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La estabilidad de la UABJO, en manos de quienes no entienden el conflicto

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+ Mafud se echa en los brazos de Abraham; alimenta un cacicazgo corrosivo


El Gobierno de Oaxaca parece no terminar de comprender por qué es necesaria una intervención institucional, pero firme, en la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, antes de que estalle una crisis mayor. Hasta ahora, la Secretaría General de Gobierno ha hecho prácticamente nada para mantener en calma la conflictividad universitaria, y más bien ha comenzado a dar peligrosos pasos a favor del cacicazgo del viejo ex rector Abraham Martínez Alavés, e indirectamente también a favor su ralea que permanentemente enrarece el clima político universitario.

En efecto, para entender esto hay que recapitular en el contexto: el año pasado, Abraham Martínez Alavés impuso por cuarta vez su hegemonía política en la elección del Rector. Aislado y desgastado, buscó en la figura de Eduardo Bautista Martínez —un académico del Instituto de Investigaciones Sociológicas, sin huellas de porrismo ni de relaciones con la conocida conflictividad universitaria— una forma de seguir alimentando el discurso académico que le hizo ganar terreno en las elecciones de Francisco Martínez Neri y Rafael Torres Valdés frente a la comunidad universitaria, pero que definitivamente perdió con la decisión de que su propio hijo, Eduardo Martínez Helmes, fuera su tercer creación en la Rectoría.

Pues a diferencia de Neri y Torres, Martínez Helmes no tenía historial ni reconocimiento académico y tampoco méritos políticos: era un burócrata universitario encumbrado por su propia familia, a quien de la nada su padre lo llevó a la Secretaría Particular de sus dos antecesores, como una forma de mantener el control y la información de los movimientos y contactos de los rectores.

Por eso, cuando Abraham decidió llevar a su propio hijo a la Rectoría, con el respaldo de su ya para entonces bien afianzado grupo político, rompió su propio discurso sobre la ponderación de la vida académica sobre el porrismo y la politiquería —con la que había construido los rectorados de Martínez Neri y Torres Valdés, que en historias muy similares rompieron con Abraham para tratar de impulsar a sus propios candidatos a sucederlos— para nutrir la candidatura de Martínez Helmes.

Eduardo Martínez no hizo un rectorado académico, porque no lo era. Por eso, en su gestión se trazaron dos rutas: una, la de afianzarse a través de la relación con el entonces grupo gobernante —Gabino Cué, Jorge Castillo y demás, con quienes habría trabado jugosos negocios en sociedad—; y otra, la de incrementar su fuerza al interior de la universidad a través del control de los grupos porriles.

Fue entonces cuando abiertamente, tanto el Rector como su padre —líder único del grupo político de los Martínez, luego identificados por los propios universitarios como ‘la familia real’— se dejaron ver su relación con grupos porriles y núcleos radicales de la Universidad. Habían perdido, pues, todo interés por cuando menos mantener las apariencias relacionadas con la vida académica para dejarse ver como verdaderos caciques manteniendo su poder a través de la intimidación y la fuerza.

Ese fue el contexto en el que llegó la sucesión de Martínez Helmes. Abraham intentó por todos los medios colar como candidato a Rector a Reynel Vásquez, a quien antes había impuesto —a través de la fuerza, la manipulación, y la cooptación de las masas votantes estudiantiles— como director de la Facultad de Derecho. A punto de confirmar esa decisión, reparó en la discordancia entre el discurso y la realidad. Y por eso buscó lavarse la cara con el impulso a la candidatura de Eduardo Bautista Martínez, a quien ahora busca por todos los medios obstaculizar ante la toma de distancia que éste ha venido demostrando respecto al viejo cacique universitario.

CONFLICTO, ENTRAMPADO

Abraham perdió el control de la Facultad de Derecho el año pasado. No logró afianzar por la vía electoral a su candidato —un conocidísimo porro universitario, conocido en el mundo porril como “el Miguelón”— y por eso lo hizo por la fuerza, descalificando al oponente. Ahí surgió un conflicto que aún sigue latente y dando visos no sólo de riesgo al interior de la Universidad, sino verdaderos bandazos de quienes tienen la responsabilidad del control de la gobernabilidad en el ámbito gubernamental.

¿De qué hablamos? De que la Secretaría General de Gobierno, ahora bajo la conducción de Héctor Anuar Mafud Mafud, ha impedido cualquier posibilidad de interlocución con los grupos universitarios, por su abierta intención de cumplirle los caprichos a Abraham Martínez Alavés. Desde hace un año, y en diversos momentos, la Segego intentó establecer mecanismos de interlocución para tratar de estabilizar ese conflicto en particular, que bien puede ser parte aguas de una crisis mayor al interior de la Universidad, y el ya conocido riesgo que eso representa para la gobernabilidad estatal. Más o menos habían ido encauzando la situación, hasta que Mafud pareció tomar partido a favor de la causa de Martínez Alavés.

Por eso, por ejemplo, la Segego no ha establecido una interlocución equilibrada con los grupos en pugna, y tampoco ha respaldado a la Rectoría en sus intentos por generar una situación de equilibrio temporal mientras se logra destrabar la crisis de fondo. Lejos de eso, a Abraham se le han vuelto a dar los espacios para nuevos intentos de “recuperación” del Edificio Central Universitario. El fin de semana antepasado, cuando se realizaría el examen de admisión en ese recinto en poder de la disidencia universitaria, un grupo de porros —comandado por un compañero más de El Miguelón, y conocido personero de Abraham Martínez— identificado con “El sonrics” trataron de ingresar por la fuerza al Edificio Central.

Ello no habría ocurrido sin la venia oficial. La Secretaría General de Gobierno, mientras, desde hace varios meses no ha intentado restablecer la conducción de ese conflicto, porque cualquier posibilidad de solución pasa, cuando menos, por la renuncia del director Miguel Ángel Vásquez, o por el establecimiento de una Comisión Provisional que tome el control de la Facultad de Derecho y equilibre la pugna entre los grupos que, como puede verse, continúa tan vigente que por eso no pueden recuperar el emblemático Edificio Central Universitario.

Al final, el hecho de no procurar el acercamiento y la avenencia entre las partes; de no impulsar acciones concretas que resuelvan esta crisis que ya rebasa a la Universidad, sólo beneficia a Abraham Martínez Alavés, porque le sigue dando espacios y oportunidades para seguir intentando imponer su cacicazgo a través de la fuerza.

Por eso es muy preocupante que en este caso la Secretaría General de Gobierno no esté cumpliendo con su finalidad de ser una instancia de interlocución para los conflictos, y más bien siga alentando las maniobras de Abraham Martínez, y su grupo político, para mantenerse en los espacios de poder.

CACICAZGO CORROSIVO

Además, esa protección institucional significa implícitamente seguir protegiendo la opacidad que reina sobre el rectorado de Eduardo Martínez Helmes, y los millonarios negocios que, como secreto a voces dentro de la Universidad, se dice que hizo con Jorge Castillo Díaz y otros connotados integrantes de la administración anterior. ¿Así intentan generar gobernabilidad, estimulando la existencia de ese cacicazgo corrosivo?

¿Cómo un asalto frustrado pudo haber terminado en una tragedia de impunidad?

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+ Corporaciones municipales deben ser reconstituidas de cara al sistema de justicia


La Policía Municipal de Oaxaca de Juárez intentó presentar como un éxito y una demostración de eficacia —lo que parecía natural— la detención en flagrancia de cinco personas que, presuntamente, momentos antes habían perpetrado un asalto afuera de una sucursal bancaria, en la que una de las víctimas perdió la vida. El problema es que dicho intento casi termina en una tragedia —de impunidad— por las cándidas demostraciones de la corporación municipal, de su desconocimiento de sus parámetros necesarios de actuación en estos casos, frente al nuevo sistema de justicia penal.

En efecto, la tarde del miércoles ocurrió un asalto violento a las afueras de una sucursal bancaria ubicada en inmediaciones del Mercado de Abasto. En el lugar, un grupo de presuntos delincuentes habría despojado de una fuerte cantidad de dinero a dos personas que momentos antes habían retirado el efectivo de dicha sucursal. Al ser despojados del dinero, las víctimas opusieron resistencia y fueron atacados a balazos, quedando uno de ellos muerto y otros herido.

De inmediato, la Policía Municipal de Oaxaca de Juárez implementó un operativo y detuvo a cinco presuntos personas en un hotel que se encuentra sobre la misma avenida. Por la naturaleza y la magnitud del hecho, casi al mismo tiempo que la policía arribaron al lugar de las detenciones representantes de varios medios de comunicación que registraron diversos hechos relacionados con la detención de las personas señaladas como responsables del asalto violento.

