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Bienvenida la unidad nacional, porque es para defender al país

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+ Desde Cárdenas no se había exaltado la unidad entre mexicanos


El sentimiento de unidad nacional debe salir del lugar común, y apartarse de los argumentos retóricos, para generar una auténtica vertiente positiva para nuestro país. Acaso el último momento en que eso quedó de manifiesto, fue cuando en 1938 el presidente Lázaro Cárdenas impulsó la expropiación de la industria petrolera, y el pueblo mexicano le mostró su respaldo incondicional para el pago a las petroleras norteamericanas e inglesas a las que les fueron requisadas sus instalaciones, equipos y concesiones. Hoy, lo que estamos a punto de ver no es una hazaña sino una cuestión de necesidad para la que debemos estar inteligentemente preparados.

En efecto, Donald Trump tiene una semana en la presidencia de los Estados Unidos, y está haciendo temblar no sólo a México, sino al mundo. Trump ha sido un fenómeno porque pareciera estar dispuesto a formalizar la anarquía y los sentimientos segregacionistas que hacía mucho tiempo no veíamos en el mundo. Según él, está dejando de ser políticamente correcto para ser eficaz en los propósitos que persigue. Pero queda claro que esa idea de la corrección política contra la eficacia tiene de fondo un profundo sentimiento de xenofobia, de aislacionismo y de discriminación hacia todos los que él considera como un peligro para una nación superior, como concibe a los Estados Unidos.

En el caso de México, Trump se fue directo contra la relación económica entre ambos países, pero a partir de una política de insultar y sobajar para que, desde esa posición de fuerza, luego busque una negociación más benéfica para nuestro país. Esa sola actitud generó entre los mexicanos un sentimiento de unidad en torno a la figura del Presidente, que ahora debe servir para apuntalar la política exterior mexicana pero no para repetir los odios y las estratagemas impulsados por el presidente norteamericano. ¿De qué hablamos?

De que Trump está queriendo implementar políticas de aislamiento para los Estados Unidos. Es decir, está queriendo cerrar las fronteras para obligar a sus ciudadanos a consumir lo hecho en aquel país, y no lo importado desde México y otros países. Para justificar su decisión de cerrar sus fronteras y aislar a Estados Unidos está incitando a odiar a los mexicanos a través de mentiras como que nuestro país se ha burlado de ellos, que se ha aprovechado de los tratados comerciales, y que nos hemos robado los empleos que podrían existir en los Estados Unidos. Así, a través del odio y la segregación por un motivo de origen nacional, Trump incita a odiar a México como una forma de justificar sus acciones.

Él puede tener sus políticas, y es decisión de los estadounidenses decidir si lo secundan o no. Sin embargo, algo que nosotros difícilmente podríamos justificar en el mediano plazo, es repetir esa actitud. Es decir, ponernos a odiar a todo lo que tenga que ver con Estados Unidos, simplemente como una respuesta a lo que su presidente impulsa desde el otro lado de la frontera. Esa, que podría ser la actitud fácil, simplemente nos rebajaría al nivel impulsado por Trump y terminaría justificando los odios que él propala, estableciendo que él odia porque nosotros también los odiamos.

UNIDAD NACIONAL

Por esa razón es importante entender que la unidad nacional no se construye odiando al diferente, sino incluso incluyéndolo. El camino fácil de la unidad nacional dice que no debemos consumir, por ejemplo, lo hecho en Estados Unidos. Sin embargo, esa sola actitud nos llevaría a contribuir con la misma desgracia económica que está impulsando Trump porque la integración de las economías es tan profunda, que miles de empresas estadounidenses tienen inversiones mexicanas, y viceversa, y miles de empresas de origen norteamericano, en México son operadas por empresas nacionales y generan empleo y productividad para miles de paisanos en ambos lados de la frontera.

En ese sentido, es claro que un mal entendimiento del “consume lo local” puede llevarnos muy fácilmente a replicar las políticas aislacionistas que impulsa el Presidente de los Estados Unidos, y convertirnos accidentalmente en repetidores de sus mecanismos de justificación de la segregación y la discriminación. Consumir lo local significa que nosotros mismos podamos potenciar nuestra economía, y darle movilidad a los mercados y productos que pudieran entrar en una etapa de sufrimiento por las dificultades impuestas en la frontera, pero no que nos pongamos a repudiar todo lo de fuera simplemente por su origen, porque esa sería una práctica chovinista, maniquea y de segregación, tan aberrante como las que impulsa Trump.

Finalmente debemos entender con inteligencia el complejo momento que vive Oaxaca, México y el mundo. Estamos al filo de un proceso histórico sin precedentes, y lo mejor que podemos hacer es asumir la idea de la unidad nacional con las bases y las formas correctas para no caer al nivel de quienes impulsan políticas de odio en contra nuestra.

RELACIÓN EMOCIONAL

La única victoria que México le ha arrebatado a Estados Unidos en una disputa fue justamente en los tiempos de la explotación petrolera. Evidentemente, Peña Nieto no es Cárdenas. Pero lo que sí podría hoy tener el Presidente —como lo tuvo en su tiempo el general Cárdenas— es la claridad para saber hasta qué punto se puede negociar para priorizar lo económico, y hasta dónde hay un punto de sostener la dignidad.

Ante la crisis por el muro, y Donald Trump, algunos apuntes indispensables

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+ EPN, responsable de Estado, y no por consenso, de conducir política exterior


Aunque tarde, el presidente Enrique Peña Nieto hizo bien en cancelar su viaje a los Estados Unidos. La administración del presidente Donald Trump ha puesto en claro que no le interesa la relación con México, y el Presidente mexicano debe actuar en consecuencia, a pesar de que durante décadas la relación México-Estados Unidos ha sido, por pose o por necesidad, la más importante para ambas naciones. Hoy, ante la nueva realidad, hay varias cuestiones que deben ser consideradas para hacer un análisis correcto de los hechos, y de los escenarios posibles.

En efecto, hasta el miércoles se cabildeaba la posibilidad de que finalmente ocurriera la visita del presidente Peña Nieto a la Unión Americana, para tener un primer encuentro con su nuevo homólogo estadounidense. En sí mismo, desde el inicio de su gestión, Trump ha utilizado a México como su pretexto para lucir un cambio en su política exterior: ha culpado a nuestro país de la pérdida de empleos y de competitividad en el mercado estadounidense, y por eso ha puesto a México como el aparente centro de las amenazas económicas para aquel país.

Por eso, su primer encuentro de Estado no fue con el Presidente de México —como había ocurrido históricamente, independientemente del cambio de prioridades estadounidenses, como pasó por ejemplo después del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, que la relación con México quedó relegada ante la decisión estadounidense de hacer la guerra en Medio Oriente—, y por eso el maltrato hacia nuestro país. Ello tendrá sus propias consecuencias, aunque por el momento lo que vale analizar es el escenario mexicano, a partir de las mismas actitudes —correctas y erradas— de nuestro Presidente.

