¿Por qué nos duele tanto Oaxaca?

ZócaloOax

+ Majestuosidad, llena de atavismos


Duele Oaxaca. Duele porque es una tierra mágica, pero por momentos parece que también condenada al atraso. Duele Oaxaca porque es un espacio lleno de colorido, de gente decente y maravillosa, pero que al mismo tiempo es una tierra que a veces pareciera condenada indefinidamente a la pobreza, a la marginación y al encono. Nos duele Oaxaca, porque en fechas como éstas, la encontramos como un espacio inigualable, determinado por la algarabía, pero también chapaleando para sobrevivir. Nos duele Oaxaca porque a pesar de todo la gente quiere salir a disfrutar su cultura, sus tradiciones y el orgullo de ver a esta tierra adornada por los colores de nuestras expresiones, y de la profunda pluralidad que somos. Duele Oaxaca porque a pesar de todo eso, parece que la única moneda de cambio posible es el enfrentamiento, el atavismo y la división entre sus diversas y abundantes expresiones políticas. Nos duele Oaxaca porque tiene todo para ser una tierra provechosa: porque es espacio de abundancia cultural, de riqueza natural, de potencial turístico, de bellezas naturales, de mujeres y hombres convencidos de su pertenencia. Pero duele, en realidad, porque a pesar de todo eso la comprobación cotidiana es que ha sido imposible salir adelante; porque no vemos más escenario que el de la confrontación, la zozobra, la incertidumbre y la incapacidad de entendernos. Nos duele Oaxaca porque tiene mucho y sigue siendo un reducto de la pobreza; porque nunca ha habido el espacio de entendimiento que es tan necesario en estos momentos, y siempre. Duele Oaxaca porque grupos facinerosos, de gobiernos y opositores, se han aprovechado de la pobreza, de la ignorancia y del atraso de las personas, para venderles historias imposibles, para manipularlas, y para utilizarlas en pos de sus intereses particulares. Duele Oaxaca porque hasta el momento no parece haber forma posible de arreglo entre nuestras diferencias naturales. Duele Oaxaca porque nuestra propia pasividad nos ha llevado a creer cosas que cualquier sociedad medianamente civilizada rechazaría por populista y por mentirosa. Duele Oaxaca porque (¡vaya paradoja!) resulta que nuestra mejor solución a los problemas sociales radica en seguir profundizándolos. Duele Oaxaca porque esas organizaciones, en su gran mayoría, no han traído sino más pobreza, más encono, más confinamiento y segregación, y menos civilidad. Duele Oaxaca porque de eso han sido cómplices los gobiernos que se han dedicado a resolver sólo sus problemas del corto plazo, sin detenerse a pensar por el espacio en la historia que desperdiciaron, y la posibilidad de hacer algo no por lo que ocurra mañana, sino por las generaciones siguientes. Nos duele mucho Oaxaca porque la educación sigue siendo símbolo del atraso, de la rebeldía inocua, y de la incapacidad de generar un movimiento con miras a llegar a objetivos posibles. Nos duele Oaxaca porque todos juntos hemos permitido que las cosas lleguen hasta la situación en que se encuentran: porque todos hemos sido cómplices –por acción u omisión— de la dictadura de quienes no quieren un arreglo provechoso para nuestra entidad. Duele Oaxaca porque la Sección 22 defiende a Oaxaca destruyéndola, porque reiteradamente la sociedad le ha dado la confianza para ser la voz cantante de los movimientos sociales, y porque reiteradamente el resultado ha sido una traición a la confianza, y una lucha destructiva, en la que ellos han logrado sus conquistas a costa de ver sometida la gobernabilidad, al Estado, y a la ciudadanía, a una agenda que ya ni siquiera responde a las necesidades de la gente, y quién sabe si en estos momentos sirva en algo a los intereses de la mayoría de sus agremiados. Duele mucho Oaxaca porque sigue habiendo mujeres que paren a sus hijos en condiciones infrahumanas; porque hay niños que se mueren —como dijera Marcos, en otros tiempos— de pobreza; porque la gente padece y sufre por enfermedades perfectamente curables, y porque el mayor riesgo para la salud muchas veces resultan serlo los propios servicios de salud. Duele, y duele mucho Oaxaca, cuando uno escucha a la gente tronándose los dedos por vivir al día, y por no tener qué llevarle de comer a sus hijos. Duele todavía más Oaxaca cuando la mayoría de nosotros somos incapaces de ponernos en los zapatos del otro, y entender por qué sufren, por qué padecen y por qué esperan, como única condición, que haya paz. Duele Oaxaca cuando parece que las cosas no tienen arreglo y aún así la ciudad lucha por levantarse; cuando vemos que Oaxaca tiene gran capacidad de ser mucho más que todos sus problemas juntos, pero que nosotros somos —o cuando menos parecemos— sus principales enemigos. Duele Oaxaca cuando corroboramos que el progreso anhelado sigue cancelado quién sabe para cuántas décadas más, porque cada agitación, cada enfrentamiento, cada amenaza de las organizaciones, y cada demostración de incapacidad del gobierno, significa más años de atraso porque la gente cada vez quiere venir menos a esta tierra maravillosa. Nos duele Oaxaca. Nos duele mucho cuando vemos en que años como el actual, hay una fiesta cultural a medias, cuando vemos el Auditorio Guelaguetza a medio llenar; cuando toda la gente que vive todo el año de lo que gana este mes, ve con tristeza que llegó apenas un cuarto de los visitantes que esperaban. Duele cuando vemos fiestas desangeladas. A gente con zozobra por si el siguiente bloqueo, o la siguiente manifestación ocurre en medio de alguna celebración. Duele porque no queremos, porque nadie quiere, una fiesta entre policías, pero tampoco una fiesta entre irracionales testarudos incapaces de entender. En momentos como éste, en los que Oaxaca muestra su mejor cara, duele, y duele mucho ver que al menos en el futuro cercano, para los oaxaqueños mucho significa nada.

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