Más tarde, el comisionado de Seguridad Pública Municipal, Jorge Guillén Alcalá, ofreció declaraciones a medios de comunicación en las que, entre otras cosas, señalaba que la corporación había trabajado desde el primer momento con la Fiscalía General del Estado en las labores de investigación, en la preservación de los objetos, las armas y los lugares relacionados con los hechos, y aclaró que no podía ofrecer detalles personales, ni imágenes de los detenidos, por un requerimiento del nuevo sistema de justicia penal. El problema es que casi al mismo tiempo de que eso ocurría, en redes sociales comenzaron a circular imágenes captadas dentro del cuartel de la Policía Municipal, de los rostros y datos generales de los detenidos.

Ello generó un primer cuestionamiento que, en términos generales, ayer apuntaba a que los presuntos responsables podrían obtener su libertad a partir de, primero, los objetos afectos y la escena de la detención no habrían sido resguardados conforme a los protocolos establecidos por el nuevo sistema de justicia penal; y segundo, que se habría quebrantado el principio de presunción de inocencia —que es un principio constitucional muy relevante a favor de los imputados por su presunta responsabilidad en la comisión de un delito— por la difusión de los rostros y los datos generales de los detenidos.

Evidentemente, esto generó indignación y preocupación entre la ciudadanía, que ayer mismo reaccionó de diversas formas cuestionando la actuación de las autoridades que tomaron conocimiento y actuaron con relación a estos hechos y, equivocadamente, también cuestionando los principios y requerimientos del sistema de justicia penal. Habría, sin embargo, que entender con más prudencia los errores cometidos por la autoridad municipal en su actuación, y en su premura por presentarse ante la opinión pública como una corporación eficaz; y cuáles podrían ser las repercusiones de fondo que esto le podría ocasionar al procedimiento judicial para que, de comprobarse plenamente su responsabilidad, estos individuos sean sentenciados condenatoriamente.

CALIFICACIÓN JUDICIAL

Las cinco personas antes mencionadas fueron detenidas en flagrancia. Según el Código Procesal Penal de Oaxaca, se podrá detener a una persona sin orden judicial en caso de flagrancia, cuando ocurra alguno de los siguientes tres supuestos: I. La persona es sorprendida en el momento de estarlo cometiendo; II. Inmediatamente después de cometerlo, es perseguido materialmente; e III. Inmediatamente después de cometerlo, la persona es señalada por la víctima, algún testigo presencial de los hechos o quien hubiere intervenido con ella en la comisión del delito (Artículo 167).

Ahora bien, ¿podrían obtener su libertad en el corto plazo esas cinco personas, por alguno de los errores cometidos por la Policía Municipal de Oaxaca de Juárez y señalados en diversas notas publicadas ayer en diversos medios locales? La respuesta concreta debe ser “no”, sin que eso signifique que los errores cometidos por la autoridad son intrascendentes, o que están equivocados quienes ayer señalaban tanto las inconsistencias como la posibilidad de que, por esos errores, este asunto terminara en la impunidad.

Pues para ello hay que considerar la naturaleza misma del hecho y sus circunstancias, tales como que fue un robo con violencia, que se utilizaron armas de fuego, que ocurrió un homicidio y, además, que existirían también las características de la comisión del delito de delincuencia organizada. En esta lógica, el artículo 170 bis del Código Procesal Penal establece que el Juez ordenará la prisión preventiva oficiosa a los imputados, cuando se trate de la presunta comisión de delitos como homicidios dolosos (fracción I); delitos cometidos con medios violentos como armas y explosivos (fracción IV); y lesiones dolosas (fracción XI).

Todos esos son delitos que habrían ocurrido dentro del conjunto de hechos ahora analizados, además del delito de delincuencia organizada y portación de armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas, que son de competencia federal. Incluso, en el caso de la delincuencia organizada, ésta se encuentra definida en el artículo 16 de la Constitución federal como una organización de hecho de tres o más personas, para cometer delitos en forma permanente o reiterada; y de acuerdo con segundo párrafo del artículo 19 constitucional, el juez que conozca de delitos de delincuencia organizada también está obligado a ordenar la prisión preventiva de quienes son señalados como presuntos responsables.

Ahora bien, respecto a la difusión de los rostros y características de las personas señaladas como responsables, seguramente eso tendrá que ser dirimido en la sentencia definitiva como una consideración de fondo, y preliminarmente en la calificación de la detención que haga el juez al momento de vincularlos a proceso.

Todo esto, sin embargo, no exculpa a la autoridad municipal que por una incorrecta actuación sí puso en riesgo la legalidad de todas sus actuaciones. ¿Por qué? Porque demostraron no estar lo suficientemente capacitados no sólo para actuar eficazmente, sino para hacerlo según los requerimientos establecidos en la ley; porque, además, demostraron no tener los suficientes controles como para resguardar la integridad de las personas a las que detienen —si, en el mejor de los casos, fue un tercero quien fotografió y filtró a redes sociales las imágenes de los detenidos—; y porque finalmente ellos mismos tendrán que demostrar, en el juicio oral, que actuaron correctamente a pesar de la flagrancia en la detención, y en el resguardo de los objetos y lugares en los que ocurrieron los hechos. Finalmente, no será sólo la Fiscalía, sino también ellos quienes tendrán que dar cuenta en el juicio por su actuación y ahí tendrán que sostener sus aciertos y sus errores.

PARADOJAS

Sí: paradójicamente, la prisión de los señalados habría quedado anclada a que en el hecho ocurrió un homicidio violento, a que habría existido delincuencia organizada, y a que la aprehensión ocurrió dentro del parámetro de la flagrancia. Pero en el fondo, el Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez debe tomar esto como una dura lección para no volver a cometer los errores que evidenciaron el miércoles, en esto que debió haber sido una demostración de eficacia.

Oaxaca: ¿Por qué ante un jefe político pragmático, insisten en aspirantes quemados?

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+ Avilés, símbolo de malas prácticas y reputación; sus contrapartes, ¿libres de culpa?


Desde su primer día como gobernador, Alejandro Murat demostró su capacidad de pragmatismo y su determinación de que no sería él quien terminara pagando el costo político por los errores y excesos de sus colaboradores. Y en estos siete meses de gestión, Murat ha demostrado reiteradamente esa determinación, habiendo cesado ya a un número importante de funcionarios que no cumplieron con sus expectativas como Titular de la Administración Estatal. Teniendo esto claro, ¿por qué hay quienes siguen insistiendo en las aspiraciones de gente como Alejandro Avilés, y otros que además de tener un negro historial político, en este corto periodo constataron mucho de lo que se dice de ellos?

En efecto, desde el inicio de su gestión, Alejandro Murat planteó directrices que para muchos fueron lugares comunes, para después darse cuenta del error en el que había incurrido. Desde el inicio, el Gobernador del Estado fue enfático en asegurar que no toleraría actos indebidos —legales o ilegales— por parte de sus funcionarios.

Y con base en eso, desde el primer momento, la atención se puso en Alejandro Avilés, que de toda la nueva cauda de funcionarios era quien acumulaba el mayor número de cuestionamientos y señalamientos relacionados con actos y prácticas indebidas primero como operador político, luego como líder partidista, después como pastor legislativo, y finalmente como servidor público. El devenir de los hechos, le dio la razón a todos los que cuestionaban su insistente inclusión en el gabinete. Aunque lo verdaderamente sorprendente, es que todavía haya quienes sigan obstinados en verlo como aspirante a algún cargo de elección popular.

¿Por qué focalizar esto en la figura de Avilés? Porque a pesar de todo lo que se afirmaba categóricamente de él, fue incluido en el gabinete como una forma pura de pago de favores políticos. Avilés, es cierto, fue acusado de todo lo que públicamente se conoce, y hasta más, pero también fue uno de los personajes que sirvió con mayor fidelidad al grupo que ahora gobierna la entidad, y que proveyó de diversos insumos y maniobras para que se consolidara la posibilidad de que el PRI recuperara el poder político en la entidad.

En esa lógica, no parecían ser suficientes todos los negativos políticos con los que cargaba, y tampoco parecieron ser suficiente las muestras de opacidad toleradas en el Congreso durante el periodo trianual en el que, independientemente de las posiciones orgánicas, él fue el verdadero líder cameral. Durante la LXII Legislatura, fue escandalosa la forma en la que se administraron los recursos del Congreso del Estado; además, la Junta de Coordinación Política —que siempre estuvo bajo su potestad— nunca permitió la realización de auditorías y, al contrario, sistemáticamente bloqueó cualquier intento por transparentar la utilización de los recursos que les eran transferidos.

Asimismo, fueron ampliamente conocidos y documentados los mecanismos a través de los cuales se transferían recursos económicos, en efectivo y en especie, para que cada diputado hiciera labores de gestión legislativa con total opacidad; y cómo todos juntos se dedicaron a sangrar al presupuesto estatal a través de la realización de obra pública en los municipios que nadie sabía cómo era adjudicada, cuáles eran sus costos reales y quiénes sus beneficiarios de fondo.

Si todo eso fue lo que hizo Avilés en el tiempo que fue diputado y coordinador de la fracción priista en la LXII Legislatura, las cosas no cambiaron mucho durante su efímero paso por la Secretaría General de Gobierno.

