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Candidatos de “las izquierdas”: un revoltijo

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Si en algún sector de la política partidista en Oaxaca, existen problemas independientes a las definiciones ya habidas en el ámbito nacional, es en los partidos que integran las llamadas “fuerzas de izquierda”. En ellos, la unificación habida entre sus dos principales aspirantes presidenciales, en ningún modo significa que dicho acuerdo pudiese reproducirse en las entidades federativas respecto a las candidaturas para integrar el Congreso de la Unión. Eso, además de las calenturas de algunas, y de las decisiones intempestivas de otros, hará de las definiciones un auténtico dolor de cabeza para los dirigentes y líderes de esas fuerzas políticas.
La disputa está, como es obvio, entre el ala moderada del PRD y Morena. Ambos pretenden presentarse a la ciudadanía como un solo bloque, agrupado alrededor del virtual candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador. Y sin embargo, fuera de esa primera definición, queda claro que en los círculos inferiores no existe un solo consenso respecto a las candidaturas, e incluso ni siquiera existe la concordia y el compañerismo que tratan de aparentar. La disputa en cada entidad federativa por el Senado de la República y las diputaciones federales, así lo está dejando ver con toda claridad.
En Oaxaca esa disputa se dejó ver desde el primer momento, en la discordia pública habida entre los aspirantes a senadores, Alberto Esteva Salinas y Benjamín Robles Montoya. Éstos, tratando de asumirse como “herederos” de los respectivos grupos políticos a los que pertenecen, y ambos exigiendo (en algunos casos con decoro, y en otros descaradamente) el respaldo del gobernador Gabino Cué Monteagudo en sus aspiraciones, han tratado de usar todos los recursos a su alcance para tratar de aparentar que, por algún tipo de “necesidad” de las izquierdas, ellos son los elegidos. Veamos si no.
Por un lado, Esteva Salinas ha tratado de capitalizar su ascendencia con el jefe de Gobierno del Distrito Federal —y ex aspirante a la candidatura presidencial de las izquierdas—, Marcelo Ebrard Casaubón. Aquí en Oaxaca ha tratado de alimentar la percepción de que, al menos en la entidad, él será el factor de negociación de su jefe con las tribus perredistas, con el Gobernador del Estado, y con los partidos que integran esa coalición, para brindar un apoyo efectivo a la causa de López Obrador.
En el fondo, el amague disimulado que deja ver Esteva Salinas, es que si no es él el elegido, entonces ningún aspirante a cargos de elección popular —incluido López Obrador, y los abanderados al Senado y las diputaciones federales— será apoyado el próximo año con los recursos y las “bendiciones políticas” que puedan salir desde el Gobierno del Distrito Federal.
¿Cuál es el problema en todo esto? Que todos esos son dichos de Esteva, y no de Ebrard. Es decir, que más allá de las percepciones que ha tratado de alimentar el ex Líder Estatal del antiguo Partido Convergencia, nadie sabe en realidad si él tiene la ascendencia política que dice sobre Marcelo Ebrard; del mismo modo, nadie sabe si él será —o si al menos podría ser—, el factor de negociación del ebrardismo con el lópezobradorismo para las definiciones en nuestra entidad, o si incluso tiene la popularidad con la que asegura que ganará el Senado.
Nadie más que él sabe si en realidad todo eso está tan a su favor como lo hace creer. Y queda claro que si eso —todo o en parte— no está seguro, su aspiración al Senado podría quedarse sólo en eso: en un deseo personal, que no está respaldado por elementos objetivos que le den certidumbre a lo que él quiere.

EL CASO ROBLES
Es posible que cuando se presente la iniciativa de ley para modificar la estructura del Gobierno del Estado, más de uno se vaya de espaldas con la noticia de que, en efecto, los Módulos de Desarrollo Sustentable habrían de convertirse en la plataforma de creación de las ocho subsecretarías regionales que planteó al tomar posesión el secretario General de Gobierno, Jesús Martínez Álvarez. Más de uno podría estarse dando de topes en la pared. Y uno de ellos podría ser justamente Benjamín Robles Montoya.
Robles nunca ha ocultado no sólo que quiere ser senador, sino que tampoco ha tenido rubor alguno en aceptar que él quiere ser una especie de “Gabino Cué II”. Por eso, públicamente ha sostenido cuestiones como que él quiere ser “el segundo oaxaqueño en recorrer los 570 municipios” (tomando en cuenta que el primero fue el hoy Mandatario); que él pretende continuar con el proyecto de cambio. O incluso, como lo hizo hace apenas unos días, asegurar que tiene derecho a aspirar a los más elevados cargos de elección popular por Oaxaca, debido a que, aún no siendo oriundo de esta tierra, en sus venas corre sangre oaxaqueña.
Para Robles Montoya los Módulos de Desarrollo (antiguas Delegaciones de Gobierno del Estado) serían su plataforma electoral. Y de hecho, lo fueron mientras estuvo al frente de la dependencia. En los meses que tuvo el encargo, se dedicó a hacer presencia en municipios, pactar con autoridades municipales, ofrecer apoyo, y estar presente en cada momento en que se hablaba de recursos y beneficios sociales para las comunidades. A partir de ello se atrevió a asegurar que era el mejor posicionado como aspirante al Senado —y casi casi, como próximo Gobernador del Estado.
El problema es que su idea es la del escalafón tradicional. Del mismo modo, no termina de quedar claro si él tiene todo el apoyo del Gobernador para ser primero Senador, y luego Gobernador; pero lo que parece, es que se soltó antes de tiempo del trampolín político, y que —en el caso que se convirtiera en Senador— tendría que romper cuando menos cinco años de inercias, en los cuales puede pasar de todo en el gobierno estatal.

SALTO AL VACÍO
Su primera gran derrota está en la posible absorción de las delegaciones por parte de la Segego. No sólo por la pérdida del trampolín electoral, sino por lo simbólico que resultaría el hecho de ya no tener el espacio al cual podría regresar ante un posible fracaso en su carrera (interna y externa) por el Senado. Robles, queda claro, con pocas certezas y con mucha prisa se está jugando todo, sin entender que hoy la de la política es una carrera de largo aliento. Y de entrada debe entender algo: que él no es Gabino Cué, ni tiene la historia política del Mandatario en Oaxaca (incluso tampoco tiene su imagen y carisma); y que por tanto creer que, por puro linaje, puede ser su émulo, es simplemente una ingenuidad.

Aspirantes al Senado: ¿qué proyectos se perfilan?

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+ Legisladores federales: ¿no que muy “juaristas”?

