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Javier Corral y sus antecedentes de la mala relación con la prensa (en Oaxaca)

 

JAVIER

+ Dejar morir a El Norte, forma similar al ahogo presupuestal que aquí impulsó


Luego de la ejecución de la reportera Miroslava Breach, el periódico El Norte de Chihuahua anunció el final de su existencia como publicación impresa. Oscar Cantú Murguía, dueño de la publicación dijo que en aquella entidad no existen las condiciones ni las garantías de seguridad para el ejercicio libre del periodismo y, sin mencionarlo específicamente, también acusó al gobernador Javier Corral, de rehusarse a reconocer las responsabilidades institucionales de pago con la publicación, y de ser un obstáculo para el ejercicio periodístico. Todo aquel que recuerde el paso de Corral por Oaxaca al inicio del gobierno de Gabino Cué, y la compleja relación que promovió con —y contra— la prensa oaxaqueña, podrá avalar lo que señaló el director de El Norte en la carta que anuncia la extinción del diario.

En efecto, la poca memoria hace que hoy muchos hayan olvidado que Javier Corral tuvo un papel muy activo en Oaxaca al inicio de la gestión de Gabino Cué. Durante la campaña de gobernador, en 2010, hizo presencia en la entidad en su calidad de representante del Comité Ejecutivo Nacional Partido Acción Nacional en la entidad, en el acompañamiento al entonces candidato de la coalición PAN-PRD-PT. Luego de la victoria de julio de 2010, Corral siguió acompañando a Cué en la elaboración de un programa preliminar de gobierno y en el establecimiento de algunas “directrices” —como la de la supuesta nueva relación comercial e informativa del gobierno con los medios de comunicación— desde las cuales Corral intentó tomar ventaja a partir del fomento a la inquina y la mezquindad hacia los medios de comunicación.

De hecho, en Oaxaca Corral intentó incidir en la prensa en una forma más o menos similar a como lo está haciendo hoy como gobernador de Chihuahua. Por un lado, promovió la creación de medios de comunicación afines a su grupo político y a sus intereses económicos; y por el otro, impulsó una discusión perniciosa relacionada con el gasto de publicidad que el gobierno invierte en medios impresos, electrónicos y digitales, la cual intentó encauzar a su favor por medio de supuestas organizaciones civiles dedicadas al análisis de los medios y el derecho a la información.

La intención de esa discusión era de antemano mezquina porque no buscaba el establecimiento de un esquema transparente y democrático para el ejercicio del gasto publicitario del gobierno —a partir de la premisa de que el gasto publicitario del gobierno estimula la existencia de la pluralidad informativa a la que tienen derecho todas las persoans—, sino porque tenía la clara intención de promover que el gobierno dejara de gastar en todos los medios a partir de argumentos como el del sesgo informativo, la parcialidad o la falta de objetividad en la información.

Lo paradójico es que, mientras por un lado Javier Corral promovía esa discusión relacionada con la prensa a través de organizaciones como el Capítulo Oaxaca de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información —organismo integrado por comunicólogos, que casi en su totalidad eran en aquellos momentos empleados de las oficinas de comunicación social de dependencias del gobierno de Oaxaca, y que ninguno había trabajado nunca en algún medio informativo—, por el otro impulsó la creación de varios medios que espontáneamente aparecieron en la escena pública gracias a una fuerte —aunque inexplicable— inversión estatal en publicidad.

En el fondo, la intención de Javier Corral era simple: ahogar financieramente a la mayor parte de los medios de comunicación que ya existían en Oaxaca —acusándolos, a través de terceros como los antes mencionados, de gobiernistas, de priistas y de parciales—, para que esos recursos públicos que se dejaran de invertir en ellos, fueran a parar a los nuevos medios impresos y digitales que él había promovido.

Específicamente, Corral impulsó el establecimiento de dos semanarios cuya procedencia aparente era el estado de Puebla, y luego intentó la consolidación de un tercero —un diario que trajo una fuerte inversión en equipo y tecnología— que habría tenido su origen en el Estado de México. Finalmente, los tres fracasaron por su escasa oferta informativa y porque finalmente exhibieron —esos sí— su cuño gobiernista y su falta de carácter como publicaciones independientes.

EN CHIHUAHUA

SE REPITE LA HISTORIA

Hay dos partes particularmente reveladoras de la carta publicada por Oscar Cantú en la edición final de El Norte de Chihuahua. Ambas, dejan ver la pésima relación y la aún peor intención de Corral con la prensa de aquella entidad.

La primera dice: “La trágica y sentida muerte de Miroslava Breach Velducea –colaboradora nuestra– el pasado 23 de marzo, me ha hecho reflexionar sobre las adversas condiciones en que se desarrolla el ejercicio del periodismo actualmente. El alto riesgo es el ingrediente principal. Las agresiones mortales, así como la impunidad contra los periodistas, han quedado en evidencia, impidiéndonos continuar libremente con nuestro trabajo.” En ella, Cantú habla en tiempo presente. Es decir, que el gobierno de Corral no tiene ninguna intención de mejorar las condiciones y garantías para el libre ejercicio periodístico.

No obstante, hay otro párrafo en la carta que revela que la política de Corral con relación a la prensa, sigue siendo muy similar a la que estimuló en Oaxaca. “Este día, estimado lector —dice Cantú Murguía—, me dirijo a usted para informarle que he tomado la decisión de cerrar este matutino debido a que, entre otras cosas, no existen las garantías ni la seguridad para ejercer el periodismo crítico, de contrapeso”.

Lo que sigue diciendo es aún más revelador: “El irresponsable incumplimiento de las administraciones públicas de los tres niveles de Gobierno también nos orilla a tomar esta decisión, ante la soberbia negativa de pagar los adeudos contraídos por la prestación de servicios.” No menciona directamente a Corral. Pero es claro que para cualquier medio de información de carácter local, su mayor fuente de publicidad gubernamental proviene justamente del gobierno estatal. Por ello, esa acusación aparentemente genérica le termina pesando como una loza al gobierno de Corral.

Y por eso, otra revelación hecha al mismo tiempo por El Financiero, confirma que Corral quiere sólo a los medios que son sus medios. Según la publicación, el gobierno de Chihuahua gasta un millón de pesos al mes en la impresión del periódico “Cambio 16”, una publicación semanal utilizada para difundir de manera oficial las actividades y proyectos de la administración estatal.

Según El Financiero, fue el propio titular de la Coordinación de Comunicación Social de Gobierno del Estado, Antonio Pinedo quien dijo que cada ejemplar de este medio informativo varía en su costo ya que el contenido es cambiante en cada edición, además de que en los últimos seis meses se han contratado a cuatro empresas diferentes para su impresión, sin definir al momento los nombres de las empresas y el monto que se le ha pagado a cada una de ellas.

Así mismo, informaba que en una controvertida rueda de prensa en la que encaró a los representantes de los medios de comunicación que cuestionaban al Estado por la reducción en los convenios, el titular de comunicación social anunció que se había reducido en un 70 por ciento el gasto en medios de comunicación desde el inicio de la actual administración, sin limitar las inversiones para este semanario.

ENEMIGO DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

En Oaxaca, Corral sólo vino a tratar de hacer negocios con sus medios, y a promover una discusión mezquina respecto al gasto publicitario del gobierno. Nunca tuvo la intención de mejorar el esquema de la inversión, sino echar a pelear al gremio para tratar de ganar en medio del caos. No lo logró. Lamentablemente, hoy que es gobernador tiene plenas posibilidades de dejar morir a los medios preexistentes para tratar de quedarse sólo con la prensa que él mismo promueve y que responderá a sus intereses.

UABJO: ¿Hasta cuándo van a dejar —todos— que se les enrede el proceso electoral?

 

Helmes

+ Martínez Helmes, en la impunidad y en el desastre, sueña con ser diputado por Morena


Uno más de los síntomas de la larga descomposición que padece la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, es la inexplicable intromisión de los actores universitarios en la política electoral estatal. Uno de los ex rectores universitarios es hoy diputado federal y ocupa una posición relativamente relevante, desde la que no ha hecho nada por la Universidad. Y de tras de él hay otro que ahora pretende hacer carrera política en el Movimiento de Regeneración Nacional, de Andrés Manuel López Obrador. Sólo quien no tiene vergüenza puede pensar en eso, suponiendo que la UABJO es su capital político y su ejemplo de eficacia.

En efecto, para efectos de la política universitaria que se entrelaza con la política estatal, el ex rector Francisco Martínez Neri es un pésimo ejemplo. Lo es porque fue un rector que emergió —como todos en los últimos tiempos— de la confluencia de los grupos internos de la Universidad, y que entregó cualquier tipo de resultado menos alguno a favor de la UABJO. ¿Qué hizo Martínez Neri? Lo mismo que sus antecesores y sucesores: administrar el largo conflicto y los vicios universitarios, con la única mira de tratar de concluir un rectorado sin sobresaltos ni sangre. Ese bien puede ser el leitmotiv de los últimos rectores, que sólo parecen tener esa meta. Sin embargo, y contra todos los pronósticos, Martínez Neri logró ir más allá.

