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¿Por qué el gobierno insiste en inexistencia de la sociedad civil?

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+ El camino: exigir que la clase política responda a la ciudadanía

Desde hace mucho tiempo, ha sido el propio gobierno quien ha desalentado la idea de que la “sociedad civil” existe. Dice eso porque al gobierno organizado lo que le conviene siempre es una sociedad atomizada e incapaz de unirse en torno a causas o asuntos públicos y legítimos. Sin embargo, el riesgo que enfrenta hoy el propio Estado es que esa sociedad desorganizada, está también enojada. Y si la inconformidad no se encauza, entonces dentro de poco no quedará otro camino más que el de la violencia.
En efecto, en México ha habido un desaliento constante hacia la idea de la sociedad civil, porque el gobierno ha insistido en que ésta es en realidad una capucha de grupos que intentan ser una oposición irracional. A partir de esa idea, el binomio gobernante (gobierno y partidos políticos) han construido todo un entramado que hoy les permite tener el control del rumbo del Estado. Ese armazón está hecho para detentar el monopolio de las decisiones trascendentes. El problema es que dicho andamio fue construido en tiempos y para tiempos en los que también podían tener el control de la opinión pública. Y esos tiempos se acabaron.
Habría que diferenciar no los escándalos de corrupción, sino el tiempo en el que ocurren. Hace ya varias décadas, por ejemplo, que Carlos Hank González acuñó frases como “un político pobre, es un pobre político”, o la relativa a que él anhelaba hacer fortuna a través de la política, pero que al hacerlo “se pasó”. Esas, evidentemente, eran muestras fehacientes —y hasta socarronas— de la noción intrínseca de que en toda actividad política había provecho y corrupción, pero la diferencia de entonces con ahora es que antes la sociedad estaba aislada, y los medios de información tradicionales podían ser controlables para que eso no despertara inconformidades a gran escala.
Esos tiempos se acabaron. La masificación de la comunicación y la información permitieron una nueva relación entre la sociedad y el poder, en la que en medio ya no hay nadie y tampoco hay límites. Por esa razón, desde hace tiempo el gobierno dejó de ser capaz de controlar a la opinión pública, e incluso se estableció un nuevo parámetro en el que es menos rechazado permitir que se diga lo que sea, a intentar controlar a pequeños segmentos de la opinión general. Lo primero refleja un signo de apertura —incluso con sus riesgos—, mientras que lo segundo revela una intención manipuladora que frente a espacios incontrolables (como las redes sociales) se revela como intolerante, incapaz, desorientada y arcaica.
El problema es que, en el caso de México, la masificación de la comunicación eliminó muchas de las barreras de la manipulación y la censura, pero en cambio no se contribuyó en nada a la construcción de una sociedad participativa en los asuntos públicos. En lugar de eso, lo que se hizo fue una simulación en la que los propios partidos comenzaron a impulsar satélites supuestamente ciudadanos, que intentaron tener un rostro civil (es decir, apartidista) pero sólo para respaldar o rechazar intereses que eran paralelamente convenientes para los partidos políticos, y no para hacer identidad con la ciudadanía.

HACER CIUDADANÍA
En una concepción simple, un asunto es público cuando atañe a todos. Esa idea es la que debería hacer a la ciudadanía involucrarse en los asuntos del Estado, cuando éste —es decir, quienes están a cargo de materializar las funciones del Estado— demuestra su incapacidad para abordar ese problema. Hoy México se encuentra en una verdadera situación de crisis, no sólo por los hechos de Iguala o por las revelaciones de corrupción de las altas esferas del poder, sino sobre todo porque la clase política no ha alcanzado a responderle a la ciudadanía de la manera que ésta espera frente a las imputaciones de corrupción. ¿Qué hacer entonces?
La respuesta tendría que estar en la necesidad de construcción urgente de más ciudadanía. Es decir, de más noción entre la gente común de que también puede incidir en las decisiones que toma el Estado, a través de la manifestación de sus ideas, y de la multiplicación de éstas para impactar en la toma de una decisión obligando a la clase política a hacerlo. Hoy, por ejemplo, los mexicanos rechazamos frontalmente la corrupción de nuestras autoridades. Pero la clase gobernante no han tenido la altura de miras suficiente para responder a esa inconformidad ciudadana, con medidas suficientes para apaciguar la exigencia de respuestas.
Si hubiera un sentido más previsor de lo que se gana y se pierde en medio de una crisis, entonces tendría que ser el propio Estado quien debiera estar estimulando la conformación de una sociedad civil organizada y sólida, para hacer los contrapesos que necesitan y darle a los cambios institucionales la dimensión y la legitimidad que requieren. Al hacerlo así estaríamos entrando en una nueva fase de cambios obligados pero consensados, en los que la clase política ciertamente perdería discrecionalidad y estaría obligada a un verdadero ejercicio de rendición de cuentas, pero sin poner en riesgo su propia permanencia en las esferas de poder.
Sin embargo, en realidad nada de esto ocurre. Más bien, el Estado está sometido por los intereses de quienes lo tienen bajo su control, y por su resistencia a emprender el viaje rumbo a los cambios institucionales —y contribuir a la construcción de sociedad civil—, está provocando más riesgos de los que pueden ver. La ciudadanía, desorganizada y atomizada, no está empujando en un mismo rumbo, y muchos podrían incluso apostar por la violencia como una forma de generar cambios. Todo esto es posible, y se alimenta de la incapacidad de la clase gobernante para leer correctamente los tiempos, y tomar decisiones trascendentes basadas en ello.
Finalmente lo que parece es que la clase política está llevando sus lealtades mutuas hasta la ignominia. Y que eso está poniendo en un predicamento mayor al propio Estado, que si no cambia, dentro de poco tampoco será capaz de contener las expresiones de inconformidad que hoy en día ya descansan en el propio descrédito, y la inmovilidad, de la clase gobernante.

¿GOBERNABILIDAD O AMBULANTAJE?
Es una pregunta que nadie se responde, frente a lo que pasa en el Centro Histórico con los ambulantes que protege la Sección 22 del SNTE. ¿Por qué no viene Gobernación a enfrentar esta parte del problema magisterial, que ellos no sólo no han atendido, sino que han profundizado?

