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Es indispensable reglamentar los gobiernos de coalición para evitar los frentes electorales sin sustento

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Para nadie debiera ser una buena noticia, que en la conformación del Frente Ciudadano por México haya temas sociales de fondo, que hayan sido vetados por los partidos que buscan integrar dicha coalición electoral. Esa es una pésima noticia porque, si bien ya sabemos que las coaliciones electorales sólo sirven para ganar elecciones sin asumir compromisos de mediano plazo, también es cierto que hoy existe ya la figura de los gobiernos de coalición. Al no haber una reglamentación de éstos, pareciera que entonces la propia Constitución sigue alentando las riesgosas coaliciones sin derroteros.

En efecto, a pesar de que parece ir bastante avanzada la negociación entre el PAN, el PRD y Movimiento Ciudadano para la conformación del Frente Ciudadano por México, hay temas en su discusión que siguen vedados, y prácticamente eliminados de cualquier posibilidad de abordaje. Esos son temas de índole social tales como la discusión sobre el aborto, los matrimonios entre personas del mismo sexo, el establecimiento constitucional del derecho a la vida desde el momento de la concepción, y otros que si bien no son determinantes para definir el rumbo de una elección, sí son importantes por la trascendencia social que revisten.

En esa lógica, a estas alturas la pregunta ya no tendría que ser si en realidad el PAN o el PRD están dispuestos a transigir —a pesar de la supuesta distancia ideológica que existe entre ellos— sobre temas tan importantes como los antes mencionados, en un momento políticamente tan complejo, como lo es la conformación de una coalición electoral del tamaño y la importancia del Frente Ciudadano por México, sino si en realidad eso mismo harían en el supuesto de que llegaran a ganar la elección presidencial.

Pues es claro que hoy, una coalición de corte electoral es insuficiente, e incluso riesgosa, si se toma desde la perspectiva de que en México ya tenemos innumerables experiencias relacionadas con las coaliciones electorales que terminan siendo desastres de gobierno. ¿Por qué ocurre así? Por un lado, porque las coaliciones electorales no han sido conformadas con la seriedad que revisten las circunstancias, y porque éstas tampoco han venido acompañadas de compromisos concretos que bien podrían traducirse en lo que hoy se conoce como un programa de gobierno, o más concretamente en un gobierno de coalición como los que ya contempla la Constitución.

Más bien, las experiencias conocidas son las de coaliciones electorales que prácticamente se deshacen al día siguiente de que ocurren los comicios, o que se mantienen vigentes únicamente como mecanismos de reparto de las parcelas gubernamentales o de los espacios de poder. Hasta ahora, en ningún caso las coaliciones electorales han evolucionado en programas de gobierno concretos, e incluso tampoco en espacios institucionales y legitimados de concertación entre las fuerzas políticas que, juntas, primero ganaron una elección, y luego también juntas deban afrontar las responsabilidades del gobierno.

Así, por ejemplo, en el caso de Oaxaca, queda claro que la coalición PAN-PRD que el sexenio pasado llevó a Gabino Cué a la gubernatura, sólo se mantuvo activa en la medida en la que se repartieron algunas de las cuotas de poder de la administración de Cué, y finalmente decidieron dejarlo solo, en una oprobiosa apuesta en la que ni ellos le disputaban más poder del que él les había dado; y por el otro, Cué ejercía el poder sin preguntarle ni consensar con las fuerzas coaligadas porque como éstas ya habían recibido su pago, nada tenían que cuestionarle al entonces gobernador.

 

CASOS OMINOSOS

En esta lógica, vale otro ejemplo. En mayo de 2016 el Presidente Enrique Peña Nieto envió al Congreso un paquete de iniciativas para reconocer el matrimonio igualitario a nivel nacional, y establecer diversas disposiciones relativas al estado civil de las personas que son conexas a la figura del matrimonio. Esta decisión presidencial, abrió una polémica que en realidad tenía varios frentes. Uno era el relacionado estrictamente con la necesidad de discutir esos temas tan importantes y sensibles para la sociedad mexicana; el otro, hacía blanco en el imperativo de que tanto la ciudadanía como los partidos políticos demostraran, ante discusiones como las antes mencionadas, el nivel de civilidad y tolerancia que practicamos y demostramos todos en nuestras relaciones cotidianas.

La iniciativa presidencial era formidable. De acuerdo con aquella fallida iniciativa el matrimonio quedaría definido como “la unión libre de dos personas mayores de edad con la intención de tener una vida en común, procurándose ayuda mutua, solidaridad, respeto e igualdad”.

Con respecto al derecho a adoptar menores por parte de parejas del mismo sexo —cuestión nodal que provoca mayores resistencias y desconfianzas que el matrimonio en sí mismo, lo que refleja clara y flagrantemente la homofobia social porque, se piensa, se pone en riesgo el buen desarrollo del infante, por lo que este derecho suele excluirse de las figuras de “uniones civiles”— la argumentación se apoyaba en lo sentenciado por la SCJN, en el sentido de que negar el derecho a ser adoptado a un niño o una niña por el sólo hecho de la orientación sexual de las personas adoptantes, deriva en una conducta discriminatoria, tanto para ellas, como para el propio niño o niña que pretende ser adoptado, pues se les desconoce su derecho a tener una familia, en el sentido más amplio posible de este concepto, tal como lo ha sostenido nuestro máximo Tribunal en el caso de la adopción por parte de matrimonios del mismo sexo.

Como puede verse, dicha reforma era una de las más trascendentes del sexenio —socialmente hablando— pero fracasó. Fue así porque los partidos opositores no fueron capaces de deponer sus argumentos más radicales para adentrarse en un tema que requería tolerancia, civilidad y capacidad de entendimiento mutuo para sacar adelante una reforma que al menos nos hiciera avanzar parcialmente como sociedad. No hubo forma, y por eso el Presidente claudicó totalmente en la posibilidad de entrar a la discusión de fondo de ese tema.

 

SÓLO DEMAGOGIA

Si esta es una experiencia previa, ¿un posible gobierno de coalición, derivado del Frente Ciudadano por México, tendría los espacios políticos y la civilidad necesaria para una discusión tan trascendente como esa? Queda claro que no. Y ahí comenzarían los fracasos. Por esa razón es importantísimo que exista una reglamentación concreta para los gobiernos de coalición, que tenga como fondo el establecimiento de compromisos mutuos concretos en temas no sólo políticos o electorales, sino en cuestiones ideológicas y sociales tan concretas y emocionales como esas. Mientras no ocurra, todo seguirá siendo demagogia y alianzas para ganar elecciones. Es decir, seguir dando vueltas en círculos sin llegar a nada.

Un disparate —real—, que los partidos le apuesten a un INE sin legitimidad

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Pareciera un contrasentido que los entes públicos destinados a la promoción y el fomento a la vida democrática, sean los más interesados en terminar con la institución que está encargada de regular el funcionamiento del sistema electoral y democrático del país. Esa es, sin embargo, la angustiosa realidad a la que cotidianamente se enfrenta el Instituto Nacional Electoral (INE) frente al régimen de partidos que, por doquier, busca minar su credibilidad y desacreditarlo como el árbitro de los procesos electorales.

En efecto, está a punto de arrancar la fase más álgida del proceso electoral 2017-2018, y las insinuaciones de los partidos en contra del INE están a la orden del día. De hecho, hoy el árbitro de los procesos electorales ya resiente varios escollos provocados por la paciente certeza que los partidos parecen tener en su contra: desde hace varios años, desde los partidos se ha buscado minar la credibilidad del INE a través de filtraciones, decisiones desafiantes sobre actos anticipados de campaña, y abiertos escarceos en contra de las reglas electorales para tratar de tentar al INE a imponerles sanciones y entonces redoblar sus estrategias de descrédito.