En este marco, un apunte inicial debe apuntar a que Peña Nieto erró al pensar demasiado su reacción ante las actitudes de Donald Trump. Él es el Presidente y, según la Constitución, a él como Jefe de Estado le corresponde conducir la política exterior mexicana, bajo diversos principios que están supeditados a cuestiones básicas como la defensa del interés nacional, la dignidad humana y la conminación a que nuestro país sea tratado con el respeto mínimo que merece toda nación soberana. Aunque quizá lo hizo por prudencia, o por inseguridad, el Presidente no tenía que consultar ni con el Senado ni con la Conferencia Nacional de Gobernadores, ya que éste último organismo ni siquiera tiene constitución legal ni es parte de la vida institucional de México.

En este marco, se confirma el error de ‘revivir’ a Luis Videgaray como nuevo canciller del gobierno del presidente Peña Nieto. Quizá el gobierno mexicano no ha entendido que el presidente Trump está acostumbrado a vivir en la confrontación y en el escándalo, y que por ende ese es su hábitat natural y es donde se siente cómodo. Por eso, reviviendo a Videgaray, el Gobierno de México demostró lo preocupado que estaba por el futuro de su relación no con Estados Unidos, sino con su Presidente, y por lo dispuesto que estaba a tomar decisiones impopulares con tal de buscarle la cara y tratar de congraciarse con él.

Así, para alguien que está acostumbrado a vivir en la confrontación, ese era el mejor escenario: sabía que ante tales pautas de indignidad, podría tomar prácticamente cualquier actitud de fuerza y que la respuesta sería tibia. Eso lo comprobamos todos entre el miércoles y ayer, cuando Trump recibió a la delegación mexicana con el anuncio de la orden ejecutiva para la construcción del muro, y luego fue él quien condicionó el encuentro con Peña Nieto a la aceptación de que sea México quien pague el muro fronterizo.

TEMORES FUNDADOS

Existen hoy una serie de temores fundados, que no deben orillarnos al fatalismo. Por ejemplo, la decisión de dar por terminado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte —ya sea por la decisión mexicana de salir de él, o por la estadounidense, que quizá ocurra primero— será de consecuencias muy complejas para ambos países sin que eso signifique que se terminará el comercio internacional, o que esto sea catastrófico sólo para México.

Finalmente, el intercambio de mercancías no terminará, sino que se modificará, pero con toda seguridad será tan costoso para los estadounidenses como para los mexicanos. ¿La razón? El costo de manufactura dentro de Estados Unidos será muy superior a los aranceles —es decir, los impuestos de ingreso— que deba pagar un producto fabricado en México. Aquí estamos ya muy acostumbrados a consumir productos estadounidenses a precios competitivos, pero lo mismo ocurre en los Estados Unidos.

El fin del tratado comercial incrementaría los costos de los productos, y en el mediano plazo frenaría el potencial económico que hoy busca detonar Trump con empleos que quién sabe si sean costeables por un mercado golpeado por una cuestión inflacionaria previsible, producida por el incremento del costo de producción de los productos.

CONCIERTO INTERNACIONAL

Son momentos de cambios muy complejos, y de regresión. Sin embargo, sigue habiendo oportunidades para México de impulsar y encabezar el concierto internacional por los valores democráticos que está dinamitando Donald Trump: ese concierto internacional, o consenso entre naciones, debe ir enfocado a la defensa de la dignidad de las personas y de las naciones, del trato equitativo, de la proscripción de la violencia y la hostilidad, del rechazo a las prácticas de odio y discriminación. Hoy es México, pero mañana puede ser cualquier otra nación. Por eso México debe impulsar el consenso a favor de los valores comunes que la rapacidad de Trump están devastando.

¿De verdad un Presidente puede gobernar sólo por la vía del decreto?

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+ Democracias civilizadas, incluso México, han demostrado lo contrario


Donald Trump lleva seis días en el gobierno y comenzó asustando al mundo con la emisión de una serie de ‘órdenes ejecutivas’ para tratar de cumplir con sus promesas de campaña. Ha firmado órdenes para la construcción del muro con México, para establecer la salida de Estados Unidos del Acuerdo Trans Pacífico; otras más para autorizar oleoductos que habían sido cancelados por el gobierno de Barack Obama, y para suspender fondos a las llamadas ‘ciudades santuario’ que ofrecen derechos y servicios a inmigrantes indocumentados. El mundo está asustado con sus acciones. Pero, ¿en una democracia madura —y en algunos sentidos hasta modélica— como la estadounidense, de verdad Trump podrá gobernar sólo por decreto?

En efecto, Estados Unidos ha sido, con y sus errores y excesos, un modelo para las democracias contemporáneas en el mundo. Si consideramos el tránsito continental de la democracia durante el siglo XX, podremos ver que mientras la mayoría de los países latinoamericanos pasaron por dictaduras y gobiernos autoritarios —en el caso de México, por el largo régimen de partido hegemónico, que simuló un ejercicio democrático hasta los albores del siglo XXI—, la democracia estadounidense fue la única estable y capaz de mantener su estructura republicana, de división de poderes, y de frenos y contrapesos, que fue una de sus diferencias específicas fundamentales con las demás naciones, desde que apareció en el concierto internacional.

Acaso en las últimas tres décadas, en todos los países hemos visto cómo la estructura de la mayoría de los Estados en el continente se ha ido robusteciendo, y cómo a pesar de las experiencias complejas de Venezuela, Bolivia o Cuba, la mayoría de los países ha ido hallando su equilibrio democrático: esa estructura en la que ninguno de los poderes tiene capacidad de aplastar al otro, y en el que funcionan cada vez de mejor manera los frenos y contrapesos que rigen las relaciones republicanas y la división de poderes. Así, aún con sus intermitencias y momentos críticos, aquel silogismo de que el “el Presidente propone, y el Congreso dispone” paulatinamente ha ido ganando terreno en la mayoría de las democracias de nuestro convulso continente.

De todo eso, Estados Unidos ha sido también la muestra. A pesar de los vaivenes entre los regímenes republicanos y demócratas —con sus amplísimas diferencias ideológicas, y sus contrastantes programas de gobierno y hasta planteamientos sociales, políticos y morales—, lo que ha quedado claro es que ningún Presidente ha tenido la fuerza ni la capacidad de sobreponerse a los límites que le ha puesto el Congreso.

Muestras de ello hay abundantes: George W. Bush no pudo lanzar la guerra contra el islam al nivel que planeaba; Obama nunca pudo completar su reforma migratoria, ni consolidar la del sistema de salud, ni llevar a la ley muchas de sus medidas más progresistas. La razón, siempre, radicó en un Congreso fuerte que ha siempre limitado el poder de los sucesivos Presidentes y los ha contenido en sus deseos de materializar sin oposición sus respectivos programas de gobierno.