No hay razón para seguir manteniendo el monopolio del transporte

Trasporte Publico

+ Liberarlo, una solución que es atajada por todos los que perderían

La posibilidad de “liberar” el transporte público concesionado en Oaxaca, ha sido más un amague político que una posibilidad técnicamente explorada por las autoridades estatales. Aunque el de transporte debiera ser un servicio especializado, tecnificado y competitivo, resulta que en Oaxaca también es rehén de las ambiciones políticas de grupos y personajes que no ven la conveniencia de un mejor servicio, sino la oportunidad de lucrar —económica y políticamente— con esa actividad.
En efecto, en su primera plana de ayer jueves, TIEMPO señalaba la urgencia de considerar la posibilidad de liberar el transporte público. Esta tendría que ser una propuesta serenamente valorada por las autoridades, ante la incesante afirmación de los empresarios del transporte urbano y suburbano —y qué decir de los taxistas citadinos y foráneos— de que esa actividad ya dejó de ser negocio, y que por eso deben ser los usuarios quienes deben pagar más por un servicio que no mejora, y que tampoco reconoce sus propias áreas de oportunidad.
Pues resulta que Oaxaca tiene, como lo decía la propia nota de TIEMPO, uno de los servicios de transporte público más caros y deficientes del país, ya que mientras en Oaxaca el costo por pasaje es de seis pesos, la tarifa del pasaje en autobuses urbanos en la mayoría de los estados de República se ubica en un promedio de 6 pesos, como lo estableció el Gobierno de Oaxaca desde el año 2013 en la ciudad de Oaxaca de Juárez y municipios conurbados.
¿Cuál es la diferencia? La calidad del servicio que se presta a cambio de esa tarifa. Y es que de acuerdo con una consulta realizada por reporteros de este diario, el pasaje más económico es cobrado en el estado de Chiapas, donde la tarifa es de 5 pesos y se presta con unidades de lujo. El boleto tiene un costo de 6 pesos en Cuernavaca, Morelos; también en Guanajuato, Sonora, Chihuahua, el Estado de México y Aguascalientes. En Puebla, donde la ruta es más larga, pues alcanza los 60 kilómetros, el costo del pasaje sigue siendo de 6 pesos.
Hoy el transporte público de pasajeros en Oaxaca clama por un servicio que, dicen, ya no es negocio. En un primer momento podría creerse que, en efecto, el servicio no es costeable. El problema es que la mayoría de los concesionarios locales se han empecinado en seguir teniendo un modelo empresarial anticuado, que fue productivo hace varias décadas, pero que no puede seguir siéndolo en las condiciones actuales. ¿De qué hablamos?
De que en Oaxaca, salvo muy contadas excepciones, casi la totalidad de las concesiones se encuentran atomizadas en poseedores que, solos, no pueden ser competitivos. Concretamente, aquí cada concesionarios es, en general, dueño de dos, tres o cinco unidades, con las cuales no logra salir adelante. ¿Por qué? Porque esa actividad, como todos los negocios en los que las inversiones son importantes, debe ser producto de un esfuerzo conjunto de competitividad y mejora continua para no caer en el rezago y las pérdidas.
Incluso, suponiendo que la posesión de las concesiones de transporte urbano y suburbano estuvieran así de atomizadas como en la realidad, la respuesta tendría que estar en las agrupaciones de concesionarios. El problema es que esas supuestas “grandes empresas” de transporte público se convirtieron más en cotos de poder —que se dedican a venderle a los concesionarios una especie de “derecho de piso” para la operación de sus unidades, y que con ese mismo garlito los manipulan para cuestiones políticas— que en verdaderos detonadores de mejores condiciones para sus agremiados.
De hecho, hoy en día en Oaxaca es bien conocido que, por ejemplo, dos de las más grandes cooperativas de transportistas urbanos y suburbanos de la capital, enfrentan graves problemas financieros por los créditos que tienen pendientes de cubrir con el fisco federal, y por sus pasivos laborales y con proveedores. Eso tiene, literalmente, con un pie en la cárcel a varios concesionarios que, sin embargo, continúan exigiendo que sean los usuarios quienes paguen por sus deudas malos manejos financieros.
En esas condiciones, esas empresas no pueden ser soporte, sino son un lastre, para el transporte público que no puede entrar a un proceso de modernización o competitividad, porque nadie tiene recursos para invertir; porque no permiten el ingreso de otros inversionistas interesados en la actividad; y porque ellos mismos se niegan a un reordenamiento que les permita tener condiciones equitativas de servicio y evite que unos se beneficien desproporcionadamente frente a otros que están a punto de la quiebra.

LIBERAR EL TRANSPORTE
La liberación del transporte, a grandes rasgos, significa eliminar el duopolio que hoy tienen, por un lado, las empresas de transporte urbano y suburbano; y por el otro, las organizaciones de taxistas; para someter al transporte público a una autorregulación. Es decir, a abrir el mercado para que cualquier persona que, a la luz de un estudio de factibilidad, tenga la capacidad de ofrecer satisfactoriamente el servicio de transporte público, se le otorgara una concesión.
Y con ello, no sería el Gobernador quien perdería tanto poder sobre el transporte público, como las organizaciones de concesionarios y trabajadores del volante, que son los que, en buena medida, definen actualmente el modo en que son repartidas las concesiones, y de ese modo manejan y presionan a los trabajadores del volante —que tras 15 ó 20 años de trabajo, aspiran a acceder a tener su propia unidad concesionada—, para que respalden sus decisiones y hagan lo que ellos ordenan.
Quienes también perderían son los políticos, partidos y funcionarios que a pesar de la gravedad del problema del transporte público, siguen insistiendo en utilizarlo como uno más de los elementos de presión política en contra del Estado. No es raro que el transporte responda siempre a intereses de ese tipo, y que buena parte del control se centre en la discrecionalidad que sigue existiendo en el otorgamiento de concesiones, y la facilidad que esto da para la corrupción en el sector.

¿ESPERAR QUÉ?
Eso es lo que habría que preguntarse. ¿Qué espera la autoridad para comenzar a considerar este tipo de propuestas? Oaxaca merece un transporte no de lujo, pero sí digno. En el horizonte hay mucho más que sólo “ataúdes rodantes”. El problema es que aquí todos se resisten a verlo.

Tolerancia a corrupción, similar a la de la violación a la ley

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+ En DF repliegan a S-22 y no pasa nada, ¿Y por qué aquí sí?

El repliegue que ayer realizaron elementos de las policías federal y del Distrito Federal de los profesores de la Sección 22 del SNTE que bloqueaban una de las principales arterias viales de la capital del país, ocurrió como un mero incidente aislado. Allá, los profesores entendieron —no sin resistencias— que la acción de fuerza de todos modos habría de ocurrir, y finalmente optaron por regresar al campamento que les permitieron instalar en inmediaciones del Monumento a la Revolución. ¿Por qué allá sí entendieron los maestros el mensaje de las autoridades, pero en Oaxaca por menos que eso acusan represión?
En efecto, la pregunta no es ociosa. Más bien, lo que salta a la vista es la doble moral que priva en la organización de las inconformidades magisteriales, y la desproporción de sus propias actitudes. Pues en la capital del país los profesores no se encuentran en su territorio de dominio, y a pesar de que la Secretaría de Gobernación ha actuado con muchísimo tiento respecto a los profesores oaxaqueños, esto no impidió que la policía se les plantara para frenar toda posibilidad de que continuaran afectando los derechos de terceros.
El asunto es relevante. Pues pareciera que, por un lado, Oaxaca es territorio escriturado a los profesores de la Sección 22 del SNTE; pero también pareciera que, en el otro extremo, la misma sociedad está totalmente desanimada a continuar exigiendo que la autoridad cumpla con su deber de proteger los derechos de la colectividad. Eso es lo que, al final, parece estar determinando que en la Ciudad de México las fuerzas del orden actúen no para impedir que los profesores se manifiesten, pero sí para que con ello lesionen los derechos de los que nada tienen que ver con sus protestas.
Y es que basta con ver la reacción de la mayoría de la ciudadanía de la capital del país, e incluso de los medios informativos y las redes sociales, para corroborar que ahí la presión social sí incide en las decisiones que toma la autoridad. Desde que los profesores oaxaqueños llegaron a la capital de la República el lunes pasado, la ciudadanía fue enfática con sus autoridades en la conminación a que las autoridades buscaran los mecanismos —de concertación o de fuerza— para evitar que las protestas magisteriales se convirtieran en ocasión para el daño a los habitantes.
Por esa razón, desde el primer momento la policía de la Ciudad de México impidió que los profesores de la Sección 22 ingresaran a la plancha del zócalo capitalino, y más tarde —ese mismo lunes— les advirtió que de no desalojar las calles que habían ocupado, sería la fuerza pública quien los obligaría a retirarse.
Incluso, aunque en un primer momento la Secretaría de Gobernación se pronunció por evitar cualquier posibilidad de desalojo violento, finalmente tuvo que reconocer que el Gobierno de la Ciudad de México se encontraba en su derecho de desalojarlos, y terminó mostrándose de acuerdo a que el gobierno de la capital tomara sus propias determinaciones para mantener el orden público, cuestión que quedó refrendada ayer cuando de nueva cuenta los integrantes de la Sección 22, fueron desalojados de Paseo de la Reforma.
Tomemos en consideración algunas cuestiones: el gobierno de la Ciudad de México es de izquierda; ha tenido, además, cierta identidad ideológica con algunos de los temas que el magisterio ha llevado a la capital del país; y tiene encima la presión social de grupos abiertamente a favor de la Sección 22, porque responden al lopezobradorismo, que a su vez es simpatizante mutuo con el magisterio democrático oaxaqueño.
¿Por qué a pesar de todas esas circunstancias, el gobierno de Miguel Ángel Mancera decidió actuar? Porque, queda claro, la ciudadanía se lo exige; y porque cuando no lo hizo, los reproches fueron frontales.

