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El despilfarro legislativo debe arreglarse con voluntad y con reformas legales

 

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+ Se deben superar los espacios de opacidad, discrecionalidad e improvisación


Hay varios cuestionamientos que, juntos, hacen ver —y con sobrada razón— al Congreso de Oaxaca como uno de los más anárquicos y dispendiosos del país: al mismo tiempo, la Legislatura del Estado gasta millonarios recursos en rubros de gestión social que no tienen ningún tipo de control sobre su destino; ellos mismos estimulan la opacidad, al resistirse a rendir cuentas y permitir la realización de auditorías; tienen una voluntad resuelta por no permitir que la Auditoría Superior deje de actuar como un ente subordinado y realmente les pida cuentas; y, por si algo faltara, ellos son los principales responsables —por acción y omisión— del desorden administrativo y de personal que desde hace años impera en el Congreso. Cualquier agenda seria para revertir el caos del Poder Legislativo debía pasar cuando menos por esos temas.

En efecto, pareciera que en Oaxaca las experiencias sobre el desempeño de la Junta de Coordinación Política, han sido todas negativas. Desde que se instauró ese modelo de gobierno interno del Poder Legislativo del Estado, sus únicos rasgos distintivos han sido la opacidad, la discrecionalidad, el desorden y la improvisación en todas sus áreas de responsabilidad.

En su momento —al inicio de la LXI Legislatura—, se liquidó formalmente la figura de la Gran Comisión, y se estableció la de la Junta de Coordinación Política, como una forma de adecuar la organización interna del Congreso a los tiempos de pluralidad que iniciaban. Fue en aquella Legislatura cuando el PRI dejó de tener la mayoría de diputados, y el control político y administrativo del Congreso, y por eso se buscó la figura de la Junta para que, en la pluralidad, pudiera haber también entendimientos y funcionalidad en la gestión legislativa.

Los resultados marcan todo lo contrario. A aquella LXI Legislatura, el gobierno de Gabino Cué prácticamente le duplicó los recursos para la operación, aunque ello nunca fue equilibrado a través de mecanismos de control, obligatoriedad de auditorías, o algún mecanismo de rendición de cuentas. Más bien, a la Junta se le dio todo el poder para administrar los recursos, y quedó intocado todo lo relativo a las facultades de control que debía ejercer la Auditoría Superior para corroborar que la aplicación de los recursos fuera más o menos legal y transparente.

Al mismo tiempo, pronto los tres coordinadores parlamentarios integrantes de la Junta en la LXI Legislatura —primero Martín Vásquez Villanueva, y luego Francisco Javier García López (hoy titular de Sevitra) por el PRI; Juan Mendoza Reyes por el PAN, y primero Carol Antonio Altamirano, y luego Emanuel Alejandro López Jarquín por el PRD— se pusieron de acuerdo para llevar a la quiebra al Poder Legislativo. ¿El mecanismo? Pactar, entre ellos, el uso discrecional de los recursos y los cargos administrativos en aras de mantener un orden y equilibrio político, pero al margen de cualquier consideración sobre la legalidad y la legitimidad de las medidas adoptadas.

Así, aquella LXI Legislatura quedó marcada no sólo por la opacidad y la resistencia a la rendición de cuentas, sino que también quedó en evidencia cuando salió a la luz el enorme dispendio de recursos que propiciaron los líderes parlamentarios: al menos sobre García López (PRI) y a López Jarquín (PRD) recayeron filtraciones —procedentes del propio Congreso— en las que se comprobaba que había transferencias de recursos sin justificación alguna a sus cuentas personales; o cómo había crecido exponencialmente su patrimonio particular sin que eso tuviera relación de proporcionalidad con lo que ellos mismos decían que percibían por concepto de dieta, como legisladores.

Así, a pesar de las reiteradas denuncias y exigencias ciudadanas de que el Congreso rindiera cuentas, durante toda la LXI Legislatura hubo opacidad y, de hecho, ellos mismos atajaron cualquier posibilidad de que se hicieran revisiones de los recursos públicos que les eran transferidos para su funcionamiento, a pesar de que no había justificación para la duplicación presupuestal que recibieron al inicio del gobierno de Gabino Cué.

LXII LEGISLATURA, AÚN PEOR

Luego vino la LXII Legislatura, que fácticamente fue presidida siempre por Alejandro Avilés. Ésta prometió, al inicio de la Legislatura, clarificar el escándalo que había generado la constatación de las millonarias transferencias de las que habían sido beneficiarios Francisco García López y Alejandro López Jarquín en la Legislatura previa, las cuales no sólo no tenían ninguna explicación posible sino sobre las que, además, no había rastro alguno a pesar de que esos debieran ser parte de la información que oficiosamente debía dar a conocer el Congreso del Estado como parte de sus obligaciones de transparencia.

Nada de eso ocurrió y, al contrario, a Avilés se le hizo fácil actuar de la misma forma que sus antecesores. De hecho, el presupuesto del Congreso en la LXII Legislatura —luego de hacer una absurda e inexplicable reforma constitucional para justificar la “irreductibilidad” del presupuesto legislativo— creció hasta los 600 millones de pesos anuales. De ese monto, más de 200 estaban etiquetados bajo el rubro de “gestión social”, a partir de lo cual cada legislador recibían una cantidad discrecional de dinero en efectivo mensual para que supuestamente realizara donaciones y actos de caridad en las comunidades correspondientes a su distrito… o para que lo gastaran de la forma que quisieran.

Lo mismo ocurrió con el rubro de los asesores legislativos. A cada diputado se le entregaba —y así sigue ocurriendo— un monto de dinero en efectivo para que ellos llevaran a cabo la contratación del número de asesores que quisieran. Nunca iba a haber calidad y eficacia legislativa, si la contratación de personal de apoyo quedaba a discreción de cada legislador, y por eso había entre los asesores, lo mismo gente profesional que personas que no tenían ningún conocimiento del quehacer legislativo, pero que eran contratados por los diputados —sin ninguna estabilidad ni relación laboral clara— por tener con ellos algún lazo de amistad, afectivo o de “compromiso político”.

En todo eso, nunca hubo seriedad para encauzar tanto lo relacionado con el gasto para gestión social, como para clarificar lo relacionado con el personal legislativo que sigue estando bajo un régimen brutal de discrecionalidad. Y en lo relativo al personal, sigue siendo una demanda ignorada por parte de las tres bancadas principales del Congreso, el establecimiento de un servicio de apoyo legislativo de carrera, que diera certeza tanto al Congreso sobre las tareas técnico-legislativas que realiza, como a los diputados del personal calificado que los asesoraría en el cumplimiento de sus tareas como legisladores.

SUEÑOS IRREALIZABLES

Lamentablemente, son muy pocas las certezas de que esto cambie en algo: en sus afanes de ambición, más son los diputados que quieren cambiarle el nombre a la Auditoría Superior para ganar un espacio en esa institución, que los que verdaderamente han propuesto esquemas de fortalecimiento institucional al órgano de fiscalización. Algo muy similar ocurre con la posibilidad del establecimiento de un servicio de carrera: más irían por la chamba, que por generar un espacio verdaderamente profesional —que le urge al Congreso— para eliminar esos espacios tan amplios de discrecionalidad, opacidad e improvisación que hoy son el sello distintivo del Congreso del Estado en Oaxaca.