Un ejemplo claro de esto, lo vimos desde 2015 cuando el Partido Verde Ecologista de México le enderezó un duro golpe al INE al presuntamente filtrar por medio de terceros una conversación en la que el Consejero Presidente del INE, Lorenzo Córdova Vianello, se burla en una conversación telefónica privada de los representantes de un grupo indígena con los que había sostenido una reunión de trabajo. La filtración habría sido la respuesta del Verde en contra del INE, por la imposición de diversas sanciones económicas derivadas de infracciones reiteradas a las reglas electorales.

En esa lógica, es claro que lo realmente preocupante radica en cómo en nuestro país las discusiones de fondo son fácilmente manipulables, y cómo en un caso como el de los partidos contra el INE esto resulta de ser de mucha utilidad para quienes quieren desacreditar de fondo a las instituciones electorales. En aquella ocasión, en la que se difundió una conversación privada de Córdova Vianello, asunto de inmediato se convirtió en un escándalo, y en las redes sociales rápidamente escaló la tendencia a exigir su renuncia.

Ante ello, el INE aceptó la autenticidad de la grabación y condenó la intervención de comunicaciones telefónicas privadas, además de anunciar que presentaría una denuncia penal ante la PGR por la violación a la disposición constitucional contenida en el artículo 16, en el sentido de que todas las comunicaciones son en esencia privadas, y que sólo pueden ser intervenidas mediante una orden judicial cuando se está investigando la posible comisión de delitos.

Nada de esto permeó: lo único que fue realmente trascendente fue el golpe moral que le dieron no a Córdova Vianello, sino al INE en su conjunto como árbitro de los procesos electorales. Ese ha sido uno de los escollos de los que, hasta ahora, el órgano electoral nacional no ha podido reponerse; y ha sido una de las circunstancias más complejas a las que ha tenido que enfrentarse el INE en esta batalla electoral, que promete ser una de las más feroces y sin honor de que se tenga memoria.

TODOS CONTRA EL INE

Por ejemplo, hoy a nadie le preocupa que Andrés Manuel López Obrador tenga más de un año en campaña abierta, ya como un candidato presidencial de facto. En otras democracias eso no tendría nada de extraordinario, porque ahí tanto las reglas como los límites son claros para todos, y todos los respetan sin necesidad de tener una ley prohibitiva y un árbitro que más bien debe fungir como un policía. Sin embargo, en México las reglas electorales estrictas, y el INE, fueron confeccionados por los propios partidos políticos, que son exactamente los mismos que las incumplen sistemáticamente.

En esa lógica se inscribe la determinación de López Obrador de confrontarse y desafiar sistemáticamente al órgano y a las reglas electorales, consumando actos que debieran ser frenados si de verdad hubiera un Estado de Derecho y por ende un órgano electoral fuerte y legitimado. El problema es que el INE atraviesa por una debilidad institucional profunda, derivada de una enorme crisis de credibilidad, provocada por los propios partidos, lo cual provoca que hoy ya ni siquiera se atreva a aplicar la ley en los términos en los que debería hacerlo.

Así, por ejemplo Andrés Manuel puede decir abiertamente que está en campaña por la presidencia de la República, y nadie se atreve a sancionarlo; por eso mismo está anunciando, para la primera semana de diciembre, cuál será la integración de su gabinete para cuando asuma el gobierno federal, a pesar de que para esas fechas ni siquiera habrá iniciado aún la etapa del proselitismo electoral; esa —la debilidad del INE para aplicar y hacer cumplir sus determinaciones— es también la causa por la que el PAN y PRD están enfrascados en una lucha sin cuartel por la candidatura presidencial, importándoles poco que violen la ley; y, de hecho, es la misma causa por la que el PRI y el gobierno federal siguen amalgamados desde la campaña del Estado de México para hacer todo —lo legal y lo ilegal— con tal de conformar espacios que les permitan competitividad para los comicios presidenciales de 2018 en los que harán todo para no entregar la Presidencia de la República.

Todo esto se veía venir. Desde 2015, cuando los partidos comenzaron la estrategia de fondo de desacreditar a Lorenzo Córdova, su intención fue presentar al INE como una institución electoral sin calidad moral, social y política para fungir como árbitro en los procesos electorales… y esta sería una vuelta más a la tuerca de la presión política que se ha ejercido desde hace algunos años en contra de la institución electoral, a manos de los propios partidos políticos que al no tener capacidad de autorregularse y de asumir con responsabilidad sus compromisos democráticos con el país y los electores, optan por la argucia de desacreditar al Frankenstein que hoy intenta regularlos.

PIERDE EL PAÍS

En el fondo lo terrible es que quien pierde, y mucho, es el país. El análisis simplón lleva a suponer que fue el Partido Verde quien inauguró esta época de descrédito en contra del INE. Eventualmente, sí pudo haber sido éste el responsable de aquel aciago inicio, en respuesta a las sanciones impuestas. Pero también pudo haber sido cualquier otro partido, porque todos han sido adversarios del INE de más largo aliento; y que así como han denunciado fraude sin haberlo nunca podido comprobar, hoy estarían viendo los frutos de esa maniobra perversa a través de la cual han intentado anular de facto a la autoridad electoral.

Partidos: que en 2018 no repitan la simulación en el ejercicio de la política

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Es desalentador que ninguna de las fuerzas políticas del país, parezca estar a la altura de los retos que impone nuestra democracia actualmente. Por un lado, en realidades paralelas el PRI y Morena están enfilados a hacer lo que, respectivamente, les marque un solo individuo para después vestir la decisión de democracia y aparente apoyo ciudadano. Y una tercera realidad, la del Frente Democrático por México, parece que las cosas siguen indefinidas tanto en lo que toca a la designación —o elección— de su candidato presidencial, pero también con relación a los temas que se supone que abordará como coalición de partidos y, de ganar, también de gobierno.

En efecto, estamos a muy poco tiempo de las definiciones políticas más importantes de los últimos tiempos en nuestro país, y sin embargo no existen aún los signos alentadores que pudieran hablarnos de un porvenir mejor. En este mundo mexicano plagado de paradojas, resulta que en el Partido Revolucionario Institucional —donde están muy próximos a definir su candidatura— toda la decisión está puesta en el Presidente de la República, y parece que el sentido de la decisión sólo tiene dos rumbos posibles: un orgánico puro como candidato presidencial —es decir, alguien químicamente puro emanado del grupo del Presidente—; o un “externo” que representaría un cambio que, sin embargo, tendría todas las características de ser todo menos eso.

No hace falta un análisis de profundidad: por un lado, el Presidente Enrique Peña Nieto podría decantarse por elegir como candidato presidencial a alguno de los que lo han acompañado en todo su periplo que lo llevó, desde el Estado de México hasta la Presidencia de la República. Esos tendrían que ser el actual canciller Luis Videgaray, el Secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño Mayer o, eventualmente, el Secretario de Gobernación —que fue gobernador en la misma época de Peña Nieto, pero que lo ha acompañado en todo su demás recorrido político— Miguel Ángel Osorio Chong.

Esos son los priistas orgánicos que podrían hacerse de la candidatura presidencial si la decisión tuviera como fondo la designación de un candidato “de la casa”, y en ello no habría mayor abanico a partir de que el grupo del Presidente se ha mantenido compacto a pesar de la necesidad de contar con una mayor cantidad de cuadros políticos. A todos los que no son parte de ese grupo, pero que son considerados, es de donde podría salir el supuesto candidato “fresco” que pudiera representar esa apariencia de cambio que tan bien le vendría al PRI en esta contienda presidencial.