OTRAS EXPERIENCIAS

Incluso, en democracias menos maduras, como la mexicana, hoy es imposible que el Presidente gobierne por decreto. El presidente Enrique Peña Nieto ha intentado pasar a la historia por su programa reformista, que justamente se fue complicando en los últimos veinte años por la incapacidad de los tres presidentes anteriores (Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón) para lograr los consensos necesarios en el Congreso para sacar adelante temas como la reforma energética, educativa, laboral y financiera.

Peña Nieto lo logró justamente en el primer tercio de su gobierno gracias a la legitimidad que le daba el bono democrático con el que comenzó su gobierno. Es claro que hoy, en el último trecho de su gestión, ni en el mejor de sus sueños, Peña Nieto tendría la capacidad y la fuerza para lograr ni la mitad del consenso que logró para cualquiera de esas reformas.

Por esa razón hay que distinguir y asumir las bravuconadas de Trump. Lleva seis días en el poder y está intentando gobernar por decreto, en una expresión de moderno despotismo. Tiene mucho de fondo el hecho de que no haya considerado al Partido Republicano para impulsar sus acciones desde el Congreso —y que ese partido tampoco se haya expresado—, y que todo esté intentando consolidarlo a través de acciones ejecutivas, que serían lo que en nuestro sistema conocemos como decretos. Es claro que las capacidades presidenciales son amplias pero no omnímodas, y que será cuestión de tiempo para comenzar a ver qué relación entabla con el Congreso, y qué límites le ponen si es que los republicanos no quieren terminar siendo una comparsa de su propio Frankenstein.

Por eso la posición de México debe ser muy inteligente: cada agravio de Trump debe ser considerado, a pesar de que sea más lo que parezca que lo que realmente ocurra. El comercio con Estados Unidos posiblemente cambie en algunas condiciones, pero no terminará. La relación entre mexicanos y estadounidenses tampoco, porque en ambos lados de la frontera hay amistad y relaciones profundas frente a las que Trump y su odio no son reflejo homogéneo.

¿QUIÉN DEBE ESTAR MÁS PREOCUPADO?

México tiene mucho en juego, pero tiene más Estados Unidos: un payaso populista, mentiroso y bravucón, pondrá a prueba la madurez y la civilidad del sistema político estadounidense. Por eso, a los mexicanos nos preocupa lo que pasa. Pero si los estadounidenses son de verdad conscientes de los retos de su democracia, deberían estar aterrados por la afrenta y los riesgos de fondo que implica Trump, que parece empecinado en demostrar el agotamiento de las instituciones democráticas y la Constitución estadounidense.

Nada cambia mientras haya discrecionalidad en designación de administradores

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+ Avilés, marcado por la tentación de maniobrar sin formas ni respeto al gobierno


A nadie debería sorprender la insultante lista de administradores municipales que dio a conocer la Secretaría General de Gobierno. Es reflejo de la discrecionalidad que prevalece en la Constitución y en la ley respecto a la facultad de designación de los mismos, pero también del ominoso espacio de libertad que tiene el actual titular de la General de Gobierno para seguir actuando según sus conocidos parámetros, en los que no existe preocupación por las consecuencias o la opinión externa de sus actos. Así, no sólo se trata de la discrecionalidad, sino también de la indiferencia ante la percepción de las decisiones.

En efecto, la noche del lunes la Secretaría General de Gobierno dio a conocer los nombres de los primeros 17 administradores que fungirán como autoridad municipal provisional en igual número de municipios en los que no se pudo realizar la elección de autoridades constitucionales. En la opinión generalizada, la lista de nombres fue ofensiva no sólo porque demostraba la subsistencia de la necedad de Avilés por designar a personas cuestionadas en esos cargos, sino porque incluso ahora fue más lejos que en sus tiempos de operador político del PRI, y más recientemente de diputado y mandamás de la LXII Legislatura. ¿De qué hablamos?

De que todavía en la Legislatura anterior, Avilés —en su calidad de presidente de la Junta de Coordinación Política— se vio obligado a equilibrar la lista de administradores municipales, haciendo una especie de ‘reparto’ con las demás fracciones parlamentarias, e incluso con su misma bancada. Así, esa lista —que siempre tuvo el problema de la inconstitucionalidad, pero que por complicidad ninguna bancada impugnó— integraba a personajes propuestos por las bancadas panista y perredista, pero también incluyó a personajes cercanos a diputados priistas como Adolfo Toledo Infanzón, como fue el caso de Vicente Noriega Betanzos, que fungió como administrador de Santo Domingo Ixcatlán.

En la LXII Legislatura, no sólo hubo el cuestionamiento generalizado por el nombramiento discrecional y ‘repartido’ entre las tres bancadas de todos los administradores, sino que también hubo señalamientos —en su momento, en este espacio se reseñó ampliamente el tema— por la decisión inconstitucional del Pleno, empujada por Avilés, de facultar a la Junta de Coordinación Política, que él presidía, para que llevara a cabo los nombramientos de administradores.

Así, con esa maniobra ilegal, Avilés evadió el fastidio de tener que hacer públicos los nombramientos de administradores, y someterlos a la aprobación del Pleno del congreso, y gracias a ello mantuvo a prácticamente todos sus administradores durante los tres años del anterior periodo de autoridades municipales, sin que se resolvieran los problemas políticos que habían prometido encauzar, en los 90 días para los que se supone que fueron nombrados los administradores —nombramientos que fueron renovados sucesivamente hasta completar un trienio.

Luego, por una maniobra del mismo Avilés, al final de su Legislatura se reformó la Constitución para entregar la facultad al Ejecutivo. Se logró, pero la reforma no fue bienvenida, porque en realidad el problema de fondo no radica en quién nombra a los administradores, sino bajo qué criterios y a partir de qué consensos sociales y políticos lo hace.

INDOLENCIA TOTAL

Hay un primer cuestionamiento común en la lista de los primeros 17 administradores nombrados por Avilés: los designados, además de ser sus socios o subordinados, en su mayoría son personajes cuestionados por sus antecedentes en el cumplimiento de esas mismas responsabilidades. Hay varios ejemplos. Dos de ellos son Juan José Osante Pacheco, que fue administrador de Mazatlán Villa de Flores y ahora fue designado como autoridad provisional en Santiago Matatlán; otro ejemplo, de entre varios, es Cuitláhuac Victoria Huerta, que ha sido administrador de Santo Domingo Ixcatlán y de San Mateo Peñasco, y que ahora será administrador de Santa Catarina Lachatao.

