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Diputados federales del PRI: ahora sí deben ver por Oaxaca

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+ La elección terminó; a demostrar capacidades no electorales

El resultado de la elección del pasado 4 de julio, debía servirle a los 14 diputados federales del Partido Revolucionario Institucional por Oaxaca, para entender que el trabajo legislativo no se reduce a las peleas partidistas y al uso de la tribuna legislativa para dirimir disputas con sus adversarios políticos. La derrota debe también hacerlos entender que este es el momento de reordenar sus prioridades en el Poder Legislativo Federal, de asumir sus responsabilidades formales, y de demostrar que tienen más intereses, aparte de los electorales, en la labor pública.

Hasta ahora, la bancada tricolor de Oaxaca en la Cámara baja federal, ha tenido un solo éxito, que podría ser asimismo cuestionable: el logro del presupuesto para el presente año, que hasta ahora ha sido el más alto que la federación ha asignado para la entidad. Es un éxito, sin duda, por la cantidad de recursos que habrán de ser invertidos durante 2010 a rubros como el carretero o el de la generación de infraestructuras.

Sin embargo, ese presupuesto se logró a partir de una propuesta impulsada a nivel nacional por el priismo, de elevar impuestos a cambio de recibir más altos márgenes de gasto público. Es decir, que comenzando por el cuestionamiento de tener un gobierno rico en medio de un pueblo pobre —que paga más impuestos para que, en tiempos de crisis, haya más gasto—, no parecía ser tan magnánimo el logro de un presupuesto sin precedentes para la entidad.

Y en todo esto, hay más. Al ser del mismo color partidista, y del mismo grupo, el gobierno de Oaxaca y la mayoría de legisladores que obtuvieron aquel presupuesto, unos y otros olvidaron establecer reglas más precisas en cuanto a la fiscalización de ese gasto, para garantizar no sólo que se eliminara cualquier posibilidad de desvío, sino que además esos recursos fueran ejercidos en tiempo y forma para evitar dispendios o subejercicios que alteraran las finalidades para las cuales dichos recursos fueron etiquetados. A pesar de lo que digan, la militancia partidista determinó que los recursos extraordinarios se entregaran sin reforzar los mecanismos de control, que a todo gobierno se le deben aplicar.

Así, con esa primera gran bandera que tiene algunos puntos oscuros, los diputados federales del PRI por Oaxaca se han caracterizado por todo, menos por una eficiente labor legislativa. Salvo algunos destellos interesantes de propuestas legislativas y trabajo en comisiones, que ha sido lo menos, la diputación tricolor oaxaqueña ha sido protagonista en la defensa de todo tipo de intereses y posicionamientos, que nada tienen que ver con su responsabilidad formal.

En los últimos meses, han sido constantes las apariciones de diputados oaxaqueños haciendo defensas partidistas, defendiendo intereses electorales, dirimiendo ataques de sus pares en la tribuna legislativa, e incluso atacándose a manotazos e insultos en los pasillos de San Lázaro. De eso pueden dar cuenta puntual los diputados Héctor Pablo Ramírez Leyva, y las diputadas Sofía Castro y Margarita Liborio. Si algo han aportado a los trabajos formales de la Cámara de Diputados, ha sido mínima su notoriedad. Y menos si se compara con el tiempo y la atención que les ha ocupado, en ese recinto, el proceso electoral que apenas hace unos días llegó a su cúspide y en el que, valga decirlo, perdieron.

CAMBIO DE PRIORIDAD

La mayoría de los diputados federales priistas por Oaxaca ocupan espacios en comisiones y encargos que serán fundamentales para los próximos dos años. Ahora que el interés electoral quedó atrás, sería benéfico para ellos, para la entidad que representan, y para el país, que se abocaran a retomar las riendas del trabajo que realizan. Es lamentable corroborar que, al menos en sus respectivos registros de participación, asistencia y propuestas que están asentados en el sitio electrónico de la Cámara de Diputados, la mayoría de ellos tenga una productividad que, cuando mucho, puede considerarse como regular.

Más allá de su conocimiento de la política electoral, y de las grillas partidistas de Oaxaca, a los 14 diputados federales del tricolor debería, a partir de ahora, preocuparles escrupulosamente el estar enterados a fondo de los temas que les ocupan en las comisiones legislativas, en desahogar los deberes que tienen rezagados, y en convertir su presencia en el Congreso en una participación activa y protagónica en los temas y en las causas que benefician al país. Por mantener su propia dignidad y decoro, ninguno de ellos debía permitirse la posibilidad de asumirse como ignorantes, cuando se les cuestiona sobre asuntos relacionados con las comisiones que integran, o con los problemas de los sectores a los que, se supone, están dedicados a investigar, proponer y resolver.

Esto, al final de cuentas, y aunque parezca un idealismo, habrá de legitimarlos como legisladores y habrá de darles las herramientas de acción política que ahora no tienen, y que les hará mucha falta ahora que, en Oaxaca, pasarán a integrar la oposición. Si su trabajo apunta a lo que ayer aseguraba a Quadratin el diputado Emilio Mendoza Kaplan, en el sentido de que se alejarán de la mezquindad y trabajarán con el gobierno opositor como si fuera de su partido, siempre que sea en beneficio de Oaxaca, ahora sí tendrán que saber cómo se utilizan las herramientas de control y fiscalización, y cómo ellos tendrán una participación directa en esas tareas para garantizar que los recursos se apliquen correctamente.

Si la diputación federal actúa con responsabilidad, sabrá convertir esta adversidad política en la que quedó su partido, en una oportunidad inmejorable para dignificar su trabajo, su imagen, su presencia en el Congreso, y la representación legislativa que recibieron de los oaxaqueños. Sólo así podrían asegurar que actuaron acorde a su circunstancia, y que lo hicieron no en base a una militancia recalcitrante, sino a la noción de lo que requiere Oaxaca y el país.

DIPUTADOS INVISIBLES

Más allá de los diputados que en los últimos meses han tenido una participación “importante” en el Congreso federal, hay varios otros de los que no se sabe nada ni en de gestión legislativa ni tampoco de su peso partidista. ¿Alguien sabe a qué se dedica, por ejemplo, Manuel de Esesarte, Heliodoro Díaz, Heriberto Ambrosio y casi toda la bancada tricolor? Por vegetar, como ellos, es que los diputados tienen una pésima fama pública entre los mexicanos.

almargen@tiempoenlinea.com.mx

Recuento de daños en el PRI: son víctimas de su soberbia

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+ La derrota, por la suma de errores y quebrantos internos

En las pocas declaraciones dadas hasta ahora por líderes y dirigentes del Partido Revolucionario Institucional en Oaxaca, existe un dejo de “satisfacción” por el alto margen de votación que, dicen, obtuvieron en los comicios del pasado 4 de julio. Más allá de sus automedicaciones discursivas, parece claro que en el recuento implacable de los daños, se tendría hacer una revisión no sólo de los errores cometidos en la recta final del trabajo proselitista, sino de lo mal que inició el proceso sucesorio dentro del tricolor.

Bien dice el refranero, que lo que mal comienza, mal termina. Al hacer un ejercicio de retrospectiva, podremos darnos cuenta que desde el inicio, en el tricolor se dejó ver un ánimo implacable por el avasallamiento y por las decisiones tomadas no bajo esquemas democráticos, sino por verticalismos. Más allá de que hubiera quien justificara todas esas prácticas por ser parte de una “tradición priista” poco comprensible, lo que dicho proceso dejaba ver era un ánimo oculto de resentimiento y confrontación que, además, no era inédito en dicho partido, y que finalmente se vino a combinar con los errores que se cometieron en los meses posteriores.