En esa lógica sólo existen dos candidatos posibles: uno, el Secretario de Salud, José Narro Robles; y el otro, el titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, José Antonio Meade Kuribreña. De éstos tampoco hay mucho que decir. La perspectiva de que el secretario Narro podría ser candidato presidencial del PRI surgió cuando a alguien se le ocurrió que él podría ser el “Bernie Sanders mexicano”, es decir, ese militante del grupo gobernante, que sin embargo representa un sector relativamente radical dentro de los mismos parámetros del gobierno, y que tiene vasos comunicantes con sectores aún más radicales.

La idea surgió por el origen del doctor Narro y su larga y acreditada trayectoria como Rector de la UNAM. Sin embargo, fuera de la percepción, nada indica ni que él pudiera ser una especie de radical entre los moderados —porque al final de cuentas es priista— y tampoco que en realidad se encuentre en el ánimo presidencial como para escalar hasta la candidatura presidencial.

Así, en esa decantación de nombres el que queda es José Antonio Meade, que representa el principal orgullo del stablishment mexicano, y que en apariencia es la propuesta de cambio del PRI hacia los mexicanos. El problema es que esa propuesta de cambio no resiste mucho: en realidad, Meade representa lo más granado de los doce años de gobiernos panistas y del sexenio peñista; es un cambio porque es un ciudadano que no milita en el PRI pero que ha servido a ese gobierno, y a los panistas de la primera alternancia.

El problema que tiene es que en ese periodo no hay forma de hacer defendibles temas como la corrupción o el acelerado crecimiento de la delincuencia organizada. Por eso, su idea de cambio es muy endeble, ya que sólo significaría el cambio entre militante/ciudadano, pero nada con respecto a los temas más sensibles del gobierno y el Estado en México a lo largo de los últimos años.

LA OPOSICIÓN

En el otro frente está Andrés Manuel López Obrador, que no tiene ya mucho de novedoso. Su democracia interna como partido (Morena) será definida por una encuesta simulada, y ya sabemos cuál su propuesta de fondo como político, como potencial gobernante y como principal representante de la oposición en México. En realidad, tampoco hay forma de que podamos creer algo nuevo, salvo la simulación a la que ya nos tiene por demás acostumbrados luego de 18 años de búsqueda permanente del poder presidencial.

En el último flanco queda el Frente Ciudadano por México, que aunque tiene una posibilidad de plantear un escenario distinto, tampoco tiene esquemas muy alentadores. No ha definido, por ejemplo, cuál será el método a partir del cual elegirá a su candidato presidencial; pero tampoco ha hecho ni lo necesario para entrar a la discusión de fondo de cuáles serán los temas que deberá abordar como un posible gobierno de coalición si es que llegaran a ganar la Presidencia de la República.

En realidad, ese es otro ejercicio de simulación de los que ya no quisiéramos ver en México. Hemos sido testigos de cómo la evasión de los temas de fondo (los verdaderos asuntos de interés nacional) han quedado relegados bajo la inquina y la mezquindad de la partidocracia que asume que evadiéndolos evita los costos políticos. Por eso, es una mala noticia que el Frente Ciudadano por México no tenga la disposición para discutir los temas más complejos de la agenda nacional, que definitivamente debieran ser la médula de una alianza entre dos fuerzas tan lejanas como ellos.

¿QUÉ QUEDA?

Lo que queda, aunque suene a fastidio y a desánimo, es la exigencia —a nosotros mismos— de no dejarnos engañar. Queda claro que no hay ninguna propuesta de cambio, y que de fondo tampoco hay mucha disposición para afrontar los retos nacionales. Ese es un tema importante que se irá aclarando conforme se acerque la elección de 2018.

Centenario de la Constitución: cada vez menos recuerdan por qué hubo una Revolución en México

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En este 2017 se conmemoró el primer centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Nuestra Carta Magna, vigente hasta la actualidad —aunque plagada de modificaciones— fue resultado justamente de la lucha revolucionaria que inició el 20 de noviembre de 1910. A cien años de distancia, y sólo a manera de reflexión —porque queda claro que la partidocracia mexicana mantiene aún secuestrada a la voluntad popular, en el anhelo de mejores condiciones sociales— deberíamos preguntarnos cuáles fueron las causas más de fondo que le dieron sustento y contenido a la Revolución, y por ende a la Constitución de 1917 que este año cumplió su primer centenario.

En efecto, el poeta y ensayista Octavio Paz afirmaba en El Laberinto de la Soledad, que la única causa verdaderamente social de la Revolución Mexicana, era el agrarismo de Emiliano Zapata. Él exigía la devolución de la tierra a sus dueños originales, que históricamente habían sido despojados. Esta fue una de las causas que sostuvo social, política e ideológicamente a la Revolución, y fue uno de los puntos que dotó de mayor contenido social a la entonces vanguardista Constitución que aprobó el Constituyente de Querétaro en 1917.

¿A qué se refería concretamente Octavio Paz? Vale la pena repasar lo que apuntó en El Laberinto de la Soledad, en la parte en la que hace un extraordinario y lúcido recuento histórico de los hechos y circunstancias que determinaron nuestra realidad nacional. Ahí, en el Capítulo VI “De la independencia a la Revolución”, Paz sostiene argumentos que deben ser releídos hoy en día para entender el fondo de dicho movimiento revolucionario, las causas sociales que le dieron origen, y el evidente extravío que como país vivimos actualmente.

“Distingue a nuestro movimiento —dice Octavio Paz, sobre la Revolución— la carencia de un sistema ideológico previo y el hambre de tierras. Los campesinos mexicanos hacen la Revolución no solamente para obtener mejores condiciones de vida, sino para recuperar las tierras que en el transcurso de la Colonia y del siglo xix les habían arrebatado encomenderos y latifundistas.

“El ‘calpulli’ era la forma básica de la propiedad territorial antes de la Conquista. Consistía este sistema ‘en dividir las poblaciones en varios barrios o calpulli, cada uno de ellos con una extensión determinada de tierras, que no pertenecían individualmente a ninguno de los habitantes, sino que estaban concedidas a una familia o tribu… en el concepto de que el que abandonaba el calpulli o dejaba de cultivar las tierras que se le asignaban, perdía el derecho de participar en la propiedad comunal’. Las Leyes de Indias protegieron esta institución y son numerosas las disposiciones destinadas a defender la propiedad comunal indígena contra abusos y usurpaciones de toda índole. Los preceptos admirables de las Leyes de Indias no fueron siempre respetados y la situación de los campesinos era ya desesperada a fines del siglo XVIII. La actitud de Morelos, uno de los pocos dirigentes mexicanos que tuvo conciencia del problema, revela hasta qué punto el malestar del campo influye en la guerra de la Independencia. La Reforma comete el error fatal de disolver la propiedad comunal indígena, a pesar de que hubo quienes se opusieron, como Ponciano Arriaga. Más tarde, a través de diversas Leyes de Colonización y de Ocupación y Enajenación de Terrenos Baldíos, el régimen de Díaz acaba con los restos de la propiedad campesina y “destruye los caracteres que hasta entonces había tenido el régimen de propiedad de México”.

