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Derecho a la protesta: un dilema frente a la regulación de las manifestaciones en vía pública

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Recientemente, el Gobernador Alejandro Murat Hinojosa anunció que en esta semana enviará al Congreso del Estado una iniciativa de ley para regular las marchas y manifestaciones que ocurren en la vía pública en la entidad. Esta es una iniciativa importante que debe ser considerada a la luz de algunos derechos constitucionales, así como también de la necesidad de hacer más eficientes las funciones públicas que se realizan en los tres órdenes de gobierno. Es un tema importante que debe ser analizado con todo detalle.

En efecto, la posibilidad —y la necesidad— de regular las manifestaciones que se realizan en la vía pública, ha sido un tema de amplia discusión en la entidad. Oaxaca, casi por tradición, ha sido una entidad en la que la efervescencia política es prácticamente cotidiana, y en la que las manifestaciones en la vía pública hace mucho tiempo que dejaron de ser un recurso extraordinario para convertirse en una forma ordinaria de las organizaciones sociales, gremios y demás, para ganar la atención del gobierno y lograr los objetivos que se proponen.

De hecho, en el largo devenir de las afectaciones a la vía pública, queda claro que uno de los principales factores ha estado en la Sección 22 del SNTE, que por mucho ha sido la principal protagonista de esta compleja historia de relaciones entre las organizaciones sociales y el gobierno estatal, en la que el punto central de todas las actuaciones tiene que ver con la toma de la vía pública para realizar protestas, manifestaciones, plantones y acciones de presión. Si lo consideramos en esa lógica, la 22 ha sido quien ha abierto y mantenido la brecha de la vía pública como la idónea para ganar la atención gubernamental, y para hacer valer sus exigencias.

Históricamente, el gobierno ha respondido a esa lógica accediendo a reconocer las protestas en la vía pública, como una forma de diálogo válido con las organizaciones. Siguiendo la lógica de que la 22 ha sido la punta de lanza de todo eso, ha quedado claro que ésta fue la que estableció toda una pauta de cómo se debía interactuar con el gobierno, y cómo al subirle el nivel a las manifestaciones y presiones sociales, el propio gobierno comenzó a desdeñar las acciones pacíficas y respetuosas —de otras organizaciones— en demanda de atención, para darle prioridad a quienes afectaban los derechos de terceros y les ocasionaban costos políticos al gobierno, por el repudio ciudadano a la inacción frente al quebranto al orden público. Esa es una de las razones —su enorme disciplina y capacidad de movilización, así como de afectación a la vía pública— por la que la 22 siempre ha estado a la cabeza de las prioridades gubernamentales en Oaxaca.

Ahora bien, ¿la solución a un problema de esta magnitud radicaría simplemente en emitir una ley que prohíba o regule las manifestaciones en la vía pública, y entonces tratar de aplicarla por la fuerza? Anticipadamente podemos afirmar que esa sería una solución parcial e incompleta, porque en realidad la disminución de las manifestaciones en la vía pública pasa por varios otros temas que no necesariamente se encuentran en la emisión de una ley o en el uso de la fuerza pública para despejar las vías cuando éstas son tomadas por manifestantes.

MANIFESTANTES Y LA LEY

La Constitución federal consagra el derecho de las personas a manifestarse. El artículo 9 constitucional señala expresamente que no se considerará ilegal, y no podrá ser disuelta una asamblea o reunión que tenga por objeto hacer una petición o presentar una protesta por algún acto, a una autoridad, si no se profieren injurias contra ésta, ni se hiciere uso de violencias o amenazas para intimidarla u obligarla a resolver en el sentido que se desee.

Este debe ser un punto de referencia indispensable para cualquier regulación de las protestas en vía pública, porque la propia Constitución federal establece los parámetros y los límites bajo los cuales una protesta puede ser válida y legal, y cuáles deberían ser las limitaciones que deberían ser reglamentadas a través de una ley, para que cuando esos extremos llegaran a romperse, entonces la autoridad pudiera estar legitimada para utilizar la fuerza pública, o algún mecanismo coactivo para hacer cumplir la ley y restablecer el orden en la vía pública.

Así, frente a ese problema —que no es sólo de Oaxaca—, en algunas otras entidades se han buscado soluciones a través de normas específicas. En particular, en la Ciudad de México han explorado diversas posibilidades de regulación pretendiendo establecer, por ejemplo, que los manifestantes tienen prohibido bloquear, e incluso marchar, en vías primarias de circulación vehicular; que deben dar aviso por escrito a la autoridad con 48 o 72 horas de anticipación al acto de protesta; o que el gobierno tiene la posibilidad de disolver una manifestación cuando se afecte la movilidad de la ciudadanía.

¿Es esta una solución posible? Creemos que no. En la Ciudad de México, que es la sede de los poderes federales, ha sido imposible detener la gran mayoría de las manifestaciones que todos los días ocurren en las calles de la capital. A pesar de que tanto el gobierno capitalino, como el federal, tienen diversas instancias de concertación política, muchas de esas manifestaciones comienzan y terminan sin que exista autoridad que pueda detenerlos. Sólo en casos extraordinarios (como lo fue el plantón de los trabajadores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que se encontraba en el zócalo capitalino en los albores del festejo de la promulgación de la independencia, por allá del año 2014) algún tipo de manifestación ha sido disuelta.

Junto a ello, lo que queda claro es que también debe haber una revisión integral, y a fondo, de los márgenes de atención que pueden dar las instituciones cuando se presenta algún acto de protesta, e incluso cuando éste es previsible. Por esa razón, en Oaxaca se ha discutido también en varios momentos la necesidad de que no todos los asuntos terminen resolviéndose en la capital oaxaqueña —donde se encuentran la sede de los poderes públicos—, y que más bien puedan resolverse ahí mismo donde se originaron o donde se convirtieron en un problema.

EFICACIA GUBERNAMENTAL

Esa fue una de las razones que dieron origen a las delegaciones de gobierno, y fue también la base por la que en algunos momentos la Secretaría General de Gobierno intentó generar coordinaciones regionales para atender de origen los problemas y evitar que éstos terminaran impactando en manifestaciones en la capital oaxaqueña. ¿Por qué no han funcionado? Parece que porque, integralmente, no ha habido la atención y la convicción de que esa puede ser una vía alterna a la regulación de las marchas, y que en gran medida todo podría resolverse a través de la eficacia en las tareas de gobierno. De ahí que este sea un enorme reto para la gobernabilidad, en las condiciones actuales de nuestro estado.

Plataforma facilita localización de traductores en lenguas indígenas

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El Centro Profesional Indígena de Asesoría Defensa y Traducción (Cepiadet) y la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova capacitaron sobre derechos lingüísticos a servidores públicos del Poder Judicial

A través de la plataforma digital Ndiya, creada por el Centro Profesional Indígena de Asesoría Defensa y Traducción (Cepiadet) y la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova, se facilita a las instancias de procuración y administración de justicia la localización, contacto y contratación de intérpretes y traductores de lenguas indígenas de Oaxaca que puedan apoyar en los procesos de personas que no hablen español, informó el presidente de esa Asociación Civil, Tomás López Sarabia.