Veamos. El 6 de noviembre de 2009 se realizó una comida en la que la cúpula tricolor presentó a quienes figurarían como sus seis prospectos para convertirse en candidato a Gobernador. En aquella reunión participaron José Antonio Estefan Garfias, José Antonio Hernández Fraguas, Adolfo Toledo Infanzón, Eviel Pérez Magaña, Jorge Franco Vargas y Martín Vásquez Villanueva. Se dijo entonces que a partir de ese momento se daba el banderazo de inicio a una especie de “contienda interna fáctica” en la que todos competirían con reglas claras y en condiciones de equidad. Se dijo que ganaría la candidatura aquel que demostrara un mejor desempeño y mayor aceptación por parte del electorado.

Nada de eso ocurrió. La contienda interna no fue más que un intento de legitimación de quien, desde el primer momento, se vio como el inminente candidato a gobernador. Los cinco personajes restantes, sin embargo, fueron orillados a abandonar sus cargos, y a servir de legitimadores de la causa que ya para entonces visiblemente favorecía al diputado federal Eviel Pérez Magaña.

Sorprendentemente, los dos precandidatos priistas con mejores índices de aceptación por parte del electorado —Hernández Fraguas y Toledo Infanzón—, fueron quienes finalmente dejaron ver una actitud de mayor sumisión que los demás competidores. Sin asumir la importancia como aspirantes sólidos que en sí mismos revestían, ambos se doblegaron ante el primer amague del grupo que impulsaba a Pérez Magaña.

Sólo que en el camino, ellos y todos los participantes fueron cuestionados, descalificados, soslayados y literalmente insultados por sus mismos compañeros priistas que, en el intento de lograr el objetivo de la candidatura, minaron las bases sobre las cuales descansarían después sus posibilidades de triunfo.

CONFRONTACIÓN INTERNA

Hace ocho meses, el 9 de diciembre de 2009, en este espacio hicimos un ejercicio de retrospectiva, en el que comparábamos aquel proceso interno, entonces en ciernes, para la designación del candidato a Gobernador por el PRI, con el proceso que tres años antes había vivido el priismo nacional de cara a la designación de su Abanderado presidencial.

Eran abundantes las similitudes habidas entre ambos ejemplos, fundamentalmente por la soberbia y el ánimo avasallador con que éstos se habían llevado a cabo. En el caso del 2006, Roberto Madrazo Pintado se convirtió en candidato presidencial del tricolor, pero luego de un proceso ríspido, que desgastó desde sus bases a la organización interna del priismo, que generó confrontaciones insalvables, y que finalmente eso fue lo que llevó a todos a un proceso profundo de división y traiciones, que desembocó en la peor derrota priista de la historia.

En aquel momento apuntamos que “Roberto Madrazo hizo una campaña presidencial basada en el avasallamiento. Al final, la mayoría de los gobernadores y factores de poder en el priismo, le negaron su apoyo por una razón elemental: no le darían la posibilidad de llegar a la Presidencia de la República, a un hombre que los coaccionó, que trató de pasarles por encima, y que provocó conflictos irreconciliables.

“Esto porque lejos de ponderar cualquier beneficio político o económico por tener un presidente priista, darle ese poder a Roberto Madrazo habría significado empoderarlo, consolidar la validez de sus manotazos, y darle las pautas para la repetición del avasallamiento y prácticas duras que les aplicó en la lucha interna de 2005 y 2006. Por eso todo, prácticamente todo el priismo del norte del país le dio la espalda a Madrazo, y éste perdió los comicios estrepitosamente.”

Y terminábamos asegurando que “eso lo deberían saber todos los que impulsan, hoy, una precandidatura —la del diputado federal Eviel Pérez Magaña— que rompe con todas las reglas del proceso interno en el priismo de Oaxaca. Se equivocan los que piensan que pueden pasar por encima de todo y de todos, y que luego la ‘institucionalidad’ de los priistas hará su trabajo mágico para que los avasallados se sumen. Al contrario: con eso generarán traidores y enemigos que sobrevivirán. Aún a costa de ellos.”

Hoy, ante la derrota, el priismo oaxaqueño tendría que comenzar su evaluación y autocrítica interna, si es que cabe en sus posibilidades, preguntándose si no fueron ellos mismos quienes inicialmente se provocaron las heridas que les resultaron mortales. Hubo soberbia y aplastamiento desde el inicio; después se cometieron errores abominables en la designación de candidatos, en la definición de liderazgos, en la manipulación de su propia corrupción y cooptación interna, y en el desgaste y menosprecio de sus figuras importantes (como Hernández Fraguas y Toledo Infanzón) que, además, no supieron estar a la altura del momento —y de su momento como políticos—, que el PRI y la entidad requerían.

RECOMPONER AL PRI

El priismo sigue siendo una fuerza política determinante en Oaxaca. Eso no debemos pasarlo por alto. Sin embargo, tampoco se debe dejar de ver que la votación del 4 de julio, no superó la que hace seis años hizo llegar a al poder a éste grupo aún gobernante. La estructura de dirección del PRI se tendrá que recomponer con los activos que aún tiene. Pero, ¿podrá depurar sus procesos y a sus integrantes que están viciados de origen?

Twitter: @aortizromero

Poder Legislativo: posibilidad de cambio… y de inmovilismo

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+ Congreso dividido: una oportunidad que puede ser riesgosa

De acuerdo con el Programa de Resultados Electorales Preliminares, la Coalición Unidos por la Paz y el Progreso habría ganado no sólo la gubernatura del Estado, sino también 15 de las 25 diputaciones locales, y un número importante de Presidencias Municipales. Ante ese resultado, es previsible que en la conformación de la próxima Legislatura no habrá una mayoría definida. Esa circunstancia abre la posibilidad de que se forme un bloque de consenso que impulse reformas y un trabajo legislativo intenso. Pero también podría dar pie a una falta total de acuerdo, que termine en la confrontación entre fracciones parlamentarias, y el inmovilismo en las funciones del Congreso del Estado.

En principio, queda claro que nuevamente la intención del voto estuvo lejos de ser diferenciada. La ventaja obtenida por el candidato a Gobernador Gabino Cué Monteagudo, arrastró también a quienes aparecían como aspirantes a diputaciones locales y alcaldías. En no pocos casos, dichos personajes habían realizado un trabajo proselitista discreto y, en otros como el de Huatulco, la postulación de la Coalición opositora a la Primera Concejalía entró en la ruta de la disputa ante los tribunales, y se definió sólo dos días antes de los comicios. En ambos casos, la intención del voto favorable al candidato a Gobernador, impulsó a los demás abanderados que habrían obtenido victorias no por trabajo sino por inercia.

Así, en global la victoria es para la Coalición Unidos por la Paz y el Progreso. Pero, en el caso de todos los elegidos —diputados y ediles—, cada uno de ellos tiene una militancia establecida, que pronto saldrá a relucir en la función que le toque realizar. Es decir, que esta unión de partidos se aprecia como simplemente electoral, pero no para la consolidación de proyectos de trabajo o alianzas a futuro. Al asumir sus responsabilidades, los panistas se declararán como tales y ya no como parte de la Coalición, igual que los perredistas, petistas o convergentes. Y, seguramente, cada uno formará sus propios bloques.

