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Hoy los ex gobernadores corren hacia el descrédito, y no hacia la consagración

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+ El sistema político adolecerá de figuras de experiencia por generación truncada


Hasta hace relativamente pocos años, cuando un gobernador terminaba su mandato, comenzaba su preparación para su siguiente responsabilidad política, ya fuera como legislador, como funcionario del gobierno federal, o incluso como líder moral de su grupo en la entidad que estaba a punto de dejar de gobernar. Hoy, los ex gobernadores en México siguen una dinámica distinta: terminan su mandato y, en el mejor de los casos, quedan en el descrédito y en el desempleo político. Otros más recientes, al concluir su gestión han sido investigados, perseguidos y encarcelados. México está perdiendo así una generación de políticos que, al final, sólo profundizará los errores en la gestión pública nacional.

En efecto, si volteamos a revisar la historia de los gobernadores mexicanos de antes de la primera alternancia de partidos en el poder, veremos que su historia común no era la de ejercer un cargo terminal para su vida política. Aquí mismo en Oaxaca, todos los ex gobernadores hasta José Murat tuvieron una conclusión activa de sus respectivos mandatos: Heladio Ramírez ha sido dos veces senador y líder del sector campesino en su partido; el ex gobernador Diódoro Carrasco fue secretario de Gobernación y continúa activo en el gobierno de Puebla; y luego de concluir su gestión en Oaxaca, el ex gobernador Murat fue diputado federal y ha sido un personaje regularmente cercano al poder federal por su experiencia y capacidades políticas.

Entre esos ex mandatarios, y Ulises Ruiz y Gabino Cué, hay una diferencia sustancial: Ruiz, luego de dejar el gobierno de Oaxaca, fallidamente intentó liderar un grupo político al interior del PRI; trató de incidir en la vida política estatal a través del fortalecimiento del grupo que lo acompañó mientras fue gobernante, y también falló; y, en términos sustantivos, nunca consiguió reposicionarse él como figura política gracias a sus incontables escándalos personales y políticos en los que se vio involucrados cuando fue Gobernador; y por eso desde entonces no ha ocupado sino los cargos partidistas que le consiguieron sus antiguos tutorados políticos, como el ex gobernador Roberto Borge de Quintana Roo, que consiguió que a Ruiz lo hicieran delegado del CEN del PRI en aquella entidad. Pero fuera de eso ninguna candidatura a cargos públicos, ni posiciones políticas de relevancia, ni nada.

La historia de Cué es aún peor: él, que llegó al gobierno de Oaxaca como un verdadero baluarte de la lucha política de la oposición contra el régimen de partido hegemónico que aún imperaba en Oaxaca, hizo de su gobierno —y de su reputación como político— un desastre que hoy lo tiene arrinconado en la Ciudad de México, buscando supuestos proyectos profesionales para entretenerse, pero muy lejos de lo que se habría podido pensar de un ex gobernador que supuestamente se tendría que haber echado a la bolsa los paradigmas de haber vencido al partido gobernante por décadas y de, supuestamente, de haber sentado las bases de nuevas formas de gobernabilidad democrática y Estado de Derecho.

Es evidente que Cué falló en todo, y aún cuando en otro tiempo se pudo haber pensado que su experiencia y su capacidad política lo tendrían haber llevado a niveles superiores de responsabilidad política —ser nuevamente senador, llegar a una secretaría de Estado, o ser líder partidista— luego de terminar su gestión como gobernador, lo cierto es que la estela de corrupción, y las múltiples interrogantes que dejaron él y sus funcionarios, hoy lo tiene de vuelta como un simple ciudadano, y no como la figura política que muchos de sus aliados pensaron que sería, y en la que sí pudo haberse convertido de no haber caído en la permisividad o en las tentaciones por las que se le acusa.

GENERACIÓN PERDIDA

Estos de Ulises Ruiz y Gabino Cué, lamentablemente para el país, no son casos aislados. En realidad, ambos son parte de una generación ya perdida de políticos y administradores que sólo se caracterizaron por su incapacidad para comprender el momento político que les tocó vivir. Hoy se puede decir que en docenas de casos —hay 17 ex gobernadores en problemas con la justicia, y varios de ellos en prisión— las tentaciones fueron superiores a su posibilidad de entender que el de gobernador no era un cargo para finalizar la vida activa de un político, sino un peldaño más para continuar creciendo.

Incluso, hoy en día tampoco sería posible pensar en otro gobernador con aspiraciones presidenciales posibles, como hace relativamente poco tiempo lo fue Enrique Peña Nieto. Es cierto que él fue un gobernador también lleno de excesos e interrogantes por la corrupción demostrada por él mismo y muchos de sus funcionarios. Sin embargo, a pesar de ser un gobernador de oposición al gobierno federal —el Presidente era Felipe Calderón, pero la corrupción aún no era el factor más emocional y determinante de la agenda pública de aquellos años, como sí lo es hoy—, Peña Nieto logró construir los consensos necesarios en su partido y logró controlar la dimensión de los señalamientos de corrupción.

Por eso logró convertirse en candidato presidencial, y luego en Presidente; y no fue sino hasta entonces, que el desenvolvimiento de la sociedad mexicana estableció las condiciones para que se dieran a conocer casos de corrupción como el de su ‘casa blanca’, los contratos irregulares que otorgó a empresarios amigos de su gestión cuando era gobernador del Estado de México, y otras cuestiones que irremediablemente lo han perseguido durante su gestión. A Peña Nieto, en realidad, se le criticó porque ahora es el Presidente; pero con todo y lo que se diga de él, su gestión no llegó a tener los niveles de corrupción —o al menos no de manera demostrada— por los que hoy se acusa a otros ex gobernadores como Javier Duarte, César Duarte, Roberto Borge, Andrés Granier, y otros que se encuentran en graves problemas con la justicia.

En el fondo, todo esto revela un problema endémico de los gobernadores actuales, que también debe evitar seguir siendo tendencia. El país no va a aguantar la profundización de esa generación perdida de gobernadores sometidos por la corrupción. No lo va a soportar porque una de las reglas del poder político en el sistema democrático radica justamente en la necesidad de la renovación periódica de las personas que detentan el poder.

Evidentemente, no existe una regla que diga que un presidente debió ser antes gobernador, y tampoco es un requisito constitucional para quien aspire a ese cargo. Sin embargo, lo cierto es que ese sí tendría que ser un requisito político y moral indispensable, para aquella persona que aspire a gobernar y administrar los recursos de toda la nación.

¿ENTENDERÁN?

El problema es que al menos en el futuro cercano no veremos a nadie de esa generación perdida, con tal posibilidad. Quizá lo lleguemos a ver con este nuevo ciclo reciente de renovación de las gubernaturas, pero eso también dependerá de la eficacia y la contundencia con la que se castiguen los delitos cometidos por los ex mandatarios que ahora son perseguidos por la justicia. Si ello no ocurre con la suficiente intensidad, que sirva como demostración y escarmiento para quienes están asumiendo ese cargo, entonces lo lógico será esperar no sólo la repetición sino la profundización de esas medidas. Pero mientras, lo que queda esperar es un periodo más de reciclaje de las figuras políticas ya conocidas, o el debut de una nueva clase inexperta de funcionarios que tendrán que aprender sobre la marcha, y de los que todos tengamos que pagar por sus errores.

La Sección 22 seguirá su lucha inercial hasta que los alcance el 2018

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Magisterio oaxaqueño.

+ No necesitan a toda su membresía; sus bases están acumulando fuerza


Bien se podría decir que durante las fiestas de la Guelaguetza, la Sección 22 del SNTE únicamente se movilizó para hacer “presencia de marca”. Se movilizó, pero no para verdaderamente poner en riesgo las actividades culturales preparadas para la ocasión, y tampoco para auténticamente ahuyentar al turismo, sino simplemente para hacerles saber —a habitantes oaxaqueños y turistas por igual— que Oaxaca no puede entenderse sin el magisterio y tampoco sin la movilización de organizaciones sociales. Por eso sí bloquearon, sí se enfrentaron a la policía, y sí generaron molestias, pero no con la finalidad de boicotear las festividades sino simplemente para que todos supieran que ellos también están aquí. ¿Cómo comprender todo eso?

En efecto, según los mercadólogos la construcción una marca comercial valiosa, implica lograr que al conocer e identificar esa marca, los consumidores generen creencias, sentimientos y comportamientos “más favorables” respecto al producto o servicio del los que tendrían si la marca no existiera. Y, también en términos estrictamente mercadológicos, se entiende que la presencia de marca es la piedra angular del valor de marca; es el nodo en la memoria al cual el público objetivo va a vincular todas las asociaciones y conceptos que se pretenden construir para generar respuestas cognitivas, afectivas y conductuales favorables hacia la marca que deriven en la lealtad del consumidor.

Esto es exactamente lo que hizo la Sección 22 del SNTE con sus movilizaciones relativas a los Lunes del Cerro. Evidentemente, no lo hizo en términos comerciales ni tampoco para buscar comportamientos más favorables por parte de la ciudadanía frente al “producto” de su lucha —que son las demandas que largamente le ha planteado al gobierno estatal y federal en distintos momentos— sino específicamente para hacer notar una diferencia entre cómo es Oaxaca hoy, y cómo fuera si no existieran las inconformidades magisteriales.

