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Una contingencia, suficiente para sacarnos de la ilusión de que ‘todo está bien’

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+ Esencial, asumir los riesgos con capacidad institucional y sentido de previsión


En otro momento, pudiera parecer increíble no que un huracán, sino una depresión tropical, pusiera en jaque a los tres órdenes de gobierno en una entidad. Eso es exactamente lo que ha pasado en Oaxaca ante el inicio de la temporada de lluvias. Pues aunque los fenómenos naturales que han ocurrido en las últimas dos semanas se han manifestado con intensidad inusitada, también lo es que ello ha dejado ver la enorme fragilidad real de ese sentido de normalidad y control que tienen tanto las autoridades, como nosotros los ciudadanos, ante el estado de cosas hasta que ocurre una contingencia.

En efecto, el paso de la tormenta tropical “Beatriz” dejó a su paso una enorme estela de destrucción que debería ser evaluada más allá de las solas pérdidas humanas o de los daños carreteros o a las comunidades que quedaron incomunicadas. En realidad, el fenómeno natural nuevamente sirvió para demostrar que en Oaxaca existe no sólo poca cultura relacionada con la protección civil, sino también con la previsión de situaciones de riesgo.

La acción tardía y desarticulada de la Coordinación Estatal de Protección Civil de Oaxaca (CEPCO), aunada a la nula planeación de los asentamientos humanos, y el también inexistente trabajo de previsión de riesgos, trajo como consecuencia la tragedia que vimos los oaxaqueños en la semana previo, y su repetición durante los dos últimos días con el paso de la depresión tropical “Calvin” prácticamente por las mismas regiones del Estado (Costa, Istmo y Sierra Sur) que antes fueron azotadas por “Beatriz”.

Pues en primer término, queda claro que aún existe mucho por hacer en materia de protección civil, independientemente de la incapacidad demostrada por la CEPCO que encabeza el ex diputado local Amando Demetrio Bohórquez Reyes, quien reiteradamente ha dado muestras de no ser capaz de enfrentar las responsabilidades técnicas y operativas que debiera estar encabezando frente a las contingencias. En los propios municipios azotados por los fenómenos de la naturaleza, ha habido muestras de la inexistencia de medidas de previsión; de una total incapacidad para establecer perímetros y situaciones de riesgo para la población; y también una total incapacidad para actuar cuando los efectos del fenómeno natural son inminentes y ponen en riesgo a la población.

El hecho de que muchos de los municipios primero azotados por Beatriz y luego por Calvin, hayan recibido los efectos de los fenómenos naturales casi en un estado total de indefensión, hace evidente que no existe ni la claridad, ni la capacitación, ni el sentido de previsión para poder enfrentar una situación en condiciones por lo menos mínimamente aceptables.

Las inundaciones, los deslaves, los aludes que enterraron las casas y a sus habitantes, las crecidas de afluentes que provocaron daños y pérdidas humanas, en realidad no son consecuencia de “la furia de la naturaleza” —porque la naturaleza no es buena ni mala, sino con su complejidad y su simpleza, es la naturaleza misma— sino de la incapacidad de las personas, primero para no habitar o ubicarse en zonas de riesgo, y segundo, para lograr ponerse a salvo en el momento adecuado frente a los fenómenos naturales.

REPETIR LOS RIESGOS

Pareciera, además, que en Oaxaca estamos destinados a repetir indefinidamente las tragedias. Por ejemplo, cuando hace veinte años el Huracán Paulina azotó la región de la Costa oaxaqueña, hubo incalculables daños que —en apariencia— luego fueron reparados; hubo el recuento de las pérdidas humanas y, se supone, debió haber habido la capacidad de aprender del fenómeno.

Es cierto: no ha habido desde entonces —y qué bueno— un fenómeno natural de tal intensidad como el Huracán Paulina. Sin embargo, lo verdaderamente grave es que nadie haya aprendido las lecciones de aquella tragedia, y que hoy fenómenos menos intensos que esos sigan provocando dolor y pérdidas para las personas de esas regiones, y desastres que luego el gobierno debe reparar en el fondo como una consecuencia de su falta de previsión en los riesgos.

En esa lógica, debiéramos preguntarnos si en realidad cada autoridad municipal sabe cuáles son los riesgos en las localidades que integran su municipio; debiéramos también preguntarnos si el famoso “Atlas de riesgos” de la entidad contiene la información adecuada, correcta y actualizada de las zonas y las situaciones posibles que pueden desquiciar la atención del Estado frente a un fenómeno natural, o que pueden colapsar la capacidad misma del Estado frente a una situación en concreto. Incluso, el propio Estado debería evaluar, en tiempos de calma, cuál es su verdadera capacidad de respuesta frente a un fenómeno de mayor envergadura.

Pues aunque no es afortunado, lo cierto es que el dolor de cabeza para la población y el gobierno con los fenómenos naturales de los últimos años, han sido generalmente los relacionados con el clima —y el cambio climático—. No obstante, habría que considerar que esos no son los únicos fenómenos de la naturaleza por los que estamos amenazados como población y como entidad federativa. Hay otros de mucha mayor magnitud, como por ejemplo el hecho de que Oaxaca se encuentra en una de las mayores zonas sísmicas de la entidad, y de que esos fenómenos son verdaderamente imprevisibles y, cuando se manifiestan intensamente son de altísimo riesgo para la población.

En esa lógica, ¿Oaxaca como gobierno, estaría preparado para enfrentar una contingencia del tamaño de un terremoto, no sólo en la capital del Estado sino en algunas de las regiones rurales que año con año revelan su fragilidad frente a fenómenos como las lluvias o la crecida de ríos? ¿Cuál sería la capacidad real de las instituciones del Estado para atender a la población frente a algo como eso? No son temas menores: hasta ahora las lluvias y la sequía hacen padecer muchísimo a amplias zonas de la población. Y esos son fenómenos que ni cercanamente tienen consecuencias tan graves y masivas como los que podría tener un terremoto.

En el fondo no se trata de ser agorero de las tragedias sino de establecer parámetros de actuación y de previsión. Queda claro que el desorden en todos los sentidos relacionados con el ordenamiento territorial; la indolencia de las autoridades municipales en las localidades; la falta de preparación y disposición de las autoridades estatales; y la lejanía que tiene Oaxaca —geográficamente— con el centro del país, además de todas las implicaciones de la propia naturaleza, hacen que el sentido de normalidad que percibimos encierre muchísima fragilidad. Esa debilidad se manifiesta a través de estas cuestiones que debieran no ser motivo de sufrimiento y riesgo para las personas, pero que lo son gracias al abandono y la irresponsabilidad de quienes permiten que, en tiempos de calma, esos peligros se engendren y se conviertan en problemas inminentes. De ello, existen pruebas sobradas.

EL CAMBIO CLIMÁTICO

Hace dos meses el templo dominico del pueblo viejo de Jalapa del Marqués, era un atractivo turístico. Ese pueblo viejo quedó bajo la presa Benito Juárez que, repetimos, hace dos meses estaba a menos del 15 por ciento de su capacidad. Por eso, la gente de la comunidad —pescadores, que se quedaron sin materia de trabajo— colocaron enramadas y convirtieron el templo en un atractivo turístico “mientras llegan las lluvias”. Hoy, reiteramos, dos meses después la presa debe ser desfogada para evitar su desbordamiento porque con una semana de lluvias, prácticamente se llenó. Con esas “pequeñas muestras”, ¿alguien duda del cambio climático?

Para combatir la corrupción no hace falta sino aplicar estrictamente la ley

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+ Herramientas jurídicas: base para entender por qué sí se puede combatir


Si existe ya un consenso sobre la urgencia de impulsar un combate efectivo y certero a la corrupción en nuestro país, lo siguiente que tendría que existir son los caminos para conseguirlo. El Estado mexicano, en ese afán constante de responsabilizar a la ley por lo que no hacen sus funcionarios, ha optado por las modificaciones legales como base para un mejor combate a la corrupción. Sin embargo, al margen de los caminos preventivos, lo cierto es que las herramientas jurídicas para ello ya existen. Sólo falta aplicarlas en los términos que la propia ley dice, en contra de todo el que incurra en esas situaciones.

En efecto, por un lado habría que entender que la desenfrenada carrera de los cambios legales como mecanismo para aparentar el cumplimiento de la ley, no es exclusivo del sistema anticorrupción. Más bien, esa ha sido la vía permanente de la clase política cuando no encuentra un camino más adecuado para justificar su inacción frente a ciertos hechos. Por eso, la vía de modificar la ley frente a los cuestionamientos de la gente, se ha reflejado en el conjunto de cambios que pudiendo no existir en la Constitución, sí podrían haberse realizado de haber habido la suficiente voluntad para hacerlo. Ejemplos, a estas alturas, sobran.

Hay muchos, pero uno de ellos es el de las sucesivas reformas electorales, que han tenido como objeto aparente limpiar los procesos electorales de la corrupción, de la manipulación y de la injerencia del poder y el dinero público en la voluntad política de las personas expresadas en sus votos. ¿Qué ha ocurrido? Que en realidad, la competencia democrática entre partidos y candidatos sigue viviendo bajo un asedio enorme, y que la ciudadanía sigue siendo objeto de todas las bajezas conocidas y por conocer cuando se trata de manipular o la voluntad ciudadana, o el resultado de una elección.