CIUDADANÍA APAGADA
En Oaxaca, por el contrario, sería impensable que la policía evitara el ingreso de la Sección 22 del SNTE a una plaza pública o una vialidad, para instalar un plantón en protesta por algún tema. Sería impensable que el magisterio asumiera con civilidad que sus acciones son desproporcionadas, y decidiera retirarse pacíficamente a un espacio previamente pactado, ante la presencia policiaca; y sería casi imposible que en sus acuerdos tuvieran algún viso de consideración hacia la ciudadanía.
Más bien, aquí la Sección 22 hace lo que quiere. Lo hace porque el mismo gobierno estatal se ha manifestado incapaz de hacerle frente. Pero también porque el magisterio sabe que el gobierno aquí no le teme al rechazo ciudadano, simplemente porque éste no alcanza a ser lo suficientemente fuerte como para traducirse en una censura unánime, y porque el propio gobierno tampoco está muy preocupado por lo que la ciudadanía opine.
Y es que resulta que en Oaxaca pueden pasar cosas tan inverosímiles, como que la Sección 22 se instale en plantón, y se indigne, y hasta defienda, a un delincuente y manipulador consumado como Adán Mejía, que para lo que les servía era para mantener el control de los vendedores ambulantes que ellos mismos llevaron al zócalo de Oaxaca para “coberturar” sus protestas; o que la 22 se asuma fehacientemente como el “pueblo de Oaxaca” ante la mirada impasible de la mayoría de la ciudadanía que simplemente no dice nada frente a los atropellos.
¿Por qué al gobierno no le preocupa escuchar a la ciudadanía? Porque en las elecciones sigue ganando los espacios que considera necesarios para mantener su estabilidad. Porque, además, se ha encargado de desalentar la protesta ciudadana para cuidar el monopolio de la inconformidad que hoy tienen el magisterio y algunas organizaciones. Y porque en el fondo le ha enviado el mensaje a la ciudadanía de que protestar no sirve de nada. Por eso los oaxaqueños nos tragamos las consecuencias de las protestas de la misma forma en que aceptamos la corrupción, la impunidad y tantos otros males que hoy nos tienen en una situación que para otra sociedad fuera francamente insostenible.

REPUDIADOS
El problema es que la ciudadanía en Oaxaca le tiene tanto miedo, o más, a la Sección 22 que la que le tiene el gobierno. Por esa razón no se atreve a manifestarse en su contra; por eso no exige; por eso no le hace ver a la 22 que sus acciones son tan condenables que deben dejar de hacerlas. Pero en la Ciudad de México, donde el magisterio es rechazado y la ciudadanía exige de verdad sus derechos, parece que la 22 hasta comienza a tener rasgos de querer actuar “civilizadamente”.

La Segob se equivoca queriendo darle todo a la Sección 22

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Magisterio, contra toda lógica, irá a ganar lo que ya perdió

Quién sabe si la Secretaría de Gobernación entiende la trascendencia que tienen las normas federales en materia educativa que se supone que ya entraron en vigor en el país, y la relación directa que tienen éstas con el poderío de la Sección 22 del SNTE. En términos simples, todo el nuevo entramado jurídico está hecho para desmantelar la hegemonía de la dirigencia sindical sobre los trabajadores. Pero, paradójicamente, la Secretaría de Gobernación insiste en regresarle a la Sección 22 el poder que se supone que la propia ley ya les quitó.
En efecto, en los últimos días hemos visto cómo la Secretaría de Gobernación ha insistido, casi hasta la ignominia, en continuar dialogando con un magisterio que no quiere acuerdos sino la rendición incondicional del gobierno federal. Sólo así puede entenderse que mientras la Sección 22 no ha cedido en una sola de sus posiciones respecto a las nuevas leyes en materia educativa, el gobierno federal poco a poco ha ido cediendo terreno, que ha recuperado el magisterio oaxaqueño, en este regreso inusitado de la posición de debilidad que se supone que tenía, a una de fuerza que sólo Gobernación parece ver como conveniente.
¿Por qué hablar de esa posición de debilidad de la 22, que se convirtió en fuerza gracias al propio gobierno federal? Porque se supone que las nuevas disposiciones constitucionales y legales en materia educativa, establecieron que el gobierno federal asumía de nueva cuenta el papel de patrón en la relación laboral con los profesores del país, y que las condiciones de trabajo (salario, prestaciones, ubicación y demás) era nuevamente potestad total de la Federación, en detrimento del poder que había alcanzado a tener el sindicato magisterial en los estados (como Oaxaca) en donde formalmente controlaba parte de la estructura administrativa de los institutos o secretarías educativas locales.
Era inconcebible, pero tan cierto como la propia realidad, que en Oaxaca la Sección 22 logró tener un nivel envidiable de control y disciplina entre sus bases, gracias a la utilizacion de esos mecanismos administrativos y salariales como forma de presión hacia los trabajadores. Al controlar emisarios de la Sección 22 casi el total de la estructura administrativa del IEEPO, éstos eran también los encargados de velar porque los intereses sindicales prevalecieran, y de premiar y sancionar a los trabajadores a partir de su participación en actividades políticas y sindicales, y no de su desempeño o capacidades profesionales.
Por esa razón, si la reforma educativa buscaba desincorporar ese poder del sindicato dentro de la estructura administrativa de las instituciones educativas, Oaxaca constituye la muestra del “estado fallido” que es la reforma educativa, en los espacios en los que verdaderamente la reforma habría de tener un impacto visible en la relación gobierno-profesores, ya sin la intermediación administrativa del sindicato.
Gobernación, lejos de lo que pudiera pensarse, está insistiendo en regresarle y reconocerle a la Sección 22 el poder que teóricamente ya no debería de tener. Y desaprovecha la oportunidad de abrirle los ojos a los trabajadores de la educación para hacerles saber su nueva realidad administrativa, y darles los elementos para que ellos mismos decidan si continúan o no luchando porque prevalezca ese poder que los obliga a seguir asistiendo a actividades sindicales en detrimento de su labor docente.

DESINFORMADOS
El problema es que, como suele decirse, la gran mayoría de los profesores se encuentra en una situación de no saber que no saben. Es decir, que como desconocen por completo todo el nuevo entramado institucional relacionado con la educación, también ignoran que esa nueva estructura fue hecha para quitarle poder no a los maestros, sino al sindicato, y que por eso (al menos en el papel) la Sección 22 ya no tendría forma de continuar obligando a sus agremiados a asistir a las extenuantes y riesgosas jornadas de lucha, a cambio de premiarlos o perjudicarlos en su salario o condiciones de trabajo.
Esa ha sido la base de la disciplina, por la que la dirigencia de la Sección 22 tanto lucha por mantener. En el caso de Oaxaca, ya doblegaron completamente al IEEPO, que no ha hecho un solo cambio para modificar el estado de cosas que beneficia al control que ejerce el sindicato sobre sus agremiados; también han obligado al Congreso a no emitir una nueva norma que armonice a la legislación estatal con la federal, y abra la puerta para la reforma en los hechos del instituto educativo para desterrar a los emisarios sindicales en la estructura del IEEPO; y parece que también está consiguiendo que Gobernación le reconozca a la dirigencia seccional una fuerza que ya no tiene en la ley, pero que de facto busca recuperar y mantener.
¿De qué otro modo puede entenderse la virulencia de las acciones de la Sección 22 en la capital del país? De ningún otro, más que el que acabamos de mencionar. Ellos quieren que Gobernación los siga teniendo como el único interlocutor válido con el magisterio disidente, que además demuestra una posición de fuerza, y que mantiene la disciplina entre sus bases. En realidad, lo que quiere es que Gobernación le devuelva fácticamente lo que en la ley ya le quito, pero que nadie sabe ni reconoce.
Y si este ya es un error grave, lo es todavía más que voluntariamente los dos ámbitos de gobierno insistan en tener una posición falsamente democrática y tolerante con la 22, para agradarla y con ello abonar a su ablandamiento. Esto no ocurrirá. Todo lo que Gobernación y el Gobierno de Oaxaca ya le dieron a la 22, para ellos es terreno ganado a cambio de nada; y para el Estado es terreno cedido de manera inútil. La Sección 22 buscará mantenerse indefinidamente en la Ciudad de México no para defender los derechos de sus trabajadores, sino para dar la batalla final por la preservación de su posición de predominio entre sus sometidos.