En la creación de ese concepto de “Oaxaca ideal” —sin marchas, bloqueos ni movilizaciones magisteriales—, ellos intentan decir que la existencia material de esas circunstancias es gracias a la insensibilidad del gobierno que no cumple sus demandas. Por eso, atendiendo al lenguaje del secuestrador, ellos justifican todas sus acciones en la inatención a sus demandas.

Evidentemente, al hacer “presencia de marca” con movilizaciones y acciones de protesta que no inhibieron ninguna de las actividades relacionadas con los Lunes del Cerro, la Sección 22 buscó permanentemente que todos asumieran que ellos están ahí, que son un poder fáctico determinante en la entidad, y lograr que cualquier asociación de la gente con protestas y acciones los lleve a pensar que es la Sección 22 la responsable. Con eso mismo, ellos “ganan” la presencia en la conciencia colectiva, cuando se trata de movilizaciones o de acciones en contra del gobierno independientemente de que en realidad ello lo realicen organizaciones de campesinos, de trabajadores o grupos de lucha social que han copiado los métodos de lucha de la Sección 22 para hacer valer sus demandas.

En esa lógica, aunque es importante todo lo relacionado con la “presencia de marca” lograda por la Sección 22 del SNTE a través de sus acciones desplegadas durante las festividades de la Guelaguetza, lo que no debe escapar al análisis es el hecho de que a pesar de todas sus acciones, ninguna tuvo como objetivo lograr una nueva mesa de trabajo o exponer un nuevo pliego de demandas; todas, fueron justificadas en las concertaciones ya existentes, y ninguna movilizó a la mayoría de sus bases.

Así, si no había el objetivo de plantear nuevas demandas, y tampoco había la intención de realizar movilizaciones contundentes como para lograr un verdadero boicot a cualquiera de las celebraciones de los Lunes del Cerro, ¿Entonces dónde están los objetivos y las bases magisteriales, pues según su discurso ellos están en lucha permanente, pero los hechos demuestran su aparente desarticulación?

RUMBO AL 2018

A eso nos referimos en nuestra entrega del 16 de mayo, cuando apuntamos que ante la interrogante de dónde están hoy las bases magisteriales, hay que considerar algunos factores: el primero de ellos, es que la forma que históricamente ha tenido de participar en los momentos políticos y en los procesos electorales —recordemos que ellos han sido siempre, además de un gremio, un movimiento social y de abiertas motivaciones políticas— es a través de la movilización. Es una falacia pensar que los maestros sólo se movilizan como estructura electoral en las jornadas de votación, o que su apoyo a tal o cual candidato o partido se hace presente a través del activismo.

Ellos, pensando todo lo anterior en sentido contrario, participan en los momentos políticos a través de la movilización de sus bases —paros, marchas, plantones, y todas sus formas tradicionales de manifestación—, y también definen su rumbo político no a través de discursos o de posturas retóricas, sino a través de la materialización del voto de castigo y el apoyo silencioso a la fuerza política o al candidato que previamente dejaron fuera de su censura como gremio. Eso es lo que ellos han hecho en todos y cada uno de los procesos electorales en los que han participado, y es una de sus formas de manifestación más conocidas.

Otro factor que, en esa misma lógica se debe considerar, es que la Sección 22 necesita permanentemente, procesos intermitentes de acumulación y expresión de fuerzas. En los últimos años mantuvieron intensas movilizaciones relacionadas con la reforma educativa, con los procesos de evaluación, con la expropiación que el gobierno de Gabino Cué les realizó de la estructura orgánica del IEEPO, y por la regularización de sus agremiados que tenían problemas en el cobro de sus salarios. Es decir, que en los últimos cuatro o cinco años, la 22 ha desgastado intensamente a sus bases y ahora necesita pasar por un proceso natural de acumulación de fuerzas, y de establecimiento de sus prioridades reales de movilización y de protesta.

En ese marco, ¿qué pudiera ser tan importante en 2017 —que no es año electoral, que nada relevante se define en Oaxaca, y que cuenta además con un interlocutor que ofrece apertura y atención a sus demandas coyunturales— como para movilizar y desgastar a sus bases? Aún mejor: ¿qué pudiera ser tan importante como para preferir el 2017 por encima del 2018, que es un año en el que ocurrirán las mayores definiciones políticas de las últimas décadas en México, por la elección presidencial y su empalme con los procesos electorales locales, como los que ocurrirán en Oaxaca para renovar la integración del Congreso del Estado y los poderes municipales?

PRESENCIA TESTIMONIAL

De hecho, en aquella entrega de mayo antes referida, dijimos algo que se cumplió al pie de la letra: “en este año, podría ocurrir que la Sección 22 opte por no generar movilizaciones de gran desgaste. Ello lo reflejaron en el contenido de su pliego petitorio, que en realidad no contiene ninguna exigencia irrealizable —más allá de sus demandas políticas, de abrogación de leyes, o algunas otras que de antemano ellos mismos saben que no lograrán— y que más bien está limitado a temas de coyuntura, como regularizaciones y dotación de infraestructura y algunos insumos que, quizá a través de un esfuerzo, el gobierno estatal sí podría darles.” El problema, pues, no será este año sino el siguiente, cuando el gobierno y el magisterio se midan pero desde sus respectivas posiciones electorales. Sólo cuestión de tiempo.

Una vez terminada la fiesta, es necesario un recuento crítico de la Guelaguetza

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GUELA

+ Caer en autoelogio ha llevado a los Lunes del Cerro a su nivel actual de crisis


Hoy que terminó la edición 2017 de las fiestas de la Guelaguetza, en todas las dependencias involucradas, debería comenzar un proceso mínimo de autocrítica que les permita ver sus logros y deficiencias y, en función de ello, comenzar la planeación de la siguiente celebración de los Lunes del Cerro aprendiendo —ahora sí— de sus errores y alejándose de los riesgos que implican el autoelogio inopinado.

En efecto, ayer se realizó la octava del Lunes del Cerro 2017 y con ello están prácticamente terminadas las celebraciones de julio en Oaxaca. Lo que resta del mes habrá algunas actividades culturales más, pero en realidad todo lo que queda es simplemente el tramo final de la celebración que llegó a su punto máximo con las representaciones de la Guelaguetza. Es cierto que, igual que cada año, Oaxaca fue más grande que sus problemas y amenazas; es también cierto que finalmente se impuso la grandeza de las tradiciones y el colorido frente a las discordancias ya conocidas; y es también cierto que a pesar de cualquier situación, el turismo llegó y abarrotó tanto el Auditorio como los espacios destinados para las actividades culturales y para el consumo de bienes y servicios turísticos.

El problema es que nada de eso es novedoso y, en términos reales, tampoco debería ser motivo para celebraciones y elogios. Sin necesidad de ningún tipo de promoción, Oaxaca es un imán cultural del sur de México; antes de que cualquier funcionario haga algo —según— a favor de las festividades de julio, éstas ya tienen un público interesado y cautivo que de todos modos llega; y es también cierto que a pesar de todo lo que han manoseado y tergiversado la celebración, ésta sigue siendo vistosa y llamativa para la gente de a pie que de todos modos sigue viniendo, y se sigue yendo maravillada por el enorme mosaico cultural que es nuestra entidad.

Por todo eso, los nóveles funcionarios estatales involucrados en la celebración de las fiestas de julio, deberían evitar caer en los autoelogios: no es gracias ni a Ana Vásquez Colmenares, ni de Juan Carlos Rivera Castellanos, y mucho menos de Mario Jesús Rodríguez Socorro, que la edición 2017 de la Guelaguetza fue el éxito con el que cada año se cataloga la presentación. Ese éxito no es, de entrada, gracias a ellos, sino gracias a Oaxaca que es muchísimo más, inmensamente más que ellos, y que por eso estas celebraciones reactivan la economía, potencian el turismo, y fomentan la difusión de las diversas culturas que existen en la entidad.

De hecho, el punto de partida de esa discusión necesaria tendría que ser el relativo a que la Guelaguetza fue provechosa a pesar de ellos. No porque todo lo hayan hecho mal, sino porque aún tienen un enorme trecho que mejorar, y también mucho qué entender sobre lo que se necesita hacer para preservar la parte tradicional de los Lunes del Cerro, y para lograr que todo eso conviva con el potencial económico de la entidad, que aún tiene mucho potencial sin desarrollar, pero que necesita ser concebido con la seriedad y la responsabilidad propias de quienes quieren trascender por lo que hacen y no por lo que ya encontraron —y quizá, siguen descomponiendo.

¿QUÉ SIGUE EN LA GUELAGUETZA?

Para la edición 2017 de los Lunes del Cerro, el gobierno estatal decidió que la organización de las celebraciones pasara de la antigua Secretaría de Turismo y Desarrollo Económico —que ahora están separadas y son dos dependencias independientes— a la de Culturas y Artes de Oaxaca. Según se dijo, la idea de ese cambio radicaba en la necesidad de darle prioridad a los aspectos culturales por encima de las necesidades comerciales y de promoción turística. Hoy, una vez culminadas las actividades, tendrían que comenzar ese proceso crítico para reconocer todos en qué fallaron y qué pueden mejorar.