Ahí, dos temas fueron particularmente ruidosos: primero, el afán que tuvo por mantener el control en el nombramiento y control político de los administradores municipales —a partir de la vieja práctica de nombrarlos, primero por los diputados y ahora por la Secretaría General de Gobierno, para luego pedirle ‘moches’ extraídos de los recursos del municipio adjudicado, para comprar la protección y el respaldo político para no ser removido de la administración municipal— aún contraviniendo las indicaciones del Titular del Poder Ejecutivo de que todos los administradores durarían en su cargo sólo el tiempo indispensable para el establecimiento de condiciones de gobernabilidad para la realización de elecciones, sin acceder ni administrar recursos municipales.

Y segundo: la utilización discrecional que desde su primer día como Secretario, hizo de los recursos de la Segego. De hecho, menos de una semana antes de ser removido por el escándalo por la utilización de un helicóptero oficial para la transportación de su hijo a un destino vacacional, se habían hecho públicas listas que detallaban el uso de recursos públicos para temas como el equipamiento de sus negocios personales, pagos sin sustento a particulares, y otros rubros que además nunca fueron explicados.

Y ENTONCES, ¿CANDIDATO?

Avilés, oficialmente, renunció a la Titularidad de la Secretaría General de Gobierno, aunque en los hechos es evidente que fue defenestrado. Esa decisión del Ejecutivo fue la primera gran demostración de su indisposición a tolerar actos de corrupción o simplemente que fueran social o moralmente indebidos. Luego vinieron otros temas como el de Olivetti Paredes, y varios otros que han ocurrido en esa misma tónica, hasta el caso más reciente de Cristina Delgado.

Ello, a estas alturas, no debería tener nada de raro: en un gobierno que se jacta de democrático, y que tiene un débito social y político claro con la ciudadanía, ningún acto de ese tipo debía de ser tolerado ni encubierto. Eso tan simple, pero a la vez tan trascendente, es lo que ha hecho el Gobernador en estos siete meses de gestión, aunque a pesar de ello existan quienes sigan insistiendo en que pueden más los débitos políticos y los arreglos entre camarillas, frente a la necesidad de impulsar a personas que por lo menos no carguen con antecedentes cuestionables, ni tampoco que sean mayores sus negativos que sus activos como personajes políticos.

Esto viene al caso por la insistencia de Avilés de seguirse candidateando como aspirante al Senado o como próximo delegado federal, y la lucha estéril que hoy libra con varios de los aspirantes a las candidaturas del PRI a la Cámara alta, o con gente como el delegado de la Secretaría de Desarrollo Social en la entidad, Martín Vásquez Villanueva.

Pues en esa idea del “PRI renovado” que muchos intentan impulsar para lavarle un poco la cara a su partido frente a la abrumadora realidad, ¿cómo podría encajar un candidato como Avilés, que carga con uno de los pasados y presentes más cuestionables de la clase política estatal? ¿Esa sería una demostración de que los excesos y los actos indebidos se perdonan, y hasta se premian? ¿Cómo pensarían sostener la idea de un “nuevo PRI”, pero que pondera los acuerdos entre grupúsculos por encima del deber mínimo de ofrecerle a la ciudadanía candidatos presentables y medianamente honorables? Incluso, ¿cómo hacer una comparación entre Avilés y Martín Vásquez Villanueva, sobre quién aún pesan innumerables interrogantes sobre su gestión como titular de los Servicios de Salud de Oaxaca en el periodo del gobernador también priista, Ulises Ruiz?

¿QUIÉN NO TIENE FUTURO?

Ahora, valdría también la pena reflexionar: ¿de veras vale tanto políticamente Avilés, como para que el Gobernador se juegue su propio futuro político con él, o con cualquier otro de los impresentables que día y noche ambicionan con seguir siendo candidatos a algo? La respuesta parece obvia. Porque además de todo, Alejandro Murat ha demostrado no estar dispuesto a pagar por los errores o los excesos de otros, y seguramente tampoco cederá, o cumplirá caprichos, porque su principal prioridad radica en seguir construyendo su propio futuro político. ¿Entonces?

Colusión en el transporte público local, contra los intereses de la ciudadanía

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+ Gobierno y concesionarios unen fuerzas y desmovilizan a los grupos afectados


 

El campanazo que la semana pasada dieron el gobierno estatal y los concesionarios del transporte urbano sobre el incremento a la tarifa del pasaje, es sólo el anuncio de un conjunto de movimientos que ahora comenzarán a preparar para consumar el alza. Los antecedentes de los últimos incrementos así lo indican; y —por medio de un “incendio controlado” de aparentes inconformidades— están preparando el terreno para que eso ocurra sin oposición alguna de la sociedad afectada.

En efecto, la semana pasada hubo un anuncio por parte de los concesionarios del transporte urbano y sub urbano, en el sentido de que estaban listos para incrementar la tarifa del pasaje en días próximos. Igual que frente a cada movimiento de esa naturaleza, adujeron una serie de circunstancias relacionadas con el incremento al costo del servicio y la atomización de sus utilidades frente al incremento en el costo de los combustibles e insumos.

Este anuncio era, además, el último eslabón en la serie de escaramuzas que han sostenido dos de los grupos de transporte público concesionado durante el presente año, no queda claro si por el control de una de las dos principales líneas camioneras que prestan el servicio en la capital y municipios conurbados, o si por conseguir la mayor injerencia posible en los asuntos del transporte, más allá de lo que la autoridad de papel —Sevitra, que encabeza Francisco García López— puede hacer en estos casos. A las pugnas legales y laborales habidas en meses anteriores al interior de Choferes del Sur, ahora se sumó la decisión unilateral de uno de los grupos —es decir, el grupo detractor a la pro gobiernista Aurora López Acevedo— por impulsar un tema en el que, lamentablemente, al final todos terminarán estando de acuerdo en detrimento del interés de la ciudadanía.

El movimiento dado en este caso por un grupo de concesionarios, ha sido el acostumbrado cuando ya traen entre manos la posibilidad de un incremento: lanzan el llamado al incremento, esperando de antemano que la autoridad lo detenga; luego realizan algunas acciones de presión específicamente en contra de la dependencia estatal encargada de la regulación del transporte público concesionado; y finalmente, en un acuerdo construido desde el inicio, por un lado los concesionarios legitiman su conquista del incremento a la tarifa tras algunas semanas —o meses— de espera; y finalmente la autoridad justifica su determinación de permitir el incremento aduciendo la respuesta política a las presiones y al reconocimiento de la realidad y las condiciones económicas.

El problema, en este caso, es que en esa colusión —que bien puede ser entendida como una complicidad que si bien no rompe la ley, sí viola la equidad en una relación de esta naturaleza— que existe entre los concesionarios y la autoridad del transporte, la ciudadanía queda relegada porque es la única que no tiene relación ni intervención en las decisiones que se toman entre ellos. Queda claro que en ese conjunto de movimientos no aparece por ningún lado la defensa del interés ciudadano y tampoco la consideración a lo que la gente necesita.

Lejos de eso, lo que la autoridad y los concesionarios ofrecen son las mismas mentiras de siempre: además de sus reconocimientos mutuos —las presiones económicas y políticas que los incomodan a ellos—, le dicen permanentemente a la ciudadanía que habrá mejora en el servicio, mejores unidades de transporte, mayor capacitación a los conductores y demás representantes, y una serie de ofrecimientos que en realidad nunca han visto la luz y han servido como meros argumentos que justifican las decisiones tomadas a espaldas de la ciudadanía.

Así, aunque pareciera imposible un acuerdo entre ambos grupos que hoy libran una pugna abierta por el “liderazgo” (si es que se le puede llamar así) entre las empresas y los concesionarios —concretamente, el grupo que aún encabeza Alejandra Gómez Candiani, contra el de su prima, la ex secretaria de Transporte, Aurora López Acevedo, que al amparo del poder busca regresar por sus viejos y cuestionados fueros—, lo cierto es que bien puede ocurrir —y al final así terminará pasando— que puedan construir un acuerdo interlocutorio para beneficio mutuo.

En el fondo, el incremento a la tarifa les cae bien a todos; la autoridad puede terminar diciendo —como siempre lo ha hecho— que el alza era irremediable; y al final, la ciudadanía es quien nuevamente se quedaría desamparada frente a este acuerdo abusivo de autoridades y concesionarios, que sólo es cuestión de tiempo para que se concrete.

LA CIUDADANÍA, SOLA

Cuando ocurrió el último incremento a la tarifa del transporte público —a través de ese mecanismo del aviso previo, la aparente resistencia de la autoridad, y el mutuo acuerdo final para incrementar la tarifa—, una de las cosas que más se comentaban entre los propios concesionarios era que el entonces titular de la Secretaría de Vialidad y Transporte, Carlos Alberto Moreno Alcántara, había hecho perdediza una cantidad de dinero superior a los dos millones de pesos que habría de ocupar en el pago a los grupos de choque al interior de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, para mantenerlos controlados.

