La independencia: nadie se acuerda de lo demás

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Morelos, Rayón y Maximiliano: también olvidados


El martes pasado, como cada año, en México se dio el Grito de Independencia y se conmemoró el 204 aniversario del inicio de la guerra por la independencia de nuestro país. Aunque siempre nos quedamos con la celebración que se realiza en la plaza principal de cada población, ciudad o capital, lo cierto es que la conmemoración del llamado hecho a la insurrección por el cura don Miguel Hidalgo y Costilla en 1810, tiene también su historia propia, pero el problema es que no la conocemos.
En efecto, en la escuela siempre nos enseñan que la madrugada del 16 de septiembre de 1810 el cura Hidalgo tocó las campañas de su parroquia, en Dolores, Guanajuato, para llamar a los pobladores a levantarse en armas en contra del virreinato español para conseguir la independencia nacional.
Ya luego, cuando somos más grandes, y tenemos más conciencia, se nos dice –con verdades a medias- que esa celebración se modificó y se cambió para la noche del 15 de septiembre en los tiempos del general Porfirio Díaz como presidente, porque él cumplía años ese día y entonces aprovechaba el Grito para arrancar los festejos de su onomástico personal.
Y fuera de eso poco se nos enseña, y casi siempre tenemos nulo interés en indagarlo, por qué se celebra el inicio y no la consumación de la guerra de independencia, o quién fue el iniciador de la tradición de dar el llamado Grito, y si esta es sólo una tradición republicana. Vale la pena adentrarse un poco en algunos detalles como esos, para poder tener un poco más de cultura sobre la historia cívica de nuestra nación.
En este sentido, lo primero que vale la pena saber es que en México se conmemora la independencia cada 16 de septiembre, por mandato nada menos que del generalísimo don José María Morelos y Pavón, quien en el punto 23 de Los Sentimientos de la Nación, dispone lo siguiente: “Que igualmente se solemnice el día 16 de Septiembre todos los años, como el día Aniversario en que se levantó la voz de la independencia y nuestra Santa libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se abrieron los labios de la Nación para reclamar sus derechos y empuñó la espada para ser oída, recordando siempre el mérito del grande Héroe, el Sr. D. Miguel Hidalgo y su Compañero D. Ignacio Allende. Respuestas en 21 de Noviembre de 1813, y por tanto quedan abolidas estas, quedando siempre sujeto al parecer de S.A. Serenísima.”
Pero hay más. “El Grito” se celebra desde que Ignacio López Rayón lo recordó a dos años de iniciada la guerra de Independencia, y desde entonces es la conmemoración más popular de la historia de México. Entre todos los gobernantes que lo han celebrado desde entonces, el que probablemente resulte más sorprendente y hasta irónico, aunque sin dejar de ser motivo de seria reflexión histórica, fue el archiduque Maximiliano de Habsburgo. El monarca que en 1864 viajó al pueblo de Dolores para su celebración, pronunció un discurso funesto a los ojos de los conservadores que se habían tomado tantas molestias porque algún miembro de una casa reinante europea gobernara a México.

MAXIMILIANO Y LA INDEPENDENCIA
La manera en que Francisco de Paula de Arrangoiz relata el discurso de Maximiliano en su obra México desde 1808 hasta 1867 es prueba de esta profunda decepción. Él que junto a José Manuel Hidalgo y José María Gutiérrez de Estrada había participado tan activamente durante la instauración de la monarquía de Maximiliano en México, no podía contener su enojo ante una situación que explícitamente tiraba por la borda todo aquello que proponía el proyecto monárquico. Apenas instaurado el gobierno de Maximiliano, Arrangoiz sería nombrado embajador, pero incapaz de sostener su desacuerdo con el rumbo liberal de la administración del archiduque, firmó su renuncia un año después.
Sobre esto, las líneas anteriores y el rescate del discurso pronunciado por Maximiliano hace casi 150 años, acompañado del juicio de quien hubiera sido su entusiasta promotor, fueron rescatados por la revista Nexos en su edición electrónica (http://cultura.nexos.com.mx/?p=3462).  El discurso es prueba de ese liberalismo que llevó a Arrangoiz, como a muchos otros, a deslindarse del monarca y nunca más regresar a México. Sin embargo, es también prueba de las paradojas de esa historia nacional que hoy celebramos con orgullo.
“Mexicanos.- Más de medio siglo tempestuoso ha transcurrido desde que en esta humilde casa, del pecho de un humilde anciano, resonó la gran palabra de independencia, que retumbó como un trueno del uno al otro océano por toda la extensión del Anáhuac, y ante la cual quedaron aniquilados la esclavitud y el despotismo de centenares de años. Esta palabra, que brilló en medio de la noche un relámpago, despertó a todo una nación de un sueño ilimitado a la libertad y a la emancipación; pero todo lo grande y todo lo que está destinado a ser duradero, se hace con dificultad, a costa de tiempo. Años y años de pasiones, combates y luchas se sucedían: la idea de la Independencia había nacido ya, pero desgraciadamente aún no lo ve la nación. Peleaban hermanos contra hermanos; los odios de partido amenazaban minar lo que los héroes de nuestra hermosa patria habían creado. La bandera tricolor, ese magnífico símbolo de nuestras victorias, se había dejado invadir por un solo color, el de la sangre. Entonces llegó al país, del apartado Oriente, y también bajo el símbolo de una gloriosa bandera tricolor, el magnánimo auxilio; una águila mostró a la otra el camino de la moderación y de la ley. El germen que Hidalgo sembró en este lugar, debe ahora desarrollarse victoriosamente, y asociando la independencia con la unión, el provenir es nuestro. Un pueblo que, bajo la protección y con la bendición de Dios, funda su independencia sobre la libertad y la ley, y tiene una sola voluntad, es invencible y puede elevar su frente con orgullo. Nuestra águila, al desplegar sus alas, caminó vacilante; pero ahora que ha tomado el buen camino y pasado el abismo, se lanza atraída y ahoga entre sus garras de fierro la serpiente de la discordia; mas al levantarse nuestra patria de entre los escombros, poderosa y fuerte, y cuando ocupe en el mundo el lugar que le corresponde, no debemos olvidar los días de nuestra independencia ni los hombres que nos la conquistaron. ¡Mexicanos, que viva la independencia y la memoria de sus héroes!”