En la Seculta, por ejemplo, si la intención inicial fue la de llevar a cabo un proceso de recuperación de algunas de las cuestiones relacionadas con las tradiciones, esto derivó en un problema básicamente por las protestas de algunas delegaciones que pretendían participar en la fiesta de la Guelaguetza y que sólo lo lograron gracias a la presión ejercida en las calles. Paradójicamente, ni esas ni varias otras delegaciones son capaces de explicar con plenitud el sentido de sus representaciones, y más bien han entendido su participación en la fiesta de la Guelaguetza como una moda, o como una forma de competir contra otras comunidades, sin que en ello cobre relevancia la autenticidad de sus bailes, vestimenta y demás elementos.

Incluso, como lo apuntamos hace algunos días, Seculta debería también definir si la fiesta de los Lunes del Cerro es un certamen, es una pasarela, o es un espectáculo para ser repetido infinitamente en sus mismos términos para el deleite del público que desea presenciarlos. Como no existe un parámetro en ese sentido, cada año la representación cambia, y la participación de las delegaciones se convierte en una cuestión de competencia y no de deseo genuino de demostrar sus cualidades.

Ahora bien, en los rubros de turismo y economía también debería haber un proceso autocrítico profundo. ¿En qué ha cambiado o mejorado la economía o el desarrollo turístico entre los años previos y el actual? La verdad es que no se trata de decir que lo pasado fue mejor —porque en realidad las fallas y la mala planeación llevan años ocurriendo ininterrumpidamente—, sino más bien en que reconozcan que nada, o muy poco de lo hecho en el actual periodo, fue verdaderamente detonante de la economía o del potencial turístico.

Oaxaca atrajo a sus visitantes sola, y los esfuerzos fueron meramente inerciales. Por eso, hablar de mayores asientos de avión, cuartos de hotel o espacios para la comercialización de servicios turísticos suena hasta redundante porque en realidad no existe ningún cambio entre las anteriores administraciones y la supuesta visión renovada que tienen los actuales funcionarios.

Incluso, en el caso del titular de la Secretaría de Turismo, Juan Carlos Rivera Castellanos, es sabido su amplio desconocimiento de los temas relacionados con la responsabilidad que ostenta, y la forma en que delegó las mayores decisiones de su gestión a un subsecretario, que fue su profesor en un posgrado, para que éste saque a flote —según su criterio, y no de los lineamientos del plan de desarrollo, que además sigue en entredicho— el trabajo de la dependencia en esta nueva etapa.

El caso de Mario Jesús Rodríguez Socorro como titular de Economía, es tanto o más dramático. Un ejemplo lo pone en evidencia: la Feria del Mezcal, que no tiene pies ni cabeza; que es una feria pueblerina sin derroteros definidos ni finalidades comerciales destacables. Esa feria, además, fue el resultado de una serie de reuniones entre el secretario y grupos no representativos de la industria del mezcal, para finalmente entregar todo a las feroces reglas del mercado, en el que los productores más grandes arrinconan a los pequeños sin que exista capacidad de generar un mejor panorama para el mezcal oaxaqueño.

¿AUTOELOGIO O AUTOENGAÑO?

En esas mismas condiciones, queda claro que no puede haber una edición 2018 de las fiestas de los Lunes del Cerro. Cometerían un error tremendo si ahora todos esos funcionarios, y los demás involucrados, salen a decir que todo fue un éxito, y que fue gracias a ellos o al gobierno estatal. Con humildad deberían reconocer que Oaxaca les hizo casi todo el trabajo, y que quizá con más humildad y menos protagonismo, ellos pudieron haber hecho algo mejor para la entidad.

Desaparición del fuero: ¿tendencia contra privilegios o contra impunidad?

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Fuero

+ Reforzar el juicio político y mecanismos de control del SNA, siguiente reto


Además de Oaxaca, en otras diez entidades de la República existe la intención de eliminar el fuero. Esta parece estarse convirtiendo en una tendencia nacional que no necesariamente busca eliminar de la Constitución una figura mediante la cual se ha buscado la impunidad, sino más bien que representa el régimen de los privilegios que sostenidamente se pretende combatir desde la sociedad. De ahí viene el impulso, y ahora será también necesario entender todo lo que se debe también reforzar, a través de figuras como el juicio político, para que este esfuerzo no sea sólo de apariencias.

En efecto, en lo que va de 2017 han votado a favor de eliminar la inmunidad judicial a todos los servidores públicos, la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México (enero), así como los congresos de Baja California (9 de marzo), Yucatán (15 de mayo), Nayarit (25 de mayo), Nuevo León (31 de mayo), Quintana Roo (15 de junio) y Coahuila (11 de julio). Antes ya habían hecho algo similar los estados de Morelos, Jalisco y Querétaro, y se espera que en Oaxaca esa figura sea eliminada en este periodo de sesiones, según el acuerdo existente entre las diversas fracciones parlamentarias y el respaldo del Ejecutivo, que incluso envió una iniciativa al respecto.

En términos generales, esta iniciativa lo que busca eliminar es la llamada “declaratoria de procedencia” que debía ocurrir para que cualquier servidor público dotado de inmunidad, debiera enfrentar a la justicia en las mismas condiciones que cualquier otro ciudadano. Esa inmunidad constitucional fue establecida desde que apareció la Constitución, como una forma de no de excluir a ciertos servidores públicos de sus responsabilidades relacionadas con la justicia ante la comisión de un hecho ilícito, sino más bien de garantizar su independencia para que nadie intentara presionarlos a través de acciones judiciales, para que realizara o se abstuviera de alguna conducta en específico.

De hecho, como durante mucho tiempo operó a plenitud el control político que significaba el poder del Presidente en el marco de un régimen de partido hegemónico —y él era quien decidía a quién se le aplicaba la justicia, y a quién no, independientemente de su calidad de servidor público— fue hasta hace pocos años cuando se vio el problema que representaba el llamado fuero para los servidores públicos, y particularmente para los representantes populares. Hasta el momento en que ocurrió el intento de proteger a Julio César Godoy Toscano de la acción de la justicia, se vio que el fuero sí podía servir para fines distintos para los que fue creado.

De hecho, a Godoy Toscano le siguieron otros casos patéticos como el de Luis Enrique Tarín García; o el de los gobernadores de Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo que también estuvieron protegidos por el fuero para evadir sus responsabilidades frente a la justicia; y más recientemente el caso de un diputado local de Guerrero que es acusado de ser el verdadero líder de una banda criminal conocida como “los tequileros”. Esos, en un país de 120 millones de habitantes y una dinámica bastante compleja, pueden seguir siendo considerados como hechos aislados. Sin embargo, es claro que son casos suficientes como para poder pensar en la eliminación de dicha figura.

FUERO Y JUICIO POLÍTICO

La Constitución de la República establece varios mecanismos para sancionar a los servidores públicos que incurren en alguna responsabilidad relacionada o con su encargo, o con sus asuntos personales. En este sentido, es menester distinguir que el Juicio Político tiene efectos distintos a los que tiene el Juicio de Procedencia, popularmente conocido como desafuero, y que también uno y otro puede ser aplicado a distintos tipos de servidores públicos, que no necesariamente son los mismos para uno y otro. Veamos.

Primero, el Juicio Político está definido como un procedimiento de orden constitucional que realizan las cámaras del Congreso –la Cámara de Diputados como órgano de acusación y la Cámara de Senadores como órgano de sentencia–, para hacer efectivo el principio de responsabilidad de los servidores o funcionarios públicos que la Constitución establece, y que incurren en responsabilidad durante el ejercicio de sus cargos, con independencia de los juicios penales que se sigan en su contra por dicha razón.

Este juicio puede comenzar durante el ejercicio de las funciones del servidor público o dentro del año posterior a la conclusión de su encargo, y deriva en una resolución administrativa y una sanción política. La sanción administrativa consiste en la inhabilitación para ocupar todo cargo público durante el tiempo que determine la resolución de la Cámara de Senadores –sentencia que es inatacable–; y la sanción política consiste esencialmente en el hecho de que cuando el servidor público procesado se encuentra en funciones, es destituido de su cargo en virtud de la sentencia del Senado que lo encuentra responsable de las faltas que se le imputan.

Ahora bien, surge otra pregunta: ¿cuándo procede el juicio político? Se exige responsabilidad en juicio político por cometer actos u omisiones que redunden en perjuicio de los intereses públicos o de su buen despacho tales como: ataques a las instituciones democráticas; a la forma de gobierno democrático, representativo y federal; a la libertad de sufragio; por violaciones graves y sistemáticas a las garantías individuales o sociales; a los planes, programas y presupuestos de la administración pública federal o del Distrito Federal y a las leyes que determinan el manejo de los recursos económicos federales y del Distrito Federal; por usurpación de atribuciones; también por cualquier infracción a la Constitución o a leyes federales cuando cause perjuicios graves a la federación, a una o varias entidades federativas o a la sociedad; o porque motive algún trastorno en el funcionamiento normal de las instituciones.

Según lo establece la Constitución, no procede juicio político contra el Presidente de la República (pues según el artículo 108 constitucional, éste sólo puede ser acusado durante el tiempo de su encargo por traición a la patria y por la comisión de delitos graves del orden común); sin embargo, se puede operar la declaración de procedencia. Es decir, se le puede exigir responsabilidad penal.

