PRI: su elección es una unificación… imposible

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+ Reprobados todos, en su primera campaña real

 

Si el proceso para elegir al nuevo dirigente del Partido Acción Nacional en Oaxaca representa un reto mayor para su militancia, lo que viene para el Partido Revolucionario Institucional es aún mucho más complejo. Recién terminada la campaña proselitista determinante, para el priismo oaxaqueño quedaron claras al menos dos cuestiones: primera, que su primera organización de campañas fue desastrosa. Y segunda, que están tan pulverizados y confrontados, que la posibilidad de existencia de un líder aglutinante, es prácticamente imposible.

¿Por qué hablamos, en primer término, de “su primera organización de campañas”? Porque, de acuerdo con los hechos —y con sus propios antecedentes—, siempre había sido el gobierno estatal quien había organizado y financiado las campañas. Y no sólo eso, también el Ejecutivo Estatal, en su calidad de “el primer priista del Estado”, era quien establecía el orden dentro del partido y también definía, en el ejercicio de una singular democracia, quiénes serían los próximos candidatos a cargos públicos, quiénes serían sus coordinadores de campaña, qué instancias serían las financiadoras de cada uno de los abanderados, y quiénes fungirían como dirigentes y operadores partidarios.

Todo eso determinaba la existencia de una pesada maquinaria electoral, que era la que hacía funcionar el éxito del priismo como fuerza partidista. Sólo hasta las últimas campañas, los candidatos fueron quienes comenzaron a ponerle dinero al proselitismo. Pero antes de la última década, era exclusivamente el Gobierno del Estado quien suministraba los recursos económicos para aceitar la maquinaria electoral del tricolor.

Por eso, en aquellos tiempos había un orden establecido no en la militancia partidista ni en la identidad con el proyecto político del candidato, sino que todo esto se encontraba determinado en gran medida por el orden jerárquico que implicaba el hecho de haber sido mandados, todos, por el Jefe Político que era al mismo tiempo el Gobernador del Estado, y de depender todos de una cadena de mando y obediencia determinada por empleos, recursos económicos, prebendas y canonjías entregadas desde la administración estatal.

Sin embargo, con la pérdida del poder gubernamental, todo eso se acabó; eso fue lo que, en un primer momento, trataron de minimizar los dirigentes priistas derrotados. En 2010, luego de ser vencidos en las urnas, los líderes priistas, comenzando por el entonces gobernador Ulises Ruiz Ortiz, se decían “satisfechos” por haber obtenido la votación más alta de la historia del priismo oaxaqueño, y aseguraban que en eso se fundamentaría la recuperación del poder en los procesos electorales siguientes. Se autoengañaban, o trataban de engañar a los demás, diciendo que su votación dura estaría incólume, y que podrían continuar teniendo un trabajo eficaz ahora como fuerza de oposición.

Los resultados electorales hablan de lo contrario. En la última campaña proselitista, los priistas que aparecieron como dirigentes partidarios, como coordinadores de campaña y como candidatos, se abstuvieron de arriesgar sus capitales económicos en aras de sus respectivos proyectos políticos; decidieron tampoco arriesgar trabajo y tiempo en aras de causas y candidatos con los que no concordaban; y todos se desentendieron de lo que debían de ser los pilares del trabajo territorial, de promoción del voto y de manutención del voto duro.

Y por esa razón, ya cuando estuvieron solos —y no contaron ni con el respaldo político, ni con la logística, ni con los recursos económicos, ni con el orden y la fuerza coactiva que daba la existencia del Jefe Político y el Gobierno del Estado—, demostraron que simplemente no saben hacer campañas políticas, que no saben estar en orden, que no saben trabajar en coordinación real, y que, por ende, su patético resultado electoral se explica en gran medida en sus propias razones y deficiencias, más que en los efectos de los otros candidatos presidenciales, o en los recursos o compra de votos de sus adversarios políticos directos.

 

¿LIDERAZGO GENERAL?

El otro de los factores es no menos importantes: esta campaña demostró que el priismo está tan pulverizado, confrontado y receloso, que es imposible que hoy exista algún viso de orden o de aglutinación en torno a un proyecto político. Éste último no existe, como tampoco se tiene clara la visión del triunfo y la competitividad, y mucho menos se termina de entender que el priismo no debe terminarse con éstas campañas, sino que más bien tiene que construir los escenarios de lo que será su primera elección plebiscitaria directa a su desempeño y presencia en el Estado.

En estas condiciones, un líder absoluto es imposible. Por eso tienen razón quienes sostienen que la única alternativa posible del priismo oaxaqueño radica en la posibilidad del surgimiento de una fuerza de algún modo hegemónica, que aglutine no a todos los intereses o causas del priismo (porque queda claro que eso no ocurrirá), sino más bien que logre consensar intereses y causas con la mayoría de los grupos priistas determinantes.

Haciendo eso, habrá hecho ya mucho más de lo que hasta ahora han podido hacer los priistas locales que se quedaron con el partido, y que han demostrado que no son sino menores de edad sin capacidad para regirse, para tener una visión amplia de partido, y para poder conducir la causa priista en estos nuevos tiempos.

El problema es que hasta hoy ese priismo aglutinante no existe. La convivencia del priismo es un “todos contra todos”, que lamentablemente se agravará conforme pasen las semanas y los meses, y que podría tener su clímax, cuando unos y otros pretendan obtener espacios en el gobierno federal tratando de valerse de una posición o ascendencia partidista en Oaxaca, que en realidad no existe, y que por tanto sería imposible de tratar de hacer pasar por válida.

 

DEBILIDAD CRÍTICA

Nadie en ese partido entiende que su debilidad política es tan profunda, que por esa razón sus adversarios políticos se atreven, con toda libertad, hasta a encarcelar y perseguir judicialmente a sus principales líderes representativos. La situación que enfrenta la líder femenil del PRI, Maritza Escarlet Vásquez Guerra es preocupante no sólo por los cargos que enfrenta, sino porque no parece haber articulación de parte del partido que representa para también dar la cara por ella. Eso debe valorarlo el priismo. Porque muchos no quieren ver su situación real de debilidad. Y al final, se engañan solos.

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