Esta es la previsión en la conformación del Congreso del Estado. A reserva de cuál sea el resultado final de la votación en los 25 distritos electorales, y cómo se repartan las 17 curules restantes bajo el principio de la representación proporcional entre todas las fuerzas políticas participantes, lo que desde hoy puede preverse es que ninguna de las fuerzas políticas, por sí sola, tendrá una mayoría absoluta de legisladores, y por ende de votos. Esto, como se asegura en líneas anteriores, abre posibilidades inéditas al trabajo legislativo del Congreso del Estado.

En primer término, estas posibilidades se abren, porque ahora como nunca será necesario demostrar la capacidad de negociación e interlocución política que construyan todas las fuerzas políticas ahí representadas, para poder conseguir consensos. Del mismo modo, una vez que asuma la gubernatura del Estado, Gabino Cué Monteagudo tendrá ante sí el reto de construir una relación civilizada, indistintamente con todas las fuerzas políticas. Puede preverse que casi siempre necesitará el apoyo de más de dos representaciones parlamentarias para poder materializar sus proyectos, o lograr la aprobación de leyes o decretos sobre los cuales tenga interés particular o sean apremiantes para el Estado.

Es decir, que será únicamente a partir de ahora —ante el fin de las “aplanadoras legislativas” y los llamados “carros completos” característicos del priismo, que aprueban o desechan decisiones por verticalismos, pero no por convicción—, que se inaugurarán episodios reales de interlocución, debate y también oposición. Si se construye una verdadera labor política en el Congreso, el solo hecho de que nadie tenga la mayoría hará que cada decisión sea más discutida, analizada y legitimada.

MALOS AUGURIOS

En el ámbito federal, la Cámara de Diputados carece de una mayoría simple de legisladores de una fuerza política desde 1997; en el Senado de la República, ésta mayoría no existe desde 2006. El común denominador en el trabajo legislativo de ambas cámaras, en ese marco, ha sido el de la falta de acuerdos, la confrontación casi siempre poco razonada entre fracciones parlamentarias, y el triunfo del inmovilismo por encima de cualquier buen resultado en el trabajo legislativo.

Este es el riesgo que se corre en Oaxaca, si la pluralidad de fuerzas no es razonada, y si se prefiere la confrontación al consenso. El Congreso del Estado podría convertirse en una suerte de Babel, en la que todos gritan y todos denuncian, pero en la que nadie logra entenderse para nada. Para que esto pase, o se conjure, será entonces indispensable que cada una de las fuerzas políticas determine con exactitud y prudencia en quiénes habrán de recaer sus respectivos liderazgos y coordinaciones de fracción, y que éstos personajes designados puedan estar a la altura de las decisiones, del papel y del momento histórico en el que les tocará participar en la política oaxaqueña.

Particularmente, habrá que considerar el papel que desempeñe la fracción parlamentaria del PRI, que ahora será minoritaria, pero que no por ello dejará de ser importante para la función del Congreso del Estado. A nivel federal, el PRI ha demostrado cierto grado de institucionalidad, aunque también ha sido una de las grandes protagonistas y responsables del inmovilismo que afecta a las cámaras legislativas. Si las posturas de oposición recalcitrante que han demostrado a nivel federal se reproducen en Oaxaca, junto con las intrigas de las que también son expertos en sembrar entre sus adversarios, no habrá entonces una expectativa muy alta de ellos.

Pero tampoco hay que perder de vista el trabajo que hagan las fuerzas que ahora son de oposición, pero que a partir de septiembre serán mayoritarias. El solo reparto del poder podría hacerlas entrar en la ruta de la confrontación. Y si privilegian las ambiciones sobre la oportunidad que tienen ante sí, entonces ya podremos ir previendo la falta de resultados, que los afectará a ellos, pero que impactará de peor forma sobre Oaxaca.

RECUENTO DE DAÑOS

Pronto comenzará el análisis interno de lo que les hizo falta a los priistas para ganar esta, que era la más importante de todas sus batallas. Más allá de las mañas o todo lo que le achaquen a la oposición como herramientas de triunfo, ellos deben revisar sus propias prácticas y procesos. La soberbia los derrotó. Pronto abundaremos.

Twitter: @aortizromero

Resultados Preliminares Oaxaca

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En esta página se pueden constatar, en tiempo real, los porcentajes de votación de los candidatos a gobernador, diputados y presidentes municipales en Oaxaca:

http://www.prepoaxaca.org/index.cfm

Hasta las 3 am del lunes 5 de julio, el triunfo es para el candidato a Gobernador de la Coalición Unidos por la Paz y el Progreso, Gabino Cué Monteagudo.

Resultado electoral, a pesar de todo no tiene credibilidad

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+ Competitividad: paradójico lastre para nuestra democracia

Más que el resultado de la jornada electoral —del cual, en las primeras horas del lunes ya deben existir referencias claras—, a los oaxaqueños debía causarnos preocupación el nivel tan bajo al que hemos llevado el ejercicio más básico de la democracia, que es el sufragio. Prácticamente todos los elementos que, en otro escenario democrático, harían de una competencia electoral un ejercicio altamente perfeccionado, en nuestro medio resultan ser lastres. En cada jornada electoral, corroboramos los vicios del sistema político, pero no valoramos los avances democráticos que se minimizan, se vulneran y se soslayan.

En general, la jornada electoral de ayer podría ser considerada como un ejercicio de alto perfeccionamiento, si es que se toman en cuenta sólo los elementos objetivos. Es decir, que en esta contienda hubo pluralidad de opciones políticas; que las campañas se realizaron conforme a normas electorales modernas y consensadas; que las instancias encargadas de regular y organizar los comicios pudieron lograrlo sin mayores contratiempos; y que en el desarrollo de la jornada, los ciudadanos que participaron como funcionarios de casilla y observadores, tuvieron un papel determinante para constatar la limpieza y respeto habido a la decisión ciudadana expresada en votos. Al sólo tomarse en cuenta estos elementos, es que se asegura que la democracia electoral mexicana es de las más avanzadas del mundo.

Sin embargo, es necesario considerar también los elementos subjetivos. Es decir, todas las cuestiones de hecho que menguan la limpieza, independencia y certeza en la realización de la jornada electoral, y que menoscaban el derecho de los ciudadanos a emitir su voto con entera libertad, secrecía y universalidad. Es claro que frente a cada uno de los avances logrados en nuestro sistema electoral, se ha creado una antítesis basada en mañas, prácticas indebidas y transgresiones a la ley, que son las que siguen haciendo cuestionable cualquier resultado electoral, que sea distinto al triunfo aplastante de una fuerza política sobre otra.

En una democracia civilizada y moderna, alejada de los vicios electorales que aquejan a nuestro país, sería un signo claro de “salud política” que frente a la elección de nuevos representantes populares, hubiera un alto nivel de competencia; que entre las fuerzas políticas que luchan por el poder, en el poder o contra el poder, hubiera alianzas sólidas que plantearan esquemas de gobierno unificados, y que como opción de gobierno brindaran desarrollo y gobernabilidad a los electores.

Sería, además, un signo indiscutible de civilidad que, como ocurre en México, la jornada electoral fuera organizada por ciudadanos: es decir, que éstos fueran quienes encabezaran las casillas, recibieran y contaran los votos, y que fueran los encargados de vigilar que éstos se sumaran con claridad al conteo final de sufragios, para garantizar la efectiva participación ciudadana. E incluso, no tendría que ser dañino que la decisión final fuese revisada por tribunales jurisdiccionales especializados en materia electoral, para corroborar no sólo un correcto procesamiento y conteo de los votos, sino que también pudieran verificar el cumplimiento de los principios mínimos de legalidad que se deben cumplir en el proceso electoral.