Por eso vemos que a pesar de todo sigue habiendo dádivas, manipulación, compra y coacción de voto y utilización de dinero de procedencia pública o desconocida para tratar de influir en los procesos electorales. Pareciera, pues, que los cambios legales no sólo no han frenado la vorágine de dispendios y violaciones a la ley, sino que las han fomentado y acentuado a grado tal que hoy el propio Estado ya no sabe qué hacer para frenar a los partidos y candidatos en medio del enorme descrédito que tienen las instituciones, como árbitros de los procesos electorales, que no logran detener las violaciones a la ley.

En el caso del combate a la corrupción, la historia no es muy distinta, y más bien parece la repetición de muchas conductas y situaciones que se norman en la Constitución con la intención aparente de “lo ponemos en la ley máxima, para que ahora sí se cumpla”, cuando en realidad lo que tendría que haber es simplemente voluntad y capacidad para aplicar las normas y los procedimientos que ya existen.

Pues resulta que aún cuando el establecimiento del Sistema Nacional Anticorrupción establece toda una nueva estructura institucional y legal para combatir la corrupción, la medida de fondo tendría que radicar básicamente en aplicar las leyes ya existentes cuando hubiere un caso concreto de un funcionario corrupto. Específicamente, las leyes penales ya norman muchas conductas que deberían ser comúnmente perseguidas y castigadas. La pregunta, en realidad, tendría que versar en por qué a tan pocas personas en el país se les aplican dichas sanciones por sus conductas.

LOS DELITOS

Sí existen las herramientas y aquí están. Por un lado, el Código Penal Federal señala, sobre el enriquecimiento ilícito, lo siguiente: “Se sancionará a quien con motivo de su empleo, cargo o comisión en el servicio público, haya incurrido en enriquecimiento ilícito. Existe enriquecimiento ilícito cuando el servidor público no pudiere acreditar el legítimo aumento de su patrimonio o la legítima procedencia de los bienes a su nombre o de aquellos respecto de los cuales se conduzca como dueño, en los términos de la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores Públicos.

“Incurre en responsabilidad penal, asimismo, quien haga figurar como suyos bienes que el servidor público adquiera o haya adquirido en contravención de lo dispuesto en la misma Ley, a sabiendas de esta circunstancia. Al que cometa el delito de enriquecimiento ilícito se le impondrán las siguientes sanciones: Decomiso en beneficio del Estado de aquellos bienes cuya procedencia no se logre acreditar de acuerdo con la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores Públicos. (Artículo 224)”.

Por otro lado, dice que comete el delito de peculado (artículo 223) todo servidor público que para usos propios o ajenos distraiga de su objeto dinero, valores, fincas o cualquier otra cosa perteneciente al Estado, al organismo descentralizado o a un particular, si por razón de su cargo los hubiere recibido en administración, en depósito o por otra causa (fracción I). El servidor público que indebidamente utilice fondos públicos u otorgue alguno de los actos a que se refiere el artículo de uso indebido de atribuciones y facultades con el objeto de promover la imagen política o social de su persona, la de su superior jerárquico o la de un tercero, o a fin de denigrar a cualquier persona (Fracción II).

Cualquier persona que solicite o acepte realizar las promociones o denigraciones a que se refiere la fracción anterior, a cambio de fondos público o del disfrute de los beneficios derivados de los actos a que se refiere el artículo de uso indebido de atribuciones y facultades (Fracción III), y cualquier persona que sin tener el carácter de servidor público federal y estando obligada legalmente a la custodia, administración o aplicación de recursos públicos federales, los distraiga de su objeto para usos propios o ajenos o les dé una aplicación distinta a la que se les destinó (Fracción IV).

Y por si esto no fuera suficiente, hay más: el delito consistente en realizar operaciones con recursos de procedencia ilícita, que según el artículo 400 del Código Penal Federal, se impondrá de cinco a quince años de prisión y de mil a cinco mil días multa al que por sí o por interpósita persona realice cualquiera de las siguientes conductas: adquiera, enajene, administre, custodie, cambie, deposite, dé en garantía, invierta, transporte o transfiera, dentro del territorio nacional, de éste hacia el extranjero o a la inversa, recursos, derechos o bienes de cualquier naturaleza, con conocimiento de que proceden o representan el producto de una actividad ilícita, con alguno de los siguientes propósitos: ocultar o pretender ocultar, encubrir o impedir conocer el origen, localización, destino o propiedad de dichos recursos, derechos o bienes, o alentar alguna actividad ilícita.

La misma pena se aplicará a los empleados y funcionarios de las instituciones que integran el sistema financiero, que dolosamente presten ayuda o auxilien a otro para la comisión de las conductas previstas en el párrafo anterior, sin perjuicio de los procedimientos y sanciones que correspondan conforme a la legislación financiera vigente.

APLICAR LA LEY

¿Qué necesitamos? En el fondo, más allá de esperar a ver si el Sistema Nacional Anticorrupción funciona, y si los encargados de implementarlo están verdaderamente comprometidos con la honestidad, lo que urge es que en México se hagan valer las leyes que ya son vigentes. Hemos visto que sí hay eficacia, cuando hay voluntad. Por ende, lo que se debe reproducir con todo vigor es la voluntad, muy por encima de la delirante carrera por los cambios legales que lamentablemente en muchos casos han servido para enmascarar la demagogia.

¿Es posible la confiscación de bienes a un ex servidor público corrupto?

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+ No es posible aparentar que se hace justicia, cuando se quebranta la ley


Frente a la detención del ex secretario de Salud Germán Tenorio Vasconcelos, hay muchos que se siguen sintiendo indignados y agraviados, por el hecho de que el delito por el que es procesado, alcanza una pena máxima de nueve años de prisión. Hay voces que exigen que, por ejemplo, se le confisquen sus bienes o que “devuelva lo que se robó”. Para entender más allá de las apariencias si esto es posible, hay que voltear a ver, primero lo que dice la ley; y segundo, algunos ejemplos de cómo se ha aplicado el derecho y las negociaciones, en casos más o menos similares.

En efecto, cuando se comenta coloquialmente el asunto de Tenorio Vasconcelos, la gente acude a un ejemplo cercano: dicen, por ejemplo, que Bulmaro Rito Salinas apenas si pasó un año en prisión como pena por todas las tropelías que dicen que cometió a costa del erario oaxaqueño durante muchos años. Luego de un año y algunos meses en prisión, dicen, Rito se retiró a la vida privada a disfrutar de su patrimonio una vez que recobró la libertad y que sus procedimientos penales siguen un curso que ya no pone en riesgo ni su libertad personal, ni los bienes que acumuló —los cuales habrían sido producto de sus excesos como funcionario.

Frente a esto, la exigencia común es que se le confisquen sus bienes a los servidores públicos corruptos. Aunque esa es una exigencia que parece lógica y hasta mínima frente al tamaño de los quebrantos que se acusan, lo cierto es que este asunto no puede desligarse de lo que en realidad dicen y permiten las normas jurídicas. Es engañoso, frente a esto, pensar en ejemplos como el del vecino estado de Veracruz, en donde su Gobernador, Miguel Ángel Yunes Linares, sí ha logrado la devolución de dinero y bienes que habrían sido producto de actos de corrupción cometidos por ex servidores públicos y particulares cercanos a Javier Duarte.

Señalamos que es engañoso, porque en realidad lo que hizo el gobernador Yunes ha sido una negociación lisa y llana de la ley. En concreto, lo que hizo desde que era Gobernador Electo, fue buscar a las personas —funcionarios y particulares— que pudieron haber sido cómplices de Duarte en actividades relacionadas con desvío de recursos y, literalmente, amenazarlos para poder negociar con ellos.

Acaso, el ejemplo más paradigmático fue el del principal socio y prestanombres de Duarte, Moisés Mansur, a quien el propio Yunes buscó en Canadá para entablar una negociación simple pero ilegal: que le devolviera los bienes producto de los actos de corrupción, y le diera toda la información sobre las tropelías presupuestales de Duarte en su calidad de Gobernador, a cambio de que no lo persiguiera judicialmente a él. Eso mismo hizo con varios otros ex socios de Duarte, y por eso Yunes obtuvo mucha información que luego fue la base de la PGR para acusar a Duarte de la comisión de diversos delitos.

¿Qué es lo cuestionable? Que esas negociaciones de la ley son a todas luces ilegales. No pueden ser mecanismos anticipados para la terminación de un juicio penal, porque los códigos procesales penales del país no permiten —ni siquiera a la luz del nuevo sistema de justicia penal— la negociación de los procedimientos cuando se trata de delitos cometidos por servidores públicos en el ejercicio de sus funciones o con motivo de ellas y los cometidos en asociación delictuosa (en el caso de Oaxaca, sobre esto existe una prohibición expresa en el segundo párrafo del artículo 191 del Código Procesal Penal del Estado), que es exactamente el caso de todo lo que ha ocurrido con los gobernadores corruptos y su cauda de socios y prestanombres.