SILENCIO CÓMPLICE
Y juntos, quizá, le sigan ocultando a los trabajadores de la educación que ellos ya no tendrían ninguna necesidad de continuar en los plantones, paros, marchas y demás, si no es su convicción hacerlo. El silencio y el ocultamiento no benefician a nadie, más que a la dirigencia magisterial, voraz, que está a punto de conseguir la capitulación del Estado y el perdón absoluto, de manos de sus supuestos verdugos, por lo que les habían quitado con la ley en la mano. Este es un final paradójico, de una gran reforma que con ello queda en el bote de la basura.

A cambio del alza al pasaje, todos deben ir a reordenamiento del transporte en Oaxaca

Aumento al pasaje Oaxaca

+Los incrementos siempre han sido dar todo a cambio de nada

Los empresarios del transporte público deberían legitimar su demanda de incremento a la tarifa, a cambio del reordenamiento integral del sector que, desde hace lustros, le urge a la zona metropolitana de Oaxaca. El problema es que, en lugar de eso, los concesionarios y prefieren que la postura de víctimas inhiba la posibilidad de eficientar el transporte, y generar un mejor servicio y condiciones para todos los involucrados, comenzando por el usuario, que debería ser el centro de esta discusión, pero es abiertamente despreciado.
En efecto, en los últimos días organizaciones de concesionarios del transporte urbano como Tusug y Choferes del Sur han llamado a las autoridades a “entrarle al tema del incremento al pasaje”. Según informaba TIEMPO en su edición de ayer lunes, el presidente de la empresa Transportes Urbanos y Suburbanos Guelatao (Tusug), Erasmo Medina Ángeles, dijo que este 2015 será necesario que Sevitra considere un aumento a las tarifas del transporte urbano, calculando que el cobro mínimo sea de ocho pesos.
Aunque la tarifa adecuada sería de diez pesos —dice Medina Ángeles— por los constantes aumentos al combustible y a todo lo relacionado con la operación de las unidades, ocho pesos serían suficientes para comenzar a revertir las necesidades que diariamente surgen por la operación de los camiones, tales como combustibles, insumos, impuestos y costos de operación de sus empresas. Es decir, que en la visión de Erasmo Medina, el incremento a la tarifa para el usuario del transporte público sería algo así como una simple retribución al costo de la vida y las operaciones de los autobuses, y no el signo de un nuevo pacto por el transporte. Esto es patético.
Lo anterior se entiende a partir de que en Oaxaca existe un caos total en el servicio del transporte concesionado, que en buena medida ha sido provocado por ellos mismos. La zona metropolitana de Oaxaca —porque no se puede decir que el del transporte sea un problema exclusivo de la capital, sino de todos los municipios que se encuentran alrededor de ella— es un espacio de total anarquía, en donde las rutas, la cantidad de autobuses, la periodicidad, las condiciones y las zonas de cobertura, han sido determinadas por los intereses del transporte, y por las presiones —y la debilidad— a la autoridad para conseguirlo.
Por esa razón, no es raro que en ciertas zonas de la ciudad exista una competencia feroz por el pasaje, mientras que en otras haya una bajísima afluencia de autobuses perjudicando con ello a los usuarios, que ven retrasados sus tiempos de recorrido, y que además deben viajar hacinados y en condiciones de riesgo para su integridad. La autoridad del transporte, en todos estos años, ha sido incapaz ya no de establecer e implementar un programa de reordenamiento integral del transporte público, sino hasta de regular el funcionamiento de las líneas camioneras.
Por eso vemos que en ciertas rutas hay un número excesivo de unidades de transporte; que en otras hay una carencia evidente de servicio; y todo eso revela que una de las principales razones por las que el transporte público ya no es negocio, es porque los mismos concesionarios han estimulado el caos que es hoy el sector; y ese desorden termina perjudicándolos a todos y provocando quebrantos que ahora quieren que cubra —nuevamente— el público usuario.

¿Y EL REORDENAMIENTO?
Seguramente la parte menos compleja del reordenamiento del transporte urbano y suburbano es la de la renovación de la flota vehicular. Esto es lo que realizó en los últimos años la Secretaría de Vialidad y Transporte, que se dedicó casi de lleno —en este rubro— a gestionar el otorgamiento de líneas de crédito para que los concesionarios “deschatarrizaran” el servicio.
Lo que nunca hicieron fue entrar a la revisión de las condiciones en que se presta el servicio, y a la revisión ya en los hechos del funcionamiento del transporte urbano. Por eso, el caos que antes eran diversas zonas de la ciudad por un excesivo y anárquico número de autobuses viejos y contaminantes, sólo se cambió por ese mismo caos y anarquía pero ahora con unidades de modelo reciente.
Y es que tal parece que son los mismos concesionarios quienes se resisten a abandonar la zona de confort en la que se encuentran. Pues no se trata de eliminar autobuses o de coartarles su derecho al trabajo, sino más bien de reorganizar todo el funcionamiento del transporte público, de tal manera que se preste un servicio adecuado y digno para los usuarios; que cada ruta tenga las unidades que necesita y no las que se le ocurren o le convienen a las empresas camioneras; que todos se sujeten a reglas comunes a favor del usuario y del público en general; que se revise la pervivencia misma de las rutas y zonas de transporte actuales, y que de ser necesario se establezcan nuevas que equilibren el funcionamiento de toda la actividad.
Con esas y algunas otras medidas, sin ningún problema los concesionarios podrían legitimar la solicitud de un incremento a la tarifa del transporte. Lo harían, ahora sí, a cambio de un servicio más eficiente, y como una forma de ser proactivos en el establecimiento de compromisos con los usuarios.
Lamentablemente, los concesionarios de nuevo están prefiriendo los lloriqueos y las lamentaciones frente a la oportunidad de predicar con el ejemplo. Hace tres años incrementaron las tarifas a cambio de promesas que no cumplieron. Lo mismo hicieron en 2010, y así ha sido siempre. Son los usuarios quienes han tenido que pagar sus caprichos, su necesidad de que “el negocio” siga siendo negocio; y su resistencia (enmascarada en sus lamentos) a que las cosas cambien para beneficio de todos.

SEGOB, SOBRE LOS PASOS DE OAXACA
Qué ingenuos son los funcionarios de la Secretaría de Gobernación, que queriendo tener un rostro democrático y tolerante creen poder ganar algo al negociar con la Sección 22. Ayer lo demostraron de nuevo al querer interceder ante el Gobierno de la Ciudad de México para que no desalojara a los maestros que bloqueaban Paseo de la Reforma, y amagaban con instalar ahí un plantón indefinido, o llevarlo al zócalo de la capital del país. A pesar de sus deferencias no ganarán nada. Es lo que hemos visto una y otra vez con la permisividad del gobierno estatal, que sólo ha fortalecido al movimiento magisterial, y no le ha traido un solo beneficio a Oaxaca.

