PRI y su convocatoria: expectación sin novedades

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+ “Clase política”: los dos polos de la praxis, unidos

 

Ayer, finalmente, fue emitida la convocatoria para el proceso de elección de candidato a Gobernador en el Partido Revolucionario Institucional. Dicho documento no contiene cuestiones relevantes ni estipulaciones álgidas. Más bien, corresponde a la institucionalidad del priismo. Porque dentro del tricolor, uno es el proceso en el que se establecen las formalidades, y otra la arena donde se dirimen las controversias y se llega a las definiciones sobre el rumbo del grupo en el poder. Aunque llama la atención la guerra interna que hoy está desatada en el priismo, lo que en realidad debía tenernos atentos son los resultados, y el modo en cómo se llega a éstos. Ese es el quid de esta contienda que, sin embargo, muy pocos parecen tomar realmente en consideración.

¿Por qué hablar de factores formales y materiales de poder? Porque una de las características esenciales del priismo, ha sido la de dotar de democracia las decisiones que se toman en función del poder. En este sentido, el documento que contiene la convocatoria para la elección de su candidato a Gobernador, estableció una serie de criterios que, sin ningún problema, pueden ser adoptados por cualquier militante que se sienta con los derechos partidarios suficientes como para inscribirse en el mismo. Ante su emisión, no hubo discordia alguna porque ningún punto del documento fue hecho para dar pie a las inconformidades.

Sin embargo, tomar este hecho como sinónimo de democracia, sería tanto como pecar de ingenuos. En realidad, ninguna de las formalidades esenciales de los procesos priistas tiene cuestionamiento alguno, sobre su democracia y su forma libre de determinación. De cabo a rabo, los documentos básicos del tricolor, son un ejemplo de la igualdad y la tolerancia que debía prevalecer en todos sus procesos democráticos. El problema, en realidad, se encuentra en una viciada práctica política que, ni al menos en el decoro, alcanza para honrar lo que establecen sus normas y principios políticos.

Así, hasta la tarde de ayer, y contrario a lo que se esperaba, no ocurrió ningún cisma o algún anuncio importante que contribuyera a desmantelar la “unidad” del priismo, que hoy se sostiene pero también se cuestiona. Sería absurdo que cualquiera de los aspirantes a la candidatura a Gobernador se rebelara en contra de un documento y un proceso interno que tendrá, a los ojos de la ley y la autoridad electoral, todos los elementos necesarios para darle la denominación de “democrático”.

Así, cualquier ruptura que pudiera haber en el priismo, tendría que ocurrir en otro momento, pero no el día de la emisión de la convocatoria, ni cuando se dé el registro de los aspirantes e incluso ni siquiera durante el tiempo que transcurra hasta el instante de la unción de su candidato. Incluso, cabe la posibilidad de que para entonces ya se haya construido la unidad que hoy parece imposible.

¿Por qué decir esto, si todos los días cinco de los seis aspirantes a la candidatura priista, acusan antidemocracia, inequidad y cargadas? Porque esa es una práctica que está ocurriendo en el límite, pero aún dentro de la ley. Y porque, finalmente, la institucionalidad de los priistas los lleva lo mismo a sostener su cohesión frente a sus aliados, que a preferir la disciplina sobre la rebelión en momentos determinantes.

 

NINGUNA SORPRESA

Hoy, todo lo que ocurre en la arena priista, sorprende a los espectadores: por un lado, ocurre un intento de avasallamiento, que cada vez es más claro a favor de uno de los aspirantes; por el otro, ocurre una auténtica competencia, y una fuerte disputa, entre los grupos de poder priistas, que lo mismo buscan imponerse que acusar a sus adversarios, y sobre todo no permitir que todo se defina en función de lo que decida un solo individuo. Nadie debería sorprenderse, porque tanto la disputa democrática, como la imposición, son dos rasgos característicos de nuestra democracia.

¿De qué hablamos? De que, en primer término, nadie debería sorprenderse que las decisiones políticas más trascendentales del tricolor, hoy continúen tomándose en función a verticalismos, y no a la democracia que todos pregonan. Ahora, como nunca antes, los Gobernadores —priistas y de la oposición— no se enfrentan a los diques que antes significaban las dirigencias nacionales, los grupos regionales de poder y, sobre todo, la hegemonía partidista del Presidente de la República.

En esas condiciones, el Gobernador de una entidad federativa —que tiene los hilos del poder y el dinero con el que se hace la política— tiene todas las posibilidades no sólo de tener un candidato favorito para sucederlo en el cargo, sino de imponerlo sin importar quiénes se sumen, quiénes se queden en el camino, o qué factores pretendan influir en sus decisiones. Para bien o para mal —de los gobernantes, los grupos de poder, y los partidos— esto es, en este primer aspecto, justo lo que está ocurriendo en Oaxaca.

¿Y por qué sorprenderse de la discusión, la competencia y hasta la disputa por una candidatura? Se supone que todos estos, son rasgos esenciales de cualquier democracia en la que todos tienen posibilidades de acceder a cargos públicos. El problema es que en Oaxaca esto genera tanta expectativa, porque justamente el priismo no tiene en su vocación real, ni en sus prácticas particulares, algún antecedente que demuestre que una competencia existe y que puede determinar el sentido de una decisión trascendental para el partido o sus grupos de poder.

Así, este es un problema de práctica política. En los días siguientes, veremos cómo los procesos internos continúan su curso, y la competencia, los señalamientos y las especulaciones, también. Nadie debería sorprenderse que hubiera los jaloneos actuales en el priismo, porque aún cuando aquí se practica de una forma particularmente arcaica, así es la democracia. Del mismo modo, nadie debía sorprenderse del verticalismo y las imposiciones que ocurren en ese partido. Sería raro, en realidad, que abandonaran las prácticas que para ellos han prevalecido por décadas, y se aprestaran a jugar a una democracia civilizada, de la que precisamente no han sabido dar los mejores ejemplos.

MAL RECIBIMIENTO

El nuevo secretario General de Gobierno, Evencio Nicolás Martínez Ramírez, fue recibido con una semana completa de caos y bloqueos, a manos de distintos grupos sociales. Ayer no fue la excepción. Ahora sí debería comenzar a honrar su promesa (esa de “no fallarle a la sociedad”, que aparece siempre en sus comunicados) y redoblar esfuerzos por atender sus tareas, que tanto le urgen a Oaxaca.

almargen@tiempoenlinea.com.mx

almargenoaxaca.wordpress.com

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