El juicio político comúnmente es confundido con la declaratoria de procedencia. El primero tiene como fin sancionar políticamente al sujeto: es decir, menoscabando sus derechos políticos a ser votado, y a ocupar alguna otra responsabilidad en el sector público —cuestión que no sólo se inscribe en sus derechos laborales, sino que también y sobre todo se hace en el ejercicio de los derechos políticos—; el segundo, tiene como objeto “dejar listo” al individuo para que sea procesado judicialmente igual que cualquier otra persona que no está protegido por esa inmunidad.

IGUALDAD REAL

Para poder generar un estado de cosas en el que verdaderamente exista igualdad procesal, sí debe pensarse en la eliminación del fuero pero también en la evolución de las demás figuras de control, como el juicio político y el reforzamiento de todo el entramado institucional que regirá el Sistema Nacional Anticorrupción y los sistemas locales. Es un deber ineludible empujar esas reformas que son indispensables y establecer condiciones para una justicia más asequible y posible para todas las personas por igual.

Una derrota general, el nacimiento “mocho” del Sistema Anticorrupción

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SNA

 

+ Revive usanza de dar el mecanismo para que otros lo pongan en marcha


 

Es una derrota para la democracia y la legalidad en México, la forma en cómo está entrando en vigor el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA). Ello ocurre en un marco de insuficiencia presupuestal, de servidores públicos y de estructura institucional, que lo único que revela es que el propio régimen político sigue resistiéndose al nacimiento del Sistema. La sociedad, y su exigencia organizada, ahora sí tendrían que impedir que la actual clase política intente posponer —como ha sido costumbre en muchos regímenes que se niegan a cambiar y dejan en otros lo que ellos no quieren hacer— hasta el siguiente sexenio la verdadera puesta en marcha del SNA.

En efecto, el Sistema Nacional Anticorrupción debía arrancar este 19 de julio con todas las piezas en su lugar. Pero la maquinaria institucional comenzará a operar incompleta: sin fiscal que investigue ni magistrados especializados que sancionen los delitos de corrupción de funcionarios públicos y ahora, también, de particulares. Pareciera, incluso, que ha sido una cuestión casi organizada la de obstaculizar la posibilidad de la creación de una estructura anticorrupción afianzada, y que esa “alianza” entre políticos —gobierno federal, Senado, gobernadores, etcétera— está tratando de posponer la entrada en vigor del sistema, para que sean otros los que lo concreten.

De entrada, resulta que el Senado no cumplió con su responsabilidad constitucional de nombrar al titular de la Fiscalía Anticorrupción que operará desde la Procuraduría General de la República. Tampoco eligió a los 3 magistrados del Tribunal Federal de Justicia Administrativa que integrarán una nueva sección y a los 15 que inaugurarán las 5 salas regionales (cinco para cada una).

No sólo eso. Desde la misma Cámara de Senadores hubo flechas que apuntaron hacia el corazón del sistema: el Comité de Participación Ciudadana que vigilará su funcionamiento. En su contra disparó Pablo Escudero, presidente del Senado y legislador por el Partido Verde, quien cuestionó los criterios del Comité de Selección que tuvo a su cargo la integración del órgano ciudadano del sistema.

Como respuesta a los cuestionamientos que despertó el senador Escudero, la Comisión de Selección del SNA presentó el libro blanco del proceso, en el cual explican la metodología y los criterios para utilizaron para elegir a los integrantes del Comité de Participación Ciudadana. “Cuestionaron al Comité de Selección que los mismos senadores eligieron, con los criterios que ellos mismos pusieron”, afirmó en su momento Lourdes Morales, coordinadora de la Red por la Rendición de Cuentas. “Claramente hubo una intencionalidad política y evidentemente hay actores políticos que están incómodos”, aseguró.

El último episodio de desavenencia entre el Senado y ciudadanos que han participado en los distintos procesos de cambio que involucra el SNA ocurrió el pasado miércoles 12 julio. Ese día los integrantes del Comité de Acompañamiento Ciudadano para la Designación del Fiscal Anticorrupción presentaron una carta de renuncia que los desvincula del proceso, porque consideran que el Senado ha incumplido con la ley al no haber nombrado al fiscal.

“Estamos, como ya lo habíamos anunciado, ante una omisión gravísima que mella la legitimidad y funcionamiento del Sistema Nacional Anticorrupción”, apuntaron en un comunicado. En medio de estas omisiones, incumplimientos, disputas, rupturas y cuestionamientos cruzados comenzará a operar el SNA, la más fuerte apuesta del país por desterrar la corrupción.

“QUE OTROS LO HAGAN…”

Lamentablemente, esta resistencia institucional no es nueva ni tampoco rara. Pues de hecho, una de las “costumbres” de la clase política frente a la necesidad de los cambios, ha sido la de hacerlos tan graduales que hasta parezca imperceptibles. En ese afán —que ha caracterizado a México, que frente al mundo ha hecho cambios institucionales profundos sin pasar por una guerra—, lo que han hecho los gobernantes es crear las nuevas estructuras institucionales, pero legarle a otros su entrada en operaciones real. Es lo que ha pasado con muchos de los nuevos órganos del Estado. Y quizá es lo que estén nuevamente intentando con el Sistema Nacional Anticorrupción.

¿De qué hablamos? De que cuando crearon otros órganos, como los de transparencia, fiscalización y varios de los que funcionan hoy con autonomía constitucional, los respectivos regímenes —gobernantes y opositores— decidieron que no podían implementar y poner en funcionamiento esos órganos de manera inmediata. En muchos casos, crearon los órganos, pero pusieron como sus primeros titulares a personajes que no eran necesariamente una demostración de autonomía, y que tampoco respondían a la supuesta necesidad de ser los hombres o las mujeres más destacados para esa labor.

Más bien, eran “delegados” que el propio régimen enviaba para estructurar los órganos, para ponerlos a funcionar, y para dar la apariencia de que se había cumplido con el objetivo de la creación, pero sin cumplir el objetivo de fondo de dotar a esos órganos de la legitimidad, de la fuerza moral, y de la autonomía y profesionalización que según la ley constituían las bases fundamentales de esos nuevos órganos.

El complemento a esa “creación colonizada” de órganos independientes, venía en la apuesta de que dichos órganos ganaran su autonomía y su plenitud orgánica en momentos posteriores. Partían del supuesto de que el “legado” de esos gobernantes provenientes de un régimen que no quería cambiar, era justamente haber tenido la voluntad de ceder y hacer los cambios institucionales; pero también señalaban que sería tarea de otros (sus sucesores) dotar a esos órganos de la fuerza que necesitaban para funcionar en los términos en que ellos lo habían creado.

¿Por qué no pensar que todo el régimen actual —el gobierno federal, el Senado, los partidos políticos y todos los que de alguna manera serán sujetos a la potestad del Sistema Nacional Anticorrupción— se encuentran en esa resistencia, natural pero oprobiosa, a su funcionamiento pleno? No existe otra razón suficiente como para entender por qué están intentando detener o aplazar no su vigencia formal —ya está en vigor— sino su funcionamiento en los términos en que fue concebido.

La diferencia que existe entre cualquier otro órgano creado con anterioridad bajo estas circunstancias, y el Sistema Nacional Anticorrupción, es que éste último es consecuencia del consenso generalizado en México de que la corrupción y la impunidad constituyen los mayores y más corrosivos cánceres que pueden existir en nuestra sociedad, y que por ende no debe haber un solo minuto de tregua para combatirlos. Seguramente por eso cae tan mal, y es tan rechazada, la intención del régimen actual de que sean otros quienes pongan en marcha el sistema. Porque parece además, que el país ya no está para seguir aguantando esos aplazamientos a conveniencia sólo de algunos intereses.

DAÑO ECOLÓGICO

Por cierto, ¿al final quién responderá por el enorme daño ecológico que provocó la decisión de convertir las riberas del río Atoyac en un enorme basurero a cielo abierto? Porque sí, qué bueno que ya están retirando la basura. Pero ahí resultarán responsabilidades de diversas magnitudes —que deberían terminar alcanzando a funcionarios de los tres órdenes de gobierno— que no deben ser minimizadas ni escondidas, frente a ese muladar temporal que crearon a la vista de todos los oaxaqueños.

La eliminación del fuero en Oaxaca, será una victoria de todos

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Fuero

+ Inmunidad constitucional: un anhelo que choca con la realidad


Uno de los acuerdos establecidos para el presente periodo de sesiones entre las fracciones parlamentarias del Congreso del Estado, es la eliminación del fuero o inmunidad constitucional que protege a ciertos servidores públicos. Si la intención de los legisladores tiene como derrotero eliminar el esquema de privilegios para los funcionarios y representantes populares en Oaxaca, entonces la reforma a la Constitución tendría que ir más allá del fuero y extenderse a otros temas que, socialmente, son tanto o más irritantes que la propia figura del fuero.

En efecto, la semana pasada el gobernador Alejandro Murat Hinojosa presentó ante la LXIII Legislatura una iniciativa de ley, que tiene como objeto reformar la Constitución para eliminar la figura de la inmunidad que protege a ciertos servidores públicos y representantes populares, frente a la procedencia de procedimientos del orden penal. Concretamente, la iniciativa contempla derogar los artículos 118 y 119, y reformar el 123, todos de la Constitución local, para desechar todo lo relacionado con el régimen de inmunidad que se establecía para diversos funcionarios y representantes populares durante el tiempo de sus funciones, y únicamente establecer que en los delitos del orden común, los funcionarios estatales no gozarán de protección constitucional alguna “pudiendo en consecuencia proceder contra ellos ante la Fiscalía General del Estado”, establece la iniciativa.