Ayer inició formalmente el tiempo de precampañas para todos los que aspiran a cargos federales de elección popular. Junto con los proyectos presidenciales de cada partido, en las entidades federativas también habrán de definirse los proyectos de gobierno que pretenderán suceder a los grupos políticos y mandatarios actuales. En el caso de Oaxaca, este proceso es inédito no sólo por el hecho de que el otrora partido hegemónico está fuera del poder, sino también porque el gobierno estatal está integrado por una coalición que no marca un rumbo claro respecto a sus prioridades políticas.
Es necesario analizar cada caso en específico. Porque queda claro que en dos de los principales partidos políticos hoy se viven procesos particularmente interesantes. ¿De cuáles hablamos? Específicamente del PRI y de Acción Nacional, de los cuales nos ocuparemos en esta entrega, para luego dar paso al análisis del singular proceso que asimismo ocurre en las llamadas “fuerzas de izquierda” en Oaxaca.
Comencemos por el priismo. Porque el proceso de definición de sus candidatos al Senado de la República, es sintomático de la inestabilidad en que se encuentra el grupo político del que aún es icónico el ex gobernador Ulises Ruiz Ortiz. Y es que, parece que no, pero el abrupto relevo en la dirigencia nacional vino a replantear los escenarios y las posibilidades de quienes, envueltos en la bandera del ulisismo, pretenden pelear por un escaño en la Cámara alta.
En ese sentido, preguntarse hoy quiénes pretenden obtener una candidatura al Senado por el priismo oaxaqueño, es un cuestionamiento de fácil respuesta: aspiran todos los diputados federales, aunque particularmente dos pretenden asumirse como los más perfilados para ello. Además de eso, existe una innegable puja entre los grupos disidentes. Y, por si todo esto fuera poco, también ahora todo eso se combina con los intereses del CEN del PRI, que están en un intenso proceso de replanteamiento.
La disyuntiva fundamental entre los grupos e intereses al interior del priismo, radica en el planteamiento siguiente: mientras el grupo del ex gobernador Ruiz pretende mantenerse en las posiciones de poder, la disidencia local exige únicamente quitarlos; y frente a todo esto, la dirigencia nacional y el peñanietismo lo que quiere es elegir a quienes abonen a la causa presidencial, independientemente de nombres o grupos.
En todo esto, surge un primer problema, y es el siguiente: nadie, de ninguno de los tres grupos, ha podido explicar para qué continuar, arrebatar o conseguir el poder. Todos, hasta ahora, dejan ver que van por los cargos, aunque carezcan de idea o visión clara sobre lo que pretenden hacer con los escaños y curules legislativas. Es decir, qué proyecto encabezarán, por qué temas de Oaxaca abogarán, o qué causas defenderán. Es la lucha por el poder. Y punto.
Pero además, con el grupo ulisista existe otro problema: dejar pasar a sus dos aspirantes al Senado (los diputados federales Eviel Pérez Magaña, y Héctor Pablo Ramírez Leyva) significa permitir la perpetuación de un grupo que, les guste o no, lo acepten o no, perdió la gubernatura de Oaxaca, que entregó malas cuentas a su partido; y que, también les agrade o no, por sus antecedentes, imagen y resultados, hoy son más un lastre y un pasivo para el priismo nacional, que un factor de suma tanto en Oaxaca como para el país.
Todo eso, finalmente, tendrá que ser conciliado y sopesado por el priismo nacional. Pues hoy los factores locales de poder —todos— perdieron buena parte de la fuerza y ascendencia que ya tenían con el ex dirigente nacional Humberto Moreira. Y por eso ahora parece que pesarán más ciertos elementos, que ya no son los “linajes políticos”, los débitos al interior de los grupos o los “escalafones”. Y esa pugna se ve harto complicada, desde cualquier ángulo que se le pretenda analizar.

DISPUTA PANISTA
Por Acción Nacional sólo hay tres posibles candidatos: El ex gobernador Diódoro Carrasco, el delegado de Sedesol en Oaxaca, Huberto Aldaz, y la diputada, Eufrosina Cruz. Finalmente, queda claro que, muy posiblemente, la puja final no sea entre tres, sino entre los dos primeros, y lo único que quedará a discusión es quién de ellos encabeza la fórmula de aspirantes al Senado de la República.
Quienes conocen los jaloneos internos del panismo, aseguran que el ex gobernador Carrasco en realidad está presionando para ser incluido en la lista de candidatos a la Cámara alta por representación proporcional, ya que asume que, por su misma historia política en Oaxaca, no tiene un arribo asegurado al Senado.
En ese sentido, no dejan de pesarle cuestiones como la situación de la violación de los derechos humanos en la región de los Loxicha —cuyo expediente desapareció— de la que diversos grupos lo responsabilizan directamente. Además de esto, le pesa también el hecho de que ya fue gobernador y, en esas condiciones, perder una elección de mayoría, sería un doble revés, quizá irreversible, para la carrera política que pretende reencauzar. Su gran respaldo está en la aspirante presidencial Josefina Vázquez Mota. Pero el ex Gobernador tiene más pasivos de los que aparenta. Y, dicen, pretende llevar como suplente al edil citadino, Luis Ugartechea Begué.
Aldaz, por su parte, tiene una base social consistente que ha venido construyendo desde el antiguo Instituto Nacional Indigenista. A diferencia de Carrasco, ha evitado la confrontación, e incluso eso mismo le ha permitido evitar el choque con los grupos que hoy se disputan la candidatura presidencial. Y buscará apelar a que el panismo no apoye a un ex priista como su principal abanderado al Senado.

¿MUY JUARISTAS?
El pasado jueves hubo una agria discusión en la Cámara baja, relacionada con una modificación al artículo 24 constitucional, relativo a la libertad de culto. En ésta, varios diputados oaxaqueños apelaron a los principios juristas, y votaron contra la determinación que impulsaba su mismo partido. ¿Y saben qué diputados oaxaqueños, por congraciarse, o por no confrontarse con su dirigencia —y no arriesgar sus aspiraciones—, optaron por salirse del recinto antes de la votación, o de plano se manifestaron a favor? Los que huyeron fueron Jorge Franco, Eviel Pérez Magaña, Heliodoro Díaz y Sofía Castro. Y los que sí votaron a favor fueron Narcedalia Ramírez y Emilio Mendoza Kaplan. ¿Y sus supuestas convicciones? ¿Y su “juarismo”? ¿Y su vergüenza política? ¿Y su representación de Oaxaca? Bien, gracias.

Estado e Iglesia: cada guiño es un regreso al pasado

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+ Debe cambiar prácticas; modificar ley es demagogia

 

Históricamente, la relación entre el Estado y la jerarquía de la Iglesia Católica no sólo ha sido ríspida, sino que ha sido el punto de partida de más de un conflicto armado. Desde que México es una nación independiente, la gran mayoría de las asonadas, cuartelazos, rebeliones, motines y hasta revoluciones, tuvieron como origen una disputa relacionada con la Iglesia. Ese solo hecho bien puede ser una referencia para entender que cada que se intenta hoy modificar la Constitución de la República en materia de libertad de creencia, cultos religiosos o asociaciones de esa índole, detrás existen innumerables intereses escondidos, pero poderosos, que buscan ser satisfechos.

En efecto, todo aquel que conozca medianamente la historia del país, sabe que desde la Guerra de Independencia, todos los movimientos armados del siglo XIX y XX en nuestro país, en algún modo tuvieron algo que ver con la jerarquía católica —no con el dogma, sino con la institución llamada Iglesia Católica—, y con los intereses económicos y políticos que ellos han tratado de defender a toda costa, incluso aún ante la posibilidad de anteponer su interés particular al general, o de entregar la soberanía nacional a aquellos que les garantizaran la preservación de su dinero, bienes, privilegios o fueros.

En ese sentido, si volteamos a la historia podremos ver que la defensa de esos intereses fue lo que desencadenó varias guerras, y que en buena medida, también la lucha entre el Estado y la Iglesia fue lo que determinó el contenido de nuestras constituciones de tipo liberal, y la amplia distancia que el Estado siempre ha tratado de tener en relación no al dogma religioso, sino a la institución que representa el catolicismo en el país.

Esa amplia distancia se creó a partir de episodios como la misma Guerra de Reforma, de la derrota del conservadurismo por parte del régimen liberal que reinstauró el presidente Benito Juárez, y luego por la consolidación del Estado laico, en el que ya no se permitió la injerencia de la Iglesia Católica en los asuntos políticos del país, ni en lo relativo al control de los actos de la vida civil de las personas, y tampoco en la utilización de los púlpitos como herramientas de manipulación de la conciencia de los feligreses, que a su vez son también votantes y ciudadanos con derecho a voz y voto en los asuntos políticos de nuestro país. Todo eso luego se refrendó con la guerra cristera. Y se consolidó con la ausencia de relaciones diplomáticas entre el Estado Mexicano y El Vaticano, y la negación del reconocimiento a las asociaciones religiosas, y de ciertos derechos políticos a los ministros de culto religioso.