¿Por qué? Porque su tiempo como rector coincidió con el del conflicto popular y magisterial de 2006 en Oaxaca, y desde entonces él se involucró con los grupos que primero respaldaron el movimiento social, y que después fueron aliados de Gabino Cué cuando, cuatro años después, ganó la elección al gobierno de Oaxaca. Únicamente por respaldar el conflicto, y por permitirle a la APPO las instalaciones universitarias, Martínez Neri fue considerado dentro de las candidaturas a las diputaciones locales, que ganó por las inercias electorales de 2010 y no por un liderazgo verdaderamente afianzado.

Esas mismas inercias, combinadas con el desdibujado PRI que hay en la mayoría de las zonas urbanas de Oaxaca, fueron las que le permitieron también ser diputado federal, a pesar de que los antecedentes de Martínez Neri no son envidiables ni como rector, ni como diputado federal, ni como efímero Secretario de Culturas y Artes de Oaxaca durante el gobierno de Gabino Cué. Y, básicamente, lo que sí logró fue poner el —mal— ejemplo de que se puede seguir haciendo carrera política a pesar de haber sido un mar rector, un mal legislador, y un gris servidor público.

Por eso, hoy se asume en la UABJO que los rectores sí pueden salir de la palestra universitaria para convertirse en políticos, y que además de ser políticos comunes pueden llegar a ser políticos exitosos. Pues de nuevo, el ejemplo de Francisco Martínez Neri como diputado federal, y como coordinador de su bancada en la cámara baja, vuelve a salir a relucir como un engañoso reflejo del esfuerzo y del éxito político a pesar de los antecedentes.

Pues al final resulta que a pesar de lo que se diga, la UABJO sigue siendo un ejemplo pernicioso de vicios, de abandono institucional, de desinterés por parte del gobierno estatal, y de bajos resultados globales en todo lo que tiene que ver con lo académico. Pues antes y después de Martínez Neri, la UABJO ha seguido gobernándose a partir de los cacicazgos, de la violencia, del porrismo y de los vicios de corrupción que someten a cualquier tema académico. Ese es el saldo de Martínez Neri —compartido con los demás rectores— que nadie parece considerar. Pues la “moda” indica que sí se puede hacer carrera política a pesar de eso.

Quizá ese sea el ejemplo de Eduardo Martínez Helmes que, ahora en Morena, quiere seguir los pasos de uno de sus antecesores.

DE LO MALO A LO PEOR

El rectorado de Eduardo Martínez Helmes constituyó la cúspide —y el inicio de la decadencia— del cacicazgo universitario de su padre, el también ex rector Abraham Martínez Alavés. Fue así porque luego de poner a otros rectores —entre ellos a Martínez Neri—, el cacique decidió heredarle el poder a su propio hijo, que no tenía más mérito que ser un burócrata de la Universidad, e hijo de quien es.

Con Eduardo, Abraham Martínez pareció llegar al máximo de su obra dentro de la UABJO y ahora quieren intentar que esa capacidad política perdure. ¿Cómo? Siguiendo los pasos de Martínez Neri en la búsqueda de una diputación local. Por esa razón, hay acercamientos muy concretos con Morena y lo que tratarán de afianzar es que éste partido asuma que Martínez Helmes tiene el control de la Universidad, y que ésta será un semillero de votos a favor de López Obrador, y de los candidatos de Morena en Oaxaca.

Si eso lo pudieran suponer en Morena a la luz de los resultados del rectorado de Martínez Helmes, están equivocados. Éste concluyó en medio de un escandaloso señalamiento de corrupción y de complicidad con el régimen anterior en la entidad, específicamente con el “facilitador” de Gabino Cué, Jorge Castillo Díaz, en el manejo del presupuesto universitario. Además, Martínez Helmes fue no sólo uno de los principales promotores del porrismo y de los vicios académicos de la Universidad —la venta y el tráfico de calificaciones entre maestros y alumnos, por decir lo menos, vive uno de sus momentos de mayor jauja en todos los tiempos—, sino también el sepulturero de la delicada concordia universitaria.

Helmes dejó a la Universidad en medio de dos graves conflictos en las dos principales y más pobladas facultades, y lo hizo únicamente tratando de controlar la administración universitaria desde la rectoría. Hoy parece que esos intentos de control están fracasando porque las inercias al interior de la UABJO han resultado ser aún más complejas de que lo que se previó. Es cuestión de tiempo para que, de no atenderse —como hasta ahora—, estalle la violencia que en buena parte se deriva de los desesperados intentos de control de la familia Martínez Helmes en sus dos principales bastiones.

Y el problema es que, a pesar de todo eso, los Martínez —conocidos como ‘la familia real’— siguen asumiendo, y vendiendo la idea, de que ellos controlan la universidad. No reconocen —porque no les conviene— que no es lo mismo ejercer un control clientelar al interior de las aulas, que en un proceso electoral abierto y real. Tampoco dicen que una elección constitucional no se gana con porros ni con tráfico de calificaciones. Y mucho menos hablan de los devastadores resultados de Eduardo Martínez Helmes, primero como rector, y luego como operador político.

Hoy la Universidad ya se les fue de las manos y su poder como cacicazgo está en franca decadencia. Por eso, en términos contantes y sonantes, lo único que les queda es la apariencia y el ejemplo de Martínez Neri, de que se puede seguir haciendo política a pesar de sus respectivas herencias como rectores.

ECOS DE VIOLENCIA

Hay una versión que apunta a que la inestabilidad universitaria tiene que ver directamente con la presencia de Eduardo Martínez Helmes en el templete, el 21 de marzo que se realizó el mitin de Andrés Manuel López Obrador en Oaxaca. ¿En el gobierno estatal siguen sin entender ni calcular la necesidad urgente de intervenir institucionalmente en los problemas universitarios, para evitar que se desborde la violencia? A estas alturas, si quiera pensar en la sola posibilidad de un “incendio controlado”, resulta tan riesgoso como insistir en jugar a la ruleta rusa con la gobernabilidad del estado. Y de por sí, ya hay demasiados problemas en Oaxaca, como para seguir insistiendo en ello.

La crisis institucional de México pasa por la reforma a los gobernadores

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+ Veracruz, Chihuahua, Nuevo León… en todas, el resultado es desalentador


El federalismo mexicano vive una resaca terrible con la inoperancia y corrupción actual de los gobiernos estatales. Si en el pasado la mayor queja institucional parecía provenir del gobierno federal y de las arbitrariedades propias del régimen presidencialista —entendido éste como un sistema presidencial exacerbado, propio de las incipientes democracias latinoamericanas—, hoy buena parte de los mayores problemas institucionales tienen su origen en la contradictoria figura de los gobernadores. Éstos, a pesar de la enorme evolución institucional que le apremia al país, siguen extremadamente sometidos en algunas atribuciones y, paradójicamente, excesivamente libres en otras. Si se busca la confianza del ciudadano en el Estado, esa es una de las figuras que debería modificarse con urgencia.

En efecto, hoy abundan las historias relacionadas con la corrupción de varios gobernadores. En el caso de Veracruz, Chihuahua, Quintana Roo y varias más, se acusa a los ex gobernadores de haber dejado deudas estratosféricas, además de graves problemas en rubros como la seguridad. Y en otras entidades —como Oaxaca o Puebla— que hoy tienen menos atención de la opinión pública nacional, tampoco distan demasiado de esos mismos problemas que tienen una derivación de fondo en la corrupción.

En realidad, hoy que están en juego cuatro gubernaturas, y que ello no será sino la antesala de un proceso electoral mayor, ese resulta ser uno de los problemas de fondo para la generalidad de los partidos y para la credibilidad y legitimidad en general de la importancia de la renovación del poder público. Es evidente que este asunto superó por mucho la esfera de los problemas ordinarios, y que se ha incrustado como uno de los más graves en la vida pública del país. La corrupción, como problema genérico del Estado, se particulariza en temas como la impunidad, pero también se bifurca en la inoperancia de las instituciones y en las excesivas libertades que tienen hoy algunos servidores públicos. Y ello se refleja con toda claridad en los gobernadores.

Pues, por un lado, seguimos siendo testigos de que hoy son algunos gobernadores los que mejor ejemplifican los problemas de corrupción en el país. En este momento son César y Javier Duarte en Chihuahua y Veracruz, respectivamente. Previo a ellos fue Roberto Borge en Quintana Roo. Pero hace un poco más de tiempo fue Guillermo Padrés en Sonora; Fausto Vallejo en Michoacán; y antes fue Humberto Moreira en Coahuila. Es decir, que este es un problema sistemático, en el que gobernadores de todas las facciones, grupos, partidos y antecedentes, comparten el mismo problema de haberse excedido en sus funciones y haber incurrido en todo tipo de irregularidades, particularmente con las que tienen que ver con el ejercicio de los recursos públicos, y las tentaciones del peculado.

Y como si eso no fuera suficiente, resulta que esos mismos gobernadores han entregado gestiones verdaderamente desastrosas en cuanto a resultados. Hoy el país está incendiado por la criminalidad, por la violencia y por la impunidad. Y el rasgo distintivo –para variar— son los gobernadores completamente incapaces de controlar las situaciones de riesgo en sus respectivas entidades. Todos por igual, claman por ayuda federal ante la evidente incapacidad de controlar un problema que en gran medida ellos contribuyeron a crear.