Por esa razón, es imposible pensar que legal y válidamente, un Gobernador se puede poner a negociar la aplicación de la ley en contra de personas que participaron en delitos relacionados con el servicio público, y en los que obviamente tuvo que existir la asociación delictuosa para cometerse; porque todo eso esencialmente significa perseguir un hecho ilícito a partir de mecanismos y prácticas que también están prohibidas por la ley.

Es entendible, en esa lógica, que la ciudadanía se indigne porque no se le confisquen de inmediato los bienes adquiridos por corrupción, a los ex servidores públicos que son acusados de ello. Sin embargo, en lo que más bien habría que pensar es que el aseguramiento y el remate de esos bienes ocurra respetando la ley, y no cometiendo el paradójico e inadmisible acto de tratar de hacer justicia violando el Estado de Derecho.

ABONAR A LAS INVESTIGACIONES

Queda claro que en México los delitos cometidos por servidores públicos sólo se castigan cuando hay presión social. Eso fue lo que pasó cuando el gobierno mexicano decidió perseguir a todos los gobernadores que hoy se encuentran en prisión, y es exactamente lo que debe seguir ocurriendo para combatir de fondo la impunidad en el país.

En esa lógica, a todos nos debe quedar claro que es la voluntad, y no los cambios en el orden jurídico, lo que hace que el sistema de justicia funcione eficazmente. Por eso mismo, el Sistema Nacional Anticorrupción no puede hoy ser visto como el mecanismo que ha permitido la persecución y procesamiento judicial de diversos funcionarios, como tampoco que ello sea el punto de arranque para el cambio necesario de paradigma respecto al combate efectivo a la corrupción entre los servidores públicos, y entre ellos en su relación con los particulares.

En el caso específico de Tenorio Vasconcelos —y de otros ex servidores públicos de la administración de Gabino Cué que son señalados por corrupción—, lo que debe ocurrir es que continúen las investigaciones no sólo respecto a los delitos por los que ya se encuentra en prisión, sino por otros que en algún punto sí podrían llevar al aseguramiento de sus bienes, como parte de las investigaciones. En esa lógica, tendría que haber procesos penales por delitos como enriquecimiento ilícito, peculado y operaciones con recursos de procedencia ilícita, porque a simple vista se aprecia que del desempeño de varios funcionarios podrían desprenderse conductas penadas por la ley.

¿Qué se necesita? Que la sociedad continúe exigiéndole a la autoridad, no sólo estatal sino también federal, que investigue a fondo el desempeño, el patrimonio, la situación financiera y el estado actual de los bienes y patrimonio de esas personas que son señaladas de corrupción.

En el fondo, la presión social fue el punto de inicio de las investigaciones que llevaron a caer a Duarte, a Roberto Borge y a varios de los gobernadores que se encuentran en prisión, y que si no hubiera tenido como causa la reprobación ciudadana —ya sea en términos de opinión pública expresada en encuestas, o en términos de electorado expresado en las urnas— seguramente todos esos ex gobernadores ahora procesados y en prisión, no sólo seguirían en libertad, sino que serían el ejemplo de impunidad del nuevo régimen. Obligadamente, el gobierno federal y los estatales se han decidido a investigar el pasado en la función pública. Eso mismo debería ocurrir en Oaxaca.

¿CAMBIOS EN LA CONSEJERÍA?

Desde el sábado se hablaba del posible cambio en la Consejería Jurídica del Poder Ejecutivo, el cual independientemente de que se confirme o no, es muy necesario. Ha quedado claro que el actual Consejero Ángel Alejo Torres, ha generado más problemas de los que ha resuelto, y que su último traspié fue en el veto que aplicaron a una porción de la recién aprobada ley electoral, cuando el problema pudo haberse resuelto a través de otras vías que la misma ley contempla y permite, y no a través de esa reprobación entre poderes que fue muy mal recibida en el Congreso, y que ocasionó ruidos en temas delicados como la elección de los fiscales especializados, la semana pasada.

Voto nulo: encrucijada para la democracia

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+ Ciudadanía: ¿quiénes son sus adversarios?


El convencimiento sobre el voto nulo en muchos ciudadanos, representa una de las principales encrucijadas de nuestra democracia. Aunque todos llaman al voto razonado —partidos, candidatos, grupos políticos, el gobierno y hasta las instituciones garantes de la justicia y los procesos electorales—, hay muchos que se dicen convencidos de que ninguna de las opciones partidistas representa sus aspiraciones e ideología personales, y por esa razón asumen con una convicción el hecho de que sí acudirán a las urnas, pero que esto será para anular su voto. ¿De verdad el voto nulo es lo que parece?

En efecto, la pregunta parece ociosa pero es todo lo contrario. De hecho, el convencimiento sobre el voto nulo ya no es sólo una decisión ciudadana de rebeldía y rechazo a las pobres opciones políticas existentes, sino que hoy se ha convertido también —no en todos los casos— en una especie de postura políticamente correcta de quien no quiere asumir la parte de responsabilidad que le corresponde, o de quien simplemente pretende imitar a aquel que razonadamente sí decidió que ninguna de las opciones existentes concuerda con sus aspiraciones, y que por esa razón no tiene más opción que la del voto nulo. Hoy, una de las lecciones que deja la elección en el Estado de México, en la que hubo más votos nulos que los que marcan la diferencia entre los candidatos Delfina Gómez Álvarez de Morena, y Alfredo del Mazo, del PRI, así lo constatan.

En esa lógica, y asumiendo el tema de fondo más allá de la repetición de la “anécdota” –que ya debería ser un tema de preocupación porque se repite insistentemente en cada proceso electoral, cada vez con mayor concentración en núcleos de población que parecieran ser ajenos a las posturas mediáticas sobre el voto nulo— es claro que la primera de las posturas señaladas en el párrafo anterior, es respetable desde todos los ángulos.

Hay miles de personas que, teniendo información y claridad sobre sus aspiraciones e ideas políticas, llegan a la conclusión de que ninguna de las opciones electorales (partidos y candidatos) cumple con las condiciones mínimas para que éste le otorgue su voto, y por consecuencia asume que el voto nulo es un derecho político implícito que ejerce, aunque esto signifique que su sufragio termine en un limbo jurídico y político, que si bien tiene cierto tufo a inconformidad, en realidad se pierde en la indeterminación y en la inseguridad de lo que se queda como simplemente inexistente.

Junto a ese grupo se quedan los imitadores. Éstos, lejos de la convicción o de cierto razonamiento, únicamente se deciden al voto nulo como una forma de adherirse a una imitación que busca colocarse en el ámbito de lo políticamente correcto, pero sin realmente estar convencido o sin verdaderamente haber llegado a conclusiones propias y coherentes sobre lo que deben hacer aquellos que dicen no estar convencidos con ninguna opción política, aunque en realidad no hayan revisado ni analizado los programas de gobierno propuestos, los discursos de los candidatos, sus antecedentes y, sobre todo, la diferencia entre lo que dice ser, y lo que es, cada uno de los candidatos propuestos por los partidos políticos.

No obstante todo lo anterior, el fondo común es el mismo: éste es, que existe una porción de población que llega a las urnas sin una definición política clara, y que esa indefinición se traduce en la anulación del voto. Aunque ciertamente eso expresa inconformidad, y es una forma permitida para manifestar el sentir político de un ciudadano, lo cierto es que jurídica, política y hasta moralmente el voto nulo no tiene ningún camino.

Ciertamente aparece como una franja más en la agrupación de los resultados electorales. Pero al final, eso no alcanza a conminar a nadie (partidos, candidatos, gobiernos, facciones políticas y demás) a modificar las prácticas políticas que llevan a cabo, a abrir más la participación política a todos los ciudadanos, o cuando menos a modificar la forma en que se presentan ante la sociedad, en que defienden —o dicen defender— una ideología, o en que demuestran congruencia entre lo que dicen y lo que hacen.

CULPA DE TODOS

Es cierto que, en alguna medida, una propagación no razonada del voto nulo produce efectos negativos en la democracia. Pero también lo es, que los partidos y sus candidatos, han hecho poco para generar una nueva imagen y relación de credibilidad con los votantes más preparados. Al final, parece claro que a los partidos no les conviene que continúe habiendo voto nulo, pero sólo en la misma medida que tampoco les conviene soltar o flexibilizar el monopolio del acceso al poder al que tienen sometido al sistema político, al poder público y a los ciudadanos.

Pues resulta que los partidos y sus candidatos, son en buena medida responsables de esa falta de apego y credibilidad entre los ciudadanos. Aunque todos dicen defender ideologías y plataformas políticas claras y definidas, lo cierto es que éstas sólo se encuentran asentadas en los documentos partidarios de las fuerzas políticas que los postulan.

En ninguno de los casos existe congruencia entre los discursos y las posturas reales que asumen los abanderados, con lo que está asentado en los documentos básicos de los partidos que los postulan, o en los temas en los que verdaderamente debieran generar diferencias para marcar su ideología política de derecha, centro o izquierda, y deliberadamente no lo hacen.

Y, de hecho, en los últimos tiempos temas como el de la galopante corrupción de la mitad de los gobernadores del país; la oscuridad en la que se desarrollan los procesos electorales —en los que cada vez intervienen más galopantes masas de dinero público provenientes lo mismo de las arcas estatales que de las federales, y qué decir de las municipales—; la falta de compromiso de los gobernantes con sus electores; la creciente mala fama que tienen los legisladores por su voracidad y su incapacidad para frenar su avidez económica; y tantos otros temas, hacen evidente la sensación de que defender de forma ordenada la democracia representativa representada a través de la fuerza del voto, es poco útil como un verdadero agente de cambio.

