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El Ejecutivo debe preocuparse por reglamentar los gobiernos de coalición en Oaxaca

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+ Después de 2018, AMH va a necesitar figuras alternas que estabilicen su gestión


En lugar de generarse desgaste inútil en temas de poca trascendencia en el Congreso local, el Ejecutivo del Estado debería estar ya trabajando de forma muy detallada y pormenorizada todo lo que se relaciona con los gobiernos de coalición en la Constitución local. Hasta ahora hay sólo rastros generales de esa figura en las leyes locales, pero no existe el desarrollo pormenorizado que ya debería haber, para evitar que después de 2018 el gobierno se tambalee ante la inestabilidad derivada de los resultados electorales. Este es un resultado ampliamente previsible. Y por eso, en lugar de perder tiempo en frivolidades, intereses personales, y errores, los asesores del Ejecutivo, y la bancada priista, deberían invertir su capital político en el perfeccionamiento de ciertas figuras que después le serían de gran utilidad.

En efecto, hay amplias posibilidades de que la elección concurrente de 2018 sea un desastre para el priismo en la entidad. las razones no se basan sólo en el trabajo político que pueda desarrollar el priismo local en los comicios donde se elegirán diputados locales, diputados federales, senadores y Presidente de la República, sino en los factores nacionales que ponen a Oaxaca como un semillero de votos de un partido distinto al que gobierno.

En esa lógica, es ampliamente sabido que el Movimiento de Regeneración Nacional se beneficia reiteradamente de los votos que le suma Andrés Manuel López Obrador, y que del 2006 a la fecha ha sido una constante que en las elecciones en las que el tabasqueño es candidato, en Oaxaca todos los resultados le terminan siendo favorables. Esa fue la inercia que en 2006 llevó a Gabino Cué a la Senaduría; que en 2012 llevó también a Benjamín Robles Montoya —cuando todavía AMLO militaba en el PRD— al triunfo, en ambos casos acompañado de nutridas bancadas en la cámara baja federal. Y por eso mismo, no hay una sola razón para no suponer que ocurra lo mismo en 2018, con la agravante —para el PRI— de que ahora habrá elecciones concurrentes.

Sí. en 2018 se renovarán las cámaras federales y la Presidencia de la República, pero también se elegirán diputados locales. La LXIII Legislatura, de transición, sólo durará dos años. Y, en esa lógica, lo que resulta más relevante es que ese resultado electoral local, quedará en buena medida anclado a lo que ocurra en la contienda presidencial, y a cómo se desenvuelvan las campañas para las diputaciones federales y las senadurías.

Ello agrega ingredientes importantes de incertidumbre para el régimen estatal, que ya probó sus capacidades de triunfo, pero que no se ha enfrentado a la variable de tener ante sí una elección concurrente en la que son otros los factores, las inercias y las efervescencias entre los electores, que generalmente se animan más a salir a votar y eso hace los resultados mucho más inciertos en lo que corresponde a los factores locales.

En esa lógica, ¿el gobierno estatal ya tiene al menos lecturas y proyecciones preliminares del 2018? Porque para efectos del Gobernador, es claro que sí puede haber un gobierno con minoría legislativa; pero es también claro que esto se convierte en una pesadilla ante la imposibilidad de construir acuerdos con una mayoría parlamentaria que le es adversa. Por esa razón, si 2018 será un año en el que López Obrador y Morena pudieran avanzar en Oaxaca, lo lógico sería también suponer que en esa inercia se llevarían muchos triunfos en las diputaciones locales, dado el respaldo popular que tiene el tabasqueño en nuestra entidad, y la ausencia en general del voto diferenciado.

En ese escenario, ¿el gobernador Alejandro Murat está preparado para gobernar con minoría legislativa a partir del tercer año de su gobierno? ¿Qué alternativas de gobierno está construyendo, en la política y en la ley, para encarar un escenario en el que no necesariamente cuente con la cómoda mayoría de su partido en el Congreso local?

Los escenarios de 2018 sólo auguran adversidades para el PRI en la entidad. Queda claro que en comicios federales, Oaxaca sigue siendo obradorista, y que el PRI no tendrá ningún candidato fuerte —ni el presidencial, porque quien resulte electo por el PRI de todos modos no tendrá ninguna conexión con Oaxaca; ni tampoco en las diputaciones federales y senadurías, como para asegurarle un equilibrio a AMLO y a quienes ponga de candidatos—. Por esa razón, sería más importante que nunca construir el andamiaje para los gobiernos de coalición, incluso —como se dice coloquialmente— vendándose el dedo antes de provocarse la herida.

BANCADA PERDIDA

Es muy lamentable que la fracción parlamentaria del PRI, que encabeza la diputada María de las Nieves García Fernández, tenga tantos problemas en el control de los temas que lleva a la arena legislativa. Hasta ahora, se han encargado de discutir temas en realidad poco trascendentes, y han perdido tiempo y capital político muy valioso en la corrección de los errores que cometieron quienes confeccionaron la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo, y lo hicieron mal.

Desperdiciar su fuerza menguante, discutiendo temas como el de Cortv, o el de un reglamento ecológico que por ignorancia, descuido o mala intención derogaron, es reflejo de que no tienen claras las prioridades no de algunos funcionarios, sino del gobierno para el que trabajan, del que todos dependen, y a los que todos necesitan que le vaya bien.

Todas esas, en realidad, han sido discusiones bizantinas que han surgido inopinadamente, y que se han convertido en problemas que nunca debieron existir. ¿Qué nunca se preguntaron no qué estructura quería el entonces Gobernador electo, sino qué estructura orgánica necesitaba su régimen? ¿Nunca entendieron que la estructura gubernamental debió haber sido resuelta antes del 1 de diciembre? ¿Siguen sin entender que lo que ahora inviertan en tiempo y capital político para resolver caprichos, será proporcional a su inmovilidad e incapacidad de interlocución posterior?

El mejor ejemplo de que no están discutiendo ni lo importante ni lo urgente, es el olvido en el que tienen a la figura del gobierno de coalición. ¿No entienden también, que lo más seguro es que el PRI pierda la mayoría legislativa en la LXIV Legislatura, y entonces el gobernador Murat tendrá que optar por un gobierno de coalición para poder mantener la estabilidad de su régimen e involucrar a algunas de las fuerzas de oposición en un esquema común de trabajo, para asegurar cuando menos las mayorías indispensables para poder gobernar?

En la actualidad existen sólo dos enunciados referentes al gobierno de coalición en la Constitución del Estado (artículo 59, fracción LXVIII y artículo 79, fracción XXVI), pero sin ningún tipo de desarrollo operativo, para hacer funcional dicha figura. Y si dentro de poco tiempo el Ejecutivo se ve en la necesidad de optar por dicha figura, se encontrará con una serie de problemas relacionados con la falta de reglamentación precisa, que habrá ocurrido por la enorme indolencia de la bancada priista de la Legislatura actual, que está empeñada en mantenerse en discusiones retóricas e ignorar los asuntos que serán previsiblemente importantes en un mediano plazo que está más cerca que nunca.

OPACIDAD

Otro de los temas que la Legislatura local tendría que discutir con cierta congruencia, es la profunda opacidad en la que desarrollan sus funciones tanto la parte legislativa, como la administración del Congreso. ¿Cuánto tiempo más habrá que esperar para que al menos funcione su portal de transparencia, o en general la deprimente página web del Congreso?

México no está preparado para recibir ni a los deportados mexicanos

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+ Deportaciones, un problema ante desinterés de 3 órdenes de gobierno


A pesar de que podría estar a punto de estallar una crisis humanitaria en México tanto por la transmigración, como por las deportaciones masivas desde los Estados Unidos, nadie en el gobierno federal, y los estatales y municipales del país, ha reconocido la importancia de tomar medidas para enfrentar los efectos devastadores de la nueva política migratoria estadounidense. Resulta que este ya no es sólo un problema de los estados del sur por el cierre de la frontera, sino que podría resultar un problema nacional por la previsión estadounidense de deportar a todos los ilegales a México, independientemente de si éstos son no de nacionalidad mexicana.

En efecto, esta semana algunos medios de información estadounidenses dieron a conocer que el gobierno de Donald Trump quiere deportar a México a inmigrantes que hayan cruzado de forma ilegal la frontera sur de Estados Unidos, sea cual sea su nacionalidad. De acuerdo con quienes dieron a conocer la información, en circulares del Departamento de Seguridad Interior para ejecutar las órdenes ejecutivas de Trump, se establece que las autoridades de Estados Unidos tienen la facultad de regresar a los inmigrantes indocumentados al país o “territorio contiguo” por el que llegaron.

Miles de inmigrantes centroamericanos llegan a Estados Unidos a través de territorio mexicano. En Guatemala, sin embargo, el secretario de Seguridad, John Kelly, descartó este miércoles que hayan deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados en su país, pero ratificó la construcción de un muro para reforzar la vigilancia en la frontera con México. La directriz de Trump, apunta la agencia independiente ProPublica, “podría llevar a los Estados Unidos a deportar a México a cientos de miles de guatemaltecos, hondureños, salvadoreños, brasileños, ecuatorianos e inclusive haitianos”.