RARO
Sí, esta es una verdadera rareza, pero es parte de la historia y del Grito de Independencia, que celebramos cada año pero del que sabemos muy poco.

Revolución Mexicana: ¿Qué y por qué festejamos?

AM Histórico

+ La lucha revolucionaria, desconocida para muchos


Genéricamente, hoy 20 de noviembre conmemoramos el inicio de la Revolución Mexicana. Eso es lo que nos enseñan en la escuela, y también nos dicen siempre nuestros profesores que esa guerra fue un levantamiento armado en contra de la dictadura del general Porfirio Díaz, que ya se había relecto siete veces como Presidente, y que mantenía al país entregado a los intereses extranjeros y con una población diezmada por la ignorancia, el atraso y la pobreza. ¿Es eso lo que pasó en realidad, y es por eso que tenemos hoy algo que festejar? Al parecer, hay mucho más de fondo. Y es importante que todos tengamos una idea más o menos clara de qué fue en realidad la Revolución Mexicana.

En efecto, todo el proceso político y armado que genéricamente identificamos como Revolución Mexicana, inició este día pero hace 102 años. De hecho, dicen los historiadores que ésta ha sido la única revolución en el mundo, a la que se ha citado con fecha y hora. Sólo que para entender correctamente toda la dimensión que tiene este importantísimo episodio histórico, es necesario conocer no sólo el contexto en el que inició la lucha armada, sino también las condiciones específicas que, mucho después de la época maderista, la dieron a esta guerra el carácter de Revolución.

Vayamos primero al contexto. Pues resulta que en marzo de 1908 la revista estadounidense Pearson’s Magazine publicó una entrevista que el presidente Díaz le había concedido al periodista James Creelman, en la que aseguraba que México estaba preparado para la democracia, y que por tanto no se presentaría a las siguientes elecciones presidenciales como candidato. Esto desató la euforia democrática en todo el país, y particularmente alentó al empresario coahuilense Francisco Madero, a incitar la formación de un partido y de clubes antireeleccionistas en todo el país.

Madero adquirió gran popularidad y se presentó como candidato presidencial en los comicios de 1910, en los que el general Díaz nuevamente apareció como candidato presidencial, y ganó. Cuando esto ocurrió, Madero fue apresado en Monterrey y luego llevado a San Luis Potosí. Ahí, al fugarse de prisión, en octubre de 1910, lanzó el Plan que lleva ese nombre y huyó a Estados Unidos. En la proclama llamaba al pueblo a levantarse en armas el 20 de noviembre en contra del gobierno de Díaz.

Así ocurrió. Madero había huido a Estados Unidos. Pero una vez que la rebelión armada alcanzó fuerzas, volvió al país en febrero de 1911 y luego de la toma de Ciudad Juárez, encabezó las negociaciones por las que el presidente Díaz habría de presentar su renuncia. El Congreso designó a Francisco León de la Barra como presidente interino, y ese mismo año lanzó su candidatura presidencial, ganando el máximo cargo político del país de forma abrumadora.

