Transporte: ¿Por qué no permitir que llegue Uber a Oaxaca?

Uber

+ Rechazo implica condenarnos todos al atraso y al mal servicio


Ayer los taxistas de la capital oaxaqueña salieron a protestar en contra de la próxima introducción del servicio tipo Metrobús, así como por la posibilidad —un rumor— de que se podría realizar una reforma a la Ley de Transporte para permitir el funcionamiento de sistemas de transporte colectivo utilizados a partir de tecnología de geoposicionamiento global. Aunque la protesta pudiera ser entendible a partir de la lógica de la protección de los intereses gremiales, desde la ciudadanía debiera exigirse el rompimiento de los monopolios para conseguir la nada sencilla posibilidad de un mejor servicio al usuario.

En efecto, desde el día previo el gremio del transporte concesionado de la capital oaxaqueña anunció una protesta en contra del llamado Metrobús (que en Oaxaca recibirá el nombre de SitiBus) y también contra servicios como Uber. Los líderes del taxismo citadino exigen una mesa de diálogo con el gobernador Gabino Cué Monteagudo para exponer su inconformidad  para que se autorice el servicio de taxis Uber por considerar que se trata de una competencia desleal.

De entrada anunciaron que no bloquearían las vialidades de la capital oaxaqueña. Sin embargo, también advirtieron que lo harían, en los principales cruceros, si no eran atendidas sus demandas. Un par de horas después establecieron una mesa de trabajo con la Secretaría General de Gobierno, y alrededor del mediodía anunciaron que retirarían su concentración de unidades en el Centro Histórico luego de alcanzar acuerdos preliminares con la dependencia que encabeza Carlos Santiago Carrasco.

Hasta ese punto, pareciera que los taxistas locales tienen alguna motivación legítima para protestar en contra de sistemas como Uber que, en definitiva, los superarían desde el inicio tanto en precio como en calidad del servicio. En lo que corresponde al SitiBus, la protesta del taxismo citadino más bien parece un apoyo a su oligopolio hermano del transporte urbano y suburbano, que también se vería involucrado en una nueva dinámica de competencia y mejoramiento del servicio, a la que hasta ahora se han resistido a partir de su sola capacidad numérica y de presión al gobierno estatal.

Ahora bien, en varias de las ciudades más importantes del mundo, Uber significa la ruptura de un paradigma, pues es un servicio de transporte de pasajeros, que sin tener una concesión de taxi, proporciona un servicio eficiente, cómodo, seguro y confiable, que además ofrece al usuario un ahorro de alrededor del 50 por ciento del costo respecto al transporte tradicional, y condiciones de servicio que no podría prestar el sistema de transporte concesionado.

Frente a Uber, y frente a los sistemas de transporte que buscan romper inercias, habría que preguntarse: ¿Lo correcto es cerrar el mercado para evitar la competencia, o meter a todas las modalidades de servicio en un proceso de modernización para que puedan competir?  Esta pregunta, y el ejemplo de Uber, son de alguna manera equiparables a lo que ocurre en Oaxaca frente a la posibilidad del establecimiento del sistema Metrobús. En la Ciudad de México, por ejemplo, hay una fuerte oposición al servicio que presta Uber, porque el transporte concesionado tradicional de pasajeros considera que éste genera una competencia desleal al no haber pasado por el paso de la obtención de las licencias que son requeridas a taxis, microbuses y autobuses para prestar ese servicio, y que además tienen un costo económico importante. Basado en ello, el transporte tradicional dice que Uber genera competencia desleal.

¿COMPETENCIA DESLEAL?

En paralelo, en el escenario local, los transportistas han rechazado la posibilidad de que se instale en Oaxaca un servicio de Metrobús, porque —aseguran— va a afectar al sector y  provocará la pérdida de al menos 20 mil empleos que general; y porque sólo se va a dar beneficios a los empresarios que cuentan con mayor poder adquisitivo, ya que no se ha tomado en cuenta a todo el sector. Frente a estas dos posturas, vale la pena preguntarse si los argumentos de unos y otros son válidos, y entonces lo correcto debiera ser que todos los usuarios del servicio de transporte público —autobuses, colectivos, taxis de sitio— tuviéramos que atenernos al servicio deficiente que presta el servicio concesionado.

Pues queda claro que, por ejemplo, en el caso del servicio de taxis que existe en la ciudad de México, éste es un servicio que adolece de todas las deficiencias que podamos imaginar. Es un servicio que por décadas se ha caracterizado por ser ineficiente, costoso, peligroso y poco confiable. Es común que todo aquel que visita la Ciudad de México sin conocer la ciudad, y aborda un taxi, lo menos que puede esperar es que el conductor de la unidad lo lleve a dar un recorrido innecesario sólo para hacer avanzar su taxímetro, aprovechándose de que el pasajero no tiene idea de cuál es la ruta idónea para llegar a su destino; y en el peor de los casos, debe también esperar a ser timado o asaltado dentro de la misma unidad. Algo más o menos parecido ocurre con el servicio de transporte público concesionado en una ciudad como la nuestra. Los autobuses de pasajeros son auténticas chatarras andantes, que además de ser contaminantes y peligrosas, implican toda clase de riesgos para los usuarios.

Pues resulta que los conductores de las unidades tienen nula capacitación en cuanto a las reglas mínimas de tránsito que rigen las calles y los cuidados que deben tener al conducir esas unidades; también son ignorantes de las reglas mínimas de trato al usuario, y de las normas de protección que deben guardar para mantener a salvo a las personas que transportan. En fin, todo se adereza con un servicio costoso que además no retribuye al usuario por la alta tarifa que paga.

QUE HAYA COMPETENCIA

Los oaxaqueños debemos apostar a que haya competencia. Puede entenderse que el pulpo camionero, o los taxistas, defiendan sus intereses y a su gremio frente a las nuevas modalidades de competencia. Pero ese, con respeto lo afirmamos, es problema de ellos. Nosotros como ciudadanos debemos exigir calidad, eficiencia, seguridad, comodidad, y no resignarnos a la condena de un mal servicio sólo porque a ellos les puede afectar la competencia. Esa posibilidad es simplemente insostenible. Por eso, frente a los nuevos sistemas, lo más sano y conveniente es que todos se pongan a competir, traten de mejorar y no nos conviertan a los ciudadanos en rehenes de su ineficiencia y resistencia al cambio.

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