¿Cuáles son los antecedentes personales, profesionales, morales y políticos de esos personajes, como para ser designados reiteradamente como administradores? ¿Cuál es su productividad y capacidad de lograr la concordia y la avenencia entre las comunidades que han administrado, para cumplir con el propósito para el que se les designó, que no es el de ser autoridades sin Cabildo, sino facilitadores en la construcción de soluciones a los problemas políticos?

Lo cierto es que lejos de haber construido una reputación de eficacia en el cumplimiento de los objetivos para los que existe la figura del administrador municipal, la gran mayoría de ellos han acumulado señalamientos por corrupción, por desvío de recursos y por ser instigadores en la profundización de los conflictos intramunicipales. De hecho, la persistencia de la ingobernabilidad es lo que justifica su permanencia en las administraciones municipales; y por ello, esos personajes se han especializado en atizar los conflictos y no en ayudar a resolverlos.

DESCARO

Hoy la única diferencia es que Avilés ya perdió lo último que le quedaba de pudor. No le importó arrastrar al cuestionamiento al gobernador Alejandro Murat, con tal de persistir en su empecinamiento a favor de esos personajes cuestionados por la opinión pública, y rechazados por las comunidades en conflicto. Tan no le importó, que ni siquiera por eso guardó las formas. Él, como político, es impermeable a la crítica. Lo que no entiende es que hoy el mal fario no sólo se lo lleva él, sino que lo comparte con el gobierno para el que trabaja, y al que se supone que debería cuidar, aunque con sus acciones lo denigra.

Los partidos ya no deben recibir más financiamiento público

 

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+ Tiempos de crisis, contrastan con su caudaloso financiamiento


Es paradójico y preocupante que los únicos entes que desde hace cuarenta años no han vivido ninguna crisis económica, y tampoco se han solidarizado con los ‘apretones de cinturón’ que la realidad le ha impuesto periódicamente a toda la población, sean los partidos políticos. Ellos, que se asumen como representantes de la pluralidad política y el ejercicio democrático entre los mexicanos, han tenido siempre una carrera económica ascendente que los tiene hoy en el punto de la ignominia. Mientras toda la población sufre por la escalada de precios, y por la disminución del poder adquisitivo de la moneda, los partidos han vivido, y siguen viviendo, en una jauja hasta ahora imparable.

En efecto, en el ámbito nacional actualmente se discute la necesidad de que disminuya el costo de la manutención de los partidos e instituciones electorales. En términos globales, el Estado mexicano invierte cada año más de 8 mil millones de pesos sólo en la provisión de prerrogativas para los partidos políticos nacionales, independientemente de si es o no año en que se celebren procesos electorales. A esto hay que sumarle la suma de dinero del presupuesto federal que se destina cada año al INE y a los tribunales electorales de todo el país. Al final del día, es evidente que este es un problema de grandes dimensiones a la luz de los complicados tiempos económicos para el país, y de la necesidad de reducir la obesidad burocrática —y ‘partidocrática’— del país.

En Oaxaca la situación no es distinta. Ayer TIEMPO reportaba en su primera plana que los partidos Encuentro Social y Verde Ecologista lucharon hasta el último minuto para que el IEEPCO, no los dejara sin prerrogativas, pese a no haber logrado en el pasado proceso electoral el 3% de la votación requerida, pues dejarían de percibir sumas millonarias que, en el 2016, ascendieron por concepto financiamiento ordinario, a más de nueve millones de pesos entre los dos partidos, independientemente de los montos extraordinarios que recibieron por haber sido año de proceso electoral.

De hecho, este parece ser algo así como un ‘segundo round’ de una lucha que iniciaron en Oaxaca los partidos minoritarios cuando se realizó la última reforma electoral estatal, en 2015. Ahí, por un acuerdo político, las tres principales fuerzas políticas pactaron con los partidos minoritarios (que tenían 6 curules en la LXII Legislatura) que la Constitución local dispusiera que los partidos de conformación indígena debían demostrar sólo el 2% de participación para mantener el registro, y no el 3% como lo establece la legislación nacional de la materia. La Corte echó abajo esa disposición, y esa fue la causa por la que perdió el registro el Partido Social Demócrata de Manuel Pérez Morales, y casi le ocurre lo mismo al Partido Unidad Popular.

Lo sorprendente es que los beneficiarios de esa polémica resultaron ser dos partidos sin base social real, ni ascendencia entre el electorado. En Oaxaca, tanto el Verde como el PES nunca han dejado de ser sino partidos testimoniales, y han representado con más ahínco intereses políticos que verdaderas causas ciudadanas.

HISTORIA DE ABUNDANCIA

En el fondo, todo esto es reflejo de una situación nacional: desde la gran reforma política de 1977, una de las constantes de todas las modificaciones al sistema de partidos es que siempre el presupuesto público se ha mantenido en una escala ascendente, hasta llegar a niveles increíbles de financiamiento y trato diferenciado a los partidos, en aras de que éstos representen de mejor forma las expresiones políticas y la vida democrática entre los mexicanos.

Esta es una historia trepidante: pues como lo señalaba hace algunos días el doctor César Astudillo (http://eluni.mx/2jq0Gx4), inicialmente se les concedió el uso permanente de los medios de comunicación social, enseguida se les abrió la puerta del financiamiento público para el sostenimiento de su actividad política y para hacer frente a las campañas electorales, de manera complementaria al financiamiento proveniente de sus militantes y organizaciones simpatizantes; asimismo, se les exentó del pago de impuestos y derechos, se les reconocieron franquicias postales y telegráficas y se les apoyó en sus labores editoriales. Más tarde se le aprobó el reembolso del 50% de los gastos realizados en actividades de educación y capacitación.

En 1996 se institucionalizó el apoyo a la gestión de los partidos mediante las arcas del Estado al establecerse que el dinero público debía primar sobre el privado, y como consecuencia de ello, se acordó que al margen del financiamiento aportado por la federación, debían incorporarse 32 fuentes de financiamiento adicionales para que los partidos tuvieran acceso al financiamiento ordinario y de campaña a través de distintas fórmulas de cálculo y, por ende, en diferentes parámetros económicos, en las respectivas entidades federativas en las que competían por el poder. A esta escalada de apoyos se sumó la gratuidad del acceso a miles de spots en radio y televisión, producto del nuevo modelo de comunicación política, y se adicionó una nueva y generosa fórmula para calcular la bolsa del financiamiento público a repartir, impulsadas por la reforma de 2007.

JAUJA EN MEDIO DE LA CRISIS

Todavía la reforma de 2014 involucró nuevos incrementos presupuestales para partidos e instituciones electorales que, en estos tiempos de carestía y crisis, resultan ya injustificables. Paradójicamente, nuestra vida democrática es proporcionalmente tan cara como carente de credibilidad. Por eso, el millonario costo de los partidos debe revisarse a la baja de inmediato.