La Constitución cumple 100 años, y nosotros ni uno solo de conocerla

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+ ¿Cómo pensar que se respetará la ley cuando muy pocos la conocen?


Ayer la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos cumplió 100 años de existencia, y a pesar de que ha sido un referente fundamental en la vida institucional del país, todavía hay muchos que no la conocen, que no la valoran y que tampoco entienden su trascendencia y capacidad de transformación. Los lugares comunes llevan a muchos a asumir posturas como la del “no sirve para nada” o “necesitamos una nueva Constitución”. En lugar de eso deberíamos asumir lo importante que es la Constitución para cualquier país, pero también el enorme problema en el que estamos simplemente porque no la conocemos.

En efecto, dentro de las muchas formas en que podemos entender a la Constitución, resaltan dos que en la actualidad parecen excluyentes: una, es la de los actores, partidos y factores políticos del país, que lo mismo han visto en la Constitución como un elemento de dominación, que como un grillete que impide el cumplimiento de sus ambiciones e intereses. La otra visión, es la de las personas comunes que tienen la idea de que la Constitución es un conjunto abigarrados de artículos y leyes incomprensibles, y que por esa razón otros son los obligados a entenderla, y cumplirla. Es evidente que ante esas dos visiones, lo que nos queda es una gran derrota colectiva.

¿De qué hablamos? De que, en el primero de los casos, la Constitución ha sido, como en las viejas visiones marxistas, un instrumento de dominación que lo mismo ha servido para legitimar a regímenes autoritarios, que para convalidar fraudes electorales. Esa perspectiva, simplista y hasta peligrosa, ha sufrido importantes cambios en las últimas décadas a partir de la culminación del régimen de partido hegemónico, y de la transformación de la vida institucional en el irremediable tránsito hacia la democracia. El México de hoy nada tiene que ver con el de los años setentas, en los que el PRI era capaz de ganar todos los cargos de elección popular del país, y que de la mano con la Constitución legitimaba a un régimen que permitía la competencia y participación de sus opositores pero que les cerraba todas las vías constitucionales para acceder al poder.

Eso se terminó, y desde entonces la Constitución dejó de ser un instrumento para convertirse en el límite favorito a vencer. Esto, por una razón simple: desde el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari, todas las inconformidades políticas, líos post electorales y enfrentamientos entre partidos, se han dirimido reformando la Constitución.

LA CONSTITUCIÓN PAGA

Eso fue lo que pasó desde principios de los noventas, cuando se decidió reformar la Constitución para apaciguar a quienes defendían el triunfo electoral del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Luego ocurrió lo mismo cuando se volvieron a enfrentar los partidos luego del tormentoso inicio de la década de los noventas, y particularmente de 1994: la Constitución fue nuevamente reformada para establecer las leyes electorales que permitieran la certeza de la elección de aquel año, y pudiera haber un ganador legítimo.

Luego, durante prácticamente todo el gobierno del presidente Ernesto Zedillo, la Constitución no fue un instrumento sino un grillete. Sí, porque desde entonces estaba en el plan de la Presidencia de la República impulsar un paquete amplio de reformas que permitiera la apertura de ciertos sectores de la industria y la economía nacional a los capitales privados, y que le diera las bases al sistema económico y bancario para poder superar la profunda crisis económica de 1994.

Con todo y la enorme capacidad de gestión financiera que tuvo el gobierno de Zedillo, no fue capaz de sacar adelante un programa reformista robusto y sólo pudo ir capoteando las situaciones que se le fueron presentando, hasta que en 1997 perdió la mayoría legislativa en la cámara baja. Desde entonces, Zedillo se dedicó a torear la crisis y eso quizá haya sido uno de los factores por los que en el año 2000 fue uno de los partidarios de la alternancia de partidos en la Presidencia de la República.

Después vino el gobierno de Vicente Fox, que no logró sino algunas reformas aisladas. Quizá una de las más importantes fue la que concretó al artículo 2 de la Constitución para el reconocimiento de los derechos de los pueblos y comunidades indígenas. Sin embargo, Fox también tenía en su agenda llevar a cabo una reforma fiscal, financiera, energética y varias más que nunca lograron concretarse. Eso mismo le pasó a Felipe Calderón, que gobernó seis años con una minoría legislativa en ambas cámaras, y su margen de maniobra fue siempre limitado, además de que nunca logró entablar una relación constructiva con el Congreso federal. Acaso su obra más importante fue la reforma electoral que hizo nuevamente para calmar a la oposición, que reclamaba un fraude electoral.

Acaso la excepción fue Enrique Peña Nieto en el inicio de su gobierno. Éste impulsó un acuerdo amplio, denominado Pacto por México, en el que quiso emular al Pacto de la Moncloa español.

¿Sus similitudes? Que ambos pactos buscaban concretar un programa amplio de reformas en las que había concesiones múltiples y recíprocas para lograrlo; ¿las diferencias? Que el Pacto por México no dejó de ser un programa reformista coyuntural que no pasó por las corresponsabilidades ni por el involucramiento de todos los factores de poder en las tareas de gobierno. Por eso, tan pronto como cambió el escenario de las conveniencias, y comenzó a desgastarse la legitimidad presidencial, los propios firmantes del Pacto por México se lanzaron en contra de sus antiguos aliados e incluso se desdijeron de las porciones de responsabilidad que habían asumido cuando llevaron a cabo la firma del Pacto.

¿Cuál ha sido el resultado, a la luz de la Constitución? Que con esta historia de desencuentros, la Constitución ha sido quien ha pagado las consecuencias de los acuerdos y desavenencias entre fuerzas políticas. Así, cada crisis institucional se ha resuelto con una reforma. A pesar de que hoy vemos que eso ha sido inútil como un mecanismo para conseguir una mejor convivencia.

CIUDADANÍA AJENA

Desde el lado ciudadano también hay un problema grave: las personas no conocemos la Constitución; en la escuela, a los niños, no se les enseña ni se les acerca a la Constitución, no como una clase de temas legales sino como un asunto de civilidad y de construcción de ciudadanía. Más bien, lo que hacen maestros, padres y la gente en general, es decir que la Constitución no sirve y que no vale la pena leerla o conocerla porque de todos modos es algo que no se cumple.

Hay un error enorme en esa idea. En otros países, a los niños en la escuela se les enseña la Constitución a la luz de sus derechos como personas, como niños, como futuros ciudadanos, y como integrantes de una sociedad en la que debe imperar la ley.

¿Qué pensar, sin embargo, cuando en la escuela sólo se les enseñan los derechos de los niños, sin explicarles que esos derechos son una extensión de sus derechos como personas, y que así como tienen un conjunto de derechos también tienen un catálogo de obligaciones al que toda su vida deberán estar ceñidos?

Quizá por eso las encuestas sobre cultura constitucional en México muestran la existencia de un gran desconocimiento sobre la Constitución, y una enorme desconfianza en ella. Empero, ¿cómo confiar en lo que no se conoce? Ahí nosotros los ciudadanos tenemos una enorme tarea, para hacer a la Constitución parte de la vida cotidiana, y no aislarla como un hecho histórico que no nos sirve para nada. Si entendemos eso entonces habremos logrado algo positivo y contribuido a que este centenario de la Constitución, no pase desapercibido.