Todo eso siguió la misma lógica hasta inicios de los años 90s, en los que, por otros motivos, el presidente Carlos Salinas de Gortari estaba necesitado de apoyo y legitimación política, y entonces cedió ciertas pretensiones al Partido Acción Nacional a cambio de que éste le apoyara en el endeble proyecto político que entonces trataba de emprender desde la Presidencia de la República. ¿Qué pactaron?

En términos sencillos, pactaron la ratificación del artículo 24 constitucional, en relación a la libertad de creencia religiosa, pero a cambio de ello el establecimiento de relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano, y el replanteamiento total del artículo 130 constitucional —para quedar en los términos actuales—, para que el Estado reconociera a las asociaciones religiosas la personalidad jurídica respectiva, para que los ministros de culto fueran también reconocidos en ciertos derechos como ciudadanos, y para que pudiera flexibilizarse la legislación en materia de culto público.

Ese fue un controversial paso del Estado Mexicano, que lo mismo fue comprendido en el marco del ensanchamiento de las libertades y la tolerancia que, acorde con los tiempos actuales, debía tener el Estado respecto a los actores influyentes de la vida pública; pero también fue comprendido como una primera traición a los principios liberales del juarismo, que establecieron un muro en el que el Estado asume la preponderancia respecto a la religión, y la pone en un estado de mínima tolerancia y reconocimiento, pero sin darle espacio a que crezca y pueda reasumir algunas de las potestades que le fueron recortadas a partir de las armas o de las estipulaciones constitucionales.

 

NUEVA POLÉMICA

El pasado jueves, en la Cámara de Diputados se discutió acaloradamente, y finalmente ahí se aprobó, una reforma al artículo 24 constitucional en la cual se estipulan nuevas disposiciones en relación al culto y la libertad de realizar manifestaciones religiosas de las personas. ¿Qué dice, y qué pretenden reformar, de dicho precepto?

Dicho artículo, en su primer párrafo del texto vigente señala que: “todo hombre es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade y para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley”.

Los diputados aprobaron EL un nuevo primer párrafo del artículo 24 que formula precisiones en amplitud al ejercicio de las libertades religiosas: “Toda persona tiene derecho a la libertad de conciencia y de religión, y a tener o adoptar, en su caso, la de su agrado. Esta libertad incluye el derecho de practicar, individual o colectivamente, tanto en público, como en privado, las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley. Nadie podrá utilizar los actos públicos de expresión de esta libertad con fines políticos, de proselitismo o de propaganda política”.

Esencialmente, la modificación parece intrascendente. Esto porque el nuevo precepto no dice nada que no esté establecido en la ley. Y más bien, la última parte de la propuesta parece ser la “zanahoria” para que se acepte lo primero. ¿Qué trascendencia tiene todo eso?

 

MODIFICACIÓN TRASCENDENTAL

El priismo parece impulsar esa reforma para congraciarse con la jerarquía católica, a partir del reconocimiento en la Constitución de las libertades que ellos ya utilizan, pero que hoy la ley les regula, particularmente en materia de culto público. Este parece ser un intercambio, o un coqueteo, eminentemente electoral. Tal y como lo han hecho con otros temas como el del aborto, en el que el PRI se “empaniza” en aras de acercarse a la Iglesia y que ésta le regrese otros apoyos. No existe otra explicación. Y, dicha reforma, no tendría otra utilidad más que esa.

Poder Judicial: todos deben hacerse cargo de él

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+ Sin diálogos de sordos, pueden generar avances

Los atrasos e insuficiencias del Poder Judicial del Estado no sólo son problema de ellos: es una cuestión que hoy, con responsabilidad, los Tres Poderes del Estado debieran asumir como propio, y tomar las medidas correspondientes para hacer de él el instrumento jurisdiccional funcional y de vanguardia que merecemos los oaxaqueños en estos tiempos que pretenden ser de transición. Queda claro que independientemente de las grillas cotidianas, ese no es un poder aislado, y por tanto sus mismos integrantes, y los pares del Ejecutivo y Legislativo, deben promover cambios a fondo y no sólo modificaciones que se quedan en el papel y en el discurso.
Es evidente que si en Oaxaca había un Poder atrasado y olvidado en todos los sentidos, ese era el Poder Judicial. Hasta antes de la reforma constitucional del pasado mes de abril, las normas que regían el funcionamiento e integración del poder juzgador databan de hace más de medio siglo.
En ellas, era evidente la predominancia del Poder Ejecutivo como factor decisivo en la integración del Judicial, y por tanto, era también claro que éste quedaba materialmente subordinado a las decisiones y necesidades del Gobernador en turno.
¿Qué decía la Constitución hasta entonces? Decía, en términos sencillos, que era facultad del Ejecutivo hacer la designación de los Magistrados del Poder Judicial que hicieran falta, y que el Legislativo sólo tenía participación en la ratificación de la decisión ya tomada por el Gobernador, y que si el Congreso no se pronunciaba respecto al nombramiento en un plazo determinado de tiempo, entonces se tenía automáticamente por ratificado.
Además de esto, no existían mecanismos claros y transparentes para el nombramiento, la permanencia y, en su caso, la destitución no sólo de los magistrados, sino de todos los integrantes del Poder Judicial, como jueces, secretarios judiciales y empleados administrativos.
Es decir, que en esas circunstancias, el Presidente del Tribunal Superior de Justicia concentraba casi la totalidad de las facultades, y por esa sola razón el Poder Judicial perdía autonomía, porque las decisiones jurisdiccionales de jueces y magistrados quedaban supeditadas a las necesidades del Magistrado Presidente, y éste a su vez tenía dependencia del Gobernador del Estado, que era a quien políticamente le debía el cargo.
La reforma constitucional de abril pasado trató de equilibrar esta situación, y por esa razón se establecieron nuevos criterios para la designación de Magistrados, se creó un Consejo de la Judicatura, para hacerse cargo de todo lo relativo a la permanencia, ascensos, sanciones, acceso y destitución de los funcionarios de ese poder; se creó una Sala Constitucional para que conociera de asuntos de esa naturaleza, respecto a los cuales hasta entonces estaba impedido. Y con todo ello se trató de decir que también el Poder Judicial ya se había transformado y que, por eso mismo, se materializaba la transición democrática que el actual régimen dice estar cimentando en Oaxaca.
Aunque nada de eso es incorrecto y, al contrario, sí abona a una verdadera evolución de los tribunales de justicia locales, lo cierto es que nada de eso es suficiente, porque todo existe sólo en los documentos y en las intenciones. De ahí que sea necesario que el Poder Judicial sea integrado al debate público, y sus necesidades e insuficiencias sean ventiladas de cara a la sociedad, justamente para estimular la necesidad de cambios que se requiere con urgencia.

MÁS ATENCIÓN
Oaxaca fue una entidad pionera a nivel nacional en la implementación del sistema de justicia acusatorio adversarial, y sin embargo este proceso quedó inconcluso. La falta de consistencia en el proceso de aplicación de las reformas en materia de justicia, la desatención del Ejecutivo hacia los proyectos del Judicial, e incluso el silencio y la resignación de éste frente a la arbitraria decisión administrativa de regatear los recursos y de no seguir invirtiendo en el nuevo modelo de impartición de justicia, aún hacen palidecer cualquier avance que se diga que se promueve para el Tribunal de Justicia.
Los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, por eso, deben no sólo hablar de buenas intenciones, de proyectos y de visiones de largo plazo, sino que fundamentalmente deben pensar en los resultados y en las inversiones de dinero que se requieren para que las reformas se hagan efectivas, y por tanto se puedan entregar mejores cuentas a la sociedad oaxaqueña.
En ese sentido, es necesario que los tres poderes hagan lo necesario para hacer efectiva la reforma al sistema de justicia y puedan continuar el calendario de implementación del sistema acusatorio adversarial. Lo peor que pueden hacer en estos momentos, es mantener ese tema en el olvido, porque ni siquiera está completado, y tampoco está lo suficientemente revisado y perfeccionado como para asegurar que ya es un sistema concluido. Por sola prelación de tiempo y de utilidad práctica, ninguna otra cuestión debiera ser tan prioritaria para el Poder Judicial como eso.
No obstante lo anterior, también deben “hablar en plata” para materializar las reformas constitucionales de abril pasado. Esto por la sencilla razón de que cada una de las modificaciones constitucionales tienen un costo económico, que no sabemos si se ha contemplado en el gasto proyectado, y del cual tampoco existe certeza de que pueda ser modificado una vez que los diputados locales conozcan del presupuesto de egresos para el próximo año, y puedan reasignar partidas para hacer funcionales las reformas que atañen al Poder Judicial.

