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¿Cómo fundamenta el Congreso los disensos por la reforma educativa?

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+ Iniciativas, sin socialización con la ciudadanía son triunfo total de S-22

Reiteradamente, los diputados de la LXII Legislatura sostienen que no están en posibilidades de aprobar una reforma educativa estatal porque no existen los consensos necesarios entre las fracciones parlamentarias. Es absurdo que sostengan esa afirmación, cuando al Pleno del Congreso no ha subido una sola discusión sobre las visiones que tienen los legisladores del tema educativo. Así, en la furtividad, quienes terminan ganado son los profesores de la Sección 22 del SNTE.
En efecto, la semana pasada el presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso local, Félix Serrano Toledo, en reunión con la dirigencia de la Sección 22, dijo que “no hay consenso” entre las diversas fuerzas políticas representadas en el Congreso para aprobar la Ley Educativa. “El tema sigue en análisis y discusión en las comisiones respectivas, son siete propuestas que deben ser consensadas y homologar una sola respuesta que llegue al pleno donde 42 diputados y diputadas debemos de emitir un voto, sea a favor o en contra…”, dijo.
Aunque pareciera una excusa razonable, en realidad la afirmación es temeraria porque revela el grado de cinismo que existe en esta democracia simulada. ¿De qué hablamos? De que contrario a lo que afirma el diputado Serrano, al Pleno del Congreso tendrían que haber llegado ya los respectivos dictámenes de las diversas iniciativas que se han presentado, para que ahí, de cara a la ciudadanía, se diera la discusión y se establecieran las razones y argumentos por los que los diputados están a favor o en contra de cada una de las iniciativas. Eso es lo que tendría que haber ocurrido en una democracia real, y no en esta apariencia en la que los acuerdos son discrecionales y a espaldas de la ciudadanía, que sigue esperando saber por qué razón no hay reformas a las disposiciones en materia educativa.
El problema es que los diputados locales están acostumbrados a dialogar sólo en privado, para únicamente llegar al pleno con un guión mal ensayado, a simular que llevan a cabo un trabajo legislativo de conciencia y compromiso. Y si eso es ya de por sí grave, lo es todavía más que en un tema tan importante y relevante para la ciudadanía, y para el ámbito educativo, los legisladores sólo emitan excusas genéricas y no particularicen ni abunden en los supuestos disensos que impiden la aprobación de una nueva ley en materia educativa.
Esta práctica la han llevado al límite, y por eso hoy la ciudadanía sigue sin conocer en qué consisten las distintas iniciativas presentadas en esa materia; tampoco conoce el contenido de las discusiones que se dan al interior de las comisiones legislativas —en el caso de que en realidad sí se lleven a cabo esas sesiones de comisión, y no sean sólo actos simulados en documentos— sobre los tópicos que incluye cada una de las normas, y cuáles son las conclusiones preliminares a las que se van llegando en la elaboración de los dictámenes.
Lo cierto es que nada de eso existe, y que el Congreso únicamente se justifica en los supuestos disensos para atajar los señalamientos sobre su inacción y su incapacidad para conducir un trabajo legislativo serio y comprobable. Lo más patético es que a la par de que sus supuestas discordancias ocurren sólo en privado y a espaldas de la ciudadanía, en lo que sí incluyen a todos los oaxaqueños es en los efectos que tiene su incapacidad de responder a este imperativo de adecuar las normas estatales a la legislación federal, principalmente como símbolo de que el Estado en Oaxaca sí existe.

LOS DIPUTADOS Y LA 22, GANAN;
TODOS LOS CIUDADANOS PERDEMOS
Con sus reiteradas excusas, por lo menos los diputados ganan tiempo. Ganan también porque evitan entrar en una confrontación que haría necesario que el Congreso de verdad hiciera política, y no únicamente siguiera órdenes dictadas desde los espacios políticos —estatales y federales, también furtivos— en donde sí se negocia con la Sección 22; y ganan porque (es nada raro en esta circunstancia) su abominable inacción bien podría responder a cumplimiento de compromisos —económicos, políticos, da lo mismo…— de ellos con los grupos, a los que no les conviene que se apruebe una reforma educativa en estos momentos en Oaxaca.
El problema es que todos pagamos por eso. Los maestros de la Sección 22, por ejemplo, siguen teniendo el control total del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca, que tiene a un Director (Moisés Robles Cruz) sólo aparente, pero que en realidad sigue siendo gobernado por la misma ralea sindical que ha tenido el control del Instituto desde hace dos décadas; y que es quien —sin que debiera tener ya las facultades para hacerlo, y sólo anclada en el hecho de que las normas estatales (inconstitucionales) los siguen reconociendo— sigue determinando la suerte y el destino de más de 81 mil maestros, que hoy no saben que en buena medida está en sus manos no seguir dependiendo de las extorsiones sindicales que ejerce en su contra la dirigencia de la Sección 22 del SNTE, y que por eso siguen respondiendo disciplinadamente a sus decisiones en contra de los oaxaqueños.
Al final, es evidente que todos estamos sometidos por esa indolencia del Congreso y el gobierno para ofrecer alternativas viables a los reclamos ciudadanos. Esa indolencia se traduce en que, a plena luz del día, el Congreso le da la espalda a la ciudadanía —a la que nunca ha tomado en cuenta en este proceso— para respaldar una postura inadmisible de protección al magisterio, a través de argumentos que serían asimismo insostenibles en una democracia. Y que a su vez el gobierno simplemente se acata a lo que hay, y evita cualquier tipo de molestia al poder fáctico que sigue gobernando de hecho la educación y el orden en nuestro Estado.

EN EL IEEPO, LA 22 MANDA…
Y quien diga lo contrario, que responda entonces por qué a los maestros oaxaqueños no se les ha aplicado una sola de las nuevas normas relacionadas con su estabilidad laobral; por qué a ninguno se le ha descontado un solo día de salario, de los muchos que han faltado a clases sólo en este ciclo escolar; por qué la Sección 22 sigue dando premios a los que tienen una prolífica actividad sindical, y por qué sigue soslayando el desempeño en las aulas. Esa hegemonía total del Sindicato magisterial en el IEEPO, no se puede calificar más que como el verdadero poder en ese instituto. Por eso, el Director del IEEPO es sólo una apariencia.

La democracia en México agoniza, pero el régimen lo ignora

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+ INE y CNDH lanzan alertas; el gobierno responde tibiamente

