Nochixtlán no fue estrategia de nadie: fue un desastre para todos

Nochixtlán

+ Ni alguno de los grupos locales, ni Federación, sacó una ganancia


A lo largo de los casi 75 días que han pasado desde el desastre de Nochixtlán, han corrido innumerables versiones sobre el origen de esta tragedia, sobre el supuesto móvil de los hechos, sobre las motivaciones políticas que habrían generado el enfrentamiento, y sobre la “ganancia” que alguno de esos grupos obtendría de este clima de incertidumbre. A una distancia razonable, puede verse que ningún cálculo posible puede hoy darse por válido, y que por más que algún grupo político haya querido beneficiarse, esto pudiera hoy verse como algo posible.

En efecto, Nochixtlán el 19 de junio fue una cadena incalculable de errores y desgracias, que no puede entenderse sin la combinación de la dejadez y la ineptitud de todos los que participaron en la planeación y ejecución del operativo. A la luz de los hechos, queda claro que no hubo orquestadores oscuros ni planeaciones perversas. Todo fue producto de una terrible combinación de circunstancias que, al final, terminaron alcanzando a todos, y desmontando cualquier teoría posible relacionada con un complot o una “planeación política” de corto, mediano o largo plazo. Cualquier teoría posible cae por su propio peso, y sólo hace falta revisar los escenarios para comprobarlo.

Por ejemplo, hubo quien dijo que Nochixtlán era producto de una planeación federal para “exterminar” al magisterio de la Sección 22. Tal aseveración es tan inverosímil como los hechos mismos posteriores al 19 de junio. La Sección 22 no sólo no fue exterminada –ni por las maniobras políticas del gobierno federal ni por las balas de las corporaciones policiacas— sino que esa fue la vía por la que revivió políticamente la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que tenía por lo menos un año exigiendo diálogo con la federación, sin ningún resultado.

Hubo otra versión, que decía que esa era la “venganza” del gobierno estatal contra el gobierno federal priista, por la derrota electoral del siete de junio. Esto es hoy imposible de creer, porque nadie en su sano juicio se daría un disparo en cada pie sólo para parecer muy valiente. Los hechos del 19 de junio en Nochixtlán le generaron al gobierno estatal —y al régimen gobernante, en particular— la última gran ruptura con los grupos que aún eran sus aliados. Si el gobernador Gabino Cué ya tenía una relación distante con la Sección 22, por el enfrentamiento de Nochixtlán se rompieron las relaciones que quedaban.

Esto mismo ocurrió con otras organizaciones sociales —como la de Flavio Sosa, entre varias otras—, que fueron aliadas del gobierno estatal desde el inicio de la gestión pero que respaldaron a la 22 en sus acciones recientes, y que fueron señaladas directamente por el gobierno estatal como corresponsables de los hechos de violencia ocurridos en esa ocasión. El gobierno estatal, ahí, perdió a varios de los pocos aliados que le quedaban. Y por eso tampoco habría forma de que, por una acción premeditada, el gobierno estatal hubiera decidido haber pagado tal costo sólo para cobrarle una factura política al gobierno federal a través de la crisis magisterial.

NO HAY CÁLCULOS, SÓLO PÉRDIDAS

Hubo también quien comentó que la crisis magisterial del presente año era un ajuste de cuentas entre grupos políticos afines al régimen gobernante en Oaxaca. Muchas miradas apuntaron hacia Puebla y hacia el gobernador Rafael Moreno Valle, que habría invertido —vía su secretario de gobierno, el ex gobernador oaxaqueño Diódoro Carrasco— un importante capital a favor de José Antonio Estefan Garfias. Ante ello, ¿alguien que no tiene capacidad de maniobra nacional, puede generar un conflicto de tales dimensiones, cuando de antemano sabe que sus aspiraciones presidenciales son un simple sueño pero sin ningún futuro?

Incluso, en ese tenor hubo quien dijo que todo era una maniobra del gobierno electo para demostrarle a la ciudadanía la diferencia entre un gobierno desastroso —según, el actual— y un gobierno eficaz —según, el siguiente—. No hay forma sostenible de argumentar algo así. De nuevo: nadie incendiaría el estado sólo para llegar el 1 de diciembre con un extintor. Ya como gobernador, Alejandro Murat enfrentará en el asunto magisterial el mayor de sus problemas políticos y sociales, y a éste tendrá que dedicarle largos meses, o años de trabajo, al menos para tratar de recomponer una relación en la que hoy está involucrado ya no sólo el magisterio, sino toda la ciudadanía por todos los agravios sufridos en los últimos años. Así, resulta insostenible cualquier posibilidad de suponer que todo fue una treta de algún grupo local para generar percepciones. La próxima administración estatal dependerá en gran medida de la estabilidad del gobierno federal, y por eso resulta impensable que uno u otro pudieran haber generado una situación de esta naturaleza.

ESTULTICIA COMÚN

Por eso, lo único que queda en el fondo es la percepción clarísima de que sólo fue una terrible cadena de ineptitudes, mandos cruzados, errores y deficiencias operativas, las que generaron este desastre. Todos han perdido: el gobierno federal que no encuentra cómo manejar el problema; el gobierno estatal que fue rebasado por completo por esta situación; los grupos políticos que no tendrían ninguna ganancia de este desastre; ni el gobierno electo, que llegará a enfrentar los mismos problemas que su par saliente, con el añadido de que tendrá que cumplir sus promesas de campaña. Así, no hay forma de que esto fuera algo planeado. Y si lo fue, resultó un desastre.