Al impartir el taller ‘Derechos humanos, derechos lingüísticos y el sistema de justicia en México’ dirigido a jueces y servidores públicos del Poder Judicial del Estado, el abogado bilingüe refirió que la necesidad de traductores e intérpretes en lenguas indígenas es ahora mayor no sólo en Oaxaca sino en todo el país con la implementación del sistema acusatorio, por lo que retomando experiencias de países como Perú y Guatemala se diseñó esa herramienta virtual.

Explicó que su nombre Ndiya, significa camino en ixcateco, una lengua en riesgo de desaparecer, y además del padrón de intérpretes brinda información sobre la diversidad cultural, lingüística y jurídica de los pueblos indígenas de Oaxaca; así como casos emblemáticos y aspectos de pluralismo jurídico, una perspectiva teórica útil para comprender la existencia de múltiples órdenes jurídicos dentro de un mismo Estado.

En la entidad, según datos estadísticos del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (Inali), de las 364 variantes que se hablan en todo el país 176 se encuentran en Oaxaca, lo que representa un 48 por ciento, lo que implica que para tener a un intérprete de la lengua y la variante adecuada sea un reto fenomenal, reconoció.

Sin embargo, destacó que en ese sentido se han logrado dar avances importantes.  “El trabajo que nosotros hacemos desde sociedad civil es coadyuvar en estas condiciones de localizar a los traductores y a la par apoyar en la actualización de los servidores públicos para que tengan mayores elementos al momento de tener enfrente a una persona hablante de una lengua y respeten sus derechos”, dijo.

Durante el taller se analizaron aspectos como Códices, lenguas indígenas y juicios en la época colonial, la diversidad lingüística en el mundo, México y Oaxaca, derechos lingüísticos y derechos humanos y la justicia bilingüe en México, en los que intervinieron como ponentes además del presidente de Cepiadet,  las especialistas Zaira Hipólito López y Yásnaya Elena Aguilar Gil.

Ley de seguridad interior: ¿Debe legalizarse presencia de las fuerzas armadas en las calles?

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Amplios sectores de la población enfrentan visiones con relación a la posibilidad de que el Congreso emita una Ley de Seguridad Interior, que norme la actuación de las fuerzas armadas en las tareas de seguridad pública. Por un lado, hay quienes afirman que aún cuando no existe un mandato expreso de la ley respecto a que el Ejército o la Marina actúen en auxilio de la seguridad pública, la interpretación constitucional y de diversas leyes sí puede llevarnos a entender que no actúan en el limbo jurídico; y quienes están en contra, dicen con razón que debemos entender la dimensión de lo que se pretende, como una violación flagrante a la Constitución. En el fondo, todos rechazan la posibilidad, aunque con distintas visiones y argumentos.

En efecto, quienes dicen que sí hay marco que regule la actuación de las fuerzas armadas en tareas de seguridad pública, rechazan la idea de que se norme su actuación a través de una ley de seguridad interior, porque señalan que ese sería el primer paso para mantener el estado de cosas en el que las fuerzas armadas se consoliden en las calles y las autoridades civiles descontinúen indefinidamente la necesidad de mejorar las corporaciones de seguridad pública.

En el fondo, señalan, esa sería la forma de no cambiar y de no perder legitimidad, a pesar de todo lo que implica el hecho de que el ejército o la marina tome las tareas que, por ejemplo, le corresponden a una corporación de policía municipal, y que gracias a esa actuación la autoridad que fue rebasada en sus atribuciones (el alcalde o el cabildo, en el ejemplo) se relegitimen a partir de la presencia y la fuerza de los elementos castrenses cuando en realidad todo ello sería un signo casi inequívoco del fracaso de su autoridad.

En ese sentido, Jaime López Aranda (http://seguridad.nexos.com.mx/?p=131) señala que lo primero que debe ponerse sobre la mesa es que las Fuerzas Armadas, aún en ausencia de una ley de seguridad interior, tienen responsabilidades legales que deben considerarse simultáneamente como de seguridad nacional y de seguridad pública y bajo ninguna circunstancia están operando en un vacío legal. Las leyes orgánicas del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos y de la Armada de México, la Ley de Seguridad Nacional, la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos y la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, entre otras, prevén que el Ejército y la Marina realicen actividades que legal y prácticamente implican combatir de manera directa al menos a los grupos criminales más poderosos. Aunque se puede argumentar —y gente razonable puede estar en desacuerdo sobre este punto— que el Artículo 21 Constitucional y la Ley General del Sistema Nacional de Seguridad Pública restringen en alguna medida las tareas de prevención, investigación y persecución de delitos a las autoridades civiles, una interpretación legal y operativa más amplia del resto del marco legal vigente obligaría a repensar las cosas a profundidad. ¿Se quiere argumentar, por ejemplo, que las policías deben hacerse cargo de los robos y el combate al tráfico de armas, personas y estupefacientes en el mar, todas ellas atribuciones explícitas en la actualidad de la Armada de México? ¿O quizá se pretenda señalar que la misión de garantizar la seguridad interior y las atribuciones en materia de armas de fuego del Ejército y la Fuerza Aérea no cubren la interdicción de grupos armados circulando por el territorio nacional como parte de sus actividades delictivas? ¿Y qué decir del hecho de que la Ley de Seguridad Nacional prevé explícitamente que impedir el combate a la delincuencia organizada—no la delincuencia organizada, sino impedir el combate a ésta, lo que por definición es una de las principales actividades de cualquier grupo criminal—es una amenaza a la seguridad nacional?

OTRAS VISIONES

Refutando las ideas anterior, Alfredo Lecona Martínez (http://bit.ly/2r6uXaP) sostiene que es imposible intentar ordenar el debate afirmando que las dos posiciones (de apoyo y oposición a la ley de seguridad interior) son beneficiarias del “mito”. Cuando se concluye que con la oposición o el bloqueo a reformas legales, como las que abrieron este debate, inexorablemente se perpetuaría el statu quo y que de ello no resultaría el regreso del ejército a los cuarteles, se hacen de lado los diagnósticos y alternativas que se han propuesto desde la sociedad civil y se reducen los fines de las recomendaciones de organismos internacionales a una demanda simplista y no al fin último de exigir seguridad sin guerra.

Nadie pretende hacer a un lado en su totalidad a las Fuerzas Armadas de tareas de seguridad pública, como si se pensara que las policías deben hacerse cargo, por ejemplo, del tráfico de personas, armas y estupefacientes en el mar. Pero la renuncia del Estado a fortalecer las instituciones civiles, no puede orillarnos a forzar interpretaciones legales y a crear legislación que legitime su actuación en tareas de seguridad, sino a exigirle al mismo Estado que cumpla con la responsabilidad de capacitar, profesionalizar y fortalecer a quienes tienen la función constitucional de la seguridad pública.

Y es que el debate no debe estar centrado en el marco legal existente ni en uno nuevo, sin antes generar los diagnósticos correctos y atender las causas del abandono al fortalecimiento de las policías. Más aún, cuando muchas de esas causas pasan por la corrupción y la falta de rendición de cuentas, por ejemplo, sobre los recursos asignados a la seguridad pública. El pasado 28 de marzo, mientras Enrique Peña Nieto sostenía un encuentro con soldados, marinos, pilotos y sus familias, el colectivo #SeguridadSinGuerra dio una conferencia de prensa en la que se ofrecieron datos y elementos que dibujan muy bien la indignante abdicación a la obligación de fortalecer a las instituciones de seguridad en los tres niveles de gobierno.

