CONTRAFUEGO || México-EU, libertad y censura

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Aurelio Ramos Méndez

El veto de Donald Trump a reporteros de tres medios para ingresar a la Casa Blanca exacerbó la animadversión de los principales órganos de prensa mexicanos hacia el gobierno federal, e instaló en el ambiente la pregunta acerca de si algo así –censura presidencial, boicot mediático, correctivo judicial– podría ocurrir en nuestros pagos, bajo el régimen autoritario en que supuestamente vivimos.

La respuesta, a la luz de la absoluta libertad de expresión imperante, y no obstante la enconada relación del grueso del periodismo con el gobierno, es un rotundo no.

Salvedad hecha, claro, de la furibunda y quejumbrosa comentocracia, que no se cansa de repetir la cantaleta según la cual la democracia ha sido aniquilada y la libertad de expresión –de la que disfruta con desenfreno–, ya es difunta.

Trump vetó a aquellos medios, pero el gremio los respaldó y el poder judicial le dio un tatequieto y le enmendó la plana al magnate de la pelambrera anaranjada. 

Por nuestros rumbos, uno de los más conspicuos representantes de la prensa antigobiernista, Sergio Sarmiento, empleado de Ricardo Salinas Pliego y cultor del periodismo independiente –si cabe la paradoja–, publicó que el gobierno tiene vocación de censura. Y que ésta se ve en diversos aspectos, y es creciente.

¿En dónde se ve? En los lineamientos para medios electrónicos, en la Ley Meme, en la prohibición del INE de hablar de narcopartido o narcogobierno, en las sanciones a periodistas por violencia de género, en el retiro del libro Todo a la luz, sobre Gloria Trevi, y en muchos ámbitos más.

Ni dopado se puede compartir el criterio del comentarista de TV Azteca y Reforma, aunque, ciertamente, está en su derecho de sostener que es de noche mientras para la mayoría de los mexicanos es de día. 

Lo de Trump fue censura pura y dura y exhibe la noción de libertad de la derecha trumpiana.

Eso de darles portazo a periodistas de CNN, MS NOW y Politico, con el argumento de que publican noticias falsas y notas negativas, no se vio ni en la Venezuela de Maduro o la Nicaragua de Daniel Ortega… 

Y, desde luego, tampoco en México, por más que hay quienes sostienen que por estos lares no sólo se coarta la libertad de expresión, sino que a los periodistas se les asesina como política de Estado.

O, se les mata de hambre, como a pesar de su tierno hipocorístico aconseja Alito Moreno, usufructuario y jefe de lo que queda del PRI, que es ya casi nada.

En nuestro país y para enojo de quienes aseguran que desde el poder se presiona a periodistas, dueños y concesionarios de organizaciones de noticias –sin aportar ni una sola prueba de víctimas, con nombres, apellidos y generales al canto–, rige la más entera libertad de expresión. Es cosa de hacer zapping sólo unos minutos para comprobarlo.

En ese rápido recorrido por el selector, uno podría hallar materiales periodísticos de excelencia, con información altamente confiable, presentaciones creativas y atractivas, contenidos profundos, enfoques neutrales, periodismo de lujo, y de puro líder de opinión.

Podría uno encontrar primicias verificadas dos y hasta tres o más veces, como Raymundo Riva Palacio ha dicho que él hace porque es lo que mandan los cánones; revelaciones libres de manipulación como las de Enrique Acevedo; versiones de primera agua, no recreaciones como las de Carlos Loret de Mola; relatos icásticos, concisos, objetivos, y desde luego sin sesgos ni verborragia como los de Carmen Aristegui…

Y, por supuesto, narraciones de hechos sin la antiética editorialización ni el amarillo intenso de la bilis de Luis Cárdenas, López Dóriga, Anabel Hdernández, Ciro Gómez Leyva, Salvador García Soto, Jorge Fernández Melendez, Juan Manuel Jiménez, Carlos Arazraki y otros periodistas de polendas…

De modo que no sólo por la vocación democrática del gobierno sino por la calidad del periodismo tanto de información como de opinión que se practica, no existe ni la menor posibilidad de que se prohíba el acceso de algún periodista al Palacio Nacional o la mañanera. Cero fake news, cero notas negativas.

Ante semejante improbabilidad, se da por descontado que pueda existir la necesidad de solidaridad gremial, como hicieron The New York Times, The Washington Post y las principales cadenas de televisión como ABC, CBS, NBC y hasta la trumpista Fox News, que suspendieron la cobertura de eventos del gobernante.

Aunque, bien visto el asunto, hace rato que por acá rige una ostentosa solidaridad, expresada en nado sincronizado para la crítica y virtual boicot a la información sobre actividades gubernamentales, de la que se le da al público entre poco y nada. 

Podría decirse que desde los buenos tiempos del prianato los medios renunciaron a su responsabilidad social de informar, razón esencial de su existencia, y viraron a cumplir tal función con criterios no del periodismo sino de la publicidad: pago de por medio. 

Acostumbrados a cobrar hasta por divulgar campañas de vacunación o de ayuda oficial en casos de desastre, los órganos de prensa acabaron mutando a medios de opinión, dominados por quien sea con tal de que pague con dinero contante y sonante.

O, mediante contratos de obras y servicios ajenos al negocio de la comunicación –cochupo que menudea en EU–, pero que en tiempos de la 4T no es regla sino excepción, aunque en la oposición haya certeza de asignación selectiva de recursos a ciertos medios.

