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Gobierno y Congreso deben evitar reducir a “sexenales” los órganos autónomos

 

Saul Lopez

+ Reintegrar órganos del Estado oaxaqueño no debe ser para “acomodar cuates”


Con la elección del nuevo Fiscal General del Estado, tanto el gobierno como el Congreso de Oaxaca se enfrentan a una decisión trascendente no sólo para sus respectivos destinos políticos, sino también para la estabilidad de las instituciones del Estado en el largo plazo: al iniciar el proceso de reintegración de los órganos constitucionalmente autónomos, el Ejecutivo y los diputados deben ahora sí buscar a las mejores personas para esas responsabilidades, y evitar repetir la tentación de convertir esos procesos en la agencia de colocación de sus amigos y compromisos. Al hacerlo, reducirían de nuevo a los órganos autónomos a entes deslegitimados, sexenales e incapaces de cumplir con su función de ser contrapesos del poder, como en gran medida ocurre actualmente.

En efecto, la semana pasada el Congreso aprobó una reforma constitucional para homologar el mecanismo de designación del Fiscal General del Estado, a los parámetros federales. Ello ocurrió luego de que hace dos semanas, Héctor Joaquín Carrillo Ruiz presentara la renuncia al cargo de Fiscal, tras un periodo de varios meses en el que el propio gobierno le restó importancia operativa al Fiscal bajo la peligrosa idea de que éste pertenece al régimen anterior, y que por ende debía ser primero relevado de sus responsabilidades al interior de la Fiscalía, hasta lograr que voluntariamente —o bajo alguna negociación— presentara su renuncia al cargo.

En la lógica de los organismos constitucionalmente autónomos estas dimisiones obligadas por la desconfianza sobre las lealtades al régimen antecesor, no debería ocurrir. Aunque a la luz de los hechos, es claro que la responsabilidad política de que esto ocurra nuevamente —pasó algo muy similar cuando pasó del gobierno de Ulises Ruiz al de Gabino Cué, y los titulares de los órganos autónomos fueron relevados exactamente por la misma circunstancia— recae en gran medida tanto en el gobierno de Cué, como en las dos Legislaturas de aquel sexenio, porque uno y otros lejos de ponderar la urgencia de dar estabilidad y certidumbre a la reintegración de los órganos autónomos, prefirieron el camino fácil y cómodo de domar su autonomía con personajes no sólo cercanos, sino directamente ligados al régimen, y que además carecían de la legitimidad técnica, profesional y social que se supone que debía ser el pilar de la credibilidad de esos entes como contrapesos del poder público.

Basta con ver algunos ejemplos para corroborarlo. Eso fue lo que ocurrió cuando el Instituto Estatal Electoral y de Participación Ciudadana de Oaxaca era integrado por una decisión del Congreso: en lugar de buscar a los mejores y más legitimados profesionales en la materia para integrar el órgano electoral, hicieron un burdo reparto de posiciones, en la que al Consejero Presidente (Alberto Alonso Criollo) lo impuso el Gobernador; y los demás espacios de consejeros se los repartieron groseramente el PAN y el PRD independientemente de los perfiles profesionales que ellos mismos impulsaron. Y luego hicieron lo mismo con las direcciones ejecutivas del órgano electoral.

Luego, la LXI Legislatura hizo algo muy similar con la integración de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca. Ahí impusieron, incluso en contra del consenso social, a Arturo de Jesús Peimbert Calvo, un individuo que carece de la más mínima ascendencia entre los distintos sectores relacionados con la defensa de los derechos humanos, por no haber sido alguien destacado social, profesional, académica o políticamente entre ellos.

A lo más, Peimbert tiene ascendencia con algunos grupos locales ligados a lo más radical de la lucha social y la iglesia católica. Pero en realidad es alguien impresentable casi en cualquier otro círculo que no sea en los que lo apadrinaron, y que fueron los mismos que influyeron a Gabino Cué para que lo nombrara, aún cuando sabían que éste no tendría forma de traspasar el cambio de administración justamente por sus evidentes ligas políticas, y el débito hacia el gobierno que lo nombró.

Algo muy similar ocurrió con Carlos Altamirano Toledo en la Auditoría Superior del Estado, que al igual que Alonso Criollo y Peimbert Calvo, llegó a ese cargo gracias a los compromisos políticos que existían entre el gobierno de Cué y los grupos que lo respaldaban. En su caso, el conflicto de interés era aún más evidente, ya que él salió de la Secretaría de Desarrollo Social y Humano para llegar a la Auditoría.

Es decir, que de ser subordinado de Cué, se convirtió en el funcionario nombrado ex profeso para revisar las cuentas y los ejercicios de quien era su jefe. Si eso era ya un problema, Altamirano terminó de minar su credibilidad cuando aceptó que a su esposa la hicieran subsecretaria del mismo gobierno al que él tendría que revisar.

Así podríamos seguir repasando la integración de los órganos autónomos durante el gobierno de Cué, con el mismo resultado: él mismo provocó, con sus afanes de colonizarlos, que éstos se convirtieran en entes sexenales, deslegitimados e inconsistentes. Y por eso mismo, el gobierno actual no debería caer en el mismo error.

INTEGRACIÓN INTELIGENTE

La elección del Fiscal es trascendente no sólo por quién resulte electo, sino por el rasero que demuestren tanto el Ejecutivo, como el Congreso, respecto al nombramiento: ¿De qué servirá poner en el cargo a un funcionario cercano o de los afectos del Gobernador, si su responsabilidad será de nueve años, y al Ejecutivo actual le quedan menos de seis? De hacerlo, únicamente estaría condenando a tener un buen aliado en la Fiscalía, pero que tendría que dejar su cargo antes de cumplir su periodo —ya en la siguiente administración— por el mismo cuestionamiento político por el que denodadamente hicieron renuncia al ex fiscal Carrillo Ruiz.

Así, en el campo del deber ser, el Fiscal tendría que ser la persona más legitimada social, profesional y políticamente para ocupar ese cargo. No necesita ser un subordinado ni un allegado incondicional del Gobernador porque esa no es la naturaleza del cargo. La Fiscalía está diseñada para no estar supeditada al Gobernador, porque las tareas de investigación y de procuración de justicia —entre todo ello, el ejercicio de la acción penal, como un punto clave— no deben estar puestas al criterio o conveniencia del Ejecutivo. Evidentemente, debe haber una interacción constructiva y civilizada, pero sin que ello signifique que el Fiscal seguirá siendo un subordinado del Gobernador, porque ello rompe con la naturaleza y el anhelo de la autonomía que se plasmó en la Constitución.

Algo muy similar tendrá que ocurrir con los demás órganos, si es que gobierno y Congreso están dispuestos a dar pasos para estabilizar a las instituciones y darles viabilidad en el mediano y largo plazo. Pronto lo veremos.

INTRIGAS PANISTAS

Entre todo esto, se dice que la más interesada en apurar el proceso para el nombramiento del Fiscal General, es la diputada Eufrosina Cruz. Quiere que eso se resuelva antes de que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) emita el fallo final sobre la elección del dirigente panista. Básicamente, comentan en el mismo Congreso, a Cruz Mendoza le viene bien la celeridad del proceso porque intentará negociar vicefiscalías regionales, direcciones y demás espacios administrativos con el nuevo Fiscal, independientemente de que también busca influir en el cambio de coordinador en su bancada. No tiene certeza de que finalmente el TEPJF les dé la razón. Por eso quieren hacerlo todo dentro de esta semana que inicia, en esos ejercicios de política que a estas alturas son francamente indeseables para Oaxaca.

¿El PRI va a terminar siendo cómplice de Cué al protegerlo vs juicio político?

 

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+ El juicio político sólo puede desahogarse en el año siguiente de dejar el cargo


Es una paradoja, pero parece que algunos diputados de la Fracción Parlamentaria del PRI fungirán ahora como aliados y encubridores del ex gobernador Gabino Cué Monteagudo. Los últimos movimientos en el Congreso del Estado, respecto al procedimiento de juicio político que ahí se desahoga en contra del ex Mandatario, así lo confirman. Parece que el priismo está dilatando el proceso para finalmente terminar excluyendo de responsabilidad política a Cué por el simple paso del tiempo y por la inacción legislativa.

En efecto, en el Congreso del Estado se desahoga ahora mismo un procedimiento de juicio político, promovido ante la Comisión Instructora por cercanos al senador y ex aspirante a la gubernatura, Benjamín Robles Montoya. Dicha Comisión es encabezada por la diputada de Morena María de Jesús Melgar Vásquez, y dentro del trabajo técnico ha venido dando seguimiento a la solicitud de juicio que presentaron tres personas.

En el punto en el que se encuentra el trámite del procedimiento, ahora se le debe dar vista al acusado —el ex gobernador Cué— para que éste tenga oportunidad de presentar sus alegatos y defensas, y una vez ocurrido esto, el Pleno del Congreso se erija en jurado de sentencia para resolver el asunto y decida si lo encuentra responsable y qué sanción podría aplicarle —que en este caso tendría que ser la inhabilitación para ocupar comisiones o cargos públicos, y de representación popular, hasta por un periodo de 12 años.