En los documentos del Departamento de Seguridad Interior se establece que la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) de Estados Unidos y el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), en la medida en que sea “apropiado” y “razonablemente factible”, enviarán a los extranjeros indocumentados al territorio del país contiguo extranjero desde el cual llegaron, en espera de los procedimientos de remoción pendientes. Es decir,  los inmigrantes tendrán que esperar en México, y no en Estados Unidos, a que se defina su situación migratoria, si se les otorga asilo o persiste la deportación.

Frente a la magnitud del problema, el gobierno mexicano ha rechazado frontalmente esa posibilidad, aunque en diversas opiniones especializadas existe la preocupación de que de todos modos el gobierno estadounidense pueda implementar este tipo de medidas, para luego obligar, primero, al gobierno mexicano a recibir a los deportados como una cuestión humanitaria independientemente de su origen; y segundo, para que México entre en un proceso litigioso para defender su postura de sólo recibir a los deportados mexicanos pero no a los de otras nacionalidades. El problema es que, en cualquiera de los casos, de todos modos enfrentaría una llegada masiva de personas deportadas que, independientemente de su condición, necesitarían ayuda humanitaria para sobrevivir en lo que resuelven si situación jurídica ya sea para permanecer en México, para regresar a los Estados Unidos, o para ser repatriado a su país de origen.

PROBLEMA EN DOS FRENTES

La semana pasada apuntábamos en esta misma columna la parte que ya era desde entonces visible de la nueva política fronteriza de los Estados Unidos. Es decir, que el posible cierre de la frontera norte no frenará la transmigración que proviene desde el sur de México, pero sí provocará que cada vez más personas se queden aquí, y necesiten las provisiones mínimas para subsistir. Tijuana vive hoy un problema importante, aunque contextualmente distinto, con la migración proveniente de Haití. Pero nada indica que algo similar no pueda ocurrir en entidades como la nuestra a partir del endurecimiento de las políticas migratorias de los Estados Unidos. Y nos preguntábamos: ¿están conscientes de ello? Pues tal parece que no hay conciencia, o el suficiente trabajo, para reflejarlo no nada más en Oaxaca, sino en todas las entidades del país que padecen de las consecuencias de los fenómenos migratorios.

En ese contexto, en Oaxaca, por ejemplo, el fenómeno migratorio era visto únicamente en la zona del Istmo de Tehuantepec, desde Chahuites hasta Ixtepec, y marginalmente en ciudades como Juchitán y Tehuantepec, porque la intención de los transmigrantes nunca ha sido la de quedarse en México; y, sin embargo, en los últimos años se ha notado un enorme incremento de personas provenientes de Centroamérica en poblaciones y ciudades de Oaxaca que tradicionalmente no eran parte de la ruta del migrante, y que incluso en la capital hoy ya es común ver indigencia o trabajo informal de personas que abiertamente se presentan como transmigrantes que tienen dificultades para continuar su viaje.

En ese contexto —apuntábamos en nuestra entrega del 15 de febrero—, ¿el gobierno de Oaxaca estará claro que no puede continuar con su política de atención al migrante, sólo en la vertiente de los oaxaqueños que se encuentran en los Estados Unidos, sino que también debe voltear a la transmigración de paso; y ahora, además, quizá también contribuir en algo al problema que podría sobrevenir por los abusos de la Patrulla Fronteriza, deportando a todos los indocumentados a México independientemente de su nacionalidad?

Al final, se puede argumentar que la migración es un asunto de competencia federal o que no es algo tan grave como para voltear la mirada. Sin embargo, es también cierto que hoy varias ciudades de la región del Istmo viven problemas de seguridad importantes derivados de la transmigración; y que en ciudades como la capital de Oaxaca hoy se ven por doquier a migrantes en la mendicidad y el abandono, que hasta hace poco no era una escena cotidiana.

Esa misma interrogante tendrían que hacerse todas las demás entidades del país en las que hay fenómenos migratorios y que sistemáticamente se han resistido a reconocer la magnitud del problema. Hoy ya no sólo enfrentarían las consecuencias de lo que llega del sur, y de los paisanos que se van hacia los Estados Unidos, sino que el abanico de riesgos se amplía de manera importantísima con los amagues estadounidenses sobre las deportaciones. México, en sus tres ámbitos de gobierno, evidentemente no está preparado para enfrentar una situación de esa magnitud, y ello podría generar una crisis que hasta ahora ni siquiera hemos imaginado.

DOBLE MORAL

Es cierto que la primera fase debe ser la defensa y el establecimiento de posturas que rechacen la sola consideración de esa posibilidad. Sin embargo, ha quedado claro que el gobierno de Donald Trump no ha tenido ambages, ni los tendrá, en aplicar medidas de fuerza independientemente de cuál sea el resultado fuera de sus fronteras. Sea o no propio, este problema debe ser abordado con la mayor seriedad también como un acto de justicia frente a la doble moral mexicana con la que largamente ha exigido respeto para los paisanos en los Estados Unidos, pero con la que también ha permitido que el paso por México de los transmigrantes centro y sudamericanos, sea uno de los peores infiernos que uno pudiera imaginar.

Los estados son beneficiarios directos del IEPS a combustibles; ¿Por qué callan?

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+ Hasta ahora han buscado posturas políticamente correctas, que sólo los debilitan


Hasta ahora, los gobiernos de los estados de la República han evitado a toda costa involucrarse en la discusión sobre los llamados gasolinazos. Esta es una pésima estrategia que sólo revela la incapacidad de los gobernadores de comprender que problemas como el de los combustibles y sus impuestos, son compartidos por el gobierno federal y las entidades federativas. Han evitado involucrarse en la discusión para no pagar costos políticos. Sin embargo, continuar con esa estrategia sólo llevará a las finanzas de los estados a ser quienes carguen con la mayor parte del costo por una solución populista como la eliminación del IEPS a la gasolina y el diesel.

En efecto, el 2017 comenzó con un amargo sabor de boca por la decisión anunciada por el gobierno federal de eliminar el subsidio a los combustibles que consumimos todos los mexicanos, e iniciar el proceso de liberación del precio a los costos del mercado. Con el solo anuncio, en la última semana de diciembre, vino también la noticia de que al iniciar el año los combustibles incrementarían su precio final por lo menos en un 20 por ciento. Esto provocó un profundo malestar en la ciudadanía, que en el mes anterior se reflejó en innumerables protestas a lo largo del país —junto con actos vandálicos que aparentemente se derivaron del mal humor social—, y que incluso en la actualidad todavía tiene a algunos sectores inconformes y manifestándose periódicamente.

Frente al panorama, el gobierno federal dijo que sólo tenía dos opciones, y que se había decidido a favor de la menos costosa socialmente hablando. Dijo que una de las posibilidades era mantener los subsidios a los combustibles, pero a costa de recortar programas sociales, y el funcionamiento de servicios públicos básicos como la salud, educación o la inversión en infraestructura y obra pública.

La otra opción, que fue la que finalmente tomó el gobierno federal, consistía en eliminar los subsidios y el precio controlado —con el que el gobierno podía ganar si compraba la gasolina más barata del precio fijado, pero que también le podía significar una enorme sangría si el precio de mercado se incrementaba y la diferencia en contra tuviera que pagarse con dinero público para respetar el precio controlado— para pasar gradualmente a un esquema en el que el mercado fijara el precio de la gasolina y el diesel. En esto, el costo a pagar no sería en recortes presupuestales, sino en la aceptación e imagen del gobierno federal y el Presidente, que son los que finalmente han pagado el costo político del incremento a las gasolinas.

Luego vinieron las propuestas de solución de varios partidos. El PAN, por ejemplo, propuso que se redujera a la mitad el monto que los consumidores finales pagamos de Impuesto Especial de Producción y Servicio (IEPS) por cada litro de gasolina que utilizamos. Según el panismo —que hoy gobierna más entidades del país que nunca en su historia— el volumen de IEPS que recauda el gobierno federal era lo que estaba encareciendo indiscriminadamente los combustibles a sus consumidores finales, y por eso propuso que fuera la federación, y no la gente, quien se apretara el cinturón. Todo, para que las gasolinas volvieran a precios de hace varios años, porque el IEPS significaba alrededor del 40 por ciento del costo de las gasolinas.

Para reforzar esa idea, Excélsior publicó a inicios de enero un ejercicio en el que calcularon el precio real de los combustibles, antes de impuestos. Según sus números, el alza en la gasolina fue de más del 30 por ciento, por lo que el total de impuestos, en Magna, Premium y diesel era de 5.83, 6.56 y 6.34 pesos, respectivamente.

Así, decía la nota (que puede ser consultada aquí) consumidor de combustible en México paga por litro de Magna 2.15 pesos de IVA y 3.67 de IEPS. En la Premium, el IVA es de 2.4 y 4.16 del IEPS. En el diesel, el incremento fue de 37 por ciento, por lo que el IEPS es de 4.16 y el IVA de 2.4. Y según la información que difundió Excélsior, s>i se eliminaran los impuestos en las gasolinas, llegarían a bajar hasta los 8.85, 10.20 y 8.07 pesos en magna, premium y diesel, respectivamente.