Algo muy malo debe estar pasando en el país, cuando dos de los órganos autónomos nacionales lanzan alertas casi simultáneas de que la democracia y las instituciones del país atraviesan por una fuerte crisis, pero el régimen gobernante responde sosteniendo y reiterando esas decisiones que lo mantienen en la ruta del divorcio político con el pueblo mexicano. Al parecer, el Presidente confunde su popularidad personal con la falta de credibilidad y confianza que hoy tiene la ciudadanía de las instituciones del Estado. Y ese es un problema mayor que puede resultar en escenarios inéditos de la vida nacional.
En efecto, anteayer el ombudsman nacional, Luis Raúl González Pérez, aseveró que hay una “falta de credibilidad en las instituciones” y aceptó que la CNDH no está exenta de ello; antes, el consejero Presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova Vianello, reconoció que esa institución sufre un déficit de credibilidad pública, por lo cual se requiere reconstruir esa situación actuando conforme a la ley. “El Instituto Nacional Electoral, como el IFE lo fue en su momento, es una institución que vive de la credibilidad pública, y somos los primeros conscientes que estamos con un déficit de credibilidad que tenemos que ir reconstruyendo”, dijo.
Esta crisis de legitimidad no es privativa del INE o la CNDH; más bien, es un reflejo de lo que ocurre en general con las instituciones del Estado, que han perdido credibilidad frente a la ciudadanía, a raíz de una cadena de sucesos en la que ésta ha actuado con insuficiencia frente a las expectativas ciudadanas; y de la revelación de datos y propiedades que dejan ver la posible utilización de los espacios y responsabilidades públicas, para la obtención de beneficios personales por parte de quienes nos gobiernan.
Y es que resulta que hechos como la detención-desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, en septiembre del año pasado, o la revelación de las lujosas propiedades inmobiliarias del Presidente y su Secretario de Hacienda, al final no han hecho tanta mella en la persona de Enrique Peña Nieto o Luis Videgaray, como en la institución a la que ellos representan.
Asimismo, la revelación de la existencia de narcoautoridades en Guerrero, y la larguísima cadena de corrupción, complicidades, protección y tráfico de influencias que fue puesta en evidencia a raíz de los desaparecidos, generó un cuestionamiento no sólo contra José Luis Abarca y su esposa, o contra el defenestrado gobernador Ángel Aguirre, sino sobre todo respecto a los partidos políticos que también actuaron con cálculo y tibieza, frente a la necesidad de responderle a la ciudadanía por cómo éstas personas fueron postuladas, y cómo llegaron a tener responsabilidades y cargos públicos a pesar de los nexos criminales y de corrupción que públicamente sostenían.
Así, si en muy poco tiempo dos de los pilares de nuestra incipiente democracia (el gobierno y los partidos políticos) recibieron duros golpes de credibilidad frente a la ciudadanía, lo menos que podía esperarse es que éstos respondieran creciéndose al castigo y constatando que por encima de sus intereses particulares demostraran tener un compromiso democrático de gran calado frente a los ciudadanos.
No ocurrió nada de eso. Al contrario, partidos y gobierno decidieron sostener las mismas decisiones de siempre, como si el país no hubiera cambiado y no se encontrara en crisis; y al paso del tiempo lo único que han logrado es abonar al alejamiento de la ciudadanía, y a la pérdida de la credibilidad que hoy debiera ser fundamental para refrendar la superioridad del Estado frente a los problemas que lo aquejan, y no la constatación de que los partidos y el gobierno están coludidos para llevar a la quiebra a la democracia.

REITERAR LA IGNOMINIA
El Presidente y los partidos no estaban preocupados por la credibilidad y certeza que pudieran ofrecerle a la población. Eso lo demostraron cuando en la discusión del Pacto por México echaron al cajón del olvido todo lo relacionado con el sistema anticorrupción, y ello fue avalado por los partidos integrantes del acuerdo. Nadie tenía prisa por discutir lo que para ellos en ese momento no reportaba ninguna ganancia política. Y por eso mismo le dieron prioridad a lo que tenía que ver con los temas interesantes para el país —según ellos— y para la clase política porque se traducía en pesos y centavos.
Sólo que vino Ayotzinapa, la Casa Blanca, Malinalco, la casa presidencial de Ixtapan de la Sal y otros hechos que pusieron en capilla a la clase política. Mientras eso pasaba, los partidos vivían su propio descrédito al decidir cerrarse para proteger a los corruptos que estaban siendo exhibidos. Y frente a todo ese cúmulo de señalamientos, la ciudadanía comenzó a exigir cambios a partir de una considerable y legítima inconformidad que se tradujo en monumentales manifestaciones públicas, y una clara aversión a los procesos electorales sobre los cuales la propia ciudadanía comenzó a mostrar rechazo por considerar que no eran suficientes para enfrentar los problemas que tenía el país.
¿Qué hicieron los partidos? Cerrarse todavía más. Atajaron cualquier posibilidad de autocrítica y más bien se han dedicado a cuidar los espacios que tienen en la esfera pública, como un último baluarte de resistencia frente a la ciudadanía que cuestiona. Lo mismo hizo el Presidente: en lugar de dar el golpe de timón que el país hubiera esperado de él, salió al paso para proponer reformas cosméticas de la realidad nacional, y luego a anunciar a un fiscal anticorrupción que legalmente es su subordinado, y que carece de las herramientas legales para emprender una investigación real que aclare los posibles actos de corrupción cometidos por funcionarios federales, y el posible conflicto de interés en el que estaría involucrado el propio Presidente de la República.

MÉXICO, SIN RUMBO
Es evidente que la clase política no ha sabido estar a la altura de las expectativas nacionales. Lejos de eso ha buscado protegerse sin reparar en que eso mismo socava aún más el endeble terraplén en el que siguen sostenidos los andamios del Estado. Al final, eso explica las señales de alerta que envían los órganos autónomos sobre la crisis de credibilidad que hoy tienen las instituciones del Estado y la urgencia de ir al rescate de ellas. Quizá estemos en el último momento. No hay que desoír las señales.

Homicidio de Carlos Martínez, pone a Oaxaca como foco rojo electoral

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+ ¿Cómo brindarán certidumbre cuando la seguridad es fuente de crisis?

Dice la llamada Ley de Murphy que cuando algo está mal, puede estar peor. Eso es lo que ocurre en Oaxaca. Pues si las cosas ya estaban mal con el prolongado paro de labores de un sector de la Policía Estatal, hoy todo está peor con la ejecución del aspirante a una candidatura por el PRD a una diputación federal, Carlos Martínez Villavicencio. Sólo si las autoridades de seguridad y de procuración de justicia actúan rápido, podrían evitar que esta combinación de factores sea llevada a la arena electoral. El problema es que nada garantiza que esa actuación rápida y eficaz ocurra.
En efecto, la noche del martes fue asesinado el ex diputado local Martínez Villavicencio, que ahora aspiraba a ser postulado por el Partido de la Revolución Democrática a una diputación federal por el distrito de Tlaxiaco. Éste se desplazaba en una camioneta, en compañía de Ernesto Fidel López Nelio y Bernardo Bautista, a través de un camino rural perteneciente a la agencia municipal de Nuxaño, localizada a 15 minutos del municipio de Santiago Juxtlahuaca. Los tres individuos fueron ultimados con disparos de armas de alto poder.
Como suele ocurrir en estos casos, la Procuraduría General de Justicia del Estado evitó establecer públicamente líneas de investigación sobre las ejecuciones, y simplemente se limitó a informar que sus peritos y agentes trabajaban para indagar los hechos. El problema es que esto ocurrió casi a la par de que el gobierno estatal logró desactivar la protesta de un grupo de elementos de la Policía Estatal que, independientemente de que constituyeran o no la mayoría de los uniformados, tenían en su poder las instalaciones del Cuartel General de la corporación, así como su armería, en donde se encontraba la mayoría de las armas y municiones que utilizan los uniformados para realizar sus funciones de seguridad.
Políticamente, el paro policial dejaba muy mal parado al gobierno de Oaxaca. Pues a los ojos de la opinión pública nacional, permeaba muy poco el argumento de que en realidad era un grupo minoritario de elementos el que se encontraba amotinado y en poder de las instalaciones, y más bien llamaba muchísimo la atención el hecho de que, o el gobierno se encontrara paralizado por un paro de labores de elementos, o el gobierno no fuera capaz de ejercer un mejor control sobre un grupo minoritario de policías amotinados, y esto pusiera en riesgo la seguridad de la población.
Por eso este triple homicidio ocurrió en un momento particularmente crítico. Pues si ya de por sí cualquier situación extraordinaria que ocurriera en el contexto de un amotinamiento de policías, sería directamente relacionada con esta primera situación, el hecho de que esa posible “situación extraordinaria” haya sido una ejecución que tiene evidentes matices políticos, agrava de manera importante la posición en que queda parado el gobierno estatal a los ojos de la ciudadanía en Oaxaca y en el país, y abre la puerta para que estos dos factores sean utilizados como elementos de manipulación política en tiempos electorales.