Frente a esto, la diputada del PRI Mercedes Rojas Saldaña salió al paso para defender, quién sabe si por voluntad o inopinadamente, al ex gobernador Cué. Mediante un comunicado, la Legisladora sostuvo que la fracción parlamentaria del PRI “considera que el inicio de juicio político en contra del ex gobernador coalicionista, Gabino Cué Monteagudo, es un acto mediático”.

La legisladora —dice el comunicado— justificó que el no haber firmado el inicio del procedimiento del juicio político, es debido a que como fracción buscan un juicio serio, con todas las pruebas suficientes que permitan sancionar al ex mandatario de manera contundente. En ese contexto, reveló que la actual Comisión Instructora solo cuenta con copias simples de auditorías realizadas hace un año, y sin especificar cuántas observaciones se realizaron a la administración del ex gobernador Gabino Cué.

“Por eso indicó que es importante se recaben pruebas claras de la Auditoría Superior de la Federación (ASF) para que se inicie un proceso serio en contra del ex mandatario estatal. Dijo ser respetuosa de la Comisión Instructora, pero ella no firmó el documento de inicio de juicio político por las razones expuestas. Pidió a sus compañeros sensatez y cordura para que el juicio político a iniciar a Gabino Cué sea contundente”, finaliza el comunicado.

¿Cuáles son las posibles interpretaciones de esta decisión francamente poco clara de la fracción priista? En el esquema más simple, pudieran estar confundiendo la responsabilidad administrativa y penal que pudiera derivar de la gestión del ex gobernador Cué, con su responsabilidad política. Pues queda claro que para las dos primeras, sí es necesario contar con los resultados de auditoría y todo un esquema de probanzas arrojadas por revisiones tanto de las instancias estatales como federales encargadas de la fiscalización de los ejercicios anuales de la administración anterior.

Sin embargo, la responsabilidad política corre por un sendero que, aunque es paralelo al anterior, es distinto de aquel. Pues aunque pareciera verdad de Perogrullo, es claro que el juicio político tiene como finalidad incidir en los derechos políticos de la persona que a juicio de la Legislatura tuvo actúa, o actuó incorrectamente, durante el periodo en el que fue servidor público.

Ello se refleja en la destitución del cargo —cuando se encuentran en activo—, y inhabilitación para ocupar nuevas responsabilidades públicas por un periodo determinado de tiempo. ¿En dónde impactan esas dos decisiones posibles? Lo hacen directamente en los derechos políticos de la persona que es hallada culpable de responsabilidad política. Por eso la afirmación de que el juicio político es —y aunque parezca juego de palabras— tiene efectos de naturaleza política, independientemente de lo que pudiera ocurrir por las vías administrativa y penal, que no son afectadas por el juicio político.

PROBLEMAS CONSTITUCIONALES

Hay un problema aún mayor que no ve la diputada Rojas Saldaña. El artículo 114 de la Constitución del Estado de Oaxaca establece que “el procedimiento de juicio político sólo podrá iniciarse durante el periodo en el que el servidor público desempeñe su cargo y dentro de un año después. Las sanciones correspondientes se aplicarán en un periodo no mayor de un año a partir de iniciado el procedimiento”.

¿Cuál es el problema? Que si la diputada Rojas Saldaña opta por esperar a que, como dice, se recaben las pruebas suficientes aportadas por los resultados de las revisiones practicadas por la Auditoría Superior de la Federación, por lo menos tendría que esperar hasta el mes de septiembre para que dicha instancia entregue sus resultados de auditoría correspondientes al año previo, y sólo después de conocer lo que resulte de ellos, iniciar un trámite “contundente” de juicio político, con el enorme riesgo de que en el solo desahogo del procedimiento podría llegar el 30 de noviembre, plazo en el cual se cumple un año de que Cué dejó la gubernatura, y entonces quedar inhabilitado el Congreso para desahogar el juicio político por la prescripción que la propia Constitución establece para este mecanismo.

En esa lógica, puede entenderse que se pretenda cierto rigorismo; sin embargo, en estas condiciones tal rigorismo más bien parece una excusa aparentemente bien planteada para mantener el halo de impunidad, que cada vez se ve con mayor claridad que algunos grupos del propio régimen actual quieren procurarle al ex Gobernador, quién sabe a partir de qué acuerdo o compromiso. Fuera de ello, no existe una lógica clara para pretender que el trámite actual no continúe, a pesar de que dentro del abanico de posibilidades se encuentra —como en todo procedimiento jurisdiccional, incluso dentro de la justicia ordinaria— de presentar pruebas supervenientes cuando se tenga noticia de nuevas probanzas que son trascendentes para el resultado de un juicio.

Al final, si no existe voluntad de continuar este trámite de juicio político por parte de quienes tienen la mayoría de diputados en la Legislatura —mayoría que, por cierto, no es alcanza para determinar el desechamiento de un trámite como éste—, sí debería haber demostraciones claras de voluntad y capacidad en el propio gobierno actual para indagar la gestión de los funcionarios anteriores, y comenzar a proceder en su contra.

El problema es que en todo se ve silencio, evasivas y apariencias de incapacidad. No les queda claro que su peor escenario es terminar siendo cómplices de quienes dejaron colapsada la economía y las finanzas públicas de la entidad, y defraudados y desilusionados a millones de oaxaqueños.

CORREN APUESTAS…

Doble contra sencillo, a que cualquier acuerdo que se construya entre el Gobierno del Estado y el Comité de la Sección 22 que se encuentra en las mesas de trabajo para la atención de su pliego petitorio, será rechazado por la Asamblea Estatal. En el proceso de entender la lógica magisterial, deberían saber que la clave de los acuerdos no está en el Comité Seccional sino en la Asamblea Estatal, que cada que sesiona evoca la noche de los cuchillos largos. Para dejarlo registrado. Y volver después a ello.

Después de S-22, los sindicatos de la UABJO son los más nocivos para Oaxaca

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+ Insaciables, ninguno de los sindicatos universitarios aporta algo a la educación


Quién sabe si en la agenda de la gobernabilidad estatal actual, la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca ocupe algún espacio importante, aunque debería ser así. Pero donde sí debiera tener un lugar importante es en el de la atención a los conflictos político-sindicales que afectan a la educación. Pues si en el ámbito de la educación básica y media básica, la relación del gobierno con la Sección 22 del SNTE ocupa un lugar preponderante, también debería existir un espacio para rescatar a la Universidad —a los universitarios— de sus propios sindicatos.

En efecto, la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca representa un caso excepcional en el país, por ser la única universidad que enfrenta relaciones de negociación laboral con seis sindicatos simultáneamente. Esto resulta inexplicable a la luz del derecho laboral y de la lógica jurídica, pero es una realidad determinada por las circunstancias políticas que han envuelto a la universidad. Pues desde hace décadas, cada que un conflicto se sale de control y no puede ser resuelto mediante las dádivas tradicionales, la conjura universidad-gobierno han hecho la “magia” de conceder tomas de nota a diestra y siniestra con tal de mantener una relación aparentemente civilizada con los grupos políticos.

Ejemplos hay de sobra. Desde el primer sindicato, el Sindicato de Trabajadores y Empleados de la UABJO, todos los gremios han sido creados al margen de los afanes académicos que debía perseguir la Universidad. El STAUO —que se supone que fue el primer sindicato de académicos universitarios—, por ejemplo, se ha ido dividiendo en facciones cada vez más pequeñas y radicalizadas que buscan objetivos cada vez más aislados y menos relacionados con la educación de los universitarios.

De las sucesivas divisiones del STAUO, a su vez, surgieron otros gremios como el SUMA —refugio histórico de los Martínez Alavés, que también ha demostrado tener muy poco que ver con la educación—, el llamado “STAUO democrático” y todas sus subdivisiones que, a estas alturas, ya más parecen clubes sociales que verdaderas estructuras con alguna finalidad relacionada o con el sindicalismo, o con la educación.

Además de eso, hay otros grupos sindicales que incluso rayan en lo inverosímil, como el sindicato de trabajadores de confianza de la Universidad, que contra todo sentido tiene pleno reconocimiento como sindicato —y también como grupo de presión— a pesar de que se supone que la lógica apunta a que la idea del trabajador sindicalizado y del que tiene la calidad de confianza, son excluyentes entre sí, y que por eso no puede haber empleados con ésta última categoría que puedan tener un gremio válidamente.

Aún así, en la UABJO existe esa situación. Y cada año, el sindicato de trabajadores de confianza negocia, presiona y amaga en la misma medida que los otros gremios, a pesar de su inferioridad numérica, de su poca influencia al interior de la Universidad, y de su nula vinculación con los temas educativos y de investigación que se supone que deberían ser la prioridad en esa y cualquier otra universidad seria.

Y, de hecho, la última facción sindical creada recientemente es el llamado SUA (Sindicato Universitario de Académicos), a través de la cual han intentado encauzar el reciente conflicto creado por el empecinamiento de la familia Martínez Alavés por ejercer un poder excluyente con el segundo grupo más importante de la Universidad, hoy comandado por el ex candidato a Rector, Silviano Cabrera Gómez.

¿Cuál es el problema? Que momentáneamente podrían darle gobernabilidad a la Universidad en el umbral de un conflicto de grandes proporciones, como el que podría ocurrir en el futuro cercano si no se dan las condiciones de distensión entre los grupos. Sin embargo, nada garantiza que en el mediano plazo Cabrera Gómez y su grupo mantengan el control del nuevo gremio, y que éste no termine volviéndose no en contra de algún grupo, sino de la Universidad y de la academia, como ha ocurrido con todos los demás sindicatos universitarios.