En términos generales, esa era parte de la brillante propuesta panista. Sin embargo, se les olvidó que el IEPS recaudado de los combustibles está sujeto a un proceso de distribución entre las entidades federativas. Y, de forma por demás medrosa, resulta que ahora los gobernadores protegidos por el membrete de la Conago, están haciendo consultas con la Secretaría de Energía para saber qué tanto los golpearía esa reducción del IEPS que en realidad lastimaría tanto a las finanzas de los estados, como a las arcas del gobierno federal.

IMPUESTO DISTRIBUIBLE

La Ley del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios establece que a los combustibles automotrices provenientes de fuentes fósiles, se les aplicará una cuota de 4.30 pesos a la gasolina menor a 92 octanos (o sea, la magna); 3.64 pesos a la gasolina igual o mayor de 92 octanos, y al diesel 4.73 pesos por litro. Este impuesto es independiente al IVA. La misma Ley del IEPS establece otro impuesto adicional en el artículo 2-A, que es el correspondiente a las entidades federativas. Éste impuesto oscila en los 50 centavos por litro de gasolina o diesel. Y según la ley, los recursos que se recauden en términos de ese artículo, se destinarán a las entidades federativas, municipios y demarcaciones territoriales, conforme a lo establecido en la Ley de Coordinación Fiscal.

Ahora bien, ¿qué dice la Ley de Coordinación Fiscal? Que del total recaudado por ese impuesto, 9/11 corresponderán a las entidades federativas en función del consumo efectuado en su territorio, de acuerdo con la información que Petróleos Mexicanos y los demás permisionarios para el expendio al público y la distribución de gasolinas y diésel proporcione a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, complementada, en su caso, con la información del Servicio de Administración Tributaria y de la Comisión Reguladora de Energía, siempre y cuando se encuentren adheridas al Sistema Nacional de Coordinación Fiscal.

¿Qué significa todo esto? Que los impuestos establecidos en la Ley del IEPS a los combustibles tienen un impacto no sólo en las arcas del gobierno federal sino también en las de las entidades federativas, que hasta ahora sólo se han limitado al silencio, y a disimular su preocupación a través de las consultas que están haciendo al gobierno federal, a través de la Conago, sobre el impacto de la posibilidad de que se toquen los impuestos que les corresponden.

En esa lógica, resulta muy cuestionable no sólo que los gobiernos estatales sigan en esa actitud de indiferencia frente a un problema que también los alcanza, y que se empeñen en seguir en la actitud de dejar que sea el gobierno federal el único que pague las consecuencias de la política de precios aplicada a los combustibles sin manifestar ningún tipo de solidaridad no con la federación o con el presidente, sino con la ciudadanía.

GOBERNADORES, INDIFERENTES

Hasta el momento ningún estado del país, ninguno, ha generado alguna propuesta en la que los estados también contribuyan al bienestar de los bolsillos a través de un ahorro de fondo como serían los ajustes presupuestales derivados de la eliminación al impuesto especial a los combustibles, que favorece sus arcas. Más bien, quieren seguir en la política de ver la austeridad pero en la casa del compadre, y ellos continuar ajenos a un problema, y una discusión nacional, de la que ellos son una parte muy relevante.

Diálogo con la Sección 22: ¿cuándo superará los temas de la crisis política?

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+ En la agenda, ningún tema relacionado con la educación; ¿qué se negocia?


En los últimos dos meses el gobierno estatal y la Sección 22 del SNTE han llevado a cabo diversas rondas de negociación de cuyo contenido y alcances prácticamente no existe información disponible. Los únicos indicios de los temas que se están tratando en las mesas de trabajo, han salido a través de las comunicaciones que el sindicato magisterial emite para conocimiento de sus agremiados. Si en el corto plazo no se establece una ruta, de cara a la sociedad, sobre lo que se negocia y los alcances posibles de dichos acuerdos, entonces el propio gobierno estará abriendo la posibilidad de negociaciones y chantajes infinitos, y daños profundos a la gobernabilidad, por parte de la Sección 22.

En efecto, desde el 1 de diciembre ha habido dos reuniones publicitadas entre el Ejecutivo del Estado y la dirigencia de la Sección 22. La primera ocurrió el 2 de diciembre, cuando se estableció el acuerdo por el que se regularizaban tres mil 600 plazas de trabajadores de la educación; y la otra ocurrió a finales de enero, en la que el gobierno entabló diálogo con la nueva dirigencia magisterial, y en la que se delineó el establecimiento de mesas de trabajo para resolver asuntos laborales y políticos. Derivado de esas mesas, cuyo contenido ya ha sido cautelosamente reservado a la opinión pública, la noche del lunes ocurrió un bloqueo por parte de normalistas e integrantes de la Sección 22, del que nuevamente se informó prácticamente nada. ¿Es correcto dejar tanto espacio al silencio, en un tema de vital importancia para los oaxaqueños?

Evidentemente, la respuesta tendría que ser negativa, aunque en realidad parece que el gobierno estatal pretende establecer nuevos parámetros, sobre bases lamentablemente ya por todos conocidas. En esa lógica, es claro que la administración estatal busca generar una relación más civilizada con la Sección 22, pero lo que habría que ver es si el propio sindicato tiene ánimos de atender a esa nueva relación, o si su pretensión es continuar con la lógica del chantaje que los ha caracterizado avasalladoramente al menos en la última década. Para atajar esta última posibilidad, cualquier negociación tendría que pasar por el tamiz mínimo de la transparencia.

¿Por qué? Porque lamentablemente en Oaxaca, el gobierno estatal está negociando quién sabe qué temas con la dirigencia de la Sección 22, pero lo único seguro es que no está discutiendo nada relacionado estrictamente con la educación. Y si se supone que, por un lado, la administración de la educación pasó a ser un tema federal a partir de la Ley General del Servicio Profesional Docente; y que, en el otro extremo, el gobierno concretó la regularización de las plazas docentes a partir del acuerdo del 2 de diciembre con la anterior dirigencia de la Sección 22, entonces no quedaría del todo claro qué se seguiría discutiendo, a menos que fueran temas estrictamente educativos.

El problema es que hoy en día ni el IEEPO, ni la Secretaría General de Gobierno, dejan lo suficientemente claro qué se sigue negociando. Esa opacidad es parte de los viejos usos y costumbres del diálogo entre la Sección 22 y el gobierno, aunque no debería ser algo aceptable a la luz de la nueva relación entre el Estado y el magisterio, y de las particularidades que en ello ha presentado la relación específica del gobierno estatal con la Sección 22.

En esa lógica, llama la atención el silencio que ha mantenido la SEP frente al tema, y los sorpresivos movimientos y anuncios internos de la Sección 22 frente a sus agremiados. Nadie debería apostar al privilegio de los espacios de silencio y las interrogantes, porque ello únicamente alimenta la idea de que, la larga historia de desencuentros entre la educación y la gobernabilidad en Oaxaca, no ha servido para nada porque de nuevo son temas políticos los que se discuten.

PRESIONES Y CHANTAJES

No debería echarse en saco roto las lecciones iniciales que dejó la implementación de la reforma educativa, y la relación —similar en muchos aspectos a la que ahora pretende el gobierno estatal— que intentó el gobierno federal con la Sección 22 y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. ¿Qué ocurrió?

Que inicialmente se intentó que la relación fuera política y no educativa. La conducción le fue encargada al entonces subsecretario de gobierno de Segob, Luis Enrique Miranda Nava, que se dedicó a buscar la forma de transigir con la Coordinadora a partir de la concertación de espacios a cambio de una mejor gobernabilidad. Todos los intentos fracasaron, incluso los que pretendían pasar por la cooptación de la dirigencia y por la entrega de recursos ilimitados a cambio de la civilidad por parte de las secciones sindicales integrantes de la Coordinadora. La CNTE nunca cedió en su exigencia de la abrogación de la reforma educativa.

Esto no ocurriría, como tampoco el cese de las hostilidades de la CNTE. Por eso, a la larga la única solución posible fue la de la intervención de la fuerza pública, y el traspaso de la responsabilidad de la implementación de la reforma educativa a la SEP. Por el lado de la fuerza, Gobernación replegó a la CNTE; y la SEP estableció que cualquier negociación con la Coordinadora tendría que darse a partir de la aceptación de la reforma educativa, mientras le requisaba el IEEPO a la estructura política de la Sección 22.

Lamentablemente, en el camino se atravesó Nochixtlán, en junio del año pasado, y ello cambió las variables de la negociación para devolverlas a Gobernación, que a la larga se dedicó a los temas de la justicia por el enfrentamiento, pero evitó regresar a los temas de la negociación política de espacios y posiciones con la Sección 22.

¿Qué refleja todo eso? Que en su momento el gobierno de Gabino Cué, como el federal, buscaron por todas las vías evitar que el conflicto magisterial volviera a aterrizar en las negociaciones relacionadas con la reforma educativa. Y hoy, a pesar de todas esas duras lecciones —y lo mucho que todo ese proceso le ha costado a Oaxaca, en todos los sentidos— ya no queda claro si lo que se negocia son espacios para los normalistas, o la inaplicación de lo que establece la Ley General del Servicio Profesional Docente en Oaxaca, o simplemente en los temas de justicia relacionados con Nochixtlán; o con la ubicación de los trabajadores regularizados a partir del acuerdo del dos de diciembre.