Trump y las protestas, ante la construcción de una oposición activa

 

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+ En México llevamos años dizque intentándolo aunque en el fracaso


El viernes tomó posesión del cargo de Presidente de los Estados Unidos el republicano Donald Trump, y al día siguiente una parte del pueblo norteamericano le contestó, dentro y fuera de su territorio, con multitudinarias protestas a su política de fascismo, discriminación, odio y segregación. Esa primera manifestación debe ser ahora punta de lanza de la oposición civilizada e inteligente que los norteamericanos ahora deberían construir, hoy que la elección terminó y que también quedó atrás la necesidad de aparentar actitudes de tolerancia a las rapacerías del nuevo presidente de los norteamericanos. Ese es un reto para los estadounidenses, pero un eco importante nos llega a México, donde tenemos años pensando —y fracasando— en cómo construir una oposición eficaz e inteligente.

En efecto, el viernes Trump tomó protesta en un desangelado acto en la capital de la Unión Americana, y el sábado multitudinarias marchas hicieron eco en todo el mundo, encabezadas por mujeres indignadas por las actitudes personales de misoginia demostradas por el ahora Presidente, y secundadas por personas que rechazan las actitudes homofóbicas, segregadoras e intolerantes del ahora Mandatario estadounidense. Esta primera parece ser la primera demostración de fuerza, luego de que Trump ganara la elección presidencial en noviembre con una mayoría holgada en el Congreso, que le permitiría un muy amplio margen de maniobra en la implementación de sus políticas.

Hoy lo que sigue, si todas esas personas que manifestaron su rechazo a Trump, es construir una política de oposición inteligente, y no sólo seguir gritando en las calles. Sería poco probable ver, en el futuro cercano, al ex presidente Barack Obama, o a su esposa Michelle, encabezando esa oposición; pero a quien sí deberíamos ver desde el primer día es a Hillary Clinton, en alguna medida respondiendo al voto mayoritario que recibió como candidata a la Casa Blanca, pero también como un acto de correspondencia y corresponsabilidad por sus contribuciones a la derrota. Si más de la mitad de la gente que votó en Estados Unidos, lo hizo por ella, ahora Clinton debería ser, desde el sábado mismo, la garante de una oposición necesaria en aquella nación.

Esto no debería ser algo sorprendente. De hecho, el mundo entero ve con incertidumbre el inicio de un gobierno que ha demostrado tener una enorme proclividad al proteccionismo, al odio y a la segregación, cuando se supone que la nación norteamericana misma ha sido siempre impulsora de los valores contrarios: es decir, la apertura, la pluralidad y el libre intercambio. En esa lógica, si Trump tiene tanta fortaleza institucional, entonces se necesita esa misma dosis para establecer una fuerza opositora capaz de demostrarle que no le permitirán hacer lo que le plazca, y que permanentemente habrá personas organizadas buscando la manera de oponerse sólo para equilibrar sus políticas que hoy tienen asustado al mundo entero.

Ello tendría que lograrse a partir de una oposición inteligente y de formas eficaces de quejarse y de lograr no sólo el lamento, sino el freno y el equilibrio al gobierno en turno. Ese ha sido uno de los paradigmas nunca materializados en México que nos tiene, en nuestro propio contexto, a punto del colapso.

OPOSICIÓN FRACASADA

Un imperativo parece claro desde hace mucho tiempo en México: México no puede seguir en la ruta por la que hoy transita. Todos, sin excepción —el Presidente, los partidos políticos, los grupos empresariales y la sociedad en general— coinciden en que son necesarios acuerdos y equilibrios que permitan un mejor gobierno. Sin embargo, la realidad parece distinta, porque el Presidente ha gobernado bajo la premisa de que ni la pluralidad, ni la democracia ni los equilibrios de poder, son suficientes para acotar las amplias potestades presidenciales.

En esa lógica, el gobierno federal se ha encargado de ningunear a todas las fuerzas o factores de poder cuando no concuerda con ellos, y de actuar insensiblemente, y sin la posibilidad de lograr o propiciar acuerdo alguno. En la contraparte, los partidos opositores ni han encontrado vías correctas para generar esa oposición de fondo que necesita el país, y tampoco han hecho mucho por propiciar los cambios. La lentitud de los cambios institucionales en México es signo claro de ello.

E incluso, desde las mismas trincheras de la sociedad, ha faltado quizá compromiso con el país: los mexicanos debíamos de comenzar a tener un papel más activo en la construcción de un país distinto y mejor, y no seguirnos conformando con salir a votar.  Las concepciones tradicionales de la democracia nos han llevado a concebirnos como parte de ella —es decir, como actores de la democracia— únicamente cuando, el día de la jornada electoral, salimos a emitir nuestro sufragio a favor de alguna fuerza política o candidato. Ese es sólo el principio de todo pero no el fin que deberíamos perseguir como parte de la democracia.

RETO COMÚN

No obstante, pareciera que hemos construido una sociedad que más allá de las amenazas del “estallido social”, no sabe pedir, no sabe exigir, no sabe inconformarse e incluso no sabe cómo quejarse efectivamente, y a través de los cauces debidos, para que el gobierno y los poderes se sientan conminados a atender los reclamos. De nada vale ser únicamente actores pasivos en la construcción de la agenda pública, o que según nosotros contribuyamos a construirla cuando nuestra única actuación consiste en gritar, vociferar y exigir de modo tan efímero, como lo hace un fuego artificial. Hoy queda claro que ese es un reto en México, pero más aún en los Estados Unidos ante su nuevo Presidente.

El Chapo, la asunción de Trump y las formas mexicanas para quedar bien

 

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+ Cooperación internacional no sólo está en los autos: seguridad, prioritaria


No es una casualidad que el gobierno mexicano haya decidido jugar rudo, en un asunto específico, en vísperas de la toma de posesión del republicano Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Desde hace meses, el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto —y el país entero junto a él— vive una pesadilla por los nocivos efectos económicos de la campaña sistemáticamente antimexicana lanzada por Trump como eje de su aventura presidencial. A partir de hoy, tendrán que menguar los escupitajos y las amenazas del Presidente estadounidense; pero México tendrá que demostrar que la relación bilateral tiene más temas que la presión a las armadoras de automóviles.

En efecto, en las últimas semanas ha habido una franca guerra epistolar directamente entre Trump, en su calidad de presidente electo, y el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. La base de las diferencias han sido las presiones ejercidas por el Presidente estadounidense a algunas empresas fabricantes de automóviles para dirigir sus inversiones y generación de empleo hacia el territorio estadounidense; y la aseveración del Presidente mexicano respecto .

En los últimos años, México ha sido uno de los países favoritos para las inversiones de la industria automotriz, porque representa costos de producción mucho más bajos que en los Estados Unidos, y una posición privilegiada respecto a los mercados consumidores más importantes del mundo. El problema, es que esa posición privilegiada provocó el cierre de fuentes de trabajo en los Estados Unidos, para trasladarlas a México.