Toda esta enumeración sería, en otra democracia, una garantía de perfeccionamiento, civilidad y certeza. En la nuestra, más bien parece un lastre del que no hemos encontrado la fórmula para superar.

SIGNOS PREOCUPANTES

Veamos el caso de Oaxaca. Aquí, en la jornada electoral de ayer, se cumplieron prácticamente con todos los requisitos democráticos antes enumerados. Sin embargo, desde las primeras horas de la tarde, diversos grupos políticos —como algunos grupos radicales de la Sección 22— discutían a nivel interno la posibilidad de iniciar protestas por un posible fraude electoral, a pesar de que no se había reportado aún ninguna cifra preliminar confiable sobre las tendencias del voto.

Antes de que eso ocurriera, ya se había puesto en duda la confiabilidad del Instituto Estatal Electoral; se había cuestionado el funcionamiento del Programa de Resultados Preliminares; emergieron acusaciones sobre el uso de recursos públicos para cooptar o condicionar el voto; se denunció la presencia de operadores dispuestos a comprar o coaccionar los sufragios; se descubrió a grupos de personas que, presuntamente, trataban de generar violencia, robar urnas, quemar boletas, o simplemente encender los ánimos de una población que fácilmente se puede tornar enardecida.

Incluso, era previsible que ante cualquier imperfección, se acusara nuevamente el relleno de urnas, el “mapacheo” de casillas, o aquel fatídico lugar común relacionado con el fraude a través de “la caída del sistema”, como solía ocurrir cuando regían reglas electorales anticuadas, que en nada se parecen a las actuales.

Además, para mal de esta maltrecha democracia, todas las tendencias recogidas hasta las primeras horas de la tarde de ayer, apuntaban a que estos comicios estatales que fueron competidos, participativos, ríspidos y trepidantes, posiblemente terminarían en lo que comúnmente se conoce como un “empate técnico”; es decir, en una diferencia de votos tan mínima, que sería necesario contar todos los sufragios antes de saber quién obtuvo el triunfo.

Si este vaticinio se cumple, ¿cuál será el escenario? Seguramente, de inconformidades, protestas, posibles acciones de resistencia civil, e incluso de confrontación violenta. Ninguna de las garantías de certeza en estos comicios cumple con su cometido, porque han sido los propios partidos y sus operadores, quienes han creado un vicio a partir de cada virtud, y porque somos las personas quienes no parecemos estar preparados para afrontar civilizadamente los resultados de una contienda altamente compleja y competitiva.

¿DEMOCRACIA APLASTANTE?

Para tener certeza de los resultados, se supone comúnmente, la votación tendría que ser aplastante a favor de un candidato. Esto no ocurrirá en Oaxaca. Y como no será así, lo tenemos enfrente es un escenario seguro de más convulsión. Será la constatación de que somos las personas, y no el sistema, lo que resulta un lastre para nuestra democracia electoral.

Twitter: @aortizromero

Blog: almargenoaxaca.wordpress.com

Narco en México: Estado y guerra, fallidos

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El pasado 29 de junio, murió ejecutado el candidato del PRI al Gobierno de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú. Este hecho, abominable en sí mismo, redimensionó la crisis institucional que se vive en el país por la lucha contra el crimen organizado. El gobierno federal, que ha esgrimido la guerra antidrogas y por la seguridad pública, como su principal bandera de gobierno durante toda la administración, entró en fuertes cuestionamientos y contradicciones.

El hecho reveló, en su brutal magnitud, que el Estado ha sido incapaz de articular una estrategia eficaz contra los criminales, que éstos continúan teniendo una capacidad de fuego y operativa capaz de lograr ejecuciones de alto impacto con toda libertad e impunidad; el crimen organizado no tiene límites y, sobre todo, que la guerra paralela que se ha emprendido desde la Casa Presidencial, contra sus adversarios políticos, hoy tiene al país en un estado de crispación tal, que los llamados presidenciales al más alto nivel para revisar las estrategias contra el crimen organizado y articular estrategias conjuntas, son calificados sin ningún rubor, como electoreros y oportunistas.

Ante ese escenario, cabe preguntarnos: ¿en qué nivel de descomposición están tanto la seguridad pública, como la convivencia política en el país? Es cierto que en una guerra las bajas humanas son uno de los elementos imprescindibles. Sin embargo, en el sentido más estricto, la que hoy se libra no tendría que ser calificada por el mismo Estado como tal: en una conflagración armada, denominada como “guerra” se enfrentan dos Estados soberanos, cada uno por defender una posición que considera legítima, y por la cual vale la pena enfrentarse con las armas.

En el caso mexicano, la guerra no es tal: mientras el Estado se encuentra perfectamente legitimado para hacer uso de la fuerza en contra de quienes transgreden la ley, el crimen organizado (narcotraficantes, secuestradores, falsificadores, contrabandistas, asaltantes y demás) constituyen un frente amorfo que, de sí, carecen de toda legitimación tanto en sus métodos como en sus principios, e incluso en su composición. Desde la sola denominación, el Estado mexicano legitimó la lucha y los postulados de un enemigo que no tiene denominación exacta, ni principios claros, y mucho menos normas o convicciones que los rijan para continuar la lucha.

No obstante, el de la denominación parece ser apenas el primero de los problemas. Acaso, en todo esto, el más grave, es que más allá de los dichos y las acusaciones electoreras o partidistas de oposición, la estrategia anticrimen del gobierno federal ha demostrado una ineficacia profunda. Se pensó inicialmente que con la utilización de las fuerzas armadas (Ejército, Marina y Fuerza Aérea) las labores de acotamiento y persecución en las zonas de influencia del crimen organizado, se harían con éxito e incluso con mayor contundencia y rapidez que valiéndose de las corporaciones de seguridad pública.

Los hechos demostraron lo contrario. Existen estadísticas serias que demuestran que en cada uno de los estados donde hizo presencia el Ejército para combatir a los criminales, los índices de inseguridad y violencia no sólo no disminuyeron sino que, al contrario, se incrementaron de modo importante. Hoy, territorios que antes tenían niveles “medianos” en cuanto a acciones criminales, hoy están avasallados por la inseguridad. Para el gobierno federal, la guerra anticrimen se ha convertido en un asunto incontrolable que, además, no parece tener solución ni consenso frente a las demás fuerzas políticas con influencia en el país.

El escenario, así, parece ser el peor: no existe salida cercana al problema de la inseguridad; la interlocución política está prácticamente rota debido a este fracaso, y a las afrentas recientes que se abrieron con las fuerzas políticas de oposición a raíz del proceso electoral. Las banderas del gobierno federal agonizan. Y la administración del presidente Felipe Calderón parece estar sepultada en todas sus posibilidades de generar un cambio sustantivo que pueda ser bien recibido por la ciudadanía.

CRIMEN POLÍTICO

No existen elementos para asegurar que el homicidio del candidato Rodolfo Torre Cantú, ocurrido el lunes en Tamaulipas, tenga un móvil o motivación política. Sin embargo, para efectos prácticos, ese hecho sí modificó el escenario político-electoral no sólo de aquella entidad, sino de todo el país. Los efectos trepidantes de esta convulsión abominable, se dejaron sentir a nivel nacional e internacional.