Administradores: una figura que debe ir de salida de la ley en Oaxaca

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+ El Ejecutivo reprueba a la Segego, por decidir sin recabar su acuerdo


No es común que un gobernante deje sin efecto sus propios actos. No lo es, y tampoco tendría por qué serlo, a partir de que existe un mandato constitucional en el sentido de que todos los integrantes de la administración pública deben recabar el acuerdo del Titular del Poder Ejecutivo antes de dictar disposición alguna en el área de su competencia (artículo 89 de la Constitución de Oaxaca), y por esa razón se supone que toda decisión importante para el gobierno debe ser consultada con el Gobernador por sus funcionarios para recabar su autorización. Queda claro, según los hechos, que nada de ello ocurrió con la designación de los administradores municipales.

En efecto, en las últimas semanas la capital oaxaqueña se ha visto lastimada por el arribo de protestas por conflictos postelectorales que terminaron en la designación de administradores municipales. De los primeros 17 ayuntamientos a los que se les designó una autoridad provisional, al menos 10 han venido hasta la capital a externar su inconformidad y a generar algún tipo de protesta. El límite llegó el pasado martes cuando la capital se vio ahogada por siete protestas simultáneas, varias de las cuales tenían que ver con personas inconformes provenientes de poblaciones sobre las que recayó la designación de un administrador municipal.

La respuesta del Gobernador vino el miércoles. En conferencia de prensa hizo suya una disposición del Tribunal Estatal Electoral, en el sentido de que los administradores sólo deben durar un mes en el cargo, y luego implícitamente dejó sin efecto las instrucciones dadas por el titular de la Secretaría General de Gobierno, Alejandro Avilés Álvarez, al reconocer que el mandato superior en esas comunidades debe ser que prevalezca la voluntad popular en la elección de sus autoridades municipales.

“Hoy giro instrucciones a la Secretaría General de Gobierno y a los Administradores Municipales para que apoyen al IEEPCO y generen las condiciones necesarias para la realización de elecciones extraordinarias,  en los municipios que la autoridad jurisdiccional en materia electoral determine”, dijo el Mandatario, al tiempo que remarcaba la necesidad de no dejarles el camino de la discrecionalidad a los enviados como administradores, al instruir expresamente a la Secretaría de la Contraloría “para que supervise la actuación de los administradores, en tanto se realicen las elecciones municipales extraordinarias y se constituyan las autoridades respectivas”.

IMPLICACIONES POLÍTICAS

¿Qué significa todo esto? De entrada, que fue el propio Gobernador quien reconoce que la figura del administrador municipal, como se conoce actualmente, va de salida; segunda, que sus instrucciones fueron precisas respecto al periodo (30 días) en el que los administradores deben contribuir a la realización de elecciones, y ahora habrá que ver en qué medida cumplen —o desafían— al Mandatario con tal de tratar de continuar con el negocio y el (pequeño) coto de poder que significa una administración municipal.

Tercero, que esta decisión constituye también un reconocimiento implícito del Gobernador a la idea que tienen muchas comunidades —aunque en la mayoría de los casos, es una realidad—, de que los administradores municipales son esencialmente picapleitos, y no facilitadores de los procesos de avenencia democrática, por la razón simple de que mientras persista el conflicto estará justificada la permanencia del administrador.

Cuarto —aunque no por ello menos relevante—, también queda claro que la decisión del Gobernador de salir al paso en este tema, constituye una desaprobación clara al hecho de que la decisión y la lista de administradores nombrados, no pasó por su acuerdo. Es evidente que si bien la figura jurídica en sí misma del administrador genera incomodidad en las comunidades, en este caso gran parte de la molestia no radicó en el ejercicio de la facultad de nombramiento, sino que la gran mayoría de los administradores designados son gente relacionada con Alejandro Avilés y que, además, han dejado una estela de quebrantos y agravios en otras comunidades, por lo que en este caso hubo un consenso casi unánime de los municipios en conflicto de no admitir a los administradores porque, además, Avilés no respetó el mandato de consensar con las comunidades o de al menos explicarles las razones objetivas por las que estaban nombrando a esas personas, y no otras, en las administraciones provisionales.

Una quinta implicación tiene que ver con el fin de la pésima costumbre de Alejandro Avilés de decidir sin consultar ni consensar sus decisiones. Cuando no había Gobernador priista, Avilés se sintió un pequeño virrey que tenía plena capacidad de decidir según sus intereses. Así lo hizo en la LXII Legislatura; igualmente lo hizo cuando fue Presidente del PRI estatal; pero también debe irle quedando claro que esos tiempos de la autonomía de sus intereses, quedaron atrás.

LASTRE JURÍDICO

Al final, la persistencia de la figura del administrador municipal en la Constitución local, en sus condiciones actuales, es una vergüenza para la democracia y la civilidad institucional en Oaxaca. Si hoy tanto el Tribunal Electoral, como el Ejecutivo, están convencidos de la urgencia de su transformación, deben buscar junto con el Congreso, formas más novedosas y equilibradas para replantearlo. Oaxaca no puede seguir siendo rehén de disposiciones constitucionalizadas como esa, que difícilmente se justificarían en una necesidad o contingencia, y que sí le generan muchos problemas y tentaciones a quienes tienen en las manos las tareas de la gobernabilidad del Estado.

El gobierno de Oaxaca debe cuidar al máximo su relación con la S22

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Sección 22

+ ¿Dónde está la gestión para que se aprueben los recientes acuerdos?


Todos en el gobierno de Oaxaca, pero particularmente en las áreas involucradas con temas de gobernabilidad, deben tener claro —y trabajar consecuencia— que la relación política más importante del gobierno en la entidad es con la Sección 22 del SNTE. Todos deben trabajar en mantener una relación sana y provechosa. Por eso, la forma en cómo arranca el diálogo con la nueva dirigencia magisterial debe ser un ejemplo de lo que no les puede volver a ocurrir a las áreas y dependencias estatales, que se supone que trabajan a favor de Oaxaca.

En efecto, el pasado miércoles se realizaría un primer encuentro de trabajo entre el gobernador Alejandro Murat y la nueva dirigencia de la Sección 22, que encabeza el profesor Eloy López Hernández. Ante la complicada coyuntura que vive el país, para la misma fecha se estableció una reunión extraordinaria de la Conferencia Nacional de Gobernadores con el Presidente de la República. La complejidad del tema —la nueva relación bilateral México-Estados Unidos— hacía necesaria la presencia de los 32 gobernadores como un mensaje de respaldo institucional al Titular del Poder Ejecutivo Federal, al gobierno de la república y al pacto federal.

Ante ello, ¿no había alguien dispuesto y atento en el gobierno estatal para adecuar y empatar a tiempo la agenda estatal del Gobernador, con los asuntos de relevancia nacional que apremiaban su presencia? El asunto no es menor, porque lo grave no radica en que el Mandatario no haya llegado a una cita de trabajo, sino al hecho de que su equipo de trabajo falló gravemente en la previsión de las necesidades y los asuntos de la entidad, y en el tratamiento no a uno de los temas de relativa importancia, sino al tema de mayor relevancia para la agenda política y de gobernabilidad estatal.