El caso es que Madero tomó posesión del cargo de Presidente Constitucional en noviembre de 1911, apenas un año después de la fecha en que había llamado al pueblo mexicano a la rebelión en contra del presidente Díaz. Asumió el cargo jurando respetar la Constitución Política vigente, que era la de 1857. Gobernó el país, aunque con poca cercanía de quienes habían sido sus antiguos aliados, principalmente los caudillos Emiliano Zapata y Francisco Villa, que nunca vieron reflejados los motivos de su respectiva lucha en el gobierno de Madero. Enfrentó otros intentos de motín, como los de Pascual Orozco y Félix Díaz.

Su administración no tuvo momento de reposo y el 9 de febrero de 1913 estalló el cuartelazo de la Ciudadela, en el que los distintos grupos, incitados por el embajador de Estados Unidos en México, Henry Lane Wilson, vencieron al régimen. Madero confió el mando de las tropas del gobierno al general Victoriano Huerta, quien paradójicamente era el principal artífice de la rebelión, y de la traición que se fraguaba en contra del Presidente. Primero fue encarcelado y obligado a presentar su renuncia a la Presidencia de la República; después, fue asesinado la noche del 22 de febrero de 1913.

Independientemente de todos los hechos descritos, es un hecho que hasta aquí no había visos aún de que las sucesivas rebeliones armadas tuvieran los elementos propios de una Revolución. Veamos por qué no.

¿REVOLUCIÓN O GUERRA CIVIL?

Una revolución se diferencia de cualquier otro tipo de confrontación armada dentro de una nación, porque en una Revolución el resultado implica el surgimiento de un nuevo orden jurídico derivado de las causas sociales y políticas que abanderan los grupos que triunfan en ella. En una guerra civil o cualquier otro tipo de rebelión, el resultado tiene más bien que ver con el cambio de quien detenta el poder, o el establecimiento de pactos o arreglos que ponen fin al diferendo pero sin transformar el orden establecido.

Si vemos la lucha revolucionaria mexicana a partir del maderismo, podremos distinguir que lo que buscaba el Plan de San Luis era simplemente terminar con la dictadura porfirista pero sin que esto pasara necesariamente por el cambio del orden jurídico. Por esa razón, Madero asumió el cargo, y lo ejerció hasta el final de sus días, bajo los principios de la Constitución Federal de 1857. Su Presidencia no cuestionó los principios fundamentales de aquella Constitución, y no fue sino hasta después de que el general Victoriano Huerta usurpó el poder que le robó a Madero al asesinarlo, que Carranza inició una nueva rebelión que inicialmente buscaba el restablecimiento de los principios constitucionales, y hasta después es que se habló de la posibilidad de consensar una nueva Carta Magna, que elevara al rango constitucional las causas sociales que llevaron a la lucha a los distintos grupos sociales que se movilizaron en aquellos tiempos.

Por eso, al final, objetivamente hay muy poco qué celebrar el 20 de noviembre, si es que de lo que hablamos es estrictamente de la Revolución. El maderismo fue, más bien, un gran movimiento que buscaba la democratización y el rescate de las causas políticas más anheladas de nuestro país, del que sí debemos conmemorar su existencia y honrarla año con año.

CAUSAS REVOLUCIONARIAS

Dice Octavio Paz que la única causa verdaderamente social de la Revolución Mexicana, fue el agrarismo de Emiliano Zapata. Él exigía la devolución de la tierra a sus dueños originales, que históricamente habían sido despojados. Ese es otra cuestión por demás interesante de nuestro presente, de la que seguramente habrá otra ocasión para comentar.

El patriotismo no sólo debería exaltarse con gritos

Bicentenario

+ Bicentenario: momento para generar cambio real


Esta noche está proyectada para ser fuera de serie. En la conmemoración de los 200 años del inicio de la lucha por la independencia de nuestra nación, el gobierno federal decidió realizar una serie de actividades esencialmente de festejo. Quedaron descartadas las grandes obras, los grandes monumentos y, acaso, también los importantes festejos culturales que podrían estarse esperando. Todo se reducirá al tradicional Grito de Independencia, dado esta noche por la autoridad política de cada localidad o entidad federativa de que se trate. Pero cuando despertemos mañana, quizá en medio de una insoportable resaca, todo seguirá igual.

Tal pareciera que esta es la constante de los mexicanos. En El Laberinto de la Soledad, el escritor Octavio Paz establecía aquella frase —ahora vuelta un clásico—, relativa a que la noche del 15 de septiembre el mexicano da “el grito” para después callar todo el año. ¿Por qué suponer que seguimos repitiendo esta constante? Porque, de cara a las celebraciones del Bicentenario de la Independencia —y la próxima conmemoración del centenario de la Revolución Mexicana el próximo 20 de noviembre—, lo que está haciendo nuestro gobierno, y lo que estamos convalidando todos los mexicanos, es ponderar la celebración momentánea, por encima de la conmemoración perdurable y reflexiva.