De acuerdo con sobrevivientes al ataque, un grupo de hombres vestidos con uniformes de la Marina Armada de México interceptó los dos vehículos en que viajaban el Abanderado priista y sus más cercanos colaboradores, en la carretera que conduce al aeropuerto de Ciudad Victoria. Teniendo información privilegiada sobre las acciones, agenda y ruta de desplazamiento de su objetivo, los sicarios bloquearon con un vehículo pesado la carretera justo ante el paso del convoy priista. Los ejecutores marcaron el alto a las camionetas, sus ocupantes descendieron ante la posible confianza por los elementos militares, y todos fueron atacados certeramente, siendo el principal objetivo el de ultimar al abanderado.

El hecho desató una ola convulsiva que hacía mucho tiempo no se veía en México. Desde el asesinato de Luis Donaldo Colosio, ocurrido en marzo de 1994, no se había vuelto a atentar consumadamente en contra de un aspirante a cargo público. Sea como sea, independientemente del partido o la entidad, el hecho de que se asesine violentamente a un candidato a Gobernador se convierte en un hecho de trascendencia profunda y motivo de cuestionamiento para un Estado que si no tiene la capacidad de prevenir este tipo de crímenes de alto impacto, mucho menos lo tendría de salvaguardar a la población civil que está expuesta a todo tipo de agresiones.

¿Y LA INICIATIVA MÉRIDA?

En enero de 2007, el presidente de Estados Unidos de Norteamérica, George W. Bush vino a México a proponer a su homólogo que recién había tomado las riendas del país, Felipe Calderón, un pacto para luchar conjuntamente contra el crimen organizado. Se prometió participación conjunta de ambos países no sólo para labores policiacas y de investigación, sino también para cortar todas las arterias que dan vida a las bandas criminales.

Al parecer, más allá de la lucha que se libra en las calles, todo lo demás ha fracasado. El gobierno de México ha sido incapaz de desmantelar las estructuras financieras y de provisiones de las bandas criminales. Es decir, que independientemente de las bajas, ellos tienen toda la capacidad para continuar haciendo frente a las fuerzas federales, que tienen el poder de la impunidad para corromper a funcionarios de todos los niveles, y para sostener sus caudales violentos y sus operaciones. Así, lo que hasta ahora ha hecho el gobierno es una simple “poda” de sus bases operativas. Pero las raíces de ese delincuencial negocio continúan intactas, proveyendo de todo lo necesario a quienes hacen del crimen y la violencia su forma de vida.

El gobierno de Estados Unidos ha sido incapaz de responder con eficacia. Han evadido su responsabilidad por el flujo constante de armas desde la frontera norte. Está documentado que alrededor del 90 por ciento de todas las armas que entran al país desde la Unión Americana, tiene como objetivo cubrir las necesidades de las bandas criminales. Así, con ese abastecimiento constante, no existe modo de que los decomisos de dinero o incautación de armas, así como de la aprehensión de simples lugartenientes pero no cabecillas, infieran daños estructurales a las redes criminales.

GUERRA POLÍTICA

La falta de acuerdos políticos y de consenso al más alto nivel, han hecho inviables varios de los puntos de la Iniciativa Mérida. Casi todos, son sustanciales para incrementar el potencial de la lucha anticrimen. Por eso, por esa falta de acuerdos e interlocución para hacer más eficaz la persecución a los cárteles de la droga y la delincuencia organizada, es que hoy el presidente Calderón se encuentra urgido, pero descalificado, para entablar diálogo con las fuerzas partidistas.

A la par de esta guerra contra el crimen, entabló otra contra los partidos. Desgraciadamente, para su causa, ninguna de sus apuestas ha tenido el éxito esperado. El PRI, a quien pretende limitar, es el partido que más ha avanzado en sus objetivos de reposicionamiento. Hoy, para el Presidente es fundamental dialogar con el PRI porque éste representa el equilibrio que su partido no tiene en el Poder Legislativo. Sólo que, por las disputas partidistas, el panismo federal ha descalificado sistemáticamente a un tricolor que ahora se muestra renuente a una forma de entendimiento que no sea bajo la tónica de la autocrítica y la aceptación de responsabilidades por los agravios que se infringieron al calor de la lucha electoral.

PRESIDENTE, SIN SALIDA

La combinación de todos estos hechos y circunstancias políticas, deja en claro que el gobierno de Felipe Calderón ya no tiene un rumbo cierto. El asesinato del candidato Torre Cantú dejó en claro que la lucha, al menos moralmente, ya tiene un fracaso sin regreso. Para efectos políticos, la posibilidad de acuerdos duraderos con las fuerzas opositoras es escasa y tirante. Sus banderas principales están agotadas, y el diálogo prácticamente roto. Así, lo único que parece quedar, es simplemente administrar esta crisis hasta que llegue el 2012. El gobierno federal parece estar en vías de “bajar las cortinas” anticipadamente, respecto a sus principales proyectos de gobierno. 

Caos por guerra antinarco y “reñidero político” en México

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+ FCH terminó con todos los vasos comunicantes de su gestión

La tarde del pasado martes, la presidenta del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional, Beatriz Paredes Rangel, lanzó un discurso demoledor. Ante la ejecución del candidato de ese partido al gobierno de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú, la dirigente nacional del tricolor exigió al gobierno federal respeto ante el dolor del priismo, y exigió que se entable diálogo con el gobierno federal, pero frente a los liderazgos auténticos, y más allá del oportunismo. Esta era una respuesta implacable y dolorida, a un gobierno federal que parece estar terminando con todas las posibilidades de reencauzar la principal bandera de su gestión.

¿Qué ocurrió? Que el día previo, el candidato Torre Cantú había sido ejecutado presuntamente por el crimen organizado. En ese marco, el gobierno del presidente Felipe Calderón lanzó un llamado nacional, enésimo, para que las fuerzas políticas hicieran a un lado sus diferencias y asumieran una actitud de Estado para responder al crimen organizado. Los tricolores consideraron que ese llamado, que no es el primero que ocurre frente a la comisión de un delito de alto impacto, tenía como objetivo no el replantear la lucha anticrimen, sino obtener un beneficio político frente al potencial logro de una reconciliación partidista.

La apreciación no parecía del todo equivocada. Apenas unos días antes, agentes del Partido Acción Nacional habían endurecido una campaña de desprestigio en contra de los priistas. Esas acciones incluyeron la difusión de grabaciones telefónicas entre militantes del tricolor, y pretendían poner al descubierto trapacerías y la comisión de delitos electorales. Por si esto fuera poco, en las 12 entidades de la República en las que habrá comicios mañana domingo, los priistas han denunciado la utilización de recursos económicos y humanos del gobierno federal para apuntalar las campañas de los candidatos a cargos de elección popular por los partidos de oposición.

Por eso, quizá, el tricolor asumió como una posición de oportunismo el llamado presidencial ante el crimen del abanderado. En su visión, el hecho requería una respuesta implacable y no un llamado al diálogo. En la denuncia, quedó en evidencia que hasta ahora el gobierno federal ha actuado en base a sus propios criterios, sin dar paso a la autocrítica y sin atender las posiciones discrepantes que se han manifestado desde las dirigencias partidistas, las fracciones parlamentarias o los gobiernos estatales.

Por eso, asumían como una mascarada el hecho de que, ante un crimen abominable, el gobierno federal ahora sí tuviera voluntad política de llamar al diálogo a todos sus adversarios, para que de algún modo éstos legitimaran la lucha y las acciones que ha emprendido fallidamente el gobierno federal en los últimos años.