Al final, parece claro que en el juego de espejos que es la democracia mexicana existen muy pocos alicientes para un cambio de fondo. En realidad, son también pocas las señales porque en realidad no hay manera de que —al menos en el corto plazo— cambien mucho las variables del juego democrático. Más bien, lo que vemos son concentraciones muy propias de la partidocracia, en las que busca la inmunidad a través de métodos de autoprotección. ¿Quién, desde los partidos, ha cuestionado no sólo las prácticas, sino el fondo de la ilegitimidad que hoy tienen quienes resultan electos, a partir de la fragmentación del voto y la propalación del voto nulo? Ese es un tema de fondo que debiera ser discutido de inmediato, pero que no ocurrirá mientras siga reinando la oligarquía partidaria.

INCREDULIDAD

Al final, el voto nulo es inocuo. Sin embargo, su ejercicio debe provenir de un razonamiento personal y honesto, y no como un mero acto de imitación. En otros momentos, algunos grupos se han manifestado públicamente a través de expresiones como el Movimiento #YoSoy132, que en su momento aparentó querer cambiar la forma de hacer política. Pero otros, silenciosamente buscarán cambios a través de otras formas menos estruendosas. Queda claro que hasta ahora el voto nulo no ha una opción razonada, y más bien ha resultado ser un mero abono al limbo político en el que irremediablemente quedan depositados esos sufragios.

UABJO: la ‘familia real’ dice unificar sembrando aún más enconos

Marcha

+ Lucha entre facciones, convertida en una feroz guerra por la división


Resulta una paradoja que dos de los tres grupos que hoy se encuentran confrontados al interior de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, en el conflicto que hace eco en la Facultad de Derecho, quieran una solución pacífica de mediano plazo, y que sólo sea uno el que siga apostando a la división y al encono. A estas alturas ya no son ni la Rectoría ni la disidencia los que alimentan la crisis, sino únicamente la llamada “familia real” que se resiste a perder su último coto de poder. La clave, para ellos, es la división. Sólo que muy probablemente en este caso no lo lograrán.

En efecto, ayer un grupo de catedráticos y alumnos realizaron una deslucida marcha del Monumento a don Benito Juárez, en la carretera internacional 190, hacia Ciudad Administrativa. El motivo de la manifestación era exigirle a las autoridades el desalojo de la disidencia de la Facultad de Derecho, que mantiene en su poder el Edificio Central Universitario desde el mes de noviembre del año pasado, y justificaban la manifestación en supuestas violaciones al derecho a la educación de los universitarios, a las irregularidades que se han generado desde que ocurrió la elección en cuanto a los trámites administrativos de alumnos y profesores y, en general, diversas razones que resultarían muy poco asequibles frente a la dimensión del problema de fondo de esa Facultad, y de la Universidad en general.

¿Quién alentó esta manifestación? Queda claro que no lo hizo la Rectoría de la Universidad, pues ésta ha sido la primera interesada en no ahondar más la división que ya existe al interior de la Facultad. De hecho, en los últimos meses, el rector Eduardo Bautista Martínez se ha pronunciado por establecer mecanismos provisionales que permitan la convivencia de los dos grupos al interior de la Facultad de Derecho, sin que la división se profundice al grado de la división en dos facultades distintas.

En esa misma lógica, es claro que tampoco lo hizo el grupo que encabeza el ex candidato a director Miguel Ángel Ramírez, ya que independientemente de la forma en la que lo lograron, ellos son quienes se han mantenido al interior del Edificio Central Universitario, y lo han hecho con una plantilla de alumnos y profesores que ha ido creciendo, a partir de la voluntad de no alimentar la división y simplemente acudir a dar o recibir clase como lo haría cualquier universitario. Ese grupo se ha manifestado de manera regular, pero hasta el momento no ha protagonizado ningún hecho que sugiriera que ellos pretenden poner en riesgo su permanencia, o que intentan presionar de más a la Rectoría para que les cumpla la exigencia de reconocer una nueva Facultad de Derecho.

¿Por qué esto último no ha ocurrido? Porque a unos y a otros les queda claro que la exigencia de fondo, y lo que en el corto o mediano plazo deben lograr, es la salida de Miguel Ángel Vásquez de la Dirección de la Facultad, porque éste —y el grupo que aún lo apuntala— es quien representa el verdadero factor de división al interior de la Facultad, el cual ha sido exactamente el mismo que ha llevado a la división a otras escuelas y facultades, cuando los intereses del grupo no concuerdan con la verdadera voluntad universitaria reflejada en la existencia de diversos actores y grupos que pretenden acceder a espacios de dirección o de relevancia política.

ALIENTO A LA DIVISIÓN

Evidentemente, el grupo que impulsó la deslucida manifestación de ayer es el del ex rector Abraham Martínez Alavés, cabeza de la llamada ‘familia real’, quien con maniobras de ese tipo pretende alimentar el encono que verdaderamente atice la división de las facultades. ¿Qué busca?

Básicamente, busca dividir las facultades —incluso a costa del reconocimiento de una nueva escuela de derecho con sede en el Edificio Central— porque eso significaría la consolidación y permanencia de su actual director en la Facultad ubicada en Ciudad Universitaria; y, en su lógica, también le permitiría la preservación de la clientela que, según él, mayoritariamente sigue inscrita y tomando clases en esa Facultad, y es partidaria de su causa política.

En realidad, esa es una maniobra ya conocida de Abraham Martínez para no perder el control de los espacios a partir de la generación de climas enrarecidos en las escuelas universitarias. Algo similar ocurrió cuando dividió, por ejemplo, las escuelas de Enfermería y de Ciencias, para tratar de arrinconar a sus disidentes a partir del poder que entonces ejercía por medio de su hijo, el ahora también ex rector Eduardo Martínez Helmes. En uno y otro caso, fue él mismo quien sugirió y alentó la división de las escuelas, llegando incluso al extremo de construir un muro que hoy divide en partes más o menos similares el edificio de la Escuela de Ciencias, también en Ciudad Universitaria.

Sin embargo, en el caso de la Facultad de Derecho, la ‘familia real’ parece no tener los insumos suficientes para consumar la división de las facultades, a partir de algunos factores que no son desconocidos para nadie: el propio rector Bautista Martínez ha impulsado el proceso de normalización administrativa de trámites e inscripciones para todos los alumnos; y los universitarios que continúan apoyando el movimiento que tiene su sede en el Edificio Central Universitario, han ido asumiendo que esa es una vía posible para mantenerse en la búsqueda de su objetivo de fondo, que radica mucho más en la salida de Miguel Ángel Vásquez como prerrequisito para la normalización de la vida universitaria, que en el hecho mismo de fundar una nueva Facultad.

En todo eso, hoy queda claro que la ‘familia real’ no tiene la fuerza suficiente para hacer más de lo que está haciendo ahora mismo. Ya no tiene el sustento que necesita para poder dar el manotazo final que terminara con el conflicto; carece también del respaldo de los grupos más identificados con la academia y las labores verdaderamente universitarias; le está pesando como grillete la estela de corrupción dejada por el ex rector Eduardo Martínez Helmes —y sus socios que hoy son bien conocidos por sus despachos de manejo de outsourcing, tales como uno de apellidos Pérez Aquino—; ya no puede ocultar ni justificar el hecho de que hoy sus únicas alianzas son con grupos porriles; y, por si fuera poco, hoy la ‘familia real’ está también dividida porque Eduardo Martínez ha sido fustigado públicamente por el propio Abraham, que lo tacha de traidor al no ceñirse incondicionalmente a sus mandatos.

¿Qué ocurre en realidad? Que vemos el periodo final de un grupo que aún patalea para mantenerse en pie. Abraham Martínez pretende mantener sus reales en la Facultad de Derecho al costo que sea; sigue sin considerar que le está haciendo un daño muy profundo a la Universidad, que no aguantará mucho tiempo más antes de estallar por el fomento al encono y la inestabilidad que generan rounds de sombra como el de ayer. ¿De verdad le apuesta a que haya más violencia? ¿Heridos? ¿Muertos? ¿Una universidad hecha trizas? De hecho, ya lo está. Pero ni así Abraham Martínez está conforme.

GOBERNABILIDAD, ¿PENDIENTE?

La urgencia de los problemas de gobernabilidad en la entidad, no deben aplastar las medidas de solución de fondo. Ante el crecimiento exponencial de los conflictos, ¿ya se preguntaron en el gobierno estatal si esa es la Secretaría General de Gobierno que Oaxaca necesita? No se trata de quién es, o debe ser, el Titular, sino del modelo de Secretaría que tenga capacidad de enfrentar y resolver los problemas de la entidad, que hoy en la entidad no existe. Ese tendría que ser el tema de fondo. ¿Lo consideran?