REPETICIÓN DE LA IGNOMINIA

En todo esto, la situación que impera hoy entre los sindicatos de la Universidad, es dramática. Pues al igual que como ocurre con la Sección 22 y sus agremiados, todos los sindicatos de la UABJO tienen por costumbre infundir la presión en sus propios integrantes para que acudan a las movilizaciones, acciones de presión y demás, e incluso para que sean parte del estado de cosas que impide que la Universidad avance.

Esto, que también ha sido corresponsabilidad de todos los rectores de las últimas décadas que han impulsado esa política de la coacción y la dádiva con la que evitan el compromiso académico, se ha convertido en una práctica de todos los días: empleados universitarios, que en su mayoría no cuentan con formación profesional, pero que por su habilidad y su experiencia, sí tienen la capacidad numérica para someter a la universidad a las presiones económicas, políticas y de condiciones de trabajo que ellos mismos han impuestos y que no están dispuestos a ceder.

En este caso, la situación es muy parecida que con la Sección 22 y sus agremiados. Por ejemplo, los controles sobre los trabajadores sindicalizados en la Universidad son prácticamente nulos; por años las autoridades universitarias no logran que los empleados trabajen y aporten algún beneficio para la academia y las funciones administrativas; también imperan prácticas como la transmisión hereditaria de plazas, las comisiones sindicales, los cotos de poder a través de los cuales se marginan voluntariamente de cualquier trabajo o responsabilidad amplios grupos de trabajadores; y una situación que hoy resulta incontrolable y que mengua incluso la viabilidad para el cumplimiento de los fines de la universidad incluso en el corto plazo.

De hecho, es bien sabido en la Universidad que sus propios trabajadores culpan a todo y a todos por no tener más, pero sin voltearse nunca a ver ellos mismos, que trabajan menos horas de las estipuladas; con dos o tres horas para desayunar todos los días; con premios económicos por no hacer huelga, con días de descanso por engañar que asisten a las marchas de protesta, que heredan sus plazas a sus familiares, que en suma son las y los que menos hacen por la UABJO. Son peores que los mentores de la Sección 22 del SNTE o que las y los burócratas de los gobiernos estatal y federal.

En medio de esta destrucción paulatina, ha trascendido por fuentes de la propia Universidad, que la UABJO se queda sin dinero para pagar la nómina de más de cuatro mil trabajadores de sus seis sindicatos, y que el tren de vida de las y los trabajadores puede tener un atorón de vida o muerte entre agosto y septiembre de este mismo año. Los “focos rojos” están prendidos en la Universidad pública más grande e importante del Estado de Oaxaca. Quién sabe si sus trabajadores y sus sindicatos tengan algún tipo de conciencia de ello. Y quién sabe si el gobierno estatal —y el federal, que tampoco es ajeno a este problema— registren en su radar el riesgo de fondo que implica una situación tan inminente como ésta.

¿LOS DÍAS CONTADOS?

En medio de esto, siguen latentes los conflictos en las facultades de Derecho y Contaduría, que reflejan la agonía del grupo político del sempiterno cacique Abraham Martínez Alavés. El hilo, finalmente, se terminará rompiendo por lo más delgado: pronto, el rector Eduardo Bautista Martínez no tendrá más camino que ceder en la reintegración política de esas dos facultades para buscar el equilibrio que cada vez se ve más lejano. Sólo es, dicen, cuestión de tiempo. Aunque ello significará una nueva crisis con quienes irremediablemente se resistirán a ver perdido su poder (entiéndase, la llamada “familia real”).

Negociación con la Sección 22: también van por lo intrascendente

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+ Gobierno, en el límite de la construcción de una relación civilizada


En la timidez propia de una relación política que pende de alfileres, tanto el gobierno de Oaxaca como la Sección 22 del SNTE han evitado poner en claro cuáles son los límites de la mesa de negociación que ayer formalizaron el gobernador Alejandro Murat y la dirigencia magisterial en la entidad. Al no tener claros los límites, sólo puede pensarse que la 22 va por todo: desde las demandas políticas hasta la conquista de fondos para la continuación de sus lucrativas actividades económicas. Y con eso, quién sabe si el futuro tenga buenas noticias para Oaxaca.

En efecto, ayer un grupo de funcionarios encabezados por el Gobernador del Estado tuvieron el primer encuentro formal con la dirigencia de la Sección 22 del SNTE, en el inicio de las negociaciones que —se supone— deben llegar al día 15 con avances determinantes para evitar el paro indefinido de labores. Desde el mismo 1 de mayo se hizo público el contenido del pliego petitorio de la Sección 22, pero hasta el momento no se ha informado cuál es la tónica de la negociación, y cuál será el límite previo que establezca el gobierno estatal para el desahogo de la mesa de trabajo.

Pues sería importante saber cuáles son esos límites de fondo, más allá de la retórica y los lugares comunes ya conocidos desde ambos frentes. Esos argumentos que, del lado oficial, piden al magisterio ponderar los derechos de las personas y, en particular, el derecho de los niños a una educación de calidad; y que, del lado magisterial, se resumen a las eternas “respuestas mínimas e insuficientes” que reiteradamente dicen que les ofrece el gobierno, y de las “acciones contundentes” para presionar al gobierno al cumplimiento —nunca alcanzado— de la totalidad de las demandas contenidas en su pliego petitorio.

¿Cuáles son esos límites de fondo? Para el gobierno estatal, el límite tendría que estar bien delineado y ser el punto de referencia de la negociación: éste no puede negociar la abrogación de ninguna ley porque no es ni el Congreso del Estado ni el Congreso federal, como para abrogar la reforma educativa; tampoco puede negociar la derogación de la Ley Estatal de Educación porque ésta es la homologación lisa y llana de la legislación estatal con la federal, y derogarla sería como darse un disparo en el pie para la propia Sección 22, pues se quedarían sin instrumentos para seguir accediendo a los recursos con los que siguen teniendo cierto margen de acción el gobierno y ellos mismos.

En esa lógica, el Gobierno del Estado tampoco puede hacer algo por los “presos políticos”, entre los cuales se encuentran algunos de los secuestradores de los hijos de una conocida familia de la capital oaxaqueña; y ya tampoco puede hacer prácticamente nada por los regularizados a los que el gobierno federal accedió a incluir en la nómina magisterial en diciembre pasado pero que, por eso mismo, son ahora una potestad federal frente a la que el gobierno estatal sólo puede fungir como una especie de gestor pero ya sin mayor capacidad de negociación.

¿Qué sí pueden darles? Algunos recursos en aspectos extra docentes. Es decir, cumplir algunas de sus demandas económicas que no están específicamente ligadas al salario y prestaciones de los trabajadores de la educación, pero que sí son del interés de la dirigencia sindical que pretende no perder los esquemas financieros que silenciosamente han caracterizado su fuerza en los últimos años.

Incluso, en alguna medida, el gobierno estatal podría también fungir como interlocutor para la distensión del control que el gobierno federal le aplicó a los integrantes del Comité Ejecutivo Seccional desde los tiempos de Rubén Núñez Ginez para evitar que continuaran cobrando en la nómina magisterial a pesar de estar comisionados a labores sindicales.

S22: A LLEVARSE LO QUE PUEDAN

En el pliego petitorio 2017 de la Sección 22 no vienen establecidas las demandas salariales de los años anteriores, aunque ello no significa que la reactivación de la doble negociación no traiga aparejado un costo económico —quizá importante— para las arcas estatales, y que incluso ello no termine siendo la moneda de cambio para evitar el paro indefinido de labores y las acciones de hostigamiento que la Sección 22 comenzó a aplicar desde el día de ayer a la ciudadanía oaxaqueña. De nuevo, el problema es que como no sabemos cuáles son los límites en las mesas de trabajo —sino que sólo los inferimos, como en este ejercicio periodístico—, entonces no sabemos qué sí se podría negociar, y qué no.

Pues aunque no pide más salario o prestaciones, la Sección 22 sí es concreta en sus exigencias económicas, que ahora aparecen enmascaradas y un poco mimetizadas en las demandas políticas que son las iniciales. ¿Qué pide la 22, que sí podría darle el gobierno estatal? Exige, por ejemplo, recursos para la implementación del Plan para la Transformación de la Educación en Oaxaca (PTEO).

El gobierno bien puede cumplirle esta demanda accediendo a la implementación potestativa del PTEO en las escuelas o en las zonas donde pudiera haber acuerdo con los padres, y como una especie de mecanismo alternativo a lo que dicta la ley. Ello sería un acuerdo similar como al que llegaron con los normalistas que se quedaron sin plaza: no los contrataron como maestros pero sí les dieron una “beca” para seguirlos preparando —es un decir— como “promotores de lectura” que, en el fondo, no es sino una contratación disfrazada que, en los hechos, no ha servido mucho para mantenerlos apaciguados durante los últimos meses.