CAUSAS SOCIALES

“Casi todos los programas y manifiestos de los grupos revolucionarios —continúa señalando Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad— contienen alusiones a la cuestión agraria. Pero solamente la Revolución del Sur y su jefe, Emiliano Zapata, plantean con claridad, decisión y simplicidad el problema. No es un azar que Zapata, figura que posee la hermosa y plástica poesía de las imágenes populares, haya servido de modelo una y otra vez, a los pintores mexicanos. Con Morelos y Cuauhtémoc es uno de nuestros héroes legendarios. Realismo y mito se alían en esta melancólica, ardiente y esperanzada figura, que murió como había vivido: abrazado a la tierra. Como ella, está hecho de paciencia y fecundidad, de silencio y esperanza, de muerte y resurrección. Su programa contenía pocas ideas, estrictamente las necesarias para hacer saltar las formas económicas y políticas que nos oprimían. Los artículos sexto y séptimo del Plan de Ayala, que prevén la restitución y el reparto de las tierras, implican una transformación de nuestro régimen de propiedad agraria y abren la puerta al México contemporáneo. En suma, el programa de Zapata consistía en la liquidación del feudalismo y en la institución de una legislación que se ajustara a la realidad mexicana.

Luego, Octavio Paz continúa explicando que la originalidad del Plan de Ayala consiste en un posible regreso a una “edad de oro” en la que se supone que todo era ideal y que esa es la base de toda Revolución, pero no como una simple creación de la razón, ni una hipótesis. El movimiento agrario mexicano, dice, exige la restitución de las tierras a través de un requisito legal: los títulos correspondientes. Y si prevé el reparto de tierras lo hace para extender los beneficios de una situación tradicional a todos los campesinos y pueblos que no poseen títulos. El movimiento zapatista tiende a rectificar la Historia de México y el sentido mismo de la Nación, que ya no será el proyecto histórico del liberalismo. México no se concibe como un futuro que realizar, sino como un regreso a los orígenes. El radicalismo de la Revolución mexicana consiste en su originalidad, esto es, en volver a nuestra raíz, único fundamento de nuestras instituciones. Al hacer del calpulli el elemento básico de nuestra organización económica y social, el zapatismo no sólo rescataba la parte válida de la tradición colonial, sino que afirmaba que toda construcción política de veras fecunda debería partir de la porción más antigua, estable y duradera de nuestra nación: el pasado indígena.

JUSTICIA SOCIAL

Que esta era una parte fundamental de la verdadera justicia social que buscaba la Revolución, y que no tenía que ver con las luchas palaciegas por el poder, en las que luego se enfrascaron los herederos de la Revolución, que luego crearon el partido que era necesario para la consolidación del régimen de partido hegemónico que prevaleció casi setenta años. Ha habido dos alternancias de partidos en el poder, y si bien la Constitución ya cumplió su primer centenario, hoy lo que parece que queda claro es que sus verdaderas causas sociales, como la de la tierra, quedó sepultada por completo.

El “Buen Fin”: Ofertas, sólo a crédito y sin ninguna motivación de dinamismo

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¿Usted planeó comprar algún producto en el llamado “fin de semana más barato del año”? Si la respuesta fue positiva, entonces también debe ser correcto completar la respuesta asegurando que finalmente terminó no comprando nada. ¿A qué se debe esto? A que el llamado “buen fin” se ha reducido, a muy pocos años de su implementación, a una abierta estrategia comercial de instituciones bancarias, centros comerciales y compañías telefónicas, para ofertar crédito a consumidores eufóricos. Pues en realidad, durante este periodo de “ofertas” la gente que planea sus gastos, definitivamente no compra nada.

En efecto, este fin de semana largo coincidió con el del llamado “buen fin”. Bajo el eslogan de que es el fin de semana más barato del año, el gobierno federal y los grandes comercios establecieron una estrategia que lo que se supone que buscaba, era generar un mayor consumo interno entre la población para así inyectarle recursos a la economía y al mercado nacional, que desde hace años simplemente está estancado.

Para darle aliento al consumo, el gobierno del entonces presidente Felipe Calderón decidió implementar el “buen fin” utilizando como primera estrategia que a todos los empleados federales se les adelanta el pago de su primera parte del aguinaldo para esta fecha, y combinándolo con una invitación a que las grandes cadenas comerciales establecieran un programa de ofertas, durante cuatro días, que significaran —se supone— la mejor oportunidad del año para adquirir algún producto, y el mejor periodo de ventas para quienes se dedican a venderlos. Así arrancó el “buen fin” a partir de 2011, y lo único cierto es que ese es un periodo que únicamente alimenta la impulsividad de quienes son fanáticos de los gastos no planeados, y que es un gran negocio para quienes lo que venden es crédito.

¿Por qué? Porque bastaba con darse una vuelta por cualquier zona comercial para darse cuenta que el “buen fin” no es un periodo de oportunidades para gastar. La gran mayoría de los comercios —no centros comerciales o tiendas de cadena, sino negociaciones comunes— se adhirió al “buen fin” ofertando descuentos que, cuando mucho, alcanzaban un 10 por ciento sobre sus etiquetas comunes, o que anunciaban grandes descuentos en productos que, al verlos, eran en realidad verdaderos saldos, o cosas que provenían de sus stocks rezagados. Sólo las cadenas comerciales implementaron promociones, aunque casi ninguna era lo verdaderamente atractiva como para destinar un ahorro a dicho producto o, aún mejor, para comprarlo de contado.

¿Cuál fue el gancho? Como todos los años, éste fue los llamados “meses sin intereses”. Éste, que es un gran negocio de las instituciones bancarias —que le dicen al cliente que pagará su producto en un plazo determinado pero sin aclararle que ese pago no viene incluido en su pago mínimo sino en sus compras del mes—, es el que verdaderamente florece en el “buen fin”. Las estadísticas anuales dicen que los productos que son mayormente adquiridos durante ese periodo, son los electrodomésticos y los artículos electrónicos, tales como pantallas, aparatos de sonido o equipos de cómputo. Todo, claro, a través del crédito.

Incluso, en esta dinámica, la dupla de las cadenas comerciales y las instituciones bancarias, han llegado al extremo de ofrecer al cliente todo tipo de promociones, cupones, tarjetas de regalo y demás, en las compras a crédito. Y abierta y claramente desdeñan al consumidor que planeó y decidió ahorrar su dinero para buscar, en ese periodo, una buena oferta para adquirir un producto de contado. Para ellos, en el mejor de los casos, las tiendas no tuvieron sino magros anuncios de un cinco o diez por ciento de descuento, aunque la intención clara es que el producto se adquiriera a crédito y a plazos de 18 meses, o más, para poder acceder a los “beneficios” que habían sido planeados para el buen fin.

Al final ¿qué queda? Que la gente que tiene algún sentido de prudencia, evita este tipo de mecanismos engañosos que lo que busca es anclar la economía familiar durante meses a un débito con instituciones bancarias; y que para ese tipo de personas, en realidad el buen fin termina boicoteándose solo.

BUEN FIN: AUTOBOICOT

Afirmábamos que el Buen Fin se boicotea solo. ¿Por qué? Porque se supone que la finalidad de este periodo que intentan equiparar al Black Friday estadounidense, es generar movilidad económica para que la gente gaste su dinero, a partir de ofertas atractivas en la gran mayoría de los productos y servicios que se ofertan ese día. Lo paradójico es que en México, a diferencia de Estados Unidos, las ofertas que se ponen a disposición del público casi nunca tienen que ver con las compras de contado. En México el Buen Fin es para las instituciones de crédito, que entonces enganchan a mucha gente con compromisos que incluso rebasan el periodo de un año.

Esto se pone de manifiesto con un ejemplo de la vida real. Una persona ahorró para adquirir un vehículo y desde hace más de un mes ha venido aplazando el momento de la compra, esperando el Buen Fin. Tiene su dinero depositado en una cuenta bancaria, listo y completo para hacer una transferencia. ¿Cuál es el problema? Que esta semana que llegó el Buen Fin se encargó de visitar todas las agencias automotrices de la ciudad buscando una oferta —aunque fuera mínima— para poderla aprovechar en el desembolso de una cantidad considerable de dinero.