La justicia sólo llegó a los gobernadores con presión y voluntad

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+ Sistema anticorrupción era innecesario para hacer valer la ley


Uno de los signos de nuestro tiempo, es la persecución judicial en contra de varios ex gobernadores. Eso, hasta hace muy poco tiempo, habría sido impensable, primero porque las gubernaturas significaban un eslabón más en el complejo mecanismo de premios y castigos políticos establecidos por el régimen de partido hegemónico; y luego del año 2000, porque los gobernadores se convirtieron, ante la falta de adecuación de todo el sistema a los nuevos tiempos de pluralidad, en pequeños señores feudales prácticamente no sujetos a ningún control. Hoy es una lista larga y creciente de ex gobernadores en problemas con la justicia. Pero lo paradójico es que eso ha ocurrido gracias a la presión ciudadana y la voluntad de quienes deben aplicar la ley, y no al cambio de normas.

En efecto, hace dos meses fue detenido en Guatemala el ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa; el pasado domingo fue aprehendido, en Panamá, el ex mandatario de Quintana Roo, Roberto Borge Angulo. Ambos son acusados de la comisión de diversos delitos relacionados con su gestión como mandatarios. Y ellos son, en realidad, parte de una lista ahora sí ya larga de ex gobernadores que tienen problemas con la justicia, y que la están debiendo enfrentar incluso con penas privativas de libertad.

Pues resulta que hoy en día, sumando a Borge, son ya ocho los ex gobernadores en prisión, a saber: los priistas Mario Villanueva Madrid y Roberto Borge Angulo, de Quintana Roo; Andrés Granier, de Tabasco; Jesús Reyna, de Michoacán, Flavino Ríos —que fue liberado con reservas hace apenas unos días— y Javier Duarte de Ochoa, de Veracruz, Tomás Yarrington Ruvalcaba de Tamaulipas; y el panista Guillermo Padrés, de Sonora.

Aunados a ellos, otros se encuentran sujetos a proceso bajo amparo: Luis Armando Reynoso, panista de Aguascalientes, y Rodrigo Medina, priista de Nuevo León. Investigados, cuatro: César Duarte, de Chihuahua (a quien ya se le libró una orden de aprehensión, por lo que hoy podría considerársele como prófugo de la justicia); Roberto Borge, de Quintana Roo; Fidel Herrera, de Veracruz, y Gabino Cué, de Oaxaca. Hay otro ex gobernador prófugo, además de César Duarte: Jorge Torres, de Coahuila; y otros dos que fueron dejados en libertad luego de ser investigados en México y Estados Unidos, respectivamente: Humberto Moreira, y Eugenio Hernández Flores.

La sola lista deja en claro que los problemas de corrupción entre los gobernadores hoy en día ya parecen endémicos, y que no bastaría más que con seguir investigando para hallar todavía a más gobernadores, o ex mandatarios estatales, en problemas con la justicia. En esa lógica, la caída de Borge, de Duarte; y la persecución a otros ex gobernadores, e incluso a un cúmulo interminable de ex funcionarios que ahora son perseguidos o procesados por la justicia —y ahí entra el ex titular de los Servicios de Salud de Oaxaca, Germán Tenorio Vasconcelos, que no se libra de esta situación— no es sino la respuesta obligada de la clase política que ahora intenta sobrevivir en ese ambiente podrido por la corrupción.

De hecho, en buena medida a través de eso se podría explicar la enorme incredulidad que hoy pesa sobre toda la clase política en general frente a la ciudadanía; podría también explicarse el hecho de que cada vez son menos quienes votan; y que las opciones políticas se polarizan y se atomizan. La razón de fondo de todo eso, parece radicar en el hecho de que la gente ve que la corrupción parece un fenómeno imparable, y que frente a ello el Estado intenta salvar lo más posible su credibilidad persiguiendo a quienes han sido algunos de los mayores exponentes —porque no son todos, ni son los únicos— de la corrupción en nuestro país en los últimos tiempos.

LA LEY NO CAMBIA; LAS PRESIONES, SÍ

En todo esto, hay algo que debemos considerar: esta inusitada ola de persecución a ex gobernadores y funcionarios acusados de haber cometido actos de corrupción, no ha pasado más que por un proceso de presiones ciudadanas y de voluntad obligada de las autoridades para aplicar la ley. El gran cambio que se espera a partir de la implementación del Sistema Nacional Anticorrupción, sigue siendo una interrogante. En el fondo, nadie sabe si todo ese entramado jurídico y legal va a funcionar. Pero lo que sí queda claro es que para comenzar a perseguir a los corruptos no ha hecho falta más que aplicar las leyes que ya existen.

Veamos. A Javier Duarte de Ochoa, por ejemplo, hoy lo procesa la justicia federal por la presunta comisión de delitos que van desde el peculado, hasta la realización de operaciones con recursos de procedencia ilícita, pasando por una lista muy larga de delitos ya existentes en las leyes federales mexicanas. ¿Qué faltó? Que hubiera la suficiente presión, y la suficiente voluntad de la autoridad, para realmente decidirse a investigar todas las operaciones realizadas por el ex Gobernador, y elegir entre algunas de sus conductas, para comenzar a investigarlo, hasta el punto de presentarlo ante la justicia.

Alguno muy similar ocurre con el caso de Borge. Éste no fue perseguido y aprehendido gracias a alguna norma de reciente creación, o al hecho de que la autoridad hubiera sido dotada de nuevas herramientas legales. No: lo único que tuvo que ocurrir es que hubiera —igual que en Veracruz— una alternancia de partidos en el poder estatal, así como una fuerte presión ciudadana relacionada con la exigencia de que los posibles delitos y quebrantos cometidos fueran investigados y sancionados, para que entonces se echara a andar el aparato de la justicia.

No puede decirse incluso que hay justicia politizada, o que se actúa por consigna, porque en realidad el poder público es quien más se ha resistido siquiera a pensar en esas investigaciones, pero lo ha tenido que hacer frente a la realidad de que la ciudadanía le exige cada día más un cambio de actitudes así como determinación para perseguir los delitos que se denuncian.

Por eso, para iniciar ese proceso de revisión a la actuación de los servidores públicos no ha sido necesaria la existencia de nuevas leyes o de nuevas instituciones. Con las ya existentes se ha logrado hacer bastante, y se tiene también la posibilidad de generar condiciones de moderación entre quienes hoy ejercen funciones públicas de primer nivel. Hoy, a todos los nuevos gobernadores, les debe ir quedando claro que sería prácticamente imposible incurrir en las prácticas de sus antecesores, porque hoy sólo por una cuestión legal, sino esencialmente por una cuestión de rechazo ciudadano, serían de inmediato señalados, y los órganos de justicia presionados, para hacer cumplir la ley.

El Sistema Nacional, y los Sistemas Estatales Anticorrupción siguen siendo una interrogante, que ciertamente ofrece algo de esperanza. No obstante, lo que tiene mayor valor es el hecho mismo de que la gente asuma su papel, y le exija a los servidores públicos cumplir con las funciones para las que fue electo sin sobrepasarse o incurrir en actos de corrupción. Es un buen comienzo, que debe seguir su curso hacia un Estado —ciudadanía, gobierno, orden jurídico— cada vez menos tolerante a la corrupción.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Ningún esfuerzo de colegiación o agrupación en el gremio periodístico, debiera ser desdeñado. Una de las razones por las que se abusa de un sector poblacional o social, radica justamente en su dispersión. Por eso, en este día vale reconocer el esfuerzo de quienes se unen para la defensa de sus derechos fundamentales. En Oaxaca hay esfuerzos muy loables como de la APO, la APIP, el Grupo Prensa Oaxaca, el Foro Nacional de Periodistas, el Sindicato de Redactores de la Prensa, y varios otros, que no sólo deben ser reconocidos sino impulsados para beneficio del gremio en momentos tan aciagos como los que actualmente vivimos.

Con la elección de Edomex se confirma el agotamiento del sistema actual

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+ Deben buscar vías alternas al modelo electoral y a la organización política


A pesar de los números, los triunfalismos y las resistencias, es claro que en la elección del Estado de México sólo hubo perdedores: perdieron los partidos, porque con la descarnada competencia sólo lograron demostrar la ineficacia de las complejas y costosas instituciones y las normas electorales que ellos mismos crearon; perdió el sistema político, porque de nuevo se constató la incapacidad actual para sobrellevar el modelo electoral y de gobierno bajo las condiciones actuales; y una vez más perdió el sistema representativo porque al margen de los “ganadores”, todos los nuevos gobernantes fueron electos por agobiantes minorías. Y sobra decir que también perdió la ciudadanía.

En efecto, en los comicios del Estado de México, Coahuila y Nayarit hubo un común denominador: la baja competitividad real de los candidatos ante el universo total de ciudadanos votantes, y la complicada forma de lograr una victoria en un ambiente polarizado y atomizado, en el que cada vez es más difícil creer en la legitimidad de los resultados, gracias al enorme abuso de las prácticas ilegales para influir en el resultado de la elección.

En esa lógica, habrá que repensar bajo qué lógica se intentará realizar la elección presidencial de 2018 a partir de varios modelos que, al mismo tiempo, están alarmantemente agotados. Uno de ellos, es el modelo de la democracia representativa bajo la lógica del voto universal, libre, secreto y directo como mecanismo de elección de las autoridades; otro, es el del modelo presidencial en sus condiciones actuales; uno más radica en el modelo sexenal bajo el cual gobiernan los presidentes y gobernadores en México; y uno más, es el identificado con la partidocracia, que se sigue revelando como el núcleo insaciable que no respeta los límites ni las normas que ellos mismos crearon para definir los procesos democráticos.

