Ante el temor al autoritarismo, la respuesta está en una sociedad civil crítica y demandante

Un posible triunfo de Andrés Manuel López Obrador no constituiría, en sí mismo, el pase a la construcción de un régimen autoritario en México. Del mismo modo, un potencial triunfo en la carrera presidencial del panista Ricardo Anaya Cortés, e incluso del priista ciudadano José Antonio Meade, tampoco significaría que están conjuradas todas las posibilidades de la instauración de un régimen. En realidad, cualquiera podría intentar ejercer excesivamente el poder presidencial. Pero hoy más que nunca dependerá de la ciudadanía, y de su actuación frente al poder público, para que eso no ocurra en México.

En efecto, en estos tiempos electorales hay una tendencia muy marcada de instauración y fomento de miedo, con respecto a la posibilidad de la instauración de un régimen autoritario. Particularmente, señalan a Andrés Manuel López Obrador de ser un potencial Hugo Chávez, o un Nicolás Maduro, intentando generar un escenario para la perpetuación en el poder presidencial, a través de medidas devastadoras para la política, la economía y el Estado de Derecho.

Según dicha visión, básicamente Andrés Manuel llevaría a México a convertirse en un segundo Venezuela, con todo el drama y las implicaciones políticas que eso conlleva. No obstante, hay motivos consistentes para pensar que así como es latente esa posibilidad, también existen antídotos concretos y están en manos no de los partidos o los candidatos presidenciales, y que tampoco todo se resolverá el 1 de julio en las urnas, sino que la mayor parte de la responsabilidad de evitar que eso ocurra, está en nosotros los ciudadanos. ¿Cómo?

Para responder a esta interrogante, vale la pena considerar lo que se pensaba hace seis años cuando era inminente el regreso del PRI al poder presidencial. Enrique Peña Nieto, como candidato presidencial, tenía una ventaja casi tan cómoda frente a sus adversarios en la carrera electoral, como la que hoy tiene Andrés Manuel López Obrador frente todos sus oponentes. Se creía entonces que no sólo el PRI ganaría los comicios y volvería a la presidencia, sino también que con ello se establecería un segundo reinado priista que quizá volvería a durar 70 años o más.

Con el triunfo de Peña Nieto parecía cumplirse el vaticinio de la “dictadura perfecta”, y también aquellos que aseguraban que la del año 2000 fue una alternancia pactada entre los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional, para que finalmente el PRI continuara gobernando luego de la despresurización social lograda con los triunfos panistas del año 2000 y un sexenio después. El problema es que la realidad apuntó a que el pretendido “nuevo PRI” no lo fue tanto, y que más bien hubo una cadena de excesos y actos indebidos por parte del régimen gobernante, pero sobre todo una presión ciudadana extraordinaria, lo que impidió que se cumpliera aquella idea de un regreso del priismo por un periodo prolongado en el poder presidencial.

Pues resulta que el priismo intentó volver para lo que siempre fue: un régimen que intentaba gobernar al ciudadano ofreciéndole estabilidad a cambio de la honestidad. Asumieron el poder y llevaron a cabo pactos reformistas con las fuerzas opositoras, pero se olvidaron que ellos ya no eran un régimen de los años setentas; que ya no tenían la capacidad de manipulación de los procesos electorales como en el pasado; y que ahora se enfrentaban a una ciudadanía más crítica, despierta y pujante, que no les pasaría por alto, y mucho menos les perdonaría, los excesos y los errores que pudieran cometer en el ejercicio del poder público.

Quizá no lo entendieron. Pero con todo y las maniobras que intentó el gobierno del presidente Peña Nieto para minimizar temas como el de la llamada “casa blanca” o la presión social por la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, y muchos otros como el de la enorme corrupción de algunos gobernadores insignia del malogrado “nuevo PRI”, lo cierto es que esos fueron los temas álgidos que marcaron el principio del fin de su corto régimen; que los excesos fueron cobrados por la ciudadanía en cada uno de los procesos electorales ocurridos entre 2012 y la actualidad; y que eso es lo que tiene al gobierno de Peña Nieto en la antesala de una posible derrota histórica para su partido, y su grupo político.

NUEVA OPOSICIÓN

Acaso un rasgo distinto al de quienes apoyan al régimen saliente, frente a quienes respaldan a López Obrador, es que los primeros no han sido excluyentes ni intolerantes, y los segundos sí. Hay un sector de la población que apoya a Andrés Manuel inopinadamente, y al mismo tiempo fustiga tajantemente a quien no lo hace o a quien lo critica. Ese quizá sea un rasgo preocupante, pero no determinante para el futuro de la presidencia si queda en manos del tabasqueño. ¿Por qué?

Porque aún ganando la Presidencia, Andrés Manuel llegaría al gobierno de una nación esencialmente heterogénea, en la que la mayoría de la población, por definición, estaría en su contra. ¿Cómo? Igual que como han estado en contra de todos los gobiernos, e igual que como han criticado a todos los gobernantes independientemente de su extracción política o partidista de origen.

Al final, lo que muchos no calculan es que no será el mismo Andrés Manuel que ven hoy, cuando llegue al poder presidencial, porque finalmente el hecho de convertirse en Presidente lo llevarán a cambiar sus posiciones y argumentos cuando sea él quien deba decidir por la nación, y se vea obligado a asumir decisiones que como opositor habría criticado de manera estrujante.

Lo más importante, en todo caso, es que de todos modos tendrá ante él a una ciudadanía crítica capaz de irle premiando o cobrando sus aciertos y errores, a través de todos los procesos electorales que ocurran entre el 1 de julio y la fecha de la siguiente elección presidencial. La posible derrota del PRI no se explica en lo que ocurra el día de la jornada electoral, sino en todo lo que se ha acumulado en los años, y sobre todo en cómo la ciudadanía ha ido mermando el poder del priismo a través de las derrotas en las elecciones locales; en el cobro de facturas por la corrupción en la elección legislativa intermedia; y en la forma en cómo la gente asumió que independientemente de las pretensiones del priismo, no le permitiría una segunda perpetuación en el poder federal, como seguramente sí lo imaginaron quienes llegaron al gobierno con Peña Nieto.

CIUDADANÍA Y MEDIOS

La respuesta a la publicación del escándalo de la casa blanca, fue la salida de Carmen Aristegui de MVS Radio. Aún así, ese fue un golpe de muerte para el gobierno de Peña Nieto. ¿No se habrá dado cuenta Andrés Manuel que desde antes de ser Presidente, con Ricardo Alemán él ya tiene a su seguro adversario, a quien le hizo lo mismo que en su momento hizo Peña Nieto con Aristegui? Vale la pena registrarlo, y ver lo que ocurra en el mediano plazo.