Lo hicieron cuando permitieron que la delincuencia le ganara terreno al orden público; cuando distrajeron recursos prioritarios para el mejoramiento de las policías, para otros fines; cuando asumieron que la seguridad no era un tema estatal sino federal; y cuando, por indolencia o por candidez, dejaron de atender ese y muchos otros problemas que hoy, por su dimensión, tienen también rebasado al gobierno federal.

PODER DE CLAROSCUROS

¿Y no son esos mismos gobernadores a quienes se acusa, por ejemplo, de haber sobre endeudado a sus entidades federativas? Son ellos mismos, porque en esos controles y libertades que hoy tienen los Ejecutivos estatales —una de las figuras que particularmente no ha sufrido modificaciones sustanciales en el esquema constitucional federal, a pesar de la alternancia de partidos en el poder y de los cientos de reformas que en los últimos 17 años se han hecho a la Constitución— les siguen permitiendo ejercicios discrecionales del gasto y, además, controles muy anticuados de los contrapesos democráticos.

¿Cómo se puede explicar, entonces, que la gran mayoría de los gobernadores, independientemente de la filiación política de la que emanaron, enfrenten problemas similares de acusaciones sobre endeudamientos irresponsables? En ese rubro, ninguno de los partidos sale bien librado, porque más bien ese ha sido un efecto nocivo de la praxis política que, además de reflejar irresponsabilidad en el ejercicio del presupuesto, revela también la inexistencia de contrapesos reales o, en su caso, de una relación de connivencia entre los gobiernos y las fuerzas opositoras.

Los hechos así lo demuestran: todos los gobernadores, para contratar deuda y comprometer sus ingresos fiscales futuros, necesitan el aval de su respectivo Congreso. Y todos los gobiernos endeudados tienen fuerzas opositoras que prácticamente en todos los casos terminan respaldando al gobernador en sus intenciones, ya sea porque entablan negociaciones para compartir los beneficios, o porque simplemente existe un problema de sometimiento permanente de la oposición al oficialismo. Y, en cualquiera de los casos, todo esto ocurre gracias a que no existen los equilibrios efectivos en el ejercicio del poder.

En todo eso, la propia federación ha sido corresponsable. Pues a pesar de la transformación institucional que ha sufrido el país, y de las modificaciones al esquema de poder del Presidente, resulta que los gobiernos estatales siguen siendo muy dependientes del paternalismo federal, que en gran medida se ha promovido —valga la redundancia— desde la propia federación.

Por décadas —antes y después de la alternancia de partidos en la presidencial, en el año 2000— el gobierno federal ha buscado restarle facultades sustantivas a los gobiernos estatales, menguándoles sus capacidades recaudatorias, ejecutivas, administrativas, de seguridad y de desarrollo. Por eso, el gran poder lo ha seguido teniendo la federación —cosa que no cambió ni con las reformas estructurales recientes— y los gobernadores están reducidos a la cómoda posición de jefes políticos de sus entidades federativas, aunque con márgenes muy limitados de acción para enfrentar con bases los problemas de los territorios que gobiernan.

Por eso no es ocioso el señalamiento sobre la urgencia —hipotética— de que evolucione la figura de los gobiernos estatales. Lejos de menguarles aún más el poder, se le deben dar las responsabilidades que hasta ahora se le han regateado, y se le deben poner los controles que hasta ahora han evitado. Conforme pasa el tiempo y los problemas nacionales, queda cada vez más claro que los gobiernos estatales están rebasados.

DESARROLLO REAL

No se ha querido entender que no se trata de seguirlos supliendo, o de quitarles aún más facultades, sino todo lo contrario: como a un adolescente que está en desarrollo, a los gobiernos locales se les debe dar responsabilidades y obligarlos a que las asuman. Sólo de ese modo se podría ir menguando la figura parasitaria que hoy tienen en general los gobiernos estatales respecto a la federación, y se impulsaría el replanteamiento de la figura sustancialmente.

El gobierno de Oaxaca se boicotea al no atajar incertidumbre económica

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MURAT

+ Si hubo sobreendeudamiento de GCM, que lo procesen; pero ¿y si no fue así?


El gobierno de Oaxaca no debería tomar tan a la ligera la enorme incertidumbre que está generando la llamada reactivación económica, que sigue durmiendo el aparente sueño de los justos. La persistencia del enorme vacío de información confiable sobre el origen y las posibilidades de cumplimiento de los adeudos y subejercicios presupuestales, alimenta la idea de las irresponsabilidades institucionales. Y la recién entrada administración estatal debe asumir que o clarifica consistentemente por qué la economía gubernamental está detenida; o de lo contrario, ni siquiera en el mediano o largo plazo podrá cumplir con su promesa de generar derrama económica para la entidad, por encima de las empresas foráneas.

En efecto, la semana pasada el gobierno estatal anunció que a partir de este mes iniciará el pago de adeudos a diversos sectores de la Iniciativa Privada a los que la administración anterior dejó con adeudos. Esto ocurre en un panorama en el que el propio gobierno dijo que del monto original que la administración gabinista les dejó como pendiente de pago —un monto que oscilaba en los dos mil 500 millones de pesos—, a la ventanilla única de recepción de documentos que acreditaran adeudos del sexenio anterior, que instaló la Secretaría de Administración en diciembre para hacer una compulsa real de la situación, sólo hubo reclamos —con soporte documental—, por un monto de alrededor de mil millones de pesos.

Esto dio un panorama más real de los adeudos, aunque en realidad lo que sigue siendo un verdadero problema para el gobierno ha sido explicar los adeudos a la luz de alguno de los supuestos siguientes: a) que el gobierno de Gabino Cué hubiera dejado pagos pendientes que carecían de la cobertura presupuestal para ser liquidados; b) que teniendo cobertura presupuestal, las partidas que se afectarían para esos pagos hubieran sufrido algún recorte o cancelación; c) que dichos pagos no tuvieran la debida gestión de los recursos a través de algún fondo extraordinario, fuere de los ámbitos local o federal; d) que dichas obligaciones hubieran sido contraídas legalmente —es decir, con pagos presupuestados, cobertura y justificación de la necesidad de la contratación—, y que el retraso en los pagos fuera sólo un problema de retrasos en la ministración de los recursos para enfrentar las responsabilidades.

Pues resulta que hasta el momento, el gobierno estatal sigue sin explicar con cabalidad cuál es el origen tanto del retraso en la cobertura de los pagos pendientes a toda la gama de empresas que proveen de bienes y servicios al gobierno, como de las posibles irregularidades heredadas por funcionarios de la administración anterior con relación a dichos adeudos.

En no pocos casos, se sabe que la administración actual ha intentado realizar nuevas negociaciones a partir de esos adeudos, lo cual lejos de aliviar el problema genera más suspicacias a partir de una razón: si se supone que esos fueron adeudos legalmente planeados y presupuestados, lo único que tendrían que hacer es pagarlos; y si no cumplieron con esos requisitos –es decir, que sean gastos fuera de presupuesto o que no cumplen con los requisitos que establece la ley para realizar el pago correspondiente— entonces no sólo no debería negociarlos, sino que tampoco debería pagarlos; y, más bien, debería iniciar procedimientos administrativos y penales en contra del o los funcionarios que violaron un principio constitucional elemental respecto al gasto público, consistente en haber ordenado pagos que no estaban contemplados en el presupuesto o en alguna ley aplicable.

SÓLO EL SILENCIO

¿Por qué no es buena noticia que en muchos casos haya voces que señalen que el gobierno está “renegociando” los adeudos de la administración anterior? En primer término, porque eso alimenta la incertidumbre sobre el tipo de adeudos que dejaron, y el tipo de tratamiento que les está dando el gobierno actual.

En el fondo, no se trata de si los débitos fueron de Gabino Cué o si de son de la camada actual de funcionarios: en realidad, lo grave es que los adeudos —si son comprobables— son un compromiso institucional del gobierno de Oaxaca, lo cual rebasa por mucho los nombres y los sexenios, y se convierte en un asunto de la legitimidad que tendrá el gobierno de cara a quienes lo proveen en sus necesidades y que, en muchísimos casos, lo hacen a crédito y con el solo empeño de la palabra institucional. Si se trata mal la deuda, entonces estarán cerrando —como lo hemos apuntado antes— diversas puertas de apalancamiento al sector público para tiempos futuros en los que, como ahora, todos los problemas tengan su origen en el retraso de las ministraciones federales.

Hay algo más: llevar y traer con tanta ligereza el problema de los adeudos y el manejo del presupuesto estatal, sin ofrecerle a la ciudadanía una explicación puntual y exacta de cualquier problema presupuestal que tuviera el gobierno —porque además, los oaxaqueños merecemos esa explicación—, en alguna medida hace nugatoria la certeza jurídica que se supone que ofrece ese documento que cada año aprueba el Congreso del Estado, denominado Presupuesto de Egresos del Estado.

¿De qué sirve que exista tal documento, si de todos modos una buena parte del manejo presupuestal quedó, o sigue quedando, en la completa discrecionalidad, y en las consideraciones y renegociaciones que pudieran estar haciendo funcionarios a nombre del gobierno, como si el presupuesto se tratara de la bolsa o la riqueza de alguien en específico?