Otras dos demandas que bien podría cumplirle el gobierno a la Sección 22 son las señalados en los puntos 14 y 16 del pliego petitorio entregado el lunes pasado al gobierno estatal. ¿Qué dicen? La primera de ellas dice, textualmente, “se exige al gobierno federal recursos económicos que permitan la apertura y operatividad de una caja de ahorros para los trabajadores de la educación”; la segunda de ellas exige “la construcción, mantenimiento, remodelación de espacios dignos para el Movimiento Democrático de Trabajadores de la Educación”.

Tales demandas sí son susceptibles de ser cumplidas por el gobierno estatal, aunque ello signifique más compromisos económicos y más sangría para las arcas oaxaqueñas. Pueden ser cumplidas porque no guardan ninguna relación con el salario, prestaciones y estabilidad laboral de los trabajadores de la educación, que son temas en los que institucional y legalmente el gobierno de Oaxaca ya no tiene ningún tipo de injerencia, y porque sería también una forma del gobierno federal para permitirle al local cierto margen para negociar.

Y porque, además, son vías alternas que en un momento dado podrían contribuir a la distención de la negociación anual, aunque ello signifique el pago del correspondiente costo político para la administración estatal, que nuevamente estaría absorbiendo compromisos por demandas caprichosas de un gremio, que exigiría la construcción de espacios y beneficios para ellos, a costillas del dinero público y los contribuyentes.

RADICALES VS MODERADOS

Al final, la lucha de radicales contra moderados al interior de la Sección 22 será constante en estas semanas por venir. Ayer mismo, diversas voces intentaron responsabilizar a varios grupos políticos por el origen de los incendios ocurridos por la mañana en varias escuelas de la capital oaxaqueña. Podría ser, aunque en realidad casi todos los grupos influyentes al interior de la Sección 22 tienen relación con los grupos que gobiernan y que han gobernado la entidad en las últimas décadas. Por eso, además habría que ver y entender la lucha natural entre radicales y moderados al interior del sindicato, frente a un tema toral como la definición de la relación política entre el gobierno y la Sección 22 para los próximos años.

 Incalculable, la cifra negra sobre el costo de los procesos electorales

 

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+ Partidos, gobiernos y estructura institucional, complicidad sin límites


Hablamos todos los días de los gobernadores corruptos, del gobierno federal que gasta fuera de lo que le indica el Presupuesto de Egresos; hablamos también de empresarios que aceptan, promueven o conviven con la práctica de los moches; sabemos cotidianamente de funcionarios de cualquiera de los tres órdenes de gobierno a los que se les acusa de desviar recursos para las campañas electorales; y tampoco es la primera vez que se difunden videos de políticos y empresarios intercambiando dinero para campañas electorales. Vemos todo eso cotidianamente, además de presenciar cómo el árbitro electoral sufre de degradación crónica. ¿Y por qué no en lugar de indignarnos sin mover un dedo —en la acostumbrada doble moral mexicana—, hablamos de la cifra negra del costo de los procesos electorales en México?

En efecto, en materias como la criminología se conoce como “cifra negra” o “cifra oscura” a aquellos delitos que no se pueden llegar a cuantificar, y que por eso tampoco aparecen en las estadísticas oficiales o ciudadanas, por la sencilla razón de que ocurren pero no son denunciados ante autoridad alguna, y por eso no obra ningún tipo de registro sobre su incidencia, recurrencia, investigación, descubrimiento y acciones tendientes a hacer justicia. Estamos acostumbrados, pues, a escuchar sobre “cifras negras” en temas delincuenciales como los asaltos, los abusos sexuales, los secuestros, las extorsiones y otros delitos que por alguna causa nunca son denunciados ante la autoridad, y que por eso no pueden ser cuantificados ni perseguidos.

Pasa exactamente lo mismo con el costo de las elecciones. Podríamos atrevernos a decir que la violación a las reglas electorales es tan sistemática y profunda que podría incluso rebasar, por su gravedad y costo, a lo que ocurre cotidianamente con las violaciones a los reglamentos de tránsito en todas las ciudades del país. ¿De qué hablamos? De que, paradójicamente, tenemos uno de los sistemas electorales más avanzados y complejos del mundo, pero al mismo tiempo tenemos —como sociedad— una capacidad infinita para bordear los límites de la ley, para violarla, y para excederse en los mecanismos para la búsqueda del poder. Todo esto, a la larga, ha provocado un enorme problema de corrosión institucional de todo lo que tiene que ver con los procesos electorales. Veamos si no.

Era público que el ahora caído en desgracia ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, se decía seguro de que el gobierno federal nunca procedería en su contra a partir de que él “le había metido” varios miles de millones de pesos a la elección presidencial de 2012. A estas alturas, es seguro que el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto no habría procedido en su contra, de no haberse generado un clima de opinión tan profundo y unánime en contra de las acciones ilegales y la impunidad que se le estaba profiriendo a Duarte de Ochoa.

Junto a él, podemos ir a los ejemplos de cualquier otro de los 16 ex gobernadores que hoy enfrentan problemas con la justicia por sus excesos. Es cierto que en mucho tuvo que ver su ánimo personal de enriquecerse. Pero si se hurga un poco se podrá ver que en todos los casos, sin excepción, alguna parte de esa corrupción y desvío de recursos estuvo encaminada a “invertir” recursos en procesos electorales de sus mismas entidades o en otras. Sólo así se explica por qué hay gobernadores que en los últimos tres lustros se convirtieron en patrocinadores, mecenas y líderes morales de otros gobernadores, en una carrera escalonada que se puede ver hasta por coordenadas.

Por ejemplo, los primeros gobernadores que tuvieron los amplios márgenes presupuestales de maniobra de principios de la década del 2000 se dedicaron a incidir en los procesos electorales de otros estados en los que tenían interés. Así, por ejemplo, Javier Moreno Valle se convirtió en mesías de varios mandatarios a los que financió como candidatos; Ulises Ruiz hizo lo propio con varios gobernadores, como fue el caso de Roberto Borge en Quintana Roo; como lo hizo Juan Sabines también con varios mandatarios —incluyendo a Gabino Cué—; y cómo esa se convirtió en una práctica infinita y recurrente en la que el leitmotiv era la “inversión” de recursos públicos para influir en el resultado de las campañas electorales.

CIUDADANOS, CÓMPLICES

Sin embargo, esa corrupción y esa alimentación macro de la cifra negra del costo de las elecciones que se ha impulsado desde el propio gobierno, se repite, y quién sabe en qué medida, en las relaciones entre el poder y el mundo empresarial, a todos los niveles.

¿Cómo consiguen los candidatos recursos en efectivo que sirven para la movilización de estructurales electorales —cuestión que también es ilegal pero que ocurre a plena luz del día, como un ejercicio casi natural de los partidos por medio del cual sacan a las calles a sus votantes cautivos para asegurarse que sufraguen como ellos quieren—, para el transporte en aeronaves, para la compra de despensas, enseres y demás objetos que utilizan como mecanismos de coacción del voto?

Lo hacen, evidentemente, a través de la corrupción. Estamos acostumbrados a escuchar que una elección “vale X cantidad de dinero” independientemente de lo que aporta el presupuesto público —y que ya de por sí es muchísimo dinero—, y a simplemente no preguntarnos de dónde salen esos recursos, y a cambio de qué son pedidos y entregados.

¿Que a cambio de qué son dados y pedidos? Obvio: a cambio de beneficios indebidos; a cambio de asignación discrecional de obras, contratos y servicios; de aceptación de que éstos se realicen a costos inflados, superiores a los del valor del mercado; o a cambio de que, al llegar al poder, la autoridad no voltee la mirada ni esté atenta a “ciertas actividades” que son del interés de los financiadores, pero que pueden ser incluso ilícitas.

Todo eso implica la corrupción en los procesos electorales, y por eso hoy nadie puede saber cuánto vale en realidad una elección del tamaño de la del Estado de México, o cuánto podría llegar a costar —entre cifras visibles y datos negros— un proceso como el presidencial del año próximo. Es imposible saberlo porque ni siquiera los partidos que abanderan a Delfina Gómez o a Alfredo del Mazo, o a cualquiera otro de los candidatos a Gobernador del Estado de México, saben bien a bien cuántos recursos se movilizan, cuántos compromisos lícitos e ilícitos se pactan a partir de los recursos que particulares les entregan sin control y en efectivo o especie, ni cuánta gente se involucra “a cambio de algo” en las labores proselitistas. Si hoy no pueden llegar a saber ni cuánto puede llegar a costar realmente la elección en su partido o con su candidato, difícilmente podrían llegar a tener una cifra total del costo real de esa elección. Aunque en todo eso exista una sola certeza: la cifra, de lograr conocerla, sería estremecedora y escandalosa.

NO HAY COMPROMISO

En México estamos en un callejón sin salida: el multimillonario gasto que se destina del presupuesto a los procesos electorales, creció tanto ante la desconfianza mutua de los recursos privados que se reciben para las campañas. Aquí, pues, no se hacen recaudaciones entre ciudadanos interesados en un mejor gobierno, sino entre todos los que desean algo de él y deciden “invertir” su dinero a cambio de algo. Desde empresarios hasta narcotraficantes o criminales. ¿Que deben ser menos costosas las elecciones? Todos estamos de acuerdo. ¿Pero cuándo habrá el consenso y el compromiso de eliminar las cifras negras y de ajustar los procesos electorales a las reglas más básicas de la equidad y el respeto a las normas de la contienda? En México, quizá nunca.