Ante todo ello, queda claro que el agotamiento del modelo es sistemático en México. Pareciera, pues, que todo el sistema camina bajo rieles llenos de inestabilidad y riesgos de descarrilamiento a partir de la resistencia a algunas formas que ya deberían estarse discutiendo. Una de ellas, por ejemplo, tendría que estar encaminada a revisar la actual inestabilidad de los gobiernos de minoría, que ha habido en México durante los últimos tres sexenios.

Pues resulta que esa, que es una característica básica de todo sistema presidencial, en México no ha logrado sino generar parálisis y problemas de gobernabilidad y civilidad entre las fuerzas políticas. Los últimos tres presidentes mexicanos han gobernado con Congresos que no tienen una mayoría definida —es decir, que son plurales—, y que aún teniendo una mayoría simple —como ha sido el caso de Peña Nieto en las dos Legislaturas de su gestión— son insuficientes para dotar de certidumbre al gobernante para llevar a cabo su programa de gobierno —en el caso de tenerlo.

En México tendría que haber una discusión sería no sólo con relación a la segunda vuelta electoral como un mecanismo de legitimación de los gobernantes, sino sobre todo respecto a la necesidad de normar y llevar a la práctica los gobiernos de coalición, incluso si con ello tuviera que virar el modelo hacia un sistema semi parlamentario en alguno de sus rasgos. ¿Por qué es importante esto?

Porque a diferencia de las coaliciones electorales —de las que hemos visto muchas en México, y que sabemos perfectamente que no sirven para nada más que para ganar elecciones, aunque después se conviertan en un caos y se vuelvan contraproducentes a los resultados esperados por la ciudadanía—, las coaliciones de gobierno implican el establecimiento de compromisos y programas por cumplir.

El mecanismo que falta por establecer en la Constitución —porque la figura de los gobiernos de coalición ya existe, aunque en un marco muy laxo aún— es el relativo a qué se gana o se pierde al cumplir o incumplir con los compromisos del gobierno de coalición. En los sistemas parlamentarios, la ruptura de un gobierno de coalición trae como consecuencia la pérdida de mayoría parlamentaria al gobernante, y el riesgo de tener que convocar a nuevas elecciones.

Sin embargo, por la naturaleza misma del sistema presidencial, el Presidente goza de estabilidad en el cargo independientemente de que tenga mayoría o minoría legislativa, incluso como ha sido el caso de los tres últimos presidentes mexicanos que han gobernado con congresos mayoritariamente opuestos a su causa política.

SISTEMA AGOTADO

Todo eso revela que podría estar agotado el modelo del sufragio directo para elegir gobernantes. Esto es, que para elegir sólo se vota una vez y no hay posibilidad de convalidación para que el gobernante asuma con una mayoría definida. Es tal el caso de la segunda vuelta.

No obstante, lo que ocurre en México —y que quedó claro con la elección del domingo— es que cada vez votan menos personas —en el caso del Estado de México la votación fue de alrededor del 62 por ciento del universo votante—, y que de ese número relativo de votos todavía son menos los que terminan eligiendo a un gobernante. Así, por ejemplo, Alfredo del Mazo fue electo con menos de tres de cada diez votos posibles en la entidad que ahora gobernará. Y lo que eso revela es que paulatinamente se van haciendo minorías más concentradas las que eligen a un gobernante, dejando tras de sí una estela natural de ilegitimidad y enojo entre la ciudadanía, porque fueron más los que en conjunto votaron en contra que quienes terminaron eligiendo al gobernante.

Esa situación hace que también esté agotado el modelo sexenal, que irremediablemente debería cambiar en el corto o mediano plazo, pero que es de lo que menos aguanta del actual modelo. Pues tanto en el caso de Fox, como de Calderón y hoy de Peña Nieto, queda claro que su ilegitimidad electoral de origen rápido se combina con el desgaste natural de su gobierno, y por eso llegan a las elecciones intermedias sólo a perder la escasa comodidad legislativa que pudieron tener —en el mejor de los casos— en la primera mitad de su gobierno.

A partir de entonces, los tres presidentes se han dedicado a ser casi cadáveres políticos que se dedican únicamente a sumar pasivos políticos, descrédito, inconformidad ciudadana y, lo más importante, incapacidad para seguir gobernando dentro de los márgenes aceptables. Por eso, en el caso más reciente, Peña Nieto lleva dos años pululando únicamente administrando la crisis de su gobierno. Y mientras no cambie el modelo, quien sea el Presidente seguirá padeciendo exactamente de los mismos problemas, porque a estas alturas queda claro que el problema no sólo es el gobernante —y sí, aceptémoslo, Peña Nieto ha sido un Presidente desastroso, incluso a pesar de que de sus dos últimos antecesores no se puede decir algo muy distinto— sino que sobre todo el problema es el modelo.

RELEGITIMAR LA DEMOCRACIA

Por eso, con seriedad habría que pensar en mecanismos alternos para relegitimar la democracia, que se sigue desgastando aceleradamente por la falta de moderación de los propios partidos. Los mecanismos ya existen. No se trata de descubrir el hilo negro. Sólo falta que exista la voluntad de la partidocracia para deponer su voracidad y prestarse al cambio urgente que necesita el poder público para renovar su viabilidad.

Germán Tenorio en prisión, sólo es la punta de la madeja

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+ Fue a prisión por voracidad y desaseo en función pública


 

 Si entendieron bien la información ofrecida por el secretario de la Contraloría y Transparencia Gubernamental, José Ángel Díaz Navarro, el sábado en el marco de la aprehensión en Guadalajara del ex secretario de Salud, Germán Tenorio Vasconcelos, varios de los funcionarios de la administración de Gabino Cué deben estar muy preocupados. Tenorio cayó en las manos de la justicia no sólo por los excesos cometidos durante su ejercicio como funcionario, sino por haber incurrido en ominosa forma de burlar la ley para obtener provecho. El hecho de que haya sido encarcelado por el delito de abuso de autoridad, no significa que no pueda haber nuevos procedimientos. Vale la pena analizarlo.

En efecto, es necesario releer algunas de las líneas dadas por el titular de la Contraloría, el sábado en la conferencia de prensa que ofreció junto con el fiscal General del Estado, Rubén Vasconcelos Méndez, en el marco de la detención de Tenorio en Guadalajara, esa misma mañana y su inmediato traslado a Oaxaca. Ahí, luego de explicar cómos e inició en general la ejecución de programas gubernamentales durante la administración pasada en diversas dependencias, Díaz Navarro dijo lo siguiente:

“Se revisó la totalidad de los programas y, en el caso de los Servicios de Salud del Estado, se detectaron expedientes sobre dotación de infraestructura sanitaria en las regiones más marginadas. Se advirtió que las obras no fueron realizadas y que dichas contrataciones se realizaron de manera irregular, tanto en su procedimiento administrativo, como en los límites del marco legal aplicable.

“Ante tal situación, se procedió a la ejecución de las fianzas que se constituyeron para garantizar su cumplimiento, advirtiendo en ese momento que se trataba de documentos falsos. Estas irregularidades, no hubieran ocurrido sin la participación –a través de conductas omisas- del ex funcionario, ahora detenido, que tenían la obligación legal de vigilarlas. (…) Las conductas descritas, constituyen por una parte maquinaciones encaminadas a defraudar al Estado, e involucran una serie de conductas por parte de servidores públicos que procuraron diversas acciones y con ello el desvío de recursos. El daño al Estado, no solo consiste en la pérdida económica, sino también el menoscabo en infraestructura que perjudica directamente a la sociedad y población en general.”

¿Por qué poner particular énfasis en esto? Porque lo que queda claro es que a Tenorio lo pudieron procesar —independientemente del asunto de los quebrantos financieros que propiamente deben estar determinados en las cuentas públicas, o que pueden incluso estar en vías de concretarse a través de la Auditoría Superior del Estado, y la federal— por haber incurrido en un asunto que fue, y ha sido, una práctica común entre los contratistas y el gobierno para poder ejecutar libremente obra pública y servicios aminorando costos para estirar las utilidades que luego sirven para los diezmos, las complicidades, los noches y, en general, la corrupción. Esto es, la falsificación de documentos, contratos y fianzas.

Según Díaz Navarro, dichos procedimientos —por abuso de autoridad— se iniciaron al haber establecido que había obras de infraestructura sanitaria existentes en documentos, pero que nunca se realizaron materialmente, y que al tratar de hacer valer las fianzas correspondientes, establecieron que éstas eran falsas.

De ser así, entonces no sería Tenorio el único procesado porque, evidentemente, tampoco sería el único involucrado en la realización de esa conducta, en la que debieron participar coordinadamente diversos funcionarios para poder brincarse el cumplimiento de diversos requisitos que la ley establece para la realización de obra pública, y luego para cobrar los anticipos, estimaciones y finiquitos de obras que sólo existieron documentalmente y que alguien les debió validar para poder realizar los pagos.