También por esa razón, no es una buena noticia que, por un lado, todo este gran problema presupuestal que enfrenta la entidad exista sin una explicación puntual de la Secretaría de Finanzas; y que, en el otro extremo, estén intentando desacreditar la legitimidad y el valor que se supone que debe tener el Presupuesto de Egresos, como base fundamental del ejercicio del gasto gubernamental, y como garante de la certeza con la que se van a ejercer los recursos.

Al final, si en realidad el problema sigue siendo que el gobierno de Gabino Cué gastó de más; si el problema fue que contrajeron más obligaciones de las que sus presupuestos podían soportar; si se comprometieron a futuro sin contar con las bases legales y presupuestales para cumplir con las responsabilidades institucionales del Estado; y si lo hicieron para heredarle un problema de economías a la administración actual, entonces el gobierno estatal debe dejar de titubear, y de renegociar, e irse con todo el peso de la ley en contra de los ex funcionarios ineptos o corruptos que provocaron este desastre económico.

En el fondo, tanta secrecía, tanta discrecionalidad, y tanto ánimo por mantener a Oaxaca en un prolongado ayuno económico, y de explicaciones sobre las razones creíbles y consistentes que lo provocaron, sólo alimenta la idea de que o están encubriendo a los funcionarios de la administración anterior; o que están queriendo reabrir capítulos presupuestales cerrados para obtener un beneficio; o que definitivamente no tienen la capacidad para enfrentar un problema socialmente tan complejo como éste.

MALA REPUTACIÓN

Al final, no se trata sólo del dinero que se debe, sino de los sectores que están a punto del colapso por la inmovilidad económica, de las miles de familias que dependen de esa economía privada, que están sufriendo sobremanera por este prolongado problema económico que enfrenta Oaxaca; y de la imagen inconsistente que se sigue construyendo el Estado como una persona (moral) que con la mano en la cintura puede desconocer sus compromisos institucionales. Esto último, es lo más terrible de todo.

El gobierno ahora debe buscar la recomposición de su relación con la S-22

 

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+ El Magisterio y  los normalistas protestan para que les otorguen plazas automáticas


Las reiteradas protestas de los integrantes de la Sección 22 del SNTE y de los egresados de las normales que exigen plazas automáticas de trabajo, han sido alimentadas por la indolencia gubernamental que ha desdeñado la necesidad de establecer con claridad cuáles serían los linderos de la nueva relación entre el magisterio y el gobierno de Oaxaca. No se delinearon los límites y ahora Oaxaca está nuevamente en medio de un problema.

En efecto, desde hace por lo menos dos semanas la Sección 22 ha activado una serie de protestas que pudieran parecer inusitadas, si no fuera porque de las causas por las que se manifiestan hay corresponsabilidad del propio gobierno estatal. ¿De qué hablamos? De que en la aparente “nueva relación” entre el gobierno y el magisterio, no parece haberse dejado lo suficientemente claro que todo acuerdo tiene los límites establecidos por la reforma educativa, y que esos límites son imposibles de traspasar por el propio gobierno estatal. En la pésima construcción de esos argumentos, bien pueden explicarse las protestas actuales. ¿Por qué?

Porque hoy los integrantes de la Sección 22 del SNTE protestan en gran medida porque se realice, en una mesa de negociación política, la regularización de las más de 3 mil 600 plazas que apenas en diciembre el gobierno de Oaxaca y la SEP accedieron a reconocerle a la Sección 22 del SNTE con el carácter de provisionales, pero que sólo podrían alcanzar el carácter de definitivas si se cumplían con el requisito de la evaluación, que es parte de la médula de la reforma educativa que los integrantes de la 22 rechazan.

Evidentemente, ni la dirigencia magisterial ni los normalistas están dispuestos a cumplir ese requisito porque ello implicaría el reconocimiento tácito de la reforma educativa, que por definición han repudiado. De ahí la virulencia de las manifestaciones para que sea a través de la presión política y las mesas de negociación, que se cumpla con dicho acuerdo, a pesar de que resulta evidente que la SEP no engañó ni al gobierno de Oaxaca, ni a la 22, respecto a que ese era un límite a cualquier negociación.

Basta con releer el comunicado emitido a partir de la primera mesa de trabajo ocurrida el 7 de diciembre, en la que el gobernador Alejandro Murat anunció el inicio del proceso de la regularización de las plazas de trabajo a la Sección 22, que hoy son motivo de discordia. En aquel entonces los límites parecían claros. Ahora habría que ver quién cometió el error de traspasarlos a partir de la peregrina idea que se le ha alimentado al magisterio de que pueden conseguir más a partir de esta “nueva relación” con el gobierno, o bien por medio de la presión política.

El comunicado de aquella fecha dice lo siguiente: “En estricto apego a la Ley —establecía el comunicado—, el Gobierno del Estado se comprometió –bajo un esquema financiero responsable- a regularizar la situación laboral de los trabajadores de la educación que comprobaron estar laborando, previa revisión realizada escuela por escuela por personal del IEEPO. El gremio magisterial se comprometió a no afectar el calendario escolar y cumplir con su trabajo en las aulas. Asimismo, se acordó el calendario de pago de los adeudos con los trabajadores que serán regularizados”. Esto, dijeron, para dotar de certeza laboral a 3 mil 699 trabajadores de la educación, entre personal docente y administrativo, que comprobaron estar en servicio.

En otra parte, sustancial, el comunicado de referencia señalaba que “para regularizar su situación laboral, los 2 mil 401 trabajadores docentes y mil 298 administrativos, las autoridades educativas federal y estatal los contratarán inicialmente con una plaza temporal, en tanto se valida su antigüedad  y son convocados a los procesos de evaluación que por Ley corresponden. Lo anterior permitirá, bajo los causes normativos correspondientes, brindar certeza laboral a las y los trabajadores de la educación, que es uno de los principales objetivos de la Reforma Educativa”.

Todo esto, además de dejar en claro que dicha negociación no implicaba que esos trabajadores quedaran al margen de la vigilancia administrativa del IEEPO, ni tampoco que los egresados de las escuelas normales fueran a recibir plazas de trabajo sin participar en los procesos de evaluación de ingreso a realizarse en las semanas siguientes.

Entonces, ¿por qué protestan?

ENTONCES, ¿QUIÉN LOS ALENTÓ?

Esa es una pregunta que bien valdría la pena que se hicieran al interior del mismo gobierno. Hoy, la administración estatal está padeciendo las consecuencias de un problema que ellos mismos provocaron y estimularon, no porque no fuera necesaria una nueva relación con la Sección 22 –es, de hecho, indispensable— sino porque parece que no fueron lo suficientemente capaces de establecer límites concretos a esa relación, a partir de un diálogo basado en la claridad no sólo con la dirigencia sino con todo el gremio magisterial.

Pues si no revisa las declaraciones de todos los funcionarios estatales, al más alto nivel, uno podrá corroborar que el rasgo distintivo es la vaguedad y la ambigüedad en los planteamientos. Es decir, nunca lograron pasar de los planteamientos y argumentos generales (todos del tipo: “vamos a construir una nueva relación”; “vamos a dialogar con los profesores”; “vamos a construir juntos una mejor educación para Oaxaca”, etcétera) a discursos más elaborados en los que se dejara perfectamente en claro —no a la dirigencia magisterial sino a todos los maestros— cómo y bajo qué condiciones se podría construir primero esa nueva relación; y segundo, cuáles serían las posibilidades de diálogo del gobierno y cuáles sus límites, para que a esos se atuvieran todos sin engaños y sin medias verdades.

En esa lógica, se entiende que la Sección 22 tiene como política nunca ceder y siempre ir por todo, y sobre todo por lo que no les fue ofrecido. Esa ha sido una forma histórica de negociación que siempre ha complicado su relación con el gobierno. Sin embargo, junto con eso también valdría la pena que el gobierno de Oaxaca comenzara a reconocer que ha fallado gravemente en la forma en que ha conducido su relación con el magisterio, y que buena parte del problema que vivimos hoy los oaxaqueños se deriva de esa inconsistencia discursiva, de la ambigüedad, y de los alientos que en particular le han dado algunos funcionarios estatales a la Sección 22, para hacerlos pensar que sí pueden conseguir las plazas automáticas para los normalistas, o la regularización de las más de tres mil 600 plazas que les dieron en diciembre, pero sin pasar por los procesos de evaluación que desde el inicio se dijo que tendrían que superar.

MALA INTENCIÓN

Al final, parece haber una muy mala intención; o una muy mala relación; o una pésima interlocución. Todos saben, desde antes del 1 de diciembre, que la administración de la educación pública compete al gobierno federal; todos han sabido, desde siempre, que el gobierno de Oaxaca puede hacer poco en realidad para incidir en temas relacionados con las plazas y la estabilidad laboral del magisterio, porque en gran medida el IEEPO es hoy una oficialía de partes de la SEP en la entidad. Así, si se supone que a todos les queda claro todo eso, ¿entonces quién habrá sido el de la brillante idea de abrir la puerta a una “nueva relación”, que en realidad ha sido una pesadilla para la entidad, y una caja de pandora para la ya de por sí maltrecha gobernabilidad en la entidad?