AMPLIO DEBATE
Finalmente, más allá del solo discurso, es fundamental que este poder sea más eficaz y funcione con mejores estándares. Los señores magistrados, no por el hecho de tener esa calidad, son infalibles o ajenos a las críticas, al perfeccionamiento de sus perspectivas o al análisis relacionado con su labor. Por esa razón, sería fundamental que ellos mismos dejaran la actitud de que “la ropa sucia se lava en casa”, y promovieran amplios debates respecto a la viabilidad de las reformas y proyectos que son indispensables para el funcionamiento de los órganos jurisdiccionales. Queda claro que continuar en el silencio, en la obediencia y el disimulo —como lo siguen haciendo hasta ahora, bajo los designios de un Magistrado Presidente materialmente nombrado por el Gobernador—, no los llevará a nada provechoso.
almargen@tiempoenlinea.com.mx

Guerrero, otro “Oaxacazo” ante desvergüenza oficial

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+ Banalización del poder, falsa “constitucionalización”

En los tiempos del partido hegemónico en el poder presidencial, un gobernador o alcalde no hubiera resistido permanecer en su cargo ante hechos como la represión en San Salvador Atenco, el conflicto magisterial en Oaxaca de 2006, la revelación de llamadas telefónicas entre el “góber precioso” de Puebla, Mario Marín y Kamel Nacif, el escándalo por la extorsión a casinos en Monterrey, o la actuación de la policía ministerial guerrerense, que mató a dos estudiantes normalistas, en un fallido e inexplicable intento por “limpiar” el paso de la Autopista del Sol. Hoy, sin embargo, frente a todos esos hechos, podemos ver que esas autoridades, protegidas por un argumento de constitucionalidad —y negando el más elemental sentido político—, se resisten, o se han resistido, a dejar sus cargos.
Queda claro que hoy la clase política nacional no se encuentra sujeta a los controles políticos del pasado. Es decir, hoy el Presidente de la República no es el Jefe metaconstitucionalmente facultado, de los gobernadores, ni de los legisladores, y tampoco de los jueces, magistrados y ministros del Poder Judicial de la Federación.
No obstante, se supone que esa ausencia de controles debiera ser saludable para la democracia. Pero no. El problema es que las libertades se confundieron con la desvergüenza. Y por eso hoy, ceñidos a una legalidad que apenas alcanza a soportarlos, se aferran a sus cargos sin entender que para tener autoridad no basta con el nombramiento, sino también con la legitimación continua de los gobernados, y de su propio apego a la legalidad que juró defender, y no soslayar, como gobernante.
Todos los casos antes señalados, son icónicos por eso. En el caso de Atenco, por ejemplo, se documentaron plenamente excesos policiacos cometidos por elementos de la Agencia de Seguridad Estatal del Estado de México, así como por elementos de la entonces Policía Federal Preventiva, en contra de pobladores que, aunque sí habían también agredido a policías en ocasiones anteriores, esto no justificaba que las fuerzas policiacas acudieran ahí a cobrar venganza directa por los acontecimientos previos. No obstante todas las investigaciones y revelaciones habidas respecto a esos hechos, el Gobernador de aquella entidad (Enrique Peña Nieto) no sólo no hizo ningún ajuste en su gobierno —y mucho menos pensó en dejar el cargo— sino que hoy, incluso, aspira a la Presidencia de la República por el PRI.
Qué decir del caso de Oaxaca. Aquí, el entonces gobernador Ulises Ruiz, basado en el argumento de que ni el Presidente ni el Senado podían destituirlo de su cargo de Gobernador, debido a que éste lo había ganado por votación popular y no por designación de nadie. Apeló al respeto a la soberanía estatal, al federalismo, y a la constitucionalidad, y finalmente pudo resistir los embates políticos para no renunciar a su cargo. Y aunque para entonces era ya políticamente impresentable (y por eso, en público, dentro y fuera de su partido siempre lo trataron de lejos, tras bambalinas, o como una especie de “mal necesario”), lo cierto es que su único argumento a la legalidad —que él mismo no siempre respetó— fue lo que le permitió continuar en su responsabilidad.
Algo similar ocurrió en los casos del ahora ex gobernador de Puebla, Mario Marín, y más recientemente con el alcalde de Monterrey, Fernando Larrazábal Bretón. Uno y otro apelaron exactamente a lo mismo, y desdeñaron por completo el hecho de que su imagen pública y política estaba deshecha ante los señalamientos. Uno y otro se ciñeron simplemente a la protección de la ley, y se desentendieron así de la responsabilidad de responder específicamente, como ciudadanos, por las conductas indebidas que se les atribuían, y que los inhibían de responsabilidad por el hecho de ser servidores públicos popularmente electos.

GUERRERO, OTRO CASO
El pasado lunes, un grupo de estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa, bloquearon el paso en la Autopista del Sol, que comunica a Acapulco con la Ciudad de México, demandando una audiencia con el gobernador de Guerrero, Ángel Heladio Aguirre Rivero, para exigirle el cumplimiento de ofertas que él mismo había ido a hacerles a los estudiantes, unos meses antes ahí en su centro educativo.
La respuesta oficial no fue de concertación política, e incluso tampoco fue de disuasión por parte de los elementos policiacos. Éstos, según consta en los videos, llegaron no a replegar a los estudiantes para despejar la autopista, sino directamente para agredir a los estudiantes, para tundirlos salvajemente, y para hacer disparos de arma de fuego, como si éste fuera un enfrentamiento con sicarios, o como si éstos estuviesen cometiendo delitos graves en flagrancia, que en correspondencia ameritaran los disparos que les propinaron los elementos ministeriales.
El saldo fue de dos muertos, y casi una veintena de heridos. Además, existen suficientes grabaciones como para corroborar que, además de los disparos, sí hubo un repliegue excesivo de fuerza por parte de elementos federales, estatales y municipales que se apersonaron en el lugar. Y aunque esto último amerita un deslinde serio y puntual de responsabilidades, lo cierto es que nadie cuestiona el “dato duro” que constituyen los dos estudiantes muertos.
En ese caso en específico no hay nada que discutir. Acaso, determinar la identidad de los elementos ministeriales agresores. Y por ese solo hecho, y por una razón de vergüenza política, el Gobernador debiera dejar su cargo. En esas circunstancias, es imposible que un Gobernante se desentienda de la cadena de mando, y de la responsabilidad que se desprende de ella.
Si él ordenó los disparos, debe irse porque eso es abiertamente contrario a derecho y a lo que espera la ciudadanía de sus gobernantes. Y si no lo ordenó, debe también irse, como consecuencia de permitir ese grado de descontrol entre sus subordinados.