En el informe sobre la Cuenta Pública de 2015, la Auditoría Superior de la Federación reportó haber realizado 147 auditorías a recursos federales destinados a la seguridad pública, incluidas auditorías de desempeño a la Policía Federal y otras de cumplimiento fiscal de recursos otorgados a municipios y estados. Cada una de esas auditorías, tiene, en promedio, tres Promociones de Responsabilidad Administrativa, 443 en total, como consecuencia de las irregularidades encontradas en el ejercicio de los recursos asignados.

A nivel federal, es escandaloso lo encontrado en la Gendarmería Nacional, un cuerpo de seguridad de élite creado en este sexenio, al que se le destinaron 2 mil 842 millones de pesos para la realización de 10 mil operativos de disuasión, reacción, contención y restablecimiento del orden público. De esos 10 mil operativos, la Auditoría solo acreditó la implementación de 75, el 0.8 por ciento.

A nivel estatal, en 2015, el Gobierno del Estado de Sonora recibió 317 millones de pesos del Fondo de Aportaciones para la Seguridad Pública de los Estados y del Distrito Federal (FASP), de los cuales hubieron irregularidades por 108 millones de pesos –una tercera parte de lo recibido–, en gastos no comprobables de equipo de cómputo y comunicación, chalecos antibalas, vehículos y armamento, así como la simulación de obras de ampliación y remodelación. El 65% de las metas establecidas por el FASP fueron incumplidas.

EN LA BASURA

En el fondo, como dice Lecona, no se trata de pensar en la fuerza sino en las personas, para entender que este no es un asunto tan vago como pudieran presentarlo. El problema en el fondo es que la corrupción ahogó no sólo la seguridad sino también las millonarias inversiones que hoy queda claro que no sirven. Y nadie, nadie habla de quiénes son, o pudieran ser, los responsables de ello.

Es indispensable reglamentar los gobiernos de coalición para evitar los frentes electorales sin sustento

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Para nadie debiera ser una buena noticia, que en la conformación del Frente Ciudadano por México haya temas sociales de fondo, que hayan sido vetados por los partidos que buscan integrar dicha coalición electoral. Esa es una pésima noticia porque, si bien ya sabemos que las coaliciones electorales sólo sirven para ganar elecciones sin asumir compromisos de mediano plazo, también es cierto que hoy existe ya la figura de los gobiernos de coalición. Al no haber una reglamentación de éstos, pareciera que entonces la propia Constitución sigue alentando las riesgosas coaliciones sin derroteros.

En efecto, a pesar de que parece ir bastante avanzada la negociación entre el PAN, el PRD y Movimiento Ciudadano para la conformación del Frente Ciudadano por México, hay temas en su discusión que siguen vedados, y prácticamente eliminados de cualquier posibilidad de abordaje. Esos son temas de índole social tales como la discusión sobre el aborto, los matrimonios entre personas del mismo sexo, el establecimiento constitucional del derecho a la vida desde el momento de la concepción, y otros que si bien no son determinantes para definir el rumbo de una elección, sí son importantes por la trascendencia social que revisten.

En esa lógica, a estas alturas la pregunta ya no tendría que ser si en realidad el PAN o el PRD están dispuestos a transigir —a pesar de la supuesta distancia ideológica que existe entre ellos— sobre temas tan importantes como los antes mencionados, en un momento políticamente tan complejo, como lo es la conformación de una coalición electoral del tamaño y la importancia del Frente Ciudadano por México, sino si en realidad eso mismo harían en el supuesto de que llegaran a ganar la elección presidencial.

Pues es claro que hoy, una coalición de corte electoral es insuficiente, e incluso riesgosa, si se toma desde la perspectiva de que en México ya tenemos innumerables experiencias relacionadas con las coaliciones electorales que terminan siendo desastres de gobierno. ¿Por qué ocurre así? Por un lado, porque las coaliciones electorales no han sido conformadas con la seriedad que revisten las circunstancias, y porque éstas tampoco han venido acompañadas de compromisos concretos que bien podrían traducirse en lo que hoy se conoce como un programa de gobierno, o más concretamente en un gobierno de coalición como los que ya contempla la Constitución.

Más bien, las experiencias conocidas son las de coaliciones electorales que prácticamente se deshacen al día siguiente de que ocurren los comicios, o que se mantienen vigentes únicamente como mecanismos de reparto de las parcelas gubernamentales o de los espacios de poder. Hasta ahora, en ningún caso las coaliciones electorales han evolucionado en programas de gobierno concretos, e incluso tampoco en espacios institucionales y legitimados de concertación entre las fuerzas políticas que, juntas, primero ganaron una elección, y luego también juntas deban afrontar las responsabilidades del gobierno.

Así, por ejemplo, en el caso de Oaxaca, queda claro que la coalición PAN-PRD que el sexenio pasado llevó a Gabino Cué a la gubernatura, sólo se mantuvo activa en la medida en la que se repartieron algunas de las cuotas de poder de la administración de Cué, y finalmente decidieron dejarlo solo, en una oprobiosa apuesta en la que ni ellos le disputaban más poder del que él les había dado; y por el otro, Cué ejercía el poder sin preguntarle ni consensar con las fuerzas coaligadas porque como éstas ya habían recibido su pago, nada tenían que cuestionarle al entonces gobernador.

 

CASOS OMINOSOS

En esta lógica, vale otro ejemplo. En mayo de 2016 el Presidente Enrique Peña Nieto envió al Congreso un paquete de iniciativas para reconocer el matrimonio igualitario a nivel nacional, y establecer diversas disposiciones relativas al estado civil de las personas que son conexas a la figura del matrimonio. Esta decisión presidencial, abrió una polémica que en realidad tenía varios frentes. Uno era el relacionado estrictamente con la necesidad de discutir esos temas tan importantes y sensibles para la sociedad mexicana; el otro, hacía blanco en el imperativo de que tanto la ciudadanía como los partidos políticos demostraran, ante discusiones como las antes mencionadas, el nivel de civilidad y tolerancia que practicamos y demostramos todos en nuestras relaciones cotidianas.

La iniciativa presidencial era formidable. De acuerdo con aquella fallida iniciativa el matrimonio quedaría definido como “la unión libre de dos personas mayores de edad con la intención de tener una vida en común, procurándose ayuda mutua, solidaridad, respeto e igualdad”.

Con respecto al derecho a adoptar menores por parte de parejas del mismo sexo —cuestión nodal que provoca mayores resistencias y desconfianzas que el matrimonio en sí mismo, lo que refleja clara y flagrantemente la homofobia social porque, se piensa, se pone en riesgo el buen desarrollo del infante, por lo que este derecho suele excluirse de las figuras de “uniones civiles”— la argumentación se apoyaba en lo sentenciado por la SCJN, en el sentido de que negar el derecho a ser adoptado a un niño o una niña por el sólo hecho de la orientación sexual de las personas adoptantes, deriva en una conducta discriminatoria, tanto para ellas, como para el propio niño o niña que pretende ser adoptado, pues se les desconoce su derecho a tener una familia, en el sentido más amplio posible de este concepto, tal como lo ha sostenido nuestro máximo Tribunal en el caso de la adopción por parte de matrimonios del mismo sexo.