El Estado ha fallado en hacer entender qué son el fuero y la justicia

 

Diego

+ En los partidos y políticos, la razón debe ganarle a intereses políticos


Dos hechos recientes son tan relevantes como conexos: por un lado, ocurrió la liberación de uno de los presuntos responsables del ataque sexual en contra de una menor de edad en el estado de Veracruz, a través de una sentencia amparo, la cual indignó a buena parte de la población mexicana; casi al mismo tiempo, este martes ocurrió un hecho particularmente trascendente: a la Cámara de Diputados federal llegó el suplente de un legislador que hace poco más de una semana murió en un accidente, y que pretendía tomar protesta como diputado, al mismo tiempo que se daba a conocer que en su contra existe una orden de aprehensión. Esos dos hechos nos permiten ver la situación actual de dos temas que han sido largamente discutidos en México y que no parecen hallar puntos de equilibrio: la justicia y el fuero de los legisladores. El resultado sigue siendo negativo, aunque de ello habría que rescatar algunos puntos trascendentes.

En efecto, el pasado lunes un juez federal dejó en libertad a Diego Cruz Alonso, integrante de la llamada ‘banda de los Porkys’, acusado de abusar sexualmente de Daphne Fernández, entonces menor, en 2015. Según la información, este individuo —integrante una banda de hijos de empresarios influyentes en México— fue detenido en España, a donde huyó tras ser acusado de violación, y en donde estuvo encarcelado durante meses. La Audiencia Nacional decidió en diciembre extraditarlo a Veracruz donde ahora ha sido liberado.

Según el auto, el juez no halló pruebas suficientes sobre la participación de este porky en el delito de pederastia que le atribuyó la Fiscalía. Lo más llamativo es la razón de la puesta en libertad: el juez determinó que aunque la joven, menor de edad en ese momento, declaró que el imputado le hizo tocamientos, eso no asegura la certeza de que haya habido intención lasciva y que, por tanto, constituya un delito de abuso sexual.

“La declaración de la menor no da luz sobre algún aspecto que rodee la conducta, esto es, alguna insinuación, palabra obscena, acercamiento, situación, que diera al suscrito la seguridad que se cometió un abuso sexual en forma deliberada, con intenciones de erotismo o de satisfacción de apetito o deleite sexual”, estableció el juez en su sentencia, al tiempo de señalar que “un roce o un frotamiento incidental, sea en un lugar público o privado, no sería considerado como acto sexual, de no presentarse el elemento intencional de satisfacer un deseo sexual a costas del sujeto pasivo”.

Evidentemente, esta sentencia fue mal recibida casi de manera unánime por los involucrados y por la opinión pública nacional e internacional. A todos les pareció inadmisible que alguien si quiera pudiera considerar que en un caso de violencia sexual como el de la mencionada menor, y en un contexto en el que las agresiones sexuales en México crecen de manera desbordada, un juzgador pudiera tener consideraciones tan benévolas con uno de los supuestos agresores de la víctima.

Hay, en todos los señalamientos en contra de la sentencia, y en contra del juez, un sentimiento genuino de defraudación por quienes esperan de la justicia acciones no sólo legales, sino contundentes y aleccionadoras, respecto a cuáles son las consecuencias jurídicas y judiciales que pueden derivar de una agresión sexual que puede ir desde una violación hasta un tocamiento. Evidentemente, en ese ámbito, la sentencia de amparo del juez que dejó en libertad al joven Diego Cruz Alonso, parece una lección en sentido contrario a la necesidad de contundencia que se buscaba, y además parece también una especie de demostración de que ejercer violencia sexual en contra de cualquier persona puede no tener consecuencias judiciales según la valoración del juez.

¿Qué es lo que, a nuestro juicio, no se ha terminado de entender? Que por definición, la justicia no debe estar determinada en otra cosa que no sea la ley y los principios constitucionales, y que en ello no cabe ni la analogía, ni la mayoría de razón como criterios para el establecimiento de una sanción. ¿De qué hablamos? De que, por un lado, la justicia no puede decidirse según el criterio de la opinión pública; y que, por el otro, no sólo los jueces, sino todas las autoridades del país, deben regir su criterio bajo la condición de interpretar la ley en el sentido de brindar la mayor protección a las personas que se encuentran sujetas a un procedimiento penal.

Este pareciera ser un argumento propio del abogado del diablo. Sin embargo, éste —que es un principio constitucional conocido como pro persona— parece ser el único argumento que pudiera respaldar la decisión del juez de liberar al mencionado individuo, al considerar que la conducta que desplegó no tuvo las características suficientes para considerarla como una agresión sexual, y que era su deber interpretar la norma en el sentido más restringido posible para mantener a salvo sus garantías como procesado en un juicio del orden penal. Por eso, ahora tendrá que ser el Consejo de la Judicatura Federal el que determine cuáles fueron las razones que pudo tener a su favor el juez para tomar una decisión tan mal recibida por la generalidad de los mexicanos.

LOS LÍMITES DEL FUERO

Al mismo tiempo, el martes se supo que Antonio Enrique Tarín García pretendía asumir como diputado federal, al tiempo que se daba a conocer que el gobierno de Javier Corral en Chihuahua le había librado una orden de aprehensión por presuntos delitos cometidos en su desempeño como funcionario de aquella entidad. En otros tiempos, habría ocurrido que su partido, el PRI, habría “cerrado filas” para evitar que se cometiera lo que ellos habrían considerado como un atropello y una persecución política. Eso fue lo que hace pocos años esgrimió otro partido, el PRD, cuando protegió y permitió que un individuo con problemas más o menos similares, asumiera como diputado federal únicamente para acceder a la inmunidad conocida como fuero constitucional.

Ahora no ocurrió, y eso hay que celebrarlo. A Tarín García se le acusa de peculado y otros delitos; a Godoy Toscano se le señalaba por el delito de delincuencia organizada y narcotráfico. A éste último se le protegió desde la ley para evitar que enfrentara la justicia. Hace pocos años, su partido consideró que valía más la posición partidista que los hechos que respaldaban la acusación. Ahora ocurrió lo contrario. Por eso el PRI no sólo no protegió al ex funcionario del gobierno de César Duarte, sino que incluso promovió que el tema fuera bajado del orden del día de la sesión que ese día se desarrollaba en la cámara baja.

¿Qué se refleja ahí? Que como pocas veces ocurre, los partidos están entendiendo que ese tipo de prácticas no deben reproducirse y que, al contrario, deben preservar las figuras constitucionales que garantizan la función de los legisladores (como el fuero), y evitar que éstas terminen en el lodazal de los asuntos políticos. Por eso, todos los partidos coincidieron en frenar la posibilidad de que Tarín García rindiera protesta como diputado, porque el desgaste y el descrédito se lo habría llevado el Poder Legislativo y no él y su grupo político, que son los que finalmente enfrentan las acusaciones por malversación que quién sabe si con bases o no, les ha formulado el gobierno de Javier Corral.

NUEVOS SIGNOS

Estos son pequeños signos de un cambio que debemos ver en el país. Al margen de lo desafortunada que puede parecer la decisión del juez en el caso veracruzano, lo que también hay que valorarse es que ahora esas determinaciones ya no se quedan en la oscuridad, sino que son ampliamente conocidas y sujetas al escrutinio. Esa acción, irremediablemente, tendrá sus consecuencias no sólo en el caso concreto, sino para todos. Lo mismo pasa con el fuero. Qué bueno que ya se están dando cuenta que era imposible seguir haciendo y deshaciendo al margen de la opinión y el rechazo ciudadanos. Qué bueno, de verdad.

La crisis de la partidocracia vive su propio drama en Oaxaca

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Amlo

+ Morena desfonda al PRD, que no opta por formación ciudadana


La desbandada de perredistas hacia las filas de Morena en Oaxaca, es sólo uno de los tantos síntomas de que las fuerzas de izquierda en la entidad viven una crisis de tal profundidad, que no han logrado encontrar un equilibrio entre la práctica de ‘la cargada’, y el sostenimiento de los parámetros mínimos de compromiso social y representación de la ciudadanía. No hay forma, hasta ahora, de que cualquiera de esas fuerzas refleje que en realidad el votante de a pie se encuentra con él. Y más bien, en su mayoría, le apuestan a las cúpulas, a las apariencias y a las ecuaciones electorales rumbo al 2018.

En efecto, en las últimas semanas ha ocurrido un fenómeno pocas veces visto en las últimas décadas no sólo en Oaxaca, sino en el país. En unos cuantos días, sectores completos de militantes del PRD y otras fuerzas políticas anunciaron su adhesión a la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador por el Movimiento de Regeneración Nacional. Propios y extraños hicieron presencia en un mitin del tabasqueño el pasado 21 de marzo en Oaxaca. Pero salvo excepciones, casi nadie ha explicado cuál es la razón por la que esos personajes transitaron de una opción a otra dentro de la misma izquierda; y tampoco se entiende cuál pudiera ser una postura asequible del perredismo frente a la desbandada.

En lo que respecta a la desbandada de perredistas y petistas hacia Morena, esto no resulta ser sino una expresión de la ya conocida ‘cargada’ que fue parte de la vieja tradición priista. ¿De qué se trata? De que, entonces como ahora, había un gran elector que en cierto momento inclinaba la balanza por alguno de los posibles candidatos, pero para legitimar la decisión enviaba como ‘avanzada’ a los sectores, organizaciones y expresiones adherentes al partido oficial, a pronunciarse a favor de esa candidatura.