OAXACA, FOCO ENROJECIDO
Ahora mismo, en el contexto nacional, hay una discusión relativamente importante respecto a si es factible que en varias entidades federativas se lleven a cabo comicios en junio próximo. Particularmente, en Michoacán y Guerrero existe mucha incertidumbre sobre la viabilidad del proceso electoral, debido a que en la primera de esas entidades continúa habiendo un grado importante de violencia a manos de la delincuencia organizada y los grupos de autodefensa; y en la segunda, está todavía demasiado fresca la inconformidad por la detención-desaparición de los 43 normalistas en Iguala, y además porque hay grupos organizados (la CETEG, principalmente, aunque no es la única) que se ven muy dispuestos a impedir que se desarrolle con normalidad el proceso electoral y los candidatos realicen labor proselitista.
Oaxaca, evidentemente, no comparte ninguna de esas características. Aunque el conflicto magisterial tiene implicaciones políticas importantes para la entidad, la gravedad de la inconformidad del magisterio oaxaqueño —y su manejo político, en los ámbitos local y federal— no se compara con lo que ocurre en Michoacán y Guerrero. A pesar de lo que se pueda decir, en el caso de nuestra entidad existe un marco mínimo de entendimiento que impide los brotes de violencia, que tiene a los maestros —relativamente— trabajando, y que ha evitado que las inconformidades se conviertan en amenazas o para la gobernabilidad, o para el proceso electoral federal del presente año.
No obstante, de nuevo el problema más bien parece de percepciones. Pues conforme vayan pasando las semanas, y frente a dos antecedentes (el homicidio violento de un precandidato y la inestabilidad de los servicios de seguridad pública) ruidosos, no va a faltar quien decida apostar por la ruta de tratar de aprovechar estas situaciones para afirmar que el proceso electoral está en riesgo, y que no existen las condiciones para que éste se desarrolle en las condiciones mínimas de seguridad y certeza para candidatos y ciudadanos.
Si alguien decide hacerlo, tendrá a su favor el hecho de que a diferencia de Guerrero y Michoacán (donde no ha habido agresiones directas a quienes participan en el proceso electoral) en Oaxaca ya va a existir un antecedente concreto del homicidio de un aspirante; y que si la Procuraduría y la Secretaría de Seguridad Pública no tienen el cuidado y el esmero de esclarecer —y hacer creíble— en el corto plazo el móvil de la ejecución, así como las razones que la detonaron, entonces le ofrecerá a quienes apuesten por la desestabilización, herramientas invaluables para asegurar que Oaxaca está en condiciones de mayor riesgo que todas las demás entidades para el desarrollo del proceso electoral.
Al final, se trata de que las dos dependencias estatales hagan su trabajo y eviten dejar márgenes para la especulación y el provecho político. Esto se entendería en un contexto real de responsabilidad, pero quién sabe si en Oaxaca, donde la PGJE y la Secretaría de Seguridad Pública han demostrado mucho desgano en la posibilidad de contribuir a la gobernabilidad y los procesos políticos.

CONFLICTO ENTRE PARTICULARES
Hay quienes dicen que la trifulca que hubo anteayer en la central camionera es en realidad un pleito entre dos familias de transportistas que se sienten dueñas de ese cotizado —y deliberadamente desaprovechado— espacio anexo a la Central de Abasto.

Homicidio de Carlos Martínez, pone a Oaxaca como foco rojo electoral

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+ ¿Cómo brindarán certidumbre cuando la seguridad es fuente de crisis?

Dice la llamada Ley de Murphy que cuando algo está mal, puede estar peor. Eso es lo que ocurre en Oaxaca. Pues si las cosas ya estaban mal con el prolongado paro de labores de un sector de la Policía Estatal, hoy todo está peor con la ejecución del aspirante a una candidatura por el PRD a una diputación federal, Carlos Martínez Villavicencio. Sólo si las autoridades de seguridad y de procuración de justicia actúan rápido, podrían evitar que esta combinación de factores sea llevada a la arena electoral. El problema es que nada garantiza que esa actuación rápida y eficaz ocurra.
En efecto, la noche del martes fue asesinado el ex diputado local Martínez Villavicencio, que ahora aspiraba a ser postulado por el Partido de la Revolución Democrática a una diputación federal por el distrito de Tlaxiaco. Éste se desplazaba en una camioneta, en compañía de Ernesto Fidel López Nelio y Bernardo Bautista, a través de un camino rural perteneciente a la agencia municipal de Nuxaño, localizada a 15 minutos del municipio de Santiago Juxtlahuaca. Los tres individuos fueron ultimados con disparos de armas de alto poder.
Como suele ocurrir en estos casos, la Procuraduría General de Justicia del Estado evitó establecer públicamente líneas de investigación sobre las ejecuciones, y simplemente se limitó a informar que sus peritos y agentes trabajaban para indagar los hechos. El problema es que esto ocurrió casi a la par de que el gobierno estatal logró desactivar la protesta de un grupo de elementos de la Policía Estatal que, independientemente de que constituyeran o no la mayoría de los uniformados, tenían en su poder las instalaciones del Cuartel General de la corporación, así como su armería, en donde se encontraba la mayoría de las armas y municiones que utilizan los uniformados para realizar sus funciones de seguridad.
Políticamente, el paro policial dejaba muy mal parado al gobierno de Oaxaca. Pues a los ojos de la opinión pública nacional, permeaba muy poco el argumento de que en realidad era un grupo minoritario de elementos el que se encontraba amotinado y en poder de las instalaciones, y más bien llamaba muchísimo la atención el hecho de que, o el gobierno se encontrara paralizado por un paro de labores de elementos, o el gobierno no fuera capaz de ejercer un mejor control sobre un grupo minoritario de policías amotinados, y esto pusiera en riesgo la seguridad de la población.
Por eso este triple homicidio ocurrió en un momento particularmente crítico. Pues si ya de por sí cualquier situación extraordinaria que ocurriera en el contexto de un amotinamiento de policías, sería directamente relacionada con esta primera situación, el hecho de que esa posible “situación extraordinaria” haya sido una ejecución que tiene evidentes matices políticos, agrava de manera importante la posición en que queda parado el gobierno estatal a los ojos de la ciudadanía en Oaxaca y en el país, y abre la puerta para que estos dos factores sean utilizados como elementos de manipulación política en tiempos electorales.

OAXACA, FOCO ENROJECIDO
Ahora mismo, en el contexto nacional, hay una discusión relativamente importante respecto a si es factible que en varias entidades federativas se lleven a cabo comicios en junio próximo. Particularmente, en Michoacán y Guerrero existe mucha incertidumbre sobre la viabilidad del proceso electoral, debido a que en la primera de esas entidades continúa habiendo un grado importante de violencia a manos de la delincuencia organizada y los grupos de autodefensa; y en la segunda, está todavía demasiado fresca la inconformidad por la detención-desaparición de los 43 normalistas en Iguala, y además porque hay grupos organizados (la CETEG, principalmente, aunque no es la única) que se ven muy dispuestos a impedir que se desarrolle con normalidad el proceso electoral y los candidatos realicen labor proselitista.
Oaxaca, evidentemente, no comparte ninguna de esas características. Aunque el conflicto magisterial tiene implicaciones políticas importantes para la entidad, la gravedad de la inconformidad del magisterio oaxaqueño —y su manejo político, en los ámbitos local y federal— no se compara con lo que ocurre en Michoacán y Guerrero. A pesar de lo que se pueda decir, en el caso de nuestra entidad existe un marco mínimo de entendimiento que impide los brotes de violencia, que tiene a los maestros —relativamente— trabajando, y que ha evitado que las inconformidades se conviertan en amenazas o para la gobernabilidad, o para el proceso electoral federal del presente año.
No obstante, de nuevo el problema más bien parece de percepciones. Pues conforme vayan pasando las semanas, y frente a dos antecedentes (el homicidio violento de un precandidato y la inestabilidad de los servicios de seguridad pública) ruidosos, no va a faltar quien decida apostar por la ruta de tratar de aprovechar estas situaciones para afirmar que el proceso electoral está en riesgo, y que no existen las condiciones para que éste se desarrolle en las condiciones mínimas de seguridad y certeza para candidatos y ciudadanos.
Si alguien decide hacerlo, tendrá a su favor el hecho de que a diferencia de Guerrero y Michoacán (donde no ha habido agresiones directas a quienes participan en el proceso electoral) en Oaxaca ya va a existir un antecedente concreto del homicidio de un aspirante; y que si la Procuraduría y la Secretaría de Seguridad Pública no tienen el cuidado y el esmero de esclarecer —y hacer creíble— en el corto plazo el móvil de la ejecución, así como las razones que la detonaron, entonces le ofrecerá a quienes apuesten por la desestabilización, herramientas invaluables para asegurar que Oaxaca está en condiciones de mayor riesgo que todas las demás entidades para el desarrollo del proceso electoral.
Al final, se trata de que las dos dependencias estatales hagan su trabajo y eviten dejar márgenes para la especulación y el provecho político. Esto se entendería en un contexto real de responsabilidad, pero quién sabe si en Oaxaca, donde la PGJE y la Secretaría de Seguridad Pública han demostrado mucho desgano en la posibilidad de contribuir a la gobernabilidad y los procesos políticos.