Como puede verse, dicha reforma era una de las más trascendentes del sexenio —socialmente hablando— pero fracasó. Fue así porque los partidos opositores no fueron capaces de deponer sus argumentos más radicales para adentrarse en un tema que requería tolerancia, civilidad y capacidad de entendimiento mutuo para sacar adelante una reforma que al menos nos hiciera avanzar parcialmente como sociedad. No hubo forma, y por eso el Presidente claudicó totalmente en la posibilidad de entrar a la discusión de fondo de ese tema.

 

SÓLO DEMAGOGIA

Si esta es una experiencia previa, ¿un posible gobierno de coalición, derivado del Frente Ciudadano por México, tendría los espacios políticos y la civilidad necesaria para una discusión tan trascendente como esa? Queda claro que no. Y ahí comenzarían los fracasos. Por esa razón es importantísimo que exista una reglamentación concreta para los gobiernos de coalición, que tenga como fondo el establecimiento de compromisos mutuos concretos en temas no sólo políticos o electorales, sino en cuestiones ideológicas y sociales tan concretas y emocionales como esas. Mientras no ocurra, todo seguirá siendo demagogia y alianzas para ganar elecciones. Es decir, seguir dando vueltas en círculos sin llegar a nada.

Un disparate —real—, que los partidos le apuesten a un INE sin legitimidad

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Pareciera un contrasentido que los entes públicos destinados a la promoción y el fomento a la vida democrática, sean los más interesados en terminar con la institución que está encargada de regular el funcionamiento del sistema electoral y democrático del país. Esa es, sin embargo, la angustiosa realidad a la que cotidianamente se enfrenta el Instituto Nacional Electoral (INE) frente al régimen de partidos que, por doquier, busca minar su credibilidad y desacreditarlo como el árbitro de los procesos electorales.

En efecto, está a punto de arrancar la fase más álgida del proceso electoral 2017-2018, y las insinuaciones de los partidos en contra del INE están a la orden del día. De hecho, hoy el árbitro de los procesos electorales ya resiente varios escollos provocados por la paciente certeza que los partidos parecen tener en su contra: desde hace varios años, desde los partidos se ha buscado minar la credibilidad del INE a través de filtraciones, decisiones desafiantes sobre actos anticipados de campaña, y abiertos escarceos en contra de las reglas electorales para tratar de tentar al INE a imponerles sanciones y entonces redoblar sus estrategias de descrédito.

Un ejemplo claro de esto, lo vimos desde 2015 cuando el Partido Verde Ecologista de México le enderezó un duro golpe al INE al presuntamente filtrar por medio de terceros una conversación en la que el Consejero Presidente del INE, Lorenzo Córdova Vianello, se burla en una conversación telefónica privada de los representantes de un grupo indígena con los que había sostenido una reunión de trabajo. La filtración habría sido la respuesta del Verde en contra del INE, por la imposición de diversas sanciones económicas derivadas de infracciones reiteradas a las reglas electorales.

En esa lógica, es claro que lo realmente preocupante radica en cómo en nuestro país las discusiones de fondo son fácilmente manipulables, y cómo en un caso como el de los partidos contra el INE esto resulta de ser de mucha utilidad para quienes quieren desacreditar de fondo a las instituciones electorales. En aquella ocasión, en la que se difundió una conversación privada de Córdova Vianello, asunto de inmediato se convirtió en un escándalo, y en las redes sociales rápidamente escaló la tendencia a exigir su renuncia.

Ante ello, el INE aceptó la autenticidad de la grabación y condenó la intervención de comunicaciones telefónicas privadas, además de anunciar que presentaría una denuncia penal ante la PGR por la violación a la disposición constitucional contenida en el artículo 16, en el sentido de que todas las comunicaciones son en esencia privadas, y que sólo pueden ser intervenidas mediante una orden judicial cuando se está investigando la posible comisión de delitos.

Nada de esto permeó: lo único que fue realmente trascendente fue el golpe moral que le dieron no a Córdova Vianello, sino al INE en su conjunto como árbitro de los procesos electorales. Ese ha sido uno de los escollos de los que, hasta ahora, el órgano electoral nacional no ha podido reponerse; y ha sido una de las circunstancias más complejas a las que ha tenido que enfrentarse el INE en esta batalla electoral, que promete ser una de las más feroces y sin honor de que se tenga memoria.

TODOS CONTRA EL INE

Por ejemplo, hoy a nadie le preocupa que Andrés Manuel López Obrador tenga más de un año en campaña abierta, ya como un candidato presidencial de facto. En otras democracias eso no tendría nada de extraordinario, porque ahí tanto las reglas como los límites son claros para todos, y todos los respetan sin necesidad de tener una ley prohibitiva y un árbitro que más bien debe fungir como un policía. Sin embargo, en México las reglas electorales estrictas, y el INE, fueron confeccionados por los propios partidos políticos, que son exactamente los mismos que las incumplen sistemáticamente.

En esa lógica se inscribe la determinación de López Obrador de confrontarse y desafiar sistemáticamente al órgano y a las reglas electorales, consumando actos que debieran ser frenados si de verdad hubiera un Estado de Derecho y por ende un órgano electoral fuerte y legitimado. El problema es que el INE atraviesa por una debilidad institucional profunda, derivada de una enorme crisis de credibilidad, provocada por los propios partidos, lo cual provoca que hoy ya ni siquiera se atreva a aplicar la ley en los términos en los que debería hacerlo.

Así, por ejemplo Andrés Manuel puede decir abiertamente que está en campaña por la presidencia de la República, y nadie se atreve a sancionarlo; por eso mismo está anunciando, para la primera semana de diciembre, cuál será la integración de su gabinete para cuando asuma el gobierno federal, a pesar de que para esas fechas ni siquiera habrá iniciado aún la etapa del proselitismo electoral; esa —la debilidad del INE para aplicar y hacer cumplir sus determinaciones— es también la causa por la que el PAN y PRD están enfrascados en una lucha sin cuartel por la candidatura presidencial, importándoles poco que violen la ley; y, de hecho, es la misma causa por la que el PRI y el gobierno federal siguen amalgamados desde la campaña del Estado de México para hacer todo —lo legal y lo ilegal— con tal de conformar espacios que les permitan competitividad para los comicios presidenciales de 2018 en los que harán todo para no entregar la Presidencia de la República.

Todo esto se veía venir. Desde 2015, cuando los partidos comenzaron la estrategia de fondo de desacreditar a Lorenzo Córdova, su intención fue presentar al INE como una institución electoral sin calidad moral, social y política para fungir como árbitro en los procesos electorales… y esta sería una vuelta más a la tuerca de la presión política que se ha ejercido desde hace algunos años en contra de la institución electoral, a manos de los propios partidos políticos que al no tener capacidad de autorregularse y de asumir con responsabilidad sus compromisos democráticos con el país y los electores, optan por la argucia de desacreditar al Frankenstein que hoy intenta regularlos.