Avilés no se va a Morena pero sí ha buscado incidir en una de sus facciones

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+ Rencillas al interior del gabinete impiden plantear escenarios rumbo a 2018


Ayer se dejó correr la versión de que el defenestrado ex secretario General de Gobierno, Alejandro Avilés Álvarez, podría adherirse al partido Movimiento de Regeneración Nacional para buscar alguna candidatura en los comicios federales del año próximo. Aunque no existía hasta anoche ninguna confirmación o desmentido directo sobre la versión, lo que sí se debe reconocer es que Avilés ha intentado tener ascendencia al interior de Morena. Lo ha logrado, quizá, parcialmente. Pero en sus condiciones actuales, es casi imposible que eso le sea suficiente para buscar alguna candidatura incluso de concejal en algún ayuntamiento en la elección del año próximo.

En efecto, ayer el periodista Alfredo Martínez de Aguilar dio a conocer una versión según la cual un integrante de Morena le había revelado que Avilés Álvarez se incorporaría a las filas de ese partido para buscar una diputación federal en 2018 bajo esas siglas. Sin ofrecer más detalles, señalaba que Avilés podría no ser el único priista resentido en desfilar a las filas de Morena, aunque tampoco ofreció detalles sobre el posible cambio de partido de algunos políticos hoy identificados bajo las siglas del PRI.

En el fondo, no existe ninguna certeza sobre la versión ofrecida por Martínez de Aguilar, pero lo que sí existen son datos concretos al interior de Morena que revelan cómo Avilés sí intentó incidir en ese partido, a partir de maniobras públicas y conocidas que revelan también el talante corruptor por el que es ampliamente identificado en la entidad oaxaqueña.

Para entender lo anterior, habría que partir de un análisis simple de la composición de Morena en Oaxaca. Pues contrario a lo que pudiera pensarse, en Oaxaca éste no es un partido monolítico ni completamente vertical como su composición nacional. En aquel ámbito, hay un líder supremo e incuestionable llamado Andrés Manuel López Obrador.

Pero en Oaxaca existen por lo menos tres grupos influyentes que han intentado convivir bajo las siglas de un mismo partido, aunque en realidad lo han hecho con más problemas que beneficios, y que tienen ante sí el reto de la campaña presidencial del año próximo —en la que saben que López Obrador será el ganador indiscutible en la entidad—, pero sin tener ninguna certeza de cómo se repartirán entre ellos las candidaturas al Senado, a las diputaciones federales, a las diputaciones locales y a las presidencias municipales que, juntas, estarán en juego en los comicios de junio del año próximo.

Esos tres grupos son fácilmente identificables por sus respectivos liderazgos más visibles. Uno es el del ex senador Salomón Jara Cruz. Otro es el del dirigente social Flavio Sosa Villavicencio. Y existe un tercer grupo, con menos influencia que los dos anteriores, pero con un poder regional importante en el Istmo de Tehuantepec, que es comandado por los hermanos Serrano Toledo. Básicamente, Morena está compuesto de esos tres grupos. Y para entender los intentos de Avilés por influir en alguno de ellos, habría que entender sus respectivas vertientes e intereses que con dificultades han intentado convivir al interior de las mismas siglas partidistas.

TRES MORENAS

Por un lado está la facción de Salomón Jara, que se aprecia como una de las dos más importantes, y que basa su poder en la línea directa que tienen con Andrés Manuel López Obrador. Jara fue uno de los fundadores del partido en la entidad, y ha sido también uno de sus más intensos promotores, además de haber sido el candidato a la gubernatura en los comicios del año pasado. Salomón Jara presume —y demuestra— tener acceso directo al Presidente Nacional de su partido, y es quien también deja una importante capacidad de decisión en algunos de los temas más relevantes de ese partido.

El otro grupo es el de Flavio Sosa. Éste es concomitante al grupo de Salomón Jara, aunque ostenta sus propios liderazgos, que inician justamente con la presidenta del partido en la entidad, Nancy Ortiz Cabrera, que es una de las activistas sociales y políticas que durante mucho tiempo trabajó más con Flavio Sosa que con Jara Cruz, y que representa también el liderazgo que tiene éste último entre los sectores del Partido de la Revolución Democrática que se desprendieron hace tiempo para sumarse a los trabajos de Morena.

La tercera vertiente de Morena en Oaxaca descansa en el liderazgo de los hermanos Serrano Toledo en la región del Istmo de Tehuantepec. Ellos intentaron ser el primer Caballo de Troya para la candidatura a gobernador de José Antonio Estefan Garfias por el PRD. En 2015, Félix Serrano Toledo intentó por todas las vías posibles convertirse en abanderado del PRD a la diputación federal por el distrito electoral federal 05 con sede en Tehuantepec. Ese partido le cerró todas las puertas —incluyendo la ruptura del acuerdo por el que habían definido que sería candidato quien resultara el mejor posicionado en una encuesta mandada a hacer por la propia dirigencia nacional de aquel partido— al asumir que tenía el compromiso político —¿y económico?— de ungir a Estefan Garfias como candidato a la diputación federal para que, ganándola, tuviera una plataforma electoral para poder convertirse en candidato a la gubernatura.

Sólo con esas maniobras, Estefan Garfias se convirtió en candidato, y ganó la diputación federal de manera apretada frente a un candidato desconocido de nombra Pastor Girón Alonso, lanzado por los Serrano Toledo, a través del Partido Encuentro Social. Ello demostró el amplio control político que los hermanos Serrano ejercen en la región, pero también dejó ver el amplio respaldo financiero que “alguien” les estaba ofreciendo.

Ese “alguien” fue Alejandro Avilés, y no la dirigencia del PRI que, desde entonces y hasta ahora, ha sido un mero adorno. Éste era compañero de Legislatura de Félix Serrano. Avilés manejó discrecionalmente el mayor presupuesto de la historia del Congreso del Estado. Y en aquel momento compartían el objetivo común de aguarle las aspiraciones políticas a Estefan porque ello significaba cancelarlo como candidato a la gubernatura por el PRD.

Casi lo logran. Y mientras, Avilés se la pasó financiando a otros pequeños grupos de Morena como el de Armando Contreras Castillo para que realizara recorridos y estableciera representaciones en las comunidades. En su lógica, Avilés sembraba con eso pequeñas semillas de respaldo y apertura política en el partido que a la larga, pensaba, sería el más importante adversario del PRI para los comicios siguientes.

¿HAY FUTURO?

Al final, los vericuetos de la vida pusieron a Avilés no sólo fuera del gobierno sino quizá, también, del poder al interior del PRI. Ello permite elucubrar sobre la posibilidad de que pudiera emigrar a Morena. Aunque, en los hechos, Avilés nunca ha sido un político competitivo —la última elección en la que participó como candidato, por ejemplo, la perdió— y es, de hecho, una de las figuras políticas más rechazadas, y de peor fama, en el escenario estatal. En esas condiciones, quién sabe si tendría posibilidad de volver a presentarse como candidato a algún cargo de elección popular; y quién sabe si sus apuestas a futuro, con el grupo menos influyente de Morena, le pueda de verdad alcanzar para algo en la ruleta electoral del año próximo. Al margen de las fantasías, esto parece casi imposible.

Puede Mafud, y hasta podría ser Osorio Chong, pero Segego seguirá inoperante

 

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+ Secretaría General, con escollos estructurales y políticos que la inhiben de fondo


Debiera ser visto como un caso de estudio, el hecho de que María del Carmen Ricárdez Vela fue encargada de la Secretaría General de Gobierno (Segego) por alrededor de una semana, y los temas y a las comunidades que atendió rápidamente se dijeron inconformes y hasta timadas. Debiera ser, insistimos, un caso de estudio si es que los nuevos funcionarios de la dependencia, con Héctor Anuar Mafud Mafud a la cabeza, tuvieran ganas de entender la crisis institucional de la Secretaría General de Gobierno, para hacer algo por mejorarla. Pues en sus condiciones actuales, la Segego podría estar encabezada hasta por Miguel Ángel Osorio Chong, y de todos modos ser el mismo ente abúlico, predecible e inoperante que ha sido en los últimos años.

En efecto, una interrogante que debería tener el nuevo Titular de la Segego es qué estructura administrativa necesitaría para poder tener un destino distinto, y mejor, al de los titulares de esa dependencia en las últimas tres administraciones, que al margen de sus nombres y trayectorias políticas —en algunos casos muy notables, como la de Jesús Martínez Álvarez o Alfonso Gómez Sandoval Hernández—, se han enfrentado a los problemas estructurales que han impedido un trabajo más eficaz en las tareas de concertación, gobernabilidad y control en los conflictos políticos de la entidad.

A estas alturas, y luego de la amarga experiencia —para Oaxaca— del paso de Alejandro Avilés Álvarez por la General de Gobierno, esta debería ser una interrogante indispensable. Mafud tendría que estar evaluando, desde el primer día de su segunda gestión como titular de la Segego, qué se perdió, qué necesita componerse y, sobre todo, qué Secretaría General de Gobierno necesita Oaxaca, por encima de la estructura administrativa para incluir en la nómina oficial a sus allegados, o las ambiciones políticas que él pudiera abrevar en lo particular.