CONFLICTO ENTRE PARTICULARES
Hay quienes dicen que la trifulca que hubo anteayer en la central camionera es en realidad un pleito entre dos familias de transportistas que se sienten dueñas de ese cotizado —y deliberadamente desaprovechado— espacio anexo a la Central de Abasto.

¿Qué habría pasado si este paro policial hubiera ocurrido en 2006?

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+ Esteva abrió caja de pandora, que puso en riesgo a régimen de GCM

¿Qué habría pasado si un paro policial como el que ayer quedó conjurado, hubiera ocurrido en un contexto social y político distinto? ¿Qué habría ocurrido si esto mismo hubiera pasado en medio del conflicto magisterial de 2006? Alberto Esteva Salinas, al enfrentarse con la Policía Estatal abrió una caja de pandora que bien pudo haber terminado en una situación crítica para todo el gobierno de Gabino Cué Monteagudo. Qué bueno que esto no pasó. Pero ahora valdría la pena que el gobierno recapitulara en estas lecciones para no repetir un riesgo de esta magnitud.
En efecto, ayer el grupo de elementos de la Policía Estatal que se mantenía en paro de labores, decidió dar por terminada su protesta, y entregar las instalaciones y equipos que tenía en su poder desde hace 17 días. Los uniformados finalmente aceptaron los ofrecimientos que hizo el gobierno del estado para quienes regresaran a trabajar; y luego de concluir las protestas, el gobierno anunció que sólo revisaría la situación de alrededor de 15 de las personas que encabezaron las inconformidades. Esto parece ser el fin de este riesgo. Y por eso es necesario revisar algunas de las aristas que no deben quedar en el olvido.
Una de ellas, fundamental, tiene que ver con el hecho de que —como lo apuntábamos en nuestra entrega anterior— en este segundo paro de labores, los mismos elementos inconformes perdieron la noción de lo que pedían, y permitieron que su protesta fuera influenciada por grupos expertos en desestabilización, y por la misma ciudadanía que decidió salir a darles su respaldo, y ellos lo recibieron.
Quizá sin darse cuenta, con esta acción los elementos generaron un aura de simpatía, desde la propia policía, con la población que decididamente está en contra del gobierno, y que por eso salió a respaldarlos cuando intentaron ser desalojados la semana pasada por la Policía Federal. Y si técnicamente la policía sirve para brindar seguridad y estabilidad, y mantener lealtad al gobierno, entonces los elementos inconformes fueron exactamente al punto contrario de la situación para la que se supone que sirve toda corporación policiaca, al convertirse ellos en foco de una resistencia en contra del Estado.
Y es que, continuando con este escenario posible, ¿qué habría ocurrido si el enfrentamiento del viernes pasado en el cuartel de Santa María Coyotepec hubiera escalado en violencia? ¿Cuál habría sido el resultado si, por la razón que fuere, un grupo mayor de elementos se hubiera unido a los inconformes, y hubiera manifestado su voluntad de no seguir manteniendo disciplina y lealtad al régimen para el que trabajan? ¿Qué habría pasado si no hubiera habido prudencia por parte de los elementos federales, y hubieran repelido lo mismo a los policías paristas que a la población que salió a ayudarlos?
El escenario es más grave de lo que parece, pues lo que técnicamente habría ocurrido es que el gobierno estatal se habría quedado sin su elemento de fuerza para garantizar el orden público, y entonces ellos y la ciudadanía nos hubiéramos quedado desprovistos por completo de garantías de seguridad; por ende, el régimen se habría tambaleado políticamente, y los ciudadanos habríamos quedado a merced de lo que cualquier persona capaz de quebrantar la ley hubiera querido hacer.

QUE VEAN EL 2006
Cuando ocurrió el conflicto magisterial y popular de 2006, uno de los elementos fundamentales que permitió que el gobernador Ulises Ruiz se mantuviera en su cargo, fue la lealtad institucional de las corporaciones policiacas estatales. Del mismo modo, cuando estalló aquel episodio de violencia e inconformidad, uno de los elementos fundamentales para la crisis fue el hecho de que la población civil salió a defender y respaldar a quienes consideraba (los maestros de la Sección 22 del SNTE) que estaban siendo agredidos injustamente por las fuerzas policiacas.
Este escenario, por sus elementos, es similar al actual. ¿Por qué no suponer un potencial periodo de inestabilidad del régimen, si de verdad se hubiera quebrantado la lealtad institucional de la fuerza pública estatal? ¿Cuál fue el riesgo real que se vivió en este episodio, por la falta de sensibilidad y noción de los encargados del manejo de este problema de orden al interior de las corporaciones estatales?
¿Qué nadie en la Secretaría de Seguridad Pública vio el enorme riesgo que significaba la sola posibilidad —que en otro momento hubiera parecido remota, pero que finalmente ocurrió— de que la población saliera a manifestar su simpatía con un grupo de inconformes que pertenece a corporaciones de seguridad pública que deben subsistir al margen del apego ciudadano, porque más bien son el símbolo de la “última razón”, como lo es la fuerza pública?
Ahora bien, ¿qué habría pasado si en el 2006, cuando la policía estatal se enfrentó con los profesores y éstos se levantaron masivamente en contra del gobierno apoyados por diversos sectores de la sociedad, también las corporaciones estatales hubieran abonado a la crisis? En aquellos momentos, todas las policías locales se mantuvieron en una situación de disciplina, incluso en los momentos de mayor complejidad, incluso frente al señalamiento injusto y parcial de que ellos habían sido los represores, cuando lo cierto es que su propia posición de subordinación los hizo acatar las órdenes de actuar contra los maestros, como sus superiores lo ordenaron. Si no hubiera ocurrido eso, entonces las posibilidades de que el entonces gobernador Ruiz se mantuviera en su cargo habrían disminuido drásticamente.
Por eso vale la pena revisar una y otra vez este episodio para que, como se apuntó también ayer, el gobierno no vuelva a ensayar apuestas tan arriesgada como la que está en vías de superar por este conflicto policial que generó Alberto Esteva Salinas, y que puso en una situación de vulnerabilidad y riesgo a todo el régimen de gobierno en nuestra entidad.

CRIMEN EN LA MIXTECA
El homicidio, la madrugada del martes, del precandidato a una diputación federal, Carlos Martínez Villavicencio, y de dos personas más —una de ellas familiar directo de un subsecretario del gobierno estatal— reaviva la permanente duda en la capacidad de actuar de las instancias de procuración de justicia. A la LXI Legislatura ya le habían matado a un diputado, sobre lo cual no se conocen avances sustantivos sobre su esclarecimiento. ¿Este hecho se sumará a las estadísticas de impunidad y silencio, en los crímenes que tienen que ver con políticos y ex funcionarios?