¿Cuál es la sorpresa? Que ninguna marca de vehículos, ninguna, ofrece una sola promoción para una compra de contado. Las grandes ofertas son para las compras a crédito. En ellas sí establecieron algunos beneficios como el regalo de un seguro, o la condonación de la comisión por apertura del crédito. Quizá constituyan un ahorro. Pero éste es testimonial, y evidentemente nulo, frente a los intereses que ganarán las instituciones de crédito otorgantes con esta compra “promocional” que encierra un compromiso de mediano plazo, y que incrementará el precio inicial de lo que se quería comprar. Al final, esa persona X decidió hacer una inversión distinta a la que tenía planeada, porque el Buen Fin no le ofreció ninguna opción. De nada.

UN ENGAÑO

Sí, esto es, evidentemente, un engaño. Pues resulta que el Buen Fin ahuyenta en sí mismo a la gente que con un poco de información y reflexión toma la decisión de comprar un producto, o de adquirir una deuda. Porque en el fondo, la oportunidad que dicen que hay este fin de semana, es una engañosa fantasía.

Regular publicidad oficial: un paso importante de la SCJN, que ahora debe nutrirse con voluntad

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Ayer, la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación tomó una decisión que será trascendental, si ahora los gobiernos en México asumen la importancia de regular la publicidad gubernamental. El avance procurado por el Alto Tribunal, es fundamental porque vuelve a colocar en la discusión nacional la urgencia de darle forma legal a uno de los muchos pendientes importantes que prevalecen en nuestra vida democrática. Pero esencialmente debe ser considerado en su dimensión, porque sin voluntad —y sin el empuje social, que ahora será fundamental— bien podría nada cambiar.

En efecto, ayer la Primera Sala de la Corte concedió un amparo a organizaciones civiles para que el Congreso emita la Ley reglamentaria del artículo 134 de la Constitución, con el fin de que establezca los lineamientos para que las instituciones públicas transparenten sus gastos en comunicación social.

Por cuatro votos contra uno, los ministros que integran la primera sala aprobaron el proyecto presentado por Arturo Saldívar Lelo de la Rea que establece que la “ley ampara y protege a Campaña Global por la Libertad de Expresión A19, A.C. en contra de la omisión del Congreso de la Unión de expedir la ley reglamentaria del párrafo octavo del artículo 134 de la Constitución, de conformidad con lo dispuesto por el artículo Tercero Transitorio del Decreto por el que se reforman, adicionan y derogan diversas disposiciones de la Constitución en Materia Política-electoral, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 10 de febrero de 2014”.

La sentencia señala que el Congreso de la Unión debe cumplir “con la obligación establecida en el artículo tercero transitorio del decreto de la reforma constitucional de 10 de febrero de 2014 y, en consecuencia, proceda a emitir una ley que regule el párrafo octavo del artículo 134 de la Constitución antes de que finalice el segundo periodo ordinario de sesiones de este último año de la LXIII Legislatura, es decir, antes del 30 de abril de 2018”.

En su sentencia, los ministros establecieron que la omisión legislativa viola la libertad de expresión, de prensa e información, pues esos derechos requieren de medios libres que transmitan a los ciudadanos todo tipo de opiniones. Precisaron que para ello es necesario que los medios cuenten con ingresos económicos suficientes. Para la Corte, la falta de regulación por parte del Congreso propicia un ejercicio arbitrario del presupuesto en comunicación social, lo que consideró como una restricción indirecta de la libertad de expresión.

Este caso llegó a la Corte luego de que un juez de distrito negara el amparo al considerar que se trataba de un asunto de materia electoral, además de que concederse beneficiaría a todos los ciudadanos, no sólo a Artículo 19, como promotor del amparo. Zaldívar argumentó que a través del amparo se pueden proteger derechos fundamentales colectivos o “de naturaleza difusa”, como los de educación, vivienda y salud, que involucran a personas ajenas en un juicio.

Igual indicó que ante un mandato constitucional, como lo fue la reforma político-electoral publicada el 10 de febrero de 2014, el Congreso “no es libre para decidir no legislar”, sino que puede ser obligado por el Poder Judicial para que cumpla con su tarea. Como plazo, los ministros sentenciaron que la regulación debe hacerse antes de que termine el segundo periodo ordinario de la actual LXIII Legislatura; es decir, antes del 30 de abril próximo.

Todo esto suena extraordinario. Pero, ¿es real que ahora sí todo va enfilado a la regulación efectiva de la publicidad gubernamental?

LARGO CAMINO

Esencialmente, la regulación de la publicidad oficial cierra dos espacios a la discrecionalidad, que son oprobiosos para nuestro aún incipiente sistema democrático. El primero de ellos, es la eliminación del llamado “no te pago para que me pegues”; y el segundo, es el que permite un marco de discrecionalidad en la disposición y ejercicio de recursos públicos, cuando el empuje social y democrático está encaminado justamente a que todo gasto se encuentre no sólo contemplado en la ley, sino regulado por reglas generales y previsibles que impidan un uso discrecional, inequitativo o contrario a los principios fundamentales que rigen —o que deben regir— al sector público, y en sus relaciones con los particulares.

Sin embargo, aún con todo eso, los retos que quedan son enormes: por un lado, deben construirse las iniciativas de ley al respecto, que cumplan no sólo con el sentido y las finalidades de la sentencia que ayer emitió la Primera Sala del Alto Tribunal, sino que también cuenten con el respaldo de todos los actores e instituciones involucrados en una discusión tan amplia y tan de fondo como esa.

Los medios de comunicación, particularmente, son empresas privadas que también cumplen con una función social informativa, y a partir de eso tendría que iniciarse una discusión amplia y de fondo, en la que existan reglas que además de regular y transparentar el ejercicio del gasto publicitario de los tres órdenes de gobierno, cumplan con el imperativo fundamental de que exista una mayor y más robusta pluralidad informativa, y de que ese gasto publicitario cumpla también con la finalidad de garantizar la existencia de todas las formas de expresión, incluidas las que les son más incómodas a los gobiernos, porque éstas también reflejan el sentir de los sectores que integran la sociedad, aún siendo abiertamente contrarias a los intereses gubernamentales.

El problema es que el camino no será fácil, y una de las primeras resistencias que habrán de presentarse serán las que emerjan del propio Estado. Si hasta ahora no ha existido una regulación de la publicidad gubernamental en ningún espacio público del país, es justamente porque existe un reconocimiento implícito de que ello constituye un tema al que el propio gobierno no quiere entrarle; pero también porque todos reconocen que la confección de una ley de esa materia implica un grado de complejidad enorme, y que por eso todos lo han preferido evadir antes de cualquier posibilidad de pagar costos políticos, y de cerrarse la oportunidad de continuar ejerciendo el abominable “no te pago para que me pegues” que se sigue aplicando hoy en día a los medios informativos en muchos lugares del país.

EMPUJE SOCIAL

Al final, no será sino la exigencia social la que empuje estos cambios, igual que como ha sido en otros temas muy importantes para la vida nacional. Sin interés de la sociedad, la omisión legislativa estará destinada a encontrar su límite en la división de poderes. Y entonces esta importante sentencia no quedará más que en una desventurada anécdota.

