A la mitad de la campaña, ¿cuál es el signo distintivo?

Candidatos

+ Promoción de la vida vida democrática, está olvidada


Estamos a casi la mitad de la campaña electoral en Oaxaca, y parece que ya todos olvidamos para qué existen los periodos de proselitismo electoral. Al estar tan acostumbrados a pensar, y aceptar, que las campañas son el marco de entretenimiento rumbo a la jornada electoral, y que también son el preámbulo para la realización de los actos definitorios de la elección (compra de votos, movilización de votantes o coacción; todos, elementos propios del “fraude electoral”), olvidamos que la base teórica de cualquier campaña política es la promoción de la vida democrática. Eso está fuera de nuestro radar. Por eso terminamos aceptando un proselitismo tan ramplón y anodino como el que ahora mismo ocurre en Oaxaca.

En efecto, dentro de dos días llegaremos a la mitad de las campañas, y si hubiera que pensar en un signo distintivo de ellas, éste sería la desconexión entre el ciudadano y la clase política que lucha por renovar el poder. Es claro que hasta ahora ninguno de los candidatos ha logrado generar una conexión específica con los problemas de la gente, y que hasta ahora las campañas se han desarrollado en el único marco de la lucha política entre grupos de poder. Ninguno de ellos ha logrado pasar de las propuestas generales, y de los lugares comunes, en un escenario en el que pareciera que los candidatos se esfuerzan por ofrecer lo que la gente no quiere escuchar.

Ello queda claro cuando las campañas han pasado por todos los temas que habrían de existir en cualquier agenda política, pero con un contenido que más bien pareciera ser de principiantes, o de relleno. Efectivamente, se ha hablado de pobreza, de marginación, de salud, educación o productividad, como temas por los que necesariamente tiene que pasar una campaña, pero sin esbozar hasta el momento el más mínimo conocimiento real de los problemas que día a día enfrentan las personas.

Pareciera urgente, entonces, pasar de las generalidades a lo específico, y de lo que los candidatos creen a lo que es en realidad, para evitar seguir corriendo el riesgo de que la nota distintiva de las campañas siga siendo la desconexión entre quien habla, y quien no tiene despierto ningún interés en escuchar. Pues no se puede creer que una campaña electoral sea entonces una simple farsa en la que se hace como que se habla, y se lleva a gente para que haga como que escucha y se interesa, y entonces todo termine en un diálogo de sordos en el que no hay propuesta, no hay eco al sentir ciudadano, y no surgen las conexiones entre quien aspira a gobernar y quien será el supuesto destinatario de ese gobierno.

CAMPAÑAS SORDAS

Acaso, una de las particularidades que ha tenido hasta ahora el periodo de campañas de Gobernador en Oaxaca, ha sido que prácticamente todas las labores proselitistas relevantes han sido enfocadas a una competencia negativa entre los aspirantes y sus partidos. Al margen de los colores partidistas, prácticamente todos se han dedicado a tratar de descalificar y exhibir a sus adversarios frente al electorado, como si ese fuera un factor relevante de suma para los comicios. Lo único que ha quedado claro es que en realidad esos métodos de campaña han servido para esa competencia particular entre ellos, pero que no ha sido un factor de relevancia para las personas en general y para los problemas que enfrentan.

En esa lógica, si sumamos que, por un lado, la campaña formal no ha pasado más que por los temas obligados y los lugares comunes; y que, por el otro, los partidos y sus candidatos han estado mucho más preocupados por la campaña entre ellos, que por generar identidad y propuestas con la ciudadanía, el resultado es un periodo de tiempo perdido, porque no ha servido para alentar entre la ciudadanía a que participe en el proceso democrático, y porque tampoco ha sido eficaz en la labor de generar propuestas para la atención de los problemas de la gente.

Frente a todo eso, hay una variable que en poco tiempo podría hacer cambiar las cosas: al inicio de esta semana arrancaron las campañas a las diputaciones locales, y el martes próximo iniciará el proselitismo para la renovación de las autoridades locales. Esa sola circunstancia —las campañas municipales, en particular— obligarán a los candidatos a la gubernatura a dejar sus agendas particulares para compartir su campaña con el trabajo y las propuestas que se pudieran generar desde las campañas a las presidencias municipales.

Esa sería la última oportunidad que tendrían, todos, de hacer que las campañas prendan y generen cierta identidad con las personas en general, a las que les preocupa que los problemas que enfrentan sean resueltos, y no —por ejemplo— cuál es el origen, los antecedentes, o las lealtades políticas o partidarias de tal o cuál candidato a Gobernador.

DAÑO A LA DEMOCRACIA

En el fondo es clara y preocupante una situación: los partidos y sus candidatos no están promoviendo eficazmente la participación de la ciudadanía en la vida democrática del estado. Esa falla —quizá deliberada— alimenta la indolencia de la ciudadanía frente a los procesos electorales. Y aunque ese es el escenario perfecto para que gane quien logre la mejor movilización y compra de votos, en realidad es la continuación al daño permanente —quizá irreparable— de nuestra pingüe y descolorida democracia representativa.