En el caso de Avilés, siempre quedó claro que él sí se dedicó a pensar en la Secretaría que él quería, sin considerar si eso mismo era lo que Oaxaca necesitaba. Por eso, en nuestra entrega del 18 de abril, en el marco de la ‘renuncia’ de Avilés a la Secretaría General, apuntamos algo que ahora Mafud tendría que reconsiderar con seriedad, ahora que en él recayó la responsabilidad de encabezar los trabajos de la gobernabilidad y que está obligado a tener una gestión eficaz no para su camarilla ni para sus intereses, sino para Oaxaca.

Avilés —apuntamos en aquella ocasión— nunca se preguntó qué necesitaba modelo actual de la Segego para operar correctamente. Más bien, lo que intentó en la reforma a la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo, ocurrida en septiembre del año pasado, fue tomar la mayor cantidad de espacios posibles para tener, en su lógica, la mayor cantidad de poder respecto a la integración del gabinete. Por eso la Segego nuevamente asumió las delegaciones de gobierno —que no fue sino el cambio de nombre de las coordinaciones regionales que ya existían, y que entonces como ahora eran inoperantes— e intentó ganar espacios al interior del gabinete.

REPETIR EL PASADO

Lo que seguramente Avilés nunca consideró —seguimos apuntando en nuestra entrega del 18 de abril— es que la influencia de la Secretaría General no se traduce en qué tanto margen de operación tiene hacia dentro, sino en qué tanta influencia tiene con relación a las demás secretarías del gobierno. Por eso, en una integración ‘plural’ del gabinete —o de reparto entre grupos, como también se podría leer— su influencia resultó relativa, y sus excesos y errores iniciales significaron una señal en sentido contrario de lo que quizá habría querido para mostrarse como un secretario fuerte.

“Avilés, de hecho, nunca demostró ascendencia con el Gobernador —es decir, que éste lo escuchara y respetara su opinión—; nunca demostró asertividad en el manejo de los conflictos políticos; tampoco demostró control ni influencia con cualquier otro ente que no fueran los partidos políticos; fue rápidamente desacreditado por las principales organizaciones sociales, encabezadas por la Sección 22 que, por su misma falta de ascendencia respecto al gabinete, no lo reconoció como un interlocutor válido, y luego abiertamente pidió su renuncia; y todo lo coronó con sus rápidas muestras de corrupción, de manejo patrimonialista del presupuesto y recursos de la dependencia, y de avidez en asuntos como su insistencia machacona en temas en los que contradecía al Gobernador, como la permanencia de los administradores municipales.

“Por eso hoy quien vaya a resultar como nuevo titular de la General de Gobierno debe preguntarse con seriedad si esa estructura actual —que es un Frankenstein entre el pasado, y las ambiciones de Avilés— le sirve a quien resulte como Titular de la Segego para desarrollar una gestión a favor Oaxaca, o si es necesaria una reingeniería de la dependencia para que en verdad pueda ser operativa, independientemente de qué tantos empleos tiene el Secretario para repartir entre sus allegados.

“En el fondo, hay un elemento subjetivo que se debe considerar, y es que quien sea designado como titular de la dependencia sea en verdad alguien que entrevere el entendimiento real de los procesos políticos y de gobernabilidad de la entidad —y que no sea una repetición de la soberbia e insensibilidad que se aprecia claramente en muchos funcionarios de la administración estatal, que siguen pensando que el gobierno de Oaxaca es una dependencia federal—, con el respeto y el respaldo político del Gobernador para ser, de jure o de facto, un jefe de gabinete que se pueda allegar de la ayuda todo el gobierno para resolver los problemas de la entidad.

“Si no se cumplen esos parámetros mínimos, y no existe ese ejercicio de autocrítica sobre la administración pública, entonces no podremos esperar sino una repetición de los excesos, errores y debilidades que llevaron a Avilés al fracaso.”

Frente a las circunstancias, vale remarcar lo dicho, ahora particularizándolo en la figura de Mafud Mafud: si el Gobernador no le da el respaldo político que necesita, si no lo instituye de jure o de facto como un Jefe de Gabinete, y si no gana el respeto y el respaldo de todas las dependencias que deben coadyuvar para encauzar los conflictos y los problemas políticos de la entidad, entonces dentro de una o dos semanas comenzaremos a escuchar —como fue el caso inercial de Carmelita Ricárdez— que Mafud tima a la gente, que no tiene capacidad operativa, y que es —como se ha señalado de sus antecesores inmediatos— sólo un costoso ornamento para la administración pública.

En el fondo, debían entenderlo con sencillez: con una estructura contradictoria e inoperante, y sin el respaldo político del Gobernador, cualquiera podría ser el Secretario General de Gobierno con los mismos malos resultados. Podría ser Mafud, cualquier otro del gabinete, o hasta Miguel Ángel Osorio Chong y los resultados serían más o menos los mismos, o hasta peores si a ello se le combinara inexperiencia, soberbia, prepotencia y algunos otros males que son casi inherentes a esas responsabilidades, y que abundan en un escenario como el actual de Oaxaca.

¿Estará claro Mafud de eso? Pronto lo sabremos.

¿ENCUBRIMIENTO?

Ayer la delegación en Oaxaca de Coparmex emitió un duro comunicado particularmente contra los encargados del área financiera del gobierno estatal, porque les exigen que contra un pago parcial de sus adeudos, firmen desistimientos anticipados de cualquier acción judicial. Coparmex dice: no queremos ir contra el gobierno actual, sino contra los responsables de la administración de Gabino Cué, por este quebranto financiero. El problema es que al obligarlos a firmar esos documentos, los funcionarios actuales deslindan y protegen a los anteriores, e inopinadamente se vuelven sus cómplices. Algo contradictorio, artero e inadmisible, desde el ángulo que se le vea.

A pesar del cadalso de Javier Duarte, México sin voluntad vs la corrupción

 

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+ Las entidades federativas sin controles efectivos; el SNA no muestra eficacia


Parecería hasta una burla afirmarlo, pero todavía unos días antes de dejar la gubernatura de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa era, institucionalmente, uno de los 32 hombres más poderosos de la geografía nacional. Ello es una muestra de que a pesar de la aparente voluntad del gobierno federal por perseguir y castigar a los gobernadores y funcionarios corruptos, en realidad la gran sacudida institucional que necesitaría el Estado mexicano sigue sin llegar, y que sigue siendo más fuerte —para bien o para mal— la presión política del gobierno federal, que el cada vez más deslucido y maltrecho Sistema Nacional Anticorrupción, que aún sin haberse puesto en marcha ya parece un producto constitucional que nació muerto.

En efecto, Duarte era Gobernador Constitucional de una entidad; ostentaba un poder público emanado y convalidado por el voto popular, y tenía bajo su control una de las entidades federativas económicamente más poderosas en el país. Gobernaba a plenitud a pesar de las reiteradas denuncias por corrupción y desvíos; la Auditoría Superior de la Federación se quejaba amargamente de no poder hacer más en contra del mandatario veracruzano. Y hasta hace pocas semanas, el gobierno federal no había dado ninguna señal de querer intervenir en la preocupante situación de aquella entidad federativa. ¿El caso Duarte será un incentivo contra la corrupción?

Pues, de hecho, la caída de Duarte se explica en unos cuántos días, y en eso tuvo mucho que ver la presión política que ejerció en su contra el gobierno federal, más que los efectivos controles constitucionales y legales de combate a la corrupción, o lo que pudieran hacer las instituciones encargadas del ejercicio del gasto público o las encargadas de la fiscalización de los recursos.

Básicamente, Duarte de Ochoa fue obligado a pedir licencia cuando el Presidente de la República entendió que, o protegía al Gobernador a cambio de la propia estabilidad política de su gobierno, o lo entregaba a la justicia como forma de lavarse la cara frente a los mexicanos, y demostrar algo de voluntad por el combate a la corrupción. Ello convalidó, silenciosamente, el hecho de que la presión política del Presidente —que, en sentido contrario, puede fungir como un manto protector contra las acciones del mismo Estado— sigue teniendo más influencia y poder en México que las instituciones del Estado.

Duarte a esas alturas era ya indefendible, y por esa razón el gobierno federal lo único que hizo, con su licencia y con los expedientes penales que se abrieron, fue confirmar que todas las denuncias de corrupción existentes en su contra, tenían una base judicial. De hecho, fue la sociedad mexicana —sociedad civil organizada, medios de comunicación, organizaciones y hasta las redes sociales— quienes mucho tiempo antes habían demostrado el talante autoritario y corrupto de Duarte de Ochoa, y sólo hacía falta que la autoridad estableciera un criterio frente a esas evidencias.

Desde antes ya se había hablado de las amenazas de Duarte contra la prensa, del brutal dispendio de recursos económicos del gobierno veracruzano, de la existencia de redes de corrupción y blanqueo de recursos; de la ostentosa vida del Gobernador y de su familia, y de la forma abierta en la que utilizaba al gobierno en un sentido claramente patrimonialista, al margen de cualquier temor relacionado con la justicia, con su futuro e incluso con su prestigio luego que dejara de ser Gobernador.