Y esa fue una de las bases discursivas de la campaña del Partido Republicano para ganar la contienda presidencial en estados clave que fueron perjudicados directos por el traslado de la industria automotriz de Estados Unidos a México: prometer a esos miles, quizá millones de trabajadores estadounidenses que en los años de vigencia de Tratado de Libre Comercio, sintieron que perdieron los empleos, la capacidad productiva, y el poder adquisitivo que tenían gracias a que la producción automotriz, y de muchas otras industrias, se trasladó a México, que esos empleos y capacidad económica volvería a los Estados Unidos.

Ello es lo que explica el interés de Trump por presionar de entrada a las armadoras estadounidenses —Ford, General Motors, y Fiat-Chrysler— a cancelar sus inversiones en México para trasladarlas a los Estados Unidos; y amagar a otras empresas de origen no estadounidenses como Toyota o BMW con establecerle impuestos especiales de importación a los Estados Unidos, si direccionaban sus inversiones hacia México. Esas maniobras tuvieron un efecto inmediato en la estabilidad económica mexicana, aunque en realidad ninguna opinión seria ha logrado sostener que en el mediano plazo esa política traerá más beneficios a Estados Unidos, que daños económicos a México.

Lo interesante es que en eso se ha centrado la disputa entre Estados Unidos y México, a pesar de que todas las voces autorizadas señalan que la relación entre las dos naciones tiene más profundidad que el solo tema del empleo o del establecimiento de la industria automotriz. La abrupta extradición de Joaquín “El Chapo” Guzmán es clara muestra de ello.

MUESTRA DE VOLUNTAD

Cuando hace casi un año fue recapturado, los abogados del Chapo Guzmán anunciaron que interpondrían todos los recursos legales a su alcance para impedir que su cliente fuera extraditado. Incluso, cuando a mediados de año se dejó correr la versión de que el propio Guzmán estaba negociando los términos de su extradición directamente con la justicia de los Estados Unidos, sus abogados volvieron a reiterar que no estaba en la voluntad del capo ser enviado a una prisión estadounidense.

En esa lógica, la defensa legal de Guzmán cumplió su palabra presentando todos los mecanismos de defensa y recursos que provee la ley, para ser extraditado. Entonces quedó claro que el tema no era un asunto de voluntad por parte del criminal, pero que tampoco estaba cruzado de brazos para cuando el gobierno mexicano decidiera extraditarlo. Así, casi inmediatamente después de que un tribunal colegiado le negara la protección de la justicia federal en contra del procedimiento de extradición que se le seguía, el Capo fue subido a un avión y puesto la misma noche de ayer a disposición de una Corte federal del estado de Nueva York.

¿Qué significa esto? Que linealmente, la extradición fue resultado de la derrota judicial de la defensa de Guzmán Loera. Sin embargo, esto ocurre en el contexto en el que México está urgido de elementos que lo acrediten ante el gobierno estadounidense, en un tema tan delicado como el de la seguridad binacional. El otro eje político de Trump ha sido la construcción de un muro en la frontera con México, y una de las justificaciones ha sido la necesidad de reforzar la lucha contra la delincuencia organizada, de la que Guzmán es su referente más icónico.

PAUTAS

México, en el fondo, estaría dando la pauta para demostrar al gobierno estadounidense que la cooperación en materia de seguridad rebasa la tirante relación entre Donald Trump y nuestro país, y que finalmente, como naciones, México y los Estados Unidos deben darse muestras recíprocas de voluntad para luchar contra la delincuencia organizada, que se supone que es un enemigo común de los dos gobiernos, y de las dos naciones. Con un acto como ese, en vísperas de la asunción presidencial de Trump, sería una invitación abierta a la cooperación binacional en un escenario en el que el nuevo Presidente estadounidense ha reprochado muy por encima de la necesidad de proponer soluciones.

 

 

En el combate a la corrupción, el Estado oaxaqueño debe dejar de simular

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+ Para hacerlo, es necesario, mas no indispensable, el sistema anticorrupción  


Para saber quién protege a ex ediles acusados de innumerables actos de corrupción, como Galdino Huerta Escudero en Santa Lucía del Camino, o Héctor Santiago en Santa Cruz Xoxocotlán, no sólo habría que señalar a sus padrinos y protectores políticos, sino que también –y por sorprendente que parezca— habría que mencionar a todo el aparato institucional que, por acción u omisión, los protege. Al final, más que de la implementación de un sistema, el combate a la corrupción es un asunto de voluntad al que nadie le ha querido entrar, y ello es la base de esta tragedia social en Oaxaca.

En efecto, en los corrillos de la grilla local es ampliamente sabido que el hoy secretario General de Gobierno, Alejandro Avilés Álvarez, fue el protector y solapador de autoridades municipales corruptas como la de Santa Lucía del Camino. De hecho, en el caso de Huerta Escudero, fue Alejandro Avilés quien en su calidad de coordinador de la bancada priista y presidente de la Junta de Coordinación Política en el primero año de la LXIII Legislatura fue quien construyó el acuerdo político con el PSD para que Huerta asumiera la alcaldía de ese municipio.

Rápido quedó claro que dicho acuerdo incluía la protección institucional a todos los niveles para tanto para Huerta como para su ex contrincante, José García, a cambio de favores sobre los que siempre se habló pero que —obviamente— nunca se hicieron públicos tanto para Avilés como el PSD, que le había permitido el paso. A tanto llegó el acuerdo y la protección que Huerta no fue el único que terminó siendo acusado de pillerías en Santa Lucía, sino que prácticamente en la misma proporción terminó cuestionado García, a quien se le acusó de promover una cuadrilla de mototaxis, protección a giros negros, desvíos de recursos, y diversas actividades presuntamente ilícitas, realizadas lo mismo gracias al amparo de la autoridad municipal que ostentaba, que al acuerdo de no agresión con Huerta, y a la protección que se les brindó desde la Legislatura del Estado.

Algo muy similar pasó en Santa Cruz Xoxocotlán. A Santiago se le formularon todo tipo de acusaciones de desvío de recursos que nunca fueron indagadas, y que llegaron al grado de que no Santiago no realizó entrega-recepción, . La razón institucional, durante el gobierno de Gabino Cué, radicó en que su misma administración construyó un espacio de “equilibrios” —de ignominia— en los que el régimen le permitiría impunidad a ciertas autoridades emanadas del PRI, a cambio de que ellos no cuestionaran de fondo las irregularidades que se estaban cometiendo desde el Gobierno del Estado, y en algunos municipios cercanos al anterior régimen.

¿Y DESPUÉS?