RESPONSABILIDAD INELUDIBLE
No es sólo un asunto de legalidad, sino también de decoro. El problema es que nuestra clase política ha perdido lo segundo, pero lo justifica en función de lo primero. Para ellos, basta con preservar la “legalidad” y la inamovilidad de sus cargos, para cometer todo tipo de excesos. No entienden que más allá de lo jurídico está lo político; y que esto último debiera ser el principal estabilizador de sus respectivas gestiones, que finalmente se deben a la ley, pero más a la venia de la ciudadanía.
almargen@tiempoenlinea.com.mx

Perla Woolrich bajo sospechas: está en el peor escenario

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+ Su panismo no debe determinar las auditorías

 

Incluso frente a sus mejores intenciones, hoy la secretaria de la Contraloría y Transparencia Gubernamental, Perla Woolrich Fernández se enfrenta a su peor escenario posible. Porque como una de las opositoras históricas al largo régimen priista en Oaxaca, hoy tiene la oportunidad de juzgar sus acciones y perseguir a quienes se consideran como quebrantadores del presupuesto público. Sin embargo, el exceso de triunfalismo, las altas expectativas, y la distancia existente entre las aspiraciones de justicia y los procedimientos legales, la pusieron en una posición de entredicho incluso entre quienes integran la coalición legislativa que intenta gobernar de la mano del gobernador Gabino Cué Monteagudo.

Todo eso quedó claro ayer en su comparecencia. Porque independientemente de los ataques naturales de la fracción parlamentaria del Partido Revolucionario Institucional, la Contralora también se enfrentó a los cuestionamientos de varios de sus correligionarios, que le reprocharon la demora excesiva en los procedimientos administrativos y jurisdiccionales que se siguen en contra de funcionarios de la anterior administración; también le pidieron cuentas sobre las auditorías realizadas, y por la variación de montos entre lo que ella anunció hace unos meses como quebranto, y lo que luego reconoció el Gobernador como parte de ese mismo rubro. Incluso, una diputada le exigió que, aún por la vía violenta, se haga justicia y se materialice el cambio por el que votó la mayoría de los oaxaqueños. Sin embargo, para entender todo esto, es necesario ir por partes.

En primer término, la comparecencia de Woolrich fue un poco más picaresca de todas las anteriores. Porque además del cuestionamiento natural, y hasta con ínfulas de protagonismo de varios diputados, ella también fue excesiva en sus participaciones. A diferencia de la mayoría de los servidores públicos que han comparecido ante el Poder Legislativo, la Contralora fue al Salón de Sesiones no sólo a tratar de hacer gala de su larga experiencia parlamentaria, sino que también a pelear con los diputados, pues aunque no contestó todas las preguntas que se le hicieron, sí trató de dar lecciones de derecho, de moral y de militancia partidista, además de envalentonarse y de hacer varios amagos que quizá habrían sido comprensibles entre pares, pero no viniendo de una subordinada del Poder Ejecutivo, que comparece ante la soberanía del Poder Legislativo.

Sin embargo, más allá de sus actitudes incorrectas, y de su excesiva proclividad por la disputa, lo cierto es que la secretaria Woolrich recibió los más duros cuestionamientos por parte de sus propios compañeros. Y no. No es que los priistas no la hayan cuestionado, sino que sus ataques se comprendieron en la lógica de la persecución que ella encabeza a través de las auditorías al régimen anterior; pero los de los partidos integrantes de la coalición legislativa fueron mucho más de fondo, y en realidad tienen que ver con el fracaso de las expectativas generadas en la población.

Incluso, en esa lógica, más de un diputado le cuestionó sobre la posibilidad de que hubiera habido un pacto entre integrantes de las dos administraciones para no finalizar las auditorías; para no llevarlas ante las autoridades judiciales; o incluso para hacer una incorrecta integración de ellas para que los involucrados pudieran defenderse en los tribunales, y ganar los juicios no por ser inocentes, sino por haber aprovechado los huecos legales en los expedientes, y los errores cometidos en ellos deliberadamente.

 

EL PEOR ESCENARIO

La diputada Margarita García le exigió a la Contralora que ante cualquier posibilidad de pacto entre grupos políticos, para que las investigaciones al régimen anterior queden en la impunidad, ella anteponga la dignidad y presente su renuncia a la dependencia que encabeza. Le dijo algo así como que es mejor tener autoridad que cargo, y que ella prefiriera seguir teniendo lo primero, antes que pensar en preservar lo segundo. Y no obstante que la Diputada tiene toda la razón, lo cierto es que las mismas circunstancias hoy ponen en entredicho la posibilidad de que Woolrich siga teniendo la misma autoridad y fuerza al frente de la Contraloría, que cuando inició la actual administración.

En este sentido, queda claro que el entredicho no viene de un posible pacto con el adversario. Independientemente de lo que se diga, Woolrich no parece una persona proclive a ese tipo de cuestiones. En realidad, el problema al que se enfrenta nace del excesivo triunfalismo con el que se llegó al gobierno estatal, y las precipitadas promesas de justicia y castigo a los responsables, que seguramente ella sí querría haber materializado abruptamente en este primer año de gobierno, pero que finalmente el Estado de Derecho le ha impedido.

Por eso, el cuestionamiento actual que pesa sobre la contralora Woolrich tiene más que ver con la venganza que no ha podido ejecutar —y que los mismos diputados de la coalición legislativa le exigen—, que con el hecho de que exista un pacto para dejar impunes los quebrantos al erario. Y queda claro que la diferencia entre la justicia y la venganza es abismal. Pero ella, lamentablemente, prometió lo segundo tratando de enmascarar sus intenciones en lo primero.

Por eso hoy, lo que Perla Woolrich debe demostrar es una eficacia absoluta en el trabajo que realiza. Si las declaraciones y las expectativas ya le fallaron, ahora debe acertar en la conclusión del trabajo que ya realiza, y en la posibilidad de defender sus procedimientos ante cualquier autoridad o tribunal a los que sean sometidos.

Debe hacer su trabajo pero determinada en la idea de justicia, y no en la de su militancia partidista, en sus fobias políticas o en los ánimos de venganza. Eso último, al final, y como ha quedado constatado, sólo hace que la venganza (así sea vista como un acto de justicia) convierta al hecho en naturalmente injusto, y que esto termine en la impunidad que nadie desea. Ese es su reto hacia el futuro. Quién sabe si tenga la claridad para verlo de ese modo.

 

MALAGRADECIDA

Por cierto, en algún punto de su comparecencia, Woolrich achacó las críticas que se le hacen en medios informativos, a los “apoyos” que dejó de dar a trabajadores de la información. Esto molestó a más de uno, que la recuerda hace no mucho tiempo, como diputada, pidiendo “de favor” a reporteros  y columnistas que incluyeran su información en sus notas del día. Cómo cambia la gente…

Imposiciones: ¿qué los ciudadanos no contamos?

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+ Participación: todo inicia por no menospreciarnos

 

El triunfo obtenido el año pasado por Gabino Cué, en su búsqueda de la gubernatura del Estado, fue una de esas lecciones en las que quedó constatado que hay ocasiones en las que la ciudadanía sí puede derrotar a los factores de poder, cuando éstos, manipulados hasta la saciedad y descompuestos por sus vicios, carecen ya de cualquier posibilidad de sostenimiento moral y político. En gran medida, eso fue lo que pasó en Oaxaca. Sin embargo, esos destellos aparentes de empoderamiento ciudadano no parecen haber sido entendidos ni valorados por quienes monopolizan el acceso al poder, desde las dirigencias partidistas en Oaxaca.

En efecto, tal parece que las lecciones del 2010 no fueron aprendidas. Porque si algo dejó claro aquella elección, es que frente a la ciudadanía no hay error ni exceso que no se pague, y que por esa razón, los nuevos tiempos imponían la necesidad de tomar en cuenta a la ciudadanía en la toma de las decisiones que, por ser políticas, nos incumben a todos. Se supone que eso quedó claro en el resultado adverso que tuvo el PRI con su abanderado. Y se supone también que eso fue lo que entendió la oposición ante el triunfo inusitado de su Abanderado a la Gubernatura.

En este sentido, quedó claro que independientemente a las cualidades o defectos que pudieran tener Gabino Cué Monteagudo y Eviel Pérez Magaña como abanderados, como políticos, como servidores públicos, como administradores, e incluso como personas, el resultado de los comicios lo que reveló fueron las consecuencias de la forma en cómo cada uno de ellos transitó al interior de su partido hasta llegar a la candidatura; de cómo trabajó; y de cómo se presentó ante la ciudadanía. Para entender esto, es necesario ir por partes.