En ese sentido, resulta que no se trabajó con la dedicación necesaria para establecer el espacio de diálogo que era necesario para evitar no sólo la cancelación del encuentro, sino la apariencia de que en los asuntos de la agenda pública, uno de los temas más importantes es relegado. En ello, nadie cuestiona la importancia y la necesidad de la presencia del Gobernador del Estado en la reunión con el Presidente, sino el hecho de que no hubo la previsión necesaria en los funcionarios en quienes recayó la atención a ciertas tareas básicas del gobierno, tales como la agenda de gobernabilidad y el apoyo logístico al propio Mandatario.

Lamentablemente, esa ha sido una característica de muchos servidores públicos de la presente administración: no han entendido que su lealtad y compromiso está con Oaxaca y con el Gobernador, y que deben trabajar sin soberbia ni petulancia en las tareas que les fueron encomendadas.

Es común que ni siquiera entre funcionarios de primer nivel se tomen las llamadas para tratar asuntos oficiales; que sean comunes las dificultades para entablar diálogo institucional porque hasta los titulares de las áreas de apoyo se asumen como inalcanzables; y que muchos de ellos —incluso en el staff del Mandatario— no asuman que su función debiera estar lejos de los desplantes y esencialmente enfocada en facilitar la labor del Gobernador, y evitarle problemas.

¿Y LA RELACIÓN CON LA 22?

Junto a esto debieran plantearse otras preguntas, y responderlas con seriedad: ¿Cuál es el estado real del avance y cumplimiento de los acuerdos firmados el 2 de diciembre entre el Gobernador y la dirigencia seccional de la Sección 22? ¿Qué han hecho las áreas del gobierno estatal con injerencia en la relación con el magisterio, para facilitar el cumplimiento de los acuerdos? ¿Y qué han hecho quienes debieran haberse encargado de tiempo completo a generar los cabildeos necesarios con los factores de poder al interior de la Sección 22, para que ocurriera la aceptación formal de ese importante acuerdo signado en el marco del relevo de poderes en la entidad?

Esas cuestiones no son menores. El 2 de diciembre, el acuerdo entre el gobernador Murat y la Sección 22 implicaba el reconocimiento de más de 3 mil trabajadores de la educación sobre los que se comprobó que efectivamente laboraban en una situación irregular, y a los cuales el gobierno federal se comprometió a regularizarles sus plazas y salarios.

El arreglo, en términos económicos, implicó el compromiso federal de expandir en más de mil 200 millones de pesos el presupuesto educativo anual de la entidad; y eso mismo hacía muy importante el acuerdo para la dirigencia magisterial saliente, porque éste representaba la conquista más importante de la Sección 22 a la administración federal que, con todo y su resistencia, les impuso y comenzó a aplicar la reforma educativa.

Hoy, frente a los dislates de la Secretaría General de Gobierno, y de la Oficina de la Gubernatura, que con su labor no ayudan al Gobernador, debería haber claridad en la importancia del acuerdo signado en diciembre, y sobre todo en la relevancia de mantener una relación institucional clara y saludable con el factor de gobernabilidad más importante de la entidad.

EXTRAVIADOS

¿Acaso querrán esperar a que, por fallas y distracciones de funcionarios de segundo nivel, esa relación tan importante se descomponga? ¿De verdad no comprenden la complejidad que representa Oaxaca? Cada uno de esos funcionarios, en sus respectivos ámbitos, debieran entender que la gobernabilidad del Estado es mucho más que las grillitas con los partidos políticos; y que la responsabilidad que tienen en Oaxaca no tiene nada que ver con el esnobismo y los escenarios controlados de la capital del país, en los que estaban acostumbrados a moverse.

Xoxocotlán, ejemplo de una disputa entre los malos y los peores

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+ Jarquín, igual de cuestionado que su antecesor en Ayuntamiento

Es muy particular la disputa en la que se enfrascaron las autoridades actuales del Ayuntamiento de Santa Cruz Xoxocotlán, con sus antecesoras. Lo es porque pareciera que cuando se trata de hablar de corrupción, los conversos se sienten puros, y viceversa. Es cierto: en los últimos lustros, Xoxocotlán ha sido un territorio permanentemente lastimado por las disputas políticas y por los excesos de sus autoridades. Sin embargo, queda claro que en ese microcosmos, hoy menos que nunca unos pueden convertirse en verdugos de los demás, cuando todos son parte del mismo problema.

En efecto, en las últimas semanas edil actual de ese municipio conurbado a la capital oaxaqueña, Emanuel Alejandro López Jarquín, ha estimulado las denuncias —públicas y mediáticas, aunque no queda claro si también en la vía jurídica— en contra de Héctor Santiago Aragón, acusándolo de cualquier cantidad de desvíos y actos de corrupción.

Ha facilitado, mediante gacetillas (con el viejo método del “ahí publícalo como si fuera tuyo”), documentos e información para exhibir a Santiago Aragón que, vale decirlo, durante su gestión fue ejemplo de todo tipo de frivolidades y excesos que, por las solas apariencias, hoy le dan la razón a quienes lo acusan. No obstante, en ese cruce de acusaciones no debieran quedar extraviadas las coordenadas de fondo que determinan tanto al acusador como al acusado. ¿De qué hablamos?

De que por un lado, en Oaxaca hay pocos ejemplos tan acabados de personajes cuestionados de principio a fin al frente de ayuntamientos importantes, como lo pueden ser hoy Héctor Santiago Aragón, y Galdino Huerta Escudero, en Xoxocotlán y en Santa Lucía del Camino. El llamado Lobo Mayor, fue cuestionado desde antes de ser electo como candidato del PRI al Ayuntamiento de Xoxocotlán por haber aprovechado su fama populachera de locutor cumbiero, junto con los favores económicos y políticos que intercambió con el entonces dirigente priista, y hoy secretario General de Gobierno, Alejandro Avilés Álvarez para convertirse en abanderado priista para ese ayuntamiento.

Sin explicación ni argumentos sostenibles, el PRI lo lanzó a la alcaldía y ganó la elección pero no por su fortaleza en campaña, sino por el favor que le hizo el PRD postulando en la diputación que incluye a ese municipio, al ex también edil de Xoxocotlán, José Julio Antonio Aquino, y a un endeble Juan Carlos Ignacio Esteva, que terminó siendo arrollado por el repudio y el ‘fuego amigo’ lanzado en contra de José Julio. Eso, quizá sintió Santiago Aragón, habría sido como sacarse la lotería.

¿Por qué? Porque durante su gestión hubo todo tipo de excesos. Xoxocotlán padeció los signos del abandono y la simulación de obras y acciones de gobierno. De hecho, hoy lo acusan de haberse ido sin comprobar alrededor de 500 millones de pesos, y de acrecentar pública e inexplicablemente su patrimonio durante ese periodo. Ello revela que Santiago Aragón no sólo no tuvo interés en generar certidumbre sobre su gestión, sino que además cometió los pecados propios de la imprudencia y de la ostentación, que directamente lo hicieron parecer responsable —independientemente de si se logra acreditar, o no, que desvió recursos públicos, y si los usó para su beneficio personal— de todo lo que se le acusa.

PARADOJAS

Así, Héctor Santiago Aragón enfrenta ya no sólo las responsabilidades jurídicas —administrativas y penales— que puedan derivar de su gestión como edil, sino también el repudio popular por su frivolidad y soberbia. No obstante, lo que no hay que perder de vista es que quien lo acusa, y para mal de Xoxocotlán, tendría también mucho que explicar sobre su desempeño como diputado y como titular de la Secretaría de Desarrollo Social y Humano, en el gobierno del —también repudiado— gobernador Gabino Cué Monteagudo.