PIERDE EL PAÍS

En el fondo lo terrible es que quien pierde, y mucho, es el país. El análisis simplón lleva a suponer que fue el Partido Verde quien inauguró esta época de descrédito en contra del INE. Eventualmente, sí pudo haber sido éste el responsable de aquel aciago inicio, en respuesta a las sanciones impuestas. Pero también pudo haber sido cualquier otro partido, porque todos han sido adversarios del INE de más largo aliento; y que así como han denunciado fraude sin haberlo nunca podido comprobar, hoy estarían viendo los frutos de esa maniobra perversa a través de la cual han intentado anular de facto a la autoridad electoral.

Partidos: que en 2018 no repitan la simulación en el ejercicio de la política

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Es desalentador que ninguna de las fuerzas políticas del país, parezca estar a la altura de los retos que impone nuestra democracia actualmente. Por un lado, en realidades paralelas el PRI y Morena están enfilados a hacer lo que, respectivamente, les marque un solo individuo para después vestir la decisión de democracia y aparente apoyo ciudadano. Y una tercera realidad, la del Frente Democrático por México, parece que las cosas siguen indefinidas tanto en lo que toca a la designación —o elección— de su candidato presidencial, pero también con relación a los temas que se supone que abordará como coalición de partidos y, de ganar, también de gobierno.

En efecto, estamos a muy poco tiempo de las definiciones políticas más importantes de los últimos tiempos en nuestro país, y sin embargo no existen aún los signos alentadores que pudieran hablarnos de un porvenir mejor. En este mundo mexicano plagado de paradojas, resulta que en el Partido Revolucionario Institucional —donde están muy próximos a definir su candidatura— toda la decisión está puesta en el Presidente de la República, y parece que el sentido de la decisión sólo tiene dos rumbos posibles: un orgánico puro como candidato presidencial —es decir, alguien químicamente puro emanado del grupo del Presidente—; o un “externo” que representaría un cambio que, sin embargo, tendría todas las características de ser todo menos eso.

No hace falta un análisis de profundidad: por un lado, el Presidente Enrique Peña Nieto podría decantarse por elegir como candidato presidencial a alguno de los que lo han acompañado en todo su periplo que lo llevó, desde el Estado de México hasta la Presidencia de la República. Esos tendrían que ser el actual canciller Luis Videgaray, el Secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño Mayer o, eventualmente, el Secretario de Gobernación —que fue gobernador en la misma época de Peña Nieto, pero que lo ha acompañado en todo su demás recorrido político— Miguel Ángel Osorio Chong.

Esos son los priistas orgánicos que podrían hacerse de la candidatura presidencial si la decisión tuviera como fondo la designación de un candidato “de la casa”, y en ello no habría mayor abanico a partir de que el grupo del Presidente se ha mantenido compacto a pesar de la necesidad de contar con una mayor cantidad de cuadros políticos. A todos los que no son parte de ese grupo, pero que son considerados, es de donde podría salir el supuesto candidato “fresco” que pudiera representar esa apariencia de cambio que tan bien le vendría al PRI en esta contienda presidencial.

En esa lógica sólo existen dos candidatos posibles: uno, el Secretario de Salud, José Narro Robles; y el otro, el titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, José Antonio Meade Kuribreña. De éstos tampoco hay mucho que decir. La perspectiva de que el secretario Narro podría ser candidato presidencial del PRI surgió cuando a alguien se le ocurrió que él podría ser el “Bernie Sanders mexicano”, es decir, ese militante del grupo gobernante, que sin embargo representa un sector relativamente radical dentro de los mismos parámetros del gobierno, y que tiene vasos comunicantes con sectores aún más radicales.

La idea surgió por el origen del doctor Narro y su larga y acreditada trayectoria como Rector de la UNAM. Sin embargo, fuera de la percepción, nada indica ni que él pudiera ser una especie de radical entre los moderados —porque al final de cuentas es priista— y tampoco que en realidad se encuentre en el ánimo presidencial como para escalar hasta la candidatura presidencial.

Así, en esa decantación de nombres el que queda es José Antonio Meade, que representa el principal orgullo del stablishment mexicano, y que en apariencia es la propuesta de cambio del PRI hacia los mexicanos. El problema es que esa propuesta de cambio no resiste mucho: en realidad, Meade representa lo más granado de los doce años de gobiernos panistas y del sexenio peñista; es un cambio porque es un ciudadano que no milita en el PRI pero que ha servido a ese gobierno, y a los panistas de la primera alternancia.

El problema que tiene es que en ese periodo no hay forma de hacer defendibles temas como la corrupción o el acelerado crecimiento de la delincuencia organizada. Por eso, su idea de cambio es muy endeble, ya que sólo significaría el cambio entre militante/ciudadano, pero nada con respecto a los temas más sensibles del gobierno y el Estado en México a lo largo de los últimos años.

LA OPOSICIÓN

En el otro frente está Andrés Manuel López Obrador, que no tiene ya mucho de novedoso. Su democracia interna como partido (Morena) será definida por una encuesta simulada, y ya sabemos cuál su propuesta de fondo como político, como potencial gobernante y como principal representante de la oposición en México. En realidad, tampoco hay forma de que podamos creer algo nuevo, salvo la simulación a la que ya nos tiene por demás acostumbrados luego de 18 años de búsqueda permanente del poder presidencial.

En el último flanco queda el Frente Ciudadano por México, que aunque tiene una posibilidad de plantear un escenario distinto, tampoco tiene esquemas muy alentadores. No ha definido, por ejemplo, cuál será el método a partir del cual elegirá a su candidato presidencial; pero tampoco ha hecho ni lo necesario para entrar a la discusión de fondo de cuáles serán los temas que deberá abordar como un posible gobierno de coalición si es que llegaran a ganar la Presidencia de la República.

En realidad, ese es otro ejercicio de simulación de los que ya no quisiéramos ver en México. Hemos sido testigos de cómo la evasión de los temas de fondo (los verdaderos asuntos de interés nacional) han quedado relegados bajo la inquina y la mezquindad de la partidocracia que asume que evadiéndolos evita los costos políticos. Por eso, es una mala noticia que el Frente Ciudadano por México no tenga la disposición para discutir los temas más complejos de la agenda nacional, que definitivamente debieran ser la médula de una alianza entre dos fuerzas tan lejanas como ellos.

¿QUÉ QUEDA?

Lo que queda, aunque suene a fastidio y a desánimo, es la exigencia —a nosotros mismos— de no dejarnos engañar. Queda claro que no hay ninguna propuesta de cambio, y que de fondo tampoco hay mucha disposición para afrontar los retos nacionales. Ese es un tema importante que se irá aclarando conforme se acerque la elección de 2018.

Centenario de la Constitución: cada vez menos recuerdan por qué hubo una Revolución en México

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En este 2017 se conmemoró el primer centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Nuestra Carta Magna, vigente hasta la actualidad —aunque plagada de modificaciones— fue resultado justamente de la lucha revolucionaria que inició el 20 de noviembre de 1910. A cien años de distancia, y sólo a manera de reflexión —porque queda claro que la partidocracia mexicana mantiene aún secuestrada a la voluntad popular, en el anhelo de mejores condiciones sociales— deberíamos preguntarnos cuáles fueron las causas más de fondo que le dieron sustento y contenido a la Revolución, y por ende a la Constitución de 1917 que este año cumplió su primer centenario.