El problema, claramente, es ahora, cuando ni Huerta ni Santiago —ni muchos otros, que fueron menos conocidos pero que enfrentan conductas y cuestionamientos similares o peores a los de esos dos estandartes de autoridades cuestionadas por corruptas— son ya autoridades municipales. El problema no es sólo que hayan robado, o que no hayan realizado entrega-recepción, o que —como se dice coloquialmente— hayan dejado a sus ayuntamientos “en banquitos”.

El problema de fondo es que nadie los está persiguiendo, y que las instancias que podrían estar haciendo algo se encuentran aparentemente distraídas en otras labores y grillas, y no están haciendo lo necesario para demostrarle a la ciudadanía que el sistema de justicia funciona, y que el Estado no premia los actos de corrupción con impunidad.

¿Qué ocurre? Que, por ejemplo, la Fiscalía General del Estado ha tenido serias resistencias para procesar las averiguaciones previas relacionadas con autoridades y ex autoridades municipales, independientemente de la comisión de delitos por los que se les acusan. Están, por ejemplo, los expedientes que la Auditoría Superior les ha consignado y que ellos siguen sin poder resolver sobre la procedencia de la acción penal correspondiente.

Algo muy similar ocurre con la Contraloría estatal, que en los seis años del gobierno de Gabino Cué no fue clara respecto a las acciones que pudiera emprender contra quienes ejercieran incorrectamente los recursos, y hasta el momento tampoco existen coordenadas concretas de esa dependencia en la nueva administración estatal. Al final, lo que parece es que con todos esos excesos juntos, y la inacción de las autoridades que deberían estar indagando y persiguiendo esos hechos y señalamientos, la percepción que queda es de que nadie está haciendo nada y que, por ende, los actos de corrupción se pueden seguir multiplicando y la ciudadanía debe confiar aún menos en sus autoridades.

En el fondo, lo que debiera ser de entendimiento común es que nadie, ni en el Poder Ejecutivo, ni en la Fiscalía, ni en la Auditoría Superior, ni en el Congreso local, ni en cualquier otra instancia relacionada con la fiscalización y la revisión de la actividad de las autoridades, es indispensable la implementación del Sistema Estatal Anticorrupción, para que actúen.

Pueden hacerlo, aún con limitaciones, con las herramientas jurídicas actuales siempre que haya voluntad. Eso es lo que deben demostrar. Pero, curiosamente, es a lo que más se han resistido a pesar de los incansables llamados de la ciudadanía para que se castigue a todos los que abusaron de las responsabilidades que se les confirió en las urnas.

QUE SE AUDITEN

Lejos de entrar en rejuegos políticos que en buena medida tienen como objeto encubrir su prolongada opacidad, el Congreso local debería hacer lo que cualquier empresa cuando le va a rendir cuentas al SAT: auditarse por un tercero, y hacer públicos los resultados. Eso sí demostraría que el buen juez por su casa empieza. Pero no. No lo harán. ¿Apuestan?

Poder Judicial: en su crisis, hay más razones que ahorcamiento de Sefin

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+ Tribunales contrastantes: carencias y sobrepoblación de alta burocracia


El ahorcamiento presupuestal decidido desde la Secretaría de Finanzas, es sólo la primera de las razones que explican la crisis por la que atraviesa el Poder Judicial del Estado. Junto a ella, hay otras causas que son igualmente determinantes para que hoy los tribunales de justicia de la entidad pasen no sólo por una situación crítica en su funcionamiento, sino también en su credibilidad y equidad interna. Cualquier estudio serio e integral de la situación que prevalece en los juzgados y salas de segunda instancia, así como de los demás tribunales que dependen del Poder Judicial, tendría que pasar por causas que hasta ahora todos han evadido.

En efecto, recientemente el presidente del Tribunal Superior de Justicia, magistrado Alfredo Lagunas Rivera, reconocía que el Poder Judicial del Estado atraviesa por una crisis económica profunda que se traduce en el retraso en el pago al personal, y también en la cobertura de pago a sus múltiples proveedores. Según sus palabras, el Poder Judicial tiene adeudos de meses, y hasta de años, a causa del ahorcamiento presupuestal generado por la Secretaría de Finanzas en la administración de Gabino Cué no sólo en contra de los tribunales de justicia locales, sino de prácticamente todo el aparato público estatal, que incluye a los tres poderes del estado y órganos autónomos que igualmente se quejan de los desfases en la ministración de los recursos que les correspondían.

Según la entrevista realizada por nuestro compañero Misael Sánchez, Lagunas Rivera reconoció que los problemas financieros y la falta de recursos para nómina no es una situación que afecte sólo al Poder Judicial sino que se presenta también en otros ámbitos de la estructura gubernamental del Estado, incluso a nivel nacional. “No es que nosotros de manera negligente tengamos el recurso guardado y no queramos pagar es una circunstancia imperante a nivel general en las finanzas del estado y a nivel nacional, lo que tenemos que hacer es ser prudentes y solidarios”, apuntó.

A esta situación habría que agregar la inversión que el Estado ha tenido que realizar en la infraestructura y tecnología necesaria para la implementación del sistema de justicia acusatorio adversarial, que también representó un problema para las arcas estatales, a grado tal de que luego de que Oaxaca fuera pionero a nivel nacional en la modificación de su sistema para la ejecución de los juicios del orden penal —en el año 2005—, tuvo muchos problemas para poder cumplir —y, de hecho, no lo ha hecho cabalmente— con la fecha dispuesta por la Constitución federal para la implementación plena del nuevo sistema, que venció en junio del año pasado.

MUCHA ALTA BUROCRACIA

Una de las cosas que nadie aborda en el Poder Judicial del Estado es el exceso de magistrados que tiene dicho poder. Según el directorio que publica el sitio web oficial del Tribunal Superior de Justicia del Estado (www.tribunaloaxaca.gob.mx), éste se encuentra integrado por 21 magistrados, de los cuales uno es el Presidente del Tribunal y los otros veinte son los integrantes del Pleno.

Junto a ellos hay otros tres magistrados que únicamente integran la Sala de Justicia Indígena, y otros cuatro que integran una Sala Auxiliar, que no son parte del Pleno pero que tienen la misma calidad de magistrados y, lo más importante, los mismos salarios y prestaciones que los demás magistrados. Éstos fueron los magistrados heredados del antiguo Tribunal Electoral, que fue desintegrado por la última reforma política, que disponía que los magistrados salientes fueran integrados a las estructuras del poder judicial que correspondiera.

En eso, el Tribunal ya tiene un problema de sobrepoblación de magistrados. Por ejemplo, la Sala Constitucional asumió las funciones de Cuarta Sala Penal, en alguna medida por el exceso de trabajo que tienen las otras tres salas penales, pero sobre todo, porque resultó un fracaso la implementación de una Sala Constitucional local, que a la fecha no ha conocido más que una docena de asuntos que, además, no revistieron ninguna relevancia para la justicia estatal y tampoco para el constitucionalismo local.

