NAIM, Tren Maya, y la extraña relación de AMLO (y los gobernadores) con el federalismo


Poco se ha notado que, en discusiones paralelas, los principales factores del poder político en México han dejado solo a uno de los grandes proyectos nacionales, mientras que han decidido abrazar inopinadamente a otro que ni siquiera conocen. Es el caso de los destinos concomitantes del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), y del llamado Tren Maya. Hoy, ambos proyectos enfrentan sendos déficits de aprobación y consenso tanto entre los representantes del poder, como de la ciudadanía. Y aún así, a la vista de todos —y de esa deficiencia compartida— se está decidiendo temerosamente el destino de ellos.

En efecto, por un lado se encuentra el destino del NAIM, sobre el cual existe un ánimo decidido del gobierno del presidente electo Andrés Manuel López Obrador por maniobrar todo lo necesario hasta lograr su cancelación. Pudiera sorprender el hecho de que frente a esa intención, el gobierno saliente del presidente Enrique Peña Nieto simplemente ha decidido claudicar todo intento real de defensa; y que al mismo tiempo, la ciudadanía mexicana se encuentra sometida a un diálogo ensordecido entre quienes, desde el equipo de transición, quieren que el proyecto se cancele, y a los que, desde el gobierno saliente, simplemente parece haber dejado de importarle cuál sea el destino de ese mega proyecto, aún con las implicaciones que ello conllevará no para un grupo o para un partido, sino para el país.

En la vía paralela, se encuentra el proyecto del Tren Maya. Éste fue esbozado por primera vez por López Obrador cuando ya era presidente electo. Dijo desde su anuncio, que éste sería un proyecto de reactivación económica para la región sur sureste del país, y de inmediato convocó a los gobernadores de las entidades federativas relacionadas con la eventual construcción de este esquema ferroviario, para que juntos trabajaran generando condiciones para que dicho proyecto lograra cristalizarse. Por lo menos han ocurrido tres reuniones al más alto nivel (entre el presidente electo y su equipo, con los gobernadores de toda la región contemplada en la obra), a pesar de que aún no existe ni siquiera el esbozo ejecutivo —mucho menos los planos, expedientes, estudios de costos, etcétera— de las implicaciones económicas, sociales, culturales, turísticas y ambientales que tendría dicha obra.

En esta lógica, queda claro que ambos proyectos de infraestructura son de alcance nacional, más allá del clasismo que cada uno de ellos representa. Por un lado, el Nuevo Aeropuerto Internacional de México ha sido rechazado a partir de la explotación eficaz del sentimiento de rechazo y no pertenencia, que ha tenido como objetivo un sector de la población que por lo menos se declara indiferente —o en abierto rechazo del proyecto— a partir de la idea de que nunca se han transportado a bordo de un avión, y que probablemente nunca lo hará.

A la par de ello, frente a la ciudadanía, el proyecto del NAIM parece estar corriendo el mismo destino político que el régimen gobernante que lo impulsó, independientemente de su viabilidad y utilidad para la economía y el desarrollo del país. El hecho mismo de haber sido un proyecto apadrinado e impulsado por el fustigado Presidente Peña Nieto —depositario de una derrota electoral histórica en el México del último siglo—, parece haber también sellado el destino del NAIM: un proyecto de gran calado que, sin embargo, se quedó solo y sin defensa ante el rechazo de la ciudadanía al régimen que lo impulsó, y sobre el que nadie quiere argumentar a favor ante el temor de ganarse la animadversión del régimen entrante, que rechaza dicho proyecto casi por sistema y porque de hecho esa fue una de sus banderas de lucha electoral durante los tiempos de campaña.

¿Y EL FEDERALISMO?

Lo que quizá no se ha alcanzado a ver con claridad, es que tanto el Nuevo Aeropuerto Internacional de México, como el Tren Maya —e incluso en mayor medida la terminal aérea que el tren—, representan proyectos detonantes de la economía nacional. Es decir, ni uno ni otro son, o deberían ser vistos como proyectos caprichosos de una u otra administración federal, sino como parte de una visión de país de mediano y largo plazo que lo que busca es seguir estimulando el crecimiento de la economía, la confianza del país frente a la inversión extranjera, y la generación de empleos.

En gran medida, dichas inversiones tienen como objetivo implícito —o deberían tenerlo— la utilidad y la potenciación no de una región, sino de todo el país. Por eso, el aeropuerto está planteado como un proyecto nacional que por esa razón perdió el sentido local de ser sólo de la Ciudad de México, para denominarse únicamente como Aeropuerto Internacional de México. La razón es que su utilidad no sólo beneficiaría a la capital nacional, sino que podría ser un polo de desarrollo económico para todo el país, debido a que éste no sólo fungiría como una terminal de pasajeros sino también como un gran centro de recepción e intercambio comercial entre México y los países con los que sostiene relaciones de negocios y de intercambio de mercancías.

En esa misma lógica, quién sabe qué tanta utilidad nacional podría tener el Tren Maya, comenzando porque nadie conoce la realidad sobre su viabilidad financiera en el mediano y largo plazo, y como un proyecto autofinanciable y autosostenible en todos los aspectos. Podría ser una obra de gran calado, pero siempre subvencionada por las arcas públicas.

El aeropuerto, hasta donde se sabe, es una inversión porque en el largo plazo termina siendo un negocio para quien invierte. Tan es así, que hoy varias de las operadoras de aeropuertos mexicanos son empresas privadas altamente rentables que incluso cotizan en los mercados de valores. En el caso del NAIM, la coinversión del gobierno federal con capitales privados en los mercados de valores, tendría como propósito la rentabilidad y la utilidad financiera en el mediano plazo a favor de las arcas federales.

La incógnita en toda esta discusión, es respecto a qué postura han tomado los gobernadores frente a ambos proyectos. Queda claro que respecto al Tren Maya, hay un consenso de los gobernadores del sureste del país a favor de su construcción. Lo relacionado con el NAIM es una completa incógnita, a pesar de que ésta es una obra de calado verdaderamente nacional.

LOS MIEDOS

Al parecer, la idea del desarrollo nacional está siendo sometida por los resquemores relacionados, primero, con la subida inopinada a la ola del nuevo grupo gobernante que tendrá al país en las manos a partir de diciembre próximo; y segundo, con el hecho de que la oposición al proyecto del nuevo gobierno, o la defensa del polémico y rechazado aeropuerto, podría traer aparejada la animadversión del régimen obradorista, que pinta para ser muy poco, o nada tolerante al disenso, aún cuando éste tenga como base la defensa del federalismo, del que nadie en México parece hoy querer acordarse.