¿Por qué todos los golpes mediáticos vs EPN vienen de EU?

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Relación México-China, causa de crisis con Estados Unidos

No es casualidad que los más importantes golpes mediáticos en contra de la clase gobernante en México tengan como origen periódicos e investigaciones realizadas desde los Estados Unidos. Nuestros vecinos del norte están, por un lado, escandalizados por la enorme tolerancia a la corrupción que tiene la clase política y la sociedad mexicana respecto a actos indebidos presuntamente cometidos por ellos mismos; y por el otro, parece alarmarlos el hecho de ese ingrediente de impunidad y corrupción pudiera ser el aditivo para la creciente relación de México con China.
En efecto, fue particularmente llamativo el hecho de que una extraña combinación de factores llevara a un diario estadounidense a publicar detalles sobre la residencia que ocupa el Presidente de la República y su esposa. Esto ocurrió en el contexto de la licitación del ahora pospuesto tren rápido México-Querérato, que había ganado la empresa ligada a la propiedad del inmueble del Presidente; pero también, en el contexto de los negocios internacionales, esa licitación había sido ganada por una importante empresa china, que tenía interés en México no sólo por la construcción de esa obra, sino por la significación que tenía el arribo de empresas orientales en grandes construcciones de infraestructura en México, que es considerado como estratégico en América Latina.
Por el lado del escándalo mediático y las revelaciones de corrupción, Estados Unidos ha demostrado que su clase política, y su sociedad, no son resistentes al escándalo. En innumerables casos en los que se ha demostrado que gobernantes y servidores públicos de alto nivel se encuentran involucrados en algún tipo de escándalo por conflicto de interés, por corrupción o hasta por escándalos pasionales o familiares, la misma dupla gobierno-sociedad han exigido hasta conseguir que los funcionarios involucrados renuncien a sus cargos para enfrentar sus responsabilidades. Esa es una práctica común en Estados Unidos, que lo mismo ha derribado a políticos por ser descubiertos en relaciones extramaritales, que por actos de corrupción. Así, para el estadounidense promedio la corrupción de sus gobernantes no es algo tolerable, como sí ocurre en México.
En esa dinámica, Estados Unidos ha visto con recelo cómo China no tiene tanta reticencia al escándalo, y tiene mayor tolerancia a la corrupción. Parece, pues, que a diferencia del estadounidense, el chino tiene como prioridad cerrar sus negocios, y si para eso tiene que prestarse a algún acto de corrupción, también habría de involucrarse en él con tal de cumplir su objetivo estratégico.
Eso fue lo que parece que ocurrió con el tren rápido. No había una explicación concreta de cómo una empresa del tamaño de China Railways se asoció con una empresa mexicana como HIGA –sobre todo, cuáles fueron las condiciones de la sociedad—; cómo una y otras decidieron participar en la licitación a pesar de las sospechas del conflicto de interés; e incluso cómo China aguantó el escándalo —y no protestó, ni expuso postura alguna— cuando el Presidente decidió cancelar el contrato a finales de octubre, y ordenó la reposición del proceso de licitación, lo cual evidentemente afectaba los intereses chinos que ya habían hecho inversiones y gastos para obtener el primer contrato, que fue cancelado sin que mediara atribución, razón y fundamento alguno por parte del gobierno federal.

EEUU Y CHINA
Todo eso se explica, dicen quienes conocen el comportamiento de la diplomacia y el plan de negocios chino en América Latina, porque el interés de aquella nación por hacer presencia en nuestro continente, es un proyecto de mediano plazo. Es decir, China parece entender que en un caso como el del tren mexicano, perdía menos aguantando las pérdidas y los reclamos hacia el gobierno mexicano, y esperando al resarcimiento a través de otros contratos, que entrar en una ruta de choque con el gobierno mexicano que a su vez provocara el enfriamiento de la relación diplomática y comercial, y la pérdida de negocios futuros.
Esta es una visión eminentemente pragmática, que no termina de gustarle al gobierno estadounidense. Para ellos, México debiera tener siempre a Estados Unidos como su principal socio y proveedor, y debiera tener una relación lo más distante posible con el principal competidor comercial y político de Estados Unidos, que hoy en día es China. La realidad es que México tiene una relación cada vez más cercana —comercialmente hablando— con China, y ha mantenido su relación con Estados Unidos en una situación que no tiene el futuro revolucionario que pudieran esperar.
Por esa combinación de factores, Estados Unidos estaría interesado en minar la legitimidad del actual régimen. Encontró como sus aliados de coyuntura a otros grupos internos que quieren exhibir al régimen del presidente Peña Nieto en actos de corrupción y conflictos de interés, y les está proveyendo información que tiene el doble propósito de servir a su agenda particular y a su vez darle elementos a quienes tienen no el interés de minar la relación de México con China, sino de golpear políticamente al régimen priista, para darle silenciosa relevancia a sus adversarios políticos con fines eminentemente electorales.
A partir de esa combinación de factores puede entenderse mucho de lo que hoy ocurre, y también la reincidencia de publicaciones enviadas desde Estados Unidos con información clave de políticos mexicanos. Son ingenuos quienes creen que los pioneros de todas esas revelaciones son periodistas o grupos noticiosos mexicanos. Éstos han servido más como instrumentos para socializar la información que debió ser procesada y proporcionada por servicios de inteligencia con plenas capacidades, como el estadounidense.

EL GRAN HERMANO
No pasemos por alto que las revelaciones hechas en los últimos años por quienes conocen las entrañas de los servicios de inteligencia estadounidense, apuntan a que éstos pueden escuchar todas las conversaciones de todas las líneas telefónicas de un país entero, si esa es su necesidad. Con eso encuentra plena lógica toda esta intrincada historia, en la que a la clase política mexicana la está acabando su poca capacidad de entender que todos sus excesos no podrían estar siempre escondidos, e impunes, a los ojos de quienes todo lo saben.

El problema de la OSO no es García Vigil: es que no hay proyecto

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Neri no tiene proyecto de corto -ni largo- plazo para la Sinfónica