El paro de los policías no era un asunto que se tratara con tolerancia

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+ No debe haber represalias; pero tampoco sirve borrón y cuenta nueva

Seguramente el gobierno de Oaxaca hizo la apuesta política más arriesgada de toda la administración, al querer tratar con tolerancia un problema que era de distinta naturaleza, como la inconformidad de un grupo de elementos de la Policía Estatal. Ello derivó en dos paros de labores policiales consecutivos; en la politización del problema; en la pérdida de interlocutores y, sobre todo, en la arriesgada posibilidad de dejar en una situación de vulnerabilidad a la ciudadanía. Y ojalá que las soluciones que se ven a la vista, sean —ahora sí— de largo plazo.
En efecto, Alberto Esteva Salinas abrió una auténtica caja de pandora con la Policía Estatal, que no pudo manejar y que ya no se quedó para cerrar. Esteva supuso que a su llegada que la Secretaría de Seguridad Pública de Oaxaca se encontraba en las mismas condiciones que las corporaciones policiales de otras entidades del país, y a pesar de que desde el inicio la misma sociedad civil le envió los respectivos mensajes de que la situación de las corporaciones policiacas en Oaxaca no estaba para bromas y alardes, éste decidió implementar acciones que sólo exacerbaron la molestia de los elementos.
¿Qué hizo Esteva Salinas? Desde el primer día —y por una revancha personal en contra de sus antecesores— decidió desacreditar todo lo que se había hecho, bajo la premisa de que bajo su gestión se conformaría “la mejor policía del país”. Se dio a la tarea de —con los recursos que previamente habían sido gestionados y estaban listos para renovar los equipos de trabajo de los elementos— maquillar la situación de la Policía Estatal con un cambio de colores y logotipos —y con falsas acciones de proximidad social, que ridiculizaban a los elementos y no conseguían acercarlos con la ciudadanía— que, en realidad no atendía ninguno de los requerimientos y necesidades de los uniformados.
Y es que mientras Esteva se preocupaba por mostrar en las calles a los perros policía, u organizar paseos en parques y jardines, con vehículos y elementos dispuestos para divertir a los niños —o impulsar una campaña de valores, que si bien era positiva. no comenzaba por refrendar esos mismos valores al interior de la corporación—, los elementos estaban preocupados por otras situaciones, como conseguir la homologación salarial con las demás Policías Estatales del país, tener una dotación digna de uniformes, viáticos, alimentación y bonos de riesgo, o recibir un trato digno por parte de sus mandos y demás autoridades.
Esto último nunca ocurrió. Esteva, más bien, comenzó a pagar los costos de su frivolidad cuando al intentar presumir sus logros como titular de la SSP, fue corrido —literalmente— del cuartel general de la Policía Estatal, donde hacía sus madrugadoras reuniones diarias de gabinete operativo; y luego le fue organizada una protesta callejera durante el desfile conmemorativo del inicio de la independencia de México, en septiembre pasado.
Esteva no comprendió que la ruta de la distensión pasaba necesariamente por el reconocimiento de los errores que había cometido, y por abandonar la actitud de soberbia con la que llegó a la SSP. No lo hizo. Se envalentonó su actitud y en el cargo, y retó a que los elementos continuaran su paro asegurando que las exigencias que éstos planteaban eran infundadas, y que la “mejor policía del país” era una realidad.
Finalmente el empecinamiento tanto de Esteva Salinas, como de los policías en paro, respectivamente, generó este problema que luego escaló a otro nivel de radicalismo que terminó apuntando hacia un problema sin solución. Cuando ello ocurrió, el gobierno estatal hizo su apuesta más fuerte al preferir el diálogo que la fuerza. Y frente a las endebles posibilidades actuales de solución del conflicto policial, lo que debe demostrarse es que ahora también se tiene la suficiente fuerza como para no permitir que la tolerancia sea tomada como una señal de debilidad.

APUESTA POLÍTICA
Siempre es un problema cuando se pretende negociar con un grupo que no tiene cabeza ni rumbo definido. Esto no ocurrió en la primera fase del conflicto de las corporaciones policiacas, porque sus demandas se reducían a temas concretos como los uniformes, el pago de viáticos, el armamento, los vehículos patrulla y demás insumos que ellos necesitan para desarrollar sus labores. Pero en esta segunda fase del problema policial las cosas se tornaron mucho más complejas porque los mismos elementos inconformes perdieron la noción de lo que pedían y permitieron que su protesta fuera influenciada por grupos expertos en desestabilización.
Pues si los policías en paro creyeron que el viernes pasado ganaron algo cuando al resistir la incursión de la Policía Federal al cuartel de Santa María Coyotepec, permitieron el involucramiento de la ciudadanía en su resistencia, en realidad lo que hicieron fue perder lo poco que les quedaba. ¿Por qué? Porque en ese momento intentaron convertir su problema laboral en un asunto político, y darle el matiz de una resistencia como la que han protagonizado otros grupos en contra del gobierno estatal.
Sólo que la diferencia entre una organización de lucha social y los integrantes de una corporación policiaca, es que los primeros sólo están regidos por los límites que tiene cualquier ciudadano frente a la ley, y la actuación de los elementos de seguridad pública está enmarcada por la disciplina que rige a todas las corporaciones policiacas. Así, lo que ellos habrían podido ver como una victoria, fue en realidad la señal de que sus acciones llegarían pronto a su final, ante la imposibilidad de sostener la tolerancia frente a un grupo sin causa ni noción del contexto de sus exigencias.
Hasta la tarde de ayer, parecía que finalmente este conflicto había comenzado a desactivarse, frente a la amenaza de cesar a los elementos inconformes, y el restablecimiento de la cadena de mando perdida. Finalmente, pareció que la compleja apuesta por el diálogo estaba en vías de fructificar, ante un problema que bien pudo tener una salida de fuerza, por la naturaleza del trabajo y la jerarquía de los policías. Ojalá que en un asunto como éste, el gobierno no vuelva a ensayar apuestas tan arriesgada como la que —parece— está a punto de superar.

LO REAL Y LO APARENTE
Lo aparente: que todo termine en un ajuste de cuentas, en el que haya renuncias de funcionarios y despido de líderes paristas. Lo real: que los policías oaxaqueños laboran en condiciones indecibles. Todo eso, no hay que perderlo de vista.

Federación, impasible ante problemas periféricos del magisterio

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+ Derechos de los oaxaqueños, pisoteados impunemente por todos