¿De qué hablamos? De que lo que veremos a partir de esta tarde a través de la televisión, será una simple alegoría y fiesta que, al final, nos dejará en el mismo punto de inicio. El gobierno federal optó por la simple exaltación del sentimiento patriótico a través de una serie de festejos, que se equipararán al de un concierto, al de un carnaval, o al de un espectáculo de luces y fuegos artificiales.

No hubo, hasta ahora, un proceso de reflexión más cercano a la conciencia y más alejado de la frivolidad, para que desde el Estado se fomentara la posibilidad de que los mexicanos entendieran de mejor modo cuáles son las razones de nuestro presente, cuáles los fundamentos de nuestra nación, y cuáles las explicaciones de nuestro pasado. Salvo algunos destellos, que para el tamaño de la celebración resultan ser mínimos, insuficientes e incluso  aislados, no hubo manifestaciones claras de un verdadero fomento cultural de cara a la conmemoración de los dos siglos del inicio de la lucha por la independencia.

En ese sentido, queda claro que las insuficiencias partieron desde el mismo gobierno y los poderes del Estado. Habría sido un auténtico acto de conmemoración al sentido patriótico de nuestros héroes y los momentos históricos que forjaron nuestra patria, que el gobierno federal impulsara ciertas acciones que buscaran reforzar de manera efectiva algunos de los derechos o garantías que tutela la Constitución para los ciudadanos.

Del mismo modo, habría sido un verdadero acto de justicia histórica, que el Legislativo emprendiera alguna de las grandes reformas —de las tantas que hacen falta, y que son urgentes para nuestro país—, demostrando que más allá de las diferencias partidistas, de las discordancias ideológicas, y de los intereses encontrados, en el Congreso de la Unión existe la posibilidad de ponerse de acuerdo y anteponer el interés por México a las exigencias o pretensiones particulares de una u otra camarilla de poder.

Nada de eso ocurrió. Y aunque no se desdeña ni la fiesta ni el relativo fomento cultural que hubo teniendo como telón de fondo las fiestas del Bicentenario, lo cierto es que el conjunto de personas que materializan y dan vida al gobierno y las instituciones del Estado, han demostrado tener una corta visión de Estado y un desalentador sentido de cómo lograr ciertas acciones que verdaderamente pasaran a la historia por haberse realizado, incluso deliberadamente, justo en el momento en que se celebraban los 200 años de la búsqueda de nuestras libertades políticas fundamentales como nación.

GRITAR, ¿Y YA?

Algo similar deberíamos hacer los mexicanos de a pie. Es sin duda magnífico llegar a la noche del 15 de septiembre y, como siempre, asumirla como “la noche libre” en la que uno puede darse ciertas libertades que normalmente no se tomarían. Sin embargo, nos ocurre exactamente lo mismo: gritamos, celebramos y nos exaltamos. Pero esa exaltación no dura más que unos momentos, o una noche, o un día entero; pero no lo suficiente como para conseguir que eso se convierta en un sentimiento más permanente que motive cambios de fondo en las actitudes y prácticas personales.

¿Por qué tendríamos que pensar en cambios de fondo? Porque, independientemente de la nación noble y generosa que somos, los mexicanos sí necesitamos hacer cambios sustanciales a nuestras prácticas y acciones particulares. Bien haríamos —como parte de este momento histórico que, lo aceptemos o no, nos toca vivir—, con emprender ciertos cambios que, por ejemplo, nos llevaran a ser, de fondo, más puntuales, menos mentirosos, más congruentes o menos corruptos.

Tendríamos que cambiar eso, cada uno en su ámbito personal. Creemos que podemos construir una gran nación, y transformar positivamente nuestro entorno, pero en realidad muchos de nosotros nos negamos a verdaderamente comprometernos a conseguir esos cambios a través no de la modificación de las conductas de otros, sino simplemente de corregir las cuestiones personales.

El “grito” de la independencia debería ser menos ruidoso y, seguramente, más duradero para conseguir objetivos de más largo plazo. Si bien es imposible enderezar los árboles que ya se encuentran torcidos, sí es posible que uno mismo enderece su propio ramaje para contribuir verdaderamente con la nación mexicana.

Tendríamos que pensar, y lo reiteramos en la víspera de las conmemoraciones de la independencia, en conmemoraciones más de fondo. Erradicando en uno mismo, por ejemplo, todas las formas de corrupción. Dejar de fomentar las mordidas; la deshonestidad o aquellos vicios que, bien sabemos que nos afectan, pero que no por ello dejamos de reproducir. Propuestas existen muchas. Usted lector, ¿por cuál se inclinaría?

¿Y LOS FESTEJOS?

Aunque en algún momento anunciaron una comisión estatal para los festejos del Bicentenario, esta fecha crucial llegó sin que el gobierno estatal y municipal hicieran mayores actos de conmemoración a estos momentos patrios. Nadie sabe qué se planeó; y si se planeó, nunca se publicitó. Con ese silencio, parecen apagar aquella idea que tanto defendían en otros momentos, de que Oaxaca también es México.