LA OBRA Y EL BOTÍN

En general, para la contratación de una obra con el gobierno, la Ley de Obra Pública y Servicios Relacionados de Oaxaca, exige en su artículo 37 que el contratista o constructor exhiba las siguientes garantías: I.- Cheque certificado o fianza por un valor que cubra la cantidad total del monto concedido, para garantizar los anticipos; II.- Cheque certificado o fianza por un importe del 10% del valor total de la obra, para garantizar el cumplimiento del contrato; y III.- Cheque certificado o fianza por un importe del 10% del valor total de la obra, para garantizar los vicios ocultos, por un periodo de doce meses contados a partir de la fecha de entrega de la obra.

Aunque éste es un requisito lógico y hasta un acto de responsabilidad, en Oaxaca ha sido una práctica muy reiterada que existan personas o agrupaciones que se dediquen a vender o “arrendar” los documentos necesarios para la contratación de una obra. Hay quienes “rentan” los documentos de constitución y fiscales de constructoras para que terceros contraten obra y la ejecuten; hay quienes venden pólizas de afianzadoras que en realidad son apócrifas pero que, al menos en apariencia, sirven para solventar ese requisito que deben cubrir ante las autoridades que los contratan por exigirlo así la ley de obra pública.

De hecho, cuando no existe “acuerdo” —complicidad— entre el constructor y el gobierno que lo contrata para la ejecución de una obra, corroborar la validez de una póliza emitida por una afianzadora es relativamente fácil. Pues ha sido tan reiterada la práctica de las pólizas apócrifas que todas las afianzadoras tienen líneas telefónicas directas para la verificación de las pólizas a través del número de folio y otras características. El problema, como en este caso, surge cuando sí hay acuerdo de complicidad entre la autoridad y el constructor, porque entonces uno integra el expediente técnico con documentos falsos, y el segundo lo valida, omitiendo deliberadamente corroborar la legalidad y vigencia de los documentos que recibe contra el pago del anticipo y las demás estimaciones sobre la ejecución de la obra.

Así, al ser esto lo que ocurre, queda claro que Germán Tenorio está en prisión por la realización de conductas ilícitas relacionadas con casos específicos de la contratación de obra pública relacionada con el área de la salud, de las que debió estar enterado y debió haber participado —como lo dijo el secretario Díaz Navarro el sábado—, independientemente de las investigaciones específicas sobre los quebrantos financieros de los Servicios de Salud de Oaxaca.

En todo esto, la pregunta que ahora deben estarse haciendo diversos ex funcionarios de diversas dependencias, y el temor que varios de ellos deben estar sintiendo, es por la posible reiteración y “normalización” de este tipo de prácticas, durante la administración de Gabino Cué para obtener algún tipo de provecho indebido.

LIMPIAR LA OBRA PÚBLICA

En el fondo, ninguna de estas son prácticas aisladas y, al contrario, son bien conocidas por todo aquel que se dedica a la obra pública en la entidad, y que conoce los entresijos y las complicidades que existen para evadir las obligaciones que impone la ley. Por eso, más bien el gobierno de Oaxaca hoy está explorando una nueva veta que le podría permitir poner ante la justicia a más ex funcionarios por este tipo de conductas, pero que también debería poner en capilla a particulares que a través de esas prácticas alientan los actos de corrupción. En este caso, es evidente que para que todo este haya ocurrido, eran necesarios tanto funcionarios como particulares que participaran de la corrupción, de los negocios, y ahora de las consecuencias.

Elecciones, lodazal a plena luz del día, que pone en entredicho a la democracia

 

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+ Estado de México, ejemplo negro de la descomposición de procesos electorales


Pasado mañana se realizarán los comicios en cuatro entidades de la República, pero la atención está puesta en el Estado de México, por varias razones. Una de ellas es porque en aquella entidad se juegan el futuro los dos principales bloques que el año próximo se disputarán la Presidencia de la República. Pero más a ras de suelo, otra razón por la que la elección mexiquense es el punto de referencia de los procesos electorales actuales es el nivel de confrontación e ilegalidad que han desplegado todos los partidos para tratar de ganar la elección. En el fondo, todos juntos parecen apostar a seguir desacreditando a la democracia como razón de fondo. Parece increíble, pero es cierto.

En efecto, la elección del Estado de México ha demostrado cómo los partidos, sus candidatos, y los grupos políticos que están detrás de ellos, siguen alcanzando nuevos límites en la tarea permanente de estirar las leyes y poner en entredicho a las autoridades electorales. En aquella entidad, los candidatos y partidos se han dicho y han hecho de todo, y no parece haber forma posible de frenar la carrera expansiva rumbo a la degradación de la legitimidad de todo el proceso electoral.

Pues resulta que así como en el terreno de la “alta política”, se han inmiscuido indiscriminadamente en el Estado de México los actores que el año próximo se jugarán la elección presidencial, en los estratos bajos han desplegado todo tipo de artimañas relacionadas con el clientelismo y la compra de votos, que se supone que son de los principales actos que se han tratado de combatir con las sucesivas leyes electorales y con el supuesto reforzamiento de las capacidades institucionales de las autoridades electorales. En términos generales, en la entidad mexiquense han hecho y se han dicho de todo, en un marco de impunidad que ya a estas alturas debiera resultar preocupante —aunque la realidad apunta a un peligroso proceso de normalización social de la ilegalidad en los procesos electorales.

En esa “alta política” resulta que están inmiscuidos, como si fueran los verdaderos candidatos, por un lado el presidente nacional del partido Movimiento de Regeneración Nacional, Andrés Manuel López Obrador; y por el otro, el presidente de la República —con toda la estructura del gobierno federal secundándolo—, Enrique Peña Nieto. Ambos, desde el inicio de la campaña mexiquense, han estado involucrados de tiempo completo tanto en las tareas de proselitismo disfrazado de otras acciones, como en señalamientos relacionados con sus prácticas indebidas, e indirectamente con las operaciones relacionadas con la compra y coacción del voto.

En esa lógica, resulta que a nadie —o por lo menos a la autoridad electoral, y tampoco a los electores, que no han demostrado denuedo para exigir legalidad— le ha llamado la atención el hecho de que sean los actores nacionales los principales protagonistas de la elección, a pesar de que en rigor ninguno de ellos debiera estar involucrado en las tareas proselitistas.

Pues por un lado, Andrés Manuel López Obrador no debiera estar tan metido en la campaña, porque no es él quien está compitiendo para la gubernatura, sino la candidata de su partido, Delfina Gómez Álvarez. Y el presidente Peña Nieto tampoco debería estar inmiscuido en la campaña porque él no es quien se supone que debería tener afanes de poder, ni siquiera para ubicar a su pariente en la gubernatura del Estado de México.

El problema es que uno y otro rompen todos los espacios de la equidad, e incluso del decoro. Andrés Manuel porque con su insistente presencia e injerencia en el proceso electoral, demuestra lo poco que respeta a la candidata de su partido, e incluso la ruta que seguiría de llegar ella a convertirse en la Gobernadora del Estado de México.

El caso del presidente Peña Nieto es todavía peor, no sólo porque ha maniobrado contra todo, y contra todos, para imponer a su pariente como candidato del PRI a la gubernatura de aquella entidad, sino porque pareciera que es él quien se quiere perpetuar en el gobierno estatal que sí disfrutó y donde sí se siente apreciado. Pareciera, pues, una especie de pequeño maximato pero en un esquema de degradación no sólo política sino también de las maniobras para conseguirlo.

DEGRADACIÓN TOTAL

La democracia, bien dicen, se construye de manera permanente. Sin embargo, pareciera que en México existe una competencia en sentido contrario. No tenemos una democracia madura ni sólida, sino acaso una que apenas si ha demostrado mantener al mínimo los márgenes de civilidad que han permitido las alternancias en la competencia democrática. Sin embargo, al mismo tiempo se revela una voluntad indeclinable por parte de todos los actores —individuos e instituciones— por socavar cualquiera de las bases democráticas con tal de ganar la siguiente elección.

Eso es lo que también se ve en el Estado de México más allá de las élites. Todos los partidos y candidatos se han dedicado a implementar y afinar las prácticas del clientelismo político, en la entidad con mayor población votante del país. Hoy, a pocas horas de la elección, son constantes y abundantes las acusaciones de compra, coacción y manipulación del voto. Los equipos de ingenieros y activistas electorales de todo el país, y de todos los partidos, se encuentran hoy en el Estado de México “operando” las posibilidades de triunfo a partir de la manipulación del voto.

Por eso, independientemente de quién gane y quién pierda la elección, ésta será cuestionada, su resultado será rechazado, y el Estado de México será el siguiente dolor de cabeza para la sociedad mexicana por su desaseo, su falta de legitimidad y sus interrogantes de fondo, aunque en realidad pocos acepten que de eso son ya corresponsables todos los partidos, todos los candidatos, todos los políticos y todos los operadores electorales que hoy mismo tienen al Estado de México como base de sus ambiciones y de sus prácticas de manipulación del voto.