El gobierno federal se ufana de haber logrado, en menos de una semana, conseguir que los profesores de la Sección 22 del SNTE regresaran del Distrito Federal a Oaxaca. Lo que no dijo es cómo lo consiguió, y mucho menos que la condición para su retiro de la capital del país, fue el sostenimiento, en Oaxaca, de sus acciones de protesta que, al final, no hacen sino continuar lastimando de forma estéril los derechos comunes y personales de los oaxaqueños.
En efecto, la semana pasada fue de locos en la Ciudad de México por las protestas del magisterio oaxaqueño. Durante tres días, la capital del país fue asediada por profesores de la Sección 22 del SNTE, que fueron a exigir a la Secretaría de Gobernación el cumplimiento de diversas demandas relacionadas con sus salarios y las condiciones en que realizan su trabajo. Concretamente, a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, le interesaba ir a la capital a continuar negociando la capitulación en su favor, de la reforma educativa que habría de ser implementada por el gobierno federal.
Al final, la Coordinadora y la Sección 22 consiguieron una victoria aplastante sobre el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Desde el segundo día de actividades de la Coordinadora en la Ciudad de México, la comisión negociadora de la Sección 22, y las autoridades federales, así como el gobernador de Oaxaca, Gabino Cué Monteagudo, acordaron que la Federación regularizaría los pagos a los profesores oaxaqueños que aún no habían cobrado sus quincenas. Y sólo después de que el gobierno federal acordó negociar con la 22 otros temas, éstos decidieron regresar a Oaxaca. ¿Qué temas quedaron pendientes?
Entre éstos se encontraban nada menos que los temas de la ley educativa de Oaxaca, así como de las 45 escuelas que aún permanecen en poder de la —disidente de la disidente—Sección 59, así como la posibilidad de abrir un diálogo para exigir la liberación de los profesores Mario Olivera Osorio, Lauro Atilano Grijalva y Leonel Manzano Sosa, así como de los activistas Damián Gallardo Martínez, Sara Altamirano y José Ambrosio Martínez, acusados del secuestro de los hijos del empresario Juan José Álvarez Candiani. No obstante, el acuerdo más importante que alcanzaron los profesores oaxaqueños con el gobierno federal —y que no se quedó en expectativa, como otros temas— fue el de no permitir la evaluación que contempla la nueva legislación educativa para los trabajadores de la educación.
Esto, como lo apuntamos en líneas anteriores, constituye la capitulación —la rendición total— del gobierno federal en favor de la Coordinadora y la Sección 22 del SNTE. El triunfo total se lo llevaron los maestros, porque lograron la parte del acuerdo que hacía falta, primero para que les reintegraran su salario a todos los profesores a los que aún no les transfiere el pago íntegro de sus quincenas el gobierno federal —hasta hoy, a nadie le ha descontado por inasistencias—; y segundo para dejar claro que la reforma educativa no se aplicará en Oaxaca en los términos que establece la ley, sino en los que negociaron los maestros y el gobierno federal.
La victoria parcial —si es que se le puede llamar victoria— que se llevó el gobierno federal… fue simplemente la de conseguir que la ciudadanía de la capital de la República no se irritara más de lo que ya estaba, logrando que los maestros oaxaqueños volvieran a Oaxaca lo antes posible, así fuera al costo de entregarles todo lo que se supone que les habían quitado con la reforma constitucional en materia educativa aprobada en 2013, y que se supone que como uno de sus asuntos torales, eliminaría el control del sindicato sobre los trabajadores de la educación.

LOS DERECHOS, PISOTEADOS
En ese contexto, los profesores acordaron que se irían de la Ciudad de México, y ya a nadie más le interesó saber y conocer el plan de acción que trazaron para los días de la post protesta en la capital del país. Y resulta que los maestros de Oaxaca resolvieron venir a seguir protestando aquí en Oaxaca.
Seguirán con sus paros intermitentes, con sus marchas de protesta y, sobre todo, con sus acciones beligerantes cada que tengan algún tema nuevo que abordar frente al Gobierno del Estado o el federal. Esencialmente, decidieron mantener el plantón que tienen desde el mes de julio del año pasado en el zócalo de la capital oaxaqueña, independientemente de que éste ya no tenga ninguna razón de ser.
De eso no se interesó el gobierno federal, como tampoco de que como un accesorio del plantón en el primer cuadro de la capital oaxaqueña los profesores insistan en llevar vendedores ambulantes que son cobijados por cobradores de piso y extorsionadores profesionales; al gobierno federal no le interesó que el primer cuadro de la ciudad —su comercio, su actividad turística y, sobre todo, los derechos de la ciudadanía— se vean trastocados gravemente.
Para el gobierno federal, con el solo hecho de que ya no estén a la vista parece suficiente, sin importarles que lo que no se vive en la capital del país sólo se viene a reflejar en Oaxaca, y que lo justo sería que los maestros se fueran definitivamente a seguir trabajando, en lugar de sostener protestas supuestamente preventivas.
¿Quién se preocupa, entonces, porque la ciudadanía —los oaxaqueños, los habitantes, los que caminamos día a día en esas calles ocupadas; los que no podemos hacer nuestras labores cotidianas porque la ciudad es un caos; los que han perdido su trabajo por la falta de actividad económica; los que están a punto de perder sus inversiones y cerrar sus comercios— podamos tener a salvo nuestros derechos mínimos a vivir con tranquilidad y paz, y a disfrutar de los espacios públicos que, por ese solo hecho, son de todos y no únicamente de los maestros?
El gobierno federal no se ocupa de nada de eso. No se ocupa del ambulantaje, de la inseguridad, y de todos los problemas que trae aparejado el hecho de que ellos hayan enviado de regreso a los maestros a Oaxaca para que, con su victoria, continúen presionando hasta conseguir lo poco que aún les hace falta por ganar.

COCHUPOS
¿De verdad era tan necesario que Freddy Gil le diera un librazo a José Zorrilla durante su comparecencia? ¿A quién le convenía más que éstas se suspendieran indefinidamente? Con el paso de los días, lo que se deja ver es que la supuesta agresión no fue más que un montaje para terminar anticipadamente la “evaluación anual” de los funcionarios estatales.

¿Por qué el gobierno insiste en inexistencia de la sociedad civil?

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+ El camino: exigir que la clase política responda a la ciudadanía

Desde hace mucho tiempo, ha sido el propio gobierno quien ha desalentado la idea de que la “sociedad civil” existe. Dice eso porque al gobierno organizado lo que le conviene siempre es una sociedad atomizada e incapaz de unirse en torno a causas o asuntos públicos y legítimos. Sin embargo, el riesgo que enfrenta hoy el propio Estado es que esa sociedad desorganizada, está también enojada. Y si la inconformidad no se encauza, entonces dentro de poco no quedará otro camino más que el de la violencia.
En efecto, en México ha habido un desaliento constante hacia la idea de la sociedad civil, porque el gobierno ha insistido en que ésta es en realidad una capucha de grupos que intentan ser una oposición irracional. A partir de esa idea, el binomio gobernante (gobierno y partidos políticos) han construido todo un entramado que hoy les permite tener el control del rumbo del Estado. Ese armazón está hecho para detentar el monopolio de las decisiones trascendentes. El problema es que dicho andamio fue construido en tiempos y para tiempos en los que también podían tener el control de la opinión pública. Y esos tiempos se acabaron.
Habría que diferenciar no los escándalos de corrupción, sino el tiempo en el que ocurren. Hace ya varias décadas, por ejemplo, que Carlos Hank González acuñó frases como “un político pobre, es un pobre político”, o la relativa a que él anhelaba hacer fortuna a través de la política, pero que al hacerlo “se pasó”. Esas, evidentemente, eran muestras fehacientes —y hasta socarronas— de la noción intrínseca de que en toda actividad política había provecho y corrupción, pero la diferencia de entonces con ahora es que antes la sociedad estaba aislada, y los medios de información tradicionales podían ser controlables para que eso no despertara inconformidades a gran escala.
Esos tiempos se acabaron. La masificación de la comunicación y la información permitieron una nueva relación entre la sociedad y el poder, en la que en medio ya no hay nadie y tampoco hay límites. Por esa razón, desde hace tiempo el gobierno dejó de ser capaz de controlar a la opinión pública, e incluso se estableció un nuevo parámetro en el que es menos rechazado permitir que se diga lo que sea, a intentar controlar a pequeños segmentos de la opinión general. Lo primero refleja un signo de apertura —incluso con sus riesgos—, mientras que lo segundo revela una intención manipuladora que frente a espacios incontrolables (como las redes sociales) se revela como intolerante, incapaz, desorientada y arcaica.
El problema es que, en el caso de México, la masificación de la comunicación eliminó muchas de las barreras de la manipulación y la censura, pero en cambio no se contribuyó en nada a la construcción de una sociedad participativa en los asuntos públicos. En lugar de eso, lo que se hizo fue una simulación en la que los propios partidos comenzaron a impulsar satélites supuestamente ciudadanos, que intentaron tener un rostro civil (es decir, apartidista) pero sólo para respaldar o rechazar intereses que eran paralelamente convenientes para los partidos políticos, y no para hacer identidad con la ciudadanía.