Bicentenario: ¿qué hacemos para conmemorarlo?

AM Histórico

No sólo la fiesta; también las acciones individuales


Estamos a escasas tres semanas de que se celebren los 200 años del inicio de la Guerra de Independencia, y el centenario del inicio de la Revolución Mexicana. Para la ocasión, el gobierno federal, y los gobiernos estatales y municipales, se supone que están organizando una serie de festejos conmemorativos, que honren la historia nacional y los principales acontecimientos que nos dieron patria y libertades. Lamentablemente, esos actos hoy son fuertemente criticados no sólo por el alto costo económico, sino también por los garrafales errores de organización que han tenido. Sólo por esas dos razones, nuestros festejos patrios serán más deslucidos de lo que pudiéramos imaginarnos. Pero no por ello deberíamos pensar en no conmemorar estas fechas.

Vayamos por partes. En un primer momento, debemos hacer notar que existen diferencias sustanciales entre una conmemoración y un festejo. La primera, la conmemoración, tiene que ver con la evocación no necesariamente festiva de un acontecimiento determinado. Para el caso, se pueden establecer ciertas metas o acciones que hagan particular y resaltable eso que se conmemora; el festejo, por su parte, tiene esas características pero enmarcadas en lo que comúnmente conocemos como un acontecimiento de tipo más alegre o festivo que la conmemoración. Así, la primera bien puede ser para evocar un hecho lamentable o doloroso, mientras que el segundo tiene por definición un matiz jubiloso.

En ese sentido, hay quienes dicen que el centenario de la revolución, y el bicentenario de la independencia, deberían conmemorarse pero no festejarse. La razón central de todo esto, tiene que ver con el hecho de que se asume que, doscientos años después de haber comenzado el proceso de emancipación de la Corona Española, y cien después de haber iniciado una lucha revolucionaria por alcanzar las libertades y derechos humanos, sociales y políticos que antes estaban limitados o negados por el Estado, no hay alguna razón o motivo sustancial para festejar.

En ese sentido, dicen los que sostienen esos argumentos, que mejor prueba de ello no hay que la sola realidad actual del país: una guerra interminable contra el crimen organizado; 28 mil muertos por esa guerra; una economía dispareja que no atiende a los más desprotegidos, mientras privilegia la concentración de capitales en muy pocas manos; una pobreza creciente; imposibilidad del Estado para garantizar derechos sociales básicos eficientes, como la educación o la salud de calidad para todos; y un gobierno que no tiene la suficiente fuerza como para hacer valer su autoridad y determinaciones frente a quienes quieren ver a un México sumido en la desesperanza o en el imperio de la anarquía.

Podría haber razón para ello. Enmarcado en eso, es ampliamente cuestionable que los festejos por el bicentenario tengan un costo de casi 3 mil millones de pesos. Y sobre todo, que haya no sólo una mala, sino una pésima organización de los festejos. Quizá nadie mejor que el periodista René Delgado, ha hecho una crítica aguda a esta onerosidad que, además, está determinada por la ineptitud en la planeación gubernamental de los festejos del bicentenario. Y toma como ejemplo, la construcción caprichosa de la llamada Estela de Luz, que como símbolo de los festejos del Bicentenario y Centenario de hechos patrios, será inaugurada más de un año después de lo previsto.

Delgado, en su columna Sobreaviso, que se publica en Reforma, apuntaba en su más reciente entrega que “la anulación del acto inaugural de la Estela de Luz durante las fiestas patrias no es, aunque así se pretenda, un acto de responsabilidad para no precipitar una “inigualable obra de arte y de ingeniería”. No, es un acto de enorme irresponsabilidad que resume, sin proponérselo, el carácter de la administración calderonista. Ese error, minúsculo si se quiere, es elocuente. Retrata de cuerpo entero a la administración: falta de coordinación, relevo de funcionarios, confusa convocatoria, mal diagnóstico, pésima planeación y estrategia, presupuesto equivocado, pérdida del objetivo, ausencia de resultado. Si la Estela de Luz llega a estar lista algún día, será el emblema no de un logro, sino de un fracaso.”

Un fracaso para el gobierno; pero no debería ser un fracaso extensivo a todos los mexicanos, que sí deberíamos tomar conciencia de cómo conmemorar, civilizadamente, estos dos hechos patrios fundamentales.

EVOCACIÓN PERSONAL

Hacer patria no significa —como se dice coloquialmente en varias regiones del país—, “matar a un chilango”. Al contrario. Si analizáramos con detalle esa idea de “hacer patria”, tendríamos que entender, y preguntarnos, qué hacer personalmente para construirla, o para convalidarla. A partir de ello, podemos generar una serie de propuestas tendientes a conmemorar de modo personal el centenario y bicentenario, sin gastar un solo peso y, como se dice, verdaderamente “haciendo patria”. ¿Cómo?