Lo único cierto es que a nadie le benefician esos espacios de silencio y de opacidad que hoy se privilegian en la nueva relación del gobierno con la Sección 22. Es muy lamentable que las instancias encargadas de la gobernabilidad prefieran mantener en la discreción el contenido de las negociaciones, y que la ciudadanía sólo sepa que existe diálogo cuando las protestas salen del recinto donde se negocia y se instalan en las calles, como ocurrió la noche del lunes y la tarde de ayer con los normalistas.

El gobierno debía informarle a la ciudadanía qué pretende la Sección; qué exigen los normalistas; qué ofrece el gobierno y, sobre todo, cuáles son las condiciones y los límites de ese diálogo. Ello implicaría el establecimiento de condiciones mínimas para un diálogo verdaderamente civilizado. No hacerlo abre la puerta a los chantajes y a los amagues magisteriales que tanto daño le han hecho a Oaxaca.

DE LUTO

Armando Navarrete Cornejo falleció anoche, luego de una larguísima lucha contra el cáncer. Fue un hombre cabal, idealista y congruente, que supo siempre brindar amistad y consideración a sus seres queridos. Su familia tendrá la fortaleza para superar esta pérdida, siguiendo su ejemplo de entereza, tenacidad y valor para enfrentar las adversidades. Un abrazo solidario para sus deudos en estos momentos de profunda pena. Descanse en paz.

 Sí podría haber en México una segunda alternancia pactada… ¿pero a cambio de qué?

Andres Manuel Lopez Obrador

+ Pacto de gobernabilidad debería apuntar hacia transformación, no hacia la impunidad


México ha sido un ejemplo particular de cómo pueden darse los cambios de régimen sin que se dispare una sola bala. Ocurrió en el año 2000, cuando de forma pacífica, civilizada y por la vía democrática, el PRI entregó al PAN el poder presidencial que había ostentado por más de setenta años. Hoy, no sólo de cara a la elección presidencial de 2018 sino del momento caótico por el que atraviesa el sistema institucional, pareciera que la única ruta posible es la de una segunda alternancia de partidos en el poder con Andrés Manuel López Obrador. Suponiendo esta posibilidad, ¿tendría que ser una segunda transición pactada? Y si sí, ¿a cambio de qué?

En efecto, hay circunstancias que hacen por demás imprevisible quién será el próximo Presidente de México. En los últimos años —y teniendo enfrente el ejemplo abrumador de la reciente elección presidencial estadounidense— se ha constatado el hecho de que hoy las encuestas son todo, menos un aliciente para los pronósticos electorales.

En esa lógica, habría que añadir que hoy Andrés Manuel López Obrador es el principal aspirante presidencial en las encuestas, a partir de que es el único político mexicano que abiertamente está haciendo campaña con miras a una tercer candidatura en 2018, y de que esa popularidad se intenta enlazar con la mala percepción que tiene la gente del gobierno, como única conexión posible para una eventual derrota priista y/o triunfo anticipado del inminente candidato presidencial de Morena.

Sin embargo, dentro de la posibilidad de una segunda alternancia pactada, habría que considerar no sólo las condiciones favorables que se le estarían poniendo a López Obrador para ayudarlo a llegar ahora sí a la Presidencia, sino sobre todo las condiciones del país. ¿De qué hablamos? De que la posibilidad de una segunda transición arreglada entre los partidos que reiteradamente se disputan el poder, tendría que pasar por variables hasta ahora inexploradas entre los grupos de poder, y tendrían que apuntar a cambios institucionales de fondo más que a cuestiones de revisión de ejercicios, protección judicial e impunidad.

¿De qué hablamos? De que si el signo distintivo del viejo PRI en el poder radicó en el reparto del poder como fórmula para mantener la hegemonía del partido gobernante, los tiempos de la primera transición han tenido como rasgo diferenciador el florecimiento de la corrupción. Es cierto que el sistema institucional de México nunca ha sido particularmente un ejemplo de honestidad ante el mundo.

Sin embargo, queda claro que nunca como en los últimos tiempos el poder público se utilizó con fines de beneficio particular, y que a pesar de que los últimos 15 años han sido de gran abundancia presupuestal, México enfrenta problemas mayúsculos por no poder demostrar que ejerce correctamente los recursos públicos del presupuesto federal, y que eso mismo ha pasado en los gobiernos estatales y municipales que lamentablemente han sido extensiones de esa corrupción galopante que distingue al poder público de la primera transición.

En esa lógica valdría preguntarse cuáles serían las condiciones, puestas desde el poder, para generar una segunda alternancia pacífica y, de hecho, allanarle el camino a López Obrador como pareciera —aunque es muy temprano aún para afirmarlo— estar ocurriendo. Y no obstante que junto a esas condiciones puestas desde el poder para generar un nuevo cambio de régimen, hoy sería imposible no hablar de las condiciones que impone el país. a esa nueva circunstancia tendrían que atenerse los cambios y los pactos, para ser verdaderamente de fondo y para darle viabilidad real a la democracia y a las instituciones en México.

CONDICIONES

Sobre el primer tipo de condiciones, López Obrador ha dado ciertas luces. Hace algunos meses, por ejemplo, dijo que de llegar a la Presidencia en 2018 no perseguiría a la mafia en el poder. Eso lo dijo, según él, en aras de no asustarlos y, más bien, de invitarlos a que dejen voluntariamente el poder y no se apresten a orquestar un nuevo fraude electoral.

Sin embargo, todo aquel que conoce la operación real del sistema político en México sabe que a nivel municipal, estatal y federal han existido siempre esos pactos que lo que buscan es impunidad entre quien entrega y quien recibe el poder, sin pasar por una transformación de las instituciones y las reglas del juego. Es, de hecho, harto común escuchar historias, inventadas o reales, de cómo entre gobernantes (salientes y entrantes) se generan complicidades, acuerdos, asociaciones de negocios y hasta continuidad en las prácticas corruptas.

¿Eso sería suficiente para generar no el arreglo de la entrega del poder, sino la estabilidad de un eventual gobierno de López Obrador? Evidentemente, no. Pues hoy en día queda claro que las condiciones necesarias para la estabilidad del gobierno pasan ya no nada más por los acuerdos entre cúpulas. Hoy, de hecho, la agenda nacional está atiborrada de temas que ya no pasan por los desacuerdos entre gobernantes, sino por el tiradero administrativo generado por las últimas tres administraciones federales, y por la obsolescencia del propio sistema de gobierno.

En esa lógica, lo primero que tendría que desmontarse es la idea de que el pacto de impunidad es suficiente para lograr una segunda alternancia pactada. De llegar a la presidencia, sería insostenible un Andrés Manuel López Obrador —o quien sea que llegue al poder en 2018— que no revise a fondo a sus antecesores, y no sujete su actuación a los nuevos parámetros del Sistema Nacional Anticorrupción.

Ello significaría una primera aduana que ya no está en el margen de operación de los partidos o los gobernantes, sino que constituye una estruendosa demanda ciudadana. Por eso, a estas alturas pensar que la impunidad es un buen pasaporte al poder, resulta un contrasentido similar al de quienes pensaban que con el Pacto por México, el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto se ganaría el respaldo popular y lograría la permanencia inmediata del PRI en la presidencia.

Junto a ello, hay una segunda aduana que tendrá que cruzar López Obrador, o quien sea Presidente, si quisiera obrar en la lógica de una segunda alternancia pactada —o, incluso, sin ella. ¿De qué hablamos? De que quien llegue al poder en 2018 debe entender que el ejercicio del poder no puede seguirse dando en las mismas condiciones que ahora. Bajo el modelo actual, los tres últimos presidentes han comenzado a agonizar políticamente después del tercer año de gobierno, cuando se quedan sin márgenes de maniobra a partir de que la ciudadanía es castiga en la integración del Poder Legislativo, por las decisiones de la primera mitad de su gobierno. El cambio tendría que ser profundo y basado en las necesidades funcionales de la administración, y del país, para poder generar no un nuevo régimen de partido hegemónico o un caudillismo, sino un sistema democrático basado en la certidumbre.

PACTO DE GOBERNABILIDAD

¿Qué tendría que ocurrir, con una segunda transición pactada —y aún sin ella? Un pacto de gobernabilidad y de corresponsabilidad, no basado en reformas temáticas y aisladas como el Pacto por México, sino tendiente —ahora sí— a reformar el poder. El pacto de impunidad, a estas alturas, resultaría no sólo inviable y corto, sino hasta peligroso. Más bien, para no matar a la gallina de los huevos de oro que ha sido México, con transición pactada o no, quien asuma el poder en 2018 tendrá que pensar en el replanteamiento más amplio y profundo del sistema democrático y de gobierno en México, desde 1917.