Esta es una vieja estrategia que de alguna forma es equiparable a la caja china, en la que utilizan a algunas de las supuestas organizaciones ciudadanas y estudiantiles para hacer creer a la propia ciudadanía que de todos modos el incremento es irremediable, aún con oposición. Pues en el momento en que se decreta el incremento de la tarifa, los mismos concesionarios buscan a algunos grupos porriles, y les pagan alguna cantidad de dinero para que hagan desmanes que, además, son tolerados por la autoridad estatal. En no pocas ocasiones, incluso les ofrecen algunas unidades viejas y destartaladas, para que esas sean las que destrocen, quemen o vandalicen, y con eso justifiquen las supuestas acciones de resistencia en contra del alza de la tarifa del transporte.

Pues en realidad, la ciudadanía está sola en esta conspiración orquestada por los concesionarios y la autoridad. Está sola porque hace muchísimo tiempo que los grupos más fuertes e influyentes al interior de la Universidad, fueron superados por los grupos porriles que son auténticos mercenarios al servicio de quien mejor les pague.

En otros tiempos, las nutridas y auténticas protestas estudiantiles fueron un verdadero dique en contra del pulpo camionero y la autoridad, porque las movilizaciones eran resultado de verdaderas acciones ciudadanas. Todo eso fue relevado, por un lado, por grupos verdaderamente violentos que responden a intereses económicos para la generación de una apariencia de inconformidad; y en el otro extremo fueron también superados por la complicidad de quienes hoy utilizan esos mecanismos para asestar verdaderos golpes a la lastimada economía familiar. Por eso, en realidad la ciudadanía esta sola frente a los incrementos y es en realidad muy poco lo que pueden hacer para contrarrestarlo.

¿Y LAS VOCES LEGISLATIVAS?

Llama la atención que en todo este embrollo haya también reinado el silencio entre casi todos los diputados. La gran mayoría evadió el tema porque saben que al final terminarán arrollados por los intereses económicos y las conveniencias políticas que están en juego. Incluso, los diputados de Morena que tanto se dijeron en contra del alza del combustible y a favor de la economía familiar, se quedaron callados. El único que protestó fuerte fue el diputado Jesús Romero López, denunciando además las complicidades y el juego perverso sobre este incremento pactado. Con esas actitudes de la mayoría de los diputados, ¿cómo seguirse diciendo “representantes populares”?

Coalición PAN-PRD: vean el desastre de Oaxaca, por alianzas sin contenido

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+ Gobiernos de coalición, necesario normarlos luego de reestructurar al poder


Con toda candidez, las dirigencias nacionales del Partido Acción Nacional, y del de la Revolución Democrática, comienzan a esbozar la posibilidad de generar una coalición electoral rumbo a los comicios presidenciales del año próximo. Lo están haciendo como movimientos internos, pero también lo están haciendo a la vieja usanza. Es decir, pensando sólo en el proceso electoral y no en el programa de gobierno. Por eso, parece que siguen dando pasos sin ver que, al menos en las experiencias estatales, las coaliciones electorales en México han sido, recurrentemente, desastrosas.

En efecto, luego del resultado electoral en el Estado de México, Acción Nacional y el PRD no piensan en otra cosa que la posibilidad de una coalición. El resultado de la votación en aquella entidad, combinados con los resultados de los otros procesos electorales, parecieron dejarles —a las dirigencias de ambos partidos— la idea de que sólo unidos podrán ser competitivos en la elección federal de 2018.

A ello se unieron otros elementos, como el hecho de que el PRD recuperó terreno electoral en espacios que pensaba irremediablemente perdidos gracias a la frescura de su candidato en el Estado de México; o como que comenzaran a circular las primeras versiones sobre la buena competitividad que tendría el PAN si Margarita Zavala fuera su candidata. En cualquiera de los casos, parece que la única ruta que les queda disponible para cuando menos pensar en la posibilidad de hacer un papel decoroso en la elección presidencial, es la de la coalición.

En todo esto hay varios problemas que ya se vislumbran. El primero de ellos es la falta de criterios homogéneos, al interior de esos partidos, para impulsar las alianzas. Otro problema importante es que las respectivas rutas que están impulsando las dirigencias de los partidos no pasan por un proceso previo de la reforma al sistema político para poder hacer viables los gobiernos de coalición. Y un tercer problema, concomitante al anterior, radica en que tampoco están hablando de cuál sería el contenido de esos gobiernos de coalición que estarían impulsando al hablar de alianzas electorales, para poder ir al siguiente nivel de cómo han sido hasta ahora las alianzas electorales en México.

Para entender todo esto, es necesario ir por partes. Pues aunque en el primero de los temas hay declaraciones de las dirigencias nacionales al menos visualizando la posibilidad de alianzas, lo cierto es que esos están lejos de ser criterios homogéneos. En el caso del PRD, por ejemplo, hay más voces discordantes con el Comité Ejecutivo Nacional, que las que están de acuerdo con ellos. Básicamente hay dos razones: la primera, que es la menos recurrida, es la ideológica: hay muchos militantes del PRD que siguen viendo —con toda lógica— la unión con el PAN como una alianza contranatura, y que por ende se pronunciarán en rechazo prácticamente ante cualquier circunstancia.

La segunda razón es la electoral, a partir de la cual no parecen tener claro cuáles son sus espacios naturales para ser competitivos: el PRD estaría sacrificando la candidatura presidencial a cambio de pelear en la Ciudad de México con un candidato propio, acaso desconsiderando a Miguel Ángel Mancera que, con todo lo cuestionado que ha sido, es el mejor prospecto político que hoy tiene el perredismo, y ponderando el escenario del Estado de México, en el que Andrés Manuel López Obrador les ha dado sobradas muestras de ser quien en realidad tiene el control de los niños de votación en la capital del país.

En esa lógica, el panismo tendría un escenario mucho más cómodo, ya que “sacrificarían” a la Ciudad de México —donde tienen una presencia meramente testimonial, que incluso riñe con la casi desaparecida presencia del PRI en la capital del país— a cambio de la candidatura presidencial quizá con Margarita Zavala, que parece la mejor posicionada en las encuestas. Aunque hoy perredistas y panistas digan misa, lo cierto es que la ecuación es a todas luces desigual y desventajosa en diversos puntos para ambos partidos. Y por eso la construcción de una alianza electoral tendría que ser mucho menos simplista y reduccionista de cómo hoy la quieren presentar a la sociedad mexicana.

REFORMAR AL PODER

Hay, además, aspectos aún más complejos. Por ejemplo, para hacer realmente operantes a las coaliciones, antes tendría que haber una reforma profunda al poder para quitarle los candados que hoy tiene respecto a los gobiernos concentrados y de minoría. A nivel estatal, muchos gobernadores han sido electos por coaliciones, que luego no logran sostener un programa de gobierno por la falta de estructuras institucionales para el cumplimiento de esos compromisos conjuntos, tanto respecto a ellos mismos y frente a la sociedad.

Si acudimos al ejemplo de Oaxaca podremos ver que los partidos que llevaron a Gabino Cué al gobierno, intentaron construir un gobierno de coalición que terminó en un desastre. No ha sido el único caso en el país. ¿Por qué fue un fiasco? Porque los compromisos fueron meramente potestativos y porque nadie asumió realmente la necesidad de que esos gobiernos de coalición fueran algo más que las poses que sirven para las fotos y para los discursos sobre los “momentos históricos”.

Es decir, esos “programas de gobierno” no eran sino documentos potestativos e irrealizables, y su falta de cumplimiento no implicaba sanción alguna tanto para los partidos como para los integrantes del gobierno. Por eso, volviendo a Oaxaca, una vez que Gabino Cué llegó a la gubernatura, tomó la ruta fácil de convertir a la administración estatal en un gobierno de parcelas, que discrecionalmente entregó a sus aliados para que ellos hicieran lo que quisieran, mientras él continuó gobernando sobre una estructura vertical e inamovible que le permitió no cumplir la gran mayoría de sus compromisos políticos y democráticos, y aún así tener la posibilidad de terminar cómodamente su administración a pesar de haberse quedado sin el apoyo de sus antiguos aliados, y con una debilitada mayoría legislativa que sólo respondía a sus intereses cuando les era conveniente.

¿Qué tendría que cambiar? Primero, que el propio poder lograra quitarse por lo menos algunos de los visos del sistema presidencial que hace fuerte al Poder Ejecutivo y lo convierte en un espacio de poder inamovible, independientemente de las circunstancias. Como los partidos de coalición no forman parte del gobierno, y éste no depende o de la mayoría, o de la confianza, de los partidos de coalición, entonces los espacios que se les entrega a las fuerzas coaligadas se convierten en verdaderas parcelas. Ahí está el caso de la Secretaría del Trabajo en Oaxaca, fue entregada por Cué como una parcela su aliado, el Partido del Trabajo, y su titular, Daniel Juárez López, incurrió en cualquier cantidad de prácticas indebidas sin consecuencia alguna.

Luego tendrían también que normarse de manera específica los programas y los gobiernos de coalición, para quitarles el velo de lo potestativo y lo no vinculante, y establecer entonces los mecanismos para el establecimiento de compromisos obligatorios y por ende necesarios de cumplir para la permanencia del gobierno de Coalición.