Primero, la derrota del PRI fue en gran medida la consecuencia de la ruptura de sus procesos tradicionales internos. El entonces gobernador Ulises Ruiz asumió a plenitud el poder que detentaba, y en pocos meses inventó, enfiló, “posicionó” e impuso a Pérez Magaña como su abanderado.

Por eso, además de enfrentar siempre a sus oponentes formales (los aspirantes a la gubernatura de otros partidos), Pérez siempre se enfrentó la otra oposición de sus adversarios materiales, que no eran sino todos los agraviados de su propio partido, que había dejado en la carrera interna por la postulación. Y por si algo más faltara, todavía tenía que pasar por el matiz ciudadano, que es el que finalmente vota y decide, pero que hasta entonces había sido entendido únicamente como el medio legitimador de la decisión que previamente ya había tomado el Jefe Político.

Segundo. Gabino Cué, por su parte, aun no siendo ni popular ni un gran líder social, sí fue aceptado por la ciudadanía en esos comicios, derivado no de sus grandes aptitudes personales o como político (de hecho, como Munícipe citadino tuvo una gestión promedio, y como senador nunca fue de los grandes protagonistas del debate nacional, y tampoco generó grandes expectativas o iniciativas legislativas), sino por la forma en cómo se presentó ante la ciudadanía, y de cómo tejió y estructuró los elementos a su alcance para convertirlos en activos en pos de una candidatura por la gubernatura del Estado.

Y es que, aunque en gran medida Gabino Cué también fue una imposición como Candidato a Gobernador (porque ninguno de los partidos coaligados llevó a cabo un proceso interno, ni consulta a las bases, ni nada por el estilo), en realidad él lo que hizo fue presentarse previamente ante la ciudadanía para pedirles que lo aceptaran, en aras de que él lucharía en contra de los vicios que anidaba el priismo. Y luego continuó con ese argumento ya como abanderado no sólo ante la ciudadanía, sino también frente a la opinión pública nacional e internacional, que aún antes de competir y ganar, ya le había puesto la casaca de demócrata y de promotor de la transición democrática en Oaxaca.

 

LOS VOTOS JUZGAN

En efecto, los votos no sólo eligieron, sino que también juzgaron. No sabemos qué hubiera pasado si el proceso interno del priismo en aquellos tiempos para elegir candidato a gobernador, hubiera sido limpio y parejo. Y lo mismo ocurre en relación a los partidos que en ese entonces eran opositores, si se hubieran peleado antes que abonar a la unificación alrededor de Gabino Cué.

Lo que sí queda claro es que en ese resultado, la apreciación y el juicio ciudadano fue fundamental. Y que por esa sola razón, los oaxaqueños que votamos (cualquiera de nosotros, ciudadanos de a pie) no debíamos permitir que de nueva cuenta se nos menosprecie al considerarnos sólo como un medio de legitimación, y no como el factor determinante para la elección de nuestras autoridades y representantes populares.

Hoy, tanto el oficialismo como la oposición están abonando a ese escenario de regresión. En el priismo, por ejemplo, se pretende reiterar la imposición de personajes que ya fueron reprobados duramente por la ciudadanía en procesos anteriores. No se permiten el relevo generacional ni la búsqueda de cuadros nuevos, sino que pretenden seguir acaparando los medios de acceso al poder, como una mera forma de supervivencia. No entienden, pues, a la política como un ejercicio de todos, en el que las decisiones se deben tomar en función de la ciudadanía, y no en base a los intereses de la cúpula dominante.

No obstante, los partidos de izquierda coaligados y afines al gobierno actual, están haciendo exactamente lo mismo. ¿Ya hicieron un ejercicio de verdad honesto y preciso, en el que se sepa con certeza que lo que la ciudadanía quiere y espera del grupo gobernante, es a Benjamín Robles Montoya y/o Alberto Esteva Salinas? ¿Están seguros que eso es lo que buscan los oaxaqueños? ¿O será que están ocupando su supuesta “popularidad” como un medio de legalización de las decisiones que ya tomó el Gobernador en turno?

 

LECCIÓN NO APRENDIDA

En esas condiciones no hay posibilidad de que surja un nuevo líder. Si ninguno de los priistas actuales consiguió antes un liderazgo real, no lo hará ahora, cuando a todas luces se tome la decisión de impulsar al que más convenga al ex gobernador Ruiz y a dos o tres personajes más de la dirigencia nacional. Pero lo mismo pasa en la oposición con Robles y sus intentos de convertirse en una especie de Gabino Cué II. En esas condiciones, de cara a la ciudadanía no tienen buen augurio ni los priistas, ni quien se siente demócrata por sólo ser incondicional del Gobernador en turno.

Oaxaca, el “feuderalismo” y los líderes impresentables

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+ Desincorporación del poder, ¿de veras es posible?

Independientemente de la militancia o el color del partido, es evidente que Oaxaca no puede deshacerse de una figura tan llena de claroscuros como la del ex gobernador Ulises Ruiz Ortiz. ¿Por qué si éste tiene una de las imágenes más repulsivas y rechazadas en la política nacional, aquí sigue siendo uno de los principales iconos de la política partidista (ahora desde la oposición), e incluso podría estarse enfilando hacia una posición legislativa en las cámaras federales?
A Ulises Ruiz le ocurre en Oaxaca más o menos lo mismo que a Humberto Moreira en Coahuila. Aunque en el ámbito nacional fueron descubiertos innumerables actos indebidos, y su imagen quedó desgastada al grado de ser auténticos personajes impresentables en cualquier otra democracia que no fuera la nuestra, hoy ambos siguen siendo personajes fundamentales, fieles de la balanza dentro de los territorios y las representaciones partidarias que controlan, y sus partidos les siguen reconociendo una ascendencia determinante, que hasta podría colocarlos, a ambos, en el Senado de la República o en la Cámara de Diputados, como legisladores electos por la vía de la representación proporcional.
¿De dónde surge esa ascendencia? Porque queda claro que ni uno ni otro han sido grandes patriotas, ni han sido constructores fundamentales de nuestra democracia actual, e incluso tampoco fueron gobernantes esenciales para el bienestar de sus entidades federativas, y mucho menos marcaron rumbos o tendencias dentro del partido que hoy, sin embargo, los sigue considerando tanto como si siguieran siendo parte de sus mejores cuadros.
Les guste o no, lo acepten o no, en el caso de Ruiz, éste tuvo una gestión marcada por la opacidad, la soberbia, los excesos y el autoritarismo; y en el caso de Moreira, en su administración en el gobierno de su entidad hubo una desmedida proclividad hacia el populismo, y una enorme irresponsabilidad en el manejo de las finanzas públicas. Por eso, éste se hizo momentáneamente apreciado por su electorado, pero a un enorme costo que tendrán que enfrentar las generaciones de coahuilenses.
La respuesta a esta aparente contradicción se encuentra en las aportaciones y el financiamiento que éstos, y casi todos los gobernadores priistas, han hecho de sus representantes en el Comité Nacional de su partido y en las cámaras federales. Aunque es un aspecto moral y éticamente reprobable, es claro que políticamente ha sido de gran beneficio para los gobernadores priistas, financiar a quienes se supone que después serán los “flotadores” de su supervivencia política, y hasta les permitirán el regreso al poder. Quien no comprende eso, tampoco puede entender la insólita supervivencia de personajes como Moreira y Ulises Ruiz.
Cuando era gobernador, Ulises Ruiz usaba a plenitud el poder y los recursos públicos a su alcance. Durante su gestión, él se encargó de financiar e impulsar a personajes priistas potencialmente competitivos, en entidades federativas en donde gobernaban partidos de oposición. La intención era tener la mayor cantidad de diputados afines en la Cámara federal, y tratar de ese modo de conseguir las mejores condiciones en el trato con el gobierno federal, y también los más adecuados mecanismos de presión para conseguir lo que se proponía frente a sus oponentes, dentro y fuera del partido, dentro y fuera de la cámara, y frente a cualquier otro poder.
En ese mismo sentido se explica que el ex gobernador Ruiz fuese uno de los mayores impulsores de Humberto Moreira en la búsqueda de la dirigencia nacional priista, y de que, además, éste se encargara de “becar”, financiar, reciclar y respaldar a innumerables personajes de ascendencia dentro del priismo, independientemente de que en ese momento estuvieran o no en cargos partidistas de relevancia. Finalmente, todo lo entendía como una inversión a mediano plazo que, en esta política cíclica de “sube y baja”, podría cobrar ante nuevas aspiraciones, o ante la puesta en peligro de su supervivencia política.