2018: en Oaxaca sólo hay escenarios de crisis en las senadurías

 

+ La elección presidencial será determinante en definiciones locales


Aunque el actual no es año electoral en Oaxaca, éste sí será determinante para las interrogantes que seguramente viven todos los partidos y grupos de poder locales respecto al futuro no sólo de las senadurías, sino de la gubernatura en el mediano plazo. Aunque el régimen actual es todavía joven, en buena medida las definiciones rumbo al 2022 comenzarán a tomarse en los meses siguientes. Lo mismo pasará con las principales fuerzas de oposición, que en general viven un ayuno importante de liderazgos y que sin duda comparten las mismas interrogantes del PRI rumbo al 2018.

En efecto, en el priismo local deben —o deberían— estar haciendo cálculos ya muy conscientes respecto a lo que será 2018 en la entidad. Ese cálculo debe incluir no solamente la forma en la que se defina la fórmula de las senadurías por el estado de Oaxaca, sino también lo que ocurra con las inercias de la elección presidencial.

Hay, en esa lógica, cuando menos dos preguntas iniciales que ya deberían estar buscando cómo responder: primera: ¿qué tanto permitirá el grupo gobernante local, que la influencia nacional priista determine la fórmula hacia las senadurías?; y segunda, ¿con qué tanta precisión podrán calcular el tamaño de la catástrofe electoral (para el PRI) llamada Andrés Manuel López Obrador en la entidad? De ello depende más de lo que hoy parece en Oaxaca.

¿De qué hablamos? De que al menos en el panorama actual, el escenario nacional no le pinta ningún buen augurio al priismo. López Obrador ha crecido sobremanera a la luz de los últimos acontecimientos, y cada vez resulta más difícil pensar que no será un candidato competitivo, e incluso con amplias posibilidades de ganar, la Presidencia en 2018.

En esa lógica, la primera pregunta planteada no busca cuestionar la militancia priista del régimen gobernante en la entidad, sino más bien qué tanto permitirán que las influencias y las inercias nacionales les impida tener una definición propia, autónoma, y de grupo, respecto a las senadurías. Sabemos que éstas han sido tradicionalmente vistas como una puerta de entrada hacia la Gubernatura del Estado. Es decir, qué tanto permitirá el Gobernador que la definición sobre las senadurías se tome en la Ciudad de México con base en definiciones nacionales, y hasta dónde podrá él buscar que la decisión se tome a partir de sus intereses y proyectos como articulador del priismo en la entidad.

La pregunta no es ociosa: si la definición se toma en la Ciudad de México, ésta recaería en alguno de los personajes cercanos al actual régimen federal, aunque sin ninguna certeza de que sean, primero, competitivos en la entidad; y segundo, que garanticen la continuidad del actual régimen gobernante en Oaxaca.

Nos explicamos, a partir de un supuesto que quién sabe si tenga apego con la realidad: si la definición nacional influye de más, el elegido para encabezar la fórmula de senadores por el PRI podría ser Héctor Pablo Ramírez, que no forma parte del grupo gobernante en la entidad y que, más bien, se ha mantenido como funcionario federal a partir de su cercanía con Luis Videgaray, pero que a nivel local es integrante del principal grupo adversario priista del gobernador Alejandro Murat.

En esa lógica, ¿permitiría el régimen la cesión de la principal senaduría bajo esas condiciones? Pues seguramente, de tomar una definición propia tendrían que barajar opciones como la del secretario de Desarrollo Social y Humano del gobierno estatal, Raúl Bolaños Cacho Cué, que sí es un integrante orgánico del actual grupo gobernante y que, por una cuestión de naturaleza de grupos, podría ser el continuador no sólo del PRI en la gubernatura, sino del grupo del gobernador Alejandro Murat después de 2022.

Ahí se inscribe la segunda pregunta: ¿Qué tan conscientes están de la influencia de López Obrador en Oaxaca? Pues si partimos de los antecedentes, es claro que las anteriores dos elecciones presidenciales las ha ganado holgadamente el tabasqueño en la entidad, y que gracias a eso se convirtieron en senadores primero Gabino Cué y Salomón Jara en 2006, y luego Benjamín Robles Montoya y Adolfo Romero, ambas fórmulas por el PRD, en 2012.

Esto abre un escenario por demás complejo para el priismo en la entidad que ahora debe definir qué hace con su futuro en las senadurías, pero también qué tanto tendrá que dejarse influir por un grupo nacional (el del Estado de México) que parece que va de salida en el ejercicio del poder federal porque muy seguramente no pasará el refrendo electoral en los comicios presidenciales de 2018.

OPOSICIÓN, EN LA ORFANDAD

En esa lógica, es también interesante ver qué pasará con las principales fuerzas de oposición, que luego de los comicios estatales de 2016 terminaron pulverizados, confrontados y cuestionados en la misma médula de su identidad. Veamos.

Por un lado, el PRD es hoy un partido que se cae a pedazos. Partiendo de que ni siquiera tienen una dirigencia estatal consensada (tienen dos dirigentes, uno orgánico y representante de la colonización priista en la persona de Raymundo Carmona Laredo; y el otro, representante del gabinismo con José Julio Antonio), el perredismo ha padecido una larga y tormentosa agonía que la hace quedarse cada vez con menos adeptos y con nulas posibilidades de competitividad. Al final, parece que sus apuestas finales tendrán que ser, no por decisión sino por necesidad, en los consensos que puedan existir entre sus tribus y lo que le quede de capital político al ex candidato a la gubernatura, José Antonio Estefan Garfias. Acaso su mejor apuesta sería buscar la senaduría por el principio de primera minoría, en el mejor de los escenarios.

Algo muy similar ocurrirá con el PT, que tiene a Benjamín Robles Montoya como su único baluarte actual. No hay ningún indicio hasta ahora que mantenga sus alianzas con el diputado Jesús Romero López, que al margen de los temas partidistas ya se pronunció a favor de la candidatura de Andrés Manuel López Obrador. Lo que parece es que su apuesta radicaría justamente en que no Morena, sino López Obrador le permita generar los puentes necesarios para convertirse en el candidato que encabece la fórmula del PT al Senado, para generar una especie de trabajo conjunto a favor de la izquierda.

Esto es posible a partir de otra circunstancia: Morena en Oaxaca no tiene mayores activos. Su único candidato posible es el ex aspirante a la gubernatura, Salomón Jara Cruz; pero fuera de él, todos sus demás compañeros de militancia tienen serios problemas de estatura política. Por ejemplo, todos los integrantes de la bancada morenista de la LXIII Legislatura local han resultado un fiasco mayúsculo. Y, acaso, el único compañero posible de fórmula de Jara —al margen de la disputa sobre quién encabezaría la fórmula— sería el ex dirigente de la APPO, Flavio Sosa Villavicencio, que representa al grupo que le genera los equilibrios a las facciones de Jara y de Armando Contreras, en las decisiones que toma Morena en la entidad.

Al final de la lista viene el PAN que a estas alturas tiene como única carta posible a la diputada local Eufrosina Cruz Mendoza. Ésta sólo tendría futuro si Margarita Zavala es candidata y la avala rumbo al Senado, y luego genera algo de competitividad en los comicios de 2018. Si esas condiciones iniciales no se cumplen, no tendrá posibilidad alguna de figurar el año próximo.

EL FUTURO EN JUEGO

Al final, es evidente que lo que se juega en 2018 tiene mucho que ver con el futuro de la entidad. Es posible que después del año próximo, el grupo gobernante local vuelva a ser autónomo en sus decisiones. Por eso es muy importante lo que pase en los meses siguientes respecto a todas las definiciones por venir.

Gobierno y Congreso deben demostrar voluntad para enjuiciar a Gabino Cué

 

gallino

+ Juicio Político, intrincada ruta que no resarciría de fondo actos de corrupción


Existe en el Congreso del Estado cuando menos una demanda de Juicio Político en contra del ex gobernador Gabino Cué. Aunque el procedimiento aún se encuentra en un periodo temprano, puede advertirse que, a menos que haya verdadera voluntad por parte del gobierno y el Congreso, el camino hacia la condena del ex Mandatario es verdaderamente complicado y que, además, en el fondo no sería suficiente para resarcir los perjuicios al interés público de la entidad.

En efecto, más que hablar de nombres y circunstancias, habría de entrada que considerar qué es, cómo procede, y qué efectos tiene el juicio político. En esa lógica, lo primero que se debe apuntar es que como su nombre lo indica, el juicio político tiene efectos en los derechos políticos de la persona a quien se le realiza. Así, si partimos de que todo servidor público está sujeto a la responsabilidad administrativa, penal, y política, entonces podremos advertir la dimensión de las consecuencias posibles de sus conductas en el ejercicio de una función pública.

¿De qué hablamos? De que según la Constitución, todos los servidores públicos tienen como primer filtro de su desempeño, la responsabilidad administrativa. Ésta es la que resulta de su propio desempeño como funcionarios, y puede ir desde una amonestación verbal o por escrito, hasta la inhabilitación para ejercer funciones administrativas derivado de una conducta irregular observada y comprobada.

