+ Guerrilla: las “coincidencias” no existen

+ Guerrilla: las “coincidencias” no existen

+ 2010: Un año más; nueva Revolución, no

Hace menos de un mes, el 29 de octubre pasado, fueron liberados Jacobo Silva Nogales y Gloria Arenas Agis, luego de permanecer casi una década en prisión bajo el señalamiento de ser los dos dirigentes máximos del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI), y de haber encabezado una emboscada, en el estado de Guerrero, en contra del Ejército mexicano en julio de 1996. Hace tres días, la Procuraduría de Justicia guerrerense confirmó la ejecución de Omar Guerrero Solís o Ramiro Salgado López, conocido como el Comandante Ramiro, dentro de la estructura de esa misma organización insurgente. ¿Qué implicaciones políticas y revolucionarias entrañan esos dos hechos?

Por principio de cuentas, una interpretación inicial, aunque a todas luces inexacta, se orientaría en el sentido de que luego de la liberación de los dos máximos dirigentes del ERPI, comenzó una nueva purga dentro de esa organización guerrillera, o que —como también podría ocurrir—, la exoneración de Silva y Arenas, reactivó algunas de las viejas pugnas que existían entre los distintos grupos armados que existen en diversas regiones del país, y particularmente en Guerrero.

Por tanto, esa explicación —cargada de lógica y simplismo, pero también de un profundo desconocimiento de las tendencias políticas y las decisiones que han tomado los grupos armados para garantizar su subsistencia— a lo que nos llevaría es a suponer que esos dos hechos son causa y consecuencia de los reacomodos internos de las organizaciones armadas. Todo esto bien podría entenderse como parte de una nueva guerra fratricida, en la que el Estado estaría totalmente ajeno. Esta podría ser una posibilidad que, sin embargo, parte de argumentos endebles que no le permitirían sostenerse ante una realidad mucho más compleja.

En realidad, los distintos grupos guerrilleros han buscado entablar diversos mecanismos de coordinación e interlocución entre ellos porque, como lo han manifestado algunas agrupaciones armadas, “ninguna organización insurgente es autosuficiente en la actualidad” (Comunicado ERPI 29/07/09).

En algunos momentos, y particularmente ante la posible liberación de Silva Nogales y Arenas Agis, se había temido que una acción violenta —propia o ajena a ellos— rompiera las posibilidades de construir un proyecto conjunto, como el que parecen estar intentando ahora los diversos grupos. Incluso, en algunos momentos las mismas organizaciones habían advertido de la posibilidad de que ocurriese un hecho aparentemente fortuito que las confrontara de nuevo. (De esto, puede verse un análisis más detallado en www.cedema.org/ver.php?id=3583).

Esto es lo que, justamente, parecería ocurrir con el asesinato del llamado comandante Ramiro. Era, nada menos, que el líder nacional actual —así reconocido— del ERPI; y sucesor natural del comandante Antonio (Jacobo Silva Nogales) y la coronel Aurora (Gloria Arenas).

Su asesinato violento —realizado con cuatro disparos de rifle AK-47— podría comprenderse como un reacomodo doméstico que, en realidad, más bien parece una incesante búsqueda externa de enrarecer el ambiente entre las organizaciones armadas, reavivar sus pugnas particulares, y cancelar definitivamente las posibilidades de que se construya una coordinadora guerrillera nacional que, en algún momento, busque una transformación política por la vía violenta.

¿UNIDAD GUERRILLERA?

Un despacho informativo de la agencia AP, dado a conocer el fin de semana a nivel internacional, catalogaba al ERPI como una “guerrilla pequeña”, y a Omar Guerrero Solís —el comandante Ramiro— como un “integrante” y no como el líder máximo de esa organización armada, cuyo cadáver había sido localizado en una región montañosa de Guerrero (http://www.latribuna.hn/web2.0/?p=66692). De un modo igualmente simplista, la mayoría de los medios informativos mexicanos tomaron la confirmación de su muerte, y la atribuyeron a la ira de uno de sus escoltas. Muy pocos parecen comprender, y tomar la importancia que merece, a las señales dadas hasta ahora de la construcción de una unidad guerrillera.

La guerrilla en México busca unificarse y coordinarse no sólo para superar sus propias limitaciones, sino esencialmente para sobrevivir y construir un movimiento político y armado que resulte viable ante el fortalecimiento de las fuerzas armadas con las que cuenta el Estado. En razón de ello podría comprenderse con más solidez la trascendencia y el objetivo de desintegración de ese esfuerzo, que podría tener la muerte del comandante Ramiro. Lo cierto es que parecen existir señales genuinas de esos primeros intentos de unificación.

En ese sentido, el periodista Jorge Lofredo señalaba en un artículo difundido hace apenas 11 días, que una de las primeras señales claras que está dando ese intento de coordinación guerrillera, es el de dejar atrás las referencias onomásticas para emitir posicionamientos. Daba, para ello, dos ejemplos claros: ninguna organización guerrillera mexicana se posicionó a través de acciones o comunicados, ni el 23 de septiembre ni el 2 de octubre pasado. Ese silencio, dice, es una señal clara de estar dejando atrás los esquemas antiguos que apuntaban a generar acciones en momentos de alguna trascendencia histórica para ellos o el país. ¿Qué importancia tiene eso?

Que, según Lofredo, a partir de esa pauta las organizaciones armadas podrían estar construyendo nuevos esquemas revolucionarios en los que dejaran de ser determinantes lo mismo las fechas como los ciclos. Es decir, que en todo eso encuentra la explicación la tendencia de las organizaciones armadas a asegurar que 2010 es un año más, y no necesariamente el inicio de una nueva gesta revolucionaria.

Parecen saber que su lucha debe pasar por el replanteamiento de sus viejos postulados; y que todo eso les es determinante para sobrevivir a este doble momento de acoso, en el que lo mismo son perseguidos, que incitados a reiniciar una guerra interna que aplace el fortalecimiento de cualquier viso de rebelión armada en México.

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