Podríamos proponernos, por ejemplo, honrar el bicentenario de forma personal y no onerosa, dejando de lado las mentiras, o los actos de corrupción. Es evidente que para cualquier persona, o país, resulta imposible e inviable, tratar de enderezar a los árboles que ya están torcidos. Es decir, que uno, con voluntad, puede hacerse cargo de uno mismo, pero no necesariamente de los demás. Tomando en cuenta eso, cada persona consciente de su entorno y los problemas que éste enfrenta, podría decidir algo así. Por ejemplo, dejar de prestarse a cualquier acto de corrupción, hasta el más sencillo, de los que normalmente, casi cualquier mexicano, es parte.

Otra podría ser la de incrementar la conciencia ecológica, la conciencia cívica, o quizá un poco hasta tratando de conocer un poco más del pasado, para poder comprender el presente.

IDEA PERDURABLE

La fiesta conmemorativa será una celebración fatua, de la que no quedarán más que algunos destellos, unos meses después de ocurrida. Y luego se olvidará por completo de la mente y el registro de la mayoría de los mexicanos. Lo importante, en todo esto, sería que este momento nos dejara alguna idea clara que perdurara; es decir, un pequeño cambio de actitud que, en realidad, se convirtiera en cierto fomento a algo que construyera más, en la conciencia social, hacia el futuro. Sería, sin duda, un reto y una propuesta interesante. ¿Qué propuestas haría al respecto, usted, querido lector, sobre el bicentenario?

UABJO: el desinterés que los involucra a todos

AM Histórico+ Quinto Informe: consolidación política de URO

La UABJO vive días aciagos. Desde hace meses, la vida universitaria se encuentra asolada por una incontrolable cascada de problemas, inconformidades e inestabilidad, que hoy parece tenerla al borde de un peligroso precipicio. Ante la crisis, hay quien insiste en que lo más conveniente sería cerrarla; otros señalan que, por el contrario, el Rector es quien debe renunciar. Hay voces que se pronuncian en el sentido de que urge la intervención de organismos nacionales. ¿Tiene remedio nuestra maltrecha Máxima Casa de Estudios? Tal parece que el remedio a los más graves problemas de la Universidad, no parte de un solo hecho. En realidad, la lista de pendientes a la que se enfrenta la UABJO abarca un abanico enorme de rezagos, corrupción, impunidad, intereses aviesos, porrismo y demás, que difícilmente se resolverían con la sola intervención de instancias educativas federales, la renuncia del Rector o el cierre mismo de la institución. Incluso, podrían ocurrir juntos todos esos acontecimientos, y de todos modos los problemas prevalecer. ¿Por qué? Porque en realidad el estado actual de la Universidad es consecuencia de un prolongado desinterés por la verdadera vida y progreso académico, que lo mismo ha afectado a autoridades universitarias, que del Gobierno del Estado, y la Federación. Una solución de fondo, por tanto, tendría que pasar por muchos más procesos políticos y administrativos, que la reduccionista visión del cierre de la institución, o de la renuncia de un funcionario. El primer paso que irremediablemente tendrían que dar las autoridades de los tres órdenes de gobierno, y los tres poderes del Estado, es dar muestras claras de que tienen voluntad política por revertir la compleja situación de la Universidad. Son botones de muestra insoslayables, los relativos a que, por ejemplo, las instancias de procurar justicia dependientes del Ejecutivo, no mueven un dedo para cambiar el estado de impunidad e inseguridad que prevalece en la Universidad. Hoy, además, parecen ser más fuertes las complicidades y las pugnas de orden político entre funcionarios estatales y autoridades universitarias, que cualquier voluntad por enriquecer la concertación y el diálogo, que son ineludibles entre ellos para garantizar la convivencia en la Casa de Estudios. Hasta ahora, la intervención de la autoridad política en la vida universitaria, sólo se da en casos de emergencia y ante conflictos desbordados que ponen en riesgo el orden público. Autonomía no es equivalente ni a desentendimiento ni a extraterritorialidad, entre el Estado y la Universidad. Otro de los muchos procesos que necesariamente tendrían que ocurrir, es el de la revisión integral de los mecanismos a través de los cuales se ejecuta la democracia electoral y la rendición de cuentas dentro de la Universidad. Desde hace años se ha exigido que el Congreso del Estado entre de verdad a la revisión de los esquemas legales que rigen a la Universidad. Hay razones de peso que nunca han sido atendidas. Una institución como la UABJO es objeto permanente de disputas, porque ahí prevalecen lo mismo la discrecionalidad, que la ley del más fuerte. En el primero de los casos —el de la rendición de cuentas—, la autoridad universitaria no tiene la obligación de entregar cuentas a nadie, más que al Consejo Universitario. Tradicionalmente, éste órgano está controlado por el rector en turno. Y así, el presupuesto se convierte en un botín eternamente en disputa, en la medida en que quien controla la rectoría dispone de él, sin rendirle cuentas a nadie. En el segundo de los casos, la elección por voto universal también tendría que ser revisada. La Universidad, al final, no es más que un reflejo de los procesos democráticos amañados que ocurren en Oaxaca y el país. Por eso aseguramos que ahí prevalece la Ley del más fuerte, aunque agravada por el hecho de que ahí no se cuenta con una instancia electoral medianamente confiable, y la disputa por los votos se convierte recurrentemente en una guerra feroz en la que gana no el más democrático, sino el que controla de mejor modo la manipulación de los procesos electorales.