SÓLO SUEÑOS

Por eso, para no hablar sólo de pragmatismo y de coaliciones que sólo tienen como objeto un triunfo electoral, tendríamos que hablar de una verdadera reforma al poder público, como el paso previo a la construcción de candidaturas. Mientras, todos los ensayos no dejan de ser demostraciones concretas de ambición por el poder, y de ganas de sólo ganar elecciones independientemente de cuál sea el precio —o las consecuencias funestas— de éstas.

Relación gobierno-Sección 22: quitan de en medio a los sectores radicales

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S22

+ Acuerdos de diciembre son muy trascendentes para estar sujetos a radicales


 

Este fin de semana el gobierno de Oaxaca y la Sección 22 del SNTE establecieron acuerdos importantes que lo que buscan es darle estabilidad a sus relaciones y negociaciones del presente año. Para ambos bloques, resulta por demás trascendente defender los acuerdos del siete de diciembre del año pasado. Pero para que eso ocurra era necesario establecer los parámetros de influencia que pueden tener los sectores más radicales del magisterio, al interior de sus órganos de decisión. Por eso, lo establecido el sábado por la dirigencia de la Sección 22 resalta en la consolidación de sus acuerdos.

En efecto, a través de su Secretario de Prensa y Propaganda, la Sección 22 anunció que actuará con “mano firme” contra “aquellos traidores y mercenarios del movimiento que en reiteradas ocasiones han intentado violentar y bloquear los diferentes acuerdos tomados en las asambleas estatales anteriores y la última reciente, en donde con toda puntualidad se ha acordado el cumplimiento de la minuta del 7 de diciembre del 2016, la misma que contempla el tema de regularizados y su certeza laboral a partir del cumplimiento del proceso administrativo, señaló que este grupo de compañeros ha sido utilizado como bandera por los mercenarios y traidores del movimiento a fin de conseguir dividendos económicos”.

Del mismo modo, la Comisión Política de la Sección 22 expresó que “se debe denunciar a todos aquellos dirigentes que impidan o intenten boicotear los acuerdos de asambleas estatales, a aquellos que se movilicen al margen de los acuerdos de las instancias de toma de decisiones y lo más grave, que intenten señalar o afectar a aquellos que han cumplido con la minuta respecto al tema de regularizados, y que amenacen o amedrenten a los compañeros que de manera disciplina a los resolutivos de las asambleas estatales y mesas de trabajo”.

La propia Sección 22 reconoció que sus agremiados que son parte del acuerdo del siete de diciembre del año pasado “asistirán a la ciudad de Puebla para presentar su evaluación que los Acredite como trabajadores con movimiento 95, todos los que asistan a la evaluación estarán siendo respaldados por este movimiento y los niveles serán garantes del cumplimiento de todas las partes”, y exhortó a toda la estructura del Comité Ejecutivo Seccional “a estar vigilantes de denunciar a todo esquirol que se movilice al margen de las instancias de este movimiento”.

¿Por qué es tan importante este reconocimiento expreso al acuerdo del siete de diciembre? Lo es porque, en términos económicos, ese acuerdo tiene gran significado para el propio magisterio primero por el monto económico que representa, pero también por su trascendencia política dentro del movimiento magisterial, porque lo que hicieron tanto la SEP como el IEEPO y la Sección 22, fue avalar un acuerdo —el del siete de diciembre— que tiene un costo anual superior a los mil 200 millones de pesos.

Eso es lo que cuesta la regularización de las más de cuatro mil plazas docentes y administrativas que demandaba la Sección 22, y por eso este acuerdo era también muy importante para la dirigencia magisterial que encabezaba Rubén Núñez Ginez al momento de la firma, y que es lo que ahora está defendiendo el sucesor de Núñez, Eloy López Hernández.

VAN TRAS EL ACUERDO

Este acuerdo, de hecho, es la más importante conquista que la Sección 22 ha conseguido desde que se rompió el diálogo previo a los comicios federales de 2015, cuando Gobernación dio por concluidas las negociaciones de orden político con el magisterio oaxaqueño, y canalizó todas las demandas a la autoridad administrativa en la Secretaría de Educación Pública.

En este sentido, para la SEP y el IEEPO era muy importante avanzar en esta negociación, así tuviera que generar cuatro mil plazas más con cargo al presupuesto educativo federal, y permitir que éstas fueran un logro político de la Sección 22, y no del gobierno de Oaxaca. Esa importancia radicó siempre en el hecho de que asegurar esas plazas significaba, primero, desactivar la principal demanda magisterial de los últimos años; y, segundo, afianzar la realización de los procesos de evaluación, a los que quedarán supeditadas esas nuevas plazas ya regularizadas.

De hecho, si se revisa el pliego de demandas de la Sección 22 en el último año, la regularización de esas más de cuatro mil plazas era la que estaba a la cabeza, de entre todo lo que sí podía ser alcanzable. Es decir, que al margen de las demandas políticas (como la abrogación de la reforma educativa, la libertad de los presos políticos y algunas otras), la exigencia de la regularización de dichos trabajadores es para la 22 oxígeno puro en su necesidad de demostrar que sigue teniendo capacidad para avanzar en sus demandas sustantivas, como las salariales y de condiciones de trabajo de sus agremiados.

Para el IEEPO y la SEP, avanzar en esa negociación era también importante porque lo que han buscado es la implementación gradual de la reforma educativa, y el establecimiento de una relación más civilizada con las secciones integrantes de la Coordinadora. En esencia, eso es lo que explica por qué el acuerdo del siete de diciembre fue tan trascendente; por qué lo llevó de inmediato la dirigencia a su Asamblea Estatal; y por qué, aunque la propuesta fue inicialmente rechazada por la Plenaria del magisterio oaxaqueño en diciembre del año pasado, de todos modos era previsible que al final dicho acuerdo sería confirmado por la Asamblea Estatal y avalado por el Comité Ejecutivo para no poner en riesgo la regularización y la estabilidad laboral de los más de tres mil nuevos integrantes que tiene la Sección 22 gracias al acuerdo.

En esa lógica, queda también claro por qué desde hace por lo menos un mes y medio el gobierno y la Sección 22 han venido trabajando en la construcción de este acuerdo que se concretó el fin de semana. Tenían que construir el acuerdo milimétricamente de tal forma que cuando se diera a conocer, quedara claro que ni el gobierno ni el propio Comité Ejecutivo le darían más cabida ni eco a los grupos radicales que reiteradamente intentaron romper esta importante posibilidad de acuerdo, y que —algunos— lo hicieron como una respuesta de los grupos políticos a los que ellos responden, pero que —otros— lo hicieron porque tienen una especie de convicción por no aceptar ninguna negociación con el gobierno porque para ellos eso significa claudicar en su movimiento y traicionar las causas por las que iniciaron sus movilizaciones.

Esto resulta importante para todos, porque el gobierno de Alejandro Murat debe preparar sus verdaderas baterías de negociación y diálogo rumbo al año próximo, que es de elección presidencial; y para la Sección 22 también era relevante porque al menos en 2017 esto deja prácticamente conjurada la posibilidad de un paro indefinido de labores, y los deja también a salvo en el proceso de acumulación de fuerzas para poder participar políticamente en la elección presidencial del próximo año, a través de sus ya conocidos mecanismos de influencia en los procesos electorales.

¿QUÉ SIGUE?

Administrativamente, continuarán las mesas de trabajo entre el gobierno y la Sección 22, para establecer los “cómos” que le darán contenido y estructura a los acuerdos ya alcanzados. Políticamente, lo que queda es generar las condiciones para que el previsible enrarecimiento que intentarán sembrar los grupos radicales, no merme el delgado equilibrio que está intentando alcanzar la relación gobierno-sindicato en las condiciones actuales.

Contrarreforma penal: ¿de verdad no podemos seguir las nuevas reglas?

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Mancera

+ La intención por el retroceso viene desde la reforma en derechos humanos


Apenas se cumplió el primer año de la entrada en vigor del sistema de justicia penal acusatorio, y un peligroso cúmulo de voces se pronuncia reiteradamente a favor de una reforma que frene al sistema de justicia. La razón principal que se esgrime radica en que la modificación del esquema actual es necesaria, a partir de que en el último año se ha incrementado la delincuencia por la laxitud del nuevo sistema de justicia, que permite a los imputados por diversos delitos se les procese en libertad. Esa tentación, que no es nueva, debe ser frenada.

En efecto, hay voces como la del jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera Espinosa, quien tomó la bandera de la contrarreforma en materia penal como propia, a partir del desbordamiento de la delincuencia que había tenido más de una década controlada al menos en la capital del país. Como hoy la comisión de ciertos delitos violentos ha vuelto a florecer en la Ciudad de México, Mancera pareció hallar su justificación idónea en el nuevo sistema de justicia y no en el descontrol operativo que su propio gobierno generó frente a la delincuencia.