A esa tradición, conocida como ‘cargada’, le seguía el anuncio de la decisión final en la que ‘el partido y yo’ (o sea, el Presidente y nadie más) según hacían eco de esa decisión de las expresiones políticas y oficializaba lo que previamente ya había sido decidido y ‘operado’ desde la propia oficina de ese gran elector que era el Presidente en la tradición priista, para legitimar a su candidato.

Eso es exactamente lo que está pasando con Andrés Manuel López Obrador, Morena y las fuerzas de izquierda, en un contexto en el que la tradición y el pragmatismo están pudiendo más que la democracia y el compromiso con sus respectivas militancias. En este caso, el propio Obrador es al mismo tiempo el gran elector y el depositario de la decisión, pero ya no sólo dentro de su partido sino que logró influir en todas las fuerzas de izquierda.

Pues resulta que la fortaleza actual de Morena es proporcional a la debilidad del perredismo y petismo; además esos dos partidos, enfrentan un grave problema al no lograr encontrar la identidad que perdieron luego de la escisión de la izquierda, y que ni siquiera se llevó López Obrador a su partido. Así, además de la crisis de las militancias, de las cargadas y de las numeralias rumbo al 2018, resulta que en general todas las fuerzas de izquierda viven una grave crisis de credibilidad frente a todos aquellos que no ven ni a López Obrador, ni a cualquier otro posible abanderado de las fuerzas de izquierda, con fe ciega.

Acaso lo más grave de todo esto, resulta ser que hasta el momento, en general Morena, el PRD y los demás partidos afines no ha logrado plantear ni un solo rasgo de algún discurso relacionado con los postulados ideológicos y políticos de la izquierda para el país. Nadie, ni López Obrador, ni cualquiera de los posibles abanderados de los otros partidos de izquierda, ha articulado un discurso que refleje sustancia política, entendimiento de su papel histórico, y un proyecto de país que pueda ser sostenido como algo más que simple pragmatismo y oportunismo ante la posibilidad de ganar la elección presidencial.

De entre todo eso, lo que resulta aún más grave es la imposibilidad del propio Andrés Manuel López Obrador de establecer coordenadas concretas del proyecto alternativo de nación. A la luz de los acontecimientos políticos del último año en los Estados Unidos, debería comenzar a quedarle claro —a él como aspirante presidencial, y a nosotros como electores— que emprender campañas anti stablishment (o antisistema), como lo hizo Donald Trump como candidato, y como lo intensifica hoy López Obrador en México, no necesariamente tienen derroteros alcanzables aún cuando cuantitativamente tengan un respaldo importante.

En esa lógica, una de las preocupaciones que despierta el tabasqueño es que presenta un discurso en el que los rasgos de la izquierda siguen ausentes, y sólo se ha centrado en lo que la ciudadanía pretende escuchar. Por eso, aún cuando es cada día popular, éste no pasaría ninguna prueba como candidato de la izquierda; y por eso mismo, los apoyos que ha recibido en las últimas semanas no son más que una grosera expresión de la vieja cargada priista, porque en realidad la gran mayoría de las expresiones de izquierda que se le han sumado tienen más el sueño —y la ambición— de ganar por fin una elección presidencial, que de ver cumplido algún ideario —o algún rasgo— de la izquierda para el país.

López Obrador no ha demostrado convicciones y contenido ideológico de izquierda ni como candidato, ni como jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Y por eso no hay una sola garantía de que pueda y quiera llevar algún tipo de programa de gobierno verdaderamente progresista como Presidente del país.

PERREDISMO, EXTRAVIADO

En el otro extremo está la triste realidad del PRD, que no dista mucho de su escenario nacional con el de Oaxaca. Tanto en el contexto nacional, como en el doméstico, lo único que se refleja es un profundo atrincheramiento de quienes calculan el control de las cúpulas sin importarle la dignidad de su partido. En el caso de la entidad, el perredismo que se quedó con la dirigencia del partido cumple con el indigno papel de ser una comparsa oficialista que sólo se podrá mantener en la medida que continúe teniendo alguna representación legislativa.

Pues resulta que ante la cargada, hoy el PRD ya no puede explicar la dimensión real de su militancia en la entidad; tampoco puede establecer con exactitud cuál es el nivel de cohesión de su bancada en el Congreso local; y mucho menos tiene cara para presentarse ante sus simpatizantes y militantes luego del escandaloso proceso interno en el que se pelearon los aliados de Gabino Cué, contra los aliados del régimen actual, por lo que le quedaba de sustancia política y actores relevantes a ese partido. De ahí que la huida de diversos actores hacia Morena, el perredismo quedó doblemente desfondado porque ya no tuvo capacidad ni sostenerse ni de ofrecerle a la ciudadanía una explicación coherente de su situación actual, y de sus nuevos derroteros como fuerza política menguada.

DEVASTACIÓN POLÍTICA

Al final, lo más triste es que quienes se quedaron en el perredismo, lo hicieron atrincherados y no abiertos a las expresiones ciudadanas. Hay mucha gente que bien podría militar en el PRD —o en Morena, o en el PT— pero que prefiere el apartidismo ante el desgaste de las siglas partidistas en general. Quienes tiene cálculos políticos se fueron a Morena; y quienes no los tienen, prefieren no acudir a ningún partido porque eso significaría poner en entredicho su propia legitimidad como personas, frente a un partido que sólo ha demostrado resistencias, incapacidades y caprichos como su única forma de mantenerse con algún espacio de poder. Es una paradoja que hoy sean las personas quienes se cuiden de los partidos, y que éstos se presenten con tanta procacidad a pesar de su falta de sustancia y congruencia con el ideario político que ya sólo tienen de adorno.

El Gobierno de Oaxaca, ausente de la discusión sobre el futuro de la industria del mezcal

 

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+ Ampliar la Denominación de Origen revela falta de un proyecto global del producto


El estado de Oaxaca —su gobierno, sus productores, los promotores y todos los involucrados en la cadena productiva del mezcal— deben impulsar una discusión nacional sobre el futuro del mezcal, a partir de un conjunto de circunstancias que hoy están determinando el rumbo de este producto y que, de no ser atendidas, fácilmente podrían poner en riesgo las características y plusvalía de la industria mezcalera de la entidad.

En efecto, este es un problema de varias dimensiones: Por un lado, el gobierno federal ha permitido la ampliación de las zonas protegidas por la Denominación de Origen Mezcal; y por el otro, la cadena de producción (por lo menos en Oaxaca) se enfrenta a retos que van desde la sostenibilidad de la materia prima —el maguey— hasta el cumplimiento de las regulaciones y el pago de impuestos, sin dejar de lado que la principal plusvalía del mezcal oaxaqueño radica en su diversidad y en el respeto a las formas artesanales y ancestrales de elaboración. Por eso, mientras no exista esa discusión, y el gobierno y los productores de Oaxaca sigan en silencio, se seguirán multiplicando los riesgos para esa industria, que es una de las pocas que genera riqueza y empleo para los oaxaqueños. ¿De qué hablamos?

De que, en lo que respecta a la Denominación de Origen Mezcal (DOM), el gobierno federal facilitó el año pasado que el estado de Puebla fuera parte de esa Denominación de Origen. Hasta entonces, las entidades protegidas por la DOM eran Oaxaca, Michoacán, Guerrero, Tamaulipas, Guanajuato, Zacatecas, Durango y San Luis Potosí. En el aspecto político, se dijo que Puebla había sido incluida en la DOM como uno más de los mecanismos de su anterior gobernador (Rafael Moreno Valle) por construir su candidatura presidencial a partir de los aparentes logros de su gobierno.

Sin embargo, técnicamente Puebla no tenía muchas dificultades para demostrar su potencial y su tradición mezcalera, ya que buena parte de la mixteca poblana cuenta con agaves silvestres más o menos similares a los que existen en Oaxaca; y también existen productores que tradicionalmente habían producido destilados de agave, y que además se preocuparon por controlar la producción agaves que en Oaxaca son considerados como silvestres. Por eso, sin mayor complicación Puebla se incorporó a la DOM, y lo que faltará ver en los años siguientes es si su industria le apuesta al mezcal de producción artesanal o ancestral, o si se decide por la ruta de la producción industrial.

Junto a esa primera decisión de incluir a Puebla en la DOM, hoy también se dice que Aguascalientes estaría ya en una fase muy avanzada para ser reconocido también como parte de la Denominación de Origen Mezcal. E igual que Puebla, es posible que Aguascalientes tampoco haya tenido problema en demostrar su tradición mezcalera, ya que en al menos 29 estados del país se tienen registros históricos de que se han producido destilados a partir de las distintas variedades de agave que existen en México.

En realidad, el problema no parece radicar en si los nuevos estados que se están incluyendo en la Denominación de Origen Mezcal tienen o no tradición mezcalera, o potencial de producción de dicho destilado, sino más bien en si el gobierno federal, y los de las entidades federativas involucradas —de los cuales Oaxaca debería ser el principal protagonista, por ser la entidad con mayor capacidad de producción de mezcal para México y el extranjero— entienden la necesidad de establecer derroteros concretos para la industria, antes de que las tentaciones o las ganancias de corto plazo terminen por estropear su potencial como una fuente generadora de riqueza, empleos y divisas, y como un producto altamente competitivo en prácticamente cualquier mercado internacional de bebidas alcohólicas.