Luego de ocho meses de conflictos, este fin de semana se anunció la salida del maestro Javier García Vigil de la dirección de la Orquesta Sinfónica de Oaxaca. Esto ocurre en medio de un alud de críticas y señalamientos sobre presuntos malos manejos en la administración de la orquesta, pero sobre todo de una profunda crisis —que ya es inocultable— en la concepción del proyecto cultural, y el nulo interés que tiene el Gobierno del Estado para alentar y mantener estas expresiones.
En efecto, a través de un comunicado la Secretaría de Cultura informó el mediodía del pasado sábado que García Vigil dejaba la Sinfónica. “El Secretario de las Culturas y Artes, Francisco Martínez Neri, informó   que a partir 1 de febrero próximo, el maestro Javier García Vigil deja la dirección de  la Orquesta Sinfónica de Oaxaca”, se leía en un escueto boletín que dejaba ver la triste realidad de la inexistencia de un proyecto cultural integral para la Sinfónica, y quizá también para los demás conjuntos musicales que dependen del Gobierno del Estado. ¿De qué hablamos?
De que en ese comunicado, se estableció que “será la Seculta quien determinará el programa artístico 2015”; y que, “respecto a la preocupación de integrantes de la OSO sobre el destino dado a los cinco millones de pesos  que la  Cámara de Diputados federal etiquetó y que de no aplicarlo podrán perderse,  Martínez Neri aclaró, que de los recursos que fueron asignados en 2013 y 2014, tres millones fueron ejercidos en conciertos programados por el maestro García Vigil. Precisó que los dos millones restantes, serán aplicados en acciones de fortalecimiento de la orquesta, no solo con conciertos, sino con temporadas y talleres de capacitación para los músicos”. Estos dos párrafos debieran dejar muy preocupado a todo aquel que tiene algún interés por el manejo institucional de estas instituciones musicales. ¿Por qué?
Porque esto revela que 1) los integrantes de la Orquesta Sinfónica se encuentran —como ya lo habíamos apuntado en otros momentos (ver Al Margen 03.07.2014)— en un estado crítico porque trabajan en condiciones claramente adversas, que los lleva a tener naturales y justificadas inconformidades y dudas; 2) que la OSO no es parte de un proyecto musical integral; 3) que la OSO no responde a planteamiento integral alguno; 4) que la OSO tampoco es, o puede ser en sus condiciones actuales, una fuente de trabajo para la comunidad musical de Oaxaca; y 5) que el de la Sinfónica no es un conflicto aislado. Vale la apena abundar en algunas de estas cuestiones.
La duda de los músicos que integran la OSO sobre el destino que se le dio a recursos federales etiquetados es razonable, igual que como lo es que tres de los cinco millones etiquetados fueron ejercidos en conciertos programados por García Vigil. Esto pudiera ser legal aunque no satisfactorio. ¿Por qué? Porque con esa afirmación, Seculta revela que no tiene proyecto ni una agenda cultural definida para establecer, en función de ella, el programa de trabajo y presentaciones de la Sinfónica, y que por ende todo quedaba al arbitrio de los conciertos que programara García Vigil.
Desde hace ya bastantes años, la Orquesta Sinfónica es una más de las herramientas que sirven más para satisfacer egos, favores políticos y muestras de influyentismo de funcionarios en turno, que para verdaderamente ser parte de un proyecto integral de cultura a favor de las comunidades. Por eso no es raro ver a la OSO presentarse en informes de legisladores, presidentes municipales o políticos, que en ferias populares, eventos públicos o actividades a las que la Orquesta es llevada simplemente como un acto de lucimiento de quien gestiona su presencia, pero no porque verdaderamente su presencia o su música corresponda a la actividad que ahí se está desarrollando.

NO HAY PROYECTO
En este panorama, resulta que como la OSO estaba al arbitrio y la agenda de García Vigil entonces la Secretaría de Cultura trata como de desentenderse de lo realizado, agendado y gastado, y se cubre diciendo que será ésta quien determine el programa cultural 2015. ¿A poco estando ya en el segundo mes del año, nadie se había preocupado antes —debió hacerse, de hecho, desde mediados de 2014— por estructurar un programa de trabajo que justificara la existencia de la Orquesta Sinfónica, que le diera además un rumbo, y que hiciera útiles para la sociedad, los recursos públicos que se invierten en ella.
Nada de esto se ha hecho. Por eso la Sinfónica en lugar de tener una agenda cultural tiene más bien una agenda de caprichos, que van desde su Director, pasando por el Secretario de Cultura, políticos, legisladores, funcionarios y llegando hasta las altas esferas del sector público en Oaxaca. Esa es su agenda, además de participar como acompañamiento de otros eventos en los que la Orquesta no es el elemento principal porque la política cultural está encaminada a que los recursos del Estado en la materia, secunden a los proyectos privados que sólo vienen ocasionalmente a Oaxaca a aparentar que son parte del cónclave artístico que aquí se supone que existe.
Y en esto, lo que le genera más incertidumbre a los músicos oaxaqueños es que ninguna de las bandas musicales puede ser parte de un proyecto de vida. Los músicos que ya forman parte de la Sinfónica, y de otras bandas, tienen que subsistir a través de actividades paralelas. Ser maestros privados de música, hacer presentaciones en pequeños conjuntos musicales, o simplemente limitarse al bajísimo salario que reciben como músicos del Estado. Si esto no es alentador, mucho menos que en las bandas musicales del gobierno no puedan ser fuente de trabajo para las nuevas generaciones de músicos, y su única aspiración sea la de irse a buscar empleo a otros estados, o países, o resignarse a vivir aquí con un sueldo de hambre.

SISTEMA INEXPLICABLE
¿Para qué querer en Oaxaca un Centro de Iniciación Musical nuevo, con una inversión millonaria, si los nuevos músicos no pueden tener aspiraciones profesionales aquí en Oaxaca? Es decir, ¿a dónde se van a emplear quienes lleguen a ser músicos de carrera? Si no se responden esas preguntas, entonces el CIMO será un semillero de amateurs, o un espacio para que los niños no pasen la tarde frente al televisor, o un estimulante para la fuga de talentos. El problema, pues, no es de la Sinfónica: es de la inexistencia de un proyecto cultural institucional para Oaxaca.

Ulises Ruiz sólo le teme a la cárcel, no a la verdad

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Comisión, sin dientes; el reto, que logre acreditarse

El ex gobernador Ulises Ruiz sostiene categórico, y se ufana, de que no le preocupan los posibles resolutivos de la Comisión de la Verdad, porque los hechos relacionados con el conflicto magisterial ocurridos en 2006 y 2007 ya fueron indagados por la Procuraduría General de la República, y ésta ya lo exoneró. El ex Mandatario revela, con esos argumentos, que él sólo le teme a la cárcel, pero no a la revisión de los hechos; y que, en el fondo, uno de sus “escudos” se encuentra en la predecibilidad de los resultados que arroje la valoración de hechos que está haciendo la Comisión de la Verdad.
En efecto, en la edición del lunes de TIEMPO, se daba cuenta de declaraciones del ex gobernador Ruiz frente a los trabajos de la Comisión de la Verdad. “Estoy tranquilo y trabajando”, fue su respuesta, al dejar entrever que no tiene miedo de los resultados que emanen de la Comisión de la Verdad, pues a su consideración, los hechos ya fueron investigados en su momento por la PGR durante la administración de Felipe Calderón.
Ruiz Ortiz fue denunciado en su momento por varias organizaciones, entre ellas, la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca, quien lo acusó de ser el presunto responsable de delitos como tentativa de homicidio calificado, tortura y abuso de autoridad; sin embargo, el ex Mandatario se escudó en “no tener la información necesaria” que le permitiera dar una opinión sobre la conformación de la Comisión, al tiempo que indicó que la PGR ya hizo todos los procedimientos, por lo cual “está tranquilo”.
Incluso, en esa lógica, el ex Gobernador pudo haber también mencionado que en su momento la Suprema Corte de Justicia de la Nación también ya indagó los hechos, que de todos modos no pasó nada, y que por eso él se encuentra más tranquilo que nunca. Es cierto: no pasó nada, porque la facultad de investigación de la Corte no incluía la posibilidad de que sus conclusiones sirvieran para instaurarle algún tipo de juicio de orden jurisdiccional. Sin embargo, ello no borra la realidad de que las conclusiones de la Corte fueron de tipo acusatorias, y que ésta determinó que el entonces gobernador Ruiz Ortiz sí era responsable de violaciones graves a los derechos fundamentales cometidas durante el conflicto social de 2006.
¿Qué significa todo esto? Primero, que el ex gobernador Ruiz sí está convencido de que su única preocupación real es la de ir a la cárcel, y que eso está totalmente fuera de lo que puede conseguir la Comisión de la Verdad. Segundo, que como ese es su único temor, entonces Ruiz Ortiz no le teme a que se llegue a determinar la verdad, que revele las graves violaciones a derechos fundamentales ocurridas durante su gobierno, a partir de la certeza de la realidad de ciertos acontecimientos, ocurridos en un tiempo y espacio determinado, y corroborados por diversos medios de prueba.
Esa irrelevancia que tiene para Ruiz la posibilidad de llegar a una certeza de verdad respecto a los acontecimientos relacionados con el conflicto social de 2006 y 2007, es sólo muestra de su falta de escrúpulos y de valoración al escrutinio que pudiera hacerse de su gestión. Es, pues, una muestra de egoísmo que revela que mientras no se le moleste en su persona o bienes, se puede decir lo que sea de su gestión, y que ni siquiera la verdad —o su paso a la historia como gobernante— le preocupa.