Continúa Poder Judicial jornada de capacitación y asesoría para alcaldes

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La Escuela Judicial de la Judicatura ha impartido cursos y talleres a las autoridades de la Mixteca, Istmo, Costa y Cuenca del Papaloapan

Para acompañar los procesos de justicia comunitaria de los pueblos y localidades indígenas en Oaxaca, el Poder Judicial del Estado, a través de la Escuela Judicial, elaboró la edición 2017 del Manual del Alcalde, en base a la cual se han capacitado hasta la fecha a autoridades de las regiones de la Mixteca, Istmo, Costa y recientemente de la Cuenca del Papaloapan.

En las jornadas de actualización, instruidas por el presidente del H. Tribunal Superior de Justicia y del Consejo de la Judicatura, magistrado Raúl Bolaños Cacho en su compromiso por consolidar la formación y profesionalización de los encargados de la administración de justicia municipal, con pleno respeto a su autonomía, se abordan temas como el sistema jurídico, las facultades y obligaciones que les corresponden

.Así también, el sistema penal acusatorio y el de justicia para adolescentes, entre otros que les permitan salvaguardar los derechos de los habitantes en sus municipios, así como emitir actos en ejercicio de sus funciones, cumpliendo con los requisitos y elementos que marcan las leyes.

De acuerdo con el Manual, los alcaldes tienen la obligación de auxiliar a los tribunales, jueces del Estado y la federación, en las actividades necesarias o convenientes para que se imparta debida justicia. Sin embargo, esta circunstancia impone a las autoridades la obligación de también coordinarse, unas entre otras, para lograr la eficacia de su respectivo sistema de justicia, principalmente cuando se trata de pueblos y comunidades indígenas.

Además, las diligencias o acciones que solicite un juez al alcalde pueden originarse por diversos juicios, por tal motivo, el importante que conozca cuando actúa en cada rama del Derecho, ya sea penal, civil, familiar o administrativo e incluso intervenga como mediador para conciliar en algunos casos.

En el programa de  capacitación y asesoría para alcaldes municipales participan como instructores jueces y juezas adscritos a los juzgados ubicados en diferentes distritos judiciales.

La actividad impartida recientemente en la Cuenca del Papaloapan, tuvo como sede la Casa de la Cultura, ubicada en San Juan Bautista Tuxtepec, donde estuvieron como ponentes los jueces Andrés Manuel Jiménez Méndez, del Juzgado Primero Penal de Tuxtepec y Luis Francisco González Martínez, del Juez Mixto de Primera Instancia de María Lombardo.

En la jornada realizada en Puerto Escondido, el pasado mes de septiembre, el presidente del Honorable Tribunal Superior de Justicia del Estado, magistrado Bolaños Cacho, pidió a más de 50 autoridades municipales, entre síndicos y alcaldes de esta región de la Costa de Oaxaca, trabajar en unidad con el Poder Judicial para coadyuvar en la impartición de una justicia pronta y expedita y los convocó a colaborar estrechamente con el Poder Judicial con la finalidad de que personas de sus comunidades que hablen su lengua nativa coadyuven como intérpretes en los juicios orales.

Informe de Gobierno: la formalidad republicana que sigue sin tener un formato

Hoy el Gobernador Alejandro Murat entregará su Primer Informe de Gobierno al Congreso del Estado. Con ello se cumplirá estrictamente la formalidad constitucional. Pero sobre lo que debería ocurrir —y sigue ausente— es la posibilidad de que ese acto fuera parteaguas para un verdadero proceso de rendición de cuentas, cuestionamiento y autocrítica en favor de la democracia y del Estado oaxaqueño.

En efecto, hoy deberá ser entregado ante el Congreso, el documento que contiene el Primer Informe de Gobierno del Gobernador Alejandro Murat, y se tiene contemplado que éste ofrezca un mensaje a la ciudadanía oaxaqueña desde el Centro Cultural y de Convenciones. Esto, debido a que la Constitución local no señala un formato específico ni el protocolo que debe seguirse en dicho acto. Eso abre la posibilidad de que la dinámica del acto del informe quede sujeta al arbitrio y la negociación entre los actores involucrados, con una gama de posibilidades que van desde lo estrictamente indispensable, hasta un acto verdaderamente deliberativo y de debate.

No obstante, es claro que en Oaxaca, en términos democráticos, el uso de esa libertad no ha sido el adecuado. Esto porque, primero, a partir de la redacción constitucional, varios Mandatarios evadieron el formalismo de acudir al Congreso a entregar el documento conteniente del Informe, y rendirlo a través de un mensaje a la diputación local y al pueblo de Oaxaca. Ello se entendió como una forma práctica de evitar desencuentros entre partidos y entre poderes, tomando como base que la Constitución no obligaba a que el Gobernador acudiera personalmente a entregar el documento, y sólo establece como una posibilidad potestativa al arbitrio del Gobernador, la de emitir un mensaje desde la tribuna legislativa para explicar el contenido del Informe, o para establecer un posicionamiento político respecto a él.

Cuando llegaron los tiempos de la primera alternancia, en 2011, la dinámica del Informe cambió y entonces, como una demostración de cambio y de voluntad democrática, el Gobernador del Estado (ya siendo Gabino Cué mandatario) decidió abrir el espacio de negociación con las fracciones parlamentarias representadas en el Congreso para revivir la solemnidad del informe que se entrega personalmente ante los representantes del Poder Legislativo.

Ello, el primer año de gobierno de Cué, fue un ejercicio novedoso e incluso no visto por las generaciones más recientes. Sin embargo, como muchos otros actos del Legislativo, esa ventana democrática pronto degeneró en chantajes y negociaciones oscuras que terminaron con el aura positiva que tenía la reedición de ese protocolo político.

Sobran las razones para afirmarlo. En 2011 el gobierno estatal negoció largamente la forma en que sería establecido el protocolo y el formato para el Primer Informe de Gobierno. Algunos diputados querían, por ejemplo, que además de la entrega del documento del Informe y la emisión del mensaje por parte del Gobernador, hubiera un espacio para formular preguntas y ser respondidas, ahí, por el Mandatario. Otros propusieron que, como ocurre en algunas democracias consolidadas, hubiera un debate abierto entre el Gobernante y los Legisladores.

Sin embargo, todos sabían que optar por cualquiera de esos formatos no ensayados ni siquiera en el ámbito federal en México, en Oaxaca hubiera sido un suicidio político colectivo: todos habrían terminado enojados, confrontados y distantes. Y es que si de algo se trataba ese primer ejercicio de interacción entre el Ejecutivo y el Legislativo era de que éste sirviera para demostrar la vocación democrática y la pluralidad y apertura de quienes integraban el nuevo régimen.

Por eso la negociación se abrió, fue amplia y al final todos estuvieron de acuerdo en que se reviviera el clásico formato del Informe, en el que el Mandatario entregaba el documento del Informe, emitiera un mensaje, y después escuchara la réplica que hiciera el Presidente de la Mesa Directiva del Congreso del Estado.

DEMOCRACIA DEGENERADA

Sin embargo, si todo eso tuvo en un primer momento mucho de rescatable, luego todo terminó en un fiasco. ¿Por qué? Porque los legisladores locales pronto encontraron el “negocio” no amagando al Mandatario con el formato y las condiciones de “gobernabilidad legislativa” para que pudiera llevarse a cabo el Informe de Gobierno, sino ocupando como moneda de cambio las comparecencias de funcionarios de la administración estatal, que es el acto de interacción que sigue en la relación del Ejecutivo con el Legislativo respecto al informe sobre la situación que guarda la administración pública estatal.