En efecto, el poeta y ensayista Octavio Paz afirmaba en El Laberinto de la Soledad, que la única causa verdaderamente social de la Revolución Mexicana, era el agrarismo de Emiliano Zapata. Él exigía la devolución de la tierra a sus dueños originales, que históricamente habían sido despojados. Esta fue una de las causas que sostuvo social, política e ideológicamente a la Revolución, y fue uno de los puntos que dotó de mayor contenido social a la entonces vanguardista Constitución que aprobó el Constituyente de Querétaro en 1917.

¿A qué se refería concretamente Octavio Paz? Vale la pena repasar lo que apuntó en El Laberinto de la Soledad, en la parte en la que hace un extraordinario y lúcido recuento histórico de los hechos y circunstancias que determinaron nuestra realidad nacional. Ahí, en el Capítulo VI “De la independencia a la Revolución”, Paz sostiene argumentos que deben ser releídos hoy en día para entender el fondo de dicho movimiento revolucionario, las causas sociales que le dieron origen, y el evidente extravío que como país vivimos actualmente.

“Distingue a nuestro movimiento —dice Octavio Paz, sobre la Revolución— la carencia de un sistema ideológico previo y el hambre de tierras. Los campesinos mexicanos hacen la Revolución no solamente para obtener mejores condiciones de vida, sino para recuperar las tierras que en el transcurso de la Colonia y del siglo xix les habían arrebatado encomenderos y latifundistas.

“El ‘calpulli’ era la forma básica de la propiedad territorial antes de la Conquista. Consistía este sistema ‘en dividir las poblaciones en varios barrios o calpulli, cada uno de ellos con una extensión determinada de tierras, que no pertenecían individualmente a ninguno de los habitantes, sino que estaban concedidas a una familia o tribu… en el concepto de que el que abandonaba el calpulli o dejaba de cultivar las tierras que se le asignaban, perdía el derecho de participar en la propiedad comunal’. Las Leyes de Indias protegieron esta institución y son numerosas las disposiciones destinadas a defender la propiedad comunal indígena contra abusos y usurpaciones de toda índole. Los preceptos admirables de las Leyes de Indias no fueron siempre respetados y la situación de los campesinos era ya desesperada a fines del siglo XVIII. La actitud de Morelos, uno de los pocos dirigentes mexicanos que tuvo conciencia del problema, revela hasta qué punto el malestar del campo influye en la guerra de la Independencia. La Reforma comete el error fatal de disolver la propiedad comunal indígena, a pesar de que hubo quienes se opusieron, como Ponciano Arriaga. Más tarde, a través de diversas Leyes de Colonización y de Ocupación y Enajenación de Terrenos Baldíos, el régimen de Díaz acaba con los restos de la propiedad campesina y “destruye los caracteres que hasta entonces había tenido el régimen de propiedad de México”.

CAUSAS SOCIALES

“Casi todos los programas y manifiestos de los grupos revolucionarios —continúa señalando Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad— contienen alusiones a la cuestión agraria. Pero solamente la Revolución del Sur y su jefe, Emiliano Zapata, plantean con claridad, decisión y simplicidad el problema. No es un azar que Zapata, figura que posee la hermosa y plástica poesía de las imágenes populares, haya servido de modelo una y otra vez, a los pintores mexicanos. Con Morelos y Cuauhtémoc es uno de nuestros héroes legendarios. Realismo y mito se alían en esta melancólica, ardiente y esperanzada figura, que murió como había vivido: abrazado a la tierra. Como ella, está hecho de paciencia y fecundidad, de silencio y esperanza, de muerte y resurrección. Su programa contenía pocas ideas, estrictamente las necesarias para hacer saltar las formas económicas y políticas que nos oprimían. Los artículos sexto y séptimo del Plan de Ayala, que prevén la restitución y el reparto de las tierras, implican una transformación de nuestro régimen de propiedad agraria y abren la puerta al México contemporáneo. En suma, el programa de Zapata consistía en la liquidación del feudalismo y en la institución de una legislación que se ajustara a la realidad mexicana.

Luego, Octavio Paz continúa explicando que la originalidad del Plan de Ayala consiste en un posible regreso a una “edad de oro” en la que se supone que todo era ideal y que esa es la base de toda Revolución, pero no como una simple creación de la razón, ni una hipótesis. El movimiento agrario mexicano, dice, exige la restitución de las tierras a través de un requisito legal: los títulos correspondientes. Y si prevé el reparto de tierras lo hace para extender los beneficios de una situación tradicional a todos los campesinos y pueblos que no poseen títulos. El movimiento zapatista tiende a rectificar la Historia de México y el sentido mismo de la Nación, que ya no será el proyecto histórico del liberalismo. México no se concibe como un futuro que realizar, sino como un regreso a los orígenes. El radicalismo de la Revolución mexicana consiste en su originalidad, esto es, en volver a nuestra raíz, único fundamento de nuestras instituciones. Al hacer del calpulli el elemento básico de nuestra organización económica y social, el zapatismo no sólo rescataba la parte válida de la tradición colonial, sino que afirmaba que toda construcción política de veras fecunda debería partir de la porción más antigua, estable y duradera de nuestra nación: el pasado indígena.

JUSTICIA SOCIAL

Que esta era una parte fundamental de la verdadera justicia social que buscaba la Revolución, y que no tenía que ver con las luchas palaciegas por el poder, en las que luego se enfrascaron los herederos de la Revolución, que luego crearon el partido que era necesario para la consolidación del régimen de partido hegemónico que prevaleció casi setenta años. Ha habido dos alternancias de partidos en el poder, y si bien la Constitución ya cumplió su primer centenario, hoy lo que parece que queda claro es que sus verdaderas causas sociales, como la de la tierra, quedó sepultada por completo.

El “Buen Fin”: Ofertas, sólo a crédito y sin ninguna motivación de dinamismo

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¿Usted planeó comprar algún producto en el llamado “fin de semana más barato del año”? Si la respuesta fue positiva, entonces también debe ser correcto completar la respuesta asegurando que finalmente terminó no comprando nada. ¿A qué se debe esto? A que el llamado “buen fin” se ha reducido, a muy pocos años de su implementación, a una abierta estrategia comercial de instituciones bancarias, centros comerciales y compañías telefónicas, para ofertar crédito a consumidores eufóricos. Pues en realidad, durante este periodo de “ofertas” la gente que planea sus gastos, definitivamente no compra nada.

En efecto, este fin de semana largo coincidió con el del llamado “buen fin”. Bajo el eslogan de que es el fin de semana más barato del año, el gobierno federal y los grandes comercios establecieron una estrategia que lo que se supone que buscaba, era generar un mayor consumo interno entre la población para así inyectarle recursos a la economía y al mercado nacional, que desde hace años simplemente está estancado.