Así cuando, por ejemplo, un servidor público excede o ejerce indebidamente sus funciones; cuando sobrepasa sus atribuciones; cuando incurre en descuido o negligencia, se hace acreedor a una sanción administrativa que no implica pena corporal alguna. La consecuencia es que queda impedido durante cierto periodo para ser servidor público —aunque ello no implica que la persona quede legalmente impedida para ocupar cargos de elección popular, ya que éstos tienen una naturaleza política, mientras que los empleos públicos tienen una naturaleza meramente administrativa.

Además, en el caso de los servidores públicos, cuando esas conductas además de tener consecuencias administrativas pueden constituir la comisión de un delito, los órganos internos de control tienen la facultad de darle vista del expediente administrativo al Agente del Ministerio Público, quien a su vez, si encuentra los elementos de la posible constitución de un hecho ilícito, tiene el deber de integrar una carpeta de investigación por la posible comisión de delitos relacionados con el servicio público. Esto es lo que pasa, o debería ocurrir, cuando a un servidor público se le comprueba la desviación de recursos, el peculado, o el provecho indebido a partir del ejercicio de sus funciones como servidor público, entre otros; y que, en consecuencia, ya no sólo enfrenta una responsabilidad administrativa sino también un procedimiento del orden penal.

El juicio político, en esa lógica, se inscribe en una especie de tercer nivel de responsabilidad, ya que sus consecuencias no son ni del orden administrativo o penal, sino que tienen efectos en los derechos políticos de la persona sobre quién recae. De acuerdo con la Constitución del Estado, el juicio político tiene la consecuencia de inhabilitar a quien se le encuentra culpable, con la destitución del cargo y la inhabilitación para ocupar cargos de similar naturaleza durante el periodo de tiempo que determine el Congreso.

Una de las diferencias entre la responsabilidad administrativa y el juicio político, es que mientras aquella puede resultarle a cualquier empleado público, el juicio político está reservado para ciertos funcionarios cuyo cargo implica el ejercicio de sus derechos políticos y es de los expresamente enumerados en la Constitución del Estado.

Éstos últimos, de acuerdo con el artículo 117 constitucional, son Gobernador del Estado; los Diputados de la Legislatura Local; los Magistrados del Tribunal Superior de Justicia; los Titulares de las Secretarías; el Fiscal General del Estado de Oaxaca; los Magistrados del Tribunal Estatal Electoral de Oaxaca; el Auditor Superior del Estado, los Sub Auditores; los Magistrados del Tribunal Contencioso Administrativo y de cuentas y los demás integrantes de los Órganos Autónomos.

Es decir, que desde el más modesto empleado, hasta el Gobernador, puede ser sujeto de responsabilidad administrativa; pero el juicio político sólo puede aplicarse a los funcionarios antes mencionados porque la inhabilitación a que se refiere el juicio político es respecto del ejercicio de sus derechos políticos para votar y ser votados.

LOS ENREDOS

El año pasado, antes de concluir la LXII Legislatura, los diputados votaron una reforma que modificó la procedencia del juicio político. Al respecto, dice la fracción I del artículo 116 de la Constitución local que se impondrán mediante juicio político, las sanciones indicadas en el Artículo 117 a los Servidores Públicos señalados en ella, cuando en ejercicio de sus funciones incurran en actos u omisiones que redunden en perjuicio de los intereses públicos fundamentales o de su buen despacho.

La modificación a la que nos referimos, afectó el tercer párrafo de esta fracción, que hoy dice: “Cualquier ciudadano bajo su más estricta responsabilidad, podrá formular denuncia ante el Legislativo del Estado, respecto a las conductas a las que se refiere la presente fracción. Dicha denuncia deberá contener como mínimo, los datos o indicios que permitan advertir la presunta responsabilidad administrativa.”

Parece ser que en este último precepto le dejaron abierta una puerta a la impunidad al ex gobernador Gabino Cué Monteagudo, a menos que tanto el Gobierno del Estado como la Legislatura local actúen con diligencia, voluntad y capacidad en contra del ex Mandatario y los funcionarios a los que hoy se les señala por corrupción. ¿De qué hablamos?

De que finalmente, en gran medida la procedencia final del juicio político queda sujeta a que tanto a Gabino Cué como a varios de los funcionarios de su gobierno (titulares de secretarías del gobierno como Salud, Economía y Turismo, Infraestructuras y demás), se les integren procedimientos administrativos correctos e integrales, en los que se puedan demostrar sus responsabilidades administrativas y penales, y que éstas a su vez sean la base para sustentar la procedencia del juicio político. Esto se hace evidente a partir de lo que dice la Constitución, pero también de lo que establece la Ley de Responsabilidades de los Servidores Públicos, en la que se establece con más claridad en qué casos procede el juicio político.

En esta lógica, dice la fracción VIII del artículo 8 de esa Ley, que las violaciones sistemáticas o graves a los planes, programas, presupuestos de la administración estatal o municipal y a las leyes que determinen el manejo de sus recursos económicos, se consideran como un perjuicio a los intereses fundamentales del Estado o de su buen despacho, y eso es lo que hace procedente al juicio político.

¿RESPONSABILIDADES COMPROBABLES O MEROS DICHOS?

Justamente por eso, si de verdad el gobierno y el Congreso tienen voluntad de llevar a los ex funcionarios hasta el juicio político —pasando por todas las responsabilidades administrativas y penales, que les resulten en el camino— deben comenzar por dejar de anunciar acciones, y llevarlas a cabo. Si no logran instaurarle expedientes administrativos perfectamente integrados a esos ex funcionarios señalados —incluyendo a Gabino Cué— entonces podremos ir previendo que la posibilidad real del juicio político será nula, y que hoy sólo están jugando con las expectativas de la ciudadanía en la ruta de un juicio político que no tendría futuro.

La señal de cambio está en abatir la opacidad, no en bajar los salarios

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austero

+ ASF refleja el tamaño del problema que tiene el país con la corrupción


En tiempos de crisis, los gobiernos pueden optar por medidas populistas o decisiones de fondo para enfrentar los problemas. México enfrenta varios problemas económicos graves, y ante esa complicada situación los tres ámbitos de gobierno deberían reconocer dónde están los verdaderos problemas y dejar de plantear soluciones absurdas y demagógicas que no sólo no contribuyen a combatir los males de fondo, sino que los esconden y los disimulan tras medidas que en realidad son intrascendentes. Eso debería quedarle claro a todos los que tienen funciones administrativas —y que según también tienen “compromiso con la ciudadanía”— en Oaxaca, y en nuestro país.

En efecto, el país enfrenta un problema económico muy grave que se deriva de varias circunstancias. El problema es que, frente a ello, políticos y partidos intentan ofrecer soluciones de solidaridad que en realidad no hacen sino alimentar las posturas demagógicas.

¿De qué hablamos? De que, en un primer término, el país está en el umbral de severos problemas financieros y presupuestales; y de que, frente a ello, nada en México ha pasado de ofrecer soluciones sólo aparentes como las de la llamada “austeridad” y la reducción de salarios que, en realidad, acaso podría ser un acto de solidaridad con los que ganan menos, pero que en realidad no contribuye a evitar de fondo la crisis que se avecina.

Y es que resulta que México está en el umbral de una crisis porque, a pesar de las promesas del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, el gobierno federal no ha podido reducir de forma importante el gasto público, ni tampoco le ha entrado a fondo al combate a la corrupción, y mucho menos ha conseguido relanzar la producción petrolera en México. Ese es un coctel que ya de por sí era explosivo, y que tendrá todavía más agravantes cuando se desacelere el consumo y la economía interna del país derivado de la crisis comercial que podría ocurrir a partir de la renegociación del Tratado de Libre Comercio.

Así, si México enfrenta ya un problema por tener un gasto público obeso, fuentes de financiamiento disminuidas derivado de la caída en la producción del petróleo y sus bajos precios internacionales, y una potencialmente menor capacidad de recaudación producto de que la gente comenzaría a dejar de gastar, el problema se vuelve doblemente complejo cuando además se comprueba que el dinero que se tiene no sólo no se está gastando bien, sino que las fugas de dinero continúan abiertas.

No obstante, hasta hoy la solución que el gobierno federal, y algunos gobiernos estatales le han ofrecido a la ciudadanía, han radicado justamente en algunas medidas de austeridad, que en los últimos dos meses las hemos visto desfilar a lo largo y ancho del país. Desde el Instituto Nacional Electoral, que decidió devolver los mil millones que tenía destinados para su nueva sede, hasta los ayuntamientos —como el de Oaxaca de Juárez— que, según para ahorrar, han anunciado que dejarán de ofrecer telefonía, vales de gasolina y otras prestaciones a algunos de sus empleados, hemos visto que en realidad frente a un problema de grandes proporciones sólo han ofrecido soluciones aparentes, demagógicas y poco provechosas.

GASTO DESCONTROLADO

A principios de 2016, el gobierno federal anunció un recorte presupuestal de alrededor de 120 mil millones de pesos. Casi un año después —o sea, en meses recientes— decidió dejar de subsidiar los combustibles por considerar que eso significaba una sangría para las arcas públicas, y que mantener la política de precios controlados de la gasolina y el diesel implicaría tener que aplicar nuevos recortes por alrededor de 200 mil millones de pesos a los programas sociales y al gasto tanto del gobierno federal como de las entidades federativas.