Esta iniciativa es, esencialmente, consecuencia de dos factores: primero, de que en el Congreso ya existen otras iniciativas similares presentadas por fuerzas de oposición en esta misma Legislatura; y segunda, que socialmente la exigencia de la eliminación del fuero ha permeado no sólo en entidades gobernadas por fuerzas distintas al PRI, sino que incluso estados que son de mayoría tricolor están accediendo a eliminar el fuero como una forma de demostrar voluntad porque la clase política no siga siendo objeto de privilegios o de trato diferenciado frente a la población en general, cuando se está ante la comisión de un delito de cualquier tipo.

En el primero de los casos, es evidente el Ejecutivo únicamente está intentando evitar que alguna fuerza de oposición le robe la posibilidad de ser quien impulse, hasta su concreción, la eliminación del fuero. Al menos en la presente Legislatura, este ha sido un tema prolífico y recurrente y, de hecho, ya hubo un intento previo que fue frenado por la propia fracción parlamentaria del PRI, que en aquellos momentos se negó a apoyar la posibilidad de que la eliminación del fuero alcanzara también a la figura del Titular del Poder Ejecutivo.

En esa lógica, pudiera pensarse que a estas alturas, el Ejecutivo aún puede ganar el debate relacionado con el fuero. Sin embargo, lo único que se evidencia es que de nuevo el poder público ha sido reactivo frente a demandas de la ciudadanía, que no necesariamente tienen que ver con una persona en concreto, sino con una figura que claramente no concuerda con la realidad en las circunstancias actuales.

Puede pensarse, de hecho, que la eliminación del fuero constituye una reforma de poca utilidad práctica porque en realidad muy pocos funcionarios o representantes populares, se han escondido tras la figura del fuero para evadir sus responsabilidades penales.

No obstante, casos recientes como el de Humberto Moreira en Coahuila, que intentó acceder a una diputación local para no enfrentar las responsabilidades derivadas de su ejercicio como gobernador; el del diputado local guerrerense Saúl Beltrán Orozco, a quien la Fiscalía de aquella entidad acusa de ser el líder de una peligrosa banda criminal; o el de Antonio Enrique Tarín García, que recientemente intentó asumir como diputado federal para no responder por las acusaciones de peculado que se le formularon por su actuación como parte del gobierno de César Duarte en Chihuahua, ponen en claro que ahora sí algunos han intentado que la figura del fuero sea utilizada con fines distintos respecto a los que se consideraron para su establecimiento en la Ley.

FIGURA INCÓMODA

El fuero, en su tiempo, fue pensado como una forma de garantizar la independencia de los servidores públicos y los representantes populares durante sus periodos de ejercicio como tales. En los libros de Derecho Constitucional, siempre se asumió al fuero como una inmunidad constitucional establecida para impedir que los servidores públicos fueran presionados, a través del ejercicio de la justicia combinado con la corrupción, a tomar cierta determinación o actuar de alguna forma diversa al interés público.

Así fue ideada dicha figura, y así fue asumida por mucho tiempo —en el que la política estaba por encima de la acción de la justicia y, de hecho, ésta era un instrumento de aquélla—, hasta que la pluralidad política provocó que no toda la clase política fuera homogénea, y que entonces sí hubiera diferencias entre la política y la justicia. Por eso, a partir de la pluralidad, la inmunidad dejó de ser un premio o una condición política de facto; pero por eso mismo, el fuero pasó de ser la inmunidad considerada como garantía del ejercicio público independiente, a una posibilidad de privilegio utilizado para evadir responsabilidades no ligadas a su condición de funcionario, sino más bien derivadas de ello.

Esa misma pluralidad fue la que permitió poner en el debate la posibilidad de la eliminación del fuero, y es la que ahora parece haber movido al Ejecutivo a tomar de forma emergente esta bandera, que inicialmente no estaba en el radar de sus prioridades pero que sí había sido ventilada ampliamente por otras fuerzas opositoras. Al final, el problema político que tendrán todos los que decidan apoyar esta o cualquier otra de las iniciativas en ese sentido que existen en la Legislatura local, es que nadie podrá arrogarse la paternidad de la misma, y mucho menos el Ejecutivo que en realidad ha sido el último impulsor, y no el primero, de este tema.

No obstante, lo que todos deberían asumir es que lo verdaderamente trascendente ya no está en la eliminación del fuero. Éste ya fue derogado de las Constituciones de una decena de entidades federativas y por ende ya no es un asunto particularmente destacable. Lo realmente importante sería que los diputados locales y el Ejecutivo, decidieran ir más allá para eliminar todo el régimen de privilegios que ronda sobre los servidores públicos de primer nivel en la entidad.

Esos privilegios van desde los altos salarios y prestaciones —de jure y de facto— que tienen los funcionarios de primer orden, hasta temas como las remuneraciones extraordinarias y discrecionales, las pensiones y otros aspectos que deberían también ser no sólo revisados con detalle, sino desechados completamente. Al final, no se trata sólo de “hacer economías” con el presupuesto público, sino de demostrar solidaridad con la gente que no tiene para comer, que no puede satisfacer sus demás necesidades básicas, o que simplemente demanda que no existan privilegios desproporcionados respecto a la función pública que realizan. Eso sí sería un aspecto destacable, al que ya se refirió el diputado Jesús Romero en una iniciativa que rebasa el tema del fuero para tratar de ubicar otros temas socialmente sensibles, que son concomitantes a él.

REFORMA INTEGRAL

Ahora falta ver si existe sensibilidad y disposición por parte de los legisladores locales, para hacer eco a esas iniciativas, junto con la que recientemente presentó el Ejecutivo para convalidar su disposición para la eliminación del fuero. Abordar el tema en conjunto, y no por asuntos aislados, pondría verdaderamente a Oaxaca como un ejemplo nacional de austeridad institucional, y de solidaridad con la población. Pero falta ver que lo hagan.

Guelaguetza magisterial: quiso ser revolucionaria; hoy, ni a la S-22 le interesa

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+ Su origen fue la copia; magisterio nunca hizo algo por rescatar las tradiciones


 

Es una lástima que, como expresión cultural, la Guelaguetza magisterial vaya en franca decadencia. Lo peor es que ese declive era esperado porque en realidad la Sección 22 nunca tuvo la intención de preservar y/o rescatar la fiesta de los Lunes del Cerro en términos culturales, de tradición o de folclorismo. Más bien, lo que siempre intentó fue confrontar al gobierno estatal con la celebración “oficial”. El problema es que a diez años de distancia la llamada “Guelaguetza magisterial” ya mostró todas las grietas que siempre estuvieron ahí, pero que hoy son ya más que evidentes.

En efecto, las solas imágenes difundidas en diversos medios informativos locales daban cuenta de lo decadente que fue la primera celebración de la Guelaguetza magisterial. Mientras algunos grupos radicales estaban empeñados en enrarecer el ambiente de la otra fiesta de los Lunes del Cerro —de la Guelaguetza oficial— para ver si lograban que la gente no llegara hasta el Auditorio, al Estadio Tecnológico llegaron apenas unos cuantos cientos de personas que ni de lejos fueron suficientes para repetir la convocatoria que dicha celebración tuvo en sus nueve ediciones previas. A estas alturas, la propia Sección 22 debería recapitular en los orígenes y circunstancias de la celebración, para luego valorar si continúa realizándola. Si la memoria no nos falla, estas debieran ser algunas coordenadas indispensables:

  1. Su origen. A diferencia de la narrativa que intenta ahora establecer la Sección 22, la Guelaguetza magisterial no surgió en 2006 —durante la revuelta magisterial y popular— sino que fue consecuencia de ella. En aquel año, el objetivo central de la 22 radicó en impedir que se realizara la fiesta del Lunes del Cerro en el Auditorio Guelaguetza. Al calor del movimiento y la confrontación, improvisaron algunos bailes en el entonces descampado anexo al Instituto Tecnológico de Oaxaca, y dijeron que esa era la Guelaguetza popular, aunque en realidad no tenía una forma definida. Ya al año siguiente, en 2007, y en el marco de los acuerdos establecidos entre el magisterio, el gobierno federal y la administración de Ulises Ruiz, la 22 definió su intención de impulsar su propia Guelaguetza, e incluso exigió que se le facilitara el Auditorio Guelaguetza para su realización. Fue en esos términos como nació la Guelaguetza magisterial que hoy conocemos.
  2. Su financiamiento. En la espontaneidad del 2006 hubo mucha gente solidaria con el movimiento magisterial que acudió al llamado de una Guelaguetza alternativa. Pero al año siguiente hubo ya un enorme despliegue de infraestructura, sonido, enlonados, sillas, tarimas y demás, que fue pagado por el gobierno estatal, como parte de los acuerdos alcanzados para la distensión del conflicto. Aunque nunca fue reconocido expresamente ni por el magisterio ni por el gobierno estatal, lo cierto es que éste último fue quien facilitó a la 22 todos los insumos para la realización de su celebración, aunque el Comité Ejecutivo Seccional aún guardó las formas y pidió una mínima cooperación a toda su membresía dizque para costear la Guelaguetza magisterial. Ese dinero, si en realidad se ocupó en algo relacionado con la celebración, debió haber sido en gastos menores, porque el gobierno estatal corría con todos los gastos de la organización de la celebración, y de la recepción a las delegaciones invitadas.