Al final, los tricolores dijeron que sólo dialogarían después del cuatro de julio, y frente a ciertas condiciones que, extraoficialmente se dicen, tenía que cumplir de inmediato el gobierno federal. Así, lo que la realidad indica es que, de nuevo, todos los problemas fueron aplazados y que sólo serán abordados cuando existan posiciones políticas menos tirantes que las que prevalecen actualmente.

¿CÒMO NOS VEN?

Pareciera que los mexicanos estamos acostumbrados a esta guerra descarnada entre fuerzas políticas y entre facciones partidistas. Pero más allá de nuestras fronteras y nuestra cotidianidad, el crimen del candidato Torre Cantú preocupó y consternó a la comunidad internacional. Llama la atención que, en este sentido, el influyente diario español El País, haya dedicado un editorial en el que emite su posicionamiento y opinión frente a la violencia e ingobernabilidad —por cuestiones de política y de criminalidad— que se vive en nuestro país.

En el texto, se lee lo siguiente: “La guerra del narco en México no solo es tremendamente cruenta -más de 25.000 asesinatos en tres años-, sino que por su misma naturaleza constituye un salvaje espectáculo que lastra dolorosamente la imagen del país. Los últimos episodios: la muerte de un candidato a gobernador de Tamaulipas, una de las 12 gobernaciones que irán a las urnas el domingo, y la de un conocido cantante de narcocorridos ponen de relieve los propósitos de los mafiosos. Pese a que el primero ha sido el peor atentado en casi 20 años, sus objetivos no eran estrictamente políticos, ni a favor ni contra el PRI, al que pertenecía el candidato, como tampoco castigar a un cantante traidor, sino avisar de que nadie está a salvo…”

Y continúa: “¿A qué se debe entonces la imparable carnicería mexicana? Hay dos escuelas de pensamiento. Una crítica a Felipe Calderón por haber desencadenado una ‘guerra innecesaria’, porque quería darle un tono decisivo a su mandato, inaugurado por una ajustada victoria electoral sobre el candidato izquierdista Andrés López Obrador, y para ello había que lanzar una vasta operación contra una red envilecedora, pero que estaba a lo suyo y no quería llamar la atención del poder. Frente a esta teoría, otra argumenta que esa red mafiosa relativamente discreta había ido extendiéndose como una hidra por el cuerpo social, y lenta pero inexorablemente estaba transformando México de conducto entre países productores -como Bolivia, Perú y Colombia- y el gran receptor, Estados Unidos, a una nación de consumidores individuales. Es difícil en este contexto, además de hipócrita, reprochar al presidente mexicano haber tomado la iniciativa de combatir esta lacra hasta sus últimas consecuencias.

“Lo gravísimo, sin embargo, es que esa guerra en la que el Estado se ha implicado a fondo no se está ganando. La intervención del Ejército para sustituir a una policía corrompida no ha hecho sino agudizar la violencia sin resultados apreciables. Y si no hay corrección de rumbo, nos hallaremos ante una tragedia no solo mexicana, sino por extensión latinoamericana. El acechante espectro de un Estado fallido es algo que hoy no se puede permitir el mundo de habla española.”

¿MALA PERCEPCIÓN?

Así nos ven desde España: igual que como nos sentimos nosotros. Es decir, que más allá de los motivos o la utilidad, lo que tenemos enfrente es una batalla de resultados desesperanzadores. Dependerá no sólo de la fuerza, sino del consenso y la sensibilidad que el rumbo cambie. No hay certidumbre frente a la posición tirante, aparente y determinante de las fuerzas políticas.

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Transición a la democracia: 10 años después, sigue pendiente

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+ Fox y Calderón, incapaces de comprender el reto democrático

Hace exactamente diez años, el 2 de julio del año 2000, el candidato presidencial del Partido Acción Nacional, Vicente Fox Quesada, ganó aventajadamente los comicios federales, para convertirse en el primer Presidente de la República emanado de un partido distinto al Revolucionario Institucional, desde 1929. Su victoria fue asumida como un sinónimo de cambio en el ejercicio del poder público, pero también como un parte aguas para una posible transición a la democracia.

A pesar de que la mayoría de las condiciones políticas en aquel momento estaban dadas, una serie de traspiés, que se replicaron en el siguiente sexenio, tienen hoy al país sumido en una importante crisis política en la que la discusión de fondo, y pendiente, sigue siendo precisamente la de los cambios democráticos que faltan.

Vicente Fox llegó a la Presidencia en un contexto inmejorable. Contrario a todos los cambios sustanciales de régimen habidos en México a lo largo de su historia, éste fue uno de esos casos no comunes en la que la transmisión del poder entre bloques se dio en un contexto de paz, de legalidad y de institucionalidad. Ni siquiera los sectores más recalcitrantes del Revolucionario Institucional, fueron capaces de esgrimir razones para pensar que los comicios habían sido fraudulentos, o que no se había respetado la voluntad popular. Si no abrumadoramente, Fox sí ganó los comicios del año 2000 en un marco de holgura, que hizo constatar su legitimidad incluso frente a los adversarios.

Por si fuera poco, en la Cámara de Diputados el Partido Acción Nacional también tuvo una bancada importante que, sin embargo, no alcanzó la mayoría absoluta. El Senado de la República fue la única de las cámaras federales en las que el priismo mantuvo su hegemonía. Y el otrora poder presidencial —en el que no se distinguían diferencias entre las facultades constitucionales del Titular del Ejecutivo y las del Jefe Político del PRI— se decantó respecto a los gobernadores de las entidades federativas, en las que el tricolor seguía teniendo mayoría.

Aún frente a esa composición de las fuerzas políticas en los principales núcleos del poder público, parecía que a partir del año 2000 estarían puestas todas las condiciones para comenzar un proceso de transición a la democracia. Si el primer paso era el de la alternancia de partidos en el poder federal, el segundo tendría que ser el de la desincorporación del mando y la decisión avasalladora que tenía el Presidente sobre todos los demás actores y grupos políticos del país, para dar paso a formas más democráticas, equilibradas y transparentes en el ejercicio del poder. Eso era lo que se esperaba de Vicente Fox como Primer Mandatario.

Sin embargo, ¿qué ocurrió? Que la alternancia se quedó en eso. Fox como Presidente, fue incapaz de ver y asumir que el poder tenía que cambiar. Actuó como un gobernante más, pero no como un estadista. A pesar de no tener la mayoría legislativa, pudo haber encauzado reformas importantes —en lo político, económico, y demás— si en lugar de valerse de las posiciones políticamente correctas, hubiera emprendido verdaderas acciones de consenso con las demás fuerzas políticas. Lejos de hacer eso, emprendió una persecución a ciertos actores priistas que terminó en nada, entabló un diálogo lejano, provocador y estridente con el Congreso, y desaprovechó gravemente el bono de legitimidad y credibilidad que, por lo menos en los dos primeros años de su gobierno, le entregó casi incondicionalmente el pueblo mexicano.

El final de ese gobierno lo sabemos todos: la pluralidad política se convirtió en un sinónimo de falta de entendimiento y confrontación no sólo entre el PRI y el PAN, sino entre todas las fuerzas políticas del país. El primer gobierno federal emanado del PAN se negó a reformar el poder para democratizarlo y, lejos de eso, se convirtió en una mala copia del priismo, al disponerse a gobernar con la misma estructura, con los mismos poderes avasalladores y las mismas prácticas antidemocráticas que sus antecesores, para finalmente entregarlo a otro integrante de su partido que tampoco ha podido lograr prácticamente nada de la tan anhelada transición democrática.