En esa lógica, Mancera ha seguido adelante y en el camino ha ganado otras voces que hoy se pronuncian en el mismo sentido. En el primero de los casos, Mancera sostiene que el sistema penal acusatorio “tiene bondades, sobre todo en transparencia, en derechos humanos, en seguridad y en una exigencia de mayor capacitación”, pero advierte que “cuando pasamos a la práctica, hay problemas que se deben afinar”. Por eso, dice que la Conago —que él preside actualmente— ha preparado un documento que tiene toque de reforma constitucional y procesal, para 34 o 35 artículos.

De acuerdo con Mancera, uno de los problemas es lo que calificó de liberación masiva de delincuentes. La curva es perfectamente observable, dice. Lo vivimos en todas y cada una de las entidades y lo tenemos que complementar, pues es un tema de interpretación, que tiene un margen muy abierto; es algo de lo que consideramos en el análisis, más el consenso de la Conago

En esa misma lógica se ha pronunciado el comisionado Nacional de Seguridad, Renato Sales Heredia, quien consideró que el incremento delictivo que se registró el mes de mayo —el más alto en veinte años—, se debe a que el Nuevo Sistema de Justicia Penal dejó fuera la prisión preventiva a delitos cometidos con arma de fuego. Pues de acuerdo con el corte sobre incidencia delictiva del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el mes de mayo registró dos mil 186 homicidios dolosos, por lo que superó a este mes pero, del 2011 que alcanzó dos mil 131. Sin embargo, hay un delito que es la portación de arma de fuego reservada para uso exclusivo del Ejército, que ahora no amerita prisión preventiva oficiosa, antes de junio del 2016 si. Esto ocasiona que al detener personas con armamento de alto poder, por ley, el juez ordena que sigan su proceso en libertad.

Sales atribuyó la alta incidencia de homicidios al sistema de justicia penal, por lo que también se sumó —sin apoyar directamente a Mancera, aunque sí argumentando en el mismo sentido—, a quienes dicen que es necesaria una reforma al sistema de justicia penal, dicen que no para desmantelarlo sino para “mejorarlo”. Esa mejora, sin duda, implicará necesariamente un retroceso, ubicado coloquialmente como lo que se entendería una contrarreforma.

¿Por qué una contrarreforma? Porque a diferencia del sistema inquisitivo, que establecía penas de prisión a partir de la existencia de un amplísimo catálogo de delitos considerados como graves, en el nuevo sistema de justicia penal acusatorio son muy pocos los delitos por los que se decreta la pena de prisión preventiva oficiosa —homicidio, secuestro, violación, y delincuencia organizada, entre algunos otros— al ser considerados como graves.

Sin embargo, frente a la comisión todos los demás delitos, tanto el ministerio público como el juez, en cada caso, deben valorar una serie de circunstancias para solicitar la aplicación de alguna medida cautelar, con los límites que establece la propia ley, como en el caso de lo que señala hoy Sales Heredia respecto al delito de portación de arma de fuego.

TENTACIÓN REGRESIVA

Algo más o menos similar ocurrió cuando en 2011 se aprobó la reforma constitucional en materia de derechos humanos, que es considerada la más importante de los últimos tiempos. Esa modificación a la Constitución de la República estableció en el punto más alto de la escala jurídica a los derechos fundamentales de las personas, e incorporó a la legislación nacional todos los tratados internacionales firmados y ratificados por México en los que estén contenidos derechos fundamentales, incluso independientemente si esos tratados tienen como fin normar derechos humanos, o si éstos se desprenden de alguna parte de su contenido, aún persiguiendo los tratados otros fines.

Esta cuestión alarmó a diversos sectores económicos y políticos que luego también pugnaron por una contrarreforma. En muchos de los casos, los detractores de dicha reforma señalaban que la incorporación al orden jurídico nacional de la legislación internacional en materia de derechos humanos, era algo así como abrir la caja de pandora porque se desconocían los alcances que pudieran llegar a tener la aplicación de dichas normas y las resoluciones basadas en esas nuevas disposiciones. En términos generales, sectores como el bancario le temían enormemente a que un mayor garantismo jurídico pusiera en riesgo el estado de cosas favorable a ellos que han defendido con todo denuedo durante décadas.

Afortunadamente, en aquellos momentos —los años 2012 y posteriores— los sectores que se pronunciaban contra la reforma no hallaron el suficiente eco entre los sectores políticos más influyentes del país, como para poder impulsar una contrarreforma en esa materia y hacerla transitable en el Congreso de la Unión. El problema hoy en día, sin embargo, radica en que parece existir cierto consenso entre los gobernadores a favor de una contrarreforma al sistema de justicia, y eso sí podría abrir la posibilidad real de que eso se concretara, máxime si se considera que también el gobierno federal parece estar viendo la situación en ese mismo sentido.

Pues resulta que, en el caso de los gobernadores, éstos generalmente tienen amplia capacidad de interlocución con los diputados federales y senadores por su estado, y una reforma al sistema de justicia penal no pasaría por la Constitución, sino básicamente por la modificación de varios artículos del Código Nacional de Procedimientos Penales para “moderar” el garantismo actual de la ley. La Conago puede impulsar cualquier cantidad de iniciativas pero se seguirá enfrentando al hecho de que, jurídicamente, la Conago no existe. Sin embargo, lo que sí tienen es la suficiente fuerza a través de sus diputados y senadores, como para impulsar la contrarreforma, y como para tratar de convencer a la sociedad mexicana, de que la ley intenta ser bondadosa en un mundo sin moral, y que por eso es mejor envilecer la ley para adecuarse a los torcidos cánones sociales de la actualidad mexicana.

OTRAS CONTRARREFORMAS

¿Alguien recuerda un intento más? Ahí estuvo el de Gabino Cué, durante años, por lograr una contrarreforma en materia educativa para congraciarse con la Sección 22. De ese tamaño son los miedos y los complejos de algunos, frente a la modificación del panorama jurídico y social. Es importante no olvidar cada uno de los decimonónicos intentos contrarreformistas y reaccionarios que ha padecido nuestro país en los tiempos actuales.

Nochixtlán: un año después, una riña pone en claro qué intereses pululan

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Fuerza

+ Peimbert, fustigado por su empecinamiento de mantener latente el conflicto


La riña que se suscitó el pasado 19 de junio en uno de los actos conmemorativos al primer aniversario del desastre de Nochixtlán, entre personas afines al ombudsman local Arturo de Jesús Peimbert Calvo, e integrantes de otras organizaciones periféricas de la Sección 22 del SNTE, es una muestra clara de cómo la aparente lucha por la defensa de las víctimas de aquellos hechos, se encuentra plagada de intereses y posiciones políticas que no necesariamente tienen que ver con la justicia y la reparación a las víctimas, sino con el empecinamiento de mantener viva la crisis incluso a costa del dolor y la revictimización de quienes sí sufrieron algún quebranto en la refriega del año pasado.

En efecto, desde el fin de semana se realizaron tanto en la capital oaxaqueña como en Nochixtlán, diversas actividades conmemorativas al primer aniversario del enfrentamiento en aquella comunidad de la Mixteca oaxaqueña. Cada quien por su lado, tanto la Sección 22 del SNTE como algunas organizaciones afines al titular de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, Arturo Peimbert Calvo, realizaron actividades encaminadas a rememorar los hechos de aquel fatídico 19 de junio de 2016, así como a denunciar otras violaciones a derechos humanos por parte del gobierno estatal y federal en los últimos años.

Por un lado, la Sección 22 realizó varias actividades culturales y de denuncia, y organizó también una marcha en la capital oaxaqueña además de una caravana rumbo a Nochixtlán. Peimbert, por su lado, invitó al ombudsman nacional, Luis Raúl González Pérez, a encabezar varias actividades como si fueran activistas particulares, y no titulares de sendos organismos autónomos del Estado, encargados de proteger los derechos fundamentales de las personas. Como haya sido, Peimbert y González Pérez dejaron de lado cualquier posibilidad de establecer un criterio equilibrado de acuerdo a su investidura y funciones institucionales, y asumieron el rol de denunciantes como lo hacen integrantes de organizaciones civiles cuya única función se centra en denunciar los excesos de unos sin hacer la revisión de fondo del contexto en el que ocurrieron los hechos.

Así llegaron a Nochixtlán el 19 de junio. Por un lado, Peimbert y las organizaciones que lo respaldan, continuaron con su agenda de actividades; y por el otro, la Sección 22 y sus organizaciones periféricas desahogaron su propio programa de trabajo. La trifulca ocurrió cuando, por la tarde, coincidieron en la población las actividades de Peimbert con las de algunos grupos relacionados con el magisterio. Los ánimos no se moderaron porque en realidad existe un cuestionamiento de fondo relacionado con el empecinamiento de algunos grupos porque no se llegue a una solución de fondo en lo relativo a la reparación de las víctimas del enfrentamiento.

Pues resulta que concretamente, la Sección 22 no ha sido obstáculo para que el gobierno federal y estatal brinden las atenciones necesarias a las víctimas para continuar su proceso de la reparación —económica, médica, moral, psicológica, emocional, social, etcétera—, sino que ésta se ha centrado en exigir el castigo —que todavía no llega— para quienes ordenaron y ejecutaron las acciones que dieron como consecuencia ocho muertos y más de un centenar de heridos durante la refriega del 19 de junio.