MALA COPIA

  1. Celebración “alter ego” de la oficial. Pronto la Guelaguetza magisterial dejó ver que no tenía ninguna otra intención más que la de ser una competencia a los Lunes del Cerro organizados por el gobierno. La Sección 22, que tiene presencia en todos los rincones de la entidad y cuyos integrantes gozan —en su mayoría— de un inmejorable arraigo social, no fue capaz de proponerse como meta la preservación o el rescate de ciertas expresiones culturales y folclóricas que podrían estarse perdiendo —y que, de hecho, así ocurre— por el giro económico y mercantilista que ha tomado la celebración original en aras de que, por ejemplo, exista una versión vespertina de la Guelaguetza. No les interesó. No lo hicieron. Y por eso, la Guelaguetza magisterial no ha sido sino una mala copia de la celebración “original” u oficial sin tener, a diez años de distancia, algún valor cultural o social agregado por haber contribuido en algo a preservar tradiciones o expresiones que pudieran contrarse en riesgo de desaparición.
  2. Su poder de convocatoria. Durante varios años, era innegable que la Sección 22 tenía similar o hasta mayor poder de convocatoria a su propia representación de la Guelaguetza. Proporcionalmente, hubo años que la 22 lograba atiborrar los campos del Instituto Tecnológico de Oaxaca con gente a la que no invitaba ni le cobraba boleto de admisión, sino que simplemente prefería la celebración magisterial a la oficial. Aunado a eso, la propia dirigencia magisterial establecía algunas responsabilidades a sus miles de agremiados para que “coberturaran” el evento de la mejor forma que ellos conocen: acarreando miles de personas. Ahora no lo hicieron. Y con esa falta de cobertura de su membresía, demostraron también que ya no gozan de la simpatía y aceptación social que tuvieron en otros tiempos.
  3. Sus dislates. Han cometido varios, pero el mayor de ellos fue la “invitación” a la Guelaguetza magisterial, que el año pasado se le ocurrió a “alguien” de la Sección 22 y que fue lo mismo objeto de burlas y escarnio, que de abiertas muestras de rechazo por su frivolidad. En esa invitación, difundida a través de Youtube —ahí todavía existe el video— la 22 señala que ellos son los “guerreros flechadores del sol, los jamás conquistados, la gente que viene de las nubes”, para luego decir que son también la gente “con hambre y sed de justicia”, mientras ejecutan diversos bailes representativos… en medio de los camiones y destrozos ocurridos el 19 de junio durante el enfrentamiento en la súper carretera a la altura de Nochixtlán. Ello, con toda seguridad, no les hizo ganar ningún adepto ni fue un acto de reivindicación. Más bien fue una demostración de insensibilidad y soberbia frente al dolor de los deudos de las personas caídas en el enfrentamiento, y también de cara a la gente que en la ciudad de Oaxaca sólo quiere paz.
  4. La pérdida de interés. Hoy queda claro que si hay algo que no le interesa al magisterio es su propia versión de la Guelaguetza. Por eso la han dejado descobijada, desatendida y ahora exhibida en sus propias fragilidades. Ya no ocultan el financiamiento oficial que reciben no sólo para la celebración de la Guelaguetza, sino también para la realización de su convite, su desfile de delegaciones, la quema de su castillo con juegos pirotécnicos, y todo lo que implica la suntuosa celebración que realizan. Al final, la Sección 22 dice que realiza su Guelaguetza bajo la consigna de no olvidar, aunque en realidad ellos mismos le están apostando al olvido al terminar de desnaturalizar lo que ellos mismos impulsaron, y al revelar su indiferencia frente a algo que pudo servir no para posicionar lo oficial o lo alternativo, sino para ser un referente de las diversas expresiones culturales de los pueblos de Oaxaca.

Algo lamentable, desde donde se le quiera ver.

GUELAGUETZA, ¿QUÉ ES?

Los grandes espectáculos están hechos para ser repetidos fiel y escrupulosamente, de manera indefinida. Así funciona el teatro, los conciertos, y todas las representaciones artísticas cuando tienen una finalidad comercial. ¿Por qué no entonces definir un formato específico e inamovible de la Guelaguetza, y repetirla fiel e infinitamente? Hoy, la queja común es lo tediosa y aburrida que resulta la celebración por la inclusión de delegaciones que van a representar bodas, celebraciones religiosas, calendas y mayordomías, y no los bailables que la gente quiere ver. Por ello, ese intento de simbiosis entre tradicional y comercial ha sido un fracaso, porque no han entendido que no es la misma gente quien va al Auditorio en la edición matutina y vespertina, y que tampoco es la misma que va al primero y al segundo lunes. Deberían pensarlo con practicidad para dejar de manosear las ya de por sí muy cuestionadas decisiones del mal llamado “Comité de Autenticidad”.

Era imposible el cogobierno con la 22; hoy se pagan las consecuencias

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+ Alto costo, haber propuesto relación de bilateralidad; ¿Y la federación?


Las protestas de la Sección 22 del SNTE no son parte de la tradición de Oaxaca, y tampoco son hechos aislados como para simplemente negar su existencia y efectos, al sólo afirmar que “la entidad está en paz”. Las protestas del magisterio —que ahora exigen el cumplimiento de la relación de bilateralidad que el propio gobierno les prometió— tiene razones perfectamente explicables, que ahora deberían ser revisadas con todo detalle porque nadie, ni el gobierno ni la sociedad ni los sectores productivos, pueden seguir dándose el lujo de cometer errores tan costosos como estos.

En efecto, en los últimos días la Sección 22 del SNTE estableció como una de sus principales prioridades, la del cumplimiento del planteamiento hecho por el propio gobierno en febrero pasado, de establecer una relación de “bilateralidad”. Quizá él gobierno asumió que esa bilateralidad significaba una forma más democrática de conducir las relaciones educativas o políticas con el magisterio —incluso en un plano de equilibrio— lo cierto es que para la Sección 22 eso significa simple y llanamente cogobierno.

De hecho, quién sabe qué haya querido plantear el gobierno al proponer esa nueva relación de bilateralidad con la Sección 22, pero lo que sí es seguro es que el magisterio vio en esa afirmación, la puerta de entrada posible hacia la recuperación del control administrativo y político del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca, lo cual ha sido uno de sus mayores anhelos desde que éste les fue expropiado justamente en julio de hace dos años gracias al acuerdo establecido por el entonces gobernador Gabino Cué y el gobierno federal.

Incluso, desde el mes de febrero pasado, cuando se dio a conocer la intención de establecer esa relación de bilateralidad, en este espacio advertimos el enorme riesgo que ello representaba, tanto en la parte sustantiva, como respecto a las señales poco claras que ofrecía el propio gobierno respecto a sus intenciones.

El gobierno estatal —dijimos aquí el 13 de febrero pasado— entabló una nueva relación con la Sección 22 que, según parece, ha enviado señales poco claras tanto de sus derroteros como de las condiciones en que ésta ocurrirá. ¿De qué hablamos? De que por un lado el Gobierno del Estado ha reconocido la necesidad de entablar una nueva dinámica democrática con el magisterio, aunque al mismo tiempo ha dejado ver —o ha cuidado poco su discurso— la intención de generar una especie de cogobierno con la Coordinadora.

Esto, en general, ha sido muy mal recibido tanto por la opinión pública como por las voces especializadas —señalamos desde entonces—. Es perfectamente conocido en Oaxaca, y en el gobierno federal, lo engañosa que resulta la idea de que se puede cogobernar con la Sección 22, y aún más de que ese cogobierno puede darse cediendo espacios de privilegio para el magisterio. La larga experiencia oaxaqueña en el tratamiento del conflicto educativo, como una condicionante permanente para la gobernabilidad, ha demostrado reiteradamente que no es posible cogobernar con ellos; que las únicas dos relaciones posibles, excluyentes entre sí, entre el gobierno y la 22, es la del sometimiento, o la de la disputa abierta.

RELACIÓN AVENTURADA

Esa intención del cogobierno no es nueva. De hecho, el previsible fracaso de esa política se ha venido reiterando, y quedó perfectamente delineado en la administración pasada: durante los cuatro primeros años de gobierno, Gabino Cué no cogobernó ,sino que se sometió al mandato de la Sección 22; y el 21 de julio de 2015 decidió que la nueva relación con el magisterio —respaldado por el gobierno federal— sería la de la disputa abierta. Si bien ninguna de las dos es una fórmula perfecta, sí queda claro que la única forma que tuvieron los gobiernos estatal y federal de que la reforma educativa diera sus primeros pasos fue sólo a través del escenario de la confrontación abierta.

Eso explica por qué, cuando en febrero pasado el gobierno de Alejandro Murat habló de la posibilidad de generar una nueva relación de bilateralidad con la Sección 22, la generalidad de las voces que analizan cotidianamente el conflicto educativo consideraron que eso se trataba de una capitulación —es decir, una rendición— disfrazada del gobierno ante el magisterio.