PLURALIDAD, ¿DAÑINA?

Hay quienes aseguran que buena parte de la inmovilidad institucional que existe desde hace una década en el país, tiene que ver con el planteamiento constitucional actual de la pluralidad política. En 1997 el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados, y lo más cerca que ha estado de recuperarla, es en la actual Legislatura federal, en la que tiene 237 diputados. El problema es que en todo ese periodo, ninguna fuerza política ha conseguido esa ansiada mayoría absoluta en las cámaras federales.

¿Por qué es un problema? Porque en 1997 el gobierno federal era priista, y las fuerzas de oposición tomaron el control de la Cámara de Diputados, oponiéndose por primera vez a algunas decisiones trascendentales del Presidente de la República, que en otro momento se habrían convertido en ley gracias a su mayoría de legisladores. En 2000, el gobierno federal pasó a manos del PAN, pero éste no tuvo la posibilidad ni de interactuar estratégicamente con el Congreso, y tampoco de conseguir la mayoría de diputados y senadores, como para poder consolidar más rápidamente el proyecto democrático —si es que existía— del foxismo.

Esa pluralidad ha sido constante desde entonces, como también lo ha sido la falta de acuerdos. Esto ha sido, en buena medida, gracias no sólo a las torpezas del Presidente en turno, sino también a la visión que tanto critica ahora el PRI al gobierno federal, pero de la que también se ha valido. Los tricolores, como en otro momento los perredistas, han antepuesto el interés de sus grupos al nacional. Por eso, más allá de las discusiones de corto plazo, hoy podemos ver que México no ha resuelto (del modo que sea) la gran mayoría de sus reformas estructurales, y mucho menos lo relativo a la transición democrática.

CASO OAXACA

Hoy que los oaxaqueños estamos en el umbral del proceso electoral para renovar la gubernatura, el Congreso del Estado y los Ayuntamientos, debemos reflexionar sobre las promesas de cambio y las posibilidades reales de que esto ocurra. Gane quien gane, si no existe voluntad para transformar y democratizar el poder, esto no ocurrirá. Es lamentable lo que ocurre con el país; lo sería más que se replicara, de nuevo, en Oaxaca.

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Discurso sobre el fraude: desconfianza los afecta a todos

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+ Con “alertas”, coalición opositora sería su propia víctima

Faltando apenas unos diez días para la celebración de los comicios en Oaxaca, la Coalición Unidos por la Paz y el Progreso cambió radicalmente su discurso y lo hizo virar a la denuncia del potencial fraude electoral. Apuntalaron sus aseveraciones, con la acusación sobre el uso de recursos públicos para la campaña priista, con señalamientos sobre la ilegitimidad del órgano electoral, e incluso respecto a las fallas que ha presentado el programa de resultados electorales preliminares. Al final, esta generación de desconfianza habrá de afectar globalmente al proceso comicial, incluyéndolos a ellos.

Es evidente el lugar común que —tratando de hacerse pasar por válido desde el oficialismo—, apunta a que el discurso sobre el potencial fraude electoral, y la necesaria defensa que hagan las fuerzas opositoras de un triunfo robado, son parte de un sentimiento derrotista que ya existe en el equipo del candidato Gabino Cué Monteagudo.

En realidad, más que anticipar una derrota, lo que parece claro es que los opositores están jugando con fuego. Porque más que declarar lo que sólo las urnas demostrarán (un triunfo o una derrota), lo que están haciendo es desgastar el andamiaje electoral que dará certeza sobre el resultado de los comicios. Veamos por qué.

Las fuerzas de oposición en Oaxaca han denunciado sistemáticamente el uso de recursos públicos a favor de la campaña priista, que habrían sido desviados. El problema es que si ellos han acumulado pruebas físicas, y no sólo sospechas, para apuntalar sus dichos, en la casa de enfrente han hecho exactamente lo mismo. Esta, a pesar de las reiteraciones sobre el “blindaje” en el uso de los recursos del Estado, en general ha sido una de las campañas más suntuosas y costosas de que se tenga memoria. En ambos bandos han echado mano de dineros indebidos, y en ambos se tienen documentadas esas acciones ilegales.

¿Cuál es el problema? Que, finalmente, una cosa será lo que se litigue ante los tribunales competentes, y otra lo que se demuestre ante los ojos del público. Al desacreditar sistemáticamente la legalidad del proceso, los aliancistas opositores se están desacreditando ellos mismos. Si, como dicen, triunfan en las urnas pero les roban la victoria, ellos serán incapaces de demostrar que no incurrieron en las prácticas ilegales que denunciarían.

No obstante, se aparece como más grave lo relativo al órgano electoral, a la desacreditación al programa de resultados preliminares y, sobre todo, a la utilización de lo que ellos denominan como “un programa alterno” de conteo de votos. Hasta el momento, los representantes de los partidos opositores ante el IEE, se han valido de otro lugar común (el de “la caída del sistema”) para generar percepciones distintas a las reales. Pues existe una línea delgada entre la preocupación genuina por las fallas que ha mostrado dicho programa, y la oportunidad que están encontrando en ello para tratar de alimentar la desconfianza sobre los resultados.

RESULTADOS CUESTIONADOS

Es cierto que el PREP resulta ser una herramienta importante para generar certidumbre en los resultados parciales de una jornada electoral. Pero lo que la Coalición opositora pretende revelar, es que nuestro sistema electoral es tan primario y poco confiable como lo era en 1988, cuando ocurrió la primer “caída del sistema” en México, que reacomodó las cifras, a favor del priismo, de aquella elección presidencial.

Hoy el PREP es un indicador que, sin embargo, está lejos de ser determinante. Las normas electorales, y las propias estructuras internas de las fuerzas políticas, poseen diversas herramientas que, independientemente del programa de resultados preliminares, generan indicadores mucho más precisos de la evolución en el conteo de votos.

Si el PREP hiciera la diferencia entre ganar y perder una elección, entonces estarían de más los observadores, los funcionarios ciudadanos de casilla, los representantes acreditados de los partidos políticos, los llamados conteos rápidos o “exit pool”, la concentración interna de actas que se hace desde el momento mismo del cierre de las casillas y, en general, todo el sistema electoral que ha evolucionado en las últimas dos décadas.

Finalmente, ante la derrota, es previsible que cualquiera de las fuerzas políticas (la coalición PRI-PVEM, o la Alianza Opositora) impugne los resultados ante los tribunales electorales locales o federales. Al llegar ahí el resultado de los comicios, éste se validará o echará por tierra en base a todos los elementos objetivos que se aporten; en esa controversia jurisdiccional, lo que menos contarán son elementos como el del PREP, que tanto se impugna en este momento.

¿Cuál es el riesgo de todo esto? Que si la desconfianza asciende y se incrusta en el ánimo de la población, cualquier resultado que dé ventajas mínimas a alguno de los participantes en este proceso, podrá ser impugnado lo mismo ante los tribunales, que ante la opinión de los ciudadanos.