NO HAY PROYECTO

Para el gobierno federal puede ser muy fácil continuar incluyendo a más estados en la Denominación de Origen Mezcal. Puede serlo, a partir del argumento fácil de que eso estimula la industria, y potencia la producción de destilados de agave que son muy apreciados y valorados económicamente en los mercados internacionales.

No obstante, resulta que en el mediano plazo, una ampliación indiscriminada de la Denominación de Origen Mezcal únicamente traería un intento de homogenización de un producto que, paradójicamente, tiene como uno de sus principales activos intangibles la impronta y las particularidades de la zona en donde fue fabricado. Ese es un rasgo que potencia el valor comercial del mezcal, a partir de sus características sensoriales —de aroma y sabor, principalmente—, de su producción artesanal, y del reflejo de la tradición en la que fue creado. Es justo por esas características, que el gran consumidor —mexicano, estadounidense, europeo o asiático—, paga grandes cantidades de dinero por el mezcal, a partir de que lo aprecia más por esas particularidades, que simplemente como una bebida alcohólica.

De ahí que una apuesta más inteligente y de largo plazo, tendría que estar encaminada a potenciar las denominaciones de origen regionales, antes que optar por la codicia fácil de aprovechar la fama actual de la marca Mezcal. En México, como género, todos los alcoholes destilados del maguey se conocieron históricamente como mezcal. Sin embargo, en diversas regiones del país existen denominaciones tradicionales que distinguen a sus destilados. Por eso, aunque el tequila es un también un mezcal, la región productora de ese producto decidió diferenciarlo del mezcal con una denominación distinta (tequila) y potenciarlo como marca, hasta llevarlo al trono en el que sigue estando el tequila en los mercados nacional e internacionales.

En esa lógica, ¿Por qué no impulsar la discusión de que, en lugar de ampliar indiscriminadamente la DOM, se fortalecieran otras denominaciones que, potencialmente, son tanto o más atractivas que el mezcal? Existen otras denominaciones ya reconocidas, tales como el bacanora y el sotol —y otras que no cuentan con denominación de origen, pero que existen y son reconocidas, tales como la raicilla, el comiteco, la charanda, y otras—, que son de una producción más o menos similar a la del mezcal, y que podrían potenciar no sólo la producción de la bebida, sino toda la economía que está alrededor de ellas.

Oaxaca —gobierno, sociedad, productores, etcétera— debería pensar con más perspectiva en la necesidad de esa discusión, junto con otras que son concomitantes a ella, como la de la diversificación y regionalización de los Consejos Reguladores para romper el monopolio y los abusos actuales del Consejo Regulador del Mezcal; deberían también impulsar una discusión fiscal seria y de altura, para poder estimular esa industria que ha demostrado su capacidad pero que no puede crecer por la enorme carga impositiva que le establece la Ley del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios. Deberían impulsar la discusión no sólo respecto a las formas de fabricación de mezcal que se impulsan en Oaxaca, sino las de todo el país, para equilibrar la producción, y evitar que la avidez por el comercio indiscriminado y de corto plazo, arruine las características de producción orgánica y artesanal que hoy le dan un enorme valor agregado a la bebida.

SILENCIO TOTAL

Todo eso tendría ya que estarse discutiendo integralmente. El problema es que las voces autorizadas, facultadas y responsables para ello siguen en silencio. Es una lástima que la Secretaría de Economía estatal, que encabeza Mario Jesús Rodríguez Socorro, siga desaparecida de esta realidad que afecta a la industria mezcalera de la entidad; y que los propios productores estén distraídos y sujetos a una pugna mezquina e innecesaria con los enseñoreados controladores del Consejo Regulador del Mezcal, que deberían ser los primeros interesados en cuidar y potenciar este producto, y no en querer asumirse —como ocurre actualmente— como la dictadura en la certificación del mezcal.

AMLO miente con la verdad: Sí fue el Estado, pero no EPN o el ejército

 

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+ El Estado sí es responsable; pero Obrador manipula otra vez la realidad


Los más altos representantes del Estado mexicano recibieron muy mal las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador —dirigente nacional de Morena e inminente candidato presidencial— en el sentido de que las fuerzas armadas del país habrían sido responsables de actos de represión y de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, en septiembre de 2014. El tabasqueño nuevamente manipula la realidad, porque aún cuando sí fue el Estado —tal como lo dice la consigna sobre la responsabilidad por las desapariciones—, en realidad él y muchos más quisieran que ello fuera un sinónimo de que el Presidente hubiera ordenado la masacre, o que el ejército la hubiera ejecutado. No es así, y por eso un discurso inteligente tendría que versar en un sentido distinto a pesar de la afirmación de que sí “fue el Estado”.

En efecto, la semana pasada en una gira por los Estados Unidos, y luego de un incidente en el que se vio involucrado el padre de uno de los normalistas desaparecidos, que fue a reclamarle a López Obrador por su relación con José Luis Abarca y el ex gobernador Ángel Heladio Aguirre Rivero, el tabasqueño dijo: “estoy convencido de que fue un acto de provocación”, subrayó antes de agregar: “es injusto, se lo dije —a Tizapa, en referencia al padre del normalista desaparecido, que lo increpó— en el momento; el reclamo es al Estado, no a nosotros, el reclamo es al régimen, el reclamo tiene que ser a (Enrique) Pena Nieto, a las fuerzas armadas, a quienes intervinieron en ese crimen; no a nosotros. Es una gravísima confusión, lamentable”.

La reacción del gobierno no se hizo esperar. Al día siguiente, el vocero de la Presidencia, el Secretario de Gobernación, y representantes de la Secretaría de la Defensa Nacional, coincidieron en reprobar las acusaciones hechas por el tabasqueño a partir de que éste no mostró ninguna prueba para sustentar sus acusaciones en contra de las fuerzas armadas, como las presuntas responsables de la desaparición de los normalistas en la población de Iguala, en Guerrero, y antes, que también había acusado a la Secretaría de Marina Armada de México de haber matado a menores en el operativo en contra de un capo criminal en Nayarit.

“Me indigna muchísimo que se haga una acusación como esta, sobre todo porque es falsa, y al ser falsa, es rotundamente injusta”, dijo Sánchez en una conferencia de prensa, al tiempo que señalaba que “es la segunda vez en breve lapso, que el presidente del partido Movimiento de Regeneración Nacional, Andrés Manuel López Obrador; hace una acusación falsa en contra de las Fuerzas Armadas mexicanas”, en relación a lo vertido por el líder de Morena el mes pasado sobre el abuso de fuerza por parte de la Marina en un operativo en Nayarit en el que murió el presunto capo del narco Juan Francisco Patrón.

Osorio Chong, por su parte, se dijo preocupado porque alguien que lleva 18 años buscando la Presidencia y que busca encabezar las Fuerzas Armadas, “denigre y señale” a las Fuerzas Armadas. “Por eso refiero el poco respeto que tiene por las instituciones”, dijo Osorio, quien también calificó de inadmisible las declaraciones del líder de Morena, ya que dañan “a la institución que más confianza le tienen los mexicanos”.

Aún con todo esto, López Obrador no se desdijo de sus señalamientos, y aunque suavizó su posición con relación a las fuerzas armadas, insistió en la idea de la responsabilidad de Peña Nieto en la desaparición de los normalistas y en la represión a movimientos sociales a través de las fuerzas armadas.

Quizá López Obrador no se da cuenta que si llega a ser Presidente, entonces él representará al Estado y será tan responsable de hechos como la desaparición de los normalistas como hoy lo es Enrique Peña Nieto, y como lo será cualquiera que llegue a esa misma posición por una cuestión institucional y de reconocimiento de la responsabilidad internacional por los hechos ilícitos del Estado.

RESPONSABILIDAD DE ESTADO

Lo primero que es necesario comprender, es que frente a hechos como la detención-desaparición de los normalistas de Atoyzinapa, la responsabilidad de Estado no se segmenta en los ámbitos de gobierno; y en un segundo plano, no menos importante, también es necesario entender que en el ámbito de los derechos humanos no existe jerarquía ni ámbitos de aplicación. Vale la pena analizar estos dos elementos que son determinantes en la explicación de por qué el gobierno federal sí tuvo responsabilidad desde el inicio, y de por qué sí es perfectamente válido el cuestionamiento de por qué tardó tanto tiempo en asumir una postura e intervenir en el caso de los normalistas desaparecidos en Iguala. Veamos.

¿Por qué la responsabilidad no puede segmentarse? Una primera luz sobre este tema, la da el Pacto de San José, cuando en su artículo 28, dice lo siguiente: “1. Cuando se trate de un Estado parte constituido como Estado Federal, el gobierno nacional de dicho Estado parte cumplirá todas las disposiciones de la presente Convención relacionadas con las materias sobre las que ejerce jurisdicción legislativa y judicial. 2. Con respecto a las disposiciones relativas a las materias que corresponden a la jurisdicción de las entidades componentes de la federación, el gobierno nacional debe tomar de inmediato las medidas pertinentes, conforme a su constitución y sus leyes, a fin de que las autoridades competentes de dichas entidades puedan adoptar las disposiciones del caso para el cumplimiento de esta Convención”.