PROBLEMA ESTRUCTURAL
Éste, sin embargo, no es sólo un problema de mañas, sino una falla estructural de nuestro sistema federal. Está a la vista de todos, que los gobernadores hoy pueden hacer y deshacer a su antojo sin que exista poder, institución o factor que se les ponga enfrente, o que al menos les pueda hacer un contrapeso.
Eso es lo que les ha dado la posibilidad a ciertos mandatarios astutos, de abonar desde sus gobiernos al crecimiento o las fallas de su partido. Y es lo que les permite hoy seguir en política, independientemente de que sean o no personajes aceptados popularmente, o con elementos para construir una mejor democracia en los temas que nos incumben a todos.
Hoy, por todo eso, a quien entiende los juegos de la política no sorprende que haya mandatarios y ex mandatarios fuertes al interior de sus partidos, que sin embargo tengan pésimas reputaciones frente a todos los demás ciudadanos y grupos de poder. Ese es, al final, uno más de los efectos del raro “feuderalismo” que existe en nuestro país, que le permite manejar a su antojo los recursos de esos feudos, a quien “democráticamente” tiene el control de ellos, y les permite sobrevivir políticamente a partir del monopolio de la democracia que tienen los partidos políticos, aunque no por sus grandes aportaciones democráticas, ni por ser personajes a quienes la ciudadanía exige y respalda para continuar involucrados en los asuntos que incumben a todos.
Por eso, no nos sorprendamos cuando, dentro de un año, veamos a varios de esos personajes posiblemente figurando entre los candidatos, o cuando menos decidiendo el futuro de su partido dentro de la entidad federativa que, al menos en el ámbito partidista, continúa controlando como un feudo.
Al final, queda claro que lo que importa en estos temas no es ni la democracia ni la voluntad popular: vale el “respeto” que los partidos le tienen a las inversiones hechas en ellos por estos personajes. Todo esto, aunque, claro, ese respeto no necesariamente implique que las decisiones tomadas sean las más atinadas para el partido y el grupo político del dueño póstumo del feudo.

DESTINO PREDECIBLE
Más allá de los intentos de los renovadores, eso es lo que ocurrirá en Oaxaca. Moreira, Coldwel o quien fuese líder nacional del PRI, de todos modos permitiría que el todavía Señor Feudal del priismo local, decida. Aunque esto sea para reiterar errores, y para mal de todos los priistas. ¿Apuestan?

¿Hoy, las personas más idóneas están en el gobierno?

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+ Sapiencia dejó de ser esencial; todo se basa en imagen

Dentro de las frases que de forma infaltable dice un gobernante al tomar posesión de su responsabilidad pública, es que para llevar a cabo las funciones del Estado se rodeará de “los mejores hombres y mujeres” con las que cuenta la sociedad. No obstante, hoy podemos darnos cuenta que si los vicios del pasado en la designación de las tareas públicas se centraba en el “amiguismo”, el “compadrazgo” o el “dedazo”, hoy mucho de eso parece estar determinado por la imagen, y por la manipulación de la voluntad de los electores que se ejerce desde ella.
En efecto, los libros de historia cuentan que, por ejemplo, la Convención de Filadelfia, de la que emanó la Constitución Política de los Estados Unidos de Norteamérica, estuvo integrada verdaderamente por los mejores hombres, los más preparados de aquellos tiempos.
Entre ellos, se sabe, había políticos, abogados, profesores y hasta ex rectores de universidades de aquellos tiempos (entre ellos George Washington, Benjamín Franklin, y los posteriores autores del libro referencial “El federalista”, Alexander Hamilton y James Madison). El resultado fue un documento constitucional que refleja un conocimiento excepcional por parte de sus creadores, además de una absoluta sensibilidad respecto a los problemas, aspiraciones y formas de organización del pueblo estadounidense.
Algo similar ocurre con el Congreso Constituyente Mexicano de 1857. A él, fue convocado un grupo de personajes que, por su ascendencia no sólo en el mundo de la política, es aún reconocido hoy como el más importante constituyente que ha tenido nuestro país, porque de él emanaron las bases fundamentales que luego se refrendarían en la Constitución de 1917, y consolidarían el régimen institucional y democrático en el que aún hoy seguimos transitando.
Y cómo no pensar en que ese Constituyente estuvo lleno de hombres trascendentales para la vida nacional. A ese Congreso acudieron para discutir el futuro de la nación mexicana, hombres de la talla de Ponciano Arriaga, Santos Degollado, Valentín Gómez Farías, Jesús González Ortega, José María Lafragua, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Ignacio Luis Vallarta y Francisco Zarco, entre otros.
El resultado de esas grandes obras es épico, así como de algún modo lo fueron los gobiernos integrados por grandes hombres que, además de tener las habilidades políticas propias para el desempeño de los cargos públicos, además habían sido brillantes abogados, politólogos, periodistas, escritores, historiadores, poetas u hombres de ciencias, pues esas solas cualidades los reputaban como hombres preparados para la vida y la función pública. Muchos de ellos, aunque no todos, honraron esas presunciones y legaron grandes episodios, leyes o disposiciones que sí, en efecto, transformaron la situación del país y trascendieron al solo momento en que ocurrieron, para inscribirse en la historia.
Incluso, hace no tanto tiempo, y aún cuando los presidentes mexicanos ya no tenían gestiones tan épicas como las de antaño, y cometían innumerables errores y excesos en las tareas de gobierno, sí tenían importante ascendencia en sus áreas profesionales, y esa era una de las cartas de presentación que los ponía en posición de hacer política.
Hasta antes del presidente Vicente Fox, e independientemente de su reputación o resultado como políticos, todos los presidentes mexicanos habían sido destacados académicos, autores de libros, conferencistas, referencia de estudios académicos, y destacados alumnos de las mejores universidades y centros de estudio del mundo.
Sin embargo, tal pareciera que lo que ocurre es que la política mexicana está viviendo un proceso inversamente proporcional al de todas las áreas de desarrollo: mientras éstas exigen cada vez un mayor grado de profesionalización y eficacia, la política se ha inundado de personas que simplemente tienen buena imagen, pero que no tienen ninguna referencia en cuanto a eso. Y aunque pueda decirse que un buen promedio, o un título de una universidad afamada, no necesariamente hace a un buen político (como en el caso del presidente Carlos Salinas de Gortari), lo cierto es que esa siempre debería de ser una referencia política obligada, para dejarlos pasar al máximo cargo que existe en el país.