A la par de ello, comenzaron a surgir las medidas de austeridad antes citadas que, para efectos prácticos, no queda claro cuál es su utilidad real, qué tanto han generado ahorros a las arcas federales, y en qué medida han contribuido a aliviar las presiones fiscales que hoy imponen las circunstancias. Sea como sea, queda claro que aún haciendo los cálculos, esas reducciones salariales y de gastos de representación no representan el nivel de ahorros que verdaderamente el gobierno federal debía de tener, para considerar que están contribuyendo a la despresurización del presupuesto y, al contrario, muy probablemente estarían generando problemas de fomento a la corrupción.

En ese sentido, es clarísimo que la verdadera sangría al gasto federal está en la corrupción y no en el argumento demagógico de los salarios. Ayer, por ejemplo, al entregar la Cuenta Pública 2015, el auditor Superior de la Federación, Juan Manuel Portal, dijo que el órgano de fiscalización federal realizó observaciones o posibles daño al erario público, sólo en lo que corresponde a ese año, por aproximadamente 165 mil millones de pesos en el gasto del gobierno Federal y los estados y municipios.

Asimismo, Juan Manuel Portal detalló que aproximadamente detectaron hasta este momento 100 mil millones de pesos en erogaciones con irregularidades del Poder Ejecutivo, órganos descentralizados y organismos autónomos, y 65 mil millones de pesos en el gasto federalizado que utilizaron las entidades de los estados. Y puntualizó que para 2015, el monto observado a las entidades federativas se integra por 33 mil 449 millones de pesos derivados de subejercicios; y 31 mil 745 millones de pesos que se refieren a violaciones normativas en las que se presume un daño al erario público Federal.

Además, dijo, “en el sector central, en el Poder Ejecutivo, digamos que estamos hablando de cerca de 100 mil millones de pesos, pero están sujetas a este proceso de aclaración, justificación, etcétera, pueden acabar en observaciones, en pliegos o en ambos casos o en denuncias de hechos”, y dijo que lo más grave que encontraron fueron la persistencia o subsistencia de desviaciones o irregularidades en obras públicas, es decir, sin licitaciones, fallas en la planeación, falta de proyectos ejecutivos, desviaciones durante la ejecución de recursos oportunos y falta de licitaciones en algunos casos y mala calidad, incumplimiento de plazos.

¿Qué significa todo esto? Que, básicamente, el gasto mal ejecutado por parte de la federación y los estados, es mayor a todos los supuestos esfuerzos que ha hecho el gobierno federal por “apretarse el cinturón” y por implementar medidas de austeridad para supuestamente disminuir el gasto.

En ese marco, el gobierno se ha negado a reconocer que mientras pague peores salarios a sus funcionarios, éstos estarán más tentados a incurrir en actos de corrupción. Por eso, no sólo parece una estratagema, sino un juego perverso, el tratar de hacer creer a la ciudadanía que se contribuye a paliar los efectos de la crisis inminente reduciendo los salarios, cuando ésta es una medida que significa silenciosamente una invitación abierta a la comisión de aún más actos de corrupción.

GASTAR CORRECTAMENTE

Por eso en Oaxaca seguimos esperando los pronunciamientos no sólo sobre el gasto público, sino también contra la corrupción. ¿Qué medidas tomará el gobierno estatal para gastar mejor, para dejar de sub ejercer recursos federales, y para tener la certeza —frente a la ciudadanía, y frente a ellos mismos— de que gasta correctamente en el tiempo y la forma que señala la ley? ¿Cuáles son sus planes respecto a la corrupción pasada, presente y futura? Para el gobierno, el silencio está dejando de ser una opción: tienen que dejar en claro cuanto antes si podemos esperar algo de ellos.

Ante posible cierre de frontera norte, ¿cómo abordará el gobierno esa crisis?

 

tijuanga

+ EU frenaría ilegales en su frontera, pero crearía crisis humanitaria en México


Hoy ya no resulta raro encontrar, entre la indigencia cotidiana de nuestra entidad, a personas que abiertamente piden dinero o caridad a partir del argumento de que son centroamericanos que están de paso en Oaxaca y que pretenden llegar a los Estados Unidos. Si la amenaza del gobierno del presidente estadounidense Donald Trump respecto a la frontera, es franca y abierta sobre la construcción del muro, entonces no sólo el gobierno federal, sino los estatales como el de Oaxaca —que tienen un problema importante pero encubierto de transmigración— deberían también comenzar a pensar qué harían ante una potencial crisis humanitaria.

En efecto, si la migración es un fenómeno ampliamente conocido en México, y constituye una de las bases sobre las cuales el actual gobierno norteamericano está tratando de perseguir a los mexicanos que permanecen ilegalmente en su territorio, también debería haber un reconocimiento más o menos similar al problema de la transmigración. Ésta se forma del desplazamiento de personas que ya vienen emigrando cuando se internan ilegalmente en nuestro país, pero que no lo hacen con la finalidad de quedarse aquí sino de continuar su marcha a los Estados Unidos.

Ese es un problema amplio y creciente en nuestro país, cuando menos en la última década. Desde el gobierno del presidente Felipe Calderón, el gobierno federal ha realizado importantes esfuerzos para frenar la migración de mexicanos hacia los Estados Unidos, y por eso hoy las tasas de salida e ingreso de connacionales indica que hay un porcentaje de migración de mexicanos muy cercano a cero. Es decir, hoy son más los mexicanos que regresan de los Estados Unidos, respecto a los que aún deciden intentar cruzar nuestra frontera norte de manera ilegal.

Sin embargo, junto a ese problema, la verdadera pesadilla mexicana ha estado en la transmigración. Hechos abominables como la matanza de San Fernando, Tamaulipas, en 2010 —en la que fueron ejecutados a mansalva 72 migrantes centro y sudamericanos a manos de la delincuencia organizada que operaba en aquella región—, puso en la escena nacional e internacional el infierno que vivían desde hace años los transmigrantes, y que a pesar de que era perfectamente conocido por el gobierno federal, y por los gobiernos estatales que eran parte de ese fenómeno, habían hecho prácticamente nada para frenar los abusos y los crímenes que se cometían en contra de los centro y sudamericanos que llegaban al país ilegalmente tratando de llegar a la frontera con Estados Unidos.

Esos transmigrantes tienen como origen países como Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, y varias naciones sudamericanas, que comienzan a viajar desde sus lugares de origen hasta llegar a México, como un último paso antes de alcanzar la frontera con Estados Unidos, que es su verdadero destino.

El problema es que desde hace mucho tiempo, ellos consideran a México como el lugar más peligroso, no sólo porque es el país más grande que deben cruzar, sino también porque o la colusión entre autoridades y delincuencia organizada, o el desinterés de los gobiernos por brindar ciertas garantías de seguridad a esas personas bajo el argumento de que no ingresaron de manera legal a territorio mexicano, los hace presa de la delincuencia organizada que los captura, secuestra, viola, explota, esclaviza o mata, sin que haya autoridad alguna capaz o dispuesta a enfrentar dichas calamidades.

Aunque la autoridad mexicana ha manifestado en diversos momentos que busca desalentar el ingreso de ilegales a través de la frontera sur, lo cierto es que nunca ha reconocido que ese es un proceso imparable por diversas razones. Una de ellas es que la frontera sur de México es una frontera completamente abierta. Otra, que la autoridad migratoria mexicana ni cercanamente tiene la capacidad de cuidar la frontera de la forma que sí lo hace la Patrulla Fronteriza en los Estados Unidos.

Una más, aún más importante, que la pobreza y las calamidades que se viven en muchos de los países centroamericanos todos los días provocan verdaderos éxodos humanos en busca de mejores condiciones de vida. Y, como si eso no fuera suficiente, hay una razón aún más poderosa: para las sociedades de varias de esas naciones centroamericanas, migrar a los Estados Unidos es un asunto de orgullo y de dignidad, por lo que a cierta edad la mayoría de las personas está dispuesta a emigrar, y a no volver a su país mientras no alcancen el ideal del sueño americano.

La combinación de esas razones explica, en alguna medida, por qué la transmigración hacia México desde el sur es prácticamente imparable, y por qué entre los centroamericanos hay una persistencia enorme por volver a intentarlo, a pesar de que en México encuentran criminales, policías corruptos, tratantes, traficantes y sicarios que intentan reclutarlos, o que los lastiman, explotan o violan —entre muchísimos otros actos verdaderamente indecibles—.

OAXACA, OMISO

A pesar de que Oaxaca nunca se ha caracterizado por tener, ni siquiera marginalmente, una política de protección o apoyo a los transmigrantes, hace algunos años era escasísima la posibilidad de encontrar centroamericanos en lugares que no eran los estrictamente conocidos como de paso en sus rutas hacia los Estados Unidos. El camino conocido era entrar por Chiapas, llegar en tren hasta la zona de Ixtepec, para de ahí continuar el viaje hasta Medias Aguas, en Veracruz, y de ahí seguir el viaje como polizones hasta la frontera norte, por la ruta ferroviaria de Tamaulipas.