Así, esta posibilidad sólo dejaría de ser riesgosa, si desde este momento la Coalición opositora tiene la certeza de que va a ganar, o que va a perder, por un margen importante de votos. Si no tiene dicha certidumbre, y continúa alimentando el clima de desconfianza, incluso ante un triunfo de la causa opositora, ellos mismos serían cuestionados con facilidad por sus oponentes, utilizando exactamente los mismos argumentos de los que ahora ellos se valen para desacreditar al órgano y a buena parte de los elementos que integran este proceso electoral.

Si se alimenta la incertidumbre, sólo se genera desconfianza. Y ésta arrasa con todo sin tener consideraciones. Si ante el final de las campañas electorales llegó el momento de ver las cosas en su justa dimensión, entonces tendrán que concluirse las andanadas de descalificación. Más que afectar a sus oponentes, podrían estarse preparando, involuntariamente, para el suicidio.

ALARMA SÍSMICA

Ante el movimiento sísmico registrado la madrugada de ayer en tierras oaxaqueñas, ¡lo verdaderamente sorprendente habría sido que sí funcionaran las alarmas sísmicas! Ante cada episodio como éste, los funcionarios encargados del Instituto Estatal de Protección Civil se dicen “extrañados” y “enojados” por la importante inversión hecha para un sistema que nunca ha funcionado cuando y como debería. Eso ha pasado siempre. Y aún con el coraje, nadie ha hecho algo para remediarlo.

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Oposición: ¿Cómo construir una agenda real de la transición?

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+ Ante triunfo opositor, habrá Congreso adverso ¿y conflicto?

En la construcción de escenarios posibles sobre el resultado de los comicios del próximo 4 de julio en Oaxaca, existe uno que hasta ahora ha sido poco explorado: el de un posible triunfo del candidato a Gobernador de la Coalición Unidos por la Paz y el Progreso, Gabino Cué Monteagudo, pero combinado con una composición del Congreso del Estado, de mayoría priista. De materializarse esa posibilidad, la entidad podría estar lo mismo en el umbral de un conflicto político grave entre partidos y poderes, pero también ante el escenario quizá más potencial de una verdadera transición democrática, plasmada no sólo en dichos o en actitudes, sino en reformas y nuevas leyes.

Oaxaca es una de las entidades en donde mayor competencia electoral existe. Prácticamente desde el inicio de las campañas proselitistas, los equipos de trabajo de los dos principales aspirantes a la gubernatura (Eviel Pérez, y Gabino Cué) se valieron de la difusión de encuestas, como una más de sus herramientas para generar percepciones sobre sus respectivos grados de aceptación popular, y posibilidades de triunfo.

Pronto salieron a relucir sendas inconsistencias sobre la publicación manipulada de esos ejercicios, y por esa razón, para las previsiones serias y desapasionadas, las encuestas difundidas dejaron de ser herramienta confiable para el ciudadano. Todo lo que se puede ver, es que en realidad existe una competencia intensa y cerrada entre ambos abanderados, y que por ello hoy cualquiera de los dos tenga la posibilidad de ganar.

Pongamos, así, en perspectiva la posibilidad de un triunfo opositor en la competencia por la Gubernatura —que sin duda, es la más cerrada de las que ahora se desarrollan. En la lucha por las diputaciones y alcaldías, existe la previsión de que el PRI se alce con más victorias que sus oponentes. Tomemos el caso: Cué se convierte en Gobernador, pero teniendo enfrente un Congreso dividido, aunque de mayoría tricolor.

Esto, si consideramos cómo han actuado los tricolores en escenarios similares que han ocurrido, incluso, en el ámbito federal, sería la puerta de entrada para el choque entre poderes, el hostigamiento mutuo, la confrontación y, en resumen, el inmovilismo político que ahí ocurriría. Con una oposición sistemáticamente negativa y hostigadora —como la que en muchos momentos ha tenido el PRI, aunque también el PRD—, y con un gobierno poco abierto al diálogo y la concertación seria —como ha sido el PAN en el gobierno federal a lo largo de la última década—, lo que Oaxaca tendría sería un auténtico escenario de caos.

Pero —aunque esto se lea como el más ingenuo de los idealismos— si, por el contrario, luego de las efervescencias electorales, ambos bloques llegaran a plantear una agenda más o menos común de trabajo no por sus partidos o sus intereses, sino por Oaxaca, entonces seguramente la transición a la democracia tendría muchas más posibilidades de consolidarse en un marco de legitimidad y consenso político entre fuerzas. ¿Cómo podría ocurrir todo esto?

LIMITAR EL PODER

Una oposición testaruda, independientemente del partido que la ejerza, siempre provoca confrontación e inmovilismo. Del mismo modo, un gobierno que desdeña toda posibilidad de acuerdos previos, y pretende imponer sus determinaciones como mandatos constitucionales, es también un factor de polarización e incertidumbre, que no lleva a un buen puerto.

El mejor ejemplo de ello lo encontramos, dolorosamente, en nuestro país: diez años de una poco inteligente y tolerante alternancia política, y de Congresos opositores, han llevado al país a un grado alarmante de polarización, choque entre fuerzas políticas, e inmovilidad, que no sólo se traduce en la ausencia del acuerdo político coyuntural, sino en el hecho de que en México no ha podido consensarse ninguna de las reformas legales (fiscal, petrolera, social, laboral, de seguridad, etcétera) que son urgentes para el país, pero al no lograrse le hacen perder viabilidad y competitividad en el concierto internacional.

Ese podría ser el escenario en Oaxaca, si todos asumen posiciones radicalmente opuestas. Lo más lógico de suponer, es que un Congreso opositor al Titular del Ejecutivo, sólo provocaría problemas. Empero, si el Gobernador fuera capaz de generar un proceso de interlocución, que llevara a sus opositores a no poder seguirse negando a generar cambios trascendentales en la forma de gobierno —so pretexto de ser tachados de antidemocráticos—, entonces lo que tendríamos en puerta es la posibilidad de una transición democrática.

¿Por qué? Porque entonces sí, sería viable la posibilidad de someter a toda la estructura de gobierno y de reparto del poder —que ahora tiene graves desbalances que, todos, favorecen al Ejecutivo— a una revisión integral, y a un reordenamiento que hiciera más equilibrada la forma de gobernar, y eliminara todas las posibilidades actuales de que un Poder se inmiscuya y avasalle a los otros, manteniendo sus altos grados de discrecionalidad y opacidad en el ejercicio de las funciones públicas.

Quizá una cesión mutua de poder, de esta naturaleza, sería la moneda de cambio entre un Gobernador y un Congreso de extracciones políticas distintas, para ejercer sus respectivas funciones independientemente de sus diferencias. Aunque esta se aparece como una posibilidad inviable (por excesivamente idealista) para la entidad, lo cierto es que temas como este deben debatirse por la sola razón de que hoy la transición democrática es un tema del que toda la oposición habla, pero sin decir cuál será el camino para hacerla realidad.

¿TRANSICIÓN?

Hasta ahora, lo único que se tiene para lograr de verdad esa transición, es la voluntad de quien triunfe en los comicios. Sea el PRI o la oposición el ganador, si se decide a gobernar valiéndose de la estructura institucional actual, lo único que conseguirá es repetir la misma forma de gobierno que tanto se critica. Eso pasó en el ámbito federal hace 10 años, cuando Vicente Fox ganó la Presidencia y consiguió la alternancia, pero se dispuso a gobernar bajo las mismas formas y esquemas del régimen priista. En el caso federal, quedó demostrado que alternancia no es sinónimo ni condición indispensable para la transición. En uno de los escenarios, Oaxaca podría ser otro más de esos referentes negativos para la democracia.

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