Incluso, desde entonces se decía que no ayudaba el hecho de que el gobierno estatal fuera tan poco cuidadoso en la construcción de la narrativa de esta nueva relación, y que la Sección 22 —que sí entiende a la perfección este nuevo contexto— estuviera desde el inicio completamente desbordada aprovechando su posición de fuerza y la percepción a su favor, contribuyendo a la idea de que el diálogo con el gobierno de Oaxaca no es más que la formalización de un nuevo periodo —o la recuperación— de supremacía magisterial sobre el Gobierno del Estado.

En todo esto, las expresiones del gobierno federal respecto a la situación que prevalece en el sector educativo de Oaxaca no ha sido muy consistente. Ellos se han limitado a señalar que la implementación de la reforma educativa continúa con normalidad y que no hay ningún cambio en las condiciones en que se aplica la Ley del Servicio Profesional Docente. Fuera de eso, han evitado involucrarse en las suspicacias que generan las nuevas sinergias gobierno-magisterio en Oaxaca, quizá porque saben que volver a formalizar la relación de los temas educativos con la gobernabilidad, es algo así como jugar con fuego. Y como eso es justamente lo que hoy están haciendo en Oaxaca, parece que por eso están optando por el silencio.

Lamentablemente, esa opacidad en las posiciones tanto del gobierno estatal como del federal, sí están permeando de manera negativa en la percepción que se tiene de la nueva relación que están construyendo con el magisterio oaxaqueño. Esa percepción, básicamente, radica en asegurar que alguien miente: quizá mienta la Sección 22 que ahora está exigiendo el cumplimiento del compromiso de la relación de bilateralidad que dicen que tienen con el gobierno de Oaxaca. En exigencia de eso, incluso, llevaron a cabo sus movilizaciones de todos estos días, que trataron de equilibrar con su añeja —y ya cumplida— demanda de la contratación automática de los egresados de las escuelas normales de la entidad.

Si no miente la 22, entonces miente el gobierno. Hasta ahora, la administración estatal ha optado únicamente por esconder el rostro y negar todo. Incluso, no sólo han negado la posibilidad de esos acuerdos —que estarían generando las consecuencias que hemos visto por las protestas magisteriales en el marco de las fiestas de julio—, sino que incluso han negado la propia inestabilidad política argumentando que todo es fiesta, paz y colorido por la Guelaguetza.

Al final, si no mienten ni la 22 ni el gobierno de Oaxaca, entonces estaría mintiendo el gobierno federal. Casi todos los días, el titular de la SEP, Aurelio Nuño sale a algún noticiero nacional para hablar de los avances en la implementación de la reforma educativa. Dice que Oaxaca es parte de ese éxito. ¿Entonces esa relación de “bilateralidad” que pretenden construir la 22 y el gobierno de Oaxaca, está ocurriendo a sus espaldas? ¿O la SEP lo avala pero le miente a la ciudadanía al no reconocerlo?

Evidentemente, tantas contradicciones sólo revelan que en realidad sí se está intentando establecer nuevamente el cogobierno con la Sección 22. Los oaxaqueños ya sabemos que eso no sólo no funciona, sino que arrodilla y postra al Estado de Derecho frente a los caprichos magisteriales. ¿Entonces?

“TAXIS GRATIS”

¿Cuánto le va a costar a la ciudadanía, al orden público y al Estado de Derecho, que nuevamente el gobierno se haya recargado en un poder fáctico como la CTM —esos mismos que se enfrentan violentamente con sus adversarios, que cierran calles, que intimidan personas, y que ‘echan bala’ cuando se necesita— para “garantizar” la fiesta de los Lunes del Cerro? Los taxis gratis son todo menos gratis. La contraprestación quizá sea económica, desde las arcas públicas. Pero muy seguramente lo que buscan son prebendas, impunidad y todo lo que necesitan para operar. Pobre Oaxaca.

Bono de no actuación: manzana envenenada y bomba de tiempo para la UABJO

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+ La Segego entrampa los problemas universitarios; se anticipa más inestabilidad


La Secretaría General de Gobierno sigue empeñada en enrarecer la estabilidad de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, a través de decisiones que sólo contribuyen a la crisis política que, a estas alturas, ya es inminente. El llamado “bono de no actuación” es una verdadera manzana envenenada que hoy, ante las decisiones veladas de la Segego por reencumbrar al viejo cacique Abraham Martínez Alavés, no tiene otro derrotero más que la inestabilidad universitaria.

En efecto, vale la pena entender en qué consiste, y para qué fue ideado, el llamado “bono de no actuación”. Ésta fue una prebenda que hace algunos años creó el propio gobierno estatal para tratar de generar gobernabilidad entre las agrupaciones sindicales de la Máxima Casa de Estudios. Básicamente, ese “bono de no actuación” consiste en una cantidad de dinero que el gobierno estatal decide discrecionalmente a qué sindicato universitario pagarle, para evitar movilizaciones o para desactivar la toma de instalaciones universitarias en exigencia de alguna prebenda de índole económico o político. En realidad, ese “bono de no actuación” ha sido siempre un abierto mecanismo de cooptación sindical por parte del gobierno, que lo mismo ha servido para neutralizar alguna acción que para favorecer a un sindicato en específico.

En las semanas recientes, la Secretaría General de Gobierno decidió pagar ese bono de no actuación al Sindicato Universitario de Maestros, que es el reducto sindical del viejo líder de la llamada ‘familia real’, Abraham Martínez Alavés. El titular de la Segego, Héctor Anuar Mafud Mafud habría decidido el pago de dicho bono al SUMA —por una suma superior a cuatro millones de pesos—, a pesar de que éste no es el sindicato más numeroso, de que tampoco es el sindicato titular del Contrato Colectivo de Trabajo; y de que mucho menos es el sindicato que resulte más determinante para la definición de la vida y las condiciones políticas universitarias.

En realidad, Mafud decidió pagarle al SUMA el bono de no actuación, únicamente para beneficiar a Abraham Martínez y su ‘familia real’, y sobre todo para demostrarle a todas las demás organizaciones sindicales universitarias con qué grupo están los intereses del actual régimen.

Esto no es nuevo. De hecho, en nuestra entrega del pasado 3 de julio apuntamos que, respecto a las muchas vertientes que hoy presenta el multidimensional conflicto universitario, con el hecho de que la Secretaría General de Gobierno no procurara el acercamiento y la avenencia entre las partes y no impulsara acciones concretas que resuelvan la crisis de la Facultad de Derecho —que ya rebasa a la Universidad—, sólo beneficia a Abraham Martínez Alavés, porque le sigue dando espacios y oportunidades para seguir intentando imponer su cacicazgo a través de la fuerza.

Por eso, apuntamos entonces, es muy preocupante que en este caso la Secretaría General de Gobierno no esté cumpliendo con su finalidad de ser una instancia de interlocución para los conflictos, y más bien siga alentando las maniobras de Abraham Martínez, y su grupo político, para mantenerse en los espacios de poder. Hoy queda claro que el bono de no actuación pagado al reducto sindical de Martínez Alavés, es una nueva demostración de la abierta intención de Mafud por mantener el oprobioso cacicazgo de los Martínez en la UABJO.

CONFLICTOS ANUNCIADOS

Una vez que la Secretaría General de Gobierno decidió pagar y favorecer al SUMA de Martínez Alavés, lo que se vislumbra en el panorama universitario son sólo nubarrones. Pues dicho pago ahora también lo reclama el recién constituido Sindicato Universitario de Académicos (SUA), que dirige Amado Miguel Wilches Ramiro, y del que es líder moral el ex candidato a la Rectoría, Silviano Cabrera Gómez.

Así, con el argumento de que “todos hijos, o todos entenados”, Wilches Ramiro ha realizado dos paros en Ciudad Universitaria, y con huelgas está reclamando la entrega del “bono de no huelga”. Una verdadera contradicción que sólo es explicable por la gasolina que la propia Segego le está echando al conflicto universitario.

Pues así como el SUA está ejecutando movilizaciones, en esa misma tesitura se encuentran los otros cuatro gremios, así como las tres tribus en las que está dividido el Sindicato de Trabajadores Académicos de la Universidad de Oaxaca (STAUO), entre los tres sindicatos académicos, además del Sindicato de Trabajadores y Empleados de la UABJO, el SECUABJO y el SITUABJO, entre los administrativos.

De hecho, ya es previsible que ese desastroso manejo político de la endeble gobernabilidad universitaria, será la base del conflicto que estallará a principios de agosto, cuando los universitarios —académicos, empleados y más de 30 mil alumnos— regresen de sus vacaciones del periodo de verano. Todos se pelearán como nunca por el recurso económico que el Gobierno del Estado otorga como dádiva —por supuesto, lo da a quien quiere y como quiere—, para echarlos a pelear y sacar raja política de ello.

Por eso, no es exagerado afirmar que no sólo la naturaleza del llamado “bono de no actuación”, sino su utilización discrecional e intencionada, son una verdadera “manzana envenenada” repartida entre las y los sindicalistas para que se peleen por el pastel. También por ello se prevén tomas y protestas del edificio de Rectoría y de Ciudad Universitaria al regreso de vacaciones, para tratar de poner por delante al rector Eduardo Bautista Martínez y responsabilizarlo de todo lo que ocurre, cuando en realidad el trasfondo de las movilizaciones que ya se prevén tienen como base las decisiones tomadas en la Segego, que es quien paga el bono y quien se supone que también controla los efectos políticos y de gobernabilidad por las decisiones que toma.