En esa lógica, la Sección 22 ha reprochado duramente a otras organizaciones, afines a Peimbert Calvo y a los sectores radicales de la Iglesia Católica, que hayan tomado indebidamente el control de varios de los sectores organizados de la población de Nochixtlán que se supone que tienen como objeto pedir justicia, para llevarlos por el ominoso camino del enredo y la obstaculización sistemática a cualquier solución, en aras justamente de mantener vivo el conflicto, la exigencia y las banderas políticas que eso significan.

PEIMBERT Y SUS EXIGENCIAS SIN SENTIDO

A lo largo del presente año, los grupos de víctimas de Nochixtlán a los que ha comandado Arturo Peimbert, han hecho de todo para no llegar a la solución de sus demandas. A lo largo del presente año, por ejemplo, retuvieron varias veces a los funcionarios federales que venían a atender las mesas de trabajo con las víctimas, y de igual manera se dedicaron a maltratar al personal que venía también enviado por el gobierno federal para brindar atención médica a quienes sufrieron alguna afectación a su salud e integridad física.

Luego, cuando lograron construir el acuerdo para el establecimiento de un esquema reparatorio, Peimbert azuzó a sus afines para que exigieran medidas de reparación que eran incosteables, imposibles de cubrir o solventar, o absurdamente innecesarias para lo que ellos se supone que necesitaban. Cada una de esas exigencias, además, venían acompañadas del amague de desconocer a los funcionarios estatales y federales que participaban en las negociaciones si no se cumplía al pie de la letra lo que ellos estaban exigiendo.

Peimbert ha tenido, desde el día en que ocurrió el enfrentamiento de Nochixtlán, un solo objetivo: mantener vivo el señalamiento de violaciones a derechos humanos y crímenes de lesa humanidad en contra de la administración del ex gobernador Gabino Cué Monteagudo, a quien por extrañas razones —personales o políticas— hoy le guarda un sentimiento de aversión, cuando fue Cué quien hizo todo —incluso torcer la ley— para permitirle su arribo a la Defensoría.

Peimbert, además, tiene otras razones: denunciar sistemáticamente a Gabino Cué ha sido su manera de congraciarse con la administración actual. Éste ha buscado no sólo refrendar la amistad personal que dice tener con el mandatario estatal, sino legitimarse a través de la denuncia al propio grupo que lo cobijó y le permitió el acceso a la responsabilidad que hoy ostenta.

En el fondo —y más allá de sus esfuerzos y poses de aparente rebeldía y compromiso con la defensa de los derechos humanos— queda claro que si existe un paralelismo entre dos ex aliados traidores de Gabino Cué, esos son Arturo Peimbert y Benjamín Robles Montoya: ambos son hechuras de Cué; los dos son pequeños herederos de su gracia política; y los dos lo han repudiado públicamente como su único camino para tratar de mantenerse vigentes. Quién sabe si lo entiendan, pero ambos son reconocidos únicamente como traidores, y socialmente son tan mal vistos como los amigos, “facilitadores” y socios cleptómanos de Cué.

MANIPULACIÓN

Al final, esa es la razón por la que el lunes la conmemoración por los caídos y el desastre de Nochixtlán terminó en trifulca: porque Peimbert ha utilizado vilmente a las víctimas de aquellos hechos como sus arietes en contra del régimen de Cué —y como su base social para venderle al actual régimen la idea de que él tiene el control de Nochixtlán y por eso necesitan sostenerlo y alimentarlo políticamente—; y porque los grupos más radicales que orbitan alrededor de la Sección 22 no tienen ninguna razón para convalidar —con su silencio o con su apoyo— las intenciones manipuladoras de Peimbert porque no se resuelvan los problemas de fondo derivados de aquel enfrentamiento.

Atroz, que en México se ‘normalice’ espionaje y escuchas telefónicas ilegales

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+ Todos escuchamos con morbo las comunicaciones intervenidas contra la ley


 

Hoy en México hay sorpresa por las revelaciones hechas por un diario estadounidense, respecto a la posibilidad de que, a través de un software muy sofisticado, el gobierno federal mexicano habría ‘infectado’ los aparatos telefónicos de una cantidad indeterminada de personas con alguna actividad relevante en el país, para espiarlos con fines políticos. Sorprende a muchos, aunque no debería ser así a la luz de la forma tan cotidiana y normal en la que, durante décadas, los mexicanos asumido la difusión de conversaciones telefónicas, y comunicaciones privadas, obtenidas ilegalmente, en lugar de rechazar esa práctica como sí lo hacen otras sociedades, máxime cuando las escuchas provienen del propio Estado.

En efecto, el pasado lunes el periódico estadounidense The New York Times dio a conocer que defensores de derechos humanos, periodistas y activistas anticorrupción de México presuntamente han sido espiados por el Gobierno Federal con un software israelí llamado Pegasus, capaz de monitorear llamadas, mensajes de texto, correos electrónicos, contactos y calendarios, que incluso puede utilizar el micrófono y la cámara de los teléfonos para realizar vigilancia.

De acuerdo con las investigaciones del diario estadounidense, las personas investigadas son los abogados que investigan la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, un economista que ayudó a redactar un proyecto de ley anticorrupción, los periodistas Carlos Loret de Mola y Carmen Aristegui; Juan Pardinas y Alexandra Zapata, del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO); los periodistas Daniel Lizárraga y Salvador Camarena, de la organización Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad; y una estadounidense que representa a víctimas de abusos sexuales cometidos por la policía.

The New Times detalla que el gobierno mexicano ha gastado casi 80 millones de dólares en programas de espionaje de la empresa NSO Group, de origen israelí, desde 2011. “La empresa que fabrica el software, NSO Group, afirma que vende la herramienta de forma exclusiva a los gobiernos con la condición de que solo sea utilizada para combatir a terroristas o grupos criminales y carteles de drogas como los que han violentado a los mexicanos desde hace mucho tiempo”, detalla la investigación firmada en The New York Times por los periodistas Azam Ahmed y Nicole Perlroth.

Incluso, el periódico estadounidense corroboró, con ayuda de analistas forenses independientes, que Pegasus ha sido utilizado para vigilar a críticos del gobierno y a sus familiares, y que además el software denominado “Pegasus” no deja rastros del hacker que lo utilizó. informó que el software Pegasus no deja rastros del hacker que lo utilizó.

“NSO Group afirma que investiga el historial de los gobiernos en temas de derechos humanos antes de venderles el software. No obstante, una vez que otorgan la licencia e instalan el hardware dentro de las agencias de inteligencia y los cuerpos de seguridad, la empresa dice que no hay manera de saber cómo se utilizan las herramientas espías o contra quién están siendo usadas”, informó el diario.

Este caso, en particular, es relevante no sólo por la práctica de las escuchas telefónicas por parte del Estado —que es harto común en nuestro país— en contra de quienes considera como personas con actividades “sensibles” o de riesgo, aunque no precisamente para la seguridad nacional, la seguridad pública o el combate a la criminalidad, sino por su trascendencia social o política. En este caso, fue revelado que el uso del software por parte del gobierno mexicano ocurrió lo mismo con relación a delincuentes, que respecto a personas que tienen actividades periodísticas o profesionales que implican cuestionamientos al régimen gobernante.

No obstante toda la gravedad que puede revelar una práctica como ésta —llevada al más alto nivel del gobierno federal—, lo cierto es que las llamadas “escuchas telefónicas” en México son casi tan comunes, periódicas y tradicionales, como lo son los procesos electorales en los que casi siempre salen a flote grabaciones telefónicas, todas obtenidas ilegalmente.

“FILTRACIONES”

Dice el duodécimo párrafo del artículo 16 constitucional: “Las comunicaciones privadas son inviolables. La ley sancionará penalmente cualquier acto que atente contra la libertad y privacía de las mismas, excepto cuando sean aportadas de forma voluntaria por alguno de los particulares que participen en ellas. El juez valorará el alcance de éstas, siempre y cuando contengan información relacionada con la comisión de un delito. En ningún caso se admitirán comunicaciones que violen el deber de confidencialidad que establezca la ley.”

Este precepto, igual que varios otros —aunque sin duda con menos intensidad—, es letra muerta en México. Pensemos sólo en el caso oaxaqueño: durante cada campaña electoral han surgido actividades de espionaje que básicamente se centran en las escuchas telefónicas que son utilizadas o para tomar ventaja sobre el adversario político, o bien para ser utilizadas para su difusión a través de la tristemente célebre forma de los “audioescándalos”.

Repasemos para constatar su cotidianidad, y la normalización de la práctica que hemos permitido los propios ciudadanos. Si buscamos en la red social de Youtube, fácilmente podremos encontrar una enorme colección de llamadas obtenidas ilegalmente y difundidas en medios de comunicación —ahora en redes sociales— con el fin de desprestigiar al adversario político.

