para diferenciar entre información noticiosa y opinión, susceptibles de ser valorados en caso de impugnación vía el derecho de réplica.
En plana blanca, eso no significa que los periodistas propensos a editorializar en forma indebida ya no podrán hacer sus intragables cocteles de información y opinión, sino simplemente que de algún modo deberán separar cada género, o atenerse no a la revocación de la concesión, multa, cárcel, destierro o pena infamante, sino apenas a una “recomendación” ética. De esas que, ¡viva la autorregulación!, podrán coleccionar hasta formar con ellas una alta pila sobre su mesa de trabajo.
Sorprende que, así y todo, expertos en el tema de la comunicación se afanan en enmarañar el punto con el argumento de que “es imposible” tal separación, ya que “todo comunicador y todos los medios tienen sesgos, enfoques, contextos e intenciones que trasladan a las noticias”.
Argumento éste esencialmente cierto, pues la objetividad no existe, aunque oculta que sí puede existir un acercamiento intelectualmente honesto a la verdad y la realidad: “El cielo es azul”. Punto. No como Lupercio de Argensola dijo –en efecto sin mentir—hace casi 500 años: “Porque ese cielo azul que todos vemos, no es cielo ni es azul”.
De dientes para afuera los concesionarios respaldan los lineamientos, mas, en realidad, se oponen a la totalidad del proyecto. Pero lo que les causa urticaria es la obligación de separar y especificar el contenido de la publicidad. Ven en peligro su mina de oro.
Alguien debería aconsejarles que desmonten su mitote, no hay nada de qué preocuparse.
BRASAS
“Una filtración llega a la opinión pública, cuando no hay documento de por medio, tras varios controles, como la corroboración de la información de manera independiente o, en casos extremos, el nivel y calidad de la fuente”. Esto escribió, axiomático, el veterano columnista y autor de manuales sobre periodismo, Raymundo Riva Palacio, sólo 24 horas antes de que fuese rotundamente desmentido por la secretaría de Gobernación.
Lo dijo el lunes (3), al ilustrar la utilidad de las filtraciones mediante el reversazo a que el Financial Times obligó en los negocios de la parentela de Trump y la FIFA, algo que –sostuvo– no hubiera sido factible de regir el proyecto de lineamientos sobre derecho de las audiencias.
Como no hubieran podido ser posibles –añadió—otros muchos casos de grandes asuntos periodísticos detonados por filtraciones. El caso Watergate, por ejemplo.
Al día siguiente (4) este comunicador, quien a diario –¡a diario!—les administra a sus audiencias trascendidos de muy, muy alto nivel, publicó que la presidenta Sheinbaum “le pidió recientemente” a su coordinador de asesores, Jesús Ramírez Cuevas, “que se sume a la estrategia de apoyo jurídico por parte del gobierno a (Israel) Vallarta”, el presunto secuestrador que pasó veinte años en la cárcel y fue exonerado.
Escribió, además, asociando tácitamente ambos hechos: “Vallarta dijo durante un reciente foro organizado y encabezado por la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, que preparaba las demandas por daño moral” contra Loret y Ciro Gómez Leyva.
“Pero la anomalía que envuelve su iniciativa (de Vallarta) es la disposición presidencial para que lo respalden jurídicamente”, insistió el colaborador de El Financiero.
Mediante un comunicado oficial la Segob afirmó que es “falso que ese foro se haya organizado, contemplado o formado parte de la agenda de la Secretaría de Gobernación”.
Que la titular de esta dependencia “no ha ‘organizado’, ‘encabezado’ ni participado en ningún foro o reunión pública o privada con el señor Israel Vallarta”.
Y, “se desmiente de manera categórica cualquier apoyo institucional, ‘instrucción presidencial’ o participación” de la Segob o su titular “en la organización de foros o respaldo jurídico a demandas particulares o estrategia dirigida contra persona alguna”.
El periodista no aportó en su descargo ni una prueba. Dejó revoloteando las dudas sobre el nivel y calidad de su fuente y con cuantas fuentes corroboró de manera independiente el retazo de información que le lanzaron.