Incluso, afirman que los integrantes de los sindicatos que ahora se movilizarán en contra de las decisiones que sólo han favorecido al grupo de Abraham Martínez y su ‘familia real’, buscan que el rector Bautista Martínez abandere sus demandas para sumarse y pedir juntos al Gobierno del Estado que les entregue la parte de su “bono de no actuación”. Lo que ya perdieron de vista los sindicatos en sus afanes económicos, es que este problema no tiene como base ni el presupuesto ni los recursos económicos universitarios y que, de hecho, tampoco es un tema universitario.

Al final, este es un “bono de control” que, en todo caso, debería ser para impulsar la calidad académica, con premios a las y los universitarios que resalten por sus estudios y reconocimientos, para otorgar más becas o para el desarrollo institucional. Por eso mismo, la Secretaría General de Gobierno debería aclarar por qué si en general la administración estatal alega falta de recursos para atender casi cualquier problema, en este caso hubo premura y diligencia en el pago del “bono no actuación” al SUMA, y por qué se ve cada vez más clara la intención de que ello sea la punta de lanza para que los universitarios se despedacen en las semanas siguientes.

INDOLENCIA

Esa actitud sólo demuestra el desinterés del gobierno estatal por atender los problemas de fondo de la Universidad pública más grande e importante de Oaxaca. Esta es una muestra más de cómo, en lugar de ayudar, la Secretaría General de Gobierno contribuye decididamente a descomponer y enrarecer las relaciones laborales en la UABJO, ya como una práctica sistemática. Quién sabe si pensarán que Abraham Martínez aún puede ser un activo para los tiempos electorales, o si de plano este es un intento más por volver al pasado.

Feria del Mezcal: el gobierno la organiza pero ya no sabe ni para qué lo hace

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+ Secretaría de Economía debe fijar específicamente su objetivo sobre el mezcal


Dentro de las muchas interrogantes que pesan sobre las fiestas de julio en Oaxaca, se encuentra la interrogante de por qué siguen organizando la Feria Internacional del Mezcal (FIM). Su finalidad inicial, fue la de incentivar la posibilidad de que la incipiente industria del mezcal se diera a conocer en el mercado local, y comenzara a ser un producto apreciado entre la población, que hace dos décadas veía al mezcal como una bebida alcohólica de baja categoría y calidad. De entonces a la fecha, el mezcal oaxaqueño ha sufrido una enorme transformación en la percepción social. Pero lejos de evolucionar, parece que la Feria es un evento extraviado que carece de finalidades y utilidad tanto para la industria como para los consumidores.

En efecto, hoy la Secretaría de Economía del Gobierno del Estado presentará la vigésima edición de la Feria del Mezcal, que estuvo a punto de cancelarse y que internamente pasa por una crisis generada por las desavenencias entre el gobierno y el Patronato Nacional de la Industria del Mezcal, que hoy están enfrentados tanto por la organización de la feria como por sus dividendos derivados de la taquilla y la venta de espacios para los expositores. Se han centrado en eso, como si ello fuera lo importante, y han desatendido toda posibilidad de darle a la Feria del Mezcal la utilidad que podría tener tanto para quienes intentan colocar sus destilados, como para los que quieren conocer más acerca del producto, o quienes quieren tener acercamientos con mezcaleros para efectos comerciales.

Nada de eso está presente en la Feria del Mezcal, y eso es muy grave. Prácticamente desde que se creó, la FIM ha sido cuestionada por lo que algunos califican como “una gran cantina a cielo abierto”. No se equivocan, aunque en realidad esa debiera ser sólo la primera de las críticas que, luego de veinte años de organización, ya tendría que estar superada por alguna otra —o un conjunto— de sus demás finalidades posibles. El problema es que la FIM sigue anidando los vicios de la vieja promoción al consumo sin establecer mecanismos más atractivos para la comercialización, la culturización o la promoción de inversiones para estimular el crecimiento de la industria.

De hecho, si a la FIM la cuestionaban por el dispendio descontrolado de alcohol entre sus asistentes, eso ya tendría que haber sido erradicado a partir de argumentos muy concretos: las famosas “pruebitas” deberían haber desaparecido para darle paso a procesos más elaborados de culturización sobre las propiedades químicas y sensoriales del producto, que en alguna medida son las que han colocado al mezcal dentro de los mercados más selectos de la gastronomía, la coctelería y las bebidas embriagantes en México y el mundo.

Eso es justamente lo que hacen otros eventos, en otras entidades federativas, que también promueven a la industria del mezcal, pero que lo hacen a partir de que las personas paguen el alto costo del producto derivado del reconocimiento a sus propiedades sensoriales, químicas y demás. Eventos como el Festival Dardo y las Ferias del Mezcal de otros estados del país están dedicados a esas finalidades, mientras la Feria del Mezcal de Oaxaca sigue atrapada en el engaño de la “pruebita” de mezcal como gancho para que sólo algunos de los miles de asistentes compren alguna botella, casi siempre de bajo precio.

NO HAY DERROTEROS

En esa lógica, la Feria del Mezcal tampoco sirve para la promoción del producto entre quienes están interesados en los llamados mercados gourmet, orgánico y hasta el hipster. Eso, en algunos momentos, lo ha hecho el gobierno pero como parte de otros programas sin estimular la posibilidad de que exista una culturización más masiva —entre los oaxaqueños— del mezcal como parte de la gastronomía, la cultura y las bebidas tradicionales de los pueblos de Oaxaca. Es verdaderamente trágico que la gran mayoría de los oaxaqueños que beben mezcal, sepan prácticamente nada de dicha bebida. El problema es que el gobierno y los organizadores de la Feria del Mezcal no se preocupan por ese rubro, aunque después consumidores y promotores se quejan de quienes más saben del mezcal oaxaqueño… no son oaxaqueños.

Junto a eso, la Feria Internacional del Mezcal tampoco tiene derroteros definidos respecto a la comercialización. La Feria no está acompañada de programas más agresivos de atracción de comercializadores, exportadores y brokers que utilicen a la Feria como un escaparate para conocer la enorme diversidad de marcas y productos oaxaqueños, y para entrar en contacto con productores, comercializadores y distribuidores que permitan la expansión de los alcances del mezcal, que aún siguen siendo muy cortos para el potencial que aún tiene como producto de primera calidad.

Evidentemente, si ello no ocurre mucho menos existe la posibilidad de que la Feria sirva para promover las inversiones en la industria mezcalera. Este, que tampoco es un rubro nuevo ni desconocido, es el que por la indolencia y la abulia gubernamental, ha provocado que el proceso de inversión sea según las reglas del mercado, en las que casi siempre quien termina perdiendo es el productor de mezcal, que es el menos aventajado y el que acaba malbaratando su producto a quienes tienen cierto capital para invertir, y que como es casi natural buscan la mayor ventaja para maximizar las utilidades del dinero que le mete a la industria. Por eso, sí hay inversiones pero éstas casi nunca tienen como origen la Feria del Mezcal.

Incluso, la Feria Internacional del Mezcal tampoco sirve como escaparate para conocer los mezcales de otras regiones del país. No puede ser internacional, porque nunca ha habido la reciprocidad con otro país, para que exhiba alguna bebida alcohólica endémica de su región y reconocida con alguna denominación de origen, y eso le de el sentido internacional a la Feria. Y ni siquiera podría ser una Feria Nacional del Mezcal, porque en los últimos años el gobierno ha fracasado en los intentos de que vengan mezcaleros de otros estados de la República —aparte de Oaxaca, otros ocho estados cuentan con la protección de la denominación de origen mezcal—, y para el presente año tampoco se tiene proyectada la presencia más que de algunas marcas aisladas de mezcales de alguna otra región, sin que ello signifique una presencia importante de otros mezcales, variedades, o regiones del país.

En el fondo, la situación de la FIM es trágica porque mientras en otros estados la forma de concebir las ferias y los festivales de bebidas alcohólicas se han transformado y han evolucionado de manera notable con fines comerciales, de culturización o de promoción específicos, en Oaxaca la Secretaría de Economía insiste en que se siga organizando la misma Feria Internacional del Mezcal de hace diez o quince años, que la atención se siga centrando en la captación de recursos por concepto de taquilla, y se siga estimulando el trato diferenciado —y desigual— entre productores grandes y pequeños para tener presencia en la feria. A los pequeños se les cobra y se les limita, y a las tres o cuatro marcas más grandes les dan cancha libre para que hagan lo que quieran con los espacios y las actividades dentro de la Feria del Mezcal.

SE, EXTRAVIADA

La Secretaría de Economía dice querer promover la Feria del Mezcal, pero no sólo no estimula, sino que claramente desalienta la presencia de los medios informativos en general, y mucho más a los poquísimos medios especializados en ese mercado. Quizá por eso, sus ingenuos funcionarios siguen pensando que habrá quien haga fila y ruegue por una acreditación para la FIM, para lo cual piden requisitos francamente burocráticos y hasta ofensivos. ¿A quiénes querrán invitar entonces? ¿Al Tv notas? ¿A las artistas de Televisa? ¿A Pati Chapoy? ¿De veras caerán en tal frivolidad? ¿O de nuevo tendrán una Feria que no sirve más que para demostrar su ramplona visión sobre la única industria local que, a pesar de ellos y sus extravíos, genera empleos y economía en Oaxaca?