¿Qué hizo el gobierno federal? Atender al llamado a la justicia, pero de acuerdo a su calendario. Por eso, no es mérito del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto estar procesando y haber capturado a Duarte, en una aparente ‘cacería’ de la PGR: lo hizo quizá un año y medio después de que se constatara la calaña del ahora ex Mandatario, y de que existieran evidencias que permitieran la integración de denuncias penales por la posible comisión de diversos delitos.

Además de todo eso, lo persiguió laxamente durante sus primeras semanas como ex Mandatario, y sólo apresuró su búsqueda y localización cuando se le atravesó el calendario electoral del Estado de México, en el que uno de los temas principales de la agenda de los partidos de oposición era justamente la impunidad prohijada a Duarte en su fuga.

¿Y LOS DEMÁS?

Hoy Javier Duarte está en prisión y es el ejemplo negro nacional del mandatario corrupto al que lo alcanza la justicia. Sin embargo, para que eso pasara tuvo que haber una descomunal presión de la sociedad, y la demostración brutal de que la fuga y la impunidad de Duarte eran directamente proporcionales a la caída en los índices de popularidad del presidente Peña Nieto y, lo más importante, de las preferencias electorales del PRI rumbo a la contienda electoral por la gubernatura del Estado de México, y las elecciones presidenciales de 2018, en las que se ve muy complicado que el PRI pueda refrendar el triunfo en la Presidencia de la República.

Sin embargo, al margen de todo eso la cuestión que sigue pendiente, es saber si el gobierno federal hará lo mismo con otros ex Mandatarios que también son señalados de corrupción. El asunto se vuelve relevante no sólo cuando se aprecia el contraste entre la vida de lujos, excesos e impunidad que envuelve a los Gobernadores, y la vida de resto de las personas; sino que hoy, además, esos lujos son directamente proporcionales al nivel de deuda y de los problemas financieros que enfrentan las entidades federativas, de cara a la reducción presupuestal que se viene para el año próximo.

Esa crisis generalizada del país —que no fue causada únicamente por los gobernadores, pero que sí forman parte del cúmulo de problemas que enfrentan los estados del país y el gobierno federal— hará sufrir a muchas personas; y todo se ahondará cuando comiencen —si no es que ya iniciaron— a verse los estragos que están causando la irresponsabilidad, la corrupción y los excesos cometidos por muchos gobernadores, en el ejercicio de sus funciones. El mexicano común está particularmente agraviado no sólo por la crítica situación en que subsiste, sino también porque durante mucho tiempo se ha prometido combate a la corrupción pero se ha procurado exactamente lo contrario.

Por eso el gobierno federal está urgido de procesar a Duarte, y quizá, si tiene voluntad, también lo esté de ir en contra de otros mandatarios que están directamente detrás de Duarte en la lista de procesados: Roberto Borge, César Duarte y Guillermo Padrés, entre otros que podrían no estar tan visibles —como es el caso del ex Gobernador de Oaxaca— pero que también enfrentan señalamientos por posibles actos indebidos. Y lo que sería realmente relevante es que no sólo tuviera voluntad política sino que estableciera los controles que ahora no existen, y que permitieron que Javier Duarte llegara al extremo de la ignominia que lo tiene también al borde de la prisión.

PARADOJAS

Por todo eso, resulta también muy preocupante el doble rasero del combate a la corrupción: por un lado se persigue implacablemente a algunos corruptos sólo para quedar bien con la ciudadanía, pero por el otro extremo, y al mismo tiempo, se entorpece por todos los medios posibles, y en una auténtica conspiración de la partidocracia contra el propio Estado, el arranque del Sistema Nacional Anticorrupción. ¿O cómo se le puede llamar a la demora de más de un año en el nombramiento del Fiscal Anticorrupción, en el Senado?

 

Peimbert revive las agresiones fantasiosas de los tiempos de Segreste

 

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+ Nochixtlán, bastión de Peimbert; ahí, él no media sino atiza conflicto


La historia de un ombudsman que inventa una agresión para ganar notoriedad ya la vimos en Oaxaca en los tiempos de Sergio Segreste Ríos, y ahora parece querer revivir en los tiempos de Arturo de Jesús Peimbert Calvo como titular de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca. Ante estas maniobras, el Congreso del Estado debería valorar la viabilidad de mantener a un Ombudsman que parece haber perdido el sentido de función como defensor de los derechos humanos, para convertir las secuelas del enfrentamiento del año pasado en Nochixtlán, en un conflicto innecesario, doloroso y costoso para Oaxaca.

En efecto, en los anales de la historia está registrada una agresión que sólo Sergio Segreste Ríos sabe si en realidad ocurrió. En aquellos años el entonces Ombudsman estatal aseguró que había sido agredido en medio de una manifestación por personas cercanas al ex candidato a la gubernatura, Héctor Sánchez López.

Sólo ellos saben si esa agresión ocurrió, y si en verdad ello representaba algún tipo de riesgo entre dos hombres tan públicos como ellos, aunque lo cierto es que la mayor ganancia la sacó Segreste, que gracias a aquella denuncia de agresión por parte del entonces perredista exigió que el gobierno estatal le brindara protección, vehículos y la parafernalia policial con la que quizá siempre soñó, además de que con ese episodio, de alguna forma ganó cierta presencia en un ambiente en el que su gestión en específico había sido gris, deslucida y más marcada por sus escándalos personales que por sus capacidades como defensor de los derechos humanos frente al poder público.

Todo esto viene a la memoria a partir de que la semana pasada, Arturo Peimbert Calvo denunció que había sido víctima de una agresión, y luego se enredó en las distintas versiones que fue ofreciendo a lo largo de los días, hasta que finalmente el fin de semana tuvo que reconocer que nada de lo que había asegurado inicialmente era totalmente verídico y que en realidad la supuesta agresión fue sólo una amenaza sobre la que tampoco presentó prueba o testimonio que reforzara sus dichos.

Así, en la primera versión, Peimbert dijo haber resultado ileso, sin embargo le dijo a Noticias MVS que su vehículo presentaba daños en la portezuela y la batea, tras ser encañonado y recibir disparos cuando se había marchado del lugar. La agresión, dijo, “se perpetró cuando llevaba a cabo una grabación en las inmediaciones del municipio de Nochixtlán”.

Luego cambió la versión. El domingo, la sección Kiosko de El Universal, señalaba lo siguiente sobre la agresión: “Nos cuentan que el que no sabe dónde meter la cara de vergüenza es Arturo Peimbert Calvo, titular de la Defensoría de los Derechos Humanos de Oaxaca, pues la semana pasada se dio a conocer que había sufrido un ataque armado en Nochixtlán, y que hasta balazos había recibido su vehículo, todo por al apoyo que ha brindado a las víctimas del 19 de junio de 2016 pasado, cuando policías dispararon contra pobladores de esa comunidad. El problema, nos platican, fue que cuando el tema comenzó a crecer, el ómbudsman tuvo que salir a explicar que en el ataque nunca le dispararon y que en realidad sólo le apuntaron con el arma desde otro carro, pero no la semana pasada, sino desde el 22 de febrero”.

Luego de eso, la sección Kiosko señalaba: “Luego de la aclaración, nos comparten, son muchos los que preguntan si el presunto atentado no se trata de un intento desesperado de don Arturo para aferrarse al cargo, pues ha reconocido que a 10 meses de los hechos de Nochixtlán, donde murieron ocho personas, no hay ningún avance y hasta ha dicho que no existe una institución preparada para atender el caso.”

Tal parece, pues, que en realidad Peimbert Calvo sí quiere ganar popularidad pero no sólo para mantenerse en el cargo luego de los amplios y documentados cuestionamientos que pesan en su contra por la manipulación del conflicto, sino sobre todo por sus nuevas ambiciones políticas que en realidad pintan para ser una verdadera locura en medio de la crisis permanente de gobernabilidad en la que vive Oaxaca.

¿OMBUDSMAN O COMANDANTE?

Si hay alguien que ha llevado el conflicto de Nochixtlán a un verdadero callejón sin salida, ese es el ombudsman Peimbert Calvo. Él, desde los momentos posteriores al enfrentamiento entre la Policía Federal y las organizaciones sociales y pobladores que acuerparon a la Sección 22 en el cruce de la súper carretera Oaxaca Cuacnopalan, a la altura de Nochixtlán, ha fungido no como un mediador o un facilitador de soluciones, sino como un agente radical que ha buscado entrampar el conflicto y llevarlo al punto de las soluciones imposibles, para continuar utilizándolo como su herramienta de negociación para mantenerse vivo ante el nuevo grupo gobernante de Oaxaca. ¿De qué hablamos?

De que, desde el primer momento, Peimbert se asumió en el diálogo y la negociación con el gobierno federal no como un interlocutor, sino como uno de los comandantes de los grupos que se dijeron agredidos y victimizados por el enfrentamiento, y que a lo largo de estos meses se han dedicado a entorpecer el proceso de reparaciones y atención integral a las verdaderas víctimas del enfrentamiento, con tal de que el gobierno federal no alcance un acuerdo final con los pobladores, y mientras ellos sigan generando roces y desencuentros disfrazados de mesas de negociación que, además, a estas alturas no tienen ningún derrotero definido.