TODOS MAL
Hace exactamente ocho días, el aspirante presidencial Enrique Peña Nieto resbaló en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. La historia, a estas alturas, la sabemos todos: el ex Gobernador del Estado de México acudió a presentar un libro que, se supone, él escribió, y al terminar la presentación un periodista le preguntó cuáles eran los tres libros que habían marcado su vocación por la política. Peña, bien lo sabemos, no pudo hilar los tres nombres que le pedían, se enredó, olvidó a autores y libros. Y terminó provocando un desastre.
Sus enemigos políticos, y la ciudadanía en general, no tardaron en hacer leña de un árbol que apenas estaba en riesgo de caer. Por su naturaleza de impactar en los segmentos de personas más con más información y preparación académica, las redes sociales como Twitter fueron particularmente incisivas con él. No obstante, más allá del efecto que tuvo el desliz, y la burla de que fue objeto Peña Nieto, algo quedó claro: que todos sus contrincantes están más o menos en las mismas circunstancias.
La evidencia también estuvo a la vista. El aspirante panista, Ernesto Cordero, erró al querer rematar a Peña Nieto. Y Andrés Manuel López Obrador evitó, hasta ayer viernes, referirse al tema, quizá previendo que al hacerlo con exceso, “alguien” pudiera revivir esos reportes de calificaciones en los que se da cuenta que él ni fue un buen estudiante, ni fue tan brillante como pudiera pensarse, que tardó muchos más años de los debitos inscrito en la universidad y que, incluso, ni siquiera pudo concluir la carrera que inició.

IMPERIO DE LA IMAGEN
Sin embargo, el peñanietismo no se preocupa: sabe que las clases educadas que tundieron al aspirante presidencial, son insuficientes para mermar su popularidad. Saben que, finalmente, la televisión y la radio suplirán esas deficiencias. Y que, finalmente, de todos modos podrán salir bien librados de ese y otros embates que, por razón de su cuestionable condición intelectual, puedan hacerle al abanderado priista. La imagen, pues, construyendo la imagen que no se pudo hacer con nada más.

Poder Legislativo: sus excesos son incontenibles

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+ Diputados “soberanos”: no hay frenos ni control

Ofenden, pero no sorprenden, los excesos en que incurren los diputados de la LXI Legislatura en Oaxaca. Hasta hoy, los señores legisladores han tratado de hacer todo por controlar y evaluar a los demás, pero ellos se han resistido a cualquier intento de poner orden en su misma casa. Por eso todos ganan mucho, todos producen proporcionalmente menos de lo que ganan. Y por eso mismo, nadie quiere dar paso a un verdadero esquema de evaluación de su trabajo. Ven siempre, pues, la paja en el ojo ajeno pero no ven la viga en el propio.
Los datos dados a conocer por TIEMPO en su edición de ayer, son elocuentes: un diputado gana alrededor de doscientos mil pesos al mes, al sumar su dieta con las ayudas diversas que recibe para el desempeño de sus funciones. Eso es lo que, en términos llanos, percibe un legislador local, en el estado más pobre y marginado del país. Ante tal desproporción de cara a la realidad social de Oaxaca, debemos preguntarnos de dónde surgen esos excesos. Y sin duda, la respuesta no gusta a muchos.
Pareciera, en un primer momento, que ese es el costo de la “soberanía” y la “democracia” del Poder Legislativo. Soberanía porque los diputados están más allá de cualquier evaluación. Y democracia, porque independientemente de que sea mucho o poco el dinero que perciben y que gastan en el desempeño de sus funciones, los montos, las asignaciones y la comprobación de esos recursos, es consecuencia de una serie de consensos, arreglos y contraprestaciones, que no siempre están apegadas ni a la ley, y mucho menos a la responsabilidad que, se supone, debía ser un valor fundamental entre ellos.
Esos doscientos mil pesos que mensualmente percibe un legislador, es consecuencia, además de una “democrática pluralidad” en la que existen repartos consensados de los recursos económicos, y en los que cada fracción parlamentaria recibe lo acordó para gastarlo libremente como mejor le parezca. El acuerdo tácito, en ese sentido, parece radicar en el hecho de que todas las fracciones disponen libremente, y a cambio de esa disposición libre nadie le pide ni le rinde cuentas a nadie. Por lo que todas pueden hacer lo que les venga en gana con sus recursos.
Todo esto entraña dos problemas fundamentales. El primero de ellos, es que proporcionalmente los diputados nos cuestan muchísimo dinero, tanto en relación a su desempeño como a sus resultados; y el segundo, radica en el hecho de que no existe mecanismo alguno para que nosotros, los ciudadanos, podamos hacer una evaluación más o menos clara de esos personajes que, justamente, tienen como su mejor pasatiempo el de cuestionar y remarcar los errores y las deficiencias de todos los integrantes de los poderes públicos.
Si vemos ese asunto en perspectiva, podremos darnos cuenta no sólo que, en ámbito estrictamente material, los diputados no tienen freno ni contrapeso en su relación con la ciudadanía; y que tampoco existe forma de que sus excesos sean contenidos a través de mecanismos democráticos. Se aprovechan del desinterés ciudadano para hacer lo que les venga en gana. Y lo hacen, además, porque no existe forma alguna de que alguien pueda exigirles conductas distintas o apego a los principios políticos que debieran guardar todos los representantes de una fuerza política.

SOBERANÍA TORCIDA
Los legisladores tienen entera libertad para determinar su salario y prestaciones, así como el gasto público en general que tenga disponible el Poder Legislativo. Además, una vez electos, sobre los diputados no pesa mecanismo alguno para premiarlos o castigarlos por su desempeño. Y durante éste, los mismos legisladores se han resistido a establecer indicadores claros para medir su actuación, sus resultados y su eficacia en el cumplimiento de las metas que propusieron a la sociedad. Es decir, que pueden hacer lo que quieran, cuando quieran, como quieran y, además, si quieren. Y si no, no pasa nada.
En ese sentido, es lamentable que en Oaxaca no haya permeado aún la inconformidad ciudadana por los excesos del Poder Legislativo. Es lamentable que, en ese sentido, los diputados sigan ganando mucho y teniendo infinidad de privilegios, y que al ciudadano eso no le importe. Y es justamente ese desdén el que alimenta la acumulación de privilegios excesivos, y la resistencia a revisar y eliminar algunos de ellos no sólo en aras de ahorrar, sino también de no ofender a los cientos de miles de oaxaqueños que sobreviven en condiciones excepcionales de marginación y pobreza.
Pero además, ese tipo de excesos por parte de los diputados, prueba otra cosa: que no le tienen miedo al castigo ciudadano. Y no le temen a eso, simplemente porque nosotros los ciudadanos no tenemos forma de reprocharle a nuestro legislador por sus conductas o desempeño. Porque una vez que fue electo y asume su cargo, lo que recibe es una suerte de cheque en blanco, en el que queda bajo su responsabilidad si desea ser un diputado productivo, o ser un vegetal que sólo asista a las sesiones pero que nunca proponga ni incida en nada. A partir de entonces, el ciudadano se vuelve un actor pasivo que sólo puede observar, pero sin hacer algo más para exigir resultados a quien eligió como su representante popular.
Quizá por eso mismo, los diputados se resisten a establecer mecanismos claros y actuales de evaluación. Hoy, lo que acostumbran ofrecernos es una serie de cifras sobre reuniones, puntos de acuerdo e iniciativas presentadas, pero nunca nos permiten saber si esa actividad tiene alguna incidencia real sobre las condiciones de vida de sus representados, si alguna de sus propuestas mejoró de forma efectiva alguna situación en específico; o si realmente sus intereses como legislador son concordantes con las necesidades que la ciudadanía pretende que sean discutidas y resueltas por los legisladores.

VOCACIÓN LEGISLATIVA
Por todo ello, sería ideal que los diputados trabajaran más y tuvieran menos privilegios. No se trata de que los poderes legislativos se reduzcan, sino que su actividad sea más proporcional con sus ingresos, y sus ingresos más proporcionales con su efectividad y desempeño. Los excesos actuales son consecuencia de la falta de mecanismos de contención, y de la forma en cómo ellos mismos han confundido y desnaturalizado las facultades soberanas que tiene el Poder Legislativo. Por eso, aunque ofende, no sorprende que los diputados ganen tanto y retribuyan tan poco a la democracia en Oaxaca.