Para darle aliento al consumo, el gobierno del entonces presidente Felipe Calderón decidió implementar el “buen fin” utilizando como primera estrategia que a todos los empleados federales se les adelanta el pago de su primera parte del aguinaldo para esta fecha, y combinándolo con una invitación a que las grandes cadenas comerciales establecieran un programa de ofertas, durante cuatro días, que significaran —se supone— la mejor oportunidad del año para adquirir algún producto, y el mejor periodo de ventas para quienes se dedican a venderlos. Así arrancó el “buen fin” a partir de 2011, y lo único cierto es que ese es un periodo que únicamente alimenta la impulsividad de quienes son fanáticos de los gastos no planeados, y que es un gran negocio para quienes lo que venden es crédito.

¿Por qué? Porque bastaba con darse una vuelta por cualquier zona comercial para darse cuenta que el “buen fin” no es un periodo de oportunidades para gastar. La gran mayoría de los comercios —no centros comerciales o tiendas de cadena, sino negociaciones comunes— se adhirió al “buen fin” ofertando descuentos que, cuando mucho, alcanzaban un 10 por ciento sobre sus etiquetas comunes, o que anunciaban grandes descuentos en productos que, al verlos, eran en realidad verdaderos saldos, o cosas que provenían de sus stocks rezagados. Sólo las cadenas comerciales implementaron promociones, aunque casi ninguna era lo verdaderamente atractiva como para destinar un ahorro a dicho producto o, aún mejor, para comprarlo de contado.

¿Cuál fue el gancho? Como todos los años, éste fue los llamados “meses sin intereses”. Éste, que es un gran negocio de las instituciones bancarias —que le dicen al cliente que pagará su producto en un plazo determinado pero sin aclararle que ese pago no viene incluido en su pago mínimo sino en sus compras del mes—, es el que verdaderamente florece en el “buen fin”. Las estadísticas anuales dicen que los productos que son mayormente adquiridos durante ese periodo, son los electrodomésticos y los artículos electrónicos, tales como pantallas, aparatos de sonido o equipos de cómputo. Todo, claro, a través del crédito.

Incluso, en esta dinámica, la dupla de las cadenas comerciales y las instituciones bancarias, han llegado al extremo de ofrecer al cliente todo tipo de promociones, cupones, tarjetas de regalo y demás, en las compras a crédito. Y abierta y claramente desdeñan al consumidor que planeó y decidió ahorrar su dinero para buscar, en ese periodo, una buena oferta para adquirir un producto de contado. Para ellos, en el mejor de los casos, las tiendas no tuvieron sino magros anuncios de un cinco o diez por ciento de descuento, aunque la intención clara es que el producto se adquiriera a crédito y a plazos de 18 meses, o más, para poder acceder a los “beneficios” que habían sido planeados para el buen fin.

Al final ¿qué queda? Que la gente que tiene algún sentido de prudencia, evita este tipo de mecanismos engañosos que lo que busca es anclar la economía familiar durante meses a un débito con instituciones bancarias; y que para ese tipo de personas, en realidad el buen fin termina boicoteándose solo.

BUEN FIN: AUTOBOICOT

Afirmábamos que el Buen Fin se boicotea solo. ¿Por qué? Porque se supone que la finalidad de este periodo que intentan equiparar al Black Friday estadounidense, es generar movilidad económica para que la gente gaste su dinero, a partir de ofertas atractivas en la gran mayoría de los productos y servicios que se ofertan ese día. Lo paradójico es que en México, a diferencia de Estados Unidos, las ofertas que se ponen a disposición del público casi nunca tienen que ver con las compras de contado. En México el Buen Fin es para las instituciones de crédito, que entonces enganchan a mucha gente con compromisos que incluso rebasan el periodo de un año.

Esto se pone de manifiesto con un ejemplo de la vida real. Una persona ahorró para adquirir un vehículo y desde hace más de un mes ha venido aplazando el momento de la compra, esperando el Buen Fin. Tiene su dinero depositado en una cuenta bancaria, listo y completo para hacer una transferencia. ¿Cuál es el problema? Que esta semana que llegó el Buen Fin se encargó de visitar todas las agencias automotrices de la ciudad buscando una oferta —aunque fuera mínima— para poderla aprovechar en el desembolso de una cantidad considerable de dinero.

¿Cuál es la sorpresa? Que ninguna marca de vehículos, ninguna, ofrece una sola promoción para una compra de contado. Las grandes ofertas son para las compras a crédito. En ellas sí establecieron algunos beneficios como el regalo de un seguro, o la condonación de la comisión por apertura del crédito. Quizá constituyan un ahorro. Pero éste es testimonial, y evidentemente nulo, frente a los intereses que ganarán las instituciones de crédito otorgantes con esta compra “promocional” que encierra un compromiso de mediano plazo, y que incrementará el precio inicial de lo que se quería comprar. Al final, esa persona X decidió hacer una inversión distinta a la que tenía planeada, porque el Buen Fin no le ofreció ninguna opción. De nada.

UN ENGAÑO

Sí, esto es, evidentemente, un engaño. Pues resulta que el Buen Fin ahuyenta en sí mismo a la gente que con un poco de información y reflexión toma la decisión de comprar un producto, o de adquirir una deuda. Porque en el fondo, la oportunidad que dicen que hay este fin de semana, es una engañosa fantasía.

Regular publicidad oficial: un paso importante de la SCJN, que ahora debe nutrirse con voluntad

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Ayer, la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación tomó una decisión que será trascendental, si ahora los gobiernos en México asumen la importancia de regular la publicidad gubernamental. El avance procurado por el Alto Tribunal, es fundamental porque vuelve a colocar en la discusión nacional la urgencia de darle forma legal a uno de los muchos pendientes importantes que prevalecen en nuestra vida democrática. Pero esencialmente debe ser considerado en su dimensión, porque sin voluntad —y sin el empuje social, que ahora será fundamental— bien podría nada cambiar.

En efecto, ayer la Primera Sala de la Corte concedió un amparo a organizaciones civiles para que el Congreso emita la Ley reglamentaria del artículo 134 de la Constitución, con el fin de que establezca los lineamientos para que las instituciones públicas transparenten sus gastos en comunicación social.

Por cuatro votos contra uno, los ministros que integran la primera sala aprobaron el proyecto presentado por Arturo Saldívar Lelo de la Rea que establece que la “ley ampara y protege a Campaña Global por la Libertad de Expresión A19, A.C. en contra de la omisión del Congreso de la Unión de expedir la ley reglamentaria del párrafo octavo del artículo 134 de la Constitución, de conformidad con lo dispuesto por el artículo Tercero Transitorio del Decreto por el que se reforman, adicionan y derogan diversas disposiciones de la Constitución en Materia Política-electoral, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 10 de febrero de 2014”.

La sentencia señala que el Congreso de la Unión debe cumplir “con la obligación establecida en el artículo tercero transitorio del decreto de la reforma constitucional de 10 de febrero de 2014 y, en consecuencia, proceda a emitir una ley que regule el párrafo octavo del artículo 134 de la Constitución antes de que finalice el segundo periodo ordinario de sesiones de este último año de la LXIII Legislatura, es decir, antes del 30 de abril de 2018”.