El problema fue que desde el primer informe de la administración anterior, los legisladores convirtieron las comparecencias —que es un acto política, administrativa y democráticamente estéril— en otro de sus actos de chantaje: conformaron la lista de servidores públicos comparecientes a partir de sus intereses, y no fueron a preguntarles —en sus comparecencias— sobre el verdadero estado de las dependencias a su cargo (o sus faltantes, sus yerros, sus inconsistencias, etcétera) sino que en las comparecencias fueron a bombardearlos, o hacer de la presencia de los Secretarios un acto sin ningún cuestionamiento y sin ninguna utilidad, según hubiera sido la negociación previa para determinar cómo serían tratados en el Congreso local.

En esa situación fue el signo de la anterior administración con respecto a los informes de gobierno y sus respectivas glosas, y en ese contexto al cambio de poderes y el Primer Informe del Gobernador de la segunda alternancia en Oaxaca. Hasta ahora no ha quedado del todo claro si los diputados de la LXIII Legislatura establecieron concretamente un formato específico para el acto protocolario de la entrega del Informe, y por eso lo único que parece claro es que habrá un representante del Ejecutivo entregando el documento en el Congreso, y un mensaje del Gobernador a través de un acto no protocolario en términos constitucionales, sino en un recinto y con un formato propios.

Lo grave de todo esto, es que con ese poco interés que se manifiesta, lo que se está dejando de lado, y perdida, es la posibilidad de llevar a cabo un acto de utilidad democrática y administrativa, y de generar a partir de ese acto de rendición de cuentas un mejor ejercicio de gobierno y un mejor control por parte del Poder Legislativo.

CAMBIO DE CONDUCCIÓN

A partir de hoy asumen la Junta de Coordinación Política, y la Mesa Directiva del Congreso, los diputados María de las Nieves García Fernández (PRI) y Jesús Romero López (Morena). Ambos, políticos con importante experiencia legislativa, que tendrán como principal reto sacar a la Legislatura local del marasmo y la improvisación que inundaron esos dos espacios durante el primer año de ejercicio legal de la LXIII Legislatura. Que esos enroques sean para bien de la política y el Congreso en Oaxaca.

El reto en Oaxaca: que el grupo gobernante evite que sus aliados se conviertan en sus principales verdugos

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Como institución, el gobierno de Oaxaca cuenta ya con amargas experiencias del pasado reciente, de cómo sus principales aliados han terminado siendo también sus principales verdugos. Hoy, cuando la administración estatal está a punto de superar su primer año de gestión, se deben considerar las experiencias institucionales previas para establecer —y mantener— un esquema institucional de gobernabilidad y convivencia con los principales factores reales de poder, pero con base estrictamente en la ley.

En efecto, si en Oaxaca hay una tradición de convulsión social casi permanente, en gran medida ésta se determina por las organizaciones sociales y, más recientemente, por las organizaciones de trabajadores y de prestadores de servicios. En ello, quien ha llevado la indiscutible punta de lanza ha sido la Sección 22 del SNTE, que desde hace décadas marcó una forma de presión y protesta social que ha sido imitada por innumerables grupos que intentan también obtener la atención y las prebendas por parte del Estado.

En esa lógica, el gobierno estatal estableció una relación política con el magisterio que, aún en su complejidad, nunca ha representado una alianza electoral abierta, como sí ha ocurrido con otras organizaciones, sectores y gremios. De hecho, con la Sección 22, las alianzas políticas siempre han sido circunstanciales y sólo han tenido como objetivo construir algún escenario o alcanzar algún objetivo, que no implica la cogobernabilidad. Cuando el propio gobierno ha malentendido esa circunstancia, es cuando más conflictos ha tenido con el magisterio que irremediablemente termina desmarcándose de las alianzas que pretenden tener como fondo lo electoral o el cogobierno.

De esto último fue un ejemplo el gobierno de Gabino Cué Monteagudo. Éste fue llevado al poder en parte por el trabajo electoral de la Sección 22, y por eso desde el inicio la gestión de Cué asumió que tendría el respaldo magisterial a cambio de que le entregara la parcela política del IEEPO —de la cual, además, el magisterio oaxaqueño ya gozaba plenamente desde 1992—. Lo que quizá el gobierno de Gabino Cué nunca comprendió, es que la decisión magisterial de llevarlo al poder no tenía como fondo un triunfo electoral ni alcanzar una gubernatura, sino derrocar al régimen —el de Ulises Ruiz— al que acusaba de represión y que siempre fue uno de sus principales adversarios.

Por esa razón, cuando Gabino Cué asumió que cogobernaría con la 22, y que ésta sería su aliada, se topó con pared. De hecho, los años del gobierno de Cué —cuando se supone que eran aliados— fueron de los más beligerantes por parte del magisterio. ¿Cuál era la razón? Que, en su lógica, la 22 busca sus propias conquistas e intereses políticos, pero no el convertirse en gobernante o cogobernante, porque eso les implicaría una responsabilidad política que como opositores no sólo no tienen, sino que repudian.

Por eso, antes incluso de que Cué asumiera la gubernatura, la 22 se desmarcó de él y anunció todas las movilizaciones y acciones que finalmente trató de ejecutar para arrinconar a la administración de los que según eran sus aliados. Todo el esquema cambió cuando en 2013 se aprobó la reforma educativa federal, y entonces como grupo político la Coordinadora intentó ya no combatir al gobierno estatal, sino confrontarse con la federación llevando como ariete justamente a la administración de Cué, de la que no era aliada sino a la que en realidad tenía sometida.

Ese fue el contexto en el que ocurrió la relación entre la 22 y el gobierno oaxaqueño en los últimos años, y eso mismo es lo que explica la complicada relación del estira-afloja permanente, que mantiene con el Gobierno del Estado.

GREMIOS VORACES

La historia ha sido distinta con diversas organizaciones sociales, gremios y centrales de trabajadores, con las que el gobierno sí ha trabado alianza. Si volvemos nuevamente al ejemplo inmediato de la administración del gobernador Gabino Cué Monteagudo, comprenderemos que, también, nunca pudo establecer condiciones de respeto y corresponsabilidad con ninguna de las organizaciones, gremios, grupos y hasta partidos políticos, con los que había mantenido alianzas. ¿De qué hablamos?

De que, como suele ocurrir, como alianza de carácter electoral, el grupo de Gabino Cué se valió de diversos grupos y organizaciones para hacerle frente a lo que entonces se denominaba como ‘la maquinaria priista’. ¿Qué hicieron? Trabar alianzas con grupos de transportistas, trabajadores, gremios y grupos de lucha social, para tratar de contrarrestar las expresiones de corporativismo priista que aún existían. Por eso, si bien en lo electoral hubo resultados positivos —porque la combinación de todas esas alianzas permitió el triunfo de Gabino Cué en los comicios de 2010—, en el ámbito de la gobernabilidad pronto todo se convirtió en un auténtico desastre.

De hecho, los partidos políticos que habían sido los aliados de Gabino Cué —el PRD, PT, Convergencia, el PAN y demás— fueron los primeros que se aliaron, primero para abandonarlo, y luego para ponerlo contra la pared. Por eso, durante esos seis años caóticos vimos cómo la gobernabilidad se hizo añicos, cómo el gobierno permitió todos los excesos posibles, así como las agresiones más inusitadas en contra de la ciudadanía, sin que hubiera consecuencias —ni las más mínimas— para nadie.

Por eso, si hoy queremos entender la radicalidad y los excesos que cometen organizaciones como el Sindicato Libertad, el Frente Amplio de Lucha Popular, el Frente Popular 14 de Junio y un sinfín de organizaciones que aglutinan a trabajadores, obreros o prestadores de servicios, lo que debemos comprender es que todo se descompuso gracias a los débitos políticos, pero sobre todo a la incapacidad gubernamental para establecer relaciones basadas en el principio básico de la supra a subordinación de todos —autoridades, organizaciones y ciudadanos— con respeto a la Constitución y a la ley.