REMEDIO INTERNO

Todo lo antes descrito ocurre en los respectivos ámbitos de las autoridades estatales, y el Congreso del Estado. Esas —y muchas más— circunstancias adversas que han prevalecido por décadas en la Universidad, encuentran parte de su causa en la decisión gubernamental de no actuar. No obstante, hoy es evidente que muchas de esas circunstancias se han visto agravadas por los propios errores y los excesos que se cometen dentro de la Universidad. Aunque sería una parte insuficiente de la solución, a la UABJO no le vendría nada mal la renuncia pactada del rector Rafael Torres Valdez, para dar paso a un periodo de transición en el que de verdad se antepusiera la vida académica a los intereses políticos. Ante la situación que prevalece en la Universidad, esto último parece que equivale a pedir demasiado. Sin embargo, de existir por lo menos un grado mínimo de sensibilidad y verdadera vocación académica en el Rector, éste ya habría asumido que su labor de administración y conducción política de la Universidad son un fracaso. En los 18 meses que lleva al frente de la UABJO, ésta ha sido más que nunca escenario de reyertas, violencia e inestabilidad, que hoy se reproduce en todos los frentes. Sin embargo, es imposible pensar en la posibilidad del fin de un ciclo y el comienzo de un periodo de transición. Las fuerzas internas universitarias han demostrado tener abiertos intereses políticos —o avidez de poder— que se sobreponen ante cualquier posibilidad de procurar un cambio. La salida del Rector sin una intervención política clara y escrupulosa por parte del Estado, no haría sino agravar la crisis política. Dar al menos algunas de esas muestras de voluntad, podría significar el comienzo de una verdadera recuperación universitaria. Lo demás, es pura demagogia.

SEÑALES DEL INFORME

Contra todos los pronósticos, el gobernador Ulises Ruiz consolidó la recuperación de sus capitales políticos. El acto en el que emitió un mensaje con motivo de la presentación de su V Informe de Gobierno, dio muestra de ello: su poder de convocatoria se combinó milimétricamente con sus gestiones presupuestales en el Congreso. Al evento acudieron las fuerzas más representativas del PRI nacional. Y, acaso, el único mensaje sucesorio lo dio la cercanía mostrada entre el senador Adolfo Toledo y el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto.

¿Le preocupa al gobierno el respaldo de la sociedad?

+ Muestras de hartazgo: primeros “llamados de alerta”

 

Parece una escena tragicómica que los legisladores federales por Oaxaca hayan logrado un gasto público mayor al del presente año, pero que todo se dé en medio de una de las peores crisis de legitimidad que enfrenta, en su conjunto, el poder público en México. Este no es un asunto que única o particularmente involucre a nuestro Estado: en realidad, esta es apenas una pequeña arista de una situación cada vez más enrarecida que vive el país. Las brechas entre la sociedad y el gobierno se hacen cada vez mayores. Y lo peor, es que a muy pocos de los que ven el escenario nacional desde el poder, eso parece preocuparles.

Existen hoy muestras claras, quizá más que nunca, de que el poder público enfrenta estructuralmente una crisis de legitimidad. El caso del presupuesto de Oaxaca para 2010 es muestra de ello. ¿Por qué? Porque mientras desde el poder se laureará la hazaña de los diputados federales que lograron más gasto en los tiempos de escasez de recursos públicos, desde las trincheras de la sociedad seguirá permeando la incertidumbre por la complicada situación económica y la inconformidad por el alza de impuestos.

Los primeros tendrían que ser más cuidadosos, y menos triunfalistas e insensibles, ante las reacciones de los segundos: el público fácilmente podrá tomar el alza de impuestos como una forma poco decorosa de financiar la prosperidad del gobierno en estos momentos de crisis. Es decir, que los parabienes que en otros momentos podrían prevalecer tanto en el sector público como en las esferas sociales, ahora podrían no ocurrir. Esto se da no sólo por el alza de impuestos o la crisis económica en sí: más bien, pasa porque, al final del día, el ciudadano no percibe qué beneficio directo podría tener por esa bonanza en las arcas estatales.