HACER CIUDADANÍA
En una concepción simple, un asunto es público cuando atañe a todos. Esa idea es la que debería hacer a la ciudadanía involucrarse en los asuntos del Estado, cuando éste —es decir, quienes están a cargo de materializar las funciones del Estado— demuestra su incapacidad para abordar ese problema. Hoy México se encuentra en una verdadera situación de crisis, no sólo por los hechos de Iguala o por las revelaciones de corrupción de las altas esferas del poder, sino sobre todo porque la clase política no ha alcanzado a responderle a la ciudadanía de la manera que ésta espera frente a las imputaciones de corrupción. ¿Qué hacer entonces?
La respuesta tendría que estar en la necesidad de construcción urgente de más ciudadanía. Es decir, de más noción entre la gente común de que también puede incidir en las decisiones que toma el Estado, a través de la manifestación de sus ideas, y de la multiplicación de éstas para impactar en la toma de una decisión obligando a la clase política a hacerlo. Hoy, por ejemplo, los mexicanos rechazamos frontalmente la corrupción de nuestras autoridades. Pero la clase gobernante no han tenido la altura de miras suficiente para responder a esa inconformidad ciudadana, con medidas suficientes para apaciguar la exigencia de respuestas.
Si hubiera un sentido más previsor de lo que se gana y se pierde en medio de una crisis, entonces tendría que ser el propio Estado quien debiera estar estimulando la conformación de una sociedad civil organizada y sólida, para hacer los contrapesos que necesitan y darle a los cambios institucionales la dimensión y la legitimidad que requieren. Al hacerlo así estaríamos entrando en una nueva fase de cambios obligados pero consensados, en los que la clase política ciertamente perdería discrecionalidad y estaría obligada a un verdadero ejercicio de rendición de cuentas, pero sin poner en riesgo su propia permanencia en las esferas de poder.
Sin embargo, en realidad nada de esto ocurre. Más bien, el Estado está sometido por los intereses de quienes lo tienen bajo su control, y por su resistencia a emprender el viaje rumbo a los cambios institucionales —y contribuir a la construcción de sociedad civil—, está provocando más riesgos de los que pueden ver. La ciudadanía, desorganizada y atomizada, no está empujando en un mismo rumbo, y muchos podrían incluso apostar por la violencia como una forma de generar cambios. Todo esto es posible, y se alimenta de la incapacidad de la clase gobernante para leer correctamente los tiempos, y tomar decisiones trascendentes basadas en ello.
Finalmente lo que parece es que la clase política está llevando sus lealtades mutuas hasta la ignominia. Y que eso está poniendo en un predicamento mayor al propio Estado, que si no cambia, dentro de poco tampoco será capaz de contener las expresiones de inconformidad que hoy en día ya descansan en el propio descrédito, y la inmovilidad, de la clase gobernante.

¿GOBERNABILIDAD O AMBULANTAJE?
Es una pregunta que nadie se responde, frente a lo que pasa en el Centro Histórico con los ambulantes que protege la Sección 22 del SNTE. ¿Por qué no viene Gobernación a enfrentar esta parte del problema magisterial, que ellos no sólo no han atendido, sino que han profundizado?

No hay razón para seguir manteniendo el monopolio del transporte

Trasporte Publico

+ Liberarlo, una solución que es atajada por todos los que perderían

La posibilidad de “liberar” el transporte público concesionado en Oaxaca, ha sido más un amague político que una posibilidad técnicamente explorada por las autoridades estatales. Aunque el de transporte debiera ser un servicio especializado, tecnificado y competitivo, resulta que en Oaxaca también es rehén de las ambiciones políticas de grupos y personajes que no ven la conveniencia de un mejor servicio, sino la oportunidad de lucrar —económica y políticamente— con esa actividad.
En efecto, en su primera plana de ayer jueves, TIEMPO señalaba la urgencia de considerar la posibilidad de liberar el transporte público. Esta tendría que ser una propuesta serenamente valorada por las autoridades, ante la incesante afirmación de los empresarios del transporte urbano y suburbano —y qué decir de los taxistas citadinos y foráneos— de que esa actividad ya dejó de ser negocio, y que por eso deben ser los usuarios quienes deben pagar más por un servicio que no mejora, y que tampoco reconoce sus propias áreas de oportunidad.
Pues resulta que Oaxaca tiene, como lo decía la propia nota de TIEMPO, uno de los servicios de transporte público más caros y deficientes del país, ya que mientras en Oaxaca el costo por pasaje es de seis pesos, la tarifa del pasaje en autobuses urbanos en la mayoría de los estados de República se ubica en un promedio de 6 pesos, como lo estableció el Gobierno de Oaxaca desde el año 2013 en la ciudad de Oaxaca de Juárez y municipios conurbados.
¿Cuál es la diferencia? La calidad del servicio que se presta a cambio de esa tarifa. Y es que de acuerdo con una consulta realizada por reporteros de este diario, el pasaje más económico es cobrado en el estado de Chiapas, donde la tarifa es de 5 pesos y se presta con unidades de lujo. El boleto tiene un costo de 6 pesos en Cuernavaca, Morelos; también en Guanajuato, Sonora, Chihuahua, el Estado de México y Aguascalientes. En Puebla, donde la ruta es más larga, pues alcanza los 60 kilómetros, el costo del pasaje sigue siendo de 6 pesos.
Hoy el transporte público de pasajeros en Oaxaca clama por un servicio que, dicen, ya no es negocio. En un primer momento podría creerse que, en efecto, el servicio no es costeable. El problema es que la mayoría de los concesionarios locales se han empecinado en seguir teniendo un modelo empresarial anticuado, que fue productivo hace varias décadas, pero que no puede seguir siéndolo en las condiciones actuales. ¿De qué hablamos?
De que en Oaxaca, salvo muy contadas excepciones, casi la totalidad de las concesiones se encuentran atomizadas en poseedores que, solos, no pueden ser competitivos. Concretamente, aquí cada concesionarios es, en general, dueño de dos, tres o cinco unidades, con las cuales no logra salir adelante. ¿Por qué? Porque esa actividad, como todos los negocios en los que las inversiones son importantes, debe ser producto de un esfuerzo conjunto de competitividad y mejora continua para no caer en el rezago y las pérdidas.
Incluso, suponiendo que la posesión de las concesiones de transporte urbano y suburbano estuvieran así de atomizadas como en la realidad, la respuesta tendría que estar en las agrupaciones de concesionarios. El problema es que esas supuestas “grandes empresas” de transporte público se convirtieron más en cotos de poder —que se dedican a venderle a los concesionarios una especie de “derecho de piso” para la operación de sus unidades, y que con ese mismo garlito los manipulan para cuestiones políticas— que en verdaderos detonadores de mejores condiciones para sus agremiados.
De hecho, hoy en día en Oaxaca es bien conocido que, por ejemplo, dos de las más grandes cooperativas de transportistas urbanos y suburbanos de la capital, enfrentan graves problemas financieros por los créditos que tienen pendientes de cubrir con el fisco federal, y por sus pasivos laborales y con proveedores. Eso tiene, literalmente, con un pie en la cárcel a varios concesionarios que, sin embargo, continúan exigiendo que sean los usuarios quienes paguen por sus deudas malos manejos financieros.
En esas condiciones, esas empresas no pueden ser soporte, sino son un lastre, para el transporte público que no puede entrar a un proceso de modernización o competitividad, porque nadie tiene recursos para invertir; porque no permiten el ingreso de otros inversionistas interesados en la actividad; y porque ellos mismos se niegan a un reordenamiento que les permita tener condiciones equitativas de servicio y evite que unos se beneficien desproporcionadamente frente a otros que están a punto de la quiebra.