¿De qué hablamos? De que como no tenemos memoria, pareciera que muchos de nosotros ya olvidamos que, por ejemplo, Alejandro López Jarquín fue el cuestionado presidente de la Junta de Coordinación Política durante el último año de la LXII Legislatura, cuando se dieron a conocer millonarios desvíos de recursos del Poder Legislativo que quedaron en cuentas bancarias de particulares.

De él, particularmente, se exhibieron estados de cuenta bancarios en los que se reflejaba el importante y acelerado crecimiento de sus ahorros e inversiones, las cuales no eran proporcionales a lo que se decía que ganaba un legislador local. A pesar de todo eso, López Jarquín fue uno de los que bloqueó cualquier posibilidad de que se auditaran los recursos del Congreso, y luego fue protegido por el Gobernador a través de la Sedesoh.

En esa dependencia aún hace falta por aclarar cuál fue la razón por la que persisten los claroscuros respecto a programas sociales como el de las ayudas económicas a adultos mayores, a estudiantes, de útiles escolares y de dotación de uniformes. López Jarquín fue titular de esa dependencia justo hasta el momento en que se anunció su candidatura a la alcaldía de Xoxocotlán. Se fue, pero los cuestionamientos —que ya existían en su periodo como servidor público— sobre las irregularidades en la gestión de los programas sociales de esa dependencia continuaron hasta el último día del gobierno de Cué Monteagudo.

POBRE XOXOCOTLÁN

Así, queda claro que son iguales tanto el pinto como el colorado. Acusador y acusado padecen exactamente del mismo mal. Aunque el problema es que, como siempre, a la inmensa mayoría nos falla la memoria. Qué injusto destino para ese importante municipio, porque a través de esas disputas palaciegas siguen evadiendo los temas verdaderamente dolorosos para la ciudadanía, como la inseguridad, los giros negros y otros que están perfectamente identificados pero de los que coincidentemente no habla la autoridad. Ni la actual, ni la que se fue.

Los ajustes salariales de la burocracia, deben responder a la realidad

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+ Bajar salarios, sin compensar con otros incentivos, alienta corrupción


Una de las razones esenciales por las que el Poder Judicial de la Federación buscó incrementar los salarios de los funcionarios judiciales, fue para desalentar la corrupción. Aunque ésta sigue existiendo, se entiende que es más complicado y costoso corromper a alguien que tiene un salario que le permite cubrir sus necesidades. Eso es algo que no se ha comprendido en la administración pública y, lejos de eso, siempre que se quiere mostrar sensibilidad se anuncian recortes salariales. Habría que ser muy cuidadoso en esas medidas, porque lo realmente importante y urgente en nuestra sociedad debiera consistir en la disminución —o erradicación— de los privilegios, antes que de los salarios.

En efecto, hoy ante la contingencia presupuestal que vive la entidad, y el país, muchos han apuntado a que nuevamente deben disminuir los salarios de la burocracia. A nivel federal y local, sin embargo, existe una brecha muy importante entre los salarios que percibe la llamada alta burocracia, con relación a los sueldos de la clase trabajadora del sector público en puestos medios y de mejor jerarquía. Esa brecha también existe en otros ámbitos como el Poder Legislativo, en donde pocas veces tiene relación el salario y las abultadas prestaciones de los diputados, respecto a las modestas percepciones que tienen los demás empleados de dicho poder. Esto, en los últimos años, se ha extendido a los órganos autónomos. Por eso la necesidad de distinguir entre jerarquías burocráticas; y entre la disminución de salarios y la eliminación de privilegios.

¿De qué hablamos? De que, por ejemplo, en el caso de los diputados y senadores, el argumento fácil apunta a que debe disminuirse el número de legisladores en México. Dicen, quienes apoyan dicho argumento, que 500 son demasiado diputados, y que 128 constituyen, asimismo, un exceso de senadores. Dicho argumento, en realidad, es retórico: un país con casi 120 millones de habitantes necesitaría tener cuando menos ese nivel cuantitativo de representación popular, para poder demostrar la legitimidad de las decisiones tomadas y las leyes emitidas. Disminuir la representación significaría, proporcionalmente, restar legitimidad a las decisiones, con el enorme riesgo político que eso representa.

¿Qué debiera hacerse? Disminuir, en realidad, los privilegios que tienen esos 500 individuos en la Cámara de Diputados, y las abultadas prerrogativas de quienes integran el Senado, con una salvedad: los 32 senadores de representación proporcional sí deberían desaparecer, ya que ellos no representan a ninguna entidad federativa —que es la esencia del Senado— sino a las cúpulas de sus partidos, lo cual resulta un contrasentido a la naturaleza de la cámara alta.

En ese sentido, sería determinante llevar a la ley la cancelación de privilegios indebidos a los diputados y senadores, que hoy en día reciben incentivos económicos casi hasta por respirar, y que han incurrido en excesos tales como los denunciados a finales del año pasado de los aguinaldos y bonos extraordinarios que, para cada uno de ellos, habría rebasado los 650 mil pesos sólo por pagos decembrinos.

NO CASTIGAR A LA BUROCRACIA

En una lógica parecida debiera revisarse lo relacionado con la burocracia. Pues, en primer término, los recortes salariales siempre terminan afectando más a la burocracia media y baja que a la alta: ello se puede entender a partir de un razonamiento simple de proporcionalidad. ¿De qué hablamos?

De que no es lo mismo quitarle el 10 por ciento a un salario de 120 mil pesos mensuales, que restarle ese mismo porcentaje a un percepción mensual de 8 o 10 mil pesos. El golpe económico por el recorte, es proporcionalmente más profundo en los salarios bajos que en los medios y altos. Pues mientras esa cantidad recortada a un salario bajo golpea directamente el nivel de bienestar y satisfacción básica de la persona y su familia, en el medio y alto significa, cuando mucho, cancelar algún gasto superfluo o suntuario, pero sin comprometer su nivel y calidad de vida.

Ahora bien, junto a eso debiera también reflexionarse lo relacionado a la vulnerabilidad que generan los recortes salariales. ¿Qué no se supone que todos los servidores públicos y gobernantes en este país están preocupados y comprometidos con el combate a la corrupción? ¿Y entonces qué harán si en lugar de dignificar, precarizan aún más la función pública, y la ponen al mismo nivel de quienes prefieren la corrupción como una forma de tomar ventaja para conseguir un ingreso que no pueden lograr a partir de la competencia abierta en el mercado?

Esa no es una cuestión menor. Y, de hecho, es lo que también debe llevar a que se considere la reducción de privilegios antes que el golpe a los salarios de toda la burocracia. En esa eliminación se encuentran diversas formas en las que la burocracia de alto nivel recibe beneficios —legales o no— por el solo hecho de desempeñar un cargo, lo cual va desde un simple teléfono celular, hasta el reembolso de diversos gastos que no deberían estar comprendidos dentro de sus percepciones.

DIGNIFICAR EL SERVICIO PÚBLICO

Es retórica apuntar a que el servicio público debe ser un sacrificio o un apostolado. Se trata, de hecho, de establecer un marco mínimo de dignidad en el desempeño y remuneración por cada función, que al menos en Oaxaca, y en México, tiene muchos años extraviado completamente. En cada ciclo sexenal, hay estratos de la burocracia que pasan de la medianía a la superabundancia, mientras todos los demás siguen esperando simplemente la justicia salarial. Eso es lo que debía verse antes de caer en la demagogia de las soluciones fáciles que sólo profundizan las deficiencias del servicio público.