¿Qué significa eso? Que frente al derecho internacional de los derechos humanos, los gobiernos nacionales —como el gobierno federal, en el caso de la federación que es México— es quien debe, primero, responder por el cumplimiento del contenido de la Convención; y segundo, ver que las partes integrantes cumplan también su contenido, pero sin dejar de ver que el deber entre estados y federación es uno solo.

Ahora bien, cuando se habla de cumplimiento, se refiere al respeto a los derechos fundamentales consagrados en esa Convención. ¿Cuáles? El derecho a no ser privado de la vida arbitrariamente (art. 4); derecho a la integridad personal (art. 5); derecho a la libertad personal —que es uno de los directamente transgredidos aunque no el único, porque ese es un delito pluriofensivo— (art. 7); derecho a la protección de la honra y la dignidad (art. 11), entre otros.

Por eso, aunque el gobierno federal no es directamente responsable de haber cometido las detenciones-desapariciones de los normalistas, sí tuvo desde el primer momento una responsabilidad de Estado por la que debió intervenir de inmediato, tomando en cuenta, además, que la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas establece como primer deber de los Estados parte —México es uno de ellos— el no practicar, no permitir, ni tolerar la desaparición forzada de personas, ni aun en estado de emergencia, excepción o suspensión de garantías individuales. Valdría la pena saber, en concreto, por qué razón el gobierno de México tardó tanto en entender la situación.

SÍ FUE EL ESTADO

Hay legislación internacional en el sentido de que en los hechos ilícitos del Estado, se considera responsabilidad institucional del Estado cuando sus representantes —es decir, cualquiera de sus funcionarios, al margen de su jerarquía— actúa en el ejercicio de sus atribuciones en la comisión de una conducta ilícita, máxime cuando se trata de delitos de lesa humanidad. Por eso, aún cuando hayan sido elementos de la Policía Municipal de Cocula e Iguala quienes detuvieron y entregaron a los normalistas para ser desaparecidos, al final sí termina siendo responsable el Estado, que no segmenta sus responsabilidades. Por eso AMLO engaña con la verdad: sí fue el Estado pero no Peña Nieto. Y lo que queda en medio es la temeraria acusación a las fuerzas armadas, de las que pretende llegar a ser su comandante supremo.

UABJO: desatienden las soluciones de fondo a un polvorín a punto de estallar

 

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+ Poder de ‘familia real’, arruinado; a anarquía, se suma indolencia del Rector


Todo aquel que entienda la política interna de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, debería también reconocer que ésta se encuentra a punto de estallar. La estabilidad que brindaba el control de la llamada ‘familia real’ está roto, y en la Universidad comienzan a abundar los conflictos que no son controlados por el rector Eduardo Bautista Martínez. Mientras todo eso ocurre, en el Gobierno del Estado imperan los cálculos para beneficiarse de la rapiña del conflicto. Ninguno de los involucrados deberían jugar con fuego, con un termómetro social tan delicado como el de la Máxima Casa de Estudios.

En efecto, en la conmemoración del 211 aniversario del natalicio de don Benito Juárez García salieron a relucir las amplias discordancias que inundan la vida universitaria. Por un lado, al intentar realizarse la tradicional ceremonia que se realiza cada 21 de marzo a Juárez, en su calidad de Rector Supremo de la Universidad, quedó claro que ni el Rector, ni los Martínez Helmes, tienen ya el control de las principales facultades universitarias; y que, en el otro extremo, es sólo cuestión de que el gobierno siga calculando la caída del Rector para que las cosas se le salgan de control. Vale la pena, en ese contexto, entender la dimensión del problema que se mostró en su dimensión real el lunes pasado. ¿De qué hablamos?

De que la ceremonia a Juárez no se pudo realizar civilizadamente ni en su recinto tradicional, ni en el espacio alterno que la Rectoría dispuso ello. Cada año, la ceremonia conmemorativa a Juárez se realizaba en el Edificio Central de la Universidad, y era uno de los actos más solemnes y tradicionales de la Máxima Casa de Estudios. Todos los universitarios saben que a esa ceremonia asistían las más altas autoridades políticas y universitarias del Estado, los mandones políticos de la UABJO y la comunidad universitaria que, con conjunto, acudían a rendirle honores y respeto a la memoria de don Benito Juárez en medio de una ceremonia vestida con música y discursos propios de la solemnidad de la ocasión.

Este año esa ceremonia solemne no pudo realizarse, ya que la Facultad de Derecho se encuentra en medio de un profundo conflicto interno, que no tiene ninguna posibilidad de destrabarse en el corto plazo. La disidencia del ex rector Abraham Martínez Alavés sigue sin aceptar la grosera imposición de Miguel Ángel Vásquez como director de la Facultad, y para ello se atrincheraron en el Edificio Central, que a pesar de los intentos porriles no pudo ser recuperado por el grupo de los Martínez.

El elemento central que ha mantenido fuerte a esa disidencia, y que alimenta su movimiento, es el respaldo espontáneo de un nutrido grupo de alumnos y profesores que decidieron dejar de realizar sus actividades académicas en las instalaciones de la Facultad de Derecho en Ciudad Universitaria, para trasladarse al Edificio Central en señal de respaldo al movimiento que ahora reclama el reconocimiento del Consejo Universitario a la creación de una nueva Facultad de Derecho, alterna a la que mantiene en su poder la llamada ‘familia real’ de los Martínez Helmes.

Así, al mantener la disidencia en su poder el Edificio Central universitario, la tradicional ceremonia del 21 de marzo intentó se realizada en Ciudad Universitaria. Sin embargo, ésta resultó otra pretensión fallida, porque en las manos les estalló otro conflicto, en la Facultad de Contaduría y Administración, tiene como origen la misma falta de control del ex rector Martínez Alavés, y sus hijos. ¿Qué ocurrió ahí?

Que desde hace algunas semanas ahí existe otro conflicto, de características más o menos equiparables al de la Facultad de Derecho, en el cual un grupo importante de trabajadores, catedráticos y alumnos reclama las arbitrariedades y presuntos actos de corrupción del director Jhovany Cabrera Ramos. Éste —que es otro delegado de la ‘familia real’ en la segunda facultad más grande de la Universidad, y que se supone que representaba el control de los Martínez sobre los dos cotos de poder más importantes de la UABJO, que significan las facultades de Derecho y Contaduría— es repudiado abiertamente por la comunidad, sin que de ello se inmute la Rectoría.

Por eso, en vísperas del acto conmemorativo a Juárez, hubo un enfrentamiento violento —incluso con disparos de arma de fuego— en el que un grupo de porros al servicio del director Cabrera Ramos, intentó recuperar las instalaciones de la Facultad que siguen en manos de sus opositores. Al final, por eso, la ceremonia a Juárez se realizó de forma maltrecha y apresurada, perdiendo el esplendor de otros años, y demostrando que el poder de los Martínez va en franco declive.

CÁLCULOS PERNICIOSOS

El Gobierno del Estado, a través de la Secretaría General de Gobierno, parece estar calculando la caída del clan Martínez Helmes, y no previendo el grave problema que podría desatarse ante el vacío de liderazgos en la UABJO.

Con los conflictos en Derecho y Contaduría, queda en evidencia que la ‘familia real’ perdió el control político de las dos escuelas más pobladas de la universidad, y con ellas su base de equilibrio. Tampoco puede demostrar que tienen capital académico, pues sobre los directores de esas dos facultades pesan amplios cuestionamientos de porrismo y corrupción. Así, si ya perdieron el control político, y no tienen una base académica de respaldo, entonces se hace explicable por qué los Martínez están utilizando la violencia para tratar de rescatar el control de esas facultades.

En ese escenario, parece claro que la Secretaría General de Gobierno está evitando la intervención política para reencauzar la civilidad universitaria y equilibrar las posiciones, porque en realidad parece tener interés en que los Martínez, y por añadidura el rector Bautista Martínez, caigan. La intención sería que con el derrumbe de la familia real, ascendiera al poder la Secretaria General de la Universidad (Leticia Mendoza Toro), que sigue siendo un factor relativamente importante de poder en la UABJO, pero sobre todo porque, por ministerio de ley, ante la renuncia del rector asumiría el cargo quien ostente la Secretaría General de la Universidad. Y Mendoza Toro es madre del Secretario Particular de Alejandro Avilés Álvarez.

Por todo eso, parece claro que la Secretaría de Gobierno estaría calculando los bandazos que van a seguir dando los Martínez para intentar que finalmente la Rectoría quede en manos del grupo político de Avilés. No reparan en que Leticia Mendoza Toro ha sido un factor de equilibrio al interior de la Universidad, pero que nada garantiza que ella pudiera ser un factor de unidad ante la posibilidad de un conflicto mayor por la caída de la familia real.

RAPIÑA POLÍTICA

De ahí que resulte ampliamente cuestionable que la política gubernamental respecto a la situación universitaria, sea más de rapiña que de control específico de la gobernabilidad y la paz pública antes de que el conflicto tome dimensiones mayores; y que mientras la Universidad incrementa diariamente sus posibilidades de una crisis mayor, en el gobierno sigan alimentando la idea ingenua del Rector, de que este es un periodo normal de inestabilidad, y que finalmente la familia real seguirá gobernando holgadamente la universidad como hasta ahora lo ha hecho, manteniéndolo a él como Rector fachada. Todos están sentados sobre una bomba de tiempo. El problema es que nadie se atreve —o le conviene— reconocerlo.