LIBERAR EL TRANSPORTE
La liberación del transporte, a grandes rasgos, significa eliminar el duopolio que hoy tienen, por un lado, las empresas de transporte urbano y suburbano; y por el otro, las organizaciones de taxistas; para someter al transporte público a una autorregulación. Es decir, a abrir el mercado para que cualquier persona que, a la luz de un estudio de factibilidad, tenga la capacidad de ofrecer satisfactoriamente el servicio de transporte público, se le otorgara una concesión.
Y con ello, no sería el Gobernador quien perdería tanto poder sobre el transporte público, como las organizaciones de concesionarios y trabajadores del volante, que son los que, en buena medida, definen actualmente el modo en que son repartidas las concesiones, y de ese modo manejan y presionan a los trabajadores del volante —que tras 15 ó 20 años de trabajo, aspiran a acceder a tener su propia unidad concesionada—, para que respalden sus decisiones y hagan lo que ellos ordenan.
Quienes también perderían son los políticos, partidos y funcionarios que a pesar de la gravedad del problema del transporte público, siguen insistiendo en utilizarlo como uno más de los elementos de presión política en contra del Estado. No es raro que el transporte responda siempre a intereses de ese tipo, y que buena parte del control se centre en la discrecionalidad que sigue existiendo en el otorgamiento de concesiones, y la facilidad que esto da para la corrupción en el sector.

¿ESPERAR QUÉ?
Eso es lo que habría que preguntarse. ¿Qué espera la autoridad para comenzar a considerar este tipo de propuestas? Oaxaca merece un transporte no de lujo, pero sí digno. En el horizonte hay mucho más que sólo “ataúdes rodantes”. El problema es que aquí todos se resisten a verlo.

Tolerancia a corrupción, similar a la de la violación a la ley

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+ En DF repliegan a S-22 y no pasa nada, ¿Y por qué aquí sí?

El repliegue que ayer realizaron elementos de las policías federal y del Distrito Federal de los profesores de la Sección 22 del SNTE que bloqueaban una de las principales arterias viales de la capital del país, ocurrió como un mero incidente aislado. Allá, los profesores entendieron —no sin resistencias— que la acción de fuerza de todos modos habría de ocurrir, y finalmente optaron por regresar al campamento que les permitieron instalar en inmediaciones del Monumento a la Revolución. ¿Por qué allá sí entendieron los maestros el mensaje de las autoridades, pero en Oaxaca por menos que eso acusan represión?
En efecto, la pregunta no es ociosa. Más bien, lo que salta a la vista es la doble moral que priva en la organización de las inconformidades magisteriales, y la desproporción de sus propias actitudes. Pues en la capital del país los profesores no se encuentran en su territorio de dominio, y a pesar de que la Secretaría de Gobernación ha actuado con muchísimo tiento respecto a los profesores oaxaqueños, esto no impidió que la policía se les plantara para frenar toda posibilidad de que continuaran afectando los derechos de terceros.
El asunto es relevante. Pues pareciera que, por un lado, Oaxaca es territorio escriturado a los profesores de la Sección 22 del SNTE; pero también pareciera que, en el otro extremo, la misma sociedad está totalmente desanimada a continuar exigiendo que la autoridad cumpla con su deber de proteger los derechos de la colectividad. Eso es lo que, al final, parece estar determinando que en la Ciudad de México las fuerzas del orden actúen no para impedir que los profesores se manifiesten, pero sí para que con ello lesionen los derechos de los que nada tienen que ver con sus protestas.
Y es que basta con ver la reacción de la mayoría de la ciudadanía de la capital del país, e incluso de los medios informativos y las redes sociales, para corroborar que ahí la presión social sí incide en las decisiones que toma la autoridad. Desde que los profesores oaxaqueños llegaron a la capital de la República el lunes pasado, la ciudadanía fue enfática con sus autoridades en la conminación a que las autoridades buscaran los mecanismos —de concertación o de fuerza— para evitar que las protestas magisteriales se convirtieran en ocasión para el daño a los habitantes.
Por esa razón, desde el primer momento la policía de la Ciudad de México impidió que los profesores de la Sección 22 ingresaran a la plancha del zócalo capitalino, y más tarde —ese mismo lunes— les advirtió que de no desalojar las calles que habían ocupado, sería la fuerza pública quien los obligaría a retirarse.
Incluso, aunque en un primer momento la Secretaría de Gobernación se pronunció por evitar cualquier posibilidad de desalojo violento, finalmente tuvo que reconocer que el Gobierno de la Ciudad de México se encontraba en su derecho de desalojarlos, y terminó mostrándose de acuerdo a que el gobierno de la capital tomara sus propias determinaciones para mantener el orden público, cuestión que quedó refrendada ayer cuando de nueva cuenta los integrantes de la Sección 22, fueron desalojados de Paseo de la Reforma.
Tomemos en consideración algunas cuestiones: el gobierno de la Ciudad de México es de izquierda; ha tenido, además, cierta identidad ideológica con algunos de los temas que el magisterio ha llevado a la capital del país; y tiene encima la presión social de grupos abiertamente a favor de la Sección 22, porque responden al lopezobradorismo, que a su vez es simpatizante mutuo con el magisterio democrático oaxaqueño.
¿Por qué a pesar de todas esas circunstancias, el gobierno de Miguel Ángel Mancera decidió actuar? Porque, queda claro, la ciudadanía se lo exige; y porque cuando no lo hizo, los reproches fueron frontales.

CIUDADANÍA APAGADA
En Oaxaca, por el contrario, sería impensable que la policía evitara el ingreso de la Sección 22 del SNTE a una plaza pública o una vialidad, para instalar un plantón en protesta por algún tema. Sería impensable que el magisterio asumiera con civilidad que sus acciones son desproporcionadas, y decidiera retirarse pacíficamente a un espacio previamente pactado, ante la presencia policiaca; y sería casi imposible que en sus acuerdos tuvieran algún viso de consideración hacia la ciudadanía.
Más bien, aquí la Sección 22 hace lo que quiere. Lo hace porque el mismo gobierno estatal se ha manifestado incapaz de hacerle frente. Pero también porque el magisterio sabe que el gobierno aquí no le teme al rechazo ciudadano, simplemente porque éste no alcanza a ser lo suficientemente fuerte como para traducirse en una censura unánime, y porque el propio gobierno tampoco está muy preocupado por lo que la ciudadanía opine.
Y es que resulta que en Oaxaca pueden pasar cosas tan inverosímiles, como que la Sección 22 se instale en plantón, y se indigne, y hasta defienda, a un delincuente y manipulador consumado como Adán Mejía, que para lo que les servía era para mantener el control de los vendedores ambulantes que ellos mismos llevaron al zócalo de Oaxaca para “coberturar” sus protestas; o que la 22 se asuma fehacientemente como el “pueblo de Oaxaca” ante la mirada impasible de la mayoría de la ciudadanía que simplemente no dice nada frente a los atropellos.
¿Por qué al gobierno no le preocupa escuchar a la ciudadanía? Porque en las elecciones sigue ganando los espacios que considera necesarios para mantener su estabilidad. Porque, además, se ha encargado de desalentar la protesta ciudadana para cuidar el monopolio de la inconformidad que hoy tienen el magisterio y algunas organizaciones. Y porque en el fondo le ha enviado el mensaje a la ciudadanía de que protestar no sirve de nada. Por eso los oaxaqueños nos tragamos las consecuencias de las protestas de la misma forma en que aceptamos la corrupción, la impunidad y tantos otros males que hoy nos tienen en una situación que para otra sociedad fuera francamente insostenible.

REPUDIADOS
El problema es que la ciudadanía en Oaxaca le tiene tanto miedo, o más, a la Sección 22 que la que le tiene el gobierno. Por esa razón no se atreve a manifestarse en su contra; por eso no exige; por eso no le hace ver a la 22 que sus acciones son tan condenables que deben dejar de hacerlas. Pero en la Ciudad de México, donde el magisterio es rechazado y la ciudadanía exige de verdad sus derechos, parece que la 22 hasta comienza a tener rasgos de querer actuar “civilizadamente”.