Filtraciones, las de Garganta Profunda a Bob Woodward; los de Riva Palacio son chismes.
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¿En qué momento el periodismo pasó de atestiguar, registrar y reportar la realidad a ser el actor principal en el proceso informativo y de la comunicación en general? ¡Vaya usted a saber! Pero el caso es que ahora vemos toda suerte de sinsentidos en aras del ánimo de figuración.
El más reciente episodio de este género lo ofreció el viernes el periodista Luis Cárdenas, quien concluyó su ciclo –así dijo, con cautivante originalidad—de 16 años en ese medio.
Se despidió de su audiencia con una alocución ditirámbica y a la vez críptica y tremendista, de agradecimiento y lealtad eternos a los integrantes de la familia Vargas, hoy sus expatrones, de quienes sólo tuvo –dijo—la más absoluta libertad para desempeñar su trabajo. “Aquí, en MVS, ¡nunca, jamás recibí una instrucción para dejar de ser libre!”.
De inicio, sin embargo, expresó que “no estamos viviendo buenos tiempos para la libertad de expresión ni la democracia en México”, pues “aquí, en este país, hay miedo de hablar, de opinar e informar”, y “aquí hay periodistas amenazados, intimidados, perseguidos, demandados, desplazados, secuestrados y hasta asesinados”.
Luego dijo que, justo por esta realidad, “yo quiero ser completamente sincero en esta mañana”. No lo fue.
“Me voy de MVS noticias no por una amenaza. ¡Nadie, nadie pidió mi cabeza! Nadie ofreció mi cabeza en bandeja de plata. Para mi hoy sería muy fácil convertirme en mártir; pero, ¿sabes qué?, también sería muy ruin”.
En ese tono y por ese camino, Cárdenas dejó la impresión de que su circunstancia es absolutamente singular –¡suertudote!–, pues en un país donde los periodistas “a diario se juegan la vida”, él disfrutó de una libertad sin límites.
Está en deuda ahora este comunicador de, en verdad, ser “completamente sincero” y, sin dobleces, revelar las causas reales de su salida de la empresa radiotelevisiva. Porque si bien se dijo fervoroso defensor de la libertad de expresión, también lo es –afirmó– de la libertad de empresa.
Y apuntó que “cuando dos caminos dejan de coincidir no necesariamente tiene que haber un malo de la película”, sino que, simplemente, “toman caminos separados”. Lo cual suena a despido laboral.
¿Hay gato encerrado? ¡Averígüelo, Vargas! El caso es que el tremendista Cárdenas cerró su inconsistente perorata con una expresión inverosímil: “Neta, los ciclos terminan”.
RESCOLDOS
Más de mentirosos contumaces. El empresario, ex funcionario federal y escurridizo prófugo de la justicia, Simón Levy, fue desmentido de manera tajante por la embajada de Estados Unidos. En redes publicó lo siguiente: “Comparto el proemio de la orden de aprehensión internacional contra Adán Augusto López Hernández emitida por el Departamento de Justicia de Estados Unidos que ya tiene conocimiento Claudia Sheinbaum y él mismo”. La embajada publicó una captura de pantalla de este mensaje, con el lacónico pero merecido zurriagazo: “Esta información es falsa”. Allá quien siga creyendo los bulos de este despreciable personaje…
Como búmeran le rebotó a Sergio Sarmiento su sinceramiento de hace un cuarto de siglo: “Los medios muchas veces mentimos… A veces adrede y a veces por otro tipo de razones, por supuesto”. Ya no siente lo duro sino lo tupido. Aunque debe reconocérsele que necio, sí es. Se refugió en la supuesta sacada de contexto y el paso del tiempo, solo que aun como dicho suelto, sin explicaciones sobre la falacia involuntaria o la inducción al error, su frase es clarísima. Resta que expliquen, él y quienes lo han defendido, si es dinero lo que hay detrás de las mentiras de los medios, ya sean éstas deliberadas o “por otras razones…”.
aurelio.contrafuego@gmail.com
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