Al final, esto significa un profundo daño a la democracia en un momento definitorio. Falta exactamente un año para la elección presidencial, y lo que vemos es la construcción de un enorme lodazal en el que todos juntos están chapaleando sin ningún pudor ni preocupación. Lo que veamos el lunes —al que no acepte el resultado; al que llame a la “civilidad” a pesar del cochinero; al que diga que todo fue legal; e incluso al que llame a la resistencia y/o a la ruptura— será apenas la segunda parte de esta carrera de degradación, que ahora vive apenas su primer episodio.

Lo que seguirá, es ver esas prácticas reproducidas y afinadas en la elección presidencial del año próximo, mientras nos sigamos preguntando si de verdad nuestra democracia aguantará no una tercera alternancia de partidos en el poder presidencial, sino la continuación de este proceso de degradación que ha llevado a la democracia mexicana a niveles de descrédito nunca antes imaginados para una estructura tan costosa y se supone que tan perfeccionada. Según los hechos, eso es lo único que ya está perfectamente claro.

OAXACA EN MÉXICO

¿Cuántos oaxaqueños habrá en la elección del Estado de México? Priistas, morenistas y perredistas, ya sabemos que hay bastantes, operando a todos los niveles en los inmensos y densamente poblados municipios mexiquenses. Lo que ya parece una broma es que incluso la Sección 22 hará presencia para “coberturar” la jornada electoral como observadores ciudadanos. Van a vigilar, en una de esas absurdas paradojas, que gane la candidata de Morena y su nueva aliada, la maestra Elba Esther Gordillo, que se supone que es adversaria histórica y moral de la Coordinadora. La congruencia, en su máxima expresión.

Esta ha sido la peor semana —en años— para Andrés Manuel López Obrador

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Andres Manuel Lopez Obrador

+ Su pelea con los medios, la exhibición de sus escándalos y la revelación de Eva


Es ya antigua aquella frase de que el peor enemigo de Andrés Manuel López Obrador, es él mismo. Quedó demostrado primero cuando en 2006 su soberbia lo llevó a menospreciar a sus adversarios durante el último tramo de la campaña presidencial, y terminó perdiendo por un margen apretado contra Felipe Calderón, que incluso cuando inició la campaña presidencial se encontraba en el tercer sitio de las preferencias electorales. Lo volvió a vivir seis años después cuando se evidenció en la denuncia anticipada de un fraude que nunca tuvo forma de comprobar; y parece estarse repitiendo la misma historia mientras emerge la podredumbre relacionada con el dinero que ejerce su partido, Morena, sus escándalos con la prensa, y las recientes revelaciones de su “recaudadora”, la diputada local de Veracruz, Eva Cadena.

En efecto, es ya parte de la historia reciente del país la forma en cómo Andrés Manuel construyó y afianzó su derrota en 2006. Quizá comenzó a destruirla desde el momento en que fue seducido por la soberbia del triunfo asegurado, que ya se veía concreto desde principios del año en comento. Ya ungido como candidato presidencial del PRD, Andrés Manuel se dedicó a menospreciar a sus oponentes y a arengar a la gente en sus mítines y encuentros con la militancia, como si con eso lograra generar los espacios para mantener su ventaja. Lejos de eso, actitudes como la de insultar no a Vicente Fox, sino al Presidente; resistirse a participar en los debates televisivos entre candidatos; y destellar soberbia en cada paso que daba, lo llevaron a no incrementar su base de votantes, lo cual finalmente resultó insostenible frente al milimétrico trabajo que hicieron sus adversarios para desacreditarlo y para imprimirle velocidad a sus propias campañas.

De hecho, pareciera que la cúspide de su soberbia quedó consolidada cuando, el 17 de marzo de 2006, López Obrador dijo justamente en el Puerto de Salina Cruz lo siguiente: “Pemex dejará de ser el ‘charrito que lo aguanta todo’”. Ahí, Andrés Manuel, candidato presidencial de la coalición Por el bien de todos volvió a arremeter contra el presidente Vicente Fox a quien llamó “chachalaca”.

Allí, López Obrador pidió el apoyo del pueblo, “de los trabajadores petroleros y de los técnicos” de la paraestatal para “limpiar a Pemex y al gobierno de la corrupción”. Y una vez más, se lanzó contra Fox al señalar: “Ya le tuve que decir; así, despacito porque yo no hablo de corrido; le dije: Cállate Cha-cha-la-ca, dice que no se puede, cómo no se va a poder, todo va a depender de que acabemos con la corrupción en el gobierno”.

¿Por qué la cúspide de la soberbia? Porque en ese momento López Obrador demostró ya no estar dispuesto ni siquiera a respetar al Presidente. Luego vino la cascada de demostraciones de soberbia y seguridad de ganar la elección, para finalmente perder por un margen escaso pero suficiente a juicio de la autoridad electoral. Cuando eso ocurrió, Andrés Manuel impulsó una nueva estrategia consistente en tratar de llevar el conflicto post electoral a las calles y de ahí comenzar una larga resistencia que, según vemos, aún no termina.

TRASPIÉS ACTUALES

Andrés Manuel nunca ha tenido una relación cordial con la prensa, pero nunca antes había peleado con representantes de los medios, al aire y en cadena nacional. La semana pasada, el periodista José Cárdenas decidió concluir de manera abrupta una entrevista que realizó a Andrés Manuel López Obrador en Radio Fórmula.

El desencuentro ocurrió cuando, luego de hablar de la agresión de la que fue objeto en Veracruz y de la que responsabilizó al gobernador Miguel Ángel Yunes, el comunicador cuestionó al presidente del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) por el presunto vínculo que sostendría con la ex lideresa sindical Elba Esther Gordillo. López Obrador pidió a Cárdenas no caer en calumnias.

–¿A ti no te mancha la alianza con la maestra Elba Esther Gordillo?, preguntó José Cárdenas.

-Ya no sigan calumniando ustedes, te lo digo con todo respeto, o sea, hagan un periodismo independiente distante del poder, cercano al pueblo y digan la verdad y esto es de manera afectuosa y cariñosa, dijo Andrés Manuel.

-¡Te agradezco las clases de periodismo Andrés Manuel!, ¡Lo que no te puedo agradecer son las acusaciones de calumniador, eso si no te lo puedo permitir, con todo respeto, como dices tú!, exclamó Cárdenas.

-Tómalo como quieras, sentenció, López Obrador.

¡Ah, no ya lo tomé Andrés Manuel! ¡y si quieres aquí terminamos la entrevista no hay nada más que hablar entre tu y yo!, dijo el conductor de Fórmula.

-Serénate, alcanzó a decir el dirigente de Morena.

-Yo creo que el público no merece que lo llenes de mentiras, ni de exageraciones, la que era la mafia del poder, ahora ya quedó santificada porque tú la bendijiste, yo narro pero tu te enojas y dices que soy un calumniador, ¡no se vale!”, indicó José Cárdenas.

Ante ello, López Obrador pidió al conductor seguir los pasos de los buenos periodistas de México, independientes, libres. Tras una despedida en la que ambos se enviaron un afectuosos saludo, Cárdenas concluyó con la frase: “¡Qué te vaya muy bien y si no te va bien, también!”.

Luego, en otra entrevista con la periodista Carmen Aristegui, Andrés Manuel también se refirió en términos de reproche a la información que ésta había dado sobre Miguel Ángel Yunes y la maestra Gordillo. Nuevamente, Andrés Manuel intentó generar un diálogo de ruptura que no fue seguido por la periodista, aunque a la distancia se notaba su molestia e incomodidad por la situación en la que se encontraba. Quizá, López Obrador esté intentando generar un ambiente antisistémico similar al del presidente estadounidense Donald Trump.

Pero aún con todo eso, faltaba más: durante las últimas semanas se fueron revelando videos en los que la diputada local de Veracruz, Eva Cadena, recibía fuertes sumas de dinero que, según, serían entregadas al mismo Andrés Manuel. Cuando ocurrieron las revelaciones, Cadena se vio obligada a callar, a asumir la responsabilidad por las revelaciones hechas, y a deslindar a Andrés Manuel. Quizá, como ella misma dice, porque la dejaron sola finalmente ayer decidió aclarar la versión y establecer algunas cuestiones que irremediablemente van a enlodar aún más a Morena y a López Obrador.

Cadena dijo que su ex partido, Morena, incurre en “financiamiento ilegal de campañas con recursos públicos del Congreso de Veracruz”. Hizo esa declaración, aunque no presentó pruebas al respecto. En conferencia de prensa, a cuatro días de las elecciones en cuatro estados del país, incluyendo Veracruz, Cadena señaló que Morena la abandonó, después de que aparecieran los videos, y que ese partido la ha usado para lavarse la cara.

“Mi partido, Morena, cuando más lo necesitaba me dejó sola; violaron mi presunción de inocencia, y violaron mis derechos políticos y humanos”, dijo Cadena. “Les preocupa mucho un tema que afecta a todos los partidos y está presente en todas las campañas: el dinero al margen de lo que establecen las reglas electorales”, agregó.

AMLO, EN EL LODO

A estas alturas ya nadie duda de la podredumbre que ronda la elección del Estado de México, que en este año es la reina de los procesos electorales. Sin embargo, de nuevo, ese cúmulo de señalamientos y de demostraciones de intolerancia y soberbia, parecen ser el inicio de la ruta de una nueva debacle para López Obrador orquestada, paradójicamente, en gran medida por él mismo.