En Oaxaca, por ejemplo, el fenómeno migratorio era bien visto únicamente en la zona del Istmo de Tehuantepec, desde Chahuites hasta Ixtepec, y marginalmente en ciudades como Juchitán y Tehuantepec, porque como se apuntaba, la intención de los transmigrantes nunca ha sido la de quedarse. En los albergues que existen en varias comunidades, únicamente se brindaba ayuda humanitaria temporal a las personas mientras lograban continuar su viaje. Esos albergues, vale decirlo, fueron fomentados y son sostenidos en gran medida por la Iglesia Católica. E incluso, al margen de la notoriedad que adquirió el sacerdote Alejandro Solalinde por la atención que captó por su labor humanitaria, es claro que la mayor parte del esfuerzo de solidaridad con los transmigrantes no ha sido del gobierno sino de asociaciones privadas o grupos religiosos.

En ese contexto, ¿el gobierno de Oaxaca estará claro que no puede continuar con su política de atención al migrante, sólo en la vertiente de los oaxaqueños que se encuentran en los Estados Unidos? Al final, puede argumentar que la migración es un asunto de competencia federal o que no es algo tan grave como para voltear la mirada. Sin embargo, es también cierto que hoy varias ciudades de la región del Istmo viven problemas de seguridad importantes derivados de la transmigración; y que en ciudades como la capital de Oaxaca hoy se ven por doquier a migrantes en la mendicidad y el abandono, que hasta hace poco no era una escena cotidiana.

CIERRE FRONTERIZO

Al final, el posible cierre de la frontera norte no frenará la transmigración que proviene desde el sur de México, pero sí provocará que cada vez más personas se queden aquí, y necesiten las provisiones mínimas para subsistir. Tijuana vive hoy un problema importante, aunque contextualmente distinto, con la migración proveniente de Haití. Pero nada indica que algo similar no pueda ocurrir en entidades como la nuestra a partir del endurecimiento de las políticas migratorias de los Estados Unidos. ¿Están conscientes de ello?

Fracaso de las manifestaciones antiTrump; signo de la división mexicana

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+ En EU, divididos por valores y anhelos; aquí lo estamos por mezquindades


El sonoro fracaso de las manifestaciones convocadas este fin de semana en nuestro país, para protestar en contra de las políticas del presidente de los Estados Unidos Donald Trump, son un reflejo de la división mexicana: esa que no se enfrenta por valores o por el contraste en las visiones del modelo de futuro, sino por simples pero profundas mezquindades. A pesar del apoyo retórico que se le dio al Presidente de México a partir del 20 de enero, queda claro que en realidad los mexicanos seguimos igual de divididos que siempre, y que en esas condiciones no sería raro que Trump terminara cumpliendo íntegramente su plan antimexicano dentro de los próximos cuatro años. Nuestras propias acciones —y silencios— le terminan dando la razón.

En efecto, luego de la toma de posesión de Trump, y el inicio de las hostilidades retóricas contra nuestro país, amplios sectores de la sociedad mexicana se dijeron a favor de respaldar al Presidente en el establecimiento de una posición de dignidad, aún frente a la desigualdad, ante el nuevo gobierno norteamericano. Políticos, empresarios, intelectuales y sociedad civil, se dijeron convencidos de otorgar un voto de confianza al presidente Enrique Peña Nieto, en la necesidad de hacer planteamientos consistentes a Trump, que dejaran en claro que la dignidad y la soberanía nacional de México no era un asunto sujeto a negociación.

Paradójicamente, esos mismos sectores de la sociedad mexicana se dijeron defraudados cuando vieron que el Presidente respondía con tibieza y tientos frente a las bravuconadas del gobierno norteamericano. Quizá tenían el deseo de ver a un Presidente mexicano contestatario y rudo —como lo estaba siendo Donald Trump—, sin considerar que México ha sido un país promovente de la pulcritud diplomática.

Pareció entonces que el grueso de la población no entendió que la prudencia no era sinónimo de debilidad de carácter sino posiblemente de serenidad, frente a los desplantes convulsivos del Mandatario norteamericano; y que esa, la de Peña Nieto, con todo y su tibieza, era una actitud más digna que la que estaba asumiendo Trump, que llegó asumiendo que insultaba a sus empleados y no que estaba hablando con Jefes de Estado de naciones que en el plano internacional se encuentran en un plano de igualdad política frente a los Estados Unidos.

Acaso eso explica por qué, después de los primeros desencuentros entre el Presidente de México y Donald Trump, fueron tan contrastantes las opiniones que se vertieron tanto en México como en Estados Unidos, sobre el encuentro. Mientras aquí propios y extraños no dudaron en calificar a Peña Nieto de timorato, de tibio y de pusilánime frente a Trump, en la Unión Americana permeó una opinión muy distinta a partir de que ellos vieron a su propio Presidente, iracundo y perdiendo rápidamente el control, frente a otro Mandatario que aún estando en una posición de desventaja supo mantener la prudencia hasta el último momento, y ha evitado entrar en confrontación directa con el norteamericano.

Incluso pareciera que con ese primer affaire Trump-Peña Nieto, mexicanos y estadounidenses quedamos en evidencia: ellos habrían querido tener a su Presidente con la prudencia del mexicano; y seguramente nosotros hubiéramos querido tener al Mandatario rudo e intolerante, que encara a sus homólogos con groserías y desplantes. No se explica de otra forma, más que de ese modo, que en Estados Unidos hayan aplaudido a Peña Nieto, y que en México hayamos terminado descalificándolo —y con eso dándole silenciosamente la razón a Trump por humillarlo.

LOS PRESIDENTES Y LA GENTE

El sábado 21 de enero, un día después de la toma de posesión de Donald Trump como presidente, en todas las ciudades importantes de los Estados Unidos hubo manifestaciones simultáneas bajo el grito de “nasty woman”.

Esa, que podría traducirse como “mujer desagradable”, fue una frase que Trump lanzó en uno de los debates presidenciales en contra de su adversaria del Partido Demócrata, Hillary Clinton, y que las mujeres de prácticamente todo Estados Unidos tomaron como una humillación y una ofensa extensiva hacia ellas. Y por eso, al día siguiente de su unción, por miles salieron a marchar ya no sólo en protesta por la personalidad y las actitudes misóginas del Presidente, sino también para establecer frente a él un punto de referencia de la resistencia que habrán de ofrecer para que no replique conductas como la del debate presidencial mientras sea Presidente.

Esa, en ningún sentido puede considerarse como una actitud espontánea o pasajera: queda claro que en Estados Unidos hay un convencimiento profundo tanto de los asuntos que deben involucrar a la sociedad civil organizada, como de los valores que están en juego, y las amenazas que representa, que un hombre como Donald Trump haya llegado a la Presidencia.

Por esa razón, un día sí y otro también ha habido protestas en los Estados Unidos; y las perspectivas apuntan a que ésta será una dinámica inversamente proporcional a la pérdida de popularidad y desgaste político que vaya teniendo en el desarrollo de su gobierno. Es decir, que mientras más caiga su popularidad, más presión ejercerá la ciudadanía sobre él a través del rechazo y quizá de las manifestaciones en las calles, quizá hasta poder quitarlo de la Presidencia, aunque ese no parece un camino fácil ni una tarea sencilla.

Esto es muy contrastante con lo que ocurre en México. Hoy queda claro que el rechazo hacia Trump en nuestro país ha sido de dientes para afuera, y que los mexicanos no hemos perdido esa inicua tendencia a preferir la autodestrucción frente al enemigo exterior, antes que aceptar que podemos ser aliados temporales de nuestros adversarios domésticos cuando hay enfrente una calamidad que nos amenaza de forma común a todos.

Esto se reflejó en un acto tan sencillo pero simbólico como el del domingo. La convocatoria tenía que surgir de la sociedad civil, y pronto se vio que hasta ésta estaba dividida. Las fuerzas de izquierda descalificaron la manifestación argumentando que ésta significaba un apoyo disfrazado al Presidente de la República y, mezquinos como solemos ser los mexicanos, distinguimos más las ambiciones y las mezquindades electorales de cara al 2018, que la posibilidad de demostrarle desde el inicio al Presidente norteamericano que los mexicanos tenemos preocupaciones y convicciones que están por encima de nuestras diferencias, y que por eso nos habríamos manifestado de forma contundente a partir de una convocatoria lanzada desde la sociedad civil.

Lo más triste, en esta realidad desalentadora, es que ahora hay sectores de la sociedad mexicana —los convocantes a la manifestación, y el propio gobierno— que tienen miedo de que cualquier día de estos Donald Trump se refiera al fracaso de la marcha “Vibra México”, se burle de la desunión y mezquindad de los mexicanos, y decida mantener sus planes de odio y segregación, tanto contra nuestros paisanos allá en los Estados Unidos, como con nosotros mismos que habitamos al sur de su frontera, con cuestiones como la renegociación del Tratado de Libre Comercio, el establecimiento de las condiciones de pago del muro fronterizo, u otros planes aviesos que tiene contra nuestro país sólo para demostrarle al mundo la dureza de sus iniciativas.

NUBARRONES

Si todo eso ocurre, no nos sorprendamos: con nuestra apatía, mezquindad y desunión, nosotros mismos le estamos dando la razón para que lo haga.