Bienvenida la unidad nacional, porque es para defender al país

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+ Desde Cárdenas no se había exaltado la unidad entre mexicanos


El sentimiento de unidad nacional debe salir del lugar común, y apartarse de los argumentos retóricos, para generar una auténtica vertiente positiva para nuestro país. Acaso el último momento en que eso quedó de manifiesto, fue cuando en 1938 el presidente Lázaro Cárdenas impulsó la expropiación de la industria petrolera, y el pueblo mexicano le mostró su respaldo incondicional para el pago a las petroleras norteamericanas e inglesas a las que les fueron requisadas sus instalaciones, equipos y concesiones. Hoy, lo que estamos a punto de ver no es una hazaña sino una cuestión de necesidad para la que debemos estar inteligentemente preparados.

En efecto, Donald Trump tiene una semana en la presidencia de los Estados Unidos, y está haciendo temblar no sólo a México, sino al mundo. Trump ha sido un fenómeno porque pareciera estar dispuesto a formalizar la anarquía y los sentimientos segregacionistas que hacía mucho tiempo no veíamos en el mundo. Según él, está dejando de ser políticamente correcto para ser eficaz en los propósitos que persigue. Pero queda claro que esa idea de la corrección política contra la eficacia tiene de fondo un profundo sentimiento de xenofobia, de aislacionismo y de discriminación hacia todos los que él considera como un peligro para una nación superior, como concibe a los Estados Unidos.

En el caso de México, Trump se fue directo contra la relación económica entre ambos países, pero a partir de una política de insultar y sobajar para que, desde esa posición de fuerza, luego busque una negociación más benéfica para nuestro país. Esa sola actitud generó entre los mexicanos un sentimiento de unidad en torno a la figura del Presidente, que ahora debe servir para apuntalar la política exterior mexicana pero no para repetir los odios y las estratagemas impulsados por el presidente norteamericano. ¿De qué hablamos?

De que Trump está queriendo implementar políticas de aislamiento para los Estados Unidos. Es decir, está queriendo cerrar las fronteras para obligar a sus ciudadanos a consumir lo hecho en aquel país, y no lo importado desde México y otros países. Para justificar su decisión de cerrar sus fronteras y aislar a Estados Unidos está incitando a odiar a los mexicanos a través de mentiras como que nuestro país se ha burlado de ellos, que se ha aprovechado de los tratados comerciales, y que nos hemos robado los empleos que podrían existir en los Estados Unidos. Así, a través del odio y la segregación por un motivo de origen nacional, Trump incita a odiar a México como una forma de justificar sus acciones.

Él puede tener sus políticas, y es decisión de los estadounidenses decidir si lo secundan o no. Sin embargo, algo que nosotros difícilmente podríamos justificar en el mediano plazo, es repetir esa actitud. Es decir, ponernos a odiar a todo lo que tenga que ver con Estados Unidos, simplemente como una respuesta a lo que su presidente impulsa desde el otro lado de la frontera. Esa, que podría ser la actitud fácil, simplemente nos rebajaría al nivel impulsado por Trump y terminaría justificando los odios que él propala, estableciendo que él odia porque nosotros también los odiamos.

UNIDAD NACIONAL

Por esa razón es importante entender que la unidad nacional no se construye odiando al diferente, sino incluso incluyéndolo. El camino fácil de la unidad nacional dice que no debemos consumir, por ejemplo, lo hecho en Estados Unidos. Sin embargo, esa sola actitud nos llevaría a contribuir con la misma desgracia económica que está impulsando Trump porque la integración de las economías es tan profunda, que miles de empresas estadounidenses tienen inversiones mexicanas, y viceversa, y miles de empresas de origen norteamericano, en México son operadas por empresas nacionales y generan empleo y productividad para miles de paisanos en ambos lados de la frontera.

En ese sentido, es claro que un mal entendimiento del “consume lo local” puede llevarnos muy fácilmente a replicar las políticas aislacionistas que impulsa el Presidente de los Estados Unidos, y convertirnos accidentalmente en repetidores de sus mecanismos de justificación de la segregación y la discriminación. Consumir lo local significa que nosotros mismos podamos potenciar nuestra economía, y darle movilidad a los mercados y productos que pudieran entrar en una etapa de sufrimiento por las dificultades impuestas en la frontera, pero no que nos pongamos a repudiar todo lo de fuera simplemente por su origen, porque esa sería una práctica chovinista, maniquea y de segregación, tan aberrante como las que impulsa Trump.

Finalmente debemos entender con inteligencia el complejo momento que vive Oaxaca, México y el mundo. Estamos al filo de un proceso histórico sin precedentes, y lo mejor que podemos hacer es asumir la idea de la unidad nacional con las bases y las formas correctas para no caer al nivel de quienes impulsan políticas de odio en contra nuestra.

RELACIÓN EMOCIONAL

La única victoria que México le ha arrebatado a Estados Unidos en una disputa fue justamente en los tiempos de la explotación petrolera. Evidentemente, Peña Nieto no es Cárdenas. Pero lo que sí podría hoy tener el Presidente —como lo tuvo en su tiempo el general Cárdenas— es la claridad para saber hasta qué punto se puede negociar para priorizar lo económico, y hasta dónde hay un punto de sostener la dignidad.

Ante la crisis por el muro, y Donald Trump, algunos apuntes indispensables

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+ EPN, responsable de Estado, y no por consenso, de conducir política exterior


Aunque tarde, el presidente Enrique Peña Nieto hizo bien en cancelar su viaje a los Estados Unidos. La administración del presidente Donald Trump ha puesto en claro que no le interesa la relación con México, y el Presidente mexicano debe actuar en consecuencia, a pesar de que durante décadas la relación México-Estados Unidos ha sido, por pose o por necesidad, la más importante para ambas naciones. Hoy, ante la nueva realidad, hay varias cuestiones que deben ser consideradas para hacer un análisis correcto de los hechos, y de los escenarios posibles.

En efecto, hasta el miércoles se cabildeaba la posibilidad de que finalmente ocurriera la visita del presidente Peña Nieto a la Unión Americana, para tener un primer encuentro con su nuevo homólogo estadounidense. En sí mismo, desde el inicio de su gestión, Trump ha utilizado a México como su pretexto para lucir un cambio en su política exterior: ha culpado a nuestro país de la pérdida de empleos y de competitividad en el mercado estadounidense, y por eso ha puesto a México como el aparente centro de las amenazas económicas para aquel país.

Por eso, su primer encuentro de Estado no fue con el Presidente de México —como había ocurrido históricamente, independientemente del cambio de prioridades estadounidenses, como pasó por ejemplo después del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, que la relación con México quedó relegada ante la decisión estadounidense de hacer la guerra en Medio Oriente—, y por eso el maltrato hacia nuestro país. Ello tendrá sus propias consecuencias, aunque por el momento lo que vale analizar es el escenario mexicano, a partir de las mismas actitudes —correctas y erradas— de nuestro Presidente.