EL AUTODESCRÉDITO DE LA COMISIÓN
Lo más grave es que Ruiz parece seguro de que finalmente la Comisión de la Verdad terminará desacreditándose sola. Y en su apuesta a la predecibilidad de los resultados acusatorios de la Comisión en su contra, centra su paradójica defensa. Y es que resulta que si el objetivo de toda Comisión de la Verdad es justamente esa  (conocer la verdad sobre un conjunto de hechos ocurridos en un tiempo y espacio determinados), entonces esa Comisión debe estar dotada de una serie de atributos que en este caso no ocurrieron.
Pues toda Comisión de la Verdad debe brindar a la sociedad, certeza sobre su profesionalismo, imparcialidad, profundidad, exhaustividad y capacidad de análisis, entre otras cuestiones. Y el problema es que en este caso, la conformación misma de la Comisión deja más dudas que certezas sobre la autonomía, imparcialidad y equidad de su trabajo, al haber sido integrada por personajes que públicamente han sido detractores del ex Gobernador, y que además no han ofrecido a la sociedad certeza alguna sobre el método utilizado para realizar su trabajo, y la forma en cómo van a llegar a las conclusiones que en su momento habrán de presentar como la verdad histórica de los acontecimientos ocurridos en el periodo antes mencionado.
A eso, tristemente, le apuesta el ex gobernador Ruiz: a que la Comisión caiga por su propio peso; a que las dudas que pesan sobre ésta le permitan evadir las responsabilidades que él debiera enfrentar; y a que finalmente ésta sea la última oportunidad perdida para someterlo no a un juicio penal, sino al juicio público e histórico frente a la sociedad oaxaqueña, mexicana e internacional, por su responsabilidad en los acontecimientos relacionados con el conflicto magisterial.
Este es un aspecto esencial que ha sido cuestionado desde el inicio de los trabajos de la Comisión de la Verdad. Es lamentable que al final esto parezca un circo más orquestado con fines electorales. Y que después de tantos vericuetos se terminen satisfaciendo, por un lado, los maniqueos apetitos políticos de quienes decidieron conformar esta Comisión de la Verdad en las condiciones que se dio; y que por el otro, los bribones terminen premiados con una impunidad que pasa por la imposibilidad —o la oportunidad perdida— de verdaderamente conocer la realidad de un conjunto de hechos.
Ulises Ruiz debiera tener no sólo temor a la cárcel, sino también al juicio histórico. Pero eso no le preocupa porque en estos tiempos de amoralidad ese no es un elemento clave para el ejercicio de la política en nuestro país.

ADIÓS, ESTEVA
Cuando se pidió por primera vez su salida, a Alberto Esteva lo sostuvieron por una decisión política de fuerza. Es decir, para que el Gobernante demostrara que no decide en función de lo que quieren los demás. Pero estos trece meses fueron de crisis permanente en la SSP. Al final, Esteva demostró no sólo que no sabía de seguridad, sino que es un pésimo político. Y así terminó, saliendo por la puerta de atrás del Gobierno del Estado.

¿Otra vez la seguridad de Oaxaca quedará en manos de Robledo?

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Con URO, Rueda, Quezadas y Alan; hoy podría ser Julián Leyzaloa

Sería muy paradójico que en materia de seguridad pública, la historia en Oaxaca fuera cíclica. Pues ante la renuncia de Alberto Esteva Salinas como titular de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), se ha mencionado la posibilidad de que sea nombrado como relevo un militar en retiro de nombre Julián Leyzaloa. De confirmarse, esto implicaría el regreso a Oaxaca de los servicios de asesoría en materia de seguridad pública del controvertido almirante Wilfrido Robledo Madrid, quien tiene amplios antecedentes no sólo con el actual grupo gobernante, sino que también prestó servicios a la administración del gobernador Ulises Ruiz.
En efecto, tan luego se difundió la renuncia de Esteva Salinas, comenzó a correr el rumor de que Leyzaloa podría ser el nuevo titular de la SSP. Esto se atajó provisionalmente ante el anuncio de que el encargado del despacho de dicha Secretaría sería el actual comisionado de la Policía Estatal, Víctor Amado Alonso Altamirano. Sin embargo, entre una y otra posibilidad existe un mar de antecedentes que vale la pena ser revisados para entender lo que hoy ocurre ante la incertidumbre de en quién recaerá el cargo que dejó vacante Esteva Salinas.
Leyzaloa es cercano al grupo de trabajo del almirante Robledo, que trabajó codo a codo con varios de los integrantes —y sus mentores políticos— del actual gobierno cuando éstos tenían responsabilidades en la Secretaría de Gobernación, en tiempos en los que el ex gobernador Diódoro Carrasco era titular de esa dependencia federal. Varios de esos personajes regresaron al gobierno de Oaxaca cuando Gabino Cué ganó la gubernatura. Particularmente, uno de ellos, Roberto Pedro Martínez Ortiz, no recibió ningún cargo pero sí tuvo la posibilidad de enviar a dos de sus discípulos —Marco Tulio López Escamilla y Manuel de Jesús López López— a ocupar las responsabilidades de la Secretaría de Seguridad Pública, y la Procuraduría de Justicia, respectivamente.
Esto pudiera llevarnos a pensar que Robledo y Martínez Ortiz integran el mismo grupo, porque tienen antecedentes políticos en el mismo punto de origen (que es el diodorismo). La diferencia, sin embargo, se centra en que mientras Martínez Ortiz continuó teniendo presencia a través de la gente que formó en el servicio público y en tareas policiales, Robledo Madrid intentó la vía de la prestación de servicios profesionales de asesoría en materia de seguridad pública a las entidades federativas, y a su vez continuó ocupando cargos públicos, destacando entre ellos el de Comisionado de la Agencia de Seguridad Estatal del Estado de México, y de director de la Policía Federal Ministerial, en la PGR.
Esa combinación de funciones y servicios privados ejercida por Robledo Madrid —que hoy que el término está de moda, bien podría constituir un evidente conflicto de interés— tuvo su origen en que él fue parte del grupo que, junto con Genaro García Luna, constituyeron todo el modelo policial que rige en la federación actualmente, y se hicieron de padrinos políticos poderosos, como el ingeniero Carlos Slim, a quien le compraron toda la tecnología para la implementación de Plataforma México. Con esos antecedentes, Robledo pudo “vender” a las entidades federativas réplicas del modelo policial federal a las entidades federativas, a través de servicios de asesoría en materia de seguridad pública. Esa fue la ruta que utilizó el estado de Oaxaca, en tiempos de Ulises Ruiz, para la implementación de la migración jurídica y técnica de la Secretaría de Protección Ciudadana a la Secretaría de Seguridad Pública en 2009.
El problema es que, al vender el modelo policial a estados como el nuestro, el despacho del almirante Robledo Madrid no únicamente pedía un pago económico como el que se hace frente a la prestación de cualquier servicio profesional, sino que además solicitaba que fueran ellos quienes suministraran al personal de mando que ocuparía las posiciones principales de la dependencia encargada de la seguridad pública, y que fuera a través de ellos como se ejercieran los recursos destinados a ese rubro.