Hay algunas grabaciones que tienen ya el carácter de “históricas” como la que se difundió entre Raúl Salinas de Gortari y su hermana Adriana Salinas, mientras éste se encontraba en prisión y hablaban del origen de la fortuna económica que la familia amasó durante el gobierno de su hermano, el presidente Carlos Salinas de Gortari. ¿De dónde salió esa grabación? Evidentemente, de las propias escuchas gubernamentales.

Incluso, en Oaxaca hay ejemplos abundantes de ello: ¿Se recuerda toda la colección de llamadas interceptadas en las que aparecía hablando el entonces gobernador Ulises Ruiz con sus colaboradores? ¿Las llamadas que le fueron interceptadas a Jorge Castillo “amarrado” negocios políticos con diversos personajes de diversos partidos durante el tiempo que fungió como ministro sin cartera y virrey oaxaqueño oaxaqueño? ¿Las que se han ido revelando con el paso del tiempo bajo la figura de “audioescándalos”, cada que la entidad atraviesa por un momento de determinaciones políticas álgidas? ¿La grabación en la que se revela la existencia de un “pendientito”, o en la que aflora el lenguaje pedestre y rapaz de quien gobernó Oaxaca de 2004 a 2010?

NORMALIZAR LO ILEGAL

En realidad, el problema no sólo son las escuchas, sino la normalización de la práctica por parte de la sociedad. Cuando sale un nuevo audioescándalo, la gran mayoría estamos atentos al contenido sin cuestionarnos nunca el origen ni la legalidad de las mismas. Quién sabe si de todos los casos conocidos a lo largo de los años existen investigaciones o resultados. Pero lo cierto es que el principal aliciente que tienen quienes obtienen grabaciones ilegales se encuentra justamente en la incapacidad del Estado por cumplir lo que dice la Constitución, y también en el “buen recibimiento” que le da la propia sociedad a ese tipo de prácticas, que en todos los casos deberían ser rechazadas frontalmente por la ilicitud de su origen.

Corrupción: es necesario dejar atrás el autoengaño y reconocer su dimensión

soborno

+ ASF reconoce daño que provoca al Estado, corrupción en procesos electorales


Dentro de todas las formas existentes de manifestación de la corrupción en México, hay una que sigue siendo toral e inatendida: la que se produce como consecuencia, y alrededor de los procesos electorales. Este es un problema mayor de nuestra democracia, y es lo que en gran medida explica la multiplicación de las manifestaciones de la corrupción en nuestro país, desde los ámbitos más modestos hasta las altas esferas nacionales. Sin embargo, en la medida en que prevalezca la simulación y el autoengaño, continuará esta carrera disparatada rumbo a la autodestrucción, en general, de nuestras instituciones.

En efecto, por todo el país hay muestras de corrupción institucional. En el ámbito nacional, el mayor escollo que enfrenta el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto es justamente el de los cuestionamientos por corrupción. Aunque fue un candidato carismático y bien recibido —le ganó a Andrés Manuel López Obrador por un amplio margen de votos, que desde el inicio hizo incuestionable su victoria electoral—, y que además logró en un periodo corto de tiempo el consenso político necesario para impulsar un ambicioso paquete de reformas, lo cierto es que nada le hizo más daño que la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa y, sobre todo, la incrustación de la duda en el colectivo social sobre la existencia de actos sistemáticos de corrupción, desde que era Gobernador del Estado de México.

Todas esas dudas se cristalizaron en un referente que hoy es funesto: el noviembre de 2013 se estableció la existencia de una mansión, propiedad de la familia del Presidente de la República, que habría sido adquirida como el pago de favores relacionados con la construcción de obra pública, por parte de una empresa propiedad de Juan Armando Hinojosa. Quienes documentaron la información, establecieron cómo el constructor fue ganando terreno en las contrataciones de obra en el gobierno del Estado de México, y luego en el gobierno federal, al mismo tiempo en el que ocurrió la contratación de la obra para la construcción de la casa de la esposa del Presidente, la cual además fue pactada en condiciones por demás preferenciales respecto a cómo se establecían los precios y las cláusulas generales en el mercado de la construcción.

Esto, independientemente de cómo fue explicado por el Presidente y su familia, dejó sembrada la duda respecto a la posibilidad de que Peña Nieto estuviera incurriendo en actos sistemáticos de corrupción. Ello se alimentó con la cancelación de la obra que le había entregado precisamente a Juan Armando Hinojosa, y luego se fue constatando reiteradamente con las evidencias de la corrupción sistemática en la mitad de los gobiernos estatales del país, que fueron solapados por Peña Nieto hasta que le parecieron insostenibles políticamente.

Así, por ejemplo, casos como los de los Duarte en Veracruz y Chihuahua, y los de muchos otros mandatarios estatales a los que se les han descubierto galopantes signos de corrupción, pusieron en claro el tamaño del problema que enfrentaba el gobierno de Peña Nieto, no nada más por sus propios problemas sino por haber tolerado e incluso encubierto todo lo que estaba pasando frente a sus propios ojos sin que aparentemente ellos lo registraran.

Luego se supo que el gobierno federal sabía perfectamente lo que pasaba, pero que en gran medida todo había sido tolerado por la necesidad de su partido de seguir ganando elecciones. En el fondo, el problema de los procesos electorales ha sido más profundo y corrosivo de lo que imaginábamos, pero lo realmente grave es que pareciera que continúa existiendo ese pacto tácito entre todas las fuerzas políticas para no dejar de tolerar la corrupción mientras haya el espacio para que eso se involucre con los procesos electorales.

CORRUPCIÓN SISTÉMICA

Habría que preguntarse por qué ha sido prácticamente imposible eliminar la corrupción del sistema político y, en general, de las relaciones que establece el Estado con los particulares en todas sus vertientes. Acaso, en esa lógica hay pocas manifestaciones tan claras y contundentes como la que acaba de hacer el titular de la Auditoría Superior de la Federación, quien establece en qué dimensión se encuentra este problema, y hasta dónde ha corroído la estabilidad del propio gobierno.

En esa lógica, el auditor Juan Manuel Portal ha señalado que el origen de la corrupción se encuentra en gran medida en los propios procesos electorales. “Las desviaciones mayores que hemos observado (…) no encontramos mayor justificación el que, a parte de que se lo robaron, son tales cúmulos de dinero lo que se puede ir a campañas electorales”, ha señalado enfáticamente.

En ese sentido, el auditor superior insistió en que el gasto electoral sea menor y que exista un mayor control de los spots en radio y televisión. “Debemos cuidar que el gasto electoral sea menor, es impresionante lo que se gasta, y es legal”, comentó, “ojalá se pudiera reducir el tiempo de las campañas, ojalá hubiera controles como que el tiempo de radio y televisión lo pague el INE, nada de cada quien contrata”.

Una vez que los recursos federales son entregados a los partidos, no existen mecanismos de fiscalización que permitan a la auditoría revisar en qué se gastó ese dinero, señaló el funcionario. “No hay forma de demostrar los gastos en campaña, es como el soborno, ¿cómo comprueba un auditor un soborno?”, mencionó, “salido el dinero del banco y en efectivo es imposible seguir la huella, no hay forma”.

A todo esto habría que sumar muchas de las cosas que forman parte de esos procesos electorales, como la compra y venta indiscriminada de votos; los ríos de dinero en efectivo que circula en el país durante los procesos electorales, que incluso llegan a niveles preocupantes para el fisco por el nulo control que puede tener de la circulación de dinero en efectivo justamente cuando ocurren esos periodos, y la determinación de los partidos políticos por no entrar al establecimiento real de controles —ontológicos y deontológicos— relacionados con su propio comportamiento durante los periodos de campañas.

Por eso habría que entender que el primer paso para el cambio de la situación actual del país, y del enojo social que hoy pesa sobre la sociedad, pasa por el reconocimiento del tamaño de la corrupción, y la necesidad de dar pasos firmes sobre ello. No es suficiente seguir pensando en la lógica de los buenos y los malos, en los que los primeros se asumen como puros y acusan a los otros de conversos, como si con eso fuera suficiente para terminar con los problemas que enfrenta el país. No es sólo una entidad, ni un ayuntamiento, ni el gobierno federal: debería ser todo el aparato gubernamental, quien debería reconocer la dimensión de esto, y tomar las medidas antes de que el enojo social desborde la tensa situación en la que nos encontramos.

¿Y LAS MEDIDAS?

Por eso hay que ver esta situación como un problema que no se aísla ni se segmenta entre las esferas del gobierno. No será suficiente el establecimiento del Sistema Nacional Anticorrupción, como tampoco ha sido suficiente el endurecimiento de las sucesivas leyes electorales que han regido al país. De todos modos, como la parte subjetiva del problema no ha cambiado —gobernantes, partidos, candidatos, políticos, y sus financiadores que están dispuestos a todo con tal de no cambiar—, entonces seguimos teniendo soluciones demagógicas que simulan voluntad pero que en el fondo contribuyen a perpetuar la ignominia.