En su sentencia, los ministros establecieron que la omisión legislativa viola la libertad de expresión, de prensa e información, pues esos derechos requieren de medios libres que transmitan a los ciudadanos todo tipo de opiniones. Precisaron que para ello es necesario que los medios cuenten con ingresos económicos suficientes. Para la Corte, la falta de regulación por parte del Congreso propicia un ejercicio arbitrario del presupuesto en comunicación social, lo que consideró como una restricción indirecta de la libertad de expresión.

Este caso llegó a la Corte luego de que un juez de distrito negara el amparo al considerar que se trataba de un asunto de materia electoral, además de que concederse beneficiaría a todos los ciudadanos, no sólo a Artículo 19, como promotor del amparo. Zaldívar argumentó que a través del amparo se pueden proteger derechos fundamentales colectivos o “de naturaleza difusa”, como los de educación, vivienda y salud, que involucran a personas ajenas en un juicio.

Igual indicó que ante un mandato constitucional, como lo fue la reforma político-electoral publicada el 10 de febrero de 2014, el Congreso “no es libre para decidir no legislar”, sino que puede ser obligado por el Poder Judicial para que cumpla con su tarea. Como plazo, los ministros sentenciaron que la regulación debe hacerse antes de que termine el segundo periodo ordinario de la actual LXIII Legislatura; es decir, antes del 30 de abril próximo.

Todo esto suena extraordinario. Pero, ¿es real que ahora sí todo va enfilado a la regulación efectiva de la publicidad gubernamental?

LARGO CAMINO

Esencialmente, la regulación de la publicidad oficial cierra dos espacios a la discrecionalidad, que son oprobiosos para nuestro aún incipiente sistema democrático. El primero de ellos, es la eliminación del llamado “no te pago para que me pegues”; y el segundo, es el que permite un marco de discrecionalidad en la disposición y ejercicio de recursos públicos, cuando el empuje social y democrático está encaminado justamente a que todo gasto se encuentre no sólo contemplado en la ley, sino regulado por reglas generales y previsibles que impidan un uso discrecional, inequitativo o contrario a los principios fundamentales que rigen —o que deben regir— al sector público, y en sus relaciones con los particulares.

Sin embargo, aún con todo eso, los retos que quedan son enormes: por un lado, deben construirse las iniciativas de ley al respecto, que cumplan no sólo con el sentido y las finalidades de la sentencia que ayer emitió la Primera Sala del Alto Tribunal, sino que también cuenten con el respaldo de todos los actores e instituciones involucrados en una discusión tan amplia y tan de fondo como esa.

Los medios de comunicación, particularmente, son empresas privadas que también cumplen con una función social informativa, y a partir de eso tendría que iniciarse una discusión amplia y de fondo, en la que existan reglas que además de regular y transparentar el ejercicio del gasto publicitario de los tres órdenes de gobierno, cumplan con el imperativo fundamental de que exista una mayor y más robusta pluralidad informativa, y de que ese gasto publicitario cumpla también con la finalidad de garantizar la existencia de todas las formas de expresión, incluidas las que les son más incómodas a los gobiernos, porque éstas también reflejan el sentir de los sectores que integran la sociedad, aún siendo abiertamente contrarias a los intereses gubernamentales.

El problema es que el camino no será fácil, y una de las primeras resistencias que habrán de presentarse serán las que emerjan del propio Estado. Si hasta ahora no ha existido una regulación de la publicidad gubernamental en ningún espacio público del país, es justamente porque existe un reconocimiento implícito de que ello constituye un tema al que el propio gobierno no quiere entrarle; pero también porque todos reconocen que la confección de una ley de esa materia implica un grado de complejidad enorme, y que por eso todos lo han preferido evadir antes de cualquier posibilidad de pagar costos políticos, y de cerrarse la oportunidad de continuar ejerciendo el abominable “no te pago para que me pegues” que se sigue aplicando hoy en día a los medios informativos en muchos lugares del país.

EMPUJE SOCIAL

Al final, no será sino la exigencia social la que empuje estos cambios, igual que como ha sido en otros temas muy importantes para la vida nacional. Sin interés de la sociedad, la omisión legislativa estará destinada a encontrar su límite en la división de poderes. Y entonces esta importante sentencia no quedará más que en una desventurada anécdota.

Continúa Poder Judicial jornada de capacitación y asesoría para alcaldes

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La Escuela Judicial de la Judicatura ha impartido cursos y talleres a las autoridades de la Mixteca, Istmo, Costa y Cuenca del Papaloapan

Para acompañar los procesos de justicia comunitaria de los pueblos y localidades indígenas en Oaxaca, el Poder Judicial del Estado, a través de la Escuela Judicial, elaboró la edición 2017 del Manual del Alcalde, en base a la cual se han capacitado hasta la fecha a autoridades de las regiones de la Mixteca, Istmo, Costa y recientemente de la Cuenca del Papaloapan.

En las jornadas de actualización, instruidas por el presidente del H. Tribunal Superior de Justicia y del Consejo de la Judicatura, magistrado Raúl Bolaños Cacho en su compromiso por consolidar la formación y profesionalización de los encargados de la administración de justicia municipal, con pleno respeto a su autonomía, se abordan temas como el sistema jurídico, las facultades y obligaciones que les corresponden

.Así también, el sistema penal acusatorio y el de justicia para adolescentes, entre otros que les permitan salvaguardar los derechos de los habitantes en sus municipios, así como emitir actos en ejercicio de sus funciones, cumpliendo con los requisitos y elementos que marcan las leyes.

De acuerdo con el Manual, los alcaldes tienen la obligación de auxiliar a los tribunales, jueces del Estado y la federación, en las actividades necesarias o convenientes para que se imparta debida justicia. Sin embargo, esta circunstancia impone a las autoridades la obligación de también coordinarse, unas entre otras, para lograr la eficacia de su respectivo sistema de justicia, principalmente cuando se trata de pueblos y comunidades indígenas.

Además, las diligencias o acciones que solicite un juez al alcalde pueden originarse por diversos juicios, por tal motivo, el importante que conozca cuando actúa en cada rama del Derecho, ya sea penal, civil, familiar o administrativo e incluso intervenga como mediador para conciliar en algunos casos.

En el programa de  capacitación y asesoría para alcaldes municipales participan como instructores jueces y juezas adscritos a los juzgados ubicados en diferentes distritos judiciales.

La actividad impartida recientemente en la Cuenca del Papaloapan, tuvo como sede la Casa de la Cultura, ubicada en San Juan Bautista Tuxtepec, donde estuvieron como ponentes los jueces Andrés Manuel Jiménez Méndez, del Juzgado Primero Penal de Tuxtepec y Luis Francisco González Martínez, del Juez Mixto de Primera Instancia de María Lombardo.

En la jornada realizada en Puerto Escondido, el pasado mes de septiembre, el presidente del Honorable Tribunal Superior de Justicia del Estado, magistrado Bolaños Cacho, pidió a más de 50 autoridades municipales, entre síndicos y alcaldes de esta región de la Costa de Oaxaca, trabajar en unidad con el Poder Judicial para coadyuvar en la impartición de una justicia pronta y expedita y los convocó a colaborar estrechamente con el Poder Judicial con la finalidad de que personas de sus comunidades que hablen su lengua nativa coadyuven como intérpretes en los juicios orales.