A estas alturas, el gobierno federal ha agotado todas las vías posibles para encontrar una solución civilizada a las demandas de los grupos organizados y comandados por Peimbert; a diez meses del enfrentamiento, tienen perfectamente claro que el principal obstáculo para cualquier posible solución, está en la Defensoría de los Derechos Humanos de Oaxaca, porque que es la principal interesada en fustigar a la verdadera población afectada y por priorizar la presencia de grupos radicales organizados, afines a la Sección 22 y a los sectores sociales y católicos radicales entre los que Peimbert es influyente, para que éstos entorpezcan cualquier posibilidad de avance o solución a las secuelas del enfrentamiento de Nochixtlán.

De hecho, a lo largo de los meses, esos grupos comandados por Peimbert han ido de lo asequible a lo inalcanzable, con tal de mantener vivo el conflicto. Han demandado reparaciones imposibles, atención médica que ya no se justifica en la situación real de las víctimas, dinero en efectivo e innumerables demandas que ya no se justifican en la situación actual de las víctimas. Hoy, por eso, queda claro que las organizaciones sociales de Peimbert, que tomaron la delantera en el conflicto, siguen demandando prestaciones no para que les sean dadas, sino justamente para que al no podérselas otorgar continúen alegando omisiones del gobierno federal respecto a todas las víctimas.

EL PETATE DEL MUERTO

Así, Peimbert se ha tratado de vender con la administración entrante como un factor de gobernabilidad y paz social por su supuesta interlocución con las organizaciones sociales, como en el caso antes señalado. En realidad, está intentando chantajear al gobierno para al menos lograr mantenerse en la Defensoría, o incluso para tratar de brincar a alguna otra posición en la estructura gubernamental estatal. Sólo que como cada vez le resulta más complicado tener como pivote el conflicto de Nochixtlán, y su supuesta presencia como garante del diálogo con los afectados, se vio obligado a recurrir a la vieja estrategia de Sergio Segreste, para ver si con eso lograba mantenerse en el radar —o al menos infundiendo miedo— del grupo gobernante. El problema es que la treta del atentado le falló. Y a estas alturas, resultaría no sólo insostenible cualquier aspiración para mantenerse en el sector público estatal, sino también impresentable como mediador y como quien quiere algo bueno para Oaxaca.

En Oaxaca también hay que dejar de simular en el combate a la corrupción

 

Germán Tenorio

+ Reformas pendientes; organismos con atrasos; ¿Cuál es el compromiso real?


El país entero vive un momento transicional en el combate a la corrupción: estamos viendo los últimos coletazos de un sistema que se ha resistido largamente a cambiar, y parecemos también ver los primeros estertores del cambio de fondo que la sociedad mexicana reclama. En medio de eso, resulta paradójico que aún existan personas y grupos que insistan en la simulación. Oaxaca no es la excepción en ello. Por ello, es necesario —en todos los partidos— impulsar los cambios de fondo indispensables para no seguir en el terreno del disimulo institucional por todo lo que no se está haciendo.

En efecto, a nivel nacional existe una discusión de gran calado respecto a la forma en cómo se está estructurando el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA). Éste, que fue un mecanismo impulsado por más por las circunstancias y por el descrédito de la partidocracia frente a la ciudadanía, que por un acuerdo de voluntades para cerrar las llaves de la impunidad y la corrupción, ha tenido un inicio atropellado no sólo por lo intrincado de su estructura, sino sobre todo por la falta de voluntad institucional para establecerlo y ponerlo en operación.

En el Senado de la República, por ejemplo, ha habido una desesperante discusión relacionada con el nombramiento del fiscal anticorrupción, a quien no han podido nombrar básicamente porque a decir de las fuerzas políticas no existen los consensos para sacar adelante la decisión. Aún falta el establecimiento de las demás figuras relacionadas con el sistema, y luego será necesario dar los pasos siguientes para lograr que todas las entidades federativas cuenten con sus propios sistemas, y que éstos sean acordes con las necesidades nacionales y con la efectividad que se espera de ellos, además de la transformación de las otras instituciones que son concomitantes al SNA, como la Auditoría Superior de la Federación y la Secretaría de la Función Pública, además de los organismos estatales.

El problema es que así como no existe la voluntad suficiente para nombrar al Fiscal Anticorrupción, el gobierno y los partidos tampoco parecen tener mucho compromiso con lo que ellos mismos establecieron. A lo largo de las últimas semanas, en el Senado intentó darse la discusión relacionada con el nombramiento del Fiscal, que terminó en el punto de lo vergonzante, porque los partidos enmascaraban en las diferencias relacionadas con el nombramiento, su cada vez más evidente falta de voluntad para dar los pasos necesarios para que al margen de las personas, pueda comenzar a funcionar la institución; es decir, la Fiscalía de combate a la corrupción que, adscrita a la PGR, pero con autonomía, estableció la reforma constitucional que estableció el andamiaje anticorrupción.

GOLPES CONTRA EL SNA

Ese desgano parece que no fue suficiente. La misma semana pasada, se publicó en el Diario Oficial de la Federación una modificación al acuerdo por el que se crea la citada Fiscalía, pero con un retroceso que es realmente alarmante. En ese sentido, Viridiana Ríos Contreras, una de las integrantes del Comité de Selección de quienes finalmente integran el Consejo de Participación Ciudadana del SNA, denunció con concreción y preocupación que en dicho acuerdo se enmascare una nueva intención por demeritar el funcionamiento del SNA y de la fiscalía de combate a la corrupción, con disposiciones que menguan el contenido y la intención constitucional relacionada con el combate a la corrupción.

En un artículo publicado ayer en Excélsior (http://bit.ly/2pTnufc), Viridiana Ríos señalaba por lo menos tres aspectos preocupantes del acuerdo administrativo que intenta limitar a la fiscalía anticorrupción de la PGR.

“1.- Se permite a la Fiscalía Anticorrupción investigar y perseguir la corrupción de todos los funcionarios, excepto la que se pudiera presentar en la PGR. A todos, la ley, a la PGR, otra cosa. La PGR que, reitero, firma el acuerdo podrá ser investigada, pero sólo por la visitaduría. El conflicto de interés suena obvio, porque lo es. Los agentes del ministerio público, los agentes de la policía federal ministerial, de los oficiales ministeriales, de los peritos y demás servidores públicos de la PGR estarán exentos de ser investigados por la Fiscalía Anticorrupción. Claramente, y dadas las enormes áreas de oportunidad que existen para eliminar la corrupción al interior del sistema de procuración de justicia, esto es inaceptable.

“2. El fiscal Anticorrupción tendrá que pedirle permiso (i.e., “proponer” es el término utilizado) al procurador para nombrar de las personas que estarán a su cargo. Esto significa que, nunca podrá contratar a alguien con quien el procurador tenga disgusto. La (pésima) broma aquí se cuenta sola.

“3.- El fiscal Anticorrupción no tendrá peritos propios, sino que utilizará los de la Coordinación General de Servicios Periciales. Esto no estaría mal, de no ser porque el caso de Ayotzinapa (la evaluación del GIEI) ya ha dejado en claro que pudiera existir cierta parcialidad en los peritos de la PGR (ya sea por falta de entrenamiento, o por presiones políticas cuando se les exige tener resultados, sí o sí).  Aun asumiendo que no sean parciales, hay un enorme problema de subcapacidad en Servicios Periciales. Hay más delitos esperando en Servicios Periciales que los que pueden ser investigados. Sumarle a la Coordinación General toda la labor de la Fiscalía Anticorrupción sin darle mayores recursos es una crueldad para los trabajadores de la coordinación y una mala jugada para la lucha anticorrupción. Esto hará que los casos de corrupción se pongan al final de una muy larga fila de casos o se investiguen antes que otros casos (que igual merecen justicia), sólo porque son mediática o políticamente atractivos.”

Si esto ya es un problema, resulta todavía más preocupante el hecho de que hasta ahora la estructura en general del SNA siga siendo relativa e inoperante, gracias a que la implementación del sistema ha estado llena de baches y contratiempos que no sólo menguan la capacidad de operación de lo establecido en la Constitución sino que, en el fondo, siguen siendo la manga ancha de la impunidad, de la corrupción, y del descrédito institucional que hoy ya no sólo ahoga a un gobernante o a un partido, sino a toda la estructura institucional en México, en los tres órdenes de gobierno.

Si este problema existe en el ámbito federal, en el ámbito estatal las cosas son aún más preocupantes. En Oaxaca, por ejemplo, no contamos aún con una Ley estatal anticorrupción, y tampoco están delineados los alcances y la estructura del sistema en el que se supone que el gobierno va a afianzar su confiabilidad frente a la ciudadanía en el mediano y largo plazo. Lo más alarmante es que Oaxaca no es el único ni el estado más atrasado en esas cuestiones. En el fondo, así como la corrupción es un mal endémico, también parece serlo la resistencia de quienes deberían estar trabajando en las rutas de implementación, aunque en realidad están dilatando intencionalmente las discusiones de fondo —independientemente de las grillas— relacionadas con este tema.

IR POR EL LARGO PLAZO

Es muy lamentable cómo en esta ruta sólo se piensa en el corto plazo. Todos se resisten al SNA porque ven la posibilidad de que se mengue su capacidad de operación mientras dure su administración que, a lo mucho, es de seis años. ¿Nadie ve en México el largo plazo? ¿Nadie piensa en la siguiente generación? Esa indiferencia parece ser uno de los signos distintivos de nuestro tiempo.