Esto, en el momento en el que se encuentra Oaxaca, pudiera parecer anecdótico y quizá hasta ingenuo. Sin embargo, el Gobernador Alejandro Murat ha dado las primeras muestras palmarias respecto a la construcción de una nueva relación en la que los débitos políticos no signifiquen necesariamente el sometimiento de la ley a la voluntad o los intereses de los aliados o de las organizaciones sociales.

ESTADO DE DERECHO

La aprehensión de uno de los principales líderes de la CTM —uno de los sectores adherentes al PRI, y una organización que ni en los tiempos de Cué intentó actuar con tanta virulencia como ahora— es apenas una muestra que ahora deberá concretarse no con persecuciones ni con arrinconamientos, sino con el establecimiento y la constatación del principio de que nadie podrá estar por encima de la ley. Es algo por demás complejo. Pero si se quiere un futuro distinto y mejor para Oaxaca, ese debe ser el inicio de una nueva relación, y no una llamarada o un arrebato que no se consolide con una política de gobernabilidad de mediano y largo plazo.

La alianza del desencanto y los reaccionarios, no deben ganarle terreno a la democracia en México

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Es preocupante, aunque no inexplicable, que ante la defraudación de diversas expresiones políticas hacia los ciudadanos, el país esté regresando a los sectores conservadores tradicionales. Esos sectores no están necesariamente representados en las fuerzas de derecha en el país, sino más bien en quienes —desde instituciones como la iglesia, y hasta en algunos partidos que aparentemente son representados por fuerzas dizque progresistas, pero de un profundo talante reaccionario— intentan vender ideas a partir de posiciones inamovibles. Este es un juego peligroso que debemos comprender para entender hacia dónde vamos como país.

En efecto, enfilados a la sucesión presidencial de 2018, el escenario nacional es nada halagador: el partido que gobierna en el ámbito federal ha demostrado no tener voluntad profunda de cambio: al contrario, el Presidente Enrique Peña Nieto ha sido el primero en ser evidenciado como un político incapaz de sostener su intachabilidad personal y política. De él mismo —y de su gabinete, que por momentos hasta ha chapaleado en la ignominia—, se han revelado actos de corrupción, de conflictos de interés en los que pudo haber incurrido, e importantes deficiencias en su gestión como gobernante. Básicamente, pareciera que en México estamos enfilados a asumir la segunda alternancia de partidos en el poder presidencial, no como una posibilidad de evolución democrática, sino simplemente como un segundo fracaso —consecutivo— de los sucesivos regímenes de gobierno.

El problema es que ahí no termina la crisis. En el ámbito estatal, hay una lista enorme de gobernadores y servidores públicos que enfrentan denuncias por corrupción. Al menos media docena de gobernadores están encarcelados, y otros tantos se encuentran sujetos a investigación por sus posibles vínculos o con la delincuencia organizada, o con redes de lavado de dinero que intentaron llevar a manos privadas intereses, bienes y recursos sustraídos de las arcas estatales.

Lo que resulta aún más crítico, es que esos gobernadores que hoy son investigados, o que ya se encuentran en prisión o en procesos de extradición por haber sido detenidos en otros países, corresponden a dos generaciones que se supone que constituían la posibilidad de cambio en la forma de gobernar, respecto al régimen priista de antes del año 2000. Una de esas generaciones fue la de los gobernadores emanados de alianzas electorales; y la segunda, fueron los llamados “gobernadores jóvenes” que se supone que generacionalmente venían a relevar a quienes habían crecido en la tradición política que se quiso erradicar con la alternancia del inicio del presente siglo.

En los gobernadores aliancistas había una gran esperanza porque ellos representaron la primera gran posibilidad de cambio, y de superar a las tradicionales estructuras priistas. Se creía también —aunque en términos eminentemente “académicos”— que los gobernadores emanados de alianzas electorales, tendrían gobiernos más eficaces por la colaboración de varias fuerzas políticas en la conformación de planes y programas de trabajo conjuntos, y porque compartirían responsabilidades en los resultados de la gestión, frente a la ciudadanía.

Nada de eso ocurrió: todas las alianzas fueron eminentemente electorales, y tanto gobernantes como partidos prefirieron las parcelas y los intereses, que la necesidad de darle viabilidad a los gobiernos de coalición que hoy, aunque aparecen en la Constitución como figura política, están desacreditados sin haberse siquiera puesto en marcha.

Junto a ellos, los gobernadores jóvenes —Duarte, Borge, Padrés y otros que siguen en la impunidad— reflejaron el fracaso de la primera generación relativamente joven de políticos. Todos demostraron desbocamiento, excesos, descontrol e incapacidad de entender el rol al que estaban llamados. La expectativa en ellos es que demostraran mejores capacidades para gobernar. Pero, según los hechos, fue todo lo contrario a partir de que hicieron gobiernos más desastrosos incluso que sus antecesores, a quienes combatieron electoralmente a partir de la brecha generacional.

Si los gobiernos de coalición están claramente desacreditados; y si ocurre lo mismo con los políticos “jóvenes”, ¿entonces qué opción nos queda?

REACCIONARIOS

Para muchos, la opción es Andrés Manuel López Obrador por su apariencia de progresista, aunque en realidad asuma posiciones tan reaccionarias, en temas particularmente sensibles, del mismo modo que como lo hacen algunos de los sectores más conservadores y retrógradas de la sociedad mexicana.

Como concepto, se sabe que la reacción es lo opuesto a la revolución. Por eso, como a los partidos de derecha se les ha asociado históricamente con el conservadurismo, se les ha también identificado como fuerzas reaccionarias, por su proclividad a frenar cualquier posibilidad de cambio; a las fuerzas de izquierda —a las que también se les dice ‘jacobinos’, por haber sido éstos los que empujaron los cambios más profundos en la Revolución Francesa— se les ubica más con la revolución. A pesar de todo eso, lo cierto es que hoy es fácil comprender que la derecha puede no ser reaccionaria por definición; y que, en esa misma lógica, también puede haber izquierda reaccionaria, aunque enmascarada en progresismo. En México tenemos un claro ejemplo de ello.

Pues resulta que a pesar de ser un dirigente de izquierda y un autoproclamado líder progresista en México, resulta que López Obrador ha sido el único político en México que se ha pronunciado porque temas como el matrimonio igualitario, o el aborto, sean sometidos a una consulta ciudadana, como si los derechos fundamentales pudieran estar sometidos a la democracia. Esa, que es una posición política inadmisible, resulta ser la más cercana a la de la Iglesia Católica, que abiertamente se ha pronunciado en contra en esos temas.

¿Por qué el riesgo? Porque pareciera que cada que en México hay una crisis de credibilidad política, todos apuestan a regresar a esas instituciones que no cambian. La más icónica de todas, es justamente la Iglesia Católica que para muchos ha sido el principal bastión en contra de cualquier idea revolucionaria —de ahí el calificativo de reaccionaria— y porque es la única que nunca ha titubeado en sus ideas, ni las ha traicionado, a pesar de que éstas puedan ser las más nocivas para el país. Parece que ese es el rumbo que lleva México ante la crisis que la propia clase política sigue alimentando, como si estuvieran en medio de una carrera ferozmente autodestructiva.

AYUNO LOCAL DE IDEA

¿Alguien ha visto al menos algún pincelado de reacción o progresismo a nuestra clase política local? Oficialistas y opositores reducen todo al prolífico y redituable chisme y grilla política. Pero ninguna idea. Ni una.