RUEDA, QUEZADAS, ETC…
Así fue como llegaron al gobierno de Oaxaca Javier Rueda, Jorge Alberto Quezadas y Alan Loren Peña Argueta; el primero como secretario de Seguridad pública; el segundo como Comisionado de la Policía Estatal; y el tercero como Director de la Agencia Estatal de Investigaciones. Los tres eran enviados del despacho de Robledo Madrid, y los tres ejercieron a plenitud —con todo y sus excesos y debilidades— los cargos que les fueron conferidos, hasta el final del gobierno de Ruiz en 2010.
Hoy esa historia podría repetirse, si no fuera porque pareciera que al interior del grupo gobernante hay una abierta puja por ver quién vence. Julián Leyzaloa parece ser la carta que ofreció el despacho de Robledo Madrid, quien a través de su despacho, estaría intentando conseguir un nuevo contrato para la prestación de servicios de asesoría, y como en el pasado, también estaría tratando de suministrar mandos para operar la estructura policial que él mismo creó hace algunos años, cuando la Secretaría de Seguridad Ciudadana desapareció, para dar paso a la SSP que estaba homologada con los estándares federales que también se siguen utilizando.
Sin embargo, hoy parece tener la oposición del grupo de Roberto Pedro Martínez Ortiz, quien estaría impulsando a Víctor Alonso Altamirano para ser ratificado como titular de la SSP. Esa fue una posición que perdió cuando López Escamilla dejó la dependencia y le fue entregada a Esteva Salinas. Alonso Altamirano —que llegó al servicio público con Martínez, pero que luego sobrevivió en la PGJE gracias a la identidad que forjó con el grupo de Jorge Franco— sería una vía posible para recuperar la Secretaría para dicho grupo. Al final, parece que no existe una decisión tomada. Pero lo que sí se puede ver es que en esto todo parece reducirse a una historia cíclica que sólo parece estar dando una vuelta más de varias que ya hemos visto los oaxaqueños.

CONSENSOS
Al margen de sus grillas, sería bueno que los diputados gritaran menos y escucharan más. El secretario General de gobierno, Alfonso Gómez Sandoval, lanzó un llamado urgente en su comparecencia: urge revisar a fondo la Ley Orgánica Municipal, para evitar que los conflictos domésticos de los municipios sigan impactando en la gobernabilidad. Ese es un tema sustantivo que bien valdría la pena revisar, si hubiera más interés en hacer algo edificante para Oaxaca.

Excusa legal y conflicto de interés, inexistentes en la práctica

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Reto presidencial; lograr que esto no sea otro elefante blanco

En un país como el nuestro, en el que en la costumbre jurídica y administrativa del gobierno —en sus tres ámbitos, y en los tres poderes— no es común la noción del deber de excusarse, y de identificar el conflicto de interés como un elemento ético del servicio público, la primera gran batalla que debe dar el presidente Enrique Peña Nieto para limpiarse la cara, es la de realmente instaurar entre sus funcionarios la noción y la cultura del deber moral de participar en actividades públicas en las que ellos no sean juez y parte, o —simple— abstenerse de intervenir en ellas.
En efecto, el martes pasado el Presidente anunció cambios en su gabinete, y giró la instrucción de que la Secretaría de la Función Pública (SFP) indague si hubo o no conflicto de interés en la relación que existe entre la asignación de obra pública al grupo HIGA, y la adquisición, de su esposa y del Secretario de Hacienda, de bienes inmuebles a través de líneas de crédito otorgadas por esa misma empresa.
El anuncio, y la investigación que pudiera realizar la SFP, de entrada parecen llenas de lagunas, primero porque en México no existe una noción y una cultura clara sobre la necesidad de no generar conflictos de interés entre el servicio público y las actividades privadas; y segundo, —que es lo más importante— porque tampoco existe el marco jurídico adecuado para llevar a cabo esa práctica, que paradójicamente debiera ser más deontológica que jurídica.
Y es que en México la práctica de excusarse, no existe. Pues a reserva de equivocarnos, en los años recientes sólo hemos visto dos casos en los que servidores públicos se han excusado de participar en temas propios de sus funciones por la posibilidad de incurrir en un posible conflicto de interés. El primero fue voluntario, por parte del ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, José Ramón Cossío Díaz, cuando se discutió la inconstitucionalidad de la llamada “Ley Televisa”.
El segundo, que fue obligado, fue el que ocurrió el año pasado, cuando la diputada federal del PRD, Purificación Carpinteyro, se vio obligada a excusarse de participar en la Comisión legislativa que dictaminaría las leyes secundarias en materia de telecomunicaciones, luego de que se dieran a conocer grabaciones en las que ella mencionaba la posibilidad de utilizar información privilegiada para intervenir en un negocio de telefonía, a partir de su conocimiento previo de cuáles serían las nuevas reglas del sector.
En el caso del ministro Cossío Díaz, éste solicitó al pleno de la Corte excusarse de participar en la discusión sobre la inconstitucionalidad de las reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión, y de Telecomunicaciones, debido a que anteriormente, cuando no integraba aún la Corte, él había hecho pronunciamientos específicos sobre ese tema. Esta ha sido, quizá, la manifestación más acabada y civilizada, sobre el posible conflicto de interés que puede nacer ya no digamos por haber sido empleado o socio de una empresa sobre la cual se debe tomar una decisión de Estado, sino simplemente por haber emitido opiniones previas.
Y en lo que respecta a Carpinteyro, ésta se vio obligada a excusarse del debate en materia de telecomunicaciones, “con el único interés de no enturbiar el proceso de debate, discusión y votación de las leyes secundarias en materia de telecomunicaciones”, luego de la divulgación de audios en los que abordaba la posibilidad de iniciar un negocio que compitiera con Televisa. Vale la pena destacar que entre estos dos ejemplos de servidores públicos que se han excusado de participar en debates que se relacionan con sus actividades privadas, existe una distancia enorme: el ministro Cossío Díaz lo hizo voluntariamente, y adelantándose a cualquier cuestionamiento posterior.
Pero en el caso de Carpinteyro, si no se hubieran divulgado las grabaciones referidas, ella sí habría participado en los debates, habría votado los dictámenes —ella era la Presidenta de la Comisión de Telecomunicaciones— y también habría participado en la votación final de dichas normas. Así, en el momento en que ella hubiera iniciado el negocio que mencionaba, habría generado un evidente conflicto de interés entre su participación en la confección de la ley, y la utilización de esa información para arrancar un negocio con ventaja frente a sus competidores.

TEMA ÉTICO, NO JURÍDICO
El presidente Peña Nieto instruyó a que en la SFP se establezca una Unidad Especializada en Ética y Prevención del Conflicto de Interés, y que a partir de ahora sea deber de todos los servidores públicos federales presentar una declaración de posibles casos de conflicto de interés. Esto en realidad parece una vuelta más a la tuerca del burocratismo y del gatopardismo, porque la detección del conflicto de interés debe ser —como vimos en el caso del ministro Cossío— voluntaria y anticipada frente a un caso concreto, y no necesariamente un asunto de declaraciones previas y formatos que bien pueden ser evadidos y testimoniales, como hoy en día lo son muchas declaraciones patrimoniales de servidores públicos que no reflejan el total de sus propiedades y riquezas, y mucho menos la forma en cómo las obtuvieron.
De ahí parte el señalamiento de que éste debe ser un tema deontológico. Es decir, un tema ético, que no es común en el servicio público mexicano, que en todo este tiempo no se ha caracterizado por los autocontroles —y menos por los de tipo ético o moral—, sino por el cumplimiento de las normas una vez que se establecen mecanismos de sanción en contra de quien incumpla. E incluso frente a ello, también somos testigos de que las normas relacionadas han sido como las telarañas: sólo los insectos pequeños (en este caso, los servidores públicos) se quedan atrapados en ellas, mientras que los grandes simplemente las rompen.
Así, no es alentador el panorama. Ojalá que en este debate participe el Congreso, demostrando voluntad para aprobar pronto las normas que regulan a la Comisión Nacional Anticorrupción, que sorprendentemente —o deliberadamente— fue uno de los grandes temas sospechosamente “olvidados” en el Pacto por México.

¿Y OAXACA?
Aquí la persecución a la corrupción está reducida al maniqueísmo: todos en el pasado fueron corruptos, y hoy nadie lo es. Al menos eso queda reflejado ante la inexistencia de “sanciones ejemplares” para alguno de los muchos funcionarios corruptos de la actualidad.