Ahí no termina el problema. Del Poder Judicial del Estado dependen también los doce magistrados que integran el Tribunal de lo Contencioso Administrativo y de Cuentas, cinco de los cuales son de la Sala Superior, y los otros siete de las salas de primera instancia —que, de hecho, deberían tener la calidad de jueces y no de magistrados. Esa abultada integración resulta de las sucesivas reformas que unificaron a los tribunales de Justicia Administrativas, y el de Fiscalización, y que mantuvieron en su estructura a toda la alta burocracia judicial que hoy indudablemente presiona el presupuesto del Poder Judicial del Estado.

CONTRASTES

Cada magistrado tiene un salario mensual superior a los 70 mil pesos, además de algunas prestaciones —varias de ellas, discrecionales, y no comunes a todos los magistrados— como choferes, vehículos, teléfonos celulares, escoltas y gastos de representación. Hay, a su vez, un claro contraste entre el cómodo salario de un magistrado, y los castigadísimos salarios de todos los demás trabajadores del Poder Judicial, que son los que verdaderamente trabajan y que son quienes más han resultado afectados por las carencias presupuestales. Algo que, indudablemente, debería ser reconocido y revisado al interior de los tribunales estatales, a la par del prolongado ahorcamiento decidido desde la Secretaría de Finanzas a lo largo del último año.

Manoseando a la ASE, inhiben el desarrollo del sistema anticorrupción

 

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+ Ciudadanía enojada; Legislatura podría enfrentar controversia federal


La semana pasada, la diputada del PAN Eufrosina Cruz Mendoza presentó una iniciativa que no tiene otro objetivo que la remoción de los integrantes de la Auditoría Superior del Estado. A pesar de que esta intención pudiera ser relativamente comprensible a la luz del nuevo régimen gobernante en la entidad, lo que en realidad despierta dudas es cómo en la LXIII Legislatura parecen estar desoyendo el llamado ciudadano sobre el combate a la corrupción, prefiriendo el cumplimiento de su agenda particular de temas. Esto tiene mucho de fondo y no hace falta más que entender el contexto de la iniciativa panista para comprender la dimensión del problema.

En efecto, en días pasados la Cruz Mendoza, presentó una iniciativa en la que propone una reforma constitucional para cambiar el nombre de la Auditoría Superior del Estado a “Auditoría Superior de Fiscalización del Estado de Oaxaca”. Según parece, en la iniciativa la única modificación es el cambio de nombre del órgano de fiscalización. Sin embargo, en sus artículos transitorios se prevé la designación de nuevos Titulares para esa Entidad.

Así, queda claro que el objetivo de la iniciativa no era propiamente el cambiar el nombre de la Auditoría, sino concretamente remover a los responsables de llevar a cabo de revisión y fiscalización superior, coincidiendo con el cambio de gobierno en el Estado. Y pudiera parecer que, en ese contexto, el abanico de posibilidades políticas se abre desde la idea de remover específicamente a Carlos Altamirano Toledo, hasta la también nada despreciable posibilidad de generar un nuevo órgano de fiscalización sexenal, con integrantes cercanos al nuevo régimen.

En todo esto, el recurso fácil podría apuntar a señalar que en estos años la ASE ha sido un órgano de fiscalización testimonial. Sin embargo, en esto habría que diferenciar entre los conflictos de interés —personales y políticos— que enfrenta el auditor Altamirano Toledo, con la tentación —porque esta no es una posibilidad— de hacer pagar institucionalmente a la Auditoría Superior por el cambio del régimen gobernante en la entidad. ¿De qué hablamos?

De que con todo y lo que se diga, como institución, la Auditoría Superior es un órgano bien calificado del que, además, se le reconoce la complejidad de la tarea que enfrenta en Oaxaca, al ser el órgano de fiscalización con más entes fiscalizables en el país (653, entre municipios, poderes del Estado y órganos autónomos) y ser, a su vez, la auditoría superior estatal que recibe menos recursos en todo el país, para el cumplimiento de sus funciones.

Así, por ejemplo, para la OCDE el Estado de Oaxaca cuenta con un órgano confiable para llevar a cabo la tarea de revisar y fiscalizar la gestión financiera de los Poderes del Estado, órganos autónomos constitucionales y Municipios, pues para otorgar dicha calificación se analizó el marco jurídico, la capacidad técnica, que se traduce que cuenten con el personal adecuado —al margen del titular de la ASE—, con experiencia y capacitación necesarios para analizar la información que le presenten lo sujetos auditados, su grado de autonomía frente a los poderes estatales, entre otros elementos.

CONTRASENTIDO

En Oaxaca hay un periodo de espera, que parece no tener para cuándo, respecto al proceso de armonización de la legislación estatal con la federal, para la implementación del Sistema Estatal Anticorrupción. En las reformas constitucionales y legales que serán necesarias para su implementación, el órgano de fiscalización superior jugará un papel preponderante al asumir diversas funciones y capacidades que serán propias de ese nuevo entramado institucional.

En ese sentido, queda claro que además de los cuestionamientos que tiene la iniciativa de reforma impulsada por la diputada Mendoza Cruz, por su evidente intención política de solo remover a los integrantes actuales de la ASE, el Congreso del Estado estaría también evadiendo la responsabilidad de entrar de lleno a los trabajos necesarios para el establecimiento constitucional y legal del Sistema Estatal Anticorrupción, y sólo estaría atendiendo una agenda particular de algunos partidos interesados inicialmente con remover a Carlos Altamirano Toledo y, quizá, con tratar de ganar espacios a través de un nuevo reparto de posiciones, pero sin abordar lo relativo al Sistema Estatal Anticorrupción.

Lo que resulta aún más grave es que este parece, además, un contrasentido frente a la propia ciudadanía, y al Presidente de la República, que hace apenas pocos meses se inconformaron por el intento de varios gobernadores —Quintana Roo y Veracruz— de heredar a funcionarios afines en esas áreas para tratar de generar un espacio de no-fiscalización y, por ende, de impunidad; y la reacción del Presidente que, obligado por las circunstancias, se vio en la necesidad de emprender una controversia constitucional para evitar que dichos gobernadores se abstuvieran de intervenir en los órganos autónomos de sus entidades hasta que no se llevara a cabo la implementación del Sistema Nacional Anticorrupción.

CASTIGAR A LAS INSTITUCIONES

Carlos Altamirano debe dejar de ser titular de la ASE, y debieran buscar la vía política para conseguirlo. Eso está claro prácticamente desde su designación. Sin embargo, pensar en que para lograr ese objetivo pueden manosear a las instituciones, resulta un cuestionamiento y una irresponsabilidad similar, que en realidad resulta en un castigo de fondo a las instituciones del Estado en Oaxaca.