Se descarta la eventualidad de que periodista o empresa de noticias recurran en caso de necesidad al Poder Judicial. Ni modo. Es el precio de descalificar a esta rama del poder público dizque capturada por el Ejecutivo y con jueces, magistrados y ministros sin cartones de las universidades más renombradas del mundo, provistos apenas de un acordeón.

La comentocracia puede estar tranquila porque, por si algo faltara, por estas tierras y en honor a la verdad no hemos visto censura salvo en algunos de los episodios más traumáticos de la historia.

Lo que acá ha sido pan de todos los días es la autocensura, que dice menos del autoritarismo gubernamental que de la vulnerabilidad derivada del tamaño de la cola de dueños y directivos de medios.

Nada que ver –por ejemplo– con la censura al modo brutal de las dictaduras sudamericanas, con interventores militares en los órganos de prensa.

Para doblar la resistencia de riel de la mayoría de los editores frente al poder y torcer la línea editorial, sembrar una pregunta, enfocar una nota, deslizar un comentario, manipular, por estos rumbos ha bastado una cordial sugerencia telefónica del vocero oficial para hacer todo eso “a’i como cosa tuya”.

En su columna Censura creciente Sarmiento señaló que la presidenta Sheinbaum hizo en su conferencia matutina la siguiente pegunta: “¿Dónde hay censura en México? ¿A quién de los que escriben que hay censura se le ha censurado alguna vez? Y se repite y se repite. ¿Quién se los dicta?”. 

Y, a renglón seguido, hizo de quejumbroso exégeta de la Presidenta: “La misma frase, “¿Quién se los dicta?”, refleja desprecio: nadie puede ser crítico del gobierno si no hay alguien que se lo dicte”.

¡Caramba! Causa hilaridad leer al periodista a quien le debemos el sinceramiento de que los medios especulan, indignarse como si lo sugerido en dicha frase fuese una acusación gratuita.

¿De verdad podría el autor de Jaque Mate negar, sin mentir, que en los gobiernos de Calderón y Peña Nieto el concesionario de TV Azteca instruyó no hablar en esta cadena de la guerra contra el narco?

Y, en tal caso, ¿podría avalarlo la responsable entonces de la Barra de Opinión, Adriana Delgado, encargada de transmitirles la orden a los comentaristas?

Seamos serios.

BRASAS

¿Suerte u olfato político? La presidenta Sheinbaum se salvó, gracias a una aguda noción de la prudencia, de quedar atrapada en la campal que protagonizaron durante la semana de alto nivel de la Asamblea Geneal de la ONU mandatarios y representantes de varias de las 193 naciones integrantes de este organismo.

El azar también exhibió la ramplonería –o mala fe—de analistas que la impelieron hasta la necedad acudir a ese aquelarre, con ánimo más de tenderle una trampa, si bien nadie podía prever los derroteros del encuentro.

La Asamblea se convirtió en un carnaval de la intolerancia, en la que grupos de delegados abandonaban el salón cuando tocaba el turno de hablar a sus adversarios geopolíticos, o los escuchaban con insultante displicencia.

La semana de alto nivel cayo muy abajo. Con participantes que intentaron sacar provecho personal, no para los Estados que representan. Empezando por Trump, que hizo del foro teatro de campaña electoral. 

Instalado en la bipolaridad, atacó a México pero a la vez dijo que EU está trabajando bien con el gobierno de Sheinbaum y que nuestra Jefa del Estado y él tienen los mismos objetivos en la lucha contra los cárteles.

Indisimulable ánimo de cortejar por igual a votantes swap que a mexicanos y latinos, lo cual la audiencia recibió con indiferencia. Y se mostró duro con Irán, como le gusta a su electorado, aunque sin asidero en la realidad.

Mal le fue al genocida Benjamin Netanyahu en su intento de lavar su imagen. El salón quedó semivacío y el israelí pudo percatarse del descomunal rechazo que inspira en el mundo.

Mal también le fue también al turco Erdogan, y a otros muchos oradores, en el que fue monumental diálogo de sordos.

El columnista Jorge Fernandez Menéndez, que boga con fama de víctima de la dictadura argentina y de militante Montonero, prófugo de la Triple A, y quien trabajó de asilado político en Suecia, Brasil y México consideró un error de Sheinbaum no haber acudido a la ONU.

Pro gringo desembozado y empleado ahora de Ricardo Salinas Pliego, escribió que “una de las peores herencias de López Obrador ha sido la intrascendencia en que dejó la política internacional de México”. 

Y que “México se ha quedado con una política exterior chiquita, con principios de los años 70 y sin protagonismo internacional alguno”. Es falso. 

Los principios de política exterior quedaron plasmados en la Constitución en1917 y vienen de antes, en 1857.

No le gusta que Sheinbaum ha hablado por teléfono 22 veces con Trump, “pero ni una vez se ha sentado a platicar seriamente con el mandatario”. 

Tal vez este famoso analista preferiría que nuestra presidenta fuese como Javier Milei, que ha viajado ¡22 veces a EU para entrevistarse con Trump”.

Cada quien sus arquetipos.

RESCOLDOS

Refiriéndose a México, Trump dijo que para EU es “inaceptable” compartir una frontera de 3 mil 200 kilómetros con un territorio que está controlado por cárteles. Tomando las cosas de quien vienen, nuestra Jefa de Estado le contestó con una paralipsis demoledora: “Yo podría decir, pero no lo voy a decir, que es muy difícil vivir junto a un país que tiene un nivel tan alto de consumo de drogas ilícitas. O, que es muy difícil vivir junto a un país que tiene tanta producción de armas”. Bien hecho.

aurelio.contrafuego@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

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