Esto, sin embargo, no es un asunto privativo de Oaxaca. En cada uno de los rincones del país, dichas muestras de escisión y desapego se están reproduciendo. Existen razones suficientes para ello: los últimos años han sido de crisis recurrentes. En el repaso, podemos encontrar que lo mismo han ocurrido crisis sociales —como la de Oaxaca en 2006— que graves explosiones de inseguridad, violencia e incertidumbre, como las que todos los días se viven en diversos estados del centro y norte de la República; pasamos también por una crisis alimentaria; la gravísima crisis económica; el crack financiero, la pérdida de empleos; la caída del peso… e incluso una crisis en el sistema de salud, ante el brote de influenza.

Esto debería llevar al sector público a, ahora sí, entender una condición ineludible: los actuales, están lejos de ser momentos de celebración o júbilo. A la ciudadanía, recurrentemente se le ha solicitado comprensión, sacrificio y entereza. Ha habido respuesta puntual, y positiva por parte de los mexicanos. Sin embargo, es evidente que nadie tiene el deber de soportar lo extenuante por tiempo indefinido. Y es claro que en estos tiempos en los que lo fundamental que tendría que existir en el poder público es la sensibilidad, tanto los grupos de poder como los partidos, las fracciones legislativas y los gobiernos parecen estar actuando en sentido contrario. ¿Por qué?

Porque hoy más que nunca están a la orden del día los arreglos entre facciones, que remarcan un elitismo, y el desapego ciudadano que le viene nada bien al país. Si el ciudadano común se siente cada vez más desencantado y menos conforme, lo menos que se tendría que hacer es abonar esos sentimientos. No es un problema de dinero, sino de actitudes. Debería tomarse con especial precaución, un asunto como este.

 

PODER Y DISYUNTIVAS

En el gobierno de Oaxaca y los diputados federales del PRI que lograron un buen presupuesto —que será histórico por el momento pero no por el monto, y mucho menos por la forma en cómo lo lograron—, seguramente entraron en una primera disyuntiva, que es comprensible: ¿Por qué no pactar todo tipo de arreglos, con tal de conseguir más dinero para el estado? Era su obligación política, y su deber moral hacerlo. La segunda disyuntiva, que aún no se responde, es ¿cómo legitimar esas asignaciones de recursos?

Esa pregunta hasta ahora no ha sido respondida satisfactoriamente: baste ver que muchas de las obras realizadas en la capital oaxaqueña, cuentan con todo, menos con el amplio respaldo social que se esperaba. Las razones, como siempre, emergen a borbotones. Pongamos de ejemplo el “rescate” del Centro Histórico que ahora ocurre. Es harto ilustrativo de cómo los altos montos de dinero obtenido no se legitiman como deberían. Es decir, que la gente no está de acuerdo en cómo se gastan los recursos públicos.

Desde hace poco más de un año se realizan obras de remozamiento en el primer cuadro de la capital. Esto ha incluido la remodelación de parques, banquetas y arroyos vehiculares en buena parte del Centro Histórico. Solamente en el reacondicionamiento de la carpeta asfáltica —que ahora es de concreto hidráulico— de la Avenida Benito Juárez, el gobierno estatal gastó unos 50 millones de pesos. Hasta ahora, prácticamente la mitad de las calles de la zona han sufrido remodelaciones del mismo tipo.

Mucho de esto no ha sido bien visto por la sociedad. La razón es clara: se están invirtiendo cientos de millones de pesos en el reacondicionamiento de calles que no lo necesitaban, o que dentro de poco serán nuevamente deterioradas por el paso constante del transporte público. Existen parques como el Jardín Antonia Labastida que, como lo mencionaba ayer Felipe Martínez López en estas mismas páginas, ha sido remodelado ¡tres veces en los últimos cinco años! Es una inversión millonaria que, al final, no generará ningún tipo de dinamismo o fomento económico para la capital.

 

SENSIBILIDAD

Ese es sólo un botón de muestra. Ese rechazo es muestra clara de un ausente respaldo ciudadano a obras de ese tipo. Por tanto, lejos del festín del “presupuesto histórico”, en el gobierno deberían estar preocupados, y mucho, por lograr que esos montos asignados sean legitimados verdaderamente por la sociedad, con acciones que generen beneficios comunes y tangibles para todos. No tener ni siquiera las muestras mínimas de sensibilidad y decoro en el ejercicio del poder, y caer en la tozudez, el dispendio o la ejecución de gastos injustificables, es lo que continúa abonando las brechas entre la sociedad y los detentadores del poder. El problema es que esas discordancias están volviéndose insostenibles. Esa es la cuna, y lo saben, del estallido social.