En este marco, un apunte inicial debe apuntar a que Peña Nieto erró al pensar demasiado su reacción ante las actitudes de Donald Trump. Él es el Presidente y, según la Constitución, a él como Jefe de Estado le corresponde conducir la política exterior mexicana, bajo diversos principios que están supeditados a cuestiones básicas como la defensa del interés nacional, la dignidad humana y la conminación a que nuestro país sea tratado con el respeto mínimo que merece toda nación soberana. Aunque quizá lo hizo por prudencia, o por inseguridad, el Presidente no tenía que consultar ni con el Senado ni con la Conferencia Nacional de Gobernadores, ya que éste último organismo ni siquiera tiene constitución legal ni es parte de la vida institucional de México.

En este marco, se confirma el error de ‘revivir’ a Luis Videgaray como nuevo canciller del gobierno del presidente Peña Nieto. Quizá el gobierno mexicano no ha entendido que el presidente Trump está acostumbrado a vivir en la confrontación y en el escándalo, y que por ende ese es su hábitat natural y es donde se siente cómodo. Por eso, reviviendo a Videgaray, el Gobierno de México demostró lo preocupado que estaba por el futuro de su relación no con Estados Unidos, sino con su Presidente, y por lo dispuesto que estaba a tomar decisiones impopulares con tal de buscarle la cara y tratar de congraciarse con él.

Así, para alguien que está acostumbrado a vivir en la confrontación, ese era el mejor escenario: sabía que ante tales pautas de indignidad, podría tomar prácticamente cualquier actitud de fuerza y que la respuesta sería tibia. Eso lo comprobamos todos entre el miércoles y ayer, cuando Trump recibió a la delegación mexicana con el anuncio de la orden ejecutiva para la construcción del muro, y luego fue él quien condicionó el encuentro con Peña Nieto a la aceptación de que sea México quien pague el muro fronterizo.

TEMORES FUNDADOS

Existen hoy una serie de temores fundados, que no deben orillarnos al fatalismo. Por ejemplo, la decisión de dar por terminado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte —ya sea por la decisión mexicana de salir de él, o por la estadounidense, que quizá ocurra primero— será de consecuencias muy complejas para ambos países sin que eso signifique que se terminará el comercio internacional, o que esto sea catastrófico sólo para México.

Finalmente, el intercambio de mercancías no terminará, sino que se modificará, pero con toda seguridad será tan costoso para los estadounidenses como para los mexicanos. ¿La razón? El costo de manufactura dentro de Estados Unidos será muy superior a los aranceles —es decir, los impuestos de ingreso— que deba pagar un producto fabricado en México. Aquí estamos ya muy acostumbrados a consumir productos estadounidenses a precios competitivos, pero lo mismo ocurre en los Estados Unidos.

El fin del tratado comercial incrementaría los costos de los productos, y en el mediano plazo frenaría el potencial económico que hoy busca detonar Trump con empleos que quién sabe si sean costeables por un mercado golpeado por una cuestión inflacionaria previsible, producida por el incremento del costo de producción de los productos.

CONCIERTO INTERNACIONAL

Son momentos de cambios muy complejos, y de regresión. Sin embargo, sigue habiendo oportunidades para México de impulsar y encabezar el concierto internacional por los valores democráticos que está dinamitando Donald Trump: ese concierto internacional, o consenso entre naciones, debe ir enfocado a la defensa de la dignidad de las personas y de las naciones, del trato equitativo, de la proscripción de la violencia y la hostilidad, del rechazo a las prácticas de odio y discriminación. Hoy es México, pero mañana puede ser cualquier otra nación. Por eso México debe impulsar el consenso a favor de los valores comunes que la rapacidad de Trump están devastando.

¿De verdad un Presidente puede gobernar sólo por la vía del decreto?

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+ Democracias civilizadas, incluso México, han demostrado lo contrario


Donald Trump lleva seis días en el gobierno y comenzó asustando al mundo con la emisión de una serie de ‘órdenes ejecutivas’ para tratar de cumplir con sus promesas de campaña. Ha firmado órdenes para la construcción del muro con México, para establecer la salida de Estados Unidos del Acuerdo Trans Pacífico; otras más para autorizar oleoductos que habían sido cancelados por el gobierno de Barack Obama, y para suspender fondos a las llamadas ‘ciudades santuario’ que ofrecen derechos y servicios a inmigrantes indocumentados. El mundo está asustado con sus acciones. Pero, ¿en una democracia madura —y en algunos sentidos hasta modélica— como la estadounidense, de verdad Trump podrá gobernar sólo por decreto?

En efecto, Estados Unidos ha sido, con y sus errores y excesos, un modelo para las democracias contemporáneas en el mundo. Si consideramos el tránsito continental de la democracia durante el siglo XX, podremos ver que mientras la mayoría de los países latinoamericanos pasaron por dictaduras y gobiernos autoritarios —en el caso de México, por el largo régimen de partido hegemónico, que simuló un ejercicio democrático hasta los albores del siglo XXI—, la democracia estadounidense fue la única estable y capaz de mantener su estructura republicana, de división de poderes, y de frenos y contrapesos, que fue una de sus diferencias específicas fundamentales con las demás naciones, desde que apareció en el concierto internacional.

Acaso en las últimas tres décadas, en todos los países hemos visto cómo la estructura de la mayoría de los Estados en el continente se ha ido robusteciendo, y cómo a pesar de las experiencias complejas de Venezuela, Bolivia o Cuba, la mayoría de los países ha ido hallando su equilibrio democrático: esa estructura en la que ninguno de los poderes tiene capacidad de aplastar al otro, y en el que funcionan cada vez de mejor manera los frenos y contrapesos que rigen las relaciones republicanas y la división de poderes. Así, aún con sus intermitencias y momentos críticos, aquel silogismo de que el “el Presidente propone, y el Congreso dispone” paulatinamente ha ido ganando terreno en la mayoría de las democracias de nuestro convulso continente.

De todo eso, Estados Unidos ha sido también la muestra. A pesar de los vaivenes entre los regímenes republicanos y demócratas —con sus amplísimas diferencias ideológicas, y sus contrastantes programas de gobierno y hasta planteamientos sociales, políticos y morales—, lo que ha quedado claro es que ningún Presidente ha tenido la fuerza ni la capacidad de sobreponerse a los límites que le ha puesto el Congreso.

Muestras de ello hay abundantes: George W. Bush no pudo lanzar la guerra contra el islam al nivel que planeaba; Obama nunca pudo completar su reforma migratoria, ni consolidar la del sistema de salud, ni llevar a la ley muchas de sus medidas más progresistas. La razón, siempre, radicó en un Congreso fuerte que ha siempre limitado el poder de los sucesivos Presidentes y los ha contenido en sus deseos de materializar sin oposición sus respectivos programas de gobierno.

OTRAS EXPERIENCIAS

Incluso, en democracias menos maduras, como la mexicana, hoy es imposible que el Presidente gobierne por decreto. El presidente Enrique Peña Nieto ha intentado pasar a la historia por su programa reformista, que justamente se fue complicando en los últimos veinte años por la incapacidad de los tres presidentes anteriores (Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón) para lograr los consensos necesarios en el Congreso para sacar adelante temas como la reforma energética, educativa, laboral y financiera.

Peña Nieto lo logró justamente en el primer tercio de su gobierno gracias a la legitimidad que le daba el bono democrático con el que comenzó su gobierno. Es claro que hoy, en el último trecho de su gestión, ni en el mejor de sus sueños, Peña Nieto tendría la capacidad y la fuerza para lograr ni la mitad del consenso que logró para cualquiera de esas reformas.

Por esa razón hay que distinguir y asumir las bravuconadas de Trump. Lleva seis días en el poder y está intentando gobernar por decreto, en una expresión de moderno despotismo. Tiene mucho de fondo el hecho de que no haya considerado al Partido Republicano para impulsar sus acciones desde el Congreso —y que ese partido tampoco se haya expresado—, y que todo esté intentando consolidarlo a través de acciones ejecutivas, que serían lo que en nuestro sistema conocemos como decretos. Es claro que las capacidades presidenciales son amplias pero no omnímodas, y que será cuestión de tiempo para comenzar a ver qué relación entabla con el Congreso, y qué límites le ponen si es que los republicanos no quieren terminar siendo una comparsa de su propio Frankenstein.

Por eso la posición de México debe ser muy inteligente: cada agravio de Trump debe ser considerado, a pesar de que sea más lo que parezca que lo que realmente ocurra. El comercio con Estados Unidos posiblemente cambie en algunas condiciones, pero no terminará. La relación entre mexicanos y estadounidenses tampoco, porque en ambos lados de la frontera hay amistad y relaciones profundas frente a las que Trump y su odio no son reflejo homogéneo.

¿QUIÉN DEBE ESTAR MÁS PREOCUPADO?

México tiene mucho en juego, pero tiene más Estados Unidos: un payaso populista, mentiroso y bravucón, pondrá a prueba la madurez y la civilidad del sistema político estadounidense. Por eso, a los mexicanos nos preocupa lo que pasa. Pero si los estadounidenses son de verdad conscientes de los retos de su democracia, deberían estar aterrados por la afrenta y los riesgos de fondo que implica Trump, que parece empecinado en demostrar el agotamiento de las instituciones democráticas y la Constitución estadounidense.

Nada cambia mientras haya discrecionalidad en designación de administradores

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+ Avilés, marcado por la tentación de maniobrar sin formas ni respeto al gobierno


A nadie debería sorprender la insultante lista de administradores municipales que dio a conocer la Secretaría General de Gobierno. Es reflejo de la discrecionalidad que prevalece en la Constitución y en la ley respecto a la facultad de designación de los mismos, pero también del ominoso espacio de libertad que tiene el actual titular de la General de Gobierno para seguir actuando según sus conocidos parámetros, en los que no existe preocupación por las consecuencias o la opinión externa de sus actos. Así, no sólo se trata de la discrecionalidad, sino también de la indiferencia ante la percepción de las decisiones.

En efecto, la noche del lunes la Secretaría General de Gobierno dio a conocer los nombres de los primeros 17 administradores que fungirán como autoridad municipal provisional en igual número de municipios en los que no se pudo realizar la elección de autoridades constitucionales. En la opinión generalizada, la lista de nombres fue ofensiva no sólo porque demostraba la subsistencia de la necedad de Avilés por designar a personas cuestionadas en esos cargos, sino porque incluso ahora fue más lejos que en sus tiempos de operador político del PRI, y más recientemente de diputado y mandamás de la LXII Legislatura. ¿De qué hablamos?

De que todavía en la Legislatura anterior, Avilés —en su calidad de presidente de la Junta de Coordinación Política— se vio obligado a equilibrar la lista de administradores municipales, haciendo una especie de ‘reparto’ con las demás fracciones parlamentarias, e incluso con su misma bancada. Así, esa lista —que siempre tuvo el problema de la inconstitucionalidad, pero que por complicidad ninguna bancada impugnó— integraba a personajes propuestos por las bancadas panista y perredista, pero también incluyó a personajes cercanos a diputados priistas como Adolfo Toledo Infanzón, como fue el caso de Vicente Noriega Betanzos, que fungió como administrador de Santo Domingo Ixcatlán.

En la LXII Legislatura, no sólo hubo el cuestionamiento generalizado por el nombramiento discrecional y ‘repartido’ entre las tres bancadas de todos los administradores, sino que también hubo señalamientos —en su momento, en este espacio se reseñó ampliamente el tema— por la decisión inconstitucional del Pleno, empujada por Avilés, de facultar a la Junta de Coordinación Política, que él presidía, para que llevara a cabo los nombramientos de administradores.

Así, con esa maniobra ilegal, Avilés evadió el fastidio de tener que hacer públicos los nombramientos de administradores, y someterlos a la aprobación del Pleno del congreso, y gracias a ello mantuvo a prácticamente todos sus administradores durante los tres años del anterior periodo de autoridades municipales, sin que se resolvieran los problemas políticos que habían prometido encauzar, en los 90 días para los que se supone que fueron nombrados los administradores —nombramientos que fueron renovados sucesivamente hasta completar un trienio.

Luego, por una maniobra del mismo Avilés, al final de su Legislatura se reformó la Constitución para entregar la facultad al Ejecutivo. Se logró, pero la reforma no fue bienvenida, porque en realidad el problema de fondo no radica en quién nombra a los administradores, sino bajo qué criterios y a partir de qué consensos sociales y políticos lo hace.

INDOLENCIA TOTAL

Hay un primer cuestionamiento común en la lista de los primeros 17 administradores nombrados por Avilés: los designados, además de ser sus socios o subordinados, en su mayoría son personajes cuestionados por sus antecedentes en el cumplimiento de esas mismas responsabilidades. Hay varios ejemplos. Dos de ellos son Juan José Osante Pacheco, que fue administrador de Mazatlán Villa de Flores y ahora fue designado como autoridad provisional en Santiago Matatlán; otro ejemplo, de entre varios, es Cuitláhuac Victoria Huerta, que ha sido administrador de Santo Domingo Ixcatlán y de San Mateo Peñasco, y que ahora será administrador de Santa Catarina Lachatao.

¿Cuáles son los antecedentes personales, profesionales, morales y políticos de esos personajes, como para ser designados reiteradamente como administradores? ¿Cuál es su productividad y capacidad de lograr la concordia y la avenencia entre las comunidades que han administrado, para cumplir con el propósito para el que se les designó, que no es el de ser autoridades sin Cabildo, sino facilitadores en la construcción de soluciones a los problemas políticos?

Lo cierto es que lejos de haber construido una reputación de eficacia en el cumplimiento de los objetivos para los que existe la figura del administrador municipal, la gran mayoría de ellos han acumulado señalamientos por corrupción, por desvío de recursos y por ser instigadores en la profundización de los conflictos intramunicipales. De hecho, la persistencia de la ingobernabilidad es lo que justifica su permanencia en las administraciones municipales; y por ello, esos personajes se han especializado en atizar los conflictos y no en ayudar a resolverlos.

DESCARO

Hoy la única diferencia es que Avilés ya perdió lo último que le quedaba de pudor. No le importó arrastrar al cuestionamiento al gobernador Alejandro Murat, con tal de persistir en su empecinamiento a favor de esos personajes cuestionados por la opinión pública, y rechazados por las comunidades en conflicto. Tan no le importó, que ni siquiera por eso guardó las formas. Él, como político, es impermeable a la crítica. Lo que no entiende es que hoy el mal fario no sólo se lo lleva él, sino que lo comparte con el gobierno para el que trabaja, y al que se